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Leer Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 3 online gratis en español

La vida dentro de la mina era sencilla, siempre y cuando pudieras soportar la carga que recaía sobre ti. Mientras cumplieras con tu cuota, no habría demasiados problemas. Si no te importaba estar encerrado entre cansancio, sueño y hambre, no había nada que temer. Por eso, la vida de Atila se volvió completamente monótona: bajaba a los túneles, hacía lo que tenía que hacer y volvía a subir para comer y descansar un rato. Aunque hubo un pequeño detalle que sí cambió durante aquel mes de mina y túneles. O quizás dos. Cada vez que bajaba a picar al túnel del primer día, podía sentir una sensación de anhelo. Como si tuviera que recuperar algo que siempre había sido suyo. Como si hubiera olvidado algo que no debía haber olvidado; algo inadmisible. Además, cada vez que iba a dormir, volvía a tener el mismo sueño. El sueño del primer día. Aquel donde todo era oscuridad; una oscuridad ineludible si no fuera por los pequeños matices grises que se podían ver a lo lejos. Pero, cada vez que dormía, el sueño cambiaba ligeramente. Los senderos de matices grises ya no parecían tan lejanos. Ya no eran inalcanzables. Además, parecían cada vez más grises que antes, como si la oscuridad no pudiera aprisionar más su brillo. Así que Atila, aferrándose a cualquier señal que pudiera recibir, siguió bajando a los túneles y siguió cavando en el mismo túnel de siempre. De hecho, muchos días se levantaba antes de que sonara la alarma, para asegurarse de que nadie le quitara el túnel. Su vida siempre había sido monótona. Los recuerdos de cuando era más pequeño se habían perdido con el tiempo, así que en su memoria solo quedaban imágenes de trabajo en la mina y de su relación con soldados y esclavos. Por eso, algo tan extraño como lo que le estaba sucediendo era un soplo de aire fresco. Y se notaba en su actitud. Muchas veces, era el único entusiasmado entre las cincuenta personas que bajaban a picar. Tanto, que un día el soldado Zeff se dio cuenta y le preguntó directamente, sin pelos en la lengua. —Eh, tú, chico. El de pelo marrón hasta los hombros. El que parece estar medio loco. En el momento en que Atila escuchó las palabras de Zeff, casi se da la vuelta. Pero, como no se consideraba una persona loca, pensó que no podía referirse a él. Así que simplemente siguió hacia el túnel, mientras Zeff protestaba. —¡Aaaah! Así que estás más loco de lo que esperaba. Te haces el desentendido. —Está bien, haz lo que quieras. Mientras hagas lo tuyo, no me interesa. Aunque Atila escuchó sus últimas palabras, siguió pensando que le estaba hablando a otra persona. Por lo tanto, continuó con lo suyo y llegó hasta el final del túnel, justo donde lo había dejado el día anterior. Comenzó a picar sin mayor dilación. La sensación que sentía se hacía cada vez más fuerte. Se había intensificado a lo largo del mes, mientras avanzaba haciendo siempre lo mismo. Y eso lo motivaba a seguir. Tenía la sensación de estar progresando. Muchas veces, esa sensación de avance es lo que motiva a las personas a continuar. Es muy difícil mantener una rutina, hacer algún sacrificio todos los días, sin recibir ninguna recompensa; aunque sea una mínima pizca de algo. Así que aquel anhelo creciente, que ni siquiera sabía si era bueno o malo para él, lo empujaba hacia adelante. Solo sabía que algo ocurría. Lo motivaba a seguir cavando por la leve esperanza de que algo cambiara. Era una especie de inocencia; una que desbordaba optimismo. Cualquier cambio era bienvenido. De todas formas, Atila pensaba: ¿Qué puede ser peor? ¿Realmente pueden empeorar las cosas? Él creía que sí. Siempre podía comer menos, descansar menos. Pero eso no le convenía a nadie. Tenía una cosa bien clara: las personas que lo rodeaban no eran menos crueles con él por bondad. Le daban lo mínimo y básico para que pudiera desempeñarse. Hacían la mínima inversión en él para obtener el máximo beneficio. Así que sí, las cosas podrían ser peores. Pero no creía que fueran a ocurrir. Quizás era una opinión cegada por su visión miope, por su poca experiencia del mundo. Pero así pensaba Atila. Muchas veces. Era cruelmente pragmático. Por eso, de pequeño, se había ofrecido como esclavo. Sabía que era, a la vez, lo peor y lo mejor para él. Aun así, seguía siendo un niño joven e ingenuo. Y seguía siendo emocional, como cualquier humano. Los humanos pueden parecer racionales, pero solo lo son hasta que hay cosas verdaderamente importantes involucradas. La sensación que crecía en algún lugar dentro de él sacaba a relucir esas emociones que Atila había sellado. Lo hacía picar con vehemencia. Así que siguió. Y siguió. Durante un buen tiempo. Después de un lapso indeterminado —pues Atila había entrado en una especie de trance—, su herramienta rebotó al encontrar una resistencia como nunca antes. En ese preciso instante, salió del trance. Como si el choque no hubiera sido entre la picota y el obstáculo. Sino como si el rebote lo hubiera recibido su propia mente. Cuando se percató de que había encontrado algo diferente a lo habitual, Atila se detuvo. Se quedó mirando la pared frente a él, sin soltar la picota. A primera vista, la pared no tenía nada extraordinario. Seguía siendo roca, un poco de tierra y, en este caso, ni siquiera había adamantita. Pero había algo incrustado en ella. Algo brillante y pulido. El objeto no era grande. De hecho, era pequeño; tan pequeño que, a simple vista, parecía una gema. Pero, si uno lo miraba de cerca, podía darse cuenta de que era un cubo. Un cubo pulido, brillante, de color azulado y opaco. Con un brillo metálico. Cuando comprendió esto, Atila salió de su estupor inicial y se acercó al cubo. Mientras se aproximaba, comenzó a sentir un picor como nunca antes en el pecho. Como si fuera obligatorio acercarse a él. Frente al objeto, Atila se puso en cuclillas y lo observó fijamente. En ese momento, comenzó a sentir un picor en los ojos. Aunque, de ninguna manera, era igual a la sensación que experimentaba en el pecho. Como la sensación no parecía disminuir ni dar indicios de terminar, Atila tomó una decisión temeraria. Estiró la mano para tocar el cubo. Quería comprobar qué sucedería. Qué cambiaría. En cuanto hizo contacto con el cubo azulado, por un instante sintió que todo había dejado de existir. Sintió como si lo hubieran transportado a otro plano; había perdido la conexión con el mundo que lo rodeaba. Y, así como llegó, esa sensación se fue. Se llevó consigo todo el picor: tanto el del pecho como el de los ojos. Cuando Atila comprendió que aquellas sensaciones incómodas habían desaparecido, intentó agarrar el cubo. Contrario a sus expectativas, lo consiguió de inmediato. Se desprendió de la pared como si nunca hubiera querido estar incrustado en ella. Ya en sus manos, Atila lo estudió con cuidado. Lo manoseó de todas las formas posibles. Deslizó los dedos por su superficie. Lo giró en todos los ángulos que pudo. Pero no encontró nada inusual. Seguía siendo un cubo azulado, pulido y frío al tacto. Su tonalidad parecía deberse a la adamantita, como si hubiera absorbido una gran cantidad de ese material. El azul era, después de todo, el color característico de la adamantita. Como no le pareció peligroso, Atila siguió intentando descubrir algo. Era imposible que aquel cubo fuera normal. Había sentido una especie de llamado. Si no, ¿por qué las sensaciones extrañas habrían desaparecido apenas el cubo estuvo en sus manos? Además, ¿por qué habría un cubo completamente uniforme y pulido dentro de una mina? Era demasiado sospechoso. Empeñado en no rendirse, Atila siguió manipulándolo de un lado a otro. Hasta que algo cambió. El cubo comenzó a calentarse. Y lo hacía de forma exponencial. No habían pasado ni cinco segundos desde que empezó a calentarse cuando Atila ya sentía que estaba hirviendo. Que le quemaba la mano. En ese instante comprendió que se había vuelto peligroso. Intentó deshacerse de él. Intentó tirarlo. Pero ya era demasiado tarde. Cuando alzó el brazo e intentó sacudir la mano, el cubo no se despegó. Estaba empeñado en sujetarse a ella. Su temperatura siguió subiendo, unida a la de su piel. Cuando la situación se volvió insoportable, Atila, un poco rendido al destino, dejó de resistirse. Comenzó a aguantar lo que él mismo se había buscado. Aunque no sin quejarse a los cuatro vientos. —¡AAAAHHHHGGG! ¡MIERDAA! —Sé que la curiosidad mató al gato, pero… —¡YO NO SOY UN GATO! ¡JODEEER! ¡ESTO QUEMAAA! Atila, aunque tenía una mente más fuerte de lo normal, no estaba ni remotamente preparado para soportar algo así. Instintivamente comenzó a rodar por el suelo, lamentándose y gritando sin parar, como si fuera un cerdo. Por suerte para él, la tortura del cubo terminó más temprano que tarde. Duró un poco menos de un minuto. Y, como si se tratara de una alucinación, el dolor cesó de un momento a otro. El cubo, como si hubiera alcanzado su temperatura máxima, comenzó a volverse líquido. Empezó a ser absorbido por la palma de Atila. Se introdujo poco a poco bajo su piel, hasta que no quedó nada de él a la vista. Lo único que quedó fue una cicatriz en la palma. Como si el extraño cubo lo hubiera marcado. Pero había algo aún más extraño. La marca no tenía forma de cubo. Era la silueta de una llama. O, al menos, la de algo parecido a una. La forma estaba difusa. Incompleta. Atila, todavía incrédulo, solo pudo exclamar: —¿Pero qué mierda? ¿Qué se supone que está pasando?
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Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 3

Estás leyendo el capítulo 3 de Transmutando Cadenas (Novela), un novela. A veces las acciones no se ven recompensadas y uno se pregunta para que seguir, para que actuar de buena fe. La vida de Edwar fue asi, estudio pero no encontro trabajo, busco amor y le devolvieron migajas, busco… Este capítulo tiene publicado el 16 de agosto de 2026. Transmutando Cadenas (Novela) tiene 32 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.