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Leer Una estrella en el cielo (Novela) Capítulo 6 online gratis en español

El sonido de una llave cayendo sobre la paja resonó entre los enormes muros de hojas, lianas y piedra —la última llave… Dijo el pelirrojo hombre mientras se adentraba a la oscuridad, el sonido de un golpe enorme resonó en el horizonte seguido de un bufido y un grito de aquel hombre, aun en el mar María y Gabriel descansaban mirando el cielo —¿ahora donde deberíamos ir? —no lo sé… todo es muy confuso ahora Desde debajo del barco salió para tomar aire Michael, que sostenía con la boca su soplete, en sus piernas dos apoyos de metal que le ayudaban a caminar, al subir de nuevo al barco, se secó rápidamente y dejo el soplete de lado —pues apenas logre arreglar la radio… —¿en serio? —podemos llamar de vuelta al rayo y que nos digan a donde ir —Yo digo que deberíamos haber seguido a ese búho. —Se fue hacia el este. —¿El este? —Para allá no queda nada. —En el mapa esa zona está borrosa. No sé… es raro que haya ido justo para allá. —Vamos. —Deberíamos llamar primero. —La última vez que paramos a pensar, llegamos tarde. Vámonos. Michael puso un rostro de disgusto, pero puso en marcha el barco. Gabriel volvió a colocar las manos frente a él, preparándose para agarrar el horizonte. —¿Qué tan lejos sería? —¿Estás seguro de usar eso? —Vamos… solo dime. —Sigo pensando que deberíamos avisar. —Lo haremos mientras viajamos. —Si haces eso, llegaremos instantáneamente y no podremos llamar. —Si nos paramos a llamar, llegaremos tarde de nuevo. Michael lo miró durante unos segundos. —Odio admitirlo, pero tienes un punto. Gabriel sonrió y extendió las manos hacia el horizonte. Sus brazos se posaron sobre el aire, separándolo levemente. —No, ciento cincuenta metros más. Y baja más las manos… así. Justo ahí el mapa empieza a ponerse borroso. —Okey… Gabriel comenzó a mover las manos, abriendo la nada misma hasta que, del otro lado, empezó a verse una oscuridad profunda. —¿A dónde estamos yendo…? —No lo sé. Tiene el símbolo de un ojo, pero no tiene nada… ni capital, ni ciudades. Y, siendo sincero, jamás ha salido nada de allí. —Si ni tú sabes… —A la Corona nunca llegó nada de allí. Ese sitio… ni siquiera sabía que existía. Jamás aparece en los mapas del mundo. —Okey, sí… Deberíamos tal vez ir un poco más lento. —En especial porque María ya se durmió. —Oh… entonces dejemos de hablar muy alto. Gabriel abrió más el portal, lo suficiente para que pudiera pasar el barco. Aun así, cuando el portal comenzó a cerrarse, se llevó la antena de la radio. La antena cayó al agua, del lado equivocado del portal. —Y ahí va nuestra única forma de pedir ayuda… —Tranquilo. Vas con un dios. No necesitas ayuda de nadie más. —Si tú lo dices… El barco cayó sobre tierra. ¡CRASH! El casco se estrelló contra el suelo. Frente a ellos se extendía un enorme pasillo sumido en una oscuridad profunda. El cielo estaba casi completamente cubierto por niebla. Gabriel miró hacia arriba. —Necesito subir… Intentó volar. Subió cada vez más. Pero cuanto más alto llegaba, más densa se volvía la niebla. Hasta que dejó de parecer niebla. Se volvió líquida. Gabriel desapareció dentro de ella. Unos segundos después… ¡SPLASH! Gabriel salió del agua detrás de María y Michael. Los dos lo miraron. —Tú no habías… —Sí. Se supone… —Entonces, ¿por qué estás ahí? Gabriel miró hacia arriba. Luego volvió a mirar el agua. —Yo… no lo sé. Hizo una pausa. —Pero no quiero volver a subir. —Tengo un mal pálpito aquí. —Pero tenemos que entrar… Gabriel tomó la mochila donde María dormía y lentamente entró en la oscuridad. Michael tardó un poco más en entrar, organizando su pequeña mochila colgada de la cintura. —¡Espérenme, muchachos! La oscuridad inundó los sentidos de Michael. Sus ojos se adaptaron lentamente, pero aun así no podía ver nada. Avanzó un par de metros. Entonces, una iluminación azul comenzó a llenar las paredes. Michael miró a su alrededor. No había nadie. —¿M-muchachos? Nadie respondió. El suelo vibró. Michael perdió el equilibrio cuando el piso comenzó a girar. Los muros se levantaron y empezaron a desplazarse, moviéndose hacia atrás mientras giraban una y otra vez. —¿Qué…? El suelo comenzó a vibrar bajo sus pies. Michael intentó mantenerse de pie, pero las prótesis metálicas comenzaron a moverse de forma irregular con el cambio del terreno. —¡¿Qué demonios…?! Una de sus piernas perdió el apoyo. La otra intentó compensarlo, pero el suelo volvió a girar. Michael cayó de rodillas. —Maldita sea… Tocó rápidamente los controles de sus prótesis. Las articulaciones respondieron con un pequeño zumbido. —Vamos… todavía no me falles. El suelo volvió a inclinarse. Cayó por un agujero. Durante unos segundos solo pudo sentir cómo descendía. Finalmente, cayó en una zona que no reconocía. Michael se levantó lentamente. Miró a su alrededor. —Debo encontrar al grupo. Entonces escuchó algo. Un quejido humano resonó al otro lado de la pared. Michael se quedó inmóvil. Sintió cómo se le erizaba el pelo de los brazos. Lentamente, llevó las manos hasta los soportes metálicos de sus piernas y presionó varios botones. Los mecanismos comenzaron a moverse. Michael bajó su cuerpo hasta quedar agachado. —¿Hay alguien ahí? El quejido volvió a resonar a lo lejos, seguido de algo húmedo cayendo al suelo. Gota tras gota, el repiqueteo de aquel líquido volvió a escucharse al otro lado del muro. —Mejor… mejor me quedo con la duda. Michael se levantó y utilizó su destornillador para ajustar sus prótesis. Cuando volvieron a funcionar, sacó de nuevo la esfera y comenzó a avanzar con ella en la mano. —Si me muevo… tal vez sea más difícil que me encuentren, pero… Miró alrededor. La oscuridad reinaba en todas partes. Sus ojos ya se habían adaptado, pero aun así solo podía distinguir paredes y más paredes. —Si no me muevo, entonces jamás los encontraré. Su mano temblaba mientras caminaba entre la oscuridad, sosteniendo la esfera. En completo silencio, el repiqueteo del líquido parecía hacerse cada vez más fuerte. El quejido rebotaba entre las paredes, siempre del lado contrario al suyo, hasta que finalmente la pared que los separaba llegó a su fin. —Ahí… El repiqueteo volvió a sonar cuando llegó al borde de aquella pared. Entonces escuchó algo mucho más pesado y húmedo caer al suelo. Michael comenzó a girar lentamente hacia la esquina. Dos puntos blancos brillaban en la oscuridad. Fue suficiente para que Michael soltara un jadeo de terror y volviera a esconderse tras la pared. Unos pasos fríos y húmedos sonaron al otro lado. La respiración resonaba cada vez más cerca. La esfera en su mano brillaba en azul. —Huelo… carne… La voz de aquella mujer tenía un tono sombrío, casi ronco y forzado, como si se estuviera ahogando en sí misma. En otro sitio del mismo laberinto, casi al mismo tiempo… Gabriel apenas había podido sostener la mochila cuando todo cambió a su alrededor. La sujetaba apenas de la manga cuando, de repente, la mochila se abrió. María cayó al agujero. —¡MARÍA! Gabriel se lanzó detrás de ella. La oscuridad se hizo cada vez más intensa. Las paredes volvieron a moverse y, mientras todo cambiaba a su alrededor, Gabriel alcanzó a ver a María y la mochila caer por una bifurcación diferente a la suya. —¡María! Una esquina golpeó su cabeza. Gabriel cayó inconsciente. María despertó al golpear el piso, sus ojos se abrieron de repente y aunque estaban abiertos no lograba ver nada, se levantó lentamente, el halo comenzó a brillar mas fuerte, lo suficiente para ver solamente frente a ella —¿Dónde? ¿Cómo...? Se froto los ojos, vio la mochila a su lado y la empezó a arrastrar, la mochila pesaba enormemente y ella apenas podía moverla —mph… donde esta mi hermanito? Necesito que me ayude con esto… El sonido de algo golpeando el piso justo frente a ella seguido de un pequeño grito —¿Quién anda ahí? María empezó a caminar y lo encontró Erebus, tirado en el piso, llorando y temblando de miedo, hablando incoherencias —ellos, el, nosotros, todos aquí… todos… todos… —t-tu… María lo tocó, aunque este no reaccionó. Solo siguió ahí, sentado en posición fetal, con sus ojos verdes temblando al igual que todo su cuerpo. —¿Qué te pasó? Un mugido sonó a lo lejos, seguido de un golpe que hizo temblar el suelo. María se levantó y miró hacia la oscuridad. Su halo apenas iluminaba unos metros frente a ella. —Dámelo… dame el clúster… dámelo… Erebus levantó la mano y agarró la pierna de María. Una enorme bestia de piedra cayó sobre él. —Tu alma debe ser reclamada… esta vez no escaparás. El polvo se levantó con el impacto. La bestia de piedra tomó a Erebus entre sus manos mientras este se retorcía, intentando escapar. —T-te mataré… y reclamaré yo tu alma, gólem… —Peleemos, pues, por la pertenencia de nuestras almas. El gólem arrastró a Erebus del cabello hacia la oscuridad, alejándolo de María y dejándola completamente sola. Justo cuando ambos desaparecieron de su rango de visión, el mugido volvió a resonar en el horizonte. María se quedó mirando la oscuridad durante unos segundos. —Eso fue… inesperado. Miró la mochila a su lado. —Pero tengo problemas propios. María arrastraba a duras penas la pesada carga mientras buscaba su camino. Mientras tanto, Gabriel despertaba en un sitio desconocido. —Yo usé mis poderes… ¿por qué no funcionó? Gabriel se levantó mientras se tocaba la cabeza. Intentó abrir el aire para buscar a María, pero sus brazos mágicos no respondieron. Flotaban a su lado, inmóviles. —¿Qué…? Gabriel repitió mentalmente la orden varias veces. Incluso movió la mano de manera compulsiva, pero no funcionó. Sus brazos mágicos seguían a su lado. El movimiento parecía estar bloqueado. —Pues… nada. Tengo que encontrarlos primero y averiguar qué pasa después. Un golpe, seguido de un mugido, resonó detrás de él. Gabriel se escondió rápidamente detrás de una cortina de lianas que apenas le permitía ver el pasillo. Aun así, podía sentir el suelo temblar. Algo enorme y pesado pasó frente a él, caminando y mugiendo mientras golpeaba las paredes y el suelo, como si intentara romperlos. —¡Te maldigo! ¡Te maldigo! La bestia repetía las palabras una y otra vez mientras golpeaba con fuerza las paredes. —¡Sácame de aquí! ¡Vuelve de la muerte y sácame de aquí! Finalmente, pasó corriendo frente a Gabriel. Lo único que pudo distinguir fue una enorme silueta a través de las lianas, seguida de un golpe al fondo del pasillo. Los pasos se detuvieron. Luego comenzaron a regresar por la esquina. Gabriel contuvo la respiración. —¿Q-qué era eso…? Gabriel salió de su escondite para mirar hacia donde la bestia había corrido. Apenas logró ver una cola que desaparecía en la esquina. —Bueno… nada. A buscar… El mugido volvió a sonar. Un soplido detrás de él hizo que el aire le golpeara la cabeza. Gabriel se quedó inmóvil. Se volteó lentamente, temblando. —¿Y tú eres…? —Yo… amm… no, nadie. Me perdí… —Esa llave en tu cuello. Gabriel se dio media vuelta y salió corriendo. Los pasos pesados resonaron detrás de él. Mientras la bestia gritaba, Gabriel miró hacia atrás, al mismo tiempo que Michael intentaba comprobar si aquellos ojos blancos seguían persiguiéndolo. —Esa cosa… casi… me da un maldito infarto… Michael continuó caminando con pasos silenciosos hasta que un sonido metálico resonó bajo sus pies. Se detuvo. Lo reconoció al instante y se agachó. —Esto es… sí… a ver… Sacó de su pequeña mochila un destornillador y su soplete. Se colocó el soplete en la boca para no soltar la esfera azul que sostenía en una mano. —Aquí… esto parece que conduce hacia adelante… este cable… Desatornilló la placa de metal y comenzó a revisarla, volteándola una y otra vez mientras examinaba los cables. —Esto es una maravilla tecnológica, pero la fuente de energía parece mal conducida… Si muevo este… para acá… Desconectó el cable azul y el verde, los cruzó y volvió a conectarlos. Al instante, pequeños trazos de luz azul comenzaron a iluminarse entre las lianas. Una sonrisa apareció en el rostro de Michael. Entonces escuchó un grito detrás de él. Se giró. Una figura desnuda permanecía entre las sombras. Durante un segundo, Michael no entendió qué estaba viendo. Era una mujer. O al menos alguna vez lo había sido. Su cuerpo estaba cubierto de carne negra, necrosada y putrefacta. En algunas partes, la carne había desaparecido por completo y dejaba los huesos expuestos. Su brazo derecho no era más que un esqueleto sostenido por pequeños restos de cartílago, mientras que el izquierdo conservaba su forma, aunque estaba completamente ennegrecido por la putrefacción. No tenía ojos. Dentro de sus cuencas vacías solo brillaban dos blancas escleróticas, inmóviles, observándolo desde la oscuridad. Michael palideció. —Dios… La criatura se lanzó contra él. Michael apretó el gatillo justo a tiempo. El campo de fuerza apareció entre ambos. Los brazos carcomidos de la mujer golpearon contra la barrera. Su rostro se aplastó contra la superficie transparente. La carne podrida comenzó a desprenderse lentamente de sus mejillas. —Carne… Michael permaneció inmóvil. La mujer levantó lentamente la cabeza. —Dame tu carne… Sus dedos negros arañaron el campo de fuerza. —Necesito tu carne para ser hermosa… Michael la observó durante unos segundos. —¿Y el rubor y el rímel no te gustan? —¡AGH! La criatura golpeó la barrera con una fuerza sobrehumana. La esfera salió disparada varios metros hacia atrás, arrastrando a Michael consigo. —Eso me dolió… Lo siguiente que vio fue a la figura esquelética corriendo hacia él. Michael se dio la vuelta y empujó la esfera del campo de fuerza. Entonces la tierra tembló. El suelo comenzó a elevarse bajo la esfera, formando una pendiente cada vez más pronunciada. La esfera quedó en lo alto durante un instante. Michael abrió los ojos. —Oh, no… La tierra terminó de levantarse. La esfera comenzó a rodar cuesta abajo. Primero lentamente. Luego cada vez más rápido. La mujer intentó apartarse, pero ya era demasiado tarde. La esfera descendió directamente hacia ella y la golpeó de lleno. —¡AAAGH! El impacto la arrastró varios metros hasta estrellarla contra el muro. ¡CRASH! La piedra se quebró alrededor de su cuerpo y la criatura quedó incrustada en la pared, formando un agujero a su alrededor. Michael se quedó mirando la escena. —…Eso funcionó. La esfera se elevó. La mujer levantó el campo de fuerza entre sus brazos y, con un esfuerzo casi inexistente, se lo cargó sobre la espalda. —Carne… carne fresca… para verme hermosa… La mujer desapareció lentamente en la oscuridad, llevándose consigo la esfera. En el otro lado del laberinto, los trazos azules continuaron avanzando entre las lianas hasta llegar a Gabriel. Gabriel corría a toda velocidad, intentando escapar del Minotauro. La tierra tembló bajo sus pies. —¿Qué…? Una escotilla se abrió de repente frente a él. Gabriel intentó mover sus brazos mágicos para evitar la caída. Nada. Sus brazos flotaron a su lado, completamente inmóviles. —¡No, no, no…! Gabriel cayó por la abertura. Desde arriba, el Minotauro pudo ver cómo su figura desaparecía poco a poco en la oscuridad. Mientras tanto, María terminaba de hacer con unas lianas una correa para poder arrastrar más fácilmente la mochila. —¿Huh? Los trazos azules volvieron a iluminar las paredes entre las lianas. María levantó la mirada y sonrió un poco antes de continuar caminando. Entonces escuchó el sonido de una roca cayendo detrás de ella. Se volteó. —Dámelo… Ya le gané a tu estúpido guardaespaldas… María abrió los ojos. Erebus estaba de pie frente a ella, sosteniendo el cuerpo inerte del gólem. La cabeza de piedra yacía justo a sus pies. A María se le erizó la piel. —Dame el clúster… ahora. Tú no lo mereces y el clúster lo sabe. Erebus extendió la mano hacia ella. Una roca cayó de repente sobre su brazo. —¡Agh! El impacto le arrancó el brazo de cuajo. Erebus miró el miembro mutilado con incredulidad. —¿Cómo es que una niña es apta…? —Cállate… Soy una bruja, no una niña. María salió corriendo. Erebus se transformó en un águila y comenzó a volar sobre ella, buscando el momento adecuado para descender. —Estoy preparada… sabía que pasaría. María se arrancó varios cabellos y se dio la vuelta. En sus manos llevaba una pequeña figura hecha de paja y sus propios cabellos. El águila descendió. María se detuvo y retrocedió unos pasos. Cuando el ave pasó sobre ella, atrapó una de sus plumas en el aire. —Te tengo… Metió la pluma dentro del muñeco. Luego se hizo un pequeño corte en el dedo y utilizó su sangre para dibujar un pájaro en el suelo. Cerró los ojos y comenzó a recitar: —Almas unidas, destino igual, bajo la estrella y el cielo seremos uno. Que mi destino se comparta con esta alma y que su pena sea nada más que irreparable. El pecho de María comenzó a brillar. Se colocó su máscara de zorro. Su cabello, desaliñado y mal peinado por haberse arrancado tantos mechones, se había erizado alrededor de su rostro. El pecho del águila también comenzó a brillar. María sonrió. —Ahora… Recitó el segundo cántico: —Alma en muñeco, alma inerte… ¡te uso como recipiente! El pecho del muñeco brilló. María lo lanzó contra el suelo. El cuerpo de Erebus salió disparado al mismo tiempo que el muñeco. María levantó la mirada. —Ahora verás… Con una bruja no se juega. Su sonrisa se hizo más grande. —Y entenderás por qué. Erebus abrió los ojos enormemente. Su cuerpo emplumado chocó contra el suelo con un chillido. María volvió a sostener el muñeco entre sus manos. Dentro de la máscara, sus ojos negros ahora brillaban dorados. —Tienes suerte. Este hechizo no me permite matarte… pero me divertiré mucho si sigues persiguiéndome, dándote golpes contra el suelo una y otra vez. María inclinó ligeramente la cabeza. —Así que más te vale largarte… justo ahora. El pájaro comenzó a ponerse de pie. María lo observó de manera amenazadora. Erebus dio tres pasos hacia atrás, sacudió sus alas y volvió a levantarlas. —En algún momento… perderás ese muñeco y la pluma expirará. Cuando eso pase, estaré mirando… listo para quitarte eso que no mereces. —Mucha charla y nada de acción… Lárgate antes de que te dé otro golpe contra el suelo. —Maldita bruja… María sonrió. —Sí, eso soy. Grábatelo a fuego. María movió la mano en señal de que se alejara. —Shu, shu. Demonio, lárgate a tu escondrijo con el rabo entre las patas… Erebus, como un ratón, salió corriendo a toda velocidad entre las grietas de las paredes. Mientras tanto, en otro lugar del laberinto… Michael temblaba de terror dentro del campo de fuerza mientras observaba cómo la mujer podrida buscaba alguna forma de atravesarlo. Golpeaba la barrera con palos y piedras, dejando restos de carne negra pegados sobre la superficie. —Dame tu carne… Necesito volver a ser hermosa otra vez… Déjame volver a ser hermosa… Michael tragó saliva. —¿No te vas a rendir? —No… La criatura volvió a golpear el campo de fuerza. —Quiero ser hermosa. Otro golpe. —Si vuelvo a ser hermosa… Otro golpe. —Necesito ser hermosa. Michael tembló mientras el campo de fuerza comenzaba a vibrar. Pequeñas grietas aparecieron en su superficie con cada golpe de fuerza sobrehumana. —Ay, mamá… La batería… —Carne… Quiero carne… Necesito carne… Rellenar huesos y volver a construir cara… —Esto me pasa por no fabricar armas… Esto no puede ser bueno. La mujer golpeó una vez más el campo de fuerza. Esta vez, su brazo consiguió atravesarlo parcialmente, pero la barrera se cerró alrededor de él. La criatura tiró con todas sus fuerzas. Su carne quedó atrapada al otro lado, amontonándose contra la superficie azul mientras ella seguía empujando. Poco a poco, el brazo fue perdiendo toda su carne, hasta que solo quedaron huesos unidos por cartílagos. La mujer contempló el resultado sin mostrar la menor preocupación. —Puedo… tocarte… Sus dedos esqueléticos se movieron al otro lado de la barrera, buscando a Michael. —Ya puedo comerte… —Ay, mamita… La mujer estiró el brazo con todas sus fuerzas hasta conseguir tocar a Michael. Sus dedos se cerraron alrededor de su brazo y tiraron de él violentamente. —¡AAAGH! Michael sintió un dolor insoportable cuando la criatura le dislocó el brazo. A pesar del dolor, consiguió golpearla con su llave inglesa hasta que ella lo retiró parcialmente. —¡Agh…! ¡Tú…! Los mecanismos de las prótesis de Michael se accionaron, desplazándolo hacia atrás tanto como pudieron. —¡Dame tu carne…! Eres muy malo por no darme tu carne… —Estás loca… ¡Malditamente loca! —Solo quiero volver a ser hermosa… Así nadie huirá… —No huiríamos de ti si… si no quisieras matarme. La mujer se quedó inmóvil. —¿No huyes de mí porque soy…? —¡Porque tratas de matarme! —… El brazo esquelético dejó de moverse. Las escleróticas blancas de la criatura permanecieron fijas en los ojos de Michael. Su brazo El brazo dislocado de Michael colgaba a un lado, y él apenas podía contener el temblor de su cuerpo. —¿Y si no te atacara? —No huiría… Digo… Mis amigos también son monstruos, en cierto modo… La mujer ladeó la cabeza. —¿Monstruos? Me llamaste monstruo. —Pues… yo también podría ser llamado así. Soy mitad metal y mitad humano… —¿Metal? Michael abrió su chaqueta. Con la mano que todavía podía mover, tiró de la piel sintética que cubría parte de su cuerpo y la apartó, dejando al descubierto el metal frío, gris y duro que había debajo. —¿Ves? Metal. Nada más… Aunque mis brazos todavía son humanos, y tú acabas de dislocarme uno… La mujer se quedó mirando el metal. —¿Puedes…? Quiero eso… Señaló la piel sintética. —Sí… Podría hacerlo, aunque no tengo los materiales y… —¡Los conseguiré! ¡Haré lo que quieras! ¡Lo que sea! Michael levantó la mano sana, intentando calmarla. —Solo… cálmate y quédate tranquila, por favor… Michael jadeó mientras volvía a sentarse. Los mecanismos de sus prótesis fallaron, pero él ya estaba intentando acomodarse en el suelo. —¿Puedes hacer eso por mí? —Solo cálmate… Apenas puedo moverme… —Perdón… La mujer intentó retirar el brazo del campo de fuerza, pero, al tirar de él, terminó arrancándoselo. Se quedó mirando el miembro que había quedado atrapado dentro de la barrera. —Oh… —¿Qué eres? —preguntó Michael. —Yo… no lo sé. Un día era la más hermosa, la más amada… y al otro, estos muros se alzaron y me convertí en esto. Michael miró el brazo atrapado y luego volvió la vista hacia ella. —Bueno… Primero debo reconstruir tus partes y… tal vez averiguar cómo es que sigues con vida. —Si tú lo dices… —Tranquila. Seremos monstruos, pero no malas personas. La mujer permaneció en silencio. —Yo tal vez… —Todos pueden redimirse, ¿sabes? Cuando era más joven, fui mucho más malvado que tú. —¿Ah, sí? —Sí. Acogí bajo mi protección a un muchachito, un niño con grandes expectativas… y, sin querer, lo corrompí. —¿Qué pasó? —Le enseñé sobre las armas y la tecnología creada para hacer daño. Nada más que daño. Él solía crear cosas hermosas, pero mi mala influencia terminó convirtiéndolo en alguien… horrible. La mujer lo observó con sus cuencas vacías. —Tú… —Yo era un ser humano terrible. Maté a muchos sin disparar una sola bala. Me bastaba con vender las armas. La criatura bajó la cabeza. —Entonces… somos monstruos. —Sí. Algo así. Los dos. Michael soltó una pequeña risa cansada. Después de unos segundos, la mujer también dejó escapar una risa débil y extraña. Finalmente, se sentó en el suelo y relajó el cuerpo. —Ojalá puedas repararme. —Va a ser más sencillo que repararme a mí. —¿Y a ti qué te pasó? —Bueno… esa es una historia muy personal. —Oh… Perdón. Michael vio la decepción en los ojos de la mujer. —Pero podría contártela, siempre y cuando prometas no volver a hablar del tema. —Claro… Michael guardó silencio unos instantes antes de continuar. —Bueno, cuando este… este muchacho se convirtió en mi discípulo, yo… yo traté de matarlo cuando me arrepentí de lo que había creado. —¿Qué te hizo arrepentirte? —Sus ojos, su voz, su mirada, su actitud… Era mucho, mucho más peligroso que yo. Era algo aterrador. —No entiendo. —Era como ver algo peor que un monstruo. Cuando regresó de un viaje, sus ojos… sus ojos eran pura locura. Traía consigo algo, un artefacto que ni siquiera sabía qué era. —¿Y qué pasó? —Lo usó. Se volvió loco, se convirtió en algo mucho peor que un monstruo. Entonces comprendí que, si no lo mataba allí mismo, en ese preciso instante, terminaría convirtiéndose en algo que ya no podría detener. —¿Lo mataste? —Al revés… Me atravesó el pecho, me arrancó el estómago y me dejó tirado, apenas con vida. Michael hizo una pausa. —Me arrastré hasta mi mesa y, con las manos llenas de sangre, me fabriqué un estómago como pude. Después reemplacé parte de mi pecho… entre gritos. —Comprendo… Eso suena horrible. —Pero eso es pasado. Michael activó sus prótesis y deshizo el campo de fuerza. Se levantó con dificultad y recogió su brazo dislocado. —Necesito un poco de materia orgánica, algo de metal y un poco de plástico. También necesito que sostengas mi brazo. —¿Sostenerlo…? —Sí… La mujer tomó el brazo con su mano esquelética. Michael se colocó frente a ella y, de repente, desactivó las prótesis. Su cuerpo cayó de golpe, encajando el brazo en su sitio. —¡AAAAAH! —¿Estás bien? ¿Necesitas algo? —No… Pero eso dolió horriblemente… —Y-yo… ¿qué debo hacer? —Ve a conseguir algo de metal y arranca un par de cables de algún lado. Hay muchísimos por ahí. —Sí… Sí, lo haré. La mujer recogió del suelo el brazo que Michael había estado sosteniendo y lo acercó a su cuerpo. Lo encajó en su sitio y comenzó a moverlo como si nada hubiera pasado. Michael la observó durante unos segundos. —Tengo que arreglar eso… La mujer salió en busca de los materiales. Mientras tanto, Gabriel comenzaba a despertar después de la caída. Frente a él, en la oscuridad, se extendían decenas de brazos. Sin embargo, cuando intentaba acercarse, estos desaparecían. —Otra vez en la penumbra… Una sombra pasó frente a él. Era aquella silueta taurina, la misma que lo había perseguido antes. Sin embargo, esta vez parecía incapaz de ver, igual que él. —Esto sí está raro… Gabriel avanzó y miró hacia arriba. Había pisadas marcadas en el cielo, como si alguien hubiera presionado la superficie desde el otro lado de un cristal. Miró hacia delante. La criatura seguía allí. —¿Luces azules…? Avanzó mientras unas velas de luz azul iluminaban el camino. Con cada paso, una nueva vela se encendía. Gabriel las miraba cada vez más extrañado. Arrancó una liana de la pared y se la ató al brazo. —Algo tengo que tener para ayudarme… Gabriel volvió a mirar hacia delante. Tomó aire, suspiró y se agachó ligeramente, apoyando las manos en el suelo, preparado para salir corriendo. —Vamos… Has derribado cosas más grandes… Tú puedes… Levantó la vista y echó a correr a toda velocidad. Se impulsó con las lianas para ganar altura, subió por las paredes y saltó de un muro al otro, separados por apenas unos metros. Continuó ascendiendo hasta quedar a la altura de la cabeza de la enorme bestia. —Más me vale… Saltó sobre el cráneo del Minotauro, que se sacudió violentamente. La liana atada a uno de sus cuernos evitó que Gabriel saliera volando. —Tranquilo… Tú puedes contra esto… Se sujetó con todas sus fuerzas y arrancó la punta del cuerno del Minotauro. Sin embargo, antes de poder hacer nada más, salió despedido a toda velocidad contra la pared. —Ya está… Estoy muerto… Una sensación fría lo detuvo en seco. Uno de sus brazos mágicos se había movido para frenar la embestida. Gabriel alzó la mirada. —Bueno… Esto es nuevo. Hasta que me hacen caso. Adoptó una posición de combate y extendió las manos hacia delante. Sus brazos mágicos lo imitaron, colocándose frente a él. —¡Adelante, grandulón! ¡Pelea! Sus brazos comenzaron a moverse lentamente, como si estuvieran desactivándose. Unos instantes después, volvieron a caer a sus costados. —Tsk… Gabriel esquivó un pisotón y recogió la punta del cuerno que había arrancado. La ató a la liana y comenzó a hacerla girar sobre su cabeza mientras esquivaba un nuevo ataque. —Necesito altura… Ahora mismo. Se abalanzó contra una pared, pero el Minotauro la golpeó violentamente. Las rocas se desprendieron y cayeron sobre Gabriel. Mientras tanto, Michael terminaba de construir lo que parecía ser un brazo de metal. —Aquí tienes… La mujer contempló la prótesis con cautela. —Se siente frío… El brazo metálico se abrió, dejando espacio para que el hueso entrara lentamente. La mujer lo introdujo con miedo, como si temiera que algo saliera mal. Cuando el brazo terminó de acoplarse, ella sonrió efusivamente. —Se ve muy bien, casi como si tuviera carne, aunque es gris… —Tranquila, aún no termino. Michael se inclinó sobre el brazo metálico, se puso sus gafas negras y tomó el soplete. Luego señaló hacia atrás. La mujer se volvió para mirar. —Ahora no voltees. Saltaron chispas. El sonido del fuego y del metal chocando contra el metal llenó el lugar, acompañado por una leve sensación de dolor en el brazo. La mujer apretó los dientes hasta que, finalmente, escuchó otro suspiro. —Hecho… Cuando volvió a mirar, el brazo había cambiado de color: del gris metálico a un tono marrón claro. Sus ojos verdes brillaron al verlo. Le dio varias vueltas al brazo, examinándolo desde distintos ángulos, asegurándose de que sus ojos no la engañaran. —Esto… es como mi brazo, pero… no es horrible. Ya no soy un monstruo… —Acuéstate en la mesa. —¿Sobre la mesa? —Bueno, sobre la piedra larga que está por allá… —Oh, claro. La mujer se sentó sobre la piedra y Michael se acercó con su soplete, varios trozos de metal y pedazos de lo que parecía ser piel. —Va a dolerte… —No importa, si eso me hace hermosa de nuevo. —Si tú lo dices… A mí me hizo llorar de dolor. —Aguantaré. Michael colocó una placa de metal sobre su pecho y la atornilló directamente al hueso. Después, comenzó a arrancar la carne dañada y a sustituirla por piezas metálicas. La mujer gritaba, pero no pedía piedad. Solo gritaba desgarradoramente, mientras soportaba un dolor que parecía insoportable. —¡Arde! Un martillo golpeó los clavos metálicos hasta hundirlos a través del hueso. Michael se puso las gafas negras, ocultando sus ojos, y le arrancó el brazo de un tirón. Después, lo arrojó a un lado. —¿Q-qué haces? —Cállate, me desconcentras… Michael arqueó la placa metálica que ya había fijado a sus huesos, ajustándola a la curvatura del pecho. Luego recogió el brazo del suelo y lo colocó junto a ella. Entre sus lágrimas, la mujer alcanzó a ver la carne negra y necrosada que todavía se aferraba a sus huesos. —Ayuda… Ayuda… —No grites… Solo quédate quieta, joder… Michael volvió a colocar el brazo en su sitio y lo fijó con clavos metálicos. Después, arrancó los cartílagos que mantenían unidos los huesos y los sustituyó por pequeñas piezas metálicas. Finalmente, la mujer se desmayó del dolor. Michael dejó las herramientas a un lado, tomó un frasco de sales de amoníaco y se lo acercó a la nariz. El olor la despertó de golpe. —Si te desmayas, no podré trabajar bien… Michael dejó de lado el martillo y empezó a clavar grapas directamente en el metal. Las golpeó hasta fijarlas y luego se secó el sudor. Después, acarició suavemente el rostro de la mujer, en un leve gesto de piedad. —Eso duele… Duele… —Tranquila, ya casi acaba… Aunque lo último es lo que más duele… —No… No más… —Será peor si no termino. —¿Prometes que es lo último? —Completamente… —Bien… Hazlo… Ahora… Michael rompió el metal de su pecho, introdujo la mano y comenzó a trabajar en su interior. Arrancó vasos sanguíneos y arterias hasta que, finalmente, extrajo el órgano que aún palpitaba en su pecho. La sangre salpicó todo a su alrededor. Los ojos de la mujer se apagaron durante unos instantes, pero volvieron a abrirse cuando el calor comenzó a recorrer sus venas, acompañado de un dolor insoportable. —Finalmente… Igual que yo… Eres igual que yo. —¡Eso arde! —Ya casi… Solo debo terminar de unir tus venas a la máquina y estaremos listos… Michael cerró finalmente el pecho, volvió a soldar las placas metálicas y cubrió toda la estructura con piel sintética. Cuando terminó, se quitó las gafas. Sus ojos brillaban de emoción y felicidad ante su creación. —Levántate entonces y anda… Mírate en el charco y dime si no eres hermosa. —Yo… Necesito un momento. No puedo respirar. —Oh, sí. Olvidaba eso… Michael metió la mano bajo su piel. Se oyó un clic sordo y su pecho se iluminó durante unos instantes. Por fin, la chica pudo respirar de nuevo. —Todo esto… dolió mucho. —Pero valió la pena… Solo mírate en el agua. La mujer se acercó al charco. Lo primero que vio fueron sus rizos negros y sus ojos verdes. Su cabello abundante caía sobre sus hombros y pecho, enmarcando su rostro moreno, decorado con pecas. Su figura era distinta a la que recordaba, con curvas pronunciadas y un busto voluminoso. Se tocó el rostro, luego el pecho y finalmente examinó sus brazos, cuyas uñas perfectas estaban pintadas de un rojo brillante. —Esa no puedo ser yo… —Lo eres. Ahora eres eso. —Soy… No soy como antes. —¿Qué? —Aun así, me gusta así… —Empezaba a pensar que debía volver a empezar. —No, está bien así. Así me gusta… Es hermoso. La mujer tocó el agua y esta formó ondas, iguales a las que se extendían por los charcos subterráneos mientras Gabriel esquivaba los golpes de la figura taurina, que parecían no tener fin. —Esto empieza a ser molesto… Gabriel golpeó la pata del Minotauro con el cuerno, obligándolo a hincar una rodilla. —¡Te mataré! Gabriel arrancó el cuerno de su pata, saltó contra la pared y volvió a impulsarse hacia la bestia. Esta vez, consiguió clavarle el cuerno en medio de la cabeza. El Minotauro le asestó un último golpe en las piernas, dejándolo tendido en el suelo. —Agh… Esto… Las paredes comenzaron a temblar. Cuando la bestia finalmente cerró los ojos y cayó al suelo, los muros empezaron a agrietarse, hasta que toda la estructura se vino abajo. —No… No me puedo mover… No… Una enorme roca cayó sobre Gabriel y lo aplastó por completo. Sin embargo, un destello dorado lo protegió de una muerte definitiva. Sus brazos mágicos volvían a reaccionar. Gabriel salió volando de entre los escombros, apenas con fuerzas para mantenerse en el aire. Entonces vio un destello pelirrojo sobre el cadáver de la bestia. —Gracias por hacer el trabajo sucio por mí… —¡Maldito! Las manos mágicas se extendieron hacia el hombre, pero este soltó una carcajada y se transformó en un gorrión. Salió volando a toda velocidad y desapareció entre las densas nubes
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Una estrella en el cielo (Novela) Capítulo 6

Estás leyendo el capítulo 6 de Una estrella en el cielo (Novela), un novela. **La estrella lleva siglos brillando sobre el mundo.** Nadie sabe exactamente de dónde vino ni qué ocurrió la noche en que apareció, pero una antigua leyenda habla de cinco personas que se enfrentaron a algo que no… Este capítulo tiene publicado el 14 de octubre de 2026. Una estrella en el cielo (Novela) tiene 6 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.