Leer Zenith de la Hechicería (Novela) Capítulo 20 online gratis en español
🏴 Grupo: Darkar16✍️ Traducción: Darkar16
Marcus reunió a todos los estudiantes y los condujo a un punto de encuentro al borde de un bosque cercano. Era un lugar anodino, sin edificios ni señales que lo distinguieran de cualquier otro terreno cercano, elegido prácticamente al azar por él y Celer. No parecía el lugar apropiado para algo así, pero su pequeña torre era algo estrecha y no tenía otro sitio donde celebrar la reunión. Le dieron ganas de construir una sala de reuniones para este tipo de ocasiones, pero tenía tantas otras cosas entre manos que tendría que esperar.
Montar su propia academia resultó ser mucho más complicado de lo que había imaginado. Incluso con solo diez alumnos (y un sacerdote espeluznante), había muchísimas cosas que controlar…
—¿Estamos todos reunidos ya? —preguntó Marcus, observando a los estudiantes allí congregados. Era una pregunta retórica, pues podía ver claramente a los diez alumnos de pie en fila frente a él. Cassia lo miró como si fuera tonto por preguntar. Él la ignoró. —Bien. Los he traído aquí porque es una ocasión especial. Tengo un regalo para ustedes.
—¿Un regalo? —dijo Cricket, animándose de inmediato.
—¿Nosotros? —preguntó Renatus.
—Sí —asintió Marcus—. Celer, ya puedes salir —gritó en voz alta.
Celer revoloteó hacia el punto de encuentro, tras haberse escondido en lo profundo del bosque. Llevaba una caja de madera grande y de aspecto pesado, levantándola con las cuerdas que tenía atadas. A pesar de la carga aparentemente imposible, su familiar mariposa no tuvo problemas para volar mientras la transportaba. Era asombroso lo bien que podía manipular objetos con sus patas delgadas como palos.
“Wow”
Sus alumnos se giraron inmediatamente hacia donde Marcus miraba y se quedaron atónitos al ver la enorme mariposa blanca que volaba hacia ellos. Ninguno parecía asustado ni preocupado, lo que provocó que Marcus esbozara una leve sonrisa divertida. Celer era probablemente la criatura mágica más peligrosa que jamás habían visto, con la posible excepción de Cricket e Iris. Resultaba curioso cómo Regulus le tenía terror a simples lobos gigantes, pero no reaccionaba en absoluto ante un espíritu de los Planos Exteriores.
Al acercarse al grupo, Celer se tambaleó ligeramente, y la caja que llevaba se balanceaba de un lado a otro. Acto seguido, arrojó la caja de madera sin miramientos frente a ellos, dejándola caer al suelo desde una altura considerable.
Marcus hizo una leve mueca ante el trato brusco, y al parecer el contenido de la caja tampoco estaba muy contento, porque un verdadero coro de quejidos ahogados resonó desde el interior del contenedor.
A Celer no pareció importarle. Aterrizó con delicadeza sobre la caja y saludó a sus alumnos.
—¡Hola! —dijo con voz alegre y fuerte—. Creo que no nos conocemos, pero quizás Marcus me mencionó. Soy Celer, su consejera espiritual y protectora de los planos exteriores. Todo lo que ha logrado hasta ahora solo ha sido posible gracias a mi ayuda.
“Celer es mi espíritu contractual”, aclaró Marcus. “Es una mariposa hada del Bosque Onirico, uno de los Cielos Exteriores”.
—¿Tienes conexiones con los Planos Exteriores? —preguntó Iris, sorprendida.
—Bueno, hay una conexión —le dijo Marcus—. La estás viendo ahora mismo.
—Así es —dijo Celer, batiendo sus alas y pavoneándose ante la atención—. Por cierto, yo tengo la última palabra sobre si pueden quedarse aquí como sus alumnos. Si le digo a Marcus que alguno de ustedes tiene que irse, ¡serán expulsados hoy mismo!
Los niños lo miraron con expresión interrogante e insegura. Marcus se cruzó de brazos sobre el pecho, sin decir nada.
En realidad, si Celer le pidiera que rompiera lazos con alguno de ellos, lo pensaría seriamente. A veces podía ser muy molesta, pero no haría tal exigencia sin motivo.
—Bueno, déjenme echarles un vistazo rápido —dijo, elevándose en el aire y comenzando a volar en círculos perezosos alrededor de los estudiantes reunidos, acercándose tanto que sus alas casi rozaban sus rostros.
La seguían con la mirada atenta, y la mayoría parecía al menos un poco perturbada por sus payasadas.
Al cabo de un rato, volvió a caer sobre su caja.
—Bueno, todos parecen muy simpáticos —dijo ella. Todos exhalaron un suspiro de alivio. —Seguro que tienen muchas preguntas, así que no duden en preguntar.
Marcus pensó que todos dudarían en hablar después de que ella intentara intimidarlos de esa manera, pero Cricket habló de inmediato.
—Eh, cuando conocí al Maestro Marcus, me envió una mariposa blanca para que me protegiera —dijo Cricket—. ¿Esa eras...?
Celer rió melodiosamente. «No, ese no era yo. Era solo uno de mis parientes menores. Son débiles y estúpidos, pero muy fáciles de invocar, a diferencia de mi glorioso ser. ¡ Aunque es cierto que solo puede invocarlos gracias a su contrato conmigo!».
“Me encantan las mariposas”, admitió Cricket. “¿Qué se necesita para firmar un contrato así?”
Curiosamente, incluso un mago de rango uno podía hacer un contrato espiritual y empezar a invocar a los espíritus más débiles, ya que su coste de maná era muy bajo. El principal problema era que un mago de rango uno jamás podría invocar a un espíritu autorizado para firmar el contrato, y nunca obtendría el reconocimiento de dicho espíritu, incluso si lograra invocarlo al plano material.
Sin embargo, con la cooperación de un mago mayor y más poderoso que actuaba como intermediario y garante, les fue posible firmar un contrato con Celer aquí y ahora, y comenzar a invocar débiles hadas mariposa tan pronto como dominaran los fundamentos de la Técnica Árbol del Alma.
Sin embargo, Marcus no iba a permitir tal cosa. Las mariposas no eran tan violentas ni maliciosas como otras tribus de hadas, pero sin duda podrían causarle muchísimos problemas si las dejaba campar a sus anchas. En ese momento, no confiaba en que ninguno de sus alumnos pudiera controlarlas.
En cualquier caso, Celer se animó inmediatamente al oír la pregunta.
—¡Vaya, qué pregunta tan interesante! —le dijo a Cricket—. ¡Y tiene una respuesta muy interesante! ¿Cómo te llamas, pequeña?
—Livia —dijo Cricket—. Pero todos me llaman Cricket.
“Bueno, Cricket, antes de responder a tu pregunta, deberíamos terminar de repartirte los regalos. Para eso estamos aquí, después de todo”, declaró Celer.
—¿Supongo que los regalos están en la caja? —dijo Volesus, mirando el objeto con recelo. Sin duda, había oído los ruidos que provenían de ella antes, al igual que todos los demás.
En lugar de responderle, Celer volvió a alzar el vuelo desde la caja, pero en vez de rodear a los estudiantes, agarró la tapa de la caja de madera y la desabrochó, abriéndola de golpe.
Los estudiantes se inclinaron inmediatamente hacia adelante para ver qué había dentro... y el contenido también asomó la cabeza de la caja para ver qué había fuera .
Un enjambre de orugas grandes y de color verde brillante, de unos veinte centímetros de largo, comenzaron a empujarse unas a otras y a mirar a su alrededor, emitiendo arrullos y gemidos indescifrables.
Nadie gritó al ver aquello, ni siquiera Claudia. Eso era buena señal.
“¡Tachán!”, exclamó Celer triunfante. “¡Miren esta caja llena de linduras! ¡Todos, dense prisa y elijan una para que sea su propia oruga hada! ¡El primero que llegue se la lleva!”
Las orugas parecían interesantes. Le sorprendió lo coloridas y... expresivas que eran. Marcus había conocido a Celer cuando ya era una hada mariposa adulta, y hasta ahora no había visto orugas de esa especie. Tenían ojos sorprendentemente parecidos a los humanos, con manchas negras similares al iris que se movían y enfocaban lo que miraban, al igual que la propia Celer. Todas eran muy verdes, pero también tenían diferentes patrones de azul, rojo y negro pintados en sus cuerpos. Finalmente, algunas tenían pequeños cuernos y otras pequeñas diferencias físicas entre sí. ¿Eran realmente todas hijas de Celer? ¿Tenía diez padres diferentes para ellas o algo así?
Como era de esperar, había diez orugas en la caja.
—¿Se supone que estas seran nuestras bestias? —preguntó Regulus.
—Sí —confirmó Marcus—. Para eso precisamente sirven.
“Ellos también son mis hijos, así que, por favor, tengan en cuenta lo que dije sobre que tengo el poder de lograr que los expulsen a todos”, señaló Celer.
Ah, así que de eso se trataba esa declaración…
—Bueno, sin ánimo de ofender, señorita Mariposa, pero esto es un fastidio —se quejó Volesus—. ¿Por fin conseguimos un familiar y resulta ser una oruga? ¿Para qué nos sirven esas cosas?
—¡Volesus! ¡No seas desagradecido! —le reprendió Julia. Sin embargo, ella tampoco parecía muy entusiasmada con la idea de tener una oruga.
“¡Es verdad y lo sabes!”, replicó. “Apuesto a que todos lo están pensando. ¿Por qué no pudimos conseguir algo más impresionante, como un León?”
«Los lazos familiares no son instantáneos ni todopoderosos», le dijo Marcus. «Si te doy algo peligroso, tendrías que ser lo suficientemente fuerte para manejarlo».
Obtener un familiar simplemente significaba forjar un vínculo místico con otra criatura. Facilitaba la comprensión entre el familiar y el adepto, y simplificaba ciertos hechizos, pero el familiar no era un esclavo ni estaba obligado a obedecer todas las órdenes. Tampoco borraba la personalidad ni los instintos innatos de la criatura.
Precisamente por esta razón, la mayoría de los magos no obtenían un familiar hasta alcanzar al menos el rango dos, si es que llegaban a tener uno. Las excepciones eran principalmente los guerreros adeptos que practicaban técnicas fundamentales derivadas de animales específicos. Por ejemplo, durante sus andanzas, Marcus visitó una escuela de guerreros que practicaba una técnica llamada «Gato de las Nueve Vidas». Como parte de ella, todos establecían vínculos con un gato doméstico común al comienzo de su entrenamiento, para así estrechar lazos con su animal espiritual elegido.
Obviamente, Marcus podría conseguir fácilmente un montón de gatos y perros como mascotas para todos sus alumnos, y eso funcionaría bien… pero ¿qué sentido tendría? Un animal común y corriente sería de dudosa utilidad, incluso más que las orugas de Celer. Estaban practicando una técnica básica relacionada con los árboles.
—He oído en Adria que la familia de Regulus entrena perros mágicos como animales de compañía para sus miembros —dijo Volesus—. Quizás podríamos...
—Eso jamás sucederá —lo interrumpió Regulus—. Criarlos y entrenarlos cuesta una fortuna. No creo que pudiera convencer a mi tío de que me regalara uno . ¿Regalar diez? No sabes de lo que hablas.
En efecto. Los sabuesos mágicos criados por la familia Uticensis eran muy apreciados, pero en su mayoría se mantenían dentro de la propia familia. Era posible que personas ajenas a la familia se hicieran con uno, pero eso era tanto una decisión política como una cuestión de dinero, y básicamente indicaba a todos que la familia Uticensis te consideraba un amigo y un aliado.
Puede que Marcus hubiera acogido a Regulus como alumno, pero no creía que le tuvieran mucho aprecio. Si lograba convertirlo en un poderoso mago a la altura de su potencial, entonces eso cambiaría. Sin embargo, hasta entonces, Regulus tenía razón. Era pura fantasía esperar que le otorgaran un premio tan valioso.
—No voy a obligar a ninguno de ustedes a aceptar este trato —les dijo Marcus, dirigiendo una mirada prolongada a Claudia y a Volesus en particular. Claudia parecía un poco pálida y siguió mirando a las orugas en absoluto silencio, sin siquiera notar que Marcus la observaba. Teniendo en cuenta lo mucho que le disgustaban los insectos, a él no le sorprendió su reacción.
En cuanto a Volesus, sus quejas resultaban un tanto irritantes, pero Marcus también lo entendía. En realidad, probablemente habría sentido lo mismo a su edad si hubiera estado en su lugar.
“Sin embargo, no tiene sentido seguir quejándose”, continuó Marcus. “O eliges una oruga o no la eliges. No tendrás alternativas durante mucho, mucho tiempo”.
—Si recogemos una de tus orugas, ¿recibiremos también un contrato con los espíritus de las mariposas? —preguntó Cricket a Celer con entusiasmo—. ¿A eso te referías antes?
Hasta ese momento, Celer había ignorado la discusión. En cambio, había estado vigilando a las orugas, asegurándose de que no escaparan de la caja. A las orugas no les importaba, o quizás eran demasiado jóvenes para entender, lo que decían, y estaban ocupadas intentando trepar por el borde de la caja, ansiosas por explorar su nuevo entorno. Sin embargo, cada vez que estaban a punto de lograrlo, Celer simplemente las volvía a meter en la caja, provocando ocasionales quejidos de protesta que ella ignoraba.
Ahora que por fin alguien le hablaba de nuevo, se animó enseguida y se centró en Cricket. Una de las orugas aprovechó su distracción para empezar a trepar de nuevo por el borde de la caja.
—No exactamente, ¡pero casi! ¿Cricket, verdad? —preguntó Celer. La chica asintió—. ¿Por qué te llamas Cricket? No me pareces para nada un grillo.
—Es solo un apodo —rió Cricket—. No tienen por qué tener sentido.
“Pero normalmente hay una razón, sea tonta o no, ¿no?”, dijo Celer. “¿Es algo vergonzoso?”
Cricket pareció sorprendida de que el espíritu estuviera genuinamente interesado en ese tema. Sin embargo, tras un momento de reflexión, decidió responder a la pregunta de la mariposa de todos modos.
“Cuando era pequeña, un poeta ambulante pasó por nuestro pueblo y nos cantó varias canciones”, contó Cricket. “Una de ellas trataba sobre un grillo posado en la copa de un abeto negro, cantando una oda al sol y deseando que el verano nunca terminara. Me encantó la canción y les dije a todos que quería ser como ese grillo. Incluso intenté cantarla un par de veces, aunque no se me daba muy bien. Supongo que a la gente le pareció gracioso, porque a partir de entonces empezaron a llamarme Cricket, y el nombre se me quedó. Así que ahora soy Cricket en vez de Livia”.
“Ah. Bebedor de sol… Debería haberlo sabido”, dijo Celer.
Cricket la miró con expresión confusa. Marcus no la culpó. Él tampoco tenía ni idea de qué estaba hablando.
La oruga que había aprovechado la distracción de Celer para trepar por el borde finalmente logró llegar hasta la caja. Con un agudo «¡Whee!», cayó al suelo. Su grito de alegría atrajo de inmediato la atención de Celer, pero antes de que el hada mariposa pudiera recogerla y volver a meterla en la caja, Cricket se adelantó y la recogió del suelo.
Sostuvo la oruga frente a ella, observándola detenidamente. La oruga también observaba a Cricket al mismo tiempo, curiosa por aquella gran criatura que la sostenía.
Marcus esperaba que la oruga estuviera aterrorizada, pero ni siquiera se resistió mucho en los brazos de Cricket.
—Me quedo con este —anunció Cricket tras examinarlo detenidamente.
—¡Excelente elección! —exclamó Celer—. No quería influir en tu decisión, pero yo también la habría elegido si estuviera en tu lugar. En fin, como te decía antes, estuviste cerca. Solo tienes que criar la oruga que tienes en la mano hasta que se convierta en crisálida y se transforme en una mariposa hada adulta, ¡y conseguirás tu contrato de mariposa sin duda!
Cricket sonrió, abrazó a la oruga y la apretó contra su pecho. La oruga se retorció y gimió en señal de protesta, pues no le gustó mucho el gesto.
—Bien, ¿quién sigue? —preguntó Celer, volviéndose hacia el resto de los niños, que habían estado observando el intercambio en silencio hasta ahora—. ¡Será mejor que actúen rápido o les tocará el más pequeño de la camada!
Celer debería alegrarse de que sus orugas fueran demasiado jóvenes para entenderla, pensó Marcus.
Casi inmediatamente después de terminar de decirlo, Cassia dio un paso al frente y se agachó junto a la caja, observando por un segundo a las orugas que balbuceaban.
—¿Cuál de ustedes es el más fuerte? —preguntó Cassia en voz alta.
A esas alturas, Marcus estaba bastante seguro de que las orugas no entendían ni una palabra de lo que decían, así que, naturalmente, no respondieron a la pregunta de Cassia. Bueno, al menos no con palabras. El sonido de su voz sí les llamó la atención y dejaron de revolcarse y empujarse por un momento para observarla.
Un instante después, una de las orugas apartó a sus compañeras para acercarse al borde de la caja. Pisó bruscamente la cabeza de otra oruga, ignorando su chillido de protesta, y la usó como escabel para elevarse, todo para poder observar con más detenimiento a la extraña criatura que las miraba desde arriba.
Cassia pareció aprobarlo. Tomó la oruga, que se retorcía y forcejeaba débilmente en sus manos pero no mordía, y la miró con indiferencia, dándole vueltas entre ellas.
—Esta —dijo, asintiendo.
“¡Excelente elección!”, aprobó Celer. “Entre nosotros dos, ¡esa es sin duda la mejor!”
Esto pareció romper el hielo con respecto al resto de los estudiantes, ya que todos comenzaron a acercarse y reclamar una oruga para sí mismos. Primero Regulus, luego Julia, y después los demás comenzaron a acercarse. Celer se tomó el tiempo para informarles a cada uno de ellos que habían hecho una "excelente elección". Marcus pensó que Volesus podría rechazar una oruga, considerando sus ruidosas objeciones, pero al final, sin decir palabra, escogió una de las dos orugas restantes, sin pensarlo mucho.
“¡Excelente elección!”, aprobó Celer. “Ese siempre era el primero en quejarse. ¡Te queda perfecto!”
Y entonces solo quedó una oruga y un solo estudiante.
Claudia observaba el palco con expresión preocupada, con las manos entrelazadas frente al pecho. Parecía extremadamente nerviosa, como si estuviera a punto de ser invitada a subir al escenario para dar un gran discurso o de ser ejecutada.
Marcus suspiró.
—Claudia… ¿sabes que siempre puedes decir que no, sí? —le dijo Marcus—. Dije que no les obligaré a tener las orugas si no las quieren.
Pensaba que sería bueno para ellas que aceptaran las orugas, pero también creía que no tenía sentido darle un insecto gigante a una niña que le tenía pánico a los insectos.
“Yo… me gustan las mariposas… pero no sé…” dijo.
La última oruga que quedaba en la caja parecía angustiada. Ahora que estaba sola en una caja silenciosa, toda curiosidad por su nuevo entorno parecía haberla abandonado. Se arrastraba en todas direcciones, sin siquiera intentar escapar de la caja, emitiendo constantemente lastimeros gemidos y llamando a sus compañeras. Las otras orugas estaban cerca, pero demasiado absortas en las criaturas que las sujetaban como para responder a sus gritos.
“¿Qué… qué va a pasar con él si no lo cojo?”, le preguntó Claudia a Celer.
—Oh, no te preocupes —le aseguró Celer—. Simplemente la dejaré de vuelta en el Bosque Onirico para que se las arregle sola. No te dejes engañar por su apariencia: son bastante resistentes. Dejará de llorar después de unos días y aprenderá a sobrevivir por su cuenta. O la comerá algún animal, supongo. Eso pasa a veces.
—Eso es demasiado cruel —protestó Claudia en voz baja.
Celer no dijo nada.
Claudia se mordió el labio nerviosamente y, tras unos instantes de inquietud, metió la mano en la caja con vacilación y cogió la última oruga que quedaba. Esta dejó de llorar al instante y miró a la niña con curiosidad.
“¡Yo… yo la tomo!”, anunció Claudia.
“¡Excelente elección!”, exclamó Celer. “¡No se lo digan a nadie, pero guardé lo mejor para el final!”
—Aquí estamos todos —le dijo Volesus, sin inmutarse—. ¡Qué transparente! ¡Dices eso de todas y cada una de las orugas!
“Soy su madre. Por supuesto que me parecen geniales”, dijo Celer. “Bueno, ahora que todos tienen su propia oruga, tengo un secreto que contarles. Y es un secreto de verdad, así que no se lo cuenten a nadie sin mi permiso o el de Marcus, ¿de acuerdo?”.
Todos guardaron silencio. Celer les instó a acercarse, como si eso pudiera frustrar cualquier intento de espionaje que pasara desapercibido.
«Si logran alcanzar el rango de manifestación espiritual cuando las orugas se transformen en mariposas, obtendrán beneficios increíbles y misteriosos, y su compañera mariposa se volverá extremadamente poderosa», les dijo Celer en tono conspirador. «¡Sin duda serán de los magos más fuertes de su rango!»
Ninguno de ellos dijo nada por un segundo. Esperaron a que Celer dijera algo más, pero no parecía que fuera a hacerlo.
“Eh, pero ¿no es bastante difícil alcanzar la manifestación espiritual?”, preguntó Diocles.
—¿De qué tipo de beneficios estamos hablando, por cierto? —añadió Agron con recelo.
“¿Estás diciendo que debemos sincronizar nuestro avance al rango de manifestación espiritual con el crecimiento de tu oruga?”, añadió Julia. “Pedirnos que alcancemos el rango cinco ya es un reto, ¿pero ahora además tenemos que calcular el momento exacto?”.
—Oh, no te preocupes por eso último —le dijo Celer a Julia—. Las orugas ajustarán su ciclo de vida a tu ritmo de crecimiento. Si perciben que estás progresando hacia la manifestación espiritual, pausarán su maduración para igualarte. Tú solo preocúpate por alcanzar el quinto rango de poder lo antes posible; las pequeñas se adaptarán al ritmo que les marques.
«Aunque no logréis manifestar el espíritu, al final obtendréis un poderoso compañero espiritual, así que no es un esfuerzo en vano», les dijo Marcus. Se giró hacia Celer. «¿Por qué no les cuentas un poco sobre cómo cuidar a las orugas?»
—No hay mucho que decir —protestó Celer—. Son pequeños devoradores curiosos que viven para comer y dormir. Solo dales algo para entretenerlos y mucha comida, y listo. No son difíciles de complacer. Se alimentarán de casi cualquier planta mágica que les des, incluso de las venenosas.
A Celer no parecía importarle, pero las plantas mágicas eran un alimento caro. No era de extrañar que la gente rara vez se interesara en tenerlas como familiares. Marcus se lo había preguntado cuando escuchó la explicación de Celer por primera vez. Considerando la gran cantidad de plantas y su afán por vincularse con un invocador, deberían usarse más… pero con gustos tan caros, no era de extrañar que a pocos les importara.
Marcus estaba bastante seguro de que tendría que ayudar a sus alumnos a alimentar a las orugas, de lo contrario morirían de hambre por falta de alimento...
—Son bastante inútiles en combate —continuó Celer—. Cuando envejecen, pueden enredar a los enemigos en seda, pero poco más. Tendrás que protegerlos tú, en lugar de al revés. Dicho esto, son espíritus de los Planos Exteriores. No mueren realmente cuando los matan aquí, así que no pasa nada si mueren de vez en cuando. Simplemente puedes invocarlos de nuevo al cabo de un día o dos.
—¡No! —gritó Julia de repente, apartando la oruga de ella.
Marcus no tardó en darse cuenta de que la oruga había intentado mordisquear el medallón de hueso de ballena que les había regalado a todos sus alumnos. En ese momento, la oruga chillaba y agitaba sus patitas rechonchas en protesta por haberle quitado su nuevo bocadillo.
—¡Oh! —dijo Celer de repente—. Eso me recuerda algo. Quizás quieras guardarles algo duro y mágico para que lo mastiquen cuando estén aburridos. No bromeaba cuando dije que viven para comer. Siempre tienen hambre.
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Tras darles algunos consejos más sobre el cuidado de las orugas —aunque Celer no sabía mucho del tema, dada la negligencia de su especie—, Marcus pasó a ayudar a sus alumnos a establecer un pacto con los voraces espíritus feéricos que acababan de adquirir. Dibujó un círculo mágico en el suelo y les pidió a cada uno que entrara y se sentara en el centro mientras Marcus realizaba el ritual de unión. Solo tenían que expresar su conformidad cuando Marcus se lo indicara.
Las orugas también debían estar dispuestas, pero eso no resultó ser un problema. Todas estaban increíblemente ansiosas por aceptar el vínculo familiar cuando percibían que alguien intentaba conectar con ellas. Probablemente, algún instinto les decía que aquello era algo bueno.
Después de eso, Celer regresó a su plano. Su trabajo había terminado.
Una vez que ella se marchó, Marcus plantó una semilla de alma en cada una de las diez orugas. Pensó que su naturaleza espiritual podría impedir que las semillas echaran raíces, pero las orugas no opusieron resistencia al proceso de implantación.
No tenía ni idea de si sacaría algún provecho al colocar semillas de alma en las orugas, pero sentía curiosidad por saber cuáles serían los resultados. ¿Acaso un grupo de espíritus feéricos no le ofrecería perspectivas verdaderamente únicas?
En cualquier caso, si bien crear semillas de alma era sorprendentemente fácil, Marcus se había excedido un poco con su creación últimamente. Le había implantado una a Iris después de que Shamshir se marchara —su poderosa alma ardiente no ofreció resistencia alguna al proceso—, así que ahora todos sus alumnos tenían una. Había colocado varias en animales salvajes al azar mientras probaba los hechizos, y había usado bastantes para hacer los medallones de hueso de ballena que llevaban sus alumnos. Y ahora también en las orugas… En este punto, el gasto de almas comenzaba a debilitarlo notablemente y a desestabilizar su magia, así que tendría que tomárselo con calma por un tiempo.
Por suerte, el mundo le complació en ese sentido, y los siguientes cuatro meses transcurrieron en una rutina tranquila
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Los niños practicaban la Técnica Árbol del Alma a diario. Helvran también les enseñó a leer y a contar, así como otras cosas básicas como historia y geografía. Regulus no necesitaba oír nada de esto; era una persona muy culta y educada, ya que había recibido clases particulares desde pequeño. Iris, a pesar de haber recibido también clases particulares, no sabía absolutamente nada de la historia ni de la geografía de Tasloa, así que estas lecciones sí le resultaron útiles. Sin embargo, sabía leer y escribir el idioma local a la perfección, lo cual era extraño y le recordaba a Marcus algunas de las otras rarezas que la rodeaban a ella y a Shamshir. Como el hecho de que su tío tuviera un montón de libros de magia de madera que Marcus podía entender perfectamente, a pesar de ser de otro planeta…
Él confrontó a Iris al respecto, y su respuesta fue completamente inesperada.
—¿No lo sabes? —le preguntó ella, sorprendida—. Los Constructores de Esferas colonizaron toda esta región del espacio. Todas las sociedades humanas del sector descienden de ellos, y muchas de las élficas también. Algunas tribus se distanciaron más de nuestras raíces comunes, otras menos, pero deberías entender al menos un poco a los humanos de planetas cercanos. Sobre todo porque los dioses de los distintos planetas se comunican constantemente y ejercen influencia para mantener la similitud de sus lenguas.
—No lo sabía —admitió Marcus—. Pero aun así, nuestros idiomas no solo son parecidos, sino prácticamente idénticos . He viajado por todo el planeta y no todos hablan igual. Sí, podía entender más o menos a cualquier persona con la que me encontraba, pero cada región tiene su propio dialecto y me llevó tiempo acostumbrarme. ¿No es extraño que te entienda con más facilidad que alguien del otro lado del planeta?
Iris frunció el ceño, pero no tenía una explicación satisfactoria para él, para ella solo había un idioma universal.
“Puede que en este planeta pasen más cosas de las que yo creía”, admitió Iris. “Mi tío decía que vino aquí porque era un lugar insignificante, pero ahora que lo pienso, probablemente mentía sobre sus motivos”.
En cualquier caso, dado que Regulus no sacaba ningún provecho de las lecciones de Helvran, y que Iris solo necesitaba las de historia y geografía, Marcus decidió mantenerlos ocupados con otra cosa mientras los demás asistían a clase. Para Iris, eso significaba correr vueltas alrededor de la torre y hacer ejercicio físico, ya que estaba en muy mala forma. Para Regulus, consistía en llevarlo de excursión por el bosque, enseñándole consejos básicos de supervivencia y exponiéndolo a animales salvajes, peligros ambientales y otras cosas a las que debía prestar atención.
Por supuesto, el resto de sus alumnos tampoco estaban exentos de tales cosas. Simplemente les prestaba un poco menos de atención. Aún debían realizar ejercicios diarios, y Marcus se aseguraba de llevarlos al bosque con frecuencia, enseñándoles a encontrar plantas mágicas comunes y exponiéndolos a criaturas mágicas débiles como caracoles, lagartos de chispas, arañas aterradoras y lobos terribles. Marcus todavía no confiaba en que deambularan solos por el bosque alrededor de la torre, pero tenía grandes esperanzas de que para la próxima primavera pudiera enviarlos a la naturaleza a recolectar plantas o buscar otros materiales mágicos.
Tras unas semanas más, terminó un campo de entrenamiento junto a la torre donde sus alumnos podían practicar tiro con arco y, más adelante, también sus hechizos a distancia. Contenía varios maniquíes mágicos autorreparables que Marcus había traído de Adria. También compró varias ballestas y las repartió entre sus alumnos para que tuvieran con qué practicar.
Agron sentía especial predilección por el campo de entrenamiento, aunque prefería usar su arco en lugar de la ballesta que Marcus le había regalado. Se le podía encontrar allí a menudo durante el día cuando no estaba entrenando, asistiendo a clases o haciendo sus tareas. Sin embargo, Marcus se sorprendió al darse cuenta de que no era el único que usaba con frecuencia los maniquíes de entrenamiento. Julia también estaba allí todos los días, por alguna razón, practicando con la ballesta que él le había dado sin falta. Extraño. No se lo habría esperado de ella.
Sin embargo, si Julia pensaba que su inesperado entusiasmo por las ballestas la libraría de las prácticas de lucha con bastón, estaba equivocada. Él seguía insistiendo en que todos practicaran con regularidad.
Agron también dominaba en eso. De hecho, el muchacho de la montaña ya tenía experiencia luchando con un bastón, y era tan hábil que no tenía sentido enfrentarlo a ninguno de los otros estudiantes. En cambio, mientras los demás practicaban movimientos y golpes básicos, Agron entrenaba con el propio Marcus, ya que era lo único que realmente le resultaba útil.
Marcus se sentía un poco avergonzado de admitirlo, pero Agron era casi tan bueno en el combate con bastón como él mismo. Solo su mayor fuerza física le permitía dominar esos combates de práctica. En defensa de Marcus, hacía muchísimo tiempo que no ponía en práctica esas habilidades.
El campo de entrenamiento no fue la única zona nueva. Marcus también mandó construir nuevas viviendas para los estudiantes para que dejaran de pelearse por las tres habitaciones de la torre. Las nuevas casas eran pequeñas y estaban situadas muy cerca de la torre; aun así, ampliar las protecciones de la torre para cubrirlas todas resultó ser un desafío. Marcus acabó gastando una cantidad considerable de su fortuna en piedras de delimitación de las protecciones y otros materiales necesarios, y el proyecto puso a prueba la cantidad de tierra local. Probablemente nunca podría fortalecer ni ampliar aún más el sistema de protección de la torre dependiendo de los flujos de maná locales. No es de extrañar que el fundador de la Academia Amatista optara por expandirse bajo tierra en lugar de construir alrededor de la torre…
Aun así, sus alumnos apreciaron sus esfuerzos y reclamaron con entusiasmo las nuevas casas para sí mismos. Tras varios meses de disputarse el espacio con los demás chicos, ni siquiera Volesus, el mas quejón, protestó de su nuevo alojamiento, lo cual fue un alivio.
En cuanto a las antiguas habitaciones de la torre, Marcus las transformó en una biblioteca. Al fin y al cabo, ¿qué academia de magia no tenía una biblioteca repleta de libros? Contó con la ayuda de Titus, de la Academia del Gran Árbol, y de su amigo y aliado Publius, de la Academia del Gran Mar, para conseguir una gran cantidad de libros, y le pidió a Renatus que lo ayudara a transportarlos desde Adria y la Academia del Gran Árbol hasta su torre. Era una lástima no poder recurrir a Renatus y su habilidad con más frecuencia para el transporte, pero, por desgracia, levantaría sospechas si lo llevara a todas partes sin motivo aparente. Era realmente sorprendente que Renatus pudiera controlarse tan bien y mantener su habilidad en secreto. Por lo que Marcus sabía, ninguno de sus compañeros sospechaba que tuviera ningún tipo de habilidad mágica.
Así que ahora la torre contaba con una biblioteca a la que sus alumnos podían acceder en su tiempo libre. Incluso tenía varios libros de hechizos comunes, aunque por el momento les resultaban inútiles. Regulus era quien más apreciaba el lugar y pasaba allí bastante tiempo cada día. Curiosamente, Cricket también era una visitante frecuente, aunque parecía más interesada en hojear las páginas y mirar las ilustraciones que en leer.
Marcus tomó nota mentalmente de encargar algunos cuadros en un futuro próximo y colgarlos alrededor de la torre.
Ah, claro. Se encargó de una serie de pequeños lujos de los que sus alumnos se habían estado quejando desde hacía tiempo. Construyó una serie de letrinas cerca de la torre, se abasteció de platos y utensilios de cocina, les compró camas de verdad para que durmieran, etc. Marcus no entendía muy bien las quejas: él dormía en el suelo de su oficina y comía con las manos, así que no era como si les estuviera obligando a hacer algo que él mismo no hiciera. Tenía la intención de solucionar estos problemas más adelante , pero al parecer era demasiado lento y raro, y sus alumnos daban mucha más importancia a cosas como no defecar en un arbusto o poder bañarse en un lugar privado donde nadie pudiera entrar y verlos desnudos.
¿Cómo podrían acampar en la naturaleza durante largos periodos de tiempo y viajar por el mundo a pie si fueran tan sensibles?
Bueno, da igual. La mayoría de esos problemas ya estaban solucionados, así que con suerte dejarían de molestarlo con tonterías y se centrarían en sus estudios. La generación actual era muy sensible.
También aceptó el trato con Dain y los demás adeptos locales que se habían ofrecido a proveerles de lo necesario. Tal como habían dicho, gozaban de una excelente reputación en las aldeas cercanas y tenían la capacidad de conseguir o recolectar prácticamente cualquier producto o material. Pronto, la torre contó con un suministro constante de carne, queso y, lo más importante, hierbas mágicas.
Las orugas eran voraces y su apetito era difícil de saciar.
En general, Marcus pensó que los niños se desenvolvieron bastante bien con sus nuevas responsabilidades respecto a las orugas. Hubo muchas quejas sobre los muebles y otras pertenencias que mordisqueaban, y Renatus logró aplastar a su oruga hasta matarla cuando, de alguna manera, volcó una de las estanterías de la biblioteca mientras "buscaba entradas secretas", lo que obligó a Marcus a invocarla de nuevo. Además, a pesar de las afirmaciones de Celer de que se alimentaban de hierbas mágicas, las orugas parecían dispuestas a probar cualquier alimento que encontraran, vegetal o no, mágico o no. Todos aprendieron rápidamente a no dejarles la comida a su alcance.
Debido a la dificultad de alimentar a las orugas con tantas hierbas, Marcus decidió volver a poner en funcionamiento el pequeño campo junto a la torre. Estaba completamente cubierto de maleza cuando llegaron, y aunque había hecho que sus alumnos cortaran toda la hierba y arrancaran los arbustos más invasores, seguía siendo solo una pradera controlada. Ahora, Marcus quería plantar hierbas mágicas allí y darle un uso práctico. Si bien era improbable que pudiera abastecer a la torre con todas las plantas mágicas que necesitarían, al menos aliviaría un poco la presión.
Los huérfanos de Colina de Sauce estaban horrorizados, pues creían que se habían librado del trabajo de campo al salir del orfanato, pero Marcus no se desanimó y, finalmente, preparó y sembró el terreno. Las plantas tardarían un tiempo en empezar a crecer, y tendría que asegurarse de que las orugas no se metieran en el campo y se lo comieran todo antes de que tuviera la oportunidad de madurar, pero Marcus tenía grandes esperanzas puestas en el proyecto.
Así, sin más, habían pasado cuatro meses. Marcus estaba satisfecho con todo el trabajo realizado, tanto en convertir la torre en algo parecido a una academia mágica en condiciones como en el entrenamiento de sus alumnos. Ya había notado que algunos de los niños eran capaces de mantener la Técnica Árbol del Alma durante largos periodos de tiempo y estaban a punto de interiorizarla por completo. Una vez que lo consiguieran, podrían lanzar sus primeros hechizos y convertirse oficialmente en magos de rango uno.
Más importante aún, los propios niños parecían intuir lo cerca que estaban del éxito. Julia, gracias a su afinidad con la madera y a la ventaja que tenía sobre los demás, ya estaba increíblemente cerca de lograrlo, y dedicaba cada momento libre a practicar la Técnica Árbol del Alma, hasta el punto de que Marcus tuvo que decirle que bajara el ritmo y se relajara para evitar que se lastimara accidentalmente. Sospechaba que le tomaría menos de una semana lograr la interiorización total.
Los demás tampoco se quedaban muy atrás. Incluso los más lentos y menos talentosos, como Cricket y Cassia, parecían estar más motivados últimamente, decididos a no quedarse muy atrás. Marcus sospechaba que en el transcurso de los próximos dos meses, o incluso menos, todos serían magos de rango uno.
Fue un crecimiento impresionante, pero no sin precedentes.
Normalmente, los nuevos reclutas tardaban alrededor de un año en interiorizar una técnica fundamental, suponiendo que tuvieran buen talento, compatibilidad con la técnica en cuestión y entrenaran a diario. Sin embargo, este proceso podía acelerarse considerablemente si el profesor se involucraba mucho con sus alumnos y los obligaba a entrenar muy, muy duro… como lo hacía Marcus en ese momento. La mayoría de las academias no exigían tanto a sus alumnos como podían, porque tenían demasiados estudiantes a los que dedicar toda su atención. Además, lograr que el alumno alcanzara el primer rango lo más rápido posible no era de vital importancia. Pero si era necesario, era bien sabido entre ellos que una persona podía convertirse en un experto de rango uno en tan solo cuatro a seis meses.
Al ver que sus alumnos estaban tan cerca de unirse a la comunidad de magos profesionales y que discutían entre sí sobre los próximos pasos y especulaban sobre el tema, Marcus decidió reunirlos para darles una lección sobre cómo funcionaban los primeros rangos de mago. Después de todo, una vez que se convirtieran en magos de verdad, se esperaba que se relacionaran e interactuaran con las comunidades de magos ya existentes, y debían saber cómo juzgar los poderes de quienes los rodeaban y comportarse adecuadamente con sus compañeros.
Pues bien, en lugar de reunirlos como es debido, Marcus simplemente decidió irrumpir en una de las clases de Helvran y hacerse cargo de ella durante un día. Por suerte, al sacerdote no pareció importarle su repentina interrupción, a pesar de que Marcus no le había avisado con antelación de su intención.
En defensa de Marcus, ni siquiera él sabía que iba a hacer esto hoy…
—Muy bien —dijo a sus alumnos reunidos. Helvran solía impartir sus clases en el pequeño templo que Marcus le había construido, así que estaban todos apiñados en ese espacio relativamente pequeño, empujándose y luchando por hacerse sitio. Realmente necesitaba construir esa sala de reuniones… —Creo que por fin están listos para escuchar algunos de los misterios más profundos de nuestro arte. Por lo tanto, les daré una visión general de cómo funcionan los primeros cinco rangos de mago, la estructura de los cielos y algunos datos sobre nuestro mundo que no suelen comentarse con la gente común…

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Zenith de la Hechicería (Novela)
Capítulo 21
Zenith de la Hechicería (Novela) Capítulo 20
Estás leyendo el capítulo 20 de Zenith de la Hechicería (Novela), un novela. Tras años de exilio, Marcus regresa a casa Como mago poderoso y sin apenas rivales, Marcus habita un mundo repleto de monstruos y usuarios de magia de gran poder; muchos de ellos guardan cuentas pendientes con él. Sin… Este capítulo tiene publicado el 23 de julio de 2026, Traducido por el grupo Darkar16. Zenith de la Hechicería (Novela) tiene 42 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.