Leer Una estrella en el cielo (Novela) Capítulo 4 online gratis en español
El camino inicio, al salir del rayo entraron a una zona de bosque, la luz de la estrella se filtraba entre la copa de los árboles que daban suficiente sombra para caminar sin molestias
—¿no te piensas quitar la máscara?
—me queda bonita, tú que sabrás
—con esa aureola das bastante miedo de esa manera
—esa es la idea, ahora soy una maga y soy peligrosa
—no eres capaz de hacer magia todavía
—pero seré capaz, cállate
Entre los árboles un sonido hizo a Gabriel voltearse y tomar su hacha, 007 alzo sus orejas al instante, se agazapó, lista para saltar sobre cualquier cosa que apareciera
—¿Quien anda por ahí?
—¡tengo magia y no tengo miedo de usarla!
—¡woof!
El sonido se trasladó y algo saltaba entre árboles, parecía ir hacia el Rayo, aquel sonido se intensifico, pero no les ataco solamente paso encima de ellos, al llegar a la frontera se escuchó un disparo a lo lejos, algo caer de un árbol y al voltear vieron una persona tendida en el piso
—¿a eso se refería con plaga…?
—no se ve tan malo
Ambos hermanos se acercaron, pero al verlo de cerca notaron varias armas, notaron cuchillos, pistolas, tatuajes que cubrían su pecho y su rostro, María le escaneo y noto magia en su interior
—esto… sí que es peligroso…
—está muerto
—pero imagínate si no… me dan miedito
—no dimos ni tres pasos fuera del rayo y ya vemos esta “plaga”
En cuanto avanzaron tan solo 2 metros más volvió a suceder, varias figuras saltando entre los árboles encima de ellos, camino a la frontera del Rayo, todos compartían las mismas características, armas, tatuajes o magia, pero al llegar a la frontera un disparo les hacía caer muertos
—dios mío… ¿cuántos son?
—muchos, no alcanzo a escanearlos a todos
Los disparos de la seguridad fronteriza del rayo resonaban, un disparo tras otro, cuerpos cayendo en la frontera, fuego quemando los cuerpos creando un muro de fuego que evitaba la entrada a la frontera por tierra
—que masacre…
—dios, es horrible
A su lado pasó un hombre. Llevaba un bolso lleno de herramientas, tenía muchas cicatrices y tatuajes, pero no parecía peligroso. Ni siquiera los miró.
—¡Espera!
El hombre se detuvo y volteó.
—¿Qué pasa?
—Te van a disparar...
—No voy por arriba. No soy un criminal.
—¿Q-qué...?
El hombre señaló hacia los árboles, donde varias figuras corrían entre las ramas.
—¿Ellos? Son unos malnacidos... los mismos que me hicieron huir.
—Pero te van a matar.
—¿Matarme? Tengo permiso para entrar, ¿sabes cuál es la diferencia?
—No...
—Ellos intentan entrar por la fuerza. Yo, en cambio, entro por la puerta grande.
Señaló la enorme entrada que tenían frente a ellos.
—Por ahí no entra nadie saludable.
—¿Qué significa eso?
—Que doy la vuelta, entro por el frente y no por ahí. Sé que allí disparan a cualquiera que vean...
—¿un permiso?
—sí, a diferencia de ellos yo sí vine y hable con la guardia fronteriza antes de entrar
Ambos hermanos vieron hacia el muro de fuego con otros ojos, el hombre se alejó, rodeo por el bosque para entrar por otra puerta, el mismo entro silbando, levanto al aire su permiso, los guardias bajaron las armas, abrieron las puertas y el hombre entro tras una inspección
—vale… no todos son plaga
—pero la mayoría
María miro hacia el muro de fuego, miles de personas muertas, una debajo de la otra
—uno bueno contra mil malos… eso es una estadística preocupante
Entre más avanzaban el bosque se hacía menos frondoso hasta un sitio donde ya no había ningún árbol en kilómetros, la arena formaba un muro, una tormenta que cubría la frontera del territorio, una constante tormenta de arena
—eso es extraño, ¿maría?
—sí, magia… pero este color es diferente al de Samael
—ósea…
—esta magia no la comprendo
—bueno, ni modo toca avanzar
Gabriel dio un paso y cerró los ojos, por la arena que golpeaba su rostro, se colocó la capucha de su traje y luego al no poder abrir los ojos se colocó la máscara, María se quedó dentro de la mochila
—esto sigue siendo mejor que la estrella
—sí, definitivamente al menos esto se soluciona con la máscara y ya
—espera y la abuelita…?
Ambos voltearon a ver a 007, ella caminaba sin problemas, simplemente caminaba la arena parecía no importarle
—no parece que le importe…
Mientras a ellos el viento y la tormenta les echaba hacia atrás ella simplemente se mantenía allí, su propio peso le impedía echarse hacia atrás, su pelaje se movía con el viento, pero nada más que eso
—bueno, podrías llevarnos
007 se agacho, les lamio y luego simplemente gruño
—no parece que quiera llevarnos
—bueno, debe estar cansada
Avanzaron hasta que vieron algo, un artefacto extraño, tenía 4 ruedas y corría a toda velocidad, en el frente podían ver la cabeza de alguien, en los costados varios pinchos y avanzaba a toda velocidad hacia ellos
—ah… mira qué curioso
—sí, parece que quiere pasarnos encima
—se ve peligroso no harás nada?
—pues… tengo como 5 capsulas… gastar una solo para humillarlos
—lo vale
—sí, creo que si…
Gabriel saco su hacha, le coloco la capsula en la base, el hacha brillo en verde, e hizo un movimiento recto de arriba hacia abajo, corto no solo el artefacto sino también la tormenta de arena haciendo una pequeña zona sin tormenta de arena durante unos segundos, uno de ellos cayó al suelo, cortado a la mitad y el resto miraron a Gabriel con miedo
—que estúpidos…
—sí, intentar atropellar a cualquiera sin saber lo que puede hacer…
Todos corrieron en dirección contraria gritando con pavor
—¡¿qué es eso?!
—es un demonio… un demonio con mascara… no… ¡no quiero morir!
007 se adelantó, quebró el cuello de uno y sus ojos brillaron en rojo entre la arena, la sangre activo algo dentro de ella, gruño más y más, su instinto animal salió y corrompió su cordura, el sabor a sangre la volvió sedienta, adicta
—abuelita…?
Ella empezó a morder y matar a todos y cada uno, cuando vio algo a lo lejos salió corriendo, rodeando como una cazadora experta hasta desaparecer entre la tormenta, María salió de la mochila intentando alcanzarla sin éxito
—¡abuela!
—¡¿a dónde vas?!
Gabriel corrió hacia 007, hasta encontrarla, toco su hocico, esta recupero la consciencia justo antes de morderlo, su cuerpo se negó a hacerlo y sus ojos volvieron a la normalidad
—bien… estas bien…
Volteo a ver, pero María se había perdido entre la arena, la tormenta no le dejaba ver, cayó al suelo antes de levantarse y correr, pero sin perder a 007 de vista, la loba empezó a oler el aire, pero la tormenta ocultaba el aroma de María, mientras ellos intentaban encontrarla alguien más ya la había encontrado
—oh mira… una indefensa pequeña
—¿sabes lo que le hacemos a las niñitas como tú por aquí?
—Mmm… muero por tenerla en mis manos y hacerle lo que se me dé la gana…
—a-aléjense o mi hermanos los matara…
El halo salió de su espalda y se posó en su cabeza, brillando, su mascara se movió levemente y su túnica también
—que linda… se cree que alguien podrá salvarla
—voy a disfrutar usándola…
—malnacidos…
Cuando uno de ellos intento alcanzarla un bloque de arena se formó alrededor de su brazo, se compacto y pronto un grito sonó, su brazo había sido destrozado, sus huesos expuestos por la fuerza de la arena, en cuestión de un minuto su brazo se separó de su cuerpo, María tenía los ojos cerrados esperando lo peor, pero al abrirlos el brazo del hombre estaba en el suelo
—¿mi hermano…?
—¿quién eres?
—esta perra…
El hombre saco un arma, pero antes de apretar el gatillo el suelo se quebró debajo de él y le hizo caer, al caer su arma se acciono contra el mismo, matándolo al instante
—vaya… suerte…
Cuando el hombre sin brazo saco su propia arma y la acciono la bala se detuvo cuando una piedra en la tormenta paso desviando la bala
—que esta…
Volvió a accionar el arma, pero esta vez la arena se compacto alrededor desacelerándola, el hombre intento patearla, pero el proceso se repitió alrededor de su pierna, rompiéndola
—¿eso lo hice yo? Pero yo no…
Pronto la arena cubrió la boca del hombre y murió ahogado entre arena en su garganta, María se quedó mirando los dos cuerpos frente a ella y miro hacia arriba el halo manchado de sangre brillaba entre la tormenta
—fue el halo… si… dios… menos mal
María se acercó a los cuerpos y saco de sus bolsillos pequeñas barras de comida, tomo una de las armas
—extraño a mi hermanito
Empezó a caminar. A su alrededor, la tormenta parecía amainar. La arena la evitaba, el viento parecía rodearla y el aire mismo trataba de no molestarla. El halo brillaba sobre su cabeza y giraba incesantemente.
—Qué niña más interesante...
—¿Quién anda ahí?
Alrededor de María, la tormenta se cerró, como si una cúpula invisible la protegiera.
—No soy peligroso, niña.
—Eso dices tú...
—Trato de no hacerles daño a los niños.
—¿Quién eres?
—¿Yo? El cabecilla de estas tierras.
—¿Qué es... un cabecilla?
María extendió las manos hacia la figura que se movía fuera de la cúpula, como si pudiera hacer algo para detenerla.
Aunque ella misma todavía no sabía hacer magia.
—soy el que protege a todos por aquí en mi territorio
—aléjate, no quiero que te acerques o te vas a morir
—Soy el que protege a todos por aquí, en mi territorio.
—Aléjate, no quiero que te acerques o te vas a morir.
El cabecilla arrugó la cara y se acercó de todas maneras, entrando en la cúpula de protección de María. Ella pudo verlo con claridad.
Era un hombre alto. Tenía los brazos recubiertos de vendajes y llevaba una chaqueta de color marrón. Un sombrero ancho casi le tapaba el rostro, pero María podía verlo desde abajo. Sus ojos eran verdes, casi como los de una serpiente, y en su sonrisa podían verse dos colmillos que casi sobresalían de su boca.
—Cuando me dijeron que habían matado a cuatro de mis hombres, pensé encontrar algo más intimidante que una niña...
—Aléjate... no me hagas usar magia.
—¿Una pequeña maga? Vamos a ver si esa magia tuya es mejor que la mía.
Él acercó la mano hacia María y la arena se pegó a su brazo, pero rápidamente cayó entre llamas verdes. Cuando su mano llegó al cuello de María, detrás de él sonó un mecanismo.
El cabecilla dio un rápido salto hacia un lado. Una línea de color verde pasó a su lado, cortando incluso la tormenta de arena, seguida de otro corte que hizo que la mano del hombre saliera volando.
—Aléjate... de mi hermana.
007 y Gabriel estaban allí.
Gabriel sostenía su hacha con las venas saltando por la fuerza y la rabia con la que la sujetaba. 007 estaba lista para saltar, con los ojos completamente fijos en el cuello del cabecilla.
—Mmm... qué personas tan pintorescas.
007 saltó. El cabecilla esquivó el ataque, pero pudo ver aquellos ojos rojos pasar justo frente a su rostro. 007 giró en el aire y le dio una patada que le cortó el pecho.
—Poderosas, sin duda.
Gabriel sacó su última cápsula y se preparó para colocarla en el hacha.
—Un movimiento más y te corto el cuello...
El hombre sonrió. Comenzó a reír y se lanzó encima de Gabriel.
Gabriel colocó la cápsula.
El hacha brilló.
La cabeza del cabecilla salió volando por los aires. Su cuerpo se retorció y cayó al suelo.
—Eso te pasa por tocar a mi hermana.
La cabeza finalmente chocó contra el suelo.
El cuerpo dejó de moverse.
007 se acercó al cuerpo, preparada para atacar nuevamente.
Entonces...
—Admito que eso fue interesante.
La cabeza amputada comenzó a reír.
Gabriel se quedó inmóvil.
El cuerpo del hombre se levantó lentamente y tomó su propia cabeza. La colocó nuevamente sobre su cuello como si nada hubiera sucedido. Después recogió su propia mano y volvió a colocarla en su brazo.
—Veo que amas mucho a tu hermanita, sin duda.
—¿Qué...?
El hombre sonrió.
—Lástima tener que asesinar una familia tan bella.
—¿Qué clase de... mierda eres?
—Bueno, un mago, tal vez. Una criatura, dirán algunos. Otros dirán que solo soy un superhumano y otros tal vez te digan que soy un monstruo. Pero bueno, nadie podrá decírtelo, porque estarán muertos.
—Estás muy confiado en tus poderes.
—¿Y cómo piensan matar a un inmortal exactamente?
—Tiene un punto.
—Deja de darle la razón al villano, María.
—¡Pero tiene un punto!
—¡Lo sé, pero no debemos decirle que está en lo correcto!
—Bueno... ya me callo.
Gabriel sostuvo más fuerte su hacha y se posicionó, mientras 007 gruñía.
—Tengo una idea...
—Oye, se supone que yo tengo las ideas, no tú.
—Yo también pienso, María...
Gabriel miró a 007. Ella asintió.
Entonces miró al cabecilla, que simplemente estaba sentado con los brazos cruzados.
—Oigan, yo también quiero saber el plan...
—Si lo digo en voz alta, él se va a enterar.
—¡Pero quiero saber!
—Pues te jodes...
—Pues no te ayudo.
—Pues no me ayudes...
Gabriel suspiró mientras rebuscaba en su bolsillo. No encontró ni una cápsula. Suspiró nuevamente y simplemente volvió a posicionarse.
Se lanzó contra el cabecilla e intentó cortarle la cabeza otra vez.
—Vaya... pues qué cosa más patética.
El hacha quedó clavada en su cuello sin atravesarlo por completo. Gabriel sacó el hacha y el cuello se regeneró casi al instante.
—Pensé que tu plan sería algo más interesante.
—Carajo...
—Son interesantes... no muy peligrosos y posiblemente mueran ahí fuera en unos días.
El cabecilla se levantó del suelo. Los miró a ambos y se acercó a Gabriel.
Le clavó los dedos en el pecho.
El pecho de Gabriel comenzó a brillar. Los dedos del cabecilla se hundieron en su carne y ardieron.
—Vamos a hacer un pacto... ustedes y yo.
El cabecilla sonrió mientras sacaba sus dedos del pecho de Gabriel y lamía la sangre.
—Todo el daño que ustedes reciban... me llegará a mí.
Gabriel lo miró confundido.
—Pero tranquilos. Lo que me pase a mí no les afectará.
El hombre sonrió.
—Solo quiero saber cuándo los maten, para ir a buscar sus cuerpos.
Hizo una pequeña pausa.
—Y si sobreviven una semana... iré por ustedes y los mataré.
—¿Y si no quiero aceptar...?
—Los mataré justo aquí y ahora.
—Como si pudieras...
—Están frente al dueño de estas tierras. No crean que no puedo asesinarlos.
Gabriel tomó la sangre y la lamió, aceptando el pacto.
El cabecilla sonrió mientras se alejaba, desapareciendo entre una llamarada verde que dejó detrás solamente una quemadura en el piso. Esta se borró rápidamente bajo la arena.
—Carajo...
—Tenemos una semana. No podemos perder el tiempo.
No le dieron tiempo a Gabriel de caer al piso cuando alguien más apareció detrás de ellos.
—¿Problemas?
—¿Y ahora qué...?
—Odio este país.
Frente a ellos había un hombre bastante robusto, mucho más alto que Gabriel. Vestía un traje formal a rayas, una corbata roja brillante, zapatos negros relucientes y guantes negros. Sus ojos eran rojos, con pupilas negras.
—Me presento. En estas tierras me llaman Padrino.
—Padrino...
—Sí. Somos una pandilla muy poderosa y veo que tienen problemas con los muchachos del Cabecilla.
—Algo así...
—Puedo ofrecerles un trato, si desean. Protección... ya saben, no morir.
—¿Y qué se supone que tenemos que hacer?
—Bueno, esa pregunta me encanta. De hecho, es mi pregunta favorita en este mundo.
—Deja de dar vueltas...
—Bueno, muchachos, tenemos una tesitura aquí. Ustedes han demostrado ser capaces de hacerle daño al Cabecilla. Realmente, nadie había tocado a ese hombre en años y, por alguna razón, parecen interesarle.
—Ajá...
—Les protegeré durante una semana. Les daré un par de armas y les compraré algo de tiempo. Incluso podría ayudarles en la pelea. Pero, a cambio... deben matar a ese malnacido.
El Padrino sonrió.
—O los mataré a ustedes por inútiles.
—Si tuviera más cápsulas...
—Ni intenten traicionarme. Aquí nadie piensa jamás en matarme. ¿Saben por qué?
—...
—Porque el día que yo muera, mi banda hará una guerra tan horrible que no quedará nadie vivo.
El Padrino se acomodó los guantes.
—¿Yo? Soy tan solo un humano con un par de modificaciones.
Miró a Gabriel y a María.
—Un humano como ustedes.
Sonrió.
—Y aun así... estoy muy por encima de ustedes.
—¿Y qué te hace pensar que aceptaremos?
—¿Qué más opciones tienen?
—...
—¿Prefieren que ese idiota los mate lentamente o prefieren tener la oportunidad de vivir? Si no... siempre pueden morir de manera rápida.
—¿Ya estás consiguiendo nuevos esbirros, Padrino?
—¿Qué te metes?
—No es mi culpa que tú te la vivas proponiendo tus tratos injustos.
—No es tu problema, Kumicho.
—Oh, vamos. Solo quiero ayudar a nuestros amigos por aquí.
—Quita tus sucias garras de mis presas...
—¿Sus presas?
—Digo... mis nuevos ayudantes.
El hombre se adelantó. Aquel hombre no tenía camisa. En su espalda y brazos se podían ver tatuajes de dragones, demonios y samuráis legendarios que cubrían casi todo su cuerpo. Su rostro estaba cubierto con una máscara de demonio.
—¿Sigues tratando de matar al Cabecilla?
—Tú también.
—Pero yo no soy un simple hombre con delirios de grandeza.
—Cuida tus palabras...
—No te matamos porque no vale la pena.
—Cállate...
—Pero no eres una amenaza. Esta guerra es entre el Cabecilla y yo. Tú solo eres un estorbo menor.
—¿Qué vas a hacer? No puedes ni dañarme. Eres débil.
—¡Te mandaré a matar, malnacido!
—¿Cuántos vas a mandar? O mejor dicho... ¿cuántos de tus hombres quieres perder?
—Los necesarios.
—Sé que tienes millones, o tal vez decenas de millones. No te importan sus vidas.
—Me importa lo que me pueden ayudar a lograr. Son útiles.
Gabriel y María se arrastraron lentamente hacia atrás mientras ambos peleaban. Daban pequeños pasos, uno tras otro, esperando que ninguno de los dos se diera cuenta de que se estaban alejando.
—Eres un monstruo. No podría ser capaz de hacerle eso a mi propia familia.
—Tú les dices familia. Yo les digo subordinados.
—Por eso a mí me quieren más.
—¡Por eso tengo más gente que tú!
Cuando ya llevaban una distancia prudente de un par de metros, ambos hermanos empezaron a darse la vuelta lentamente, tratando de no ser vistos por ninguno de los dos.
—Haz tus conspiraciones infantiles. Yo seguiré luchando contra el Cabecilla con poder puro.
—No eres más fuerte que el...
—Y tú no más que yo. Eso te deja demasiado abajo en esta guerra.
Cuando ambos lograron darse la vuelta totalmente, salieron corriendo. En silencio, sin gritar, simplemente corrieron varios metros antes de que ambos jefes criminales aparecieran justo frente a ellos.
—¿A dónde creen que van?
—¿Yo?
—Ambos.
—Esto... me acordé de que tengo los frijoles en el fuego.
—Chistosito...
—Tengo cosas que hacer como por... allá...
Ambos jefes se tomaron el entrecejo. Luego suspiraron y volvieron a mirarlos.
Entonces 007 apareció detrás de ellos.
Sus ojos brillaban completamente en rojo. Gruñía mientras la sangre que cubría su hocico parecía haber despertado algo dentro de ella. Ya no parecía reconocer a nadie.
—Oye, cuidado atrás.
—Solo quieres que nos demos la vuelta para que puedas huir.
—No, en serio...
007 arrancó la cabeza del Padrino.
El cuerpo se quedó inmóvil durante unos segundos antes de que un chorro de sangre saliera hacia el cielo. 007 volvió a alejarse hacia el horizonte con la cabeza en su boca.
El cuerpo cayó al suelo y la sangre manchó el terreno.
—U-ustedes acaban de... matar a... ¡Idiotas! ¡¿Saben siquiera qué acaban de hacer?!
—¿Yo? Yo no hice nada.
Kumicho se llevó una mano al rostro.
—Estúpidos... Ahora cientos de millones de personas armadas... sin un líder que les ponga límite...
Miró el cuerpo del Padrino.
—Esto se va a ir a la mierda. Maldita sea...
Ambos hermanos se miraron entre sí, alzaron los hombros y simplemente se levantaron del suelo, limpiándose.
—Pues no será para tanto...
Una enorme explosión sonó a lo lejos.
Después llegaron varios disparos y el sonido de autos derrapando.
Kumicho se puso frente a ellos justo cuando un automóvil pasó a toda velocidad, disparando como loco mientras una música sonaba a todo volumen. Las balas impactaron contra Kumicho, aunque él ni siquiera pareció molestarse.
—Bueno... ahora tendremos cientos de estúpidos creyéndose los vengadores y otro montón de tontos creyéndose el Padrino, pensando que todos los van a seguir solo porque sí.
Gabriel miró hacia el lugar donde había desaparecido el automóvil.
—Oh... entonces sí es para tanto.
—Si hubieran controlado a su mascota...
—Yo les advertí.
—Cállate...
Kumicho tomó a Gabriel de la mano y lo jaló mientras María se subía a la mochila.
Alzó la mano y, rápidamente, un murciélago enorme descendió desde el cielo. Tomó a Kumicho del brazo y lo elevó.
Desde las alturas, podían ver a través de la tormenta cómo el horizonte se iluminaba con cada disparo.
—Tenemos que salir de este territorio...
—Dios mío...
—Sí, lo sé. Dile a la niña que no salga de donde esté. Ella no debe ver esto.
—Ya estoy grandecita.
—Eso no significa que debas ver esto...
—Ella ya está grandecita y ha visto cosas peores.
—¡¿Cómo que ha visto cosas peores?! ¿Cómo estás criando a esta niña, por Dios?
—He hecho cosas peores...
—Qué clase de... Como sea. Mejor lleguemos rápido a mi territorio.
Varias balas pasaron cerca del murciélago, pero fueron interceptadas por una barrera invisible, como si hubiera un vidrio templado alrededor de ellos.
Al bajar nuevamente, se encontraron frente a una mansión enorme.
—Bueno, aquí estaremos un poco a salvo...
Kumicho miró hacia el horizonte, donde todavía podían verse destellos de las explosiones.
—O más a salvo que en cualquier otro sitio.
Los hermanos entraron a la mansión. Al entrar, Kumicho lanzó un pequeño cuchillo que impactó contra algo.
El Cabecilla salió de su escondite para esquivar el ataque.
—¿A qué vienes?
—A regañarte...
—¿Con qué autoridad?
—Con la autoridad del poder.
—No más que el mío.
—Mataste al Padrino.
—No fui yo. Fueron estos dos.
—¿Yo?
—Sí, tu mascota.
—No es mi mascota. Es mi amiga.
—Eso no cambia nada.
—Así que ustedes dos mataron a ese tipo...
—¡Ya te dije que no!
El Cabecilla observó a Gabriel durante unos segundos.
—Tiene tu marca...
—Son interesantes.
A lo lejos sonó una explosión. El Cabecilla volteó la cabeza y luego volvió a mirar a los hermanos.
—Ustedes dos sí que son molestos.
—Ahora tenemos un problema grande.
—Matémoslos a todos.
—Ni tú podrías hacer eso.
Algo sonó en el cielo e impactó contra el techo de la mansión. La explosión resonó con fuerza y la barrera cayó en mil pedazos.
—Nos encontraron.
—No suenan preocupados.
—Es como si mil hormigas intentaran matar a alguien. No nos preocupa.
—El problema es cuando son millones... y tienen granadas y bombas.
Otra explosión resonó en la puerta, seguida por un automóvil que dio vueltas alrededor de la casa mientras disparaba hacia el interior.
Tanto el Cabecilla como Kumicho se quedaron allí, mientras los hermanos se escondían detrás de ellos.
—¿Salimos?
—Podríamos...
Ambos jefes se acercaron a la puerta entre las balas. Los hermanos se escondieron entre las paredes de la casa mientras los disparos acribillaban los muros.
—Estas hormigas...
Una bomba pareció caer justo encima de ellos. Kumicho volteó hacia ella, la agarró con rapidez y la lanzó hacia el automóvil.
La explosión hizo que la sangre volara por todas partes, manchando toda la fachada.
—Y apenas es la primera...
Detrás de aquel automóvil aparecieron cinco más, dando vueltas alrededor de la casa. Un par de explosiones más resonaron a su alrededor y ambos tuvieron que cubrirse.
—Sí... es más difícil cuando tienen granadas.
Kumicho se preparó y empezó a correr, saltando por encima de los automóviles que intentaban atropellarlo.
—Esto es más difícil de lo que pensé...
El Cabecilla saltó justo antes de ser atropellado, cayendo sobre el capó de un automóvil con los brazos cruzados.
—Sí... está empezando a ser molesto.
Los integrantes del automóvil le apuntaron con sus armas. Uno de ellos incluso sacó una granada.
—Ustedes son molestos...
El Cabecilla levantó una mano hacia ellos.
Un fuego verde comenzó a subir desde sus piernas hasta su cabeza, envolviendo todo su cuerpo. Las llamas consumieron su piel hasta dejar al descubierto una carne ennegrecida.
—Está loco...
—No mires, María.
—Le quitas lo divertido a la vida.
La piel terminó por desaparecer bajo las llamas. El Cabecilla permaneció inmóvil, observando aquella horrible escena con la mirada fija.
—Queman muy rápido. No me dejan divertirme.
—Eres un sádico.
—Perdón porque me gusta mi trabajo, supongo.
—Solo porque amas ver a las personas sufrir.
—Es mi parte favorita de mi trabajo.
Kumicho volvió a saltar para caer encima del techo de un automóvil en movimiento. Se sentó y cruzó los brazos.
—Por muy sádico que seas, ya son muchos...
—Esto está empezando a ser molesto.
Una estela atravesó el cielo, seguida de una explosión cerca del Cabecilla. Sus brazos salieron volando y Kumicho se escondió detrás de un automóvil.
—Agh... arruinaron mi traje.
—Ensuciaron el mío también...
Ambos se levantaron. El Cabecilla agarró sus brazos, pero pronto fue apuntado por varias armas directamente.
—¿Y ustedes qué...?
Todos movieron sus armas hacia arriba.
En el cielo, una máquina que el Cabecilla no conocía sobrevolaba la zona. Debajo llevaba un enorme objeto negro que apuntaba directamente hacia él.
Los hermanos, hacía un rato, ya habían salido corriendo hacia el horizonte.
—Oh... ¿ustedes tenían de esos?
—Muchos...
—Tal vez tenías razón, Kumicho. Son un problema grande...
—Son tu problema. El mío... no sé si tanto.
—Kumicho, ¿de qué mierda hablas?
—Buena suerte saliendo del agujero que deje esa cosa. Aunque estés vivo, desearás no estarlo.
—¡Kumicho! ¡¿Qué mierda haces?!
—Solucionando el último cabo suelto de mis cuentas. Tú...
Kumicho se dio la vuelta.
Cuando el Cabecilla se levantó, Kumicho le lanzó un cuchillo al pecho. Todos los que lo rodeaban dieron dos pasos hacia atrás antes de que el cuchillo explotara en pedazos.
Los brazos y las piernas del Cabecilla salieron volando en todas direcciones, buscando nuevamente unirse a su cuerpo por sí mismos.
—Entiérrenlo...
—Sí, jefe.
Cuando Kumicho desapareció entre una bomba de humo, el objeto negro cayó y dejó un enorme cráter. Los restos salieron disparados varios metros a la redonda.
Los hombres tomaron cada pieza y las enterraron lejos unas de otras.
—¡Malnacidos! ¡Volveré y los mataré a todos ustedes! ¡Todos van a morir!
Gritaba la cabeza del Cabecilla mientras era enterrada en el enorme cráter dejado por la explosión.
Kumicho caminaba entre el caos. Aunque nadie se atrevía a apuntarle, terminó reuniéndose con varios hombres dentro de una cabaña al margen del país.
—Señores…
—Eliminaste a nuestros líderes.
—Efectivamente.
—Y quieres liderarnos.
—Demostré ser el más fuerte. No existe nadie que pueda vencerme en estas tierras. ¿O sí?
—En individual, no. Pero creo que tienes claro que todos nosotros podríamos matarte en conjunto.
—No les saldría gratis. Al menos un par de millones perderían si quieren asesinarme.
—Estamos dispuestos…
—…
—¿Crees que te trajimos hasta aquí para negociar?
—Malnacidos.
—Te vamos a matar justo aquí, junto a todos nosotros y todos los que están alrededor. No tienes escapatoria.
—¡Señor!
Entró un hombre corriendo, con sudor en la frente y los ojos muy abiertos. Parecía haber estado gritando hasta quedarse sin aire. Entró casi jadeando.
—Señor, tenemos un problema.
—¿Qué pasa?
—Algo acaba de matar a medio campamento sur y se dirige hacia aquí.
—Lánzale una bomba o algo.
—Ya se hizo, señor.
—¿Y bien?
—No… no funcionó, señor. Según los sobrevivientes del campamento sur, no le hizo nada…
Todos los hombres voltearon a ver a Kumicho, sentado allí, como si esperaran que hiciera algo.
—¿Esperan que pelee con su problema?
—Eres el más fuerte.
—¿Y? Ustedes estaban a punto de matarme justo ahora. No pienso ayudarles.
Ojos rojos se posaron sobre el cielo nocturno del campamento. Un hombre se podía ver encima de aquella visión aterradora: canoso, con una barba grande, calvo y con una máscara de lobo.
La criatura que estaba debajo era enorme, más grande que varios edificios.
—Esa cosa…
Disparos resonaron. No eran balas, sino plasma que quemaba el suelo donde caía como si fuera ácido, saliendo directamente de la boca de la criatura.
Kumicho esquivó mientras varios hombres caían derretidos por los disparos.
—Dios… uno de esos y me muero.
Kumicho sacó varios cuchillos con bombas y lanzó una bomba de humo bajo sí mismo para esquivar. La explosión iluminó a la criatura.
El pelaje blanco se quemó y dejó al descubierto el metal debajo.
La cara de la criatura se le hizo reconocible a Kumicho.
—Esta loba… esta fue la que mató al Padrino.
El hombre encima de 007 manejaba un destornillador sobre sí mismo, danzaba mientras lanzaba agua a la espalda de 007, que se evaporaba con el calor de su cuerpo.
—Ese hombre no sé quién será, pero esta cosa está empezando a molestarme… bueno, a asustarme.
007 rugió al cielo mientras lanzaba ahora algo nuevo de su boca, parecido a humo.
El cielo se tornó más negro, cubierto por nubes que pronto comenzaron a descargar una lluvia que se evaporaba al tocar el cuerpo de la Loba, quien se mantenía quieta.
—Tengo que aprovechar.
Kumicho desapareció y apareció de nuevo detrás del hombre sobre 007. Este le apuntó con su llave inglesa mientras Kumicho se quedaba quieto antes de cortarle el cuello.
—¿Quién eres y qué le hiciste a esta loba?
—¿Cuál loba?
—Esta… sobre la que estamos parados.
—Me imagino que hablas del Lite Oblitérate Based Armored Tank 007.
—¿El qué?
—El arma sobre la que estás parado y que, si no te mueves, te vas a quemar…
El calor empezó a acumularse sobre los pies de Kumicho y este dio un salto hacia atrás. El hombre hizo lo mismo y empezó a bailar de nuevo.
—Verás… yo no bailo porque sí. Aquí arriba hace tanto calor que quema. Es una de las fallas de este prototipo, se sobrecalienta rápido.
Kumicho pronto empezó a copiar los movimientos del viejo, que seguía bailando y dando saltos mientras daba vueltas una y otra vez.
—E-esta máquina… los niños que iban con ella…
007 reaccionó al instante al reconocer de quiénes hablaba.
Su forma de guerra se contrajo hasta volver a ser ella misma, aunque la grieta en su pelaje seguía allí, mostrando el metal bajo su pelo.
—Bueno, sí. Parece que cuando alguien lo menciona, su consciencia vuelve a tomar el control de la máquina.
—¿A qué te refieres?
El viejo sacó de su bolsillo una botella pequeña y le dio un enorme sorbo.
—Y yo qué sé… estoy borracho y viejo.
—Maldito viejo…
El viejo señaló a Kumicho y 007 empezó a rugir.
—Hoy te mueres…
—Arrogante, como si pudieras matarme.
—Deja que me pase el mareo y verás cómo te vas a morir…
En otra parte del país, Gabriel y María se recostaban contra una pared para descansar tras haber corrido varios kilómetros.
—Qué cansada estoy.
—Tú te la pasaste en la mochila mientras yo corría…
—Ya te dije que es cansado verte correr.
—Como sea… déjame tomar aire.
La piedra detrás de ellos empezó a moverse, haciendo que Gabriel cayera de espaldas y mostrando un pasadizo enorme.
—¿Puedo pasar cinco minutos sin… encontrarme algo sobrenatural o posiblemente mortal?
—Pues parece que no.
—No me ayuda tu sarcasmo…
Gabriel se levantó de un salto justo antes de que un hombre pasara a su lado corriendo hacia el interior de la catacumba.
—¡Finalmente se abrió!
—Oye, amigo... no se ve como una muy buena idea eso...
Le dijeron, justo antes de que sonara un pequeño clic bajo el pie del hombre.
Una bala atravesó su cráneo sin ningún tipo de advertencia más allá de aquel pequeño sonido.
Gabriel se quedó mirando el cadáver durante unos segundos.
—Eso no me alienta mucho a entrar.
—Si tiene trampas, tiene tesoros.
—Pero... hermanito.
—Nada, nada. Si hay tesoros, yo voy.
—Se ve peligroso.
Gabriel tomó su hacha.
—A peores sitios he entrado.
—Pero, pero...
María extendió su mano hacia la entrada mientras Gabriel entraba lentamente, arrastrándola hacia el interior de la mochila mientras caminaba.
—Pues ya que...
—No veo. Necesito algo de luz. Ya que estás aquí, te enseño cómo es que se exploran estas catacumbas.
—Nos vamos a morir.
—¡Que no! Pásame la luz.
María se metió en la mochila, sacó una vela y la encendió para entregársela a su hermano, que empezó a caminar. Pasó al lado del cuerpo del hombre.
—Pasa que esta gente no mira bien el suelo...
—Si tú lo dices.
Gabriel caminaba mientras miraba en todas direcciones. Antes de cada paso, volteaba a un lado y al otro, revisando cuidadosamente dónde iba a poner el pie.
—Te demoras mucho.
—¿Te quieres morir?
—N-no...
—Pues no te quejes.
Gabriel bostezó y se sentó en el suelo, mirando hacia adelante, observando todo lo que le faltaba por avanzar.
—Podemos hacer esto de la manera rápida e insegura... o la lenta y segura.
—¿Cuál es la rápida?
—¿Has visto al hombre que estaba ahí atrás?
—Sí...
—Pues lo mismo, pero bien hecho.
María sintió cómo se le erizaba la piel. Miró hacia el largo pasillo negro, apenas iluminado por la luz de la linterna. Las paredes estaban agrietadas y húmedas, mientras el agua filtrada desaparecía al ser tragada por la arena.
—Vamos... con la rápida.
Dijo mientras se tapaba los ojos con las manos.
Gabriel sopló la vela antes de empezar a correr. Miraba el suelo con atención, esquivando los pequeños brillos del metal y los hilos que atravesaban el camino. El brillo de la pistola en su funda apenas iluminaba la espesa oscuridad.
—Estas catacumbas son todas iguales. Esta no parece ser la excepción.
La brisa cambió.
Fue como si un objeto pesado se moviera a toda velocidad.
Gabriel frenó en seco y dio un salto largo hacia atrás, justo antes de que algo enorme golpeara el suelo donde se encontraba.
—Pero si no activé nada...
La brisa volvió a cambiar antes de que pudiera pensar de nuevo.
Gabriel dio otro salto, esta vez hacia la derecha, antes de que la arena cayera sobre su ropa debido al fuerte impacto.
—¿Qué pasa?
—Prende la luz.
Cuando volvió a ser atacado lanzo un disparo al techo, se escucho un quejido de algo vivo, María se estremeció del quejido de la criatura, sonaba como un siseo doloroso seguido de el sonido de algo golpear el techo con fuerza
—menos mal tengo una pistola…
—yo es que tengo miedo, no quiero ver
—pero pásame la p… -Gabriel se mordió la lengua- bendita luz de una vez
La criatura volvió a golpear el suelo junto a ellos, la arena volvió a manchar a Gabriel mientras daba otro disparo a la pata que golpeaba el suelo seguido de un salto hacia adelante con su hacha que solo golpeo el aire
—bueno, bueno, luz…
María volvió a rebuscar entre los objetos mientras los disparos sonaban en el exterior. Sacó una linterna pequeña alimentada por aceite, la encendió y la lanzó para que cayera perfectamente en el piso.
—No debí abrir los ojos.
—¿No que eras valiente?
—Me dan miedo las arañas...
En el techo se podían ver siete ojos rojos y brillantes. El octavo sangraba un líquido negro que caía al piso gota a gota. Sus patas se movieron rápidamente, escapando de la luz. Lo último que pudieron ver fue su enorme abdomen desaparecer en la oscuridad.
—Y huye la cobarde...
Un disparo resonó. Algo viscoso salió desde la oscuridad y golpeó el piso justo donde estaban, antes de que Gabriel saltara hacia atrás, activando sin querer una trampa. Tuvo que agacharse para esquivar el disparo que iba directo a su cráneo.
—Nos ataca desde lejos...
—¡Pues dispárale! ¡Mátala, me da asco!
—¿Qué crees que intento?
—pues apunta bien…
Otro disparo corto el aire antes de que pudiera levantarse, se impulso del piso con los brazos dando un salto en posición de plancha, dio un giro en el aire y luego se impulso con los brazos para caer de pie
—es demasiado molesta y estar atento al piso me quita precisión…
—no quiero verla
—no te estoy obligando a ver
—pero no quiero que te haga daño…
Una trampa frente a ellos se activaba por error, el fuego salió del suelo con intención de quemarlos, pero Gabriel fue más rápido y salto, en el aire y sin posibilidad de esquivar otro disparo
—perdón María… perdí…
El halo volvió a brillar y María puso la mano frente a ella, un trozo del piso se alzo interceptando el disparo de la araña para acto seguido salir disparado hacia ella, el golpe hizo a la araña soltar otro siseo de dolor
—¿Qué fue eso?
—no lo sé… el halo hace eso a veces…
El aire se humedeció en las catacumbas y temblaron lentamente, el agujero dejado por el golpe de la roca filtraba unas gotas de agua que caían sobre el abdomen de la araña, mientras esta intentaba apuntar para disparar
—¿acaba de temblar?
—no lo sé, pero prefiero que digan aquí corrió que aquí quedo, nos largamos
Gabriel se dio la vuelta empezando a correr mientras la gota de agua se transformaba en un pequeño chorro y luego en un flujo constante al romperse la roca y la arena, las catacumbas se inundaron, el agua activaba todas las trampas a su paso, pero también las estropeaba antes de que pudieran cumplir su función, adelante Gabriel corría a toda velocidad
—¡corre más rápido!
—¡que eso hago!
Gabriel miro hacia el techo, y salto agarrándose de una liana que colgaba por allí, debajo de ellos, la araña paso arrastrada por el agua intentando salir para no ahogarse, cuando paso justo debajo de ellos intento agarrarlos sin éxito antes de hundirse finalmente
—y ahora que…?
—pues nada… no puedes no sé, agarrar algo de arena y hacer un barco o algo así
—no se ni como nos protegí ahí atrás
—ah... pues… no se que hacer…
El cuerpo de la araña volvió, flotando cuando la corriente se estabilizo, las patas ya no se movían, pero su cuerpo flotaba, Gabriel miro el cuerpo flotar y alejarse
—¿y si?
—no… no y no
—pero no veo otra salida…
—que asco, no…
—maría…
—yo me escondo, no quiero ver…
Gabriel salto encima del cuerpo de la araña cuando esta volvió flotando, subido en su abdomen enorme, corto las patas con su hacha para poder remar
—esta muerta, no tienes por qué tenerle miedo
—no me da miedo, me da asco…
En otro lado del país, la sangre de Kumicho manchaba la tierra mientras el viejo tomaba otro sorbo de su cerveza, alzando levemente la máscara.
—Yo te lo dije... estarías muerto.
—Maldito viejo... ¿cómo es que eres tan rápido?
—Ya ves, es lo que tiene pelear contra tus creaciones durante años.
—Agh...
Kumicho se levantó de nuevo y 007 se puso en posición de batalla.
El viejo se acercó a ella, apartó su pelaje y presionó algo detrás de su oreja.
El cuerpo se deformó y dio varias vueltas sobre sí mismo mientras sus patas se estiraban. Sus ojos se volvieron rojos y su boca se abrió de una manera antinatural.
—Otra vez esa arma...
—Suerte peleando contra esta belleza.
007 lo miró y abrió la boca. Un cañón salió de su interior y el ardiente ácido volvió a quemar el piso justo antes de que Kumicho saltara.
Otro disparo, sin ningún tipo de posibilidad de esquivarlo.
Kumicho lo bloqueó con su cuchillo, pero este se derritió y el ácido le dio directamente en el rostro.
—¡AGGH!
El grito fue desgarrador. La carne derretida, la sangre y la piel de su rostro caían al piso mientras intentaba mantener todo junto con sus manos.
El viejo se acercó a 007 y presionó un botón detrás de su espalda. Ella volvió a su forma normal y luego se quedó completamente quieta.
—Apagada... aunque tu consciencia sigue activa.
007 movió los ojos, mirando al viejo, y asintió con las pupilas.
—Tranquila, no te voy a hacer daño. Eres una maravilla tecnológica.
Kumicho seguía llorando. Las lágrimas caían sobre su carne derretida y hacían que ardiera todavía más. Pronto sintió algo duro cuando tocó su cara.
—¿Qué...?
Cuando la examinó con sus manos, lo notó.
Sus huesos estaban expuestos.
Esa sensación que tanto había sentido miles de veces.
—Me lo gané... esto... me lo merezco.
La misma sensación que tantas veces había sentido en sus manos: el calor de la sangre y el tacto de un hueso expuesto.
Solo que esta vez eran los suyos y no los de otro.
—Agh...
Pronto, un trozo de algo rosado golpeó el piso frente a él y cayó. Kumicho dejó de moverse.
El dolor desapareció durante un instante.
Y luego dejó de sentirlo por completo.
Mientras el viejo se sentaba en su cabaña y dejaba a 007 encima de la mesa, Gabriel y María se toparon con una enorme puerta de arena solidificada.
—Qué linda.
—¿No que no querías ver?
—Ya, es que me da curiosidad.
—Pues no mires hacia abajo.
—¡Eep!
María volvió a esconderse en la mochila cuando miró hacia abajo y se encontró con los muertos ojos blancos de la criatura.
—Se puede leer algo...
—¿Qué dice?
—No quiero ver.
—“Si has llegado hasta aquí, date la vuelta. Dentro de esta puerta no te espera nada bueno”.
—Pues nada, nos devolvemos.
—Bajo el agua dice otra cosa, pero no alcanzo a leer...
—Me vas a obligar a...
—Sí.
María salió de la mochila y se puso las gafas, ignorando por completo a la araña para escanear el texto bajo el agua.
—“Entre aquí solo quien esté preparado para la lucha. Una recompensa enorme aguarda a los valientes”.
—Pues nada, a entrar.
—P-pero...
—Entrar, dije.
Gabriel levantó el hacha y puso su mano sobre la funda, preparado para desenfundar rápidamente la pistola. Golpeó la puerta de arena con fuerza, pero apenas le hizo una muesca.
—La voy a abrir... porque la voy a abrir...
Volvió a golpear una vez tras otra, haciendo una pequeña mella con cada golpe. Cuando dio un golpe especialmente fuerte y vio que la puerta seguía prácticamente intacta, se enojó.
Desenfundó y disparó contra la puerta.
Esta finalmente se agujereó.
—Sí... a balazos será.
—Qué agresivo.
—Mira, una araña.
—¡Eep!
Gabriel empezó a dar balazo tras balazo contra la puerta, hasta que un agujero finalmente la atravesó y pudo ver hacia dentro.
Al acercar el ojo al agujero, la puerta se deshizo en arena suelta.
—¿Q-qué...?
El agua parecía seguir estancada fuera, como si una barrera invisible le impidiera entrar en la sala que tenían frente a ellos.
—Pues nada... saltamos dentro.
Al saltar dentro, la oscuridad que se veía desde fuera desapareció y pudieron ver claramente frente a ellos una figura enorme, tan alta como la sala entera.
Era una figura esquelética. Un collar con una llave en la punta colgaba de uno de sus dedos.
—Bienvenidos sean, viajeros.
—¿Q-quién eres...?
La figura dio un quejido de dolor, como si respirar le doliera.
Gabriel y María dieron varios pasos alrededor de ella. Pudieron observar cientos de tubos enormes saliendo y entrando de su espalda, mientras cables entraban y salían de las cuencas vacías de sus ojos.
—¿Cómo sigues vivo...?
—Por el capricho... de un pueblo malagradecido.
—Parece una historia triste.
—Lo es, sin duda. Podría contárosla si no me doliera cada segundo de mi existencia en este plano...
—Vaya, pobre.
—Me daba miedo. Ahora me da penita.
—Por favor, viajeros... les ruego que no me maten y que no se lleven mi fuente de poder.
—¿Tu fuente... de poder?
—Esta llave. Contiene el poder de una pieza de un dios. Un dios verdadero que rondó y aterrorizó estas tierras.
—Es como la de Samael...
—O la de Churchill.
—Parece que conocen de sobra a mis compañeros magos...
—Algo así...
La criatura volvió a quejarse de dolor. Los tubos se movieron, llevando un líquido amarillo brillante por ellos. El líquido dorado iluminó la sala mientras se perdía entre la infinidad de tubos.
—Si sufres tanto, ¿por qué te esfuerzas en seguir vivo?
—Por muy malagradecidos que sean, son mi pueblo. Debo alimentarlos de energía...
—¿Tu pueblo son esos... criminales de ahí afuera?
—¿Criminales? ¿Mi pueblo? Nunca. Ellos son almas puras que cometieron un error conmigo... jamás harían daño a nadie.
—Pues no lo creo. Venimos de afuera y han matado a muchos...
—¡¿Qué ellos qué?! ¡No les di mi alma para que...!
El grito fue desgarrador, como si gritar de aquella manera le hubiera causado un dolor profundo.
Pero el dolor más fuerte no fue el físico.
Fue descubrir que su pueblo no era lo que él pensaba.
—Pero... las metrópolis... los edificios... los hermosos mercados y todo lo que dejé antes de sentarme aquí...
—¿Había todo eso?
—Qué dolor... qué dolor... Mi pueblo ha abandonado el camino... se ha desbocado... ¿Qué hay allí fuera?
—Yo solo vi arena, cadáveres y alguna que otra casa destruida.
—Oh, no... qué dolor... qué dolor...
En eso, volvió a pegar un chillido. El líquido dorado fue extraído de nuevo de su interior, directamente hacia la superficie.
—A saber, para qué usan mi poder... No, no puede ser. Están mintiendo.
—Yo no miento.
—Es verdad, ella es muy honesta.
—Ay, qué dolor... qué dolor...
María y Gabriel se sentaron frente a la enorme criatura, mirándola con compasión.
—Pequeños viajeros... puedo ver que son bastante jóvenes...
—Sí, bastante, sí.
—No me mientan más, por favor. Hacen doler mi corazón más que mi cuerpo con sus mentiras.
—No te mentimos.
—Ay, qué dolor... Me hace doler solo pensar que eso pueda ser cierto, que mi pueblo se haya corrompido.
—Pues estaba siendo llevado por tres criminales bastante malos...
Un fuego verde apareció delante de ellos.
El Cabecilla levantó a Gabriel de la camisa y le apuntó con su pistola.
—Ustedes, malnacidos...
—¿Qué haces?
El Cabecilla volteó la cara para ver a la enorme criatura sentada frente a él. La luz sobre su cabeza, como un halo roto que giraba, lo cegó antes de que bajara a Gabriel.
—¿Quién...? ¿Qué eres?
—¿Cómo te llamas, muchacho?
—Yo... ¡no digo mi nombre a nadie! Puedes llamarme Cabecilla y lidero la estructura criminal más grande de estas tierras. ¡Soy el dueño de todo!
—Tú eres el líder, ¿hum?
—Sí, así que empieza a mostrarme respeto.
—Pues yo soy tu dios...
—¿Huh?
—Arrodíllate o no verás la luz del sol al salir de nuevo...
El cabecilla levanto la cabeza y puso un rostro de indignación antes de levantar la mano y lanzar una ráfaga de fuego verde contra el enorme ente, el fuego golpeo, pero no ardió en absoluto, solo se disipo
—¿para eso usas mi poder?
—yo soy el dueño de todo lo que ves… soy el dueño de todas estas tierras
—la corona no te pertenece… el país de la corona fue fundado por gente buena
—¿Qué es la corona? ¡Estas son las tierras de nadie! Y son del mas fuerte, el que este dispuesto a tomarlas y ese soy yo…
—hasta le cambiaron el nombre… ay que dolor… que dolor…
Otro disparo de fuego seguido de un puñetazo a la esquelética pierna de la criatura enorme que no hicieron más que enojarla más, pero no le hizo nada de daño
—ustedes han convertido estas tierras en miseria… ayy que doloooor…
—deja de quejarte o te daré algo por lo que quejarte…
—Este mundo, este pueblo está podrido...
La criatura dio un sollozo y una lágrima dorada cayó de la cuenca de su ojo. Su cabeza se volteó hacia el Cabecilla, que continuaba golpeándole la pierna con fuerza.
—Tus patéticos intentos... me cansaron. Este pueblo no merece mi benevolencia. Si mi antiguo pueblo no existe... ya no existirá este dios benevolente.
—María, yo... yo no quiero estar aquí cuando esto estalle.
—Sí, yo tampoco.
—Vámonos... lentamente...
Ambos hermanos empezaron a moverse lentamente hacia atrás, volviendo a subir a la araña y remando hacia la salida.
Dentro de la habitación, el Cabecilla volteaba a mirar al dios.
—No mereces... mi adoración... ¡Eres solo un debilucho! ¡Mira cómo te golpeo y no te defiendes!
—Tu poder... viene de mi magia. Puedo sentirlo...
El dios volteó un poco más la cabeza y arrancó con fuerza los cables que entraban en su ojo.
El poder del Cabecilla se redujo, aunque él no lo sintió. Solo siguió golpeando.
—Esa inmortalidad tuya no la mereces...
—¿De qué hablas, anciano?
A su alrededor aparecieron dos enormes anillos de luz. El primero giraba verticalmente, de arriba hacia abajo, mientras el segundo atravesaba su centro y giraba de izquierda a derecha. Ambos se cruzaban sin tocarse, formando una rueda imposible, como si dos órbitas distintas ocuparan el mismo espacio.
El Cabecilla comenzó a flotar en el centro. No podía moverse.
—¿Q-qué haces? No puedes... ¡Yo soy el líder!
—Morirás con tu orgullo entonces... Admira el poder de tu dios como última cosa que verás en toda tu vida.
—¡No puedes matarme! ¡Yo soy inmortal!
Lentamente, los anillos comenzaron a acelerar. Segundo a segundo iban cada vez más rápido, hasta formar una esfera de luz que cubrió por completo al Cabecilla.
Cuando se detuvieron, el hombre ya no estaba.
Había desaparecido por completo.
No quedó sangre.
No quedó ningún rastro de él.
Los anillos giraron sobre la cabeza del dios. Dieron tres vueltas antes de que el líquido amarillo que salía por los tubos comenzara a retroceder.
—Mi benevolencia es tan grande como mi paciencia...
Aquella imponente figura empezó a levantarse, moviendo primero las manos hasta finalmente apartarlas de los reposabrazos del trono. Su cabeza volvió a girar, esta vez más rápido.
—Pero tienen límites y han sido cruzados...
Despegó la espalda del trono. Los tubos se tensionaron, todavía adheridos a su piel. La sangre dorada manchó el trono cuando finalmente se puso de pie.
La estructura subterránea comenzó a temblar mientras la divinidad se levantaba cada vez más.
—La vida es un concepto hermoso, pero ellos no están aprovechándola...
A su alrededor, cientos de esferas formadas por miles de aros girando comenzaron a adornar su figura esquelética.
Finalmente, se levantó por completo.
Al caer los tubos, la estructura se desplomó sobre él, aunque no pareció importarle.
—Este mundo no aprecia la vida... entonces la vida no tiene la obligación de apreciarlos.
El enorme esqueleto comenzó a flotar, rodeado por cientos de esferas doradas. La túnica blanca ondeaba con el viento de la tormenta y la capa roja flotaba alrededor de su cuello mientras levantaba lentamente una mano.
—Que la vida se abra paso de nuevo y que sobrevivan los más fuertes...
La mano finalmente se elevó hacia el cielo.
La tormenta de arena cesó.
El cielo se tornó oscuro entre nubarrones que comenzaron a moverse lentamente.
—Mis pequeñas criaturas... merecen y aprovechan más la vida que ustedes...
Gabriel y María corrían mientras miraban hacia arriba. Aquella figura esquelética enorme había levantado la mano, haciendo que Gabriel acelerara y que María gritara:
—¡Corre más fuerte!
—¡Corro todo lo que puedo!
Ambos pasaron justo en frente de la cabaña donde El viejo reparaba a 007, este abrió la ventana por el ruido solo para ver al dios con el brazo levantado
—problemas…
007 dio un olfateo al aire y pronto se levanto de la mesa, corriendo hacia la puerta
—¿tu… no estabas apagada?
Derribo la puerta y salió corriendo, el viejo se quedo unos segundos mirando la puerta antes de salir corriendo detrás de ella
—oye, ¡aun no termino de arreglarte!
007 corría, mirando siempre hacia atrás para no dejar al viejo atrás, y hacia adelante, donde Gabriel y María corrían.
—¡Vuelve aquí! ¡Estoy muy viejo para esto!
007 alcanzó a Gabriel y lo levantó con el hocico, haciéndolo caer sobre su lomo. Dio un ladrido mientras María gritaba emocionada.
—Me preguntaba dónde estabas...
—¡Te has perdido mucho!
007 miró hacia atrás, donde el viejo corría a toda velocidad.
—¿Y ese?
—Será su amigo...
María salió de la mochila y le ofreció la mano al viejo mientras corrían.
—¡Agárrate!
—Pero desacelera.
—Tú estás loco si quieres desacelerar.
El viejo tomó la mano de María y ella lo jaló dentro de la mochila.
Dentro, el viejo vio la habitación que María tenía montada.
—¿D-dónde estoy?
—En la mochila. Tú tranquilo.
—Una mochila... RES. No había visto una de estas en tantísimo tiempo...
—¿Una qué?
—Reductive Especial Storage.
—¿Ah?
—E-es el nombre de la mochila...
El dios tardó un par de minutos en bajar la mano de nuevo. La estrella volvió a brillar cuando las nubes negras se disiparon en cientos de insectos.
—Un nuevo mundo gobernado por quienes sí aprecian la vida.
La tormenta de insectos descendió a una velocidad impresionante, rodeando los cadáveres de la superficie y devorando su carne.
—Traedme vida, mis pequeños...
Los insectos poco a poco cubrieron de carne putrefacta los huesos del dios. La sangre dorada comenzó a bombear por ellos mientras aquella carne se acumulaba. Nuevos ojos surgieron de sus cuencas, aunque permanecían sin pupilas.
—Un cuerpo nuevo, un mundo nuevo y una visión nueva sobre este mundo podrido.
El cuerpo se reconstruyó con carne podrida. Los insectos acomodaban la carne que se resbalaba sobre los huesos divinos. La sangre llenó los agujeros, rejuveneciendo aquella estructura podrida que lo cubría.
Pronto volvió a tener una forma casi humana, aunque todavía tenía agujeros y huesos visibles que continuaban reconstruyéndose poco a poco.
—Ya casi... ya casi...
Dijeron ambos hermanos mientras veían la frontera cada vez más cerca. Detrás de ellos, cientos de personas corrían a toda velocidad.
—No somos los únicos asustados...
Los insectos se aferraron a la pierna de uno de ellos y comenzaron a morderla hasta que solo quedó el hueso. La sangre brotó y manchó la arena mientras el proceso se repetía por el resto de su cuerpo, incluso mientras la víctima continuaba gritando de dolor.
—E-eso es asqueroso.
Cuando finalmente salieron de la frontera, los insectos se quedaron quietos justo en el borde, como si algo les impidiera pasar.
—¿Por qué se quedaron quietos?
—Tú eres de allí... imagino que no conoces otros países.
—No, jamás he salido de la Corona.
—Bueno, pues de aquí en adelante es tierra de Rayo y está protegida por otro dios.
—¿Dios...? Qué alivio...
—Pero tenemos que volver.
—¿U-ustedes están estúpidos o algo así?
—No, tenemos que... salvar a esa gente.
—Sí, están idiotas...
Una figura brillante apareció detrás de ellos, le dio un golpe en la cabeza a Gabriel y refunfuñó:
—Te dije que acabaras con todos, pero... ¡no tenías que despertar a un dios dormido!
Samael se puso justo al borde de la frontera, observando a los insectos intentar cruzarla.
—Y uno no muy contento... No creo que esto se solucione hablando.
—Perdón, yo no hice nada.
—Pues haberlo impedido.
—...
—Niña, sal de esa mochila ahora mismo.
Cuando María salió, Samael le dio una cachetada directa.
—¿Para esto te di mi halo?
—Y-yo...
—No la toques...
Gabriel puso el hacha justo en el cuello de Samael en menos de un instante, mientras 007 gruñía.
—La estás criando... como una persona débil.
—Tiene diez.
—Es una niña para unas cosas y una mujer independiente para otras... Era muy madura cuando guiaba la revolución de Rayo.
—...
—Empieza a tratarla como lo que es: una persona altamente peligrosa e independiente. No la protejas de sus consecuencias.
—Bien...
Samael volvió a mirar a María.
—Se suponía que desarrollaras tu magia. ¿Qué has hecho estas semanas?
—Y-yo no sé cómo...
—Tienes miles de libros. Haberme pedido ayuda. Haberme dicho antes de irte. Pero no... te fuiste sin preguntar.
—Y-yo...
—Nada...
Samael extendió un libro hacia María. Ella lo tomó con las manos temblorosas.
—Solucionen su cagada. Y si no pueden... estaré en mi castillo. Saben dónde encontrarme.
Samael se dio la vuelta. Lanzó una última mirada hacia atrás antes de desaparecer entre una estela de luz.
—¿Y ese...?
—Nuestro jefe.
—Ya veo, ya...
—Tranquilo, viejo, tenemos un plan.
—¿Lo tenemos?
—Sí, María, lo tenemos.
—Ay, pues qué bien, porque yo no tenía ni idea.
—Yo también puedo tener ideas.
—Es que como no es normal que seas tú el inteligente...
—Tampoco soy tan tonto...
—A ver...
—No hables más.
—Ese jefe tuyo no es muy útil.
—Pues él mantiene esas cosas lejos...
—¿Esa barrera es cosa suya?
—Sí. Es impresionante al inicio; luego te das cuenta de que es lo de menos para él.
—¿C-cómo...?
—Si él se lo propusiera, podría arreglar esto.
—¿P-pero por qué no lo hace?
—Le da pereza y confía mucho en nosotros.
—Vaya, por Dios...
Gabriel volteó hacia los insectos que golpeaban contra la barrera. Observó cómo chocaban repetidamente y algunos morían por la velocidad del impacto, embarrando su sangre y la sangre que habían bebido por toda la barrera.
—Tengo un plan, pero... debo confiar en que esas cosas...
—No van a funcionar como los cuervos.
—Nada puede ser fácil en esta vida... ¿verdad?
—Mejor te digo la verdad de una vez.
—Mi propia hermana es tan cruel conmigo...
—No soy cruel. Soy realista.
—Entonces no tengo un plan…
El viejo dio un sorbo a su cerveza, soltó un eructo y salió de la mochila.
—Y yo que pensé que sería fácil después de ver a ese dios.
—Oye, no bebas frente a María.
—¿Huh?
—Si sigues bebiendo frente a ella, tendré que pedirte que te vayas.
—¿Y si me niego?
Gabriel le dio una mirada directa a los ojos.
El viejo sintió cómo su cuello se cortaba, su abdomen se abría y su cabeza caía al suelo, aunque nada de eso pasó realmente.
—Entiendo… no beber…
—Comprendo que entiendes lo mismo de los cigarros y las drogas.
—S-sí…
—Bien…
El viejo guardó silencio durante unos segundos.
—Me llamo Michael… Michael Churchill.
Gabriel se dio la vuelta. Miró su cuello y, esta vez, su hacha sí se posó sobre su abdomen, aunque sin llegar a cortarlo.
—Ese apellido…
—S-sí… ese sádico me lo robó.
—¿Robó?
—Bueno… es una larga historia.
—Tenemos tiempo.
Michael bajó la mirada.
—En… resumen… yo le enseñé a construir al muchacho. Le enseñé a crear… pero él nunca lo usó para bien.
—Mmm…
—me copio todas mis creaciones, lo único propio que tenía era su sadismo
—entonces tú le enseñaste…
—algo así, le enseñe a crear, pero luego el uso ese poder para el mal
La barrera parpadeo, los golpes de los insectos muriendo uno tras otro a toda velocidad finalmente habían logrado debilitar la barrera, varios seguían muriendo tratando de romper la barrera
—explica luego, tenemos trabajo que hacer
Michael se aferro a la esfera en su cinturón, mientras veía la barrera parpadear como si estuviera a punto de desaparecer, los chillidos de los insectos muriendo llenaron el aire en silencio
—mas te vale tener un buen plan
—no lo tengo en absoluto…
—pues tendremos que pelear
—son mas de los que puedo contar
—pues espero por tu propio bien que no sean mas de los que puedes matar
Gabriel dio un giro a su hacha mientras miraba la barrera agrietarse. Entre las grietas, varios insectos se apretaron para pasar.
Michael lanzó la esfera bajo sus pies y un campo de fuerza se extendió, protegiéndolos como un paraguas ante la lluvia, aunque lo que caía era sangre.
—Al menos tienes la decencia de serme útil
—Si no, estaría muerto.
—Inteligente…
—Eso me mantiene vivo.
Gabriel llevó la mano hasta su cinturón y dio tres disparos. Tres chillidos llenaron el aire cuando la sangre de los insectos volvió a manchar tanto el piso como el campo de fuerza.
—Eres rápido
—Eso me mantiene vivo.
Gabriel empezó a disparar a través del campo de fuerza, manchándolo tanto de sangre que ya era imposible ver lo que había fuera. En ese punto, solo disparaba al aire, esperando golpear algo
Afuera podían escucharse los chillidos de los insectos cada vez que una bala encontraba su objetivo, acompañados por el gruñido de 007 y el sonido de sus garras atravesando la cortina de exoesqueletos.
Se movía con agilidad. Ni siquiera pensó en entrar en el campo de fuerza, como si no sintiera que lo necesitaba.
—Tu arma es fuerte
—No es mi arma. Es mi amiga.
Michael miró hacia 007.
—¿Tu amiga es un tanque de guerra?
—Es mucho más que un tanque de guerra. Si la conocieras, sabrías que tiene un enorme corazón.
—Motor…
—No. Corazón.
Michael miraba cómo las balas llenaban el aire. No parecían acabarse, mientras Gabriel, con una sonrisa, seguía accionando el gatillo.
—¿No recargas?
—Un regalito de mi jefe.
—Y yo que pensé que era un inútil.
—Esta maravilla tiene balas ilimitadas.
El halo brilló mientras el campo de fuerza empezaba a parpadear. Incluso con la matanza que ocurría fuera, las mandíbulas y garras de los insectos eran tantas que ni siquiera el poder del campo de fuerza era suficiente para detenerlos.
—Son infinitos…
—pues tengo balas suficientes para matarlos a todos, entonces.
Cuando la barrera cayó, el halo dio un giro sobre sí mismo. María extendió las manos y cerró los ojos.
La arena del suelo empezó a girar a su alrededor, formando una especie de campo de fuerza natural.
Michael abrió los ojos, sorprendido.
—Eso es impresionante… ¿Qué clase de máquina es?
—¿Máquina? ¡Soy una BRUJA!
Gritó María mientras mantenía las manos extendidas.
La arena siguió girando, llevándose consigo a todas las criaturas que trataban de atravesarla y que intentaban morderlos. Sin embargo, aquella barrera natural también impedía que Gabriel disparara, pues, así como los protegía a ellos, también protegía todo lo que había a su alrededor.
—Pues nada, se me acabó la diversión.
—Se dice: Gracias por salvarme la vida.
—Bueno, bueno… gracias, hermana.
—Ahora, ¿cómo salimos de esta?
—¿Tú no eras la de los planes?
—O te salvo la vida o te armo un plan, pero ambas al tiempo no puedo.
—Está bien… está bien…
Gabriel miró su pistola mientras veía cómo, afuera, los insectos mordían la arena antes de ser arrastrados y ahogados en ella.
—Oye, viejo, ¿tienes algún arma entre todas esas cosas?
—No. No construyo armas.
—¡Para el carajo…!
—Y ya no me quedan barreras.
—¿Tienes algo en esa mochila… que sirva para algo inútil?
—Oye, controla a tu niña.
—Yo no la controlo. Ella se manda sola.
—¡Respeta, niña!
—No.
Michael se quedó mirándola durante unos segundos.
—Pues tengo juguetes… Tengo unas velas y unas linternas, pero nada más.
—Nada útil.
—Vaya por Dios… ¿Ahora tengo que hacerlo todo yo?
—Tranquila, tranquila. Déjame pensar.
—Sí, claro. Tú piensa. No es como si hubiera una parvada de insectos homicidas afuera… Tenemos toooodo el tiempo del mundo.
Gabriel abrió el libro que les había dado Samael y empezó a leerlo, revisando los rituales, las invocaciones y los hechizos.
—Pues no tengo magia, pero… puedo intentar… hacer algo de esto.
—Para eso, mejor léeme lo que dice.
—Para invocar un guardián… debes sacrificar cien vidas, juntar su sangre y entonar el cántico.
—Hay muchas más de cien vidas entre la arena, aunque lo único que me sale es la cúpula.
—Nada perdemos intentando.
—Perdemos tiempo, pierdo energía y podríamos perder algo bien importante… Ah, sí, la vida.
—Tu hermana es bastante agresiva.
—Es un amor cuando no está de malas…
—No parece.
—Ya, ya… No tenemos un plan mejor, ¿o sí?
María dio un suspiro y movió las manos. La sangre de los insectos empezó a derramarse hacia el interior de la cúpula. Miró el diseño en el libro y comenzó a guiar la arena para formarlo con sangre sobre el suelo.
—Ya van como quinientos insectos. ¿Si le meto más sangre será más potente?
—Tú métele.
—No, pues gracias por responder con gran elocuencia.
—Aquí no dice.
—Pal carajo…
—María…
—Sí, ya, sin groserías.
—Mejor.
María empezó a entonar el cántico del libro. La sangre vibró mientras más avanzaba en la lectura. Cuando terminó, no pasó nada.
—Pues nada, no pasó nada…
Dijo justo antes de que la sangre se alzara hacia el cielo, moviéndose como una serpiente que se tragaba todos los insectos. La sangre los ahogaba dentro de su propio cuerpo.
—Okey… sí funcionó.
Cuantos más insectos tragaba, más grande se hacía. María extendió una mano hacia la invocación.
La serpiente no respondió a su movimiento.
Simplemente siguió tragando más y más insectos, como si tuviera un hambre voraz.
—E-eso no lo hace ninguna máquina.
—Ya te dijimos que no son máquinas. Es magia.
—Pero la magia no existe… No, no existe.
—¿Qué estás viendo?
—O sea, sí… pero… esto es demasiado para mí.
—Tan viejo y tan cobarde.
Gabriel le dio una cachetada a María y la miró directamente a los ojos.
—¿Qué te dije de las groserías…?
—M-me pegaste…
—Te lo ganaste.
María se quedó inmóvil.
—Jamás me has pegado… Yo…
Gabriel le acarició la cabeza mientras María lloraba.
La serpiente había tragado suficiente sangre para hacerse casi más grande que el dios que flotaba en el cielo. De pronto, se movió con una velocidad brutal hacia él.
—Oigan, muchachos…
María no volteó. Seguía en shock.
Gabriel, en cambio, levantó la mirada.
La serpiente comenzó a enrollarse alrededor del cuello del dios.
Pero este ni siquiera se inmutó.
Era como si ni siquiera pudiera verla.
—M-me pegaste…
—Ya, María. Solo fue un golpe.
—No… Tú jamás me pegas.
—Por eso siempre haces lo que se te da la gana.
—¡Se supone que me amas!
Gabriel guardó silencio unos segundos.
—Precisamente por eso me importas tanto.
María lo miró, todavía con lágrimas en los ojos.
—Eso no tiene sentido…
—Mira, solo trato de enseñarte que no puedes hacer todo lo que quieres todo el tiempo. Si lo haces, habrá consecuencias.
—Pero…
—Puedes insultar si quieres. Pero tendrás que aceptar las consecuencias de hacerlo.
—Yo…
Gabriel volvió la mirada hacia el cielo.
—Hay cosas más importantes que eso justo ahora. No molestes.
La serpiente mordió al dios.
La sangre que brotó de la herida se volvió dorada. Poco a poco, el cuerpo de la serpiente comenzó a adquirir el mismo color.
La criatura empezó a succionar, absorbiendo la sangre del dios.
El dios finalmente reaccionó a su presencia.
—Esta sanguijuela… ¿de dónde saliste, pequeña sanguijuela?
La serpiente no respondió.
Simplemente apretó sus colmillos y comenzó a succionar con más fuerza.
Un portal de luz se abrió de repente.
Samael apareció desde su interior.
—¡¿De dónde saliste, sanguijuela?!
Gritó mientras veía cómo la serpiente aumentaba más y más su poder al absorber la energía del dios.
La criatura no se movió, ni siquiera cuando Samael comenzó a lanzarle ataques de luz.
—¡Has comido suficiente! ¡Vuelve de donde viniste!
La serpiente dejó de succionar y siseó hacia Samael.
De repente, se lanzó contra él.
Samael esquivó el ataque y la serpiente volvió a enrollarse alrededor del dios, que ahora trataba de quitársela con las manos. Sin embargo, al estar hecha de sangre líquida, no podía agarrarla.
—Esto no creo que lo puedan solucionar esos dos…
Dijo Samael.
Su forma comenzó a cambiar poco a poco hasta adoptar su apariencia oscura.
Alzó las manos hacia el cielo.
Las nubes se transformaron en una tormenta y, un instante después, un rayo cayó sobre el cuerpo de la enorme serpiente dorada.
Luego otro.
Y otro.
—¿Cuál es tu nombre, demonio? ¡Como dios que soy, te ordeno que me lo digas!
La serpiente siseó, como si se estuviera riendo.
El dios que flotaba en el cielo intentó hacerla desaparecer mediante un ataque enorme. Las esferas comenzaron a girar y se adentraron en el cuerpo de la serpiente, haciendo desaparecer grandes partes de ella.
Pero, rápidamente, aquellas partes eran reemplazadas por más sangre que fluía desde su interior.
—Este demonio… eres un irrespetuoso.
Samael le lanzó más rayos. Cada impacto hacía desaparecer enormes trozos de la criatura.
Pero, aunque cada vez quedaba menos de ella, la serpiente seguía creciendo.
Hasta que finalmente abrió la boca.
Y se tragó la cabeza del dios de un solo bocado.
—¿Q-qué…?
Fue lo último que dijo antes de que su cabeza se disolviera entre la sangre de la serpiente.
Samael contempló la escena.
Luego bajó la mirada.
Gabriel, María, 007 y el viejo simplemente observaban.
—¡Ustedes cuatro, atrás!
Samael se lanzó hacia ellos, los empujó a través de un portal de luz y lo cerró inmediatamente.
—Esto está pasando de castaño a oscuro…
Cuando volvió la mirada, la mayor parte del cuerpo del dios ya había sido disuelta por la serpiente.
La llave, sin embargo, seguía intacta en el interior de la criatura.
Brillaba con intensidad.
Poco después, comenzó a desplazarse por el cuerpo de la serpiente hasta quedar ubicada en su frente.
Samael la observó en silencio.
—Pues será dios contra dios…
La serpiente se dio vuelta y se movió rápidamente hacia él, tratando de tragárselo, aunque Samael logró esquivarla.
Samael lanzó un rayo contra la cola de la serpiente. La descarga se extendió por todo su cuerpo y desapareció la mitad de la criatura.
—Si me quieres consumir, tendrás que saber que será más difícil que tragar a un dios moribundo.
—El heraldo de la ira…
—Con él hablas.
El fragmento que había desaparecido se reconstruyó rápidamente, como si jamás hubiera sido destruido.
—Voy a tragarte… tragar tu fragmento e invocar a ÉL.
—Como si te fuera a dejar tragarme…
La serpiente volvió a moverse.
—Soy el último ocultista del ÚNICO. Cuando vi ese ritual tan pintoresco que me dio la oportunidad de materializarme… fue como un dulce para mí.
—Vas a desaparecer aquí y ahora.
La serpiente dio varias vueltas e intentó tragarse nuevamente a Samael.
Samael hizo desaparecer la cabeza de la criatura de un rayo.
Pero, de repente, volvió a reconstruirse y estuvo a punto de tragárselo.
—Maldito demonio…
Un portal apareció justo frente a la criatura.
La serpiente se lanzó hacia él y desapareció en su interior.
Samael abrió otro portal a varios metros de distancia.
De él salió nuevamente la cabeza de la serpiente.
—Vas a aprender el poder de un dios de verdad…
Samael cerró ambos portales, decapitando a la criatura.
Otro rayo hizo desaparecer la mitad de su cuerpo. Luego extendió una mano hacia la cabeza y la destruyó por completo.
—Volveré… en algún momento.
La voz de la criatura comenzó a desaparecer junto con su cuerpo.
—Y recuperaré todas las partes para que este mundo vuelva a quien le pertenece… ÉL volverá en algún momento.
La criatura desapareció.
La llave cayó al suelo.
Samael la tomó entre sus manos y abrió un portal de vuelta a su castillo.
—Esto no puede caer en cualquier mano… pero sé qué mano es confiable.

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Una estrella en el cielo (Novela)
Capítulo 5
Una estrella en el cielo (Novela) Capítulo 4
Estás leyendo el capítulo 4 de Una estrella en el cielo (Novela), un novela. **La estrella lleva siglos brillando sobre el mundo.** Nadie sabe exactamente de dónde vino ni qué ocurrió la noche en que apareció, pero una antigua leyenda habla de cinco personas que se enfrentaron a algo que no… Este capítulo tiene publicado el 21 de septiembre de 2026. Una estrella en el cielo (Novela) tiene 6 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.