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Leer Una estrella en el cielo (Novela) Capítulo 5 online gratis en español

Samael se presentó frente al grupo con la llave en la mano y se la extendió a Gabriel. —Toma. Te daré esto, pero con una condición. —¿Qué…? —No voy a dejar que este mundo caiga en la locura de nuevo. —¿Qué está pasando? ¿Por qué no nos dices nada? —Demasiadas cosas y poco tiempo. Lo único que debes saber es que tienes que encontrar otras dos de estas… —¿Llaves? —Sí. Yo tengo una. Esta es otra. Tu jefe tiene una más… y todavía faltan dos. —¿Para qué las quieres? —Las vamos a destruir. Todas juntas. —¡Pero dinos algo! Samael suspiró. Volteó la mirada hacia María, que seguía observándolo con una mezcla de curiosidad y miedo. —Está bien. Solo tenemos tiempo para una explicación. Samael dejó la llave en la mano de Gabriel, abrió una puerta y les hizo una seña para que lo siguieran. Los pasos resonaron mientras descendían por unas oscuras catacumbas, apenas iluminadas por el brillo de Samael y el halo de María. —Verán… aquí, en Rayo, se realizó hace muchos años una de las hazañas más importantes de nuestra historia. Cinco grandes héroes entraron aquí para enfrentarse a ÉL. —¿ÉL? —Una criatura. Un dios. Al terminar de bajar, una enorme puerta apareció frente a ellos. Samael tomó nuevamente la llave de la mano de Gabriel y la introdujo en la cerradura. La puerta se abrió. Al otro lado había un largo pasillo que terminaba en otra puerta. Samael continuó caminando. —La humanidad despertó, en su ambición, algo que no sabía controlar. Algo que no podía manejar… y ofrecieron sus almas con tal de seguir avanzando. Samael abrió la segunda puerta. Esta daba hacia una escalera que subía. Comenzaron a subir mientras continuaban hablando. —La humanidad lo despertó a ÉL y le ofreció sus almas y su individualidad a cambio de algo que llevaba mucho tiempo buscando: la inmortalidad. Al terminar las escaleras, llegaron a otra puerta. Samael se volteó para mirarlos. —Los cinco héroes crearon estas llaves para guardar su poder y revertir las consecuencias. La inmortalidad no fue como la humanidad creyó que sería. No morir fue demasiado para ellos. Gabriel miró a Samael mientras este apoyaba una mano sobre la puerta. —No supieron verlo… No morir es la peor tortura que podría existir. Para abrir todas las puertas se necesitan todas las llaves, y solo alguien que tenga las cinco podrá acceder a la sexta, que está justo en el corazón del país. —Y tú quieres destruirlas. —Para que nadie pueda abrir las puertas jamás. —Si es tan malo, entonces ¿por qué alguien querría que volviera? —Nadie quiere que vuelva… excepto uno. —¿Quién? —Erebus. El último ocultista de ÉL, el dios sin nombre. —P-pero… ¿por qué? —Porque añora eso. Añora la inmortalidad. Y si debe condenar a la humanidad entera para conseguirla, lo hará. Gabriel frunció el ceño. —Eso no tiene sentido… —Para él sí lo tiene. Samael volvió la mirada hacia la puerta. —Y ahora mismo está buscando una forma de regresar al plano físico. Hará hasta lo imposible por volver. Samael cerró la llave en la mano de Gabriel. Luego la tomó con delicadeza y lo miró directamente a los ojos. Su figura comenzó a brillar con mayor intensidad. —Cuando te pongas esto… cuando te coloques esta llave en el cuello, aceptarás ese castigo con tal de salvar a la humanidad. —¿Quieres… decir…? —Sí. Si te colocas esta llave en el cuello, aceptarás protegerla hasta que podamos destruirlas. Pero el fragmento se unirá a tu alma y, aunque la llave sea destruida, tú seguirás sin envejecer. Samael hizo una pausa. —¿Aceptas esta tortura con tal de salvar a la humanidad de Erebus? Gabriel bajó la mirada hacia la llave. —Pero yo no soy nadie… No sé si pueda. Samael volvió a mirarlo. —Piensa en qué mundo le dejarás a tu hermana. Gabriel guardó silencio durante unos segundos. —Bien… Lo haré por ella. Gabriel cerró el puño alrededor de la llave y se la colocó en el cuello. La llave brilló. De repente, su propio corazón salió de su pecho y el símbolo de la llave se grabó directamente sobre su carne. —¿Q-qué pasa…? Sus ojos brillaron y su cuerpo comenzó a elevarse en el aire, permaneciendo suspendido mientras todo el grupo lo observaba. —¿Dónde…? Al abrir los ojos, vio frente a él el esqueleto de aquel dios, mientras varias esferas giraban a su alrededor. Sentía como si caminara sobre un riachuelo en movimiento. El suelo era negro y reflejante, como si estuviera hecho de agua oscura. —Viajero. —¿Dónde estamos? —En tu alma… y en la mía. Gabriel miró a su alrededor. —Vaya… Está oscuro aquí. —Mi alma pelea con la tuya. —¿Por qué? —Por la predominancia del cuerpo. —Yo no quiero pelear. —Yo tampoco, pero así funciona esto… Gabriel bajó la mirada hacia el suelo. —¿Tenemos que pelear a la fuerza? —No. Alguno podría rendirse. El dios hizo una pausa. —Pero el que se rinda… morirá y desaparecerá. —¿No hay otra forma? —No. No existe otra forma. Gabriel se sentó frente a la figura que flotaba. Miró sus ojos mientras esta se inclinaba sobre él. —¿Te rindes? —En absoluto. —Pero… estás aquí y no estás atacando. —Tú tampoco. —Llevo vivo mucho tiempo. Si volviera a vivir, si mi alma ganara esta batalla, entonces tendría que seguir viviendo. —La Corona ya no existe, ¿sabes? —Lo sé… —Ahora es solo un desierto estéril de vida… El dios guardó silencio durante unos segundos. —Si lo ves así… me rindo. Pero aún no me elimines. Quédate conmigo un tiempo más. No quiero desaparecer todavía… —Tienes miedo. —Bastante. Pero más miedo me daría tener que seguir viviendo. Gabriel bajó la mirada. —¿Te tranquilizaría si te prometo hacer de la Corona una tierra bella y próspera de nuevo? El dios lo observó en silencio. —Si hicieras eso… de donde sea que mi alma vaya, o incluso desde la nada misma si desaparezco, te agradeceré eternamente. —Lo haré. En tu memoria. —No dejes que vuelvan a odiar la vida. —Haré una estatua para que no lo olviden. Y me aseguraré de que no vuelva a pasar mientras yo viva. La figura del dios frente a él se iluminó. Comenzó a elevarse mientras la oscuridad del suelo desaparecía, reemplazada por un azul profundo, como si Gabriel estuviera sentado directamente sobre el mar. —Ha llegado mi tiempo. El sufrimiento del trono acabó, al igual que mi vida… —A donde sea que vaya tu alma, te haré sentir orgulloso. —Cuento con eso. Finalmente, la figura desapareció como arena llevada por el viento. El negro del suelo se transformó por completo. El riachuelo se volvió de un azul celeste y todo el lugar comenzó a iluminarse. Gabriel volvió a la realidad. Cayó sobre unos brazos fríos y blandos. —Bienvenido a la familia… Dijo una voz grave que lo arrullaba. El frío del ambiente aumentó hasta aplacar el dolor de su corazón, todavía fuera de su cuerpo. —¿Q-qué…? Abrió los ojos. La enorme figura del Rey Yeti lo sostenía entre sus brazos. Finalmente, lo soltó suavemente sobre el piso y lo sentó en un escalón. —He vuelto… aquí. —Y como uno de nosotros. Se levantó y miró su propio corazón, que flotaba frente a él, marcado por la figura de una corona. —Ese… —Es tu corazón. Has cambiado mucho, sin duda. Gabriel levantó la mirada y vio al Rey Yeti, muy diferente de como lo recordaba. Sus manos eran de hielo y grandes diamantes de hielo flotaban alrededor de sus muñecas, como si orbitaran alrededor de ellas. —Tú también. Gabriel miró sus propias manos, marcadas por la figura de la corona. Después observó sus brazos, recorridos por venas doradas. —¿Cómo me veo? —Míralo tú mismo. El Rey Yeti movió un cristal de su mano. Este se hizo más grande hasta convertirse en una superficie reflectante que le permitió a Gabriel verse a sí mismo. Su rostro brillaba intensamente, cubierto por venas doradas. Se tocó la cara y luego volvió la mirada hacia atrás. Dos brazos flotaban detrás de él. Los movió con naturalidad, como si siempre hubieran estado allí. Después llevó una mano hacia su corazón, cubierto por una cúpula dorada semitransparente. —¿Y tengo poderes de dios como ustedes? —Deberías. —¿Cuáles? —Quién sabe. Eso debes descubrirlo tú mismo. Gabriel movió los brazos flotantes que lo rodeaban. Intentó alejarlos lo más posible, pero no encontró ningún límite de alcance. Entonces volteó a ver a su hermana, que se escondía detrás del Rey Yeti. —Te ves escalofriante. —Pero sigo siendo yo… Gabriel extendió uno de sus brazos flotantes hacia María. Ella lo tomó. Sintió el tacto frío, como si estuviera tocando mármol, y se dejó levantar por ambas manos hasta quedar frente a él. —Das miedo. —¿Tú crees? María se colocó su máscara de lobo y gruñó de manera juguetona. —¡Yo también puedo ser aterradora! —Oye, oye… Ten cuidado. Vas a infartar a alguien. María empezó a dar vueltas con su máscara puesta, corriendo y gruñendo. El halo sobre su cabeza y su kimono rosa iluminaban el oscuro pasillo. Samael los observó durante unos segundos antes de hablar. —Ahora debo pedirles que recolecten las dos llaves restantes y las traigan. Gabriel miró sus nuevos brazos. —No puedo pasar desapercibido así. —Eso es obvio. —Podrías ir en la mochila tú. —Es demasiado pesada para ti… —¿Quién dijo que la voy a cargar yo? Que la cargue la loba. —Podría ser… una buena idea. Gabriel empezó a bajar las escaleras y pronto salieron de las catacumbas. —La siguiente ciudad… Bueno, es complicado. —¿Por qué? —La más cercana es el Corazón, pero para llegar hasta ella tendrán que atravesar el mar. —Oh… Eso suena complicado. —Lo más complicado va a ser, sin duda, la segunda parte. —¿A qué te refieres…? —Tendrás que bucear hasta la ciudad. 007 se echó hacia atrás. El viejo la miró. —Sí, tendrás que quedarte. —¿Por qué? —Las máquinas y el agua no se llevan bien, así que tendrás que esperar aquí hasta que vuelvan. 007 bajó las orejas. Gabriel la miró. —¿Entonces quién cargará la mochila? —Yo podría hacerlo —dijo el viejo—. No lo parece por mis canas, pero… tengo fuerza. Aunque hay un problema. —¿Qué clase de problema? —Verán, este diseño de mochila necesita cargarse con la luz del sol, y bajo el agua llega muy poca. —¿O sea? —Que no podemos llevarte todo el tiempo en ella. Gabriel se señaló a sí mismo. —¿Y cómo se supone que escondamos… esto? —Solo podrías salir en sitios muy escondidos. —Ni eso. —¿Por qué? El rey miró a Gabriel durante unos segundos. —La energía divina de Gabriel es muchísimo más grande que la de cualquier otra persona en ese sitio. La diferencia es tan abismal que cualquiera podría sentirla. Gabriel miró sus cuatro brazos flotantes. —Sí… Supongo que eso dificulta un poco pasar desapercibido. —Si se carga al completo, la mochila dura tal vez dos días sin volver a cargarse. —Tenemos dos días… Michael negó con la cabeza. —No es suficiente. Gabriel empezó a flotar por el campo, mirando hacia el horizonte. Después de avanzar unos metros, el Rey Yeti lo tomó por los hombros. —Vas a atravesar el mar, ¿eh? —Sí. Suena divertido. —¿Sabes lo que es el mar? —Lo leímos en una historia María y yo. —Esa niña todavía no sabe lo que este mundo es… o, mejor dicho, no lo entiende. —Tiene diez años. No seas duro con ella. Debería estar jugando con muñecas, no con invocaciones. —¿Qué otra opción le queda? —Ninguna… El Rey Yeti guardó silencio durante unos segundos. —Si es lo que hay, trata de hacerlo lo más ameno posible. —¿Cómo se supone que lo haga ameno? Es literalmente una guerra… —Debe crecer muy rápido. —Eso no es saludable. No es bueno para ella. —Vamos, la has visto. Ella fue capaz de sobrevivir entre criminales. Gabriel volteó la cabeza. María jugaba con el viejo, persiguiéndolo con su máscara de loba. 007 corría detrás de ella mientras todos reían. —Hasta hizo un nuevo amigo… —Ella puede defenderse sola. —Debe poder. —Pero tú no lo entiendes… Yo le cambiaba los pañales hasta hace tan poco. —Tú lo ves como si hubiera sido hace poco. Ella tiene diez años. —Debo protegerla. —Debes enseñarle a protegerse. Es más efectivo en este mundo. Gabriel guardó silencio. —¿Cómo podrá ser una mujer de bien en este mundo? El Rey Yeti miró hacia María. —Ella me recuerda tanto a mí cuando era pequeño. Tuve que sobrevivir sin saber muy bien contra qué estaba luchando. Y yo no seré la mejor persona del mundo, pero tampoco me considero una mala persona. —como pudiste convertirte en alguien tan bueno en este mundo —tuve buenos amigos Gabriel se levantó, miro a los 3 jugando y se acerco levantando a María al cielo con sus brazos, subiéndola muy alto —¡ahora puedo volar! —sí, ahora podrás volar María levanto sus brazos e hizo sonido de ave mientras los movía de arriba hacia abajo —¡soy un pájaro loba! —que peligroso… —¡soy riesgosa! ¡los atrapare! María miro a 007 y a Michael, Gabriel la movió hacia ellos, todos rieron mientras corrían dando vueltas, el Rey los miro de lejos —disfrútala mientras la tengas Gabriel… porque vas a sufrir cuando no la tengas Dijo de lejos, viéndolo jugar. Miró hacia el horizonte y luego se levantó para jugar con ellos. La tarde pasó. La noche, iluminada por la estrella, llegó, y Samael, junto al Rey Yeti, miraba hacia el mar desde el puerto. —Este barco se ve bien. —Lo hicimos en Rayo. Hemos mejorado mucho en esto, en parte gracias a ti. —Yo solo te di unos consejos. Tampoco es mérito mío. —¿Probamos el barco? —No creo que aguante mi peso. El Rey soltó una larga risa profunda con su gruesa voz. —Tienes razón. En la mañana partirán hacia el Corazón. —Ya pasaron por mucho. —Pero nada parecido a esa ciudad. —Esa ciudad es… especial. —Cruel. —Sí… esa es una buena descripción. Gabriel, María y Michael llegaron al puerto. Michael llevaba la mochila al hombro y caminaba lentamente. —Bueno, ¿están listos? —Sí. Aún la mochila no está completamente cargada, pero durante el viaje trataré de que se cargue. —¿Y yo voy volando? —¿No te vas a subir al barco? —Solo trato de mejorar usando mis… capacidades. María se subió al barco corriendo y empezó a dar vueltas con los brazos extendidos. —¡Este barco es gigante! —Parece que a María le gusta. —Por lo menos ella lo va a usar. Pensé que había perdido todo ese trabajo. Michael subió lentamente al barco, mientras Gabriel, sostenido por sus brazos flotantes, volaba por encima. —Aprendí a… hacer esto anoche. Varios brazos más aparecieron detrás de él y se acomodaron para sostenerlo, formando una especie de trono. —Se ve bien, ¿no? —Se ve divertido, sin duda. Samael flotó hasta Gabriel, le acarició el pelo y luego le dio dos palmadas en la espalda. El Rey Yeti también le dio dos palmadas. —Confiamos en ti… —No nos falles. Tienes que conseguir esa llave. —Antes de irme… Gabriel bajó al suelo. Los miró a ambos y luego volteó a ver a su hermana y a Michael. —Necesito que me ayuden con algo. —¿Qué pasa? —¿Recuerdan… la tierra a donde fuimos hace poco? —¿Ese desierto? Está muerto. —Sí, lo sé. Pero confío en ustedes… Yo prometí a alguien, le juré a alguien que volvería a tener prosperidad. —Es casi imposible. —Si alguien puede hacerlo, son ustedes dos. Tanto Samael como El rey suspiraron al tiempo —Veremos qué hacer… —No prometemos nada. —Confío en ustedes. Sé que, cuando vuelva, lo habrán logrado. Gabriel voló nuevamente hasta quedar encima de la embarcación. Volteó a verlos una última vez antes de zarpar hacia mar abierto. —¡Mira toda esa agua! —Y no va a parar de aparecer. Pronto estuvieron completamente rodeados de agua hasta donde alcanzaba la vista, dejando atrás la tierra. —Tengo un mal presentimiento sobre ese sitio. —Tranquilo, aún faltan días para llegar. —¿Días? —Sí. A diferencia del resto de los países, este está realmente aislado. Poco se sabe del Corazón, más allá de toda la mercancía que solía llegar de contrabando a la Corona. —¿Qué clase de mercancía? —Carne, vegetales, pescado… muchísima comida, en cantidades enormes. —Debe ser un sitio enorme. —Lo único que sé de ese sitio es que la mayoría no suele asaltar sus barcos. Los que lo intentan y lo logran se llevan una cantidad tan enorme de comida que podrían vivir de ella toda su vida. —¿Y los que no? —No quieres saberlo y yo no quiero describirlo. —Comprendo. Déjalo así, mejor. La bocina del barco sonó, emitiendo un pitido constante. Michael se acercó hasta ella y dejó la mochila a un lado. Un botón rojo parpadeaba junto a la bocina. —Una radio… —Dale al botón brillante. —¿Sabes para qué sirve? —No, pero brilla bonito. Dale. —Primero debo averiguar qué hace, revisar la línea eléctrica, luego tal vez mirar la conexión y triangular la ubicación desde la que llaman y… María tocó el botón con fuerza, con un brillo en los ojos y una sonrisa de lado a lado. —¡Botón! —… La bocina volvió a sonar y, del otro lado, la voz de Samael comenzó a gritar. —¡Deben apurarse en llegar! —¿Q-qué pasa? No hay prisa. —¡Sí la hay! El ocultista ha vuelto al plano físico y se dirige al Corazón. Busca encontrar la llave antes que ustedes. —Pero ¿cómo? —Está al acecho. Tengan cuidado. Un pitido marcó el final de la llamada. Ambos quedaron perplejos. Se miraron entre sí y Michael empujó una palanca. —Y yo que pensé que sería un viaje tranquilo… Gabriel, encima del barco, comenzó a acelerar también su vuelo. —¿Oigan? ¿Por qué aceleramos? —Hay problemas. Debemos llegar lo antes posible. —Pero dime qué pasa… —No hay tiempo. ¡Tú acelera! El barco avanzaba a toda velocidad, dejando una larga estela tras de sí. Michael permanecía en la cabina, moviendo las palancas mientras sudaba y trataba de mantener el barco a máxima velocidad. —Si mantengo este ritmo… tal vez lleguemos en un par de días. —Pero tendrás que dormir. —Si duermo, perdemos tiempo. Puedo sacrificarme estos días. Gabriel volaba a toda velocidad sobre el barco. De pronto, el agua se volvió negra debajo de ellos. Una enorme sombra pasó bajo la embarcación. Gabriel la miró con preocupación. —¿Qué…? La sombra pasó a toda velocidad frente a ellos y, de repente, salió disparada del agua. Una enorme ballena de ojos verdes saltó hacia ellos. —¡Cuidado! Michael dio un volantazo, haciendo girar el barco. Sin embargo, una de las aletas de la ballena golpeó el casco. ¡CRAAACK! El impacto deformó parte del barco y levantó una ola que casi hizo volcar la embarcación. —¿Por qué nos ataca? —¿Y si dejas de preguntar estupideces y la atacas tú? —Ah… sí. Lo siento. Gabriel extendió las manos. Varios brazos dorados aparecieron detrás de él y se lanzaron contra la ballena, clavándose con fuerza en su cuerpo. La sangre comenzó a teñir el agua alrededor de la criatura. La ballena se retorció violentamente. —Es demasiado grande… —¡El barco se está hundiendo! Las olas provocadas por los saltos de la ballena golpeaban la embarcación una y otra vez. Los brazos de Gabriel permanecían clavados en su carne, intentando abrirla a la mitad mientras la criatura luchaba por liberarse. Cada movimiento hacía que el barco se inclinara peligrosamente. —¡¿Qué le pasa a esta ballena?! Los brazos se movieron con más fuerza, desgarrando el abdomen de la ballena. Un bulto rosado comenzó a salir de la herida. La ballena se movió con más fuerza, tratando de liberarse mientras su abdomen se abría cada vez más. —¿Desde cuándo las ballenas son tan agresivas? —¡Solo mata a la maldita ballena! —¡Eso intento! El tejido rosado siguió saliendo mientras las olas golpeaban el barco. Finalmente, el abdomen terminó de abrirse y las entrañas de la ballena salieron al agua, flotando lentamente hasta la superficie. —Por fin… por fin se murió… La ballena dio un último canto. Y siguió moviéndose. Gabriel abrió los ojos. Incluso sin sus entrañas, la criatura continuaba nadando. Sus ojos verdes brillaron con intensidad. Entonces desapareció. En su lugar quedó un pequeño pez dorado, moviéndose lentamente sobre el agua. Gabriel lo atrapó y lo levantó frente a su rostro. —¿Qué eres? El pez soltó una pequeña risa. Sus ojos verdes volvieron a brillar. —Yo pensando que serías más débil… Un dios nuevo que aún no conoce sus poderes no debería ser más que un trámite. El pez sonrió. —Pero… has dado pelea. Gabriel lo miró fijamente. —Nos vemos en el Corazón. El pez comenzó a brillar. Su cuerpo cambió rápidamente, transformándose en un pez espada que cayó al agua y desapareció entre las enormes olas a una velocidad impresionante. Gabriel permaneció flotando sobre el barco. —… —¿Sobrevivimos? —Sí, pero se escapó. —Ese era… —El ocultista que mencionó Samael. Parece que se dirige al Corazón y, así de dañados, él llegará antes que nosotros. —Adelántate. —¿Qué? —Te alcanzaremos. Adelántate. Sé que puedes llegar antes que nosotros. Eres más rápido que el barco. —Dijo que no conozco mis poderes… —Pues acabas de descubrirlos. —Tal vez solo sea que no he intentado nada más allá de usar los brazos. ¿Cómo haces para… tirar magia, hermanita? María se quedó pensando unos segundos. —Solo piensas en lo que quieres, intentas… imaginártelo y luego te lo crees. Gabriel la miró. —¿Y ya? —Sí. Si es que puede pasar, claro. María se encogió de hombros. —Solo es imaginación. —Necesito intentar cosas. Gabriel cerró los ojos mientras volaba sobre el barco. Abajo, Michael reparaba el casco de la embarcación. Gabriel intentó imaginar diferentes cosas. A su lado apareció aquel esqueleto, aunque esta vez era muy pequeño. —Oh… ¿sigues vivo? —Soy tu consciencia. Tranquilo. —Pero te ves como… —Me veo como tú quieres que me vea. El pequeño esqueleto comenzó a dar vueltas a su alrededor mientras Gabriel seguía meditando. Abajo, Michael sostenía el soplete con la boca mientras soldaba el casco. —No sé usar mis poderes. —Sí sabes. —Pero no sé… Jamás los he usado. —Sí sabes. Lo sabes perfectamente. —¡Que no! —Solo concéntrate… Piénsalo bien… El esqueleto se detuvo frente a él. —Y te darás cuenta de que sí sabes. Michael dejó caer el soplete y se tiró al agua. Unos segundos después volvió a subir, recuperándolo. Gabriel miró hacia el frente. Luego volteó a ver su vieja hacha. —O sea… que sí… —¿Ves cómo sí sabes? —Sí… sí sé. Gabriel movió los brazos hacia el frente y tomó el aire entre sus manos. Lo separó. Una grieta apareció frente a él, abriendo el propio aire. Del otro lado comenzó a aparecer una ciudad. —Puedo… separar todo. —Sí, algo así. —Puedo separar el aire… puedo separar… la distancia… Gabriel abrió más y más la grieta. —¿Podré separar…? Michael salió del agua tomando aire. Al levantar la mirada, vio cómo el aire mismo se abría frente a ellos. —Eso es… wow… María miraba hacia arriba, observando cómo los brazos de Gabriel abrían la nada misma. Del otro lado de la grieta, una ciudad se hacía cada vez más visible. Gabriel sonrió. —Voy a pasar, Puedo hacer lo que quiera Gabriel comenzó a caminar. Cada paso que daba era sostenido por uno de sus brazos flotantes. Atravesó el portal. Del otro lado, la ciudad del Corazón se alzaba frente a él. De repente, sintió un fuerte impacto. Gabriel fue expulsado de golpe y el portal se cerró. —Ahí está el problema… —dijo la consciencia. —¿Qué fue…? —Pueden sentir tu energía divina apenas entras. Y la diosa de la zona te repele. —Entonces, ¿qué hacemos? —No lo sé. Piénsalo. Michael miró hacia arriba y le gritó: —¡Oye! ¿¡Con quién hablas?! —Pues con el… Gabriel señaló a la consciencia, aunque Michael no veía nada. —¿Quién? —El esqueleto… —No veo nada. Gabriel vio hacia la consciencia. —Creo que solo tú puedes verme. —Oh… pues qué mal… Michael se encogió de hombros. —¿Sabes qué? Si hablar solo te ayuda a pensar, adelante. Gabriel se rascó la cabeza y volteó hacia el infinito azul frente a ellos. El barco comenzó a moverse y, aunque le costó un momento, Gabriel consiguió moverse junto a él. El azul celeste comenzó a deformarse y volverse blanco mientras la luz del cielo se hacía cada vez más intensa. —Si seguimos a este ritmo, no llegaremos a tiempo. —¿Qué tan lejos deberíamos estar para que… no sospechen? —Pues no sé. —¿Si imagino que estamos a unos cien metros del objetivo? —dejame… Michael se sento en una mesa, puso el mapa en la mesa y tras un par de horas y hacer un par de calculos saco un papel —a estas coordenadas, son 1.300 Nudos para alla Gabriel levantó las manos y las clavó en la nada, abriéndola frente al barco. Una grieta apareció en el espacio, apenas lo suficientemente grande para que pudiera pasar la embarcación. —¡Pasen! —Wow… La grieta comenzó a cerrarse lentamente mientras el barco todavía la atravesaba. Gabriel comenzó a sudar. El sudor salado se mezcló con el agua del mar que salpicaba su rostro. Cuando el barco terminó de pasar, Gabriel soltó la grieta. Esta se cerró de golpe. ¡CRACK! Una parte de la baranda trasera del barco cayó al mar. Gabriel miró hacia atrás. —… Michael también miró la baranda. —… —Lo siento. —Luego la arreglo. Gabriel volvió a mirar hacia el frente. El infinito azul seguía extendiéndose ante ellos, pero había algo diferente en el horizonte. Una línea azul se elevaba hasta el cielo. Una enorme columna de agua subía tanto que su final desaparecía entre las nubes. —Creo que ese es el lugar… —Sí. Algo me dice que ese es el lugar. El barco comenzó a avanzar. Michael pulsó un botón y, después de unos segundos, la voz de Samael sonó al otro lado. —Señor, hemos llegado. —Oh, viejo, eres tú. Dime, ¿qué ven? ¿Ya ven el remolino? —¿Remolino? Querrá decir la columna de agua. —¿Q-qué columna…? —La que estamos viendo. Hubo unos segundos de silencio. —Entonces… La voz de Samael cambió. —Llegaron tarde. Erebus ya está allí. Michael miró a Gabriel. —Asegúrense de que no obtenga la llave. Gabriel se adelantó, moviéndose a toda velocidad. Algo se acercó hacia él. Gabriel levantó las manos frente a su cuerpo y el duro tacto de sus brazos mágicos detuvo el ataque. —Ya nos están atacando. Gabriel miró hacia abajo. El agua comenzaba a arremolinarse. En el centro del remolino se alzaba aquella enorme columna de agua. Gabriel se lanzó hacia abajo a toda velocidad. —¡Los veo en el Corazón! Gabriel cayó al agua. María y Michael se quedaron inmóviles durante unos segundos, mirando el lugar donde Gabriel había desaparecido. —Vamos. —¿Estás loca? ¡Hay un dios psicópata en esa dirección y tú quieres ir! —En esa dirección está mi hermano. Apúrate. —P-pero… María levantó la pistola de Gabriel, que había quedado en la mochila, y apuntó hacia Michael. —Apúrate… —¿M-me estás amenazando? —No, idiota. Te lo pregunto con amabilidad… María hizo una pequeña pausa y movio el arma un poco hacia el poniendo el cañon mas cerca de su cabeza. —Sí, te amenazo. Ahora apúrate. Michael la miró fijamente. —Me amenaza una niña de diez años para que me enfrente a un dios… ¿Cómo he llegado a este punto de mi vida? Michael movió el barco a toda velocidad. Cuanto más se acercaban, más empezaba a moverse el barco por sí solo. Las corrientes lo arrastraban hacia el centro. Hasta que finalmente comenzó a ser tragado por el remolino. El barco se acercó inquietantemente al centro. María se lanzó por la borda justo antes de que este chocara contra la columna de agua. Michael vio cómo la columna se llevaba la parte delantera del barco. —¿Q-qué haces? —Sobrevivir. Tú verás si te quedas a morir aquí. Michael se lanzó casi inmediatamente después. El barco se destruyó entre la enorme columna de agua. Los restos de la embarcación comenzaron a subir a toda velocidad por el chorro. —Dios… esa cosa sí es potente. —Nada rápido. ¡Apúrate! Una mano agarró a ambos de las piernas y los jaló hacia abajo. Al caer, vieron una ciudad construida con paredes de colores. Al tocar el suelo, sintieron el rugoso tacto de la roca y el blando y húmedo tacto de los corales. —¿Dónde está mi hermano? —No le veo… —Tenemos que encontrarlo. ¡Rápido! A lo lejos se escuchó una serie de golpes, seguida de una explosión. Ambos corrieron hacia el sonido. Cuando llegaron, solo encontraron una grieta en el suelo y una corriente de agua que desaparecía más abajo. —E-esto está raro… Michael y María miraron alrededor. No había nadie. Ni una sola persona, ni dentro ni fuera de las casas. El colorido bosque de corales que había cubierto las fachadas parecía llevar meses creciendo sobre edificios abandonados. Un grito, una voz femenina, resonó desde abajo, seguido de un fuerte temblor. El suelo donde María y Michael estaban parados comenzó a agrietarse mientras la tierra seguía temblando. Ambos corrieron para evitar la mortal caída. —¿Dónde está tu hermano? —¡No lo sé…! ¡Tú corre! Michael se dio la vuelta. La grieta continuaba abriéndose, cada vez más grande. —¡Nos vamos a morir! La grieta los alcanzó. María se sostuvo de una saliente durante unos segundos antes de caer. Justo antes de golpear el suelo, Michael se lanzó y se interpuso entre ella y el impacto. Crack. Un sonido seco salió de su espalda. No era nada alentador. —Viejo… ¿viejo, qué pasó? —Camina. Ve. Busca a tu hermano. Me duele la espalda. María se levantó del cuerpo de Michael. Él la miró mientras comenzaba a arrastrarse hacia atrás usando los codos. —No siento las piernas. —P-podemos arreglarlo… ¿no? —Sí. Michael hizo una pausa. —Pero primero ve. Busca a tu hermano. Y si puedes volver por mí, vuelve. —Pero si no… —Déjame aquí. He vivido mucho, he cumplido mi propósito y también he pecado. Michael respiró con dificultad. —Si puedes volver por mí, vuelve. Pero si no puedes… La miró directamente. —Anda tú sola. Michael se arrastró un poco más y sacó una esfera de su mochila. La colocó en el suelo. Un pequeño escudo se generó a su alrededor. Michael se sentó, apoyando la espalda contra el borde de la esfera. —Está bien… pero prometo volver. —Hazlo si tienes la capacidad. Yo me las arreglaré solo. María se dio la vuelta, llorando, y corrió hacia el sonido de la voz. El halo brillaba sobre su cabeza. Detrás de ella todavía podía escuchar el soplete y el sonido del metal chocando contra el metal. —Ya voy, hermanito… Subió una colina corriendo a toda velocidad. Las lágrimas caían por su rostro mientras el viento en contra las arrastraba. —Eso es… Frente a ella se alzaba una araña enorme. Y frente a la criatura estaba Gabriel, sosteniendo cada una de sus patas con varios brazos dorados. En lugar de cabeza, sobre el cuerpo de la araña sobresalía el cuerpo de una mujer flotando. —¡M-María! La mujer giró la mirada hacia la pequeña niña. Entonces, un hombre de cabello naranja apareció detrás de ella. Sus ojos verdes se posaron sobre María. Su piel blanca y tersa contrastaba con la elegante ropa blanca y púrpura que llevaba. Gabriel también lo vio. —¡NO! Las piedras del suelo se levantaron y se acumularon alrededor del cuerpo del hombre. Las rocas se comprimieron contra su carne. —Interesante… La sangre comenzó a fluir. Los ojos verdes brillaron. Entonces, desde el interior del cuerpo aplastado, salió un pequeño ratón de pelaje blanco y ojos verdes. El animal cayó al suelo. Su cuerpo comenzó a cambiar. En cuestión de segundos, volvió a convertirse en el mismo hombre. Erebus se sacudió un poco la ropa. —Esa cosita te protege… Sus ojos se dirigieron al halo. —¿Quién te dio un Cluster? —¿Q-qué…? —Esa cosa sobre tu cabeza. Dámela o te mato. —¡No! María volteó a ver a Gabriel. Él seguía ocupado intentando contener a la enorme araña. María volvió a mirar a Erebus. Luego a su hermano. Y otra vez a Erebus. No sabía a cuál de los dos debía mirar. —Nadie te puede salvar ahora… —¡No necesito que nadie me salve! ¡Soy una bruja! María sacó el libro de Samael y se rodeó de rocas, formando un pequeño refugio a su alrededor. Erebus comenzó a golpear insistentemente la capa de piedras. —Yo… vas a ver que soy… María abrió el libro. Pasó páginas y páginas, buscando un hechizo, un ritual o cualquier cosa que pudiera servirle contra el demonio que golpeaba fuera de su refugio. —Vudú… Siguió leyendo. —Un cabello, una vela y… Sus ojos se iluminaron. —Sí. Creo que sería suficiente. —¡Sal de ahí, niña! Los ojos verdes se iluminaron. El hombre comenzó a crecer hasta convertirse en un enorme gorila que golpeaba las piedras con fuerza. —¡Ya verás! María se arrancó un cabello, se pinchó el dedo para sacar sangre y pintó el ritual en el suelo. Colocó una farola a un lado y comenzó a recitar el cántico. El halo sobre su cabeza empezó a brillar. —Ante la noche más oscura, ante el día más soleado, ante la luz que nos apremia… protege, y un alma será tuya. ¡Gólem! Del círculo ritual surgió una luz cegadora. Las piedras comenzaron a moverse y se unieron hasta formar una criatura enorme. Piedras formaron sus brazos y piernas. En su rostro apático, dos ojos brillaban intensamente. —¿Qué alma ofreces, pequeña hechicera? —La suya. María señaló a Erebus. Este resopló y atacó al gólem. El gólem detuvo el golpe y lo lanzó lejos de allí. —Ese es otro demonio… —Sí… —Pago aceptado. El gólem inició la lucha. Mientras tanto, Gabriel consiguió desequilibrar a la araña, haciendo que cayera encima de Erebus. Erebus salió corriendo, transformándose en una cucaracha para escapar hacia un lugar seguro. El gólem se lanzó tras él, mientras Erebus recuperaba su forma de gorila. —Ugh… maldito gólem. El gólem lo observó. —Tu alma debe ser recolectada. El pago debe asegurarse. —No acepto mi alma como pago… —Tú no hiciste el ritual. Tus órdenes no son mi problema. Gabriel se acercó a la mujer que flotaba y la sostuvo del cuello. —Dame la llave ahora mismo… —Nunca. Erebus observó la situación. Entonces se transformó en un búho de plumaje blanco y ojos verdes que se abalanzó sobre la mujer. Gabriel intentó atraparlo, pero el búho esquivó sus manos. La mano de Gabriel estuvo a punto de alcanzar la llave. —¡Es mía! Gritó la mujer mientras intentaba sujetarla. Las garras del búho también se acercaron. Entonces se escuchó el sonido de una cuerda rompiéndose. La llave salió disparada y quedó suspendida en el aire durante un instante. La mujer extendió la mano. —¡Devuélvela! La llave cayó hacia ella, pero el búho consiguió atraparla primero. —Tú… La mujer miró al búho, que sostenía la llave entre sus garras. La enorme araña levantó una de sus patas y atravesó al búho por el pecho. Erebus volvió a su forma humana mientras caía. La mujer soltó un grito de ira y lanzó a Gabriel lejos de ella. —¡Ya me cansé! Su voz resonó por toda la ciudad. —Llevan todo este tiempo intentando robar mi llave… matando a mis esclavos, a mis amantes, a mis campesinos… —Yo no hice nada de eso… —dijo Gabriel mientras se levantaba. —¡Liberaste a todos mis esclavos! ¡Mi fuente de producción! Y tú… Miró hacia Erebus. Él intentaba escapar transformándose en una cucaracha, pero la mujer lo pisó antes de que una hormiga saliera de debajo de su pata. La hormiga comenzó a transformarse nuevamente hasta convertirse en el elegante hombre. —¡Mataste a todo mi pueblo! ¡A todos mis amados…! ¡Apreciados comerciantes! Eres un monstruo. —No querían darme información. —¡Los voy a matar a ambos! La tierra tembló. La enorme araña comenzó a moverse pesadamente hacia ellos. María corrió hacia Gabriel mientras el techo comenzaba a caer. —Aunque mi país caiga… ¡van a morir! La araña golpeó el techo, intentando hacerlo caer sobre ellos. Gabriel y María comenzaron a correr. —¿Dónde está el viejo? —Él… está herido. Debemos salvarlo. —Muéstrame el camino. Gabriel vio a lo lejos el brillo de la soldadura y el campo de fuerza. Se acercó y colocó sus manos debajo de la esfera. Abrió un portal. Michael cayó nuevamente al agua. —¡Entra! ¡Rápido! El techo terminó de caer sobre la araña. Erebus se quedó de pie frente a los escombros, observándolos con sus profundos ojos verdes. Los dos hermanos entraron en el portal junto con Michael. El campo de fuerza flotó hasta la superficie. —Logramos… escapar… —Habrán muerto esos dos… El chorro de agua desapareció. A lo lejos, un destello metálico llamó la atención de Gabriel. Un búho llevaba la llave entre sus garras. Los ojos de Gabriel se abrieron. —Llegamos tarde. —Sí… eso parece.
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Estás leyendo el capítulo 5 de Una estrella en el cielo (Novela), un novela. **La estrella lleva siglos brillando sobre el mundo.** Nadie sabe exactamente de dónde vino ni qué ocurrió la noche en que apareció, pero una antigua leyenda habla de cinco personas que se enfrentaron a algo que no… Este capítulo tiene publicado el 28 de septiembre de 2026. Una estrella en el cielo (Novela) tiene 6 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.