Leer Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 4 online gratis en español
Cuando terminó el shock inicial, la sorpresa de Atila se esfumó como la brisa.
Comenzó a examinar su cuerpo con más detenimiento.
No creía que lo único que hubiera cambiado fuera la palma de su mano.
Al fin y al cabo, acababa de absorber —fuera lo que fuese— un cubo a través de la piel.
Algo más debería haber cambiado.
Contrario a sus expectativas, no encontró nada más.
Aunque se sentía más cansado de lo habitual.
Pfff… Supongo que fue un poco ingenuo pensar que encontraría respuestas solo mirando mi cuerpo.
Mejor debería terminar con la cuota y volver. Si no, podría atraer atención indebida.
Resignado a la situación, Atila regresó hacia la carreta que había dejado atrás.
Una y otra vez cargó montones de tierra y roca mezclados con mineral para completar la cuota.
Entonces se dio cuenta de que había extraído más de lo necesario.
Como había estado excavando en una especie de trance, al detenerse no sabía cuánto había avanzado.
Pero, al momento de devolverse, comprendió que era mucho.
Llevaba más de la mitad de la carretilla llena, y apenas había recorrido la mitad del camino de vuelta.
Atila no quería hacerse problemas innecesarios, así que simplemente siguió avanzando con la carreta, dejando la piedra y la tierra esparcidas por el suelo.
Tenía materia prima de sobra.
Solo quería salir del túnel y tomar aire fresco.
A ver si así lograba desentrañar lo que había sucedido allí abajo.
No lo había olvidado para nada.
De hecho, lo que más quería era pensar en qué diablos había pasado con el cubo que literalmente se había tragado.
Solo que era demasiado para asimilar de una sola vez.
Quería ocuparse de una sola cosa.
Así que subió al área residencial, no sin antes mostrarle la mercancía al soldado Zeff.
Atila se hizo el desentendido de todo y atravesó el protocolo con la carretilla hasta que, por fin, pudo despedirse de todos y entrar en su cuarto.
Una vez dentro de su habitación, hizo lo más sensato que había hecho en todo el día.
Se estiró en su cama a descansar.
Cuando su cuerpo entró en contacto con el dichoso colchón, tuvo una erupción de emociones.
Tensiones de las que no se había percatado comenzaron a salir a la superficie.
La amargura que había sido sepultada brotó rápidamente, solo para ser calmada.
Fue uno de los momentos más placenteros que recordaba Atila.
Aunque no recordaba muchos.
Pero siempre se puede comenzar a añadir algunos nuevos, comentó Atila, ya medio acurrucado.
No duró mucho en esa posición.
Al cabo de un minuto, ya estaba plácidamente en el mundo de los sueños.
Como no podía ser de otra manera, Atila volvió a tener sueños nada normales.
O, al menos, nada acordes a los de un niño común de quince años.
Nuevamente estaba en la bruma.
En aquel mundo oscuro, coloreado solo por líneas grises de forma errática.
Pero esta vez había algo diferente.
Aunque la cantidad de líneas grises era la misma, su profundidad no.
Ahora parecían tener un final.
Como si todas tuvieran un destino común.
Además, parecían adquirir más energía; se hacían más brillantes a medida que avanzaban hacia aquel destino.
Atila aún no podía vislumbrar el final, pero sentía que se acercaba a algo.
Así que, sin nada mejor que hacer, comenzó inconscientemente a recorrer aquel camino.
Atila, a pesar de estar inconsciente y tendido en su cama, siguió avanzando.
Así transcurrieron un par de horas.
Casi treinta minutos antes de que sonara la alarma del siguiente turno, Atila despertó.
Comenzó a sentir un hormigueo en la palma de su mano.
La marca se materializó de la nada.
Luego, cuando la temperatura de su mano subió, Atila abrió de golpe los ojos.
Eran negros como la tinta.
Pero esta vez tenían un brillo sin igual.
Lo primero que hizo fue mirar su mano derecha.
Contrario a sus premoniciones y a su ansiedad, no pasó nada.
La temperatura disminuyó en unos instantes y su mano quedó simplemente con la marca materializada.
Había cambiado un poco.
Seguía siendo un cubo con una especie de forma difusa en el centro.
Pero, de las esquinas del cubo, comenzaban a salir líneas incompletas.
Justo cuando Atila iba a hacerse muchas preguntas y comenzaba a florecer una cierta decepción, información empezó a llegar a su cerebro.
Mucha, para ser precisos.
La información era extraña.
Era diversa y parecía alterada, porque contenía cierto contexto.
Eso le resultó raro, aunque no pensó demasiado en ello.
Lo primero que comprendió fue que había cruzado un umbral.
Ya no era una persona normal.
Era un despertado.
Los despertados eran humanos que habían despertado su habilidad innata.
Ese despertar rara vez ocurría de forma natural.
Normalmente, el propio usuario debía forzarlo o recurrir a terceros para lograrlo.
Se podía realizar mediante el bautizo de las iglesias, o si se conseguía el favor de alguien del ejército.
Otra vía era mediante objetos.
Ese era justamente su caso.
Aunque la información que recibió Atila no mencionaba casi nada del objeto: ni su nombre, ni sus funciones, ni su origen.
Simplemente sabía que era un artefacto ligado a su alma y que no estaba activado por completo.
Por esa misma razón había podido despertar su habilidad.
Al ligarse a su alma, el artefacto comenzó a alimentarla, haciéndola más robusta y fuerte, hasta conectarla con las energías del mundo.
Inmediatamente después de establecer esa conexión, el artefacto logró desbloquear su habilidad innata.
Todo aquello le pareció demasiado esotérico a Atila.
Siempre había sentido que el mundo era mucho más de lo que él conocía.
Había leyendas de gente cruzando los cielos.
Incluso leyendas sobre cielos estrellados más allá de su mundo.
Pero, como él solo había conocido la mina, los esclavos y los soldados, todo eso le resultaba chocante.
Además, según la información, no todos los despertados eran tan impresionantes.
En sus etapas iniciales, eran casi idénticos a los humanos normales.
Por eso resultaba aún más difícil identificarlos.
Esto es… esto…
Mientras Atila seguía soñando despierto, recibió otro flujo de información.
El último, al parecer.
Porque, en cuanto terminó, la marca de su mano desapareció mágicamente.
Este segundo flujo contenía lo más importante para Atila en ese momento:
Información sobre su habilidad.
Su habilidad se llamaba transmutación.
Aunque no había una explicación detallada de sus propiedades, limitaciones ni ventajas, en teoría podía realizar un intercambio equivalente entre las cosas.
Siempre que sacrificara algo de igual valor, podría provocar un efecto deseado.
Cuando toda la información se asentó en su mente, Atila salió de su ensoñación.
Volvió a la realidad con una sonrisa que nunca antes había tenido.
Seguramente, ninguna persona lo habría reconocido.
Reflejaba algo de maldad o demasiada emoción.
Podría ser cualquiera de las dos.
La mueca era tan pronunciada que mostraba todos sus dientes.
Esto es simplemente magnífico… esto es…
Increíble.
Atila comenzó a dar vueltas por su habitación sin parar.
Replanteaba su vida y todo lo sucedido.
Se preguntaba qué debería hacer.
Trataba de armar algún tipo de plan.
Mientras hacía su mejor esfuerzo por hilar un plan efectivo, sonó la alarma característica del turno.
Al escucharla, Atila se detuvo en seco.
Sabía que se había acabado su tiempo de planificación.
Bueno, primero debería ver de qué es capaz. Qué tan potente es, antes de hacer planes.
Con renovada convicción, Atila salió de su habitación.
Se sentía diferente.
Y no era solo por el despertar.
Como todo en la mina, las cosas sucedieron rápidamente.
Los equipos se reunieron junto a su soldado escolta y bajaron con las herramientas.
No sucedió nada inusual en el camino.
El equipo de Atila llegó a la zona de distribución de túneles.
En el trayecto, Zeff le sonrió amistosamente cuando cruzaron miradas.
No parecía haber notado nada.
Simplemente le parecía gracioso.
Todos siguieron la rutina habitual, y Atila no fue la excepción.
Se fue por el mismo túnel de siempre.
Mientras caminaba, comenzó a preguntarse si Zeff también era un despertado.
Llegó a la conclusión de que sí.
Con aquella armadura intrincada y, sobre todo, con una actitud tan marcadamente diferente, no parecía un soldado normal.
Aunque Atila no pudo confirmarlo del todo.
Tiempo después, mientras avanzaba por el camino plagado de tierra, se le ocurrió una idea.
Comenzó a acariciar el polvo y los gránulos del suelo, pensando si podría transmutar todo lo que había dejado derramado anteriormente.
Cuando la idea surgió en su mente, no pudo apartarla.
Comenzó a sonreír sin querer.
Incluso sus latidos aumentaron.
Siguió avanzando y, con la pala, fue acarreando todos los escombros hacia su carreta.
Cuando la tuvo llena de todo tipo de materiales, simplemente la volcó en el suelo antes de usar su habilidad.
Si transmuto sin querer la carreta, sería de locos, pensó Atila, imaginándose la situación.
Con todo volcado en el piso, se acercó a la pila de unos cien kilos de materia prima.
Colocó la mano sobre ella, haciendo contacto.
Justo cuando iba a intentar usar su habilidad, recordó algo.
Aunque primero debería pensar qué quiero hacer…
Su habilidad le otorgaba algo a cambio de lo sacrificado.
Era natural tener en mente lo que quería conseguir.
Con la mano suspendida sobre la pila, repasó lo que deseaba en ese momento.
Quería muchas cosas.
Alegría, comida, una habitación mejor, fuerza, libertad…
Un sinfín de deseos vinieron a su mente.
Pero tenía que aterrizarlos.
No podía conseguir nada de eso.
O, al menos, no por ahora.
Tenía que pedir algo más concreto.
Pensó durante un rato, hasta que se le ocurrió una idea.
Iba a crear algo que conocía bastante bien: adamantita en bruto.
Había pasado gran parte de su vida recolectando ese material.
Lo conocía bien.
Con la idea clara, activó su habilidad.
Su mano seguía sobre la pila cuando comenzó a sentir una comezón en la palma.
La marca reapareció en su mano.
Algo dentro de él se agitó.
Sintió algo fluir a través de su cuerpo, aunque no sabía bien qué era.
También sintió una conexión con el entorno.
Pero tampoco sabía qué era.
La pila comenzó a vibrar levemente.
Y, de un momento a otro, comenzó a fundirse.
Lentamente.
En unos diez segundos, toda la pila estaba fundida.
Luego comenzó a condensarse, al rojo vivo y brillante.
Cuando el brillo cesó, la pila había dejado de existir.
Frente a Atila había un objeto irregular de unos once kilos.
Era adamantita en bruto.
Atila miró el resultado y se levantó.
Miró hacia el techo con una sonrisa y se cubrió la cara.
Al poco tiempo, estaba riendo solo, emocionado.
—¡AJAJAJAJAJA! Lo conseguiré… Lo haré.
Atila siguió riendo un rato más.
Y comenzó a soñar en grande mientras avanzaba con su carreta por el túnel.

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Transmutando Cadenas (Novela)
Capítulo 5
Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 4
Estás leyendo el capítulo 4 de Transmutando Cadenas (Novela), un novela. A veces las acciones no se ven recompensadas y uno se pregunta para que seguir, para que actuar de buena fe. La vida de Edwar fue asi, estudio pero no encontro trabajo, busco amor y le devolvieron migajas, busco… Este capítulo tiene publicado el 16 de agosto de 2026. Transmutando Cadenas (Novela) tiene 32 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.