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Leer Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 5 online gratis en español

El tiempo no espera a nadie. Fluye sin más; no le pide permiso a nada ni a nadie. Por eso, sin que Atila se diera cuenta, pasó más de un mes desde que despertó su habilidad. Había llegado el fin del período de minería. Se habían cumplido las cuotas exigidas, así que era hora de bajar de las montañas Mirgan. Era hora de volver a marchar hacia la ciudad. Era hora de un breve descanso para los esclavos: una semana de ocio para los mil esclavos que se habían ganado sus vacaciones. Podría verse como una recompensa para aquellos que soportaron el trabajo forzado. Pero la verdad era otra. Había una gran cantidad de esclavos; de hecho, más de los que la ciudad necesitaba. La infraestructura con la que contaban las minas de las colinas no daba abasto para utilizar tanta mano de obra. Por eso, el señor del Tawantinsuyo estaba ampliando rápidamente los caminos y las minas en las colinas. Se estaban construyendo tres minas a cielo abierto en paralelo a la mina donde trabajaba Atila. La mina de Atila era la más antigua de todas. Ya se había transformado en una mina subterránea; por eso se trabajaba en túneles. El señor del Tawantinsuyo hacía todo lo posible por expandir la minería. Estaba importando todo tipo de tecnología rúnica para lograrlo. El ascenso de la ciudad, y el propio poder del señor, dependían de ello. Así que se lo tomaba muy en serio. Quería convertirse no solo en el señor de la ciudad, sino también de las colinas Mirgan y de gran parte del norte. Ese hombre ambicioso era Zenko Fritz, de la casa Fritz. Una casa noble del reino Boreal, una de las cinco casas nobles del reino y actual gobernante del norte. Por eso, Zenko no tenía ningún tipo de consideración con los esclavos. Tampoco sentía simpatía por ellos. Los hacía marchar de ida y vuelta por las montañas porque creía que era lo más provechoso para él. Era la mejor forma de disciplinarlos. Con esa medida lograba, en primer lugar, mantenerlos ocupados. Era importante que no tuvieran tiempo suficiente para causar problemas. En segundo lugar, los hacía pasar por el sufrimiento necesario. Con las marchas lograba asestar los suficientes latigazos para causar heridas sin hemorragias. Provocaba un sufrimiento controlado. Lo suficientemente controlado como para causar desgracia, pero sin hacerles perder la esperanza. De hecho, eso jugaba a su favor. Aquel sufrimiento los hacía añorar aún más el descanso en la ciudad. Generaba un anhelo capaz de compensar todo lo demás. Además, aquel ir y venir hacía que apreciaran solo dos lugares, como si fueran sus únicos refugios: El Tawantinsuyo y la mina. Y, por último, la combinación de todo. El culmen del sistema. Todos esos factores lograban, de una u otra forma, crear una sensación de libertad. De libre albedrío. Zenko había diseñado una maquinaria bien engrasada con ese propósito. Lograba aprisionar a las personas sin que se dieran cuenta. Contaba con un sistema de “progreso” para los esclavos: trabajo y sacrificio —mucho sacrificio— asociados a diferentes recompensas. Eso daba una gratificación suficiente para personas que no veían más allá de su propio ombligo. Por eso era importante hacerlos sufrir y hacerlos perder el tiempo. La marcha era el eje central de todo el intrincado sistema que había ideado Zenko. Por eso era hora de partir. La mayoría de los esclavos debía rotar entre turnos. Esa misma mañana, temprano, después de que sonara el timbre característico de la mina, ya estaban en su mayoría formados. Como siempre, el comandante Niff estaba al frente de todos. Inflaba el pecho como si estuviera orgulloso, y su sonrisa característica hacía gala de todo su ser. Tenía el cuerpo tonificado por el trabajo y la cabeza rapada, que a veces reflejaba los rayos de luz. Sonreía mientras los numerosos esclavos eran unidos mediante cadenas. Las cadenas tintineaban entre sí. Cuando todos estuvieron listos para marchar, Niff amplió aún más su sonrisa, mostrando unos dientes blancos como el mármol. Se dio media vuelta y, sin mirar a los esclavos, habló con su voz estruendosa, más emocionado de lo habitual. —¡Fue una buena cosecha, muchachos! ¡Jajajajaja! —¡Véanlo por ustedes mismos! ¡Cuando quieren, son útiles! —¡Esta vez ninguno de ustedes será castigado! ¡Vamos! ¡La ciudad nos espera! Sin esperar a nadie, comenzó a moverse. Las carretas avanzaron. Los soldados siguieron a su comandante. Los últimos fueron los esclavos. Desde la cola de la comitiva, comenzaron a caminar a paso firme. Se alejaron y subieron hacia la superficie antes de alcanzar las carreteras construidas en las montañas Mirgan. Pero hubo algo extraño. Aunque ya se habían ido la mayoría de los esclavos del último turno, en ningún momento se vio a Atila abandonando la mina. Y eso era porque no lo había hecho. Atila se había quedado en la mina. No había regresado al Tawantinsuyo. Había hecho un trabajo más que espléndido recolectando adamantita, todo gracias a la habilidad que había despertado un mes atrás. Ni siquiera necesitaba encontrar adamantita de verdad para cumplir con su cuota al final del día. Por eso no había realizado tanto trabajo físico como pensaban los demás. Todos creían que Atila se estaba esforzando para ascender en la numerología de los esclavos. Que estaba forzando su cuerpo como nunca antes. Aunque, en realidad, tenían razón… pero de manera equivocada. Sí se estaba esforzando mucho más. Pero para mejorar el dominio de su habilidad innata. Así que muchas veces terminaba exhausto. Era un cansancio diferente. Como una somnolencia; una fatiga más mental que física. Aunque Atila no sabía si era propiamente mental. Quizás era su alma la que se estaba desgastando. Pero, como no lo sabía, simplemente lo asociaba a la mente. Había mejorado mucho en el uso de la transmutación. No había dejado de transmutar todo tipo de rocas y tierra en adamantita, mejorando su tasa de conversión. Si antes necesitaba un kilo de materiales para producir diez gramos de adamantita, ahora, con el mismo kilo, podía producir quince o incluso veinte gramos. Dependía de varios factores, como la concentración. Además, lo hacía más rápido. Si antes necesitaba diez segundos para realizar una transmutación, ahora necesitaba menos: unos siete segundos. Atila había dado sus primeros pasos en el dominio de su habilidad. Estaba emocionado cada día por seguir practicando. Tanto, que no pudo contenerse. A pesar de querer pasar desapercibido y no destacar, no lo logró. Comenzó a traer más adamantita de lo usual, como si el ángel de la suerte lo acompañara. Por eso, cuando terminó el período que le correspondía estar en la mina, las personas encargadas de la logística y las cuentas vieron sus números y lo notificaron automáticamente. Eso le valió a Atila un ascenso en la numerología de esclavos que tenía pendiente y que debía tramitar. Pero eso no fue lo más importante. También le otorgaron una estadía permanente en la mina. Le dieron el derecho de quedarse trabajando allí, sin rotar. Cuando Atila recibió la noticia, no supo qué pensar. Sabía que se había excedido. Pero no pudo evitarlo. La habilidad era un caramelo demasiado dulce como para no probarlo. Sabiendo que lo habían anclado a la mina, no tuvo más remedio que aceptarlo. Era un ascenso que no venía con opción de rechazo. Sabía que debía desempeñar su nuevo rol. Aunque, esta vez, con más cuidado. Ahora que sabía un poco más del mundo, entendía que las cosas no estaban como estaban por azar. Estaban así por la voluntad de alguien. Debía tener más cuidado. Ya no era un esclavo cualquiera. Por eso, un poco más cauteloso, un poco más consciente de sí mismo y de su entorno, Atila fue a recibir su ascenso. Mientras todos los demás se iban, caminó sin prisa por la mina. Se dirigía al lugar donde otorgaban recompensas, ascensos y todo lo relacionado. Le llamaban el Departamento de Recursos Humanos. Estaba a una altura media de la mina, tomando el desvío que existía en la subida hacia la superficie. Los túneles quedaban debajo de la zona de Recursos Humanos. La zona residencial estaba enfrente. Y la superficie se encontraba en el camino que había entre la zona residencial y el departamento. Mientras Atila se acercaba, la zona comenzó a cambiar. Había mucha más tecnología en esa parte de la mina. Mucha tecnología rúnica. Las paredes tenían estabilizadores, encargados de otorgar resistencia a las estructuras. También había distintos tipos de iluminación rúnica incrustadas en las paredes. Y uno de los elementos más importantes era el transformador de aire. También estaba colocado principalmente en las paredes. Transformaba distintos tipos de gases en oxígeno respirable. Aunque Atila ya había pasado por ese lugar muchas veces, seguía maravillándolo. Era como si estuviera en otro mundo. Aunque ya no tanto. Ahora no le parecía tan mágico, siendo un despertado. Su mirada, aunque seguía en el fondo del pozo, al menos había dejado de mirar el piso. Así que caminó tranquilamente hasta llegar al Departamento de Recursos Humanos. Esperó un poco hasta que fue su turno. Entonces le habló al recepcionista. —Hola, buenos días. El número 9.999.998 se presenta para reclamar su ascenso. Cuando Atila habló, el recepcionista levantó la vista y lo observó. Vio a un chico de complexión atlética. El cabello castaño le comenzaba a caer sobre los hombros. Tenía unos ojos negros; bien negros, como la tinta. Cuando lo escaneó por completo, retiró la mirada y comenzó a buscar en una pila de papeles que tenía a mano. Atila simplemente le devolvió la mirada y amplió un poco su sonrisa, esperando el resultado del recepcionista.
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Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 5

Estás leyendo el capítulo 5 de Transmutando Cadenas (Novela), un novela. A veces las acciones no se ven recompensadas y uno se pregunta para que seguir, para que actuar de buena fe. La vida de Edwar fue asi, estudio pero no encontro trabajo, busco amor y le devolvieron migajas, busco… Este capítulo tiene publicado el 16 de agosto de 2026. Transmutando Cadenas (Novela) tiene 32 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.