Leer Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 7 online gratis en español
Con el paso del tiempo, Atila se fue acostumbrando cada vez más a su nueva vida.
Después de tres meses, ya la había interiorizado por completo.
Había comenzado a seguirla por pura inercia.
En esos tres meses habían sucedido muchas cosas, pero las más importantes fueron dos:
El avance de su habilidad y el avance en la numerología de esclavos.
En cuanto a la numerología, después de tres meses cumpliendo la cuota —y, algunas veces, superándola sin querer—, Atila volvió a ascender.
Esta vez el aumento no fue tan drástico como el anterior, pero fue un ascenso.
Eso le hizo comprender que, para ascender verdaderamente en las filas, había que ser residente permanente.
Si no, las variaciones eran mínimas.
En esos tres meses, Atila pasó del número 9.993.999 al 9.993.199.
Fue un aumento de ochocientas posiciones.
Podría no parecer mucho considerando la cantidad de puestos que aún le faltaban.
Pero, si se considera que no hizo un gran mérito, sino que simplemente cumplió con lo que debía cumplir, sí era un buen ascenso.
Por su parte, el objetivo que se había fijado de mejorar su habilidad lo había conseguido en gran medida.
Después de enfocarse durante tres meses en el control, lo había logrado.
Consiguió mantener tres transmutaciones en paralelo.
Casi logrando la cuarta.
Al principio le había costado mantener dos a la vez.
De hecho, durante el primer mes se dedicó únicamente a intentarlo.
Casi al final de ese mes pudo mantener la situación estable y casi realizar una transmutación en paralelo.
De ahí en adelante, todo mejoró.
Había cogido el truco.
Al final del segundo mes, ya podía realizar tres transmutaciones en paralelo.
El último mes lo utilizó para intentar lograr la cuarta.
Pero finalmente no lo consiguió.
Como si se hubiera topado con un cuello de botella.
Simplemente se le escapaba en el último momento.
Su mente no daba abasto.
Al principio todo iba bien, como si estuviera realizando una transmutación normal.
Pero rápidamente todo comenzaba a colapsar.
Así que, al finalizar el mes, dejó de forzarlo y trabajó sobre lo que ya había construido.
Comenzaba un nuevo mes: Quintilis, el quinto mes del año.
Estaba terminando el otoño y acercándose el invierno.
El año tenía diez meses, y la mayor parte de él era invierno o verano.
Aunque, justamente, en las montañas de Mirgan eso no existía.
La mayor parte del tiempo era invierno, o había bajas temperaturas.
Solo había verano cuando asomaba el sol, durante un único mes del año: Martius.
Era el primer mes del año y el único en el que el sol iluminaba con incandescencia las montañas.
De todas formas, Atila no estaba acostumbrado a ver el sol por su trabajo en la mina.
Así que no le importaban mucho las estaciones ni los meses.
De hecho, no sabía cuántos meses había ni cómo se llamaban.
Como cualquier otro día, Atila se dirigió hacia su túnel de preferencia.
Ya había ido a buscar su carreta y los distintos utensilios.
Estaba listo para comenzar un nuevo día.
Era de mañana.
Se podía palpar en el aire: el aliento se veía cada vez que alguien respiraba, debido al frío.
Además, casi no había nadie levantado todavía.
Atila prefería esa hora para evitar cualquier tipo de altercado.
Después volvería para almorzar, haría un par de cosas y volvería a bajar.
Simplemente seguía su rutina de todos los días.
Pero esta vez había algo diferente.
Mientras bajaba hacia su destino, un poco antes de llegar al punto donde Zeff hacía guardia, Atila fue interceptado.
En su camino había tres personas.
Tres hombres un poco más grandes que él.
Medían aproximadamente un metro ochenta; le sacaban una cabeza.
Cuando Atila los vio por primera vez, quedó desconcertado.
Detuvo la carreta.
No sabía qué pensar, así que los miró fijamente.
Pero no esperaba que el trío, al ver que Atila no seguía avanzando, comenzara ellos mismos a caminar hacia él.
Haciendo el encuentro inevitable.
Incluso antes de que pudiera preguntar qué estaba pasando, el más bajo del grupo comenzó a soltar insultos contra Atila.
—Pero mira qué tenemos aquí. Si es el chico de los huevos de oro. ¿Qué opinas, Mike? ¿No es muy enérgico este chico? —exclamó, mirando hacia su derecha e invitando a su amigo al diálogo.
Mientras tanto, Mike, el amigo del más bajo, se rió con una risa más falsa que otra cosa.
Solo hizo algunas muecas, mostrando la muela que le faltaba en la dentadura.
Junto con algunas canas que comenzaban a salirle, Mike proyectaba una apariencia un tanto decadente.
—Sí, este chico tiene buen aspecto. Así son todos los jóvenes: no conocen la prudencia. ¡JAJAJAJA!
Mientras Mike se reía, Atila terminó de analizar al trío.
Aunque no pudo discernir qué querían exactamente, sabía que querían hacerle las cosas difíciles.
O, en el peor de los casos, molestarlo un poco.
Al fin y al cabo, las peleas entre esclavos eran de alguna forma recurrentes, sobre todo las verbales.
Así que, antes de que todo empeorara, Atila tomó la iniciativa.
Quería tomar las riendas.
—Señores, es temprano. Debo ir a mi turno. Si me permiten, seguiré con mi camino. Si quieren, a la tarde, en el casino, podemos discutir lo que quieran.
Atila habló con calma, como si hubiera practicado el discurso con anterioridad.
Luego comenzó a avanzar sin esperar una respuesta.
Solo quería proyectar una imagen y terminar todo rápido, antes de que se complicara demasiado.
Pero, cuando llegó a la altura del trío, el más grande de todos —el único que no había hablado— estiró un brazo hacia un lado.
Bloqueó el paso de Atila y su carreta, como si estuviera cobrando un peaje.
Tenía una gran barba, algo teñida de blanco, y medía alrededor de un metro ochenta.
Tenía los brazos tonificados, pero algo fuera de forma, como si hubiera perdido peso y musculatura con el tiempo.
Era, obviamente, el más viejo del grupo.
Sus ojos eran profundos y de color café oscuro.
Reflejaban experiencia.
Y eran algo intimidantes.
—¿Quién ha dicho que puedes irte, chico? No hemos terminado. Tenemos cosas que discutir.
Cuando Atila escuchó el ultimátum, se frenó brevemente.
Pero siguió avanzando.
Sabía que, si se quedaba, no había nada bueno esperándolo.
Era mejor aferrarse a la esperanza de llegar lo más cerca posible del puesto de Zeff.
Cualquier cosa que quisieran hacerle allí no terminaría bien para el trío.
Así que hizo caso omiso de la advertencia.
Pero no esperaba que el grupo fuera aún más decidido que él.
Apenas vieron que Atila no pensaba detenerse, el más bajo de los tres —Richard, el primero en hablar— avanzó decidido.
Le dio un placaje con el cuerpo a la carreta, deteniendo su avance a la fuerza.
—¡Quédate aquí, pequeña mierdecilla! ¡¿Quién te crees que eres?! —despotricó Richard, furioso, como si le hubieran insultado a su madre.
Cuando Atila comprendió que aquellos imbéciles querían llegar hasta las últimas consecuencias, y que ni siquiera los conocía ni sabía qué querían de él, supo que tenía solo dos opciones.
Tomó la decisión rápidamente.
Soltó la carreta automáticamente y comenzó a correr hacia el puesto de vigilancia de Zeff.
Eso tomó por sorpresa al trío.
Atila corrió con todas sus fuerzas.
Al principio logró crear distancia, pero rápidamente esta se fue cerrando.
Atila solo tenía catorce años y estaba próximo a cumplir años.
Pero gente como Richard ya había pasado la flor de su juventud.
Se había desarrollado por completo y, además, lo había hecho trabajando en la mina.
Aunque los encabezaba un viejo decrépito que ni siquiera hizo el esfuerzo de perseguirlo.
Después de un tiempo, y antes de llegar al puesto de Zeff, Mike le hizo un placaje y lo derribó al suelo.
—Te tengo, mocoso. No esperes que sea indulgente contigo ahora —le dijo a la cara, sonriendo y mostrándole el diente que le faltaba, sin ninguna vergüenza.
Atila intentó zafarse del agarre, pero no pudo.
Casi de inmediato llegó Richard, sonriéndole pícaramente.
Acto seguido, aceleró el paso y le propinó una patada en las costillas, sin ningún aviso previo.
Mike, ni siquiera después de eso, aflojó el agarre.
Al contrario, se aferró aún más al cuerpo de Atila.
Ninguno de los dos hizo otro movimiento.
Esperaban a su tercer compañero, mientras hacían guardia.
Atila, por su parte, comenzó a desesperarse.
Su mente funcionó a toda máquina, intentando encontrar la mejor manera de salir del aprieto.
No encontró otra salida que hacer todo el ruido posible.
Trató de llamar la atención.
Comenzó a moverse histéricamente y a gritar como loco.
Como un bebé al que no han amamantado.
Rápidamente, Mike intentó taparle la boca y forcejeó con él.
Pero no obtuvo los resultados esperados.
Atila seguía moviéndose como un loco.
Así que Mike no se lo pensó más y comenzó a golpearle la cabeza.
Tampoco sirvió de mucho.
Atila simplemente se volvía más desesperado y forcejeaba con fuerzas que ni siquiera él sabía que tenía.
Cuando la situación parecía salir de control, Richard se unió a la fiesta.
Comenzó a darle patadas, silenciándolo por unos segundos y dejándolo sin aire.
Pero, unos momentos después, Atila seguía gritando.
Ellos también comenzaron a desesperarse.
Simultáneamente, un hombre con una carreta en la mano comenzó a asomarse.
Cuando Mike y Richard lo vieron, se alegraron.
Pensaron que la situación por fin se arreglaría.
Pero el tercero se detuvo un poco antes de llegar a ellos con la carreta.
Acto seguido, comenzó a escucharse un tintineo de armadura.
Todos se dieron la vuelta.
Incluido Atila.
A unos diez metros del grupo, en el suelo, comenzó a aparecer la silueta de un hombre con armadura.
No se podían ver sus rasgos.
Pero era claramente un soldado.
Cuando el soldado llegó a cinco metros del grupo y sus rasgos se hicieron visibles, salieron del estupor.
El soldado ya había desenvainado la espada.
Y caminaba lentamente.
Era Zeff.
Zeff Valentine se había movido de su roca después de tanto tiempo.

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Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 7
Estás leyendo el capítulo 7 de Transmutando Cadenas (Novela), un novela. A veces las acciones no se ven recompensadas y uno se pregunta para que seguir, para que actuar de buena fe. La vida de Edwar fue asi, estudio pero no encontro trabajo, busco amor y le devolvieron migajas, busco… Este capítulo tiene publicado el 16 de agosto de 2026. Transmutando Cadenas (Novela) tiene 32 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.