Leer Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 30 online gratis en español
Abrí los ojos.
Lo primero que sentí fue el frío. No era el frío húmedo de la prisión, ni el aire estancado de los túneles. Era algo distinto, era seco, limpio, como si el viento hubiera viajado kilómetros sin tocar nada sucio.
El aire me llenó los pulmones de golpe, como si mi cuerpo hubiera estado esperando este momento desde hacía mucho.
Demasiado al parecer.
Tosí.
Una tos seca, desenfrenada, que me dobló hacia adelante. El pecho me ardía. La garganta me raspaba como si hubiera tragado vidrio. Me llevé la mano buena a la boca, pero no había sangre. Solo el eco de un cuerpo que había olvidado cómo respirar aire libre.
“Mierda…”
Me quedé un rato en el suelo, jadeando, dejando que la tos se calmara. Cada respiración era un esfuerzo. Cada latido, un recordatorio de que este cuerpo no estaba hecho para lo que le había hecho pasar.
Pero estábamos fuera.
Eso era lo único que importaba.
Me senté. El cuerpo pesaba. No era el peso de la armadura o la fatiga. Era como si cada hueso, cada músculo, hubiera olvidado cómo ser usado. Como si hubiera estado dormido durante años y ahora tuviera que reaprender a ser un cuerpo.
Miré mi brazo izquierdo.
No estaba.
Desde el codo hacia abajo, solo había aire. La carne no había sangrado. No había herida abierta. Era como si nunca hubiera existido. El conducto había cerrado el muñón de forma limpia, pero la ausencia seguía ahí, latente, como un fantasma que dolía más que cualquier dolor físico.
“Pagaste el precio. Ahora me toca a mi.”
Me puse de pie. Las piernas temblaron, pero aguantaron. El equilibrio era distinto sin el brazo.
Di un paso.
Luego otro.
Cada movimiento era torpe, como si fuera la primera vez que caminaba. Lo era, en cierto sentido. No había caminado así, sin paredes, sin túneles, sin límites, desde… no, no lo recordaba.
Además el daño que había recibido no era algo normal, todavía me sentía desorientado, como si tuviera una niebla mental.
Una punzada de añoranza me atravesó el pecho. No era nostalgia. Era algo más profundo. Como si este cuerpo, en ese momento, hubiera sido lo que siempre debió ser.
Salí de la cueva.
El paisaje se abrió frente a mí como un mapa que nadie había dibujado.
Montañas.
Muchas.
Algunas cercanas, otras tan lejanas que se perdían en el horizonte, donde el cielo se encontraba con la tierra en una línea borrosa.
El viento soplaba desde el oeste, trayendo consigo el olor de la nieve, de la roca mojada, de algo que no podía identificar pero que me resultaba antiguo. Como si el aire mismo guardará memoria de algo que había pasado aquí hace mucho.
A lo lejos, más allá de las cumbres, el cielo se teñía de naranja y violeta. El sol se estaba yendo, pero no del todo. Quedaba un resplandor tenue, con la promesa de que volvería.
Las nubes bajas se arrastraban sobre las cumbres, grises, pesadas, como si estuvieran cansadas de flotar. Algunas se enganchaban en los picos más altos, formando jirones de niebla que se deshacían con el viento para no volver nunca más.
Las estrellas, mientras tanto, ganaban terreno.
No eran como las recordaba. O quizás yo era el que había cambiado.
Una a una, fueron apareciendo, primero las más brillantes, luego las más débiles, hasta que el cielo entero pareció encenderse.
Me quedé mirándolas un rato. Hipnotizado por su belleza y resplandor, a veces uno no sabe lo que tiene hasta que lo pierde. Esta era una de esas cosas, mirar el cielo estrellado con tus propios ojos mientras pega la brisa era hechizante.
Pero no importaban los errores del pasado, eran eso mismo, cosas del pasado. Lo único que importaba era que estábamos fuera. Que el plan había funcionado. Que Atila había pagado el precio y ahora yo tenía el control.
El conducto latía en mi interior, más fuerte que nunca a pesar de que se sentía lacio, como si se hubiera estirado a más no poder. No era sólo energía. Era como si algo dentro de mí hubiera despertado junto con el cuerpo. El cubo, en el fondo de mi alma, pesaba más que nunca.
Miré el muñón de mi brazo. No sentía dolor, pero sentía la ausencia. Y sabía que iba a necesitar ese brazo.
Tarde o temprano, iba a necesitarlo.
“Lo recuperaré. No ahora, pero sí pronto.”
“Podría crear una armadura…”
El viento sopló más fuerte. Me llevó el pelo hacia atrás, me enfrió la nuca. Cerré los ojos un segundo y dejé que el aire me llenara los pulmones.
Hacía mucho que no respiraba al aire libre.
Demasiado.
“¿Cuánto tiempo pasó, Atila? ¿Cuántos años estuve a la deriva?”
No lo sabía. Y quizás nunca lo sabría. Pero lo que sí sabía era que el mundo exterior no nos había esperado.
Las cosas habían cambiado.
Pero nosotros también y aunque Atila aun no lo sabía muy bien, la unión de nosotros era más que la suma de las partes.
“Que intenten encontrarnos. Vamos a ver quién tiene que huir la próxima vez.”
Me di media vuelta y volví a la cueva. No iba a caminar de noche, no con este cuerpo, no sin un brazo. Mañana, cuando saliera el sol, buscaría un camino.
Un pueblo.
Alguien que pudiera decirme en qué año estábamos.
Pero por ahora, solo necesitaba esto.
El viento.
Las estrellas.
El silencio.
Me senté en la entrada de la cueva, apoyé la espalda en la roca, y dejé que la noche me envolviera.
La cueva era pequeña. Apenas lo suficiente para que pareciera una habitación. Las paredes eran lisas, pulidas por el viento y el tiempo. El suelo estaba cubierto de polvo de roca, fino como harina.
En un rincón, había marcas de agua. Alguien, o algo, había estado aquí antes. Quizás un animal.
Quizás un hombre.
No lo sabía.
El aire olía a piedra húmeda, a musgo seco, a algo que no había visto la luz del sol en mucho tiempo.
“Hace frío.”
El cielo seguía oscureciéndose. Las nubes se habían ido, o quizás se habían disuelto en la oscuridad. Ahora solo quedaban las estrellas, miles, millones, como si el universo entero hubiera decidido mostrar todo lo que tenía.
Algo parecido a la Vía Láctea se extendía de un lado al otro del cielo, una franja lechosa que brillaba con una luz tenue, antigua. No la había visto así desde… no, no la había visto así nunca.
Desde la prisión, el cielo era solo un recuerdo.
Desde los túneles, las estrellas eran solo un mito.
Pero ahora estaban ahí, reales y tangibles. Como si pudiera tocarlas si estiraba la mano lo suficiente.
Me quedé mirándolas un rato más. Sin pensar. Sin calcular. Solo mirando.
“Me gustaría que estuvieras viendo lo que yo veo ahora, Atila.”
No respondía.
Estaba profundo.
No sabía cuándo iba a despertar. Semanas. Meses. Quizás más.
Pero cuando lo hiciera, iba a necesitar que estuviera listo.
“Duerme. Descansa. Yo me encargo del camino por ahora.”
El viento cambió de dirección. Ahora soplaba desde el este, trayendo consigo un olor distinto. Más seco. Más terroso. Como si hubiera bosques más allá de las montañas. O quizás desiertos. No lo sabía.
Pero lo iba a averiguar.
Me quedé mirando el horizonte. Las montañas se recortaban contra el cielo como siluetas negras, inmóviles, eternas. Algunas tenían nieve en las cumbres, otras no. Algunas eran tan altas que parecían tocar las estrellas.
No sabía muy bien donde estábamos pero eso iba a cambiar pronto.
Lo único que tenía claro era que el primer paso ya estaba dado. Y era el más importante, el comienzo de todo.
El resto… vendría después.
“Esto fue solo el primer paso.”
Cerré los ojos.
No sentí que estábamos huyendo, sentía que estábamos comenzando, que avanzábamos.
Pero la lista de lo que faltaba era larga. Demasiado para mi gusto.
El brazo.
Comida.
Agua.
Refugio.
Ropa.
Información.
Un plan.
Todo eso había que solucionarlo. Todo eso iba a necesitar ser resuelto.
Pero no ahora.
Ahora, solo por esta vez, había que descansar.
“Mañana. Mañana nos ocupamos de todo.”
Cerré los ojos.
Y dejé que la noche me envolviera
FIN DEL VOLUMEN 1

Continúa leyendo
Transmutando Cadenas (Novela)
Capítulo 31
Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 30
Estás leyendo el capítulo 30 de Transmutando Cadenas (Novela), un novela. A veces las acciones no se ven recompensadas y uno se pregunta para que seguir, para que actuar de buena fe. La vida de Edwar fue asi, estudio pero no encontro trabajo, busco amor y le devolvieron migajas, busco… Este capítulo tiene publicado el 20 de septiembre de 2026. Transmutando Cadenas (Novela) tiene 32 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.