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Leer Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 2 online gratis en español

Después de un tiempo, la caravana llegó a la zona residencial excavada en lo profundo de la mina. Allí comenzaron a descargar todo tipo de artilugios. Los soldados se encargaban, por lo general, de la comida, mientras que los esclavos atendían objetos como picas y palas. Cuando la mayoría de las cosas estuvo desempacada, algunos soldados llevaron a comer a los animales que habían tirado de los carros durante todo el viaje. Entonces, el comandante dio la orden que todos esperaban. —¡Hemos llegado! ¡Qué bueno que escucharon mis consejos! —¡Tienen cinco horas para hacer lo que tengan que hacer! ¡Así como están, no sirven ni para pulir mi armadura! —¡Así que tienen cinco horas! ¡Ni más ni menos! ¡Coman y duerman! En cuanto el comandante Niff terminó de hablar, varios soldados se adelantaron con cajas y llaves. Se podía palpar la emoción que irradiaba una gran parte de los esclavos. Rápidamente comenzaron a soltar las cadenas que los unían. En el momento en que las cerraduras hicieron click, el metal comenzó a chocar una y otra vez contra el suelo. Mientras el sonido reverberaba por la zona residencial de la mina, más de un esclavo se emocionó de más y comenzó a gritar: —¡Síiii! ¡Sentía que se me iba a congelar la garganta con el metal! Aunque mucha gente desaprobaba ese comportamiento, solo se ganaron malas miradas. Nadie iba a meterse con ellos durante su tiempo libre; eso no produciría ninguna ganancia para la ciudad, solo pérdidas. Por su parte, los esclavos que habían marchado sin zapatos fueron aún más descarados. Se desplomaron en cuanto les aflojaron el collar. Inmediatamente, el personal de la mina acudió a atenderlos, ya que en cinco horas debían estar operativos. De lo contrario, tanto los esclavos como los soldados a cargo serían reprendidos. A Atila, en cambio, recién le habían retirado el grillete del cuello. Deslizaba la mano por la zona, como si quisiera comprobar si todavía tenía sensibilidad. Movía la palma de izquierda a derecha, produciendo un leve roce sobre su piel. No sé qué debería hacer primero, se dijo Atila, sin siquiera mover los labios. Cuando uno está acostumbrado a hacer solo lo que le ordenan, resulta extraño tener que decidir por sí mismo. Aunque esas sensaciones siempre eran fugaces. Supongo que iré a comer primero. Si se hace fila como la última vez, a uno se le quitan las ganas en el camino. Después ya iremos a dormir con el estómago lleno. Cinco horas después, Atila seguía inconsciente, tendido en su cama, dentro de su cuarto personal. Su habitación no era la más acogedora. Tenía una cama vieja, una mesa aún más vieja y una silla. Por suerte, la silla era lo mejor conservado. Si algún día otro mueble cedía ante el azote del tiempo, al menos siempre tendría dónde sentarse. Atila seguía en la cama, inmerso en un sueño extraño. Estaba todo oscuro. No podía ver nada, ni siquiera su propio cuerpo. Pero había algo aún más extraño: en medio de aquella oscuridad, aunque no existía ninguna luz visible, había zonas que no eran tan negras. Era como si todo se hubiera teñido de negro, pero algunas partes hubieran sido pintadas con tonos grises. Atila no tenía piernas ni sensibilidad en ninguna parte de su cuerpo y, aun así, divagó por la oscuridad durante un rato, persiguiendo aquellos matices grises. Navegó por un tiempo sin tener certeza de qué estaba haciendo. Era como un mosquito persiguiendo la luz. Como un ser humano que persigue la luz… O, más bien, que escapa de la oscuridad. Así estuvo un buen rato, hasta que, justo cuando pensaba si debía seguir o no, comenzó a sonar algo. —¡DINGGGG! ¡DINGGG! La alarma instalada dentro de la mina había comenzado a sonar. Se habían cumplido las cinco horas de descanso. Inmediatamente comenzaron a abrirse las puertas de todas las habitaciones. Cuando los esclavos empezaron a salir, los soldados ya estaban alineados, listos para escoltarlos río abajo por la mina y comenzar la excavación. Ni siquiera habían pasado tres minutos desde que sonó la alarma cuando el comandante Niff dio un paso al frente. —¡Qué bueno que ya estamos todos aquí! ¡Todos ustedes ya saben! ¡Formen grupos de cincuenta personas! —exclamó con una sonrisa, como si estuviera satisfecho con el desempeño de todos—. ¡Los que estén listos se acercan a cualquier soldado y vamos yendo hacia abajo! ¡Hay una cuota que cumplir! —¡La adamantita todavía no llueve del cielo, así que alguien tiene que sacarla! Atila escuchó sin poner mala cara ni complejarse. Miró rápidamente a todos lados, buscando el grupo más numeroso para irse a picar. Y lo encontró. Era un grupo que ya reunía alrededor de treinta o treinta y cinco personas y se estaba llenando rápidamente. Atila no lo dudó y se acercó. El grupo estaba compuesto en su gran mayoría por hombres: entre veinte y veinticinco personas de todas las edades. Había niños, adolescentes, adultos e incluso un anciano que ya sostenía su picota en la mano. El resto eran mujeres, aunque todas eran mayores. No había jóvenes entre ellas. Cuando Atila llegó, casi se había alcanzado el número necesario. Agarró una de las picotas que estaban siendo distribuidas y esperó pacientemente. Ni siquiera un minuto después, el grupo se completó. Comenzaron a descender obedientemente por la mina, hacia los yacimientos de adamantita. Al llegar a los túneles donde debían picar, cada persona tomó una de las carretas que habían sido estacionadas previamente para que pudieran elegir. Antes de que cualquiera entrara en un túnel, el soldado que los escoltaba habló. —Vayan y elijan el túnel que más les acomode. Yo me quedaré aquí, pendiente y vigilando. —No me hagan las cosas difíciles a mí y no se las haré a ustedes. Todos los esclavos permanecieron atentos a sus palabras. Estaban algo perplejos. Sorprendidos. Era un soldado peculiar. Así que todos asintieron y se dirigieron, en su gran mayoría, hacia el túnel más cercano. Pero, antes de que la mayoría pudiera dar el primer paso, el soldado volvió a hablar. —Ah, se me olvidaba. Mi nombre es Zeff. Zeff Valentine. —No sé si les interesa, pero ahí está. No me molesta si lo recuerdan o no, puesto que yo tampoco recuerdo los números de ustedes. —Ahora sí, váyanse. Cuando todos comenzaron a dirigirse a sus túneles y vio que no había imprevistos, Zeff miró a los lados varias veces. Luego caminó hacia una roca que destacaba sobre las demás por su tamaño y su superficie, y se sentó. Apoyó la espalda contra la pared, como si aquella roca hubiera estado allí desde tiempos inmemoriales, esperando servirle de punto de apoyo. Se hizo uno con el entorno. El único movimiento que se podía percibir de él era la expansión y contracción de su caja torácica al respirar. Como si ese mínimo signo fuera la única prueba, para el resto del mundo, de que seguía vivo. Atila, por su parte, ya estaba dentro del túnel, caminando hacia su profundidad. Percibía el olor característico de los túneles. En el aire se mezclaban humedad, azufre, tierra y un par de olores más que Atila no sabía identificar. Casi al llegar al fondo del túnel, logró salir del estupor que le provocaba aquel olor. Entonces habló a los cuatro vientos, seguro de que nadie podría escucharlo allí. Qué soldado tan raro… Supongo que no toda la gente es igual. Aunque todo pareciera indicar que sí, parece que no. Me gusta más así. No hay por qué ser tan severo con los demás. ¿Por qué? ¿Quién sería tan estúpido como para revelarse o causar disturbios aquí? No tienen por qué ser todos como el comandante Niff. Mientras Atila hacía comentarios que seguramente no le habrían gustado a los demás, finalmente llegó al fondo de la mina. Estacionó su carreta a una distancia adecuada y comenzó a picar. Lento, pero con paso firme, fue ganando ritmo. Balanceaba la herramienta una y otra vez contra la pared del túnel. Poco a poco fue ganando metros. Los pedazos de roca caían al suelo mientras él seguía avanzando, iluminado por la luz que emanaba de su casco. Era la única fuente de luz en aquel lugar. Aun así, la cruda oscuridad que dejaba atrás ya no lo atemorizaba. Estaba acostumbrado a avanzar dejando la oscuridad detrás. Simplemente seguía picando y dejando en el piso todo lo que se desprendía de la pared. Después volvería por esos fragmentos, separaría el mineral de la roca común y lo colocaría en la carreta. Cuando ya habían pasado cinco horas, tuvo que regresar. Además de estar cansado, consideró que había picado lo suficiente. Si no, tendría que hacer lo mismo otra vez. Y ya está. Justo cuando esos pensamientos pasaban por su mente y comenzó a darse media vuelta, sintió algo. Inmediatamente giró bruscamente y miró la pared, llevándose una mano al pecho. Se quedó mirando fijamente la roca durante un tiempo que pareció infinito en la soledad de la cueva, hasta que la sensación desapareció. ¿Qué fue eso…? Sentí que algo me llamaba. Como si alguien se aferrara a mi corazón con desesperación… ¿Me estaré volviendo loco de hambre? He estado picando cerca de este lugar muchas veces y nunca había pasado nada igual. Mientras se hacía esas preguntas, Atila seguía mirando la pared. Intentó girarse nuevamente y, al ver que no ocurría nada más, terminó de darse la vuelta. Mientras avanzaba, intentó pasar página. No pudo. Simplemente comenzó a amontonar el mineral en la carreta para regresar, saciar su hambre y descansar del cansancio. A lo mejor, de esa manera, podría recuperar algo de claridad mental.
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Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 2

Estás leyendo el capítulo 2 de Transmutando Cadenas (Novela), un novela. A veces las acciones no se ven recompensadas y uno se pregunta para que seguir, para que actuar de buena fe. La vida de Edwar fue asi, estudio pero no encontro trabajo, busco amor y le devolvieron migajas, busco… Este capítulo tiene publicado el 15 de agosto de 2026. Transmutando Cadenas (Novela) tiene 32 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.