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Leer Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 27 online gratis en español

El tiempo dejó de tener sentido hace mucho. Atila ya no contaba ni los ciclos de energía, ni nada que se pareciera a un calendario. Solo sabía que había pasado suficiente como para que su cuerpo cambiara, como para que la cueva dejará de ser un laberinto de túneles y se convirtiera en una red angosta pero definida. Había aprendido y no repetiría el mismo error. La primera regla que se impuso fue simple, nada más improvisación. Cada vez que usaba la percepción que le daba el camino de Alphonse, lo hacía con cuidado, midiendo el costo, soltando antes de que el peso en el pecho se volviera insoportable. Ya no intentaba ver todo a la vez. Se conformaba con atisbos, un hilo de estructura aquí, una zona más débil allá. Eso le bastaba. El conducto, por su parte, había dejado de ser solo un canal de emergencia. Lo usaba todo el tiempo. Cuando comía, cuando descansaba, cuando cavaba. Había descubierto, casi por accidente, que podía extender el flujo más allá de su cuerpo. Si concentraba la energía almacenada en un punto concreto como la punta del cuchillo, un trozo de tierra o un pedazo de pan podía moverlo sin tocarlo. No era una telekinesis perfecta. Era torpe, limitada, pero funcionaba. Al principio lo usó solo para comer. Después del incidente en la celda del prisionero, ni siquiera tenía ganas de llevarse la mano a la boca al principio. Así que probó algo distinto, concentró energía en el conducto, apuntó a un trozo de pan que había transmutado, y lo empujó suavemente hacia sus labios. El pan flotó en un instante, tembló, y luego se posó en su boca. No fue elegante, pero fue suficiente y con el tiempo, lo convirtió en una rutina. Cada vez que comía, practicaba. Mover el pan, el agua, incluso pequeños fragmentos de tierra. Al principio se le caían, se le desviaban. Después de un tiempo, ya podía llevarlos de un punto a otro sin que temblaran tanto. También lo usaba al cavar. Cuando el túnel se volvía demasiado estrecho para meter el cuerpo, apoyaba el cuchillo en la pared y dejaba que el conducto hiciera el trabajo. La energía fluía, el metal vibraba, y la tierra se iba moviendo sola, grano a grano, como si una mano invisible estuviera excavando por él. No era rápido. Pero era seguro y le permitía mantenerse lejos de los bordes inestables, de los puntos donde un derrumbe podría enterrarlo vivo. En algún punto, cambió la estrategia. Cavar en línea recta hacia afuera significaba perforar una pared enorme de roca. Demasiada superficie lateral. Demasiado riesgo de derrumbe. Demasiada energía. Así que empezó a subir. Primero fue una inclinación suave, apenas perceptible. Después, con el tiempo, se convirtió en una especie de escalera tallada en la montaña, un túnel en espiral que lo llevaba más alto dentro de la roca. Cada tramo era más corto que el anterior, porque a medida que subía, la pared que tenía que perforar para salir al exterior se volvía más delgada. “Si salgo desde arriba, menos roca tengo que romper.” Esa lógica lo sostuvo durante ciclos enteros. Ya no pensaba en salir como un escape desesperado. Pensaba como alguien que está resolviendo un problema, menos superficie, menos energía, menos riesgo. Las escaleras no eran perfectas. A veces tenía que retroceder, buscar otro ángulo, reforzar una pared que cedía demasiado. Pero funcionaba y lo acercaba a la superficie que era lo más importante. En algún punto, notó que el pelo le llegaba casi a los hombros. Lo había sentido venir, pero lo ignoró hasta que empezó a molestarle de verdad la sensación. Se le pegaba al sudor, le caía en los ojos cuando cavaba, le hacía sentir la nuca más sucia de lo que ya estaba. Una tarde, o lo que fuera que equivaliera a una tarde en esa oscuridad, decidió cortárselo. No tenía tijeras, no tenía nada que se pareciera. Pero tenía el conducto y el cuchillo. Se sentó en el suelo, apoyó la espalda en la pared y concentró energía en la hoja. El metal vibró, flotó un instante en el aire, sostenido por el flujo del conducto. Luego comenzó a moverse, guiado por su voluntad. No fue un corte limpio a pesar del filo del cuchillo. Pero logró pasar la hoja lo suficientemente cerca como para ir sacando mechones. El pelo caía al suelo en tiras, acumulándose en pequeños montones. Cuando terminó, se pasó la mano por la cabeza. La sensación era distinta. Más ligera. Menos carga. “Mejor.” No era vanidad. Era práctico. Pero aun así, hubo un segundo en que se sintió un poco más humano. Sin embargo, el resto de su cuerpo no mostraba las mismas mejoras. Cada vez que se miraba las manos, notaba que las venas estaban más marcadas. La piel, más pegada a los huesos. El peso seguía cayendo, lento pero constante. Una dieta de pan y agua no era suficiente, y lo sabía. Pero no tenía opciones. A veces, cuando se quedaba quieto demasiado tiempo, sentía un ligero temblor en los dedos. No era hambre, era como si el cuerpo estuviera empezando a consumirse desde adentro, desplomándose poco a poco. “Esto no es sostenible.” Lo pensaba, pero no hacía nada. No podía hacer nada. No había más comida, no había más recursos. Solo el conducto, solo el cubo, solo el túnel. Lo irónico era que, mientras su cuerpo se desgastaba, su mente estaba cada vez mejor. Ya no tenía las nieblas de los primeros días. Ya no se perdía en dudas estériles. Cada decisión era más clara, más afilada. Podía pasar horas planeando rutas, calculando energías, midiendo riesgos, sin que la cabeza le pesara. “Mi cuerpo se cae a pedazos, pero mi cabeza nunca estuvo tan bien.” No sabía si eso era bueno o malo Con el tiempo, Atila dejó de sentirse como un animal atrapado. Empezó a pensarse como alguien que estaba por salir. La idea ya no era un deseo lejano. “Cuando salga…” Esa frase se repetía en su cabeza cada vez más seguido. Al principio sonaba ridícula, como un cuento que uno se cuenta para no volverse loco. Pero ahora tenía peso. Tenía forma. “Cuando salga, no puedo volver a quedar atrapado.” No sabía exactamente dónde estaba. No sabía qué había más allá de la montaña, de los bosques, de los caminos que quizás lo esperaban. Pero sí sabía una cosa, no podía permitir que lo encerraran de nuevo. “Necesito un lugar… Algo mío. Algo donde nadie pueda meterse sin que yo lo sepa.” A veces pensaba en volver. En buscar a los que lo habían metido ahí, en cobrar de alguna forma. Pero esa idea no duró mucho. No porque fuera bueno o malo, sino porque le parecía una pérdida de tiempo. “Primero salgo. Después veo.” Esa era la prioridad. Lo demás era ruido. En algún punto de ese proceso, notó algo raro en su cuerpo. La piel le quedaba distinta y la ropa también. Los huesos se sentían más marcados, como si hubiera estirado sin darse cuenta. Y una mañana, o lo que fuera que equivaliera a una mañana en esa oscuridad, se dio cuenta de que probablemente había cumplido años. No estaba seguro. No tenía forma de saberlo, pero la sensación estaba ahí, como si algo dentro de él hubiera marcado un ciclo más, aunque el mundo exterior no lo hubiera registrado. “¿Cuánto tiempo llevo aquí?” Se hizo la pregunta de forma retórica. Solo sabía que ya no era el mismo que había caído en esa celda. El túnel en el que estaba ahora era más amplio que los primeros. Las paredes, más lisas, el aire, menos denso. Había aprendido a evitar las zonas donde el material era inestable, a leer los pequeños cambios de presión que le decían si había espacio detrás o sólo roca muerta. Y, sobre todo, había aprendido a no forzar el camino de Alphonse. Cada vez que usaba la percepción superficial, lo hacía con medida. Sabía cuánto podía aguantar antes de que el pecho le ardiera, antes de que el conducto vibrara demasiado. Ya no intentaba ver todo. Solo lo necesario. Eso le había permitido avanzar más que nunca. Frente a él, la pared que tenía planeado abrir ya no era una barrera sólida. Era una membrana delgada, lista para romperse. Pero esta vez no iba a cometer el mismo error. No iba a cavar a ciegas. Se sentó en el suelo, apoyó la espalda en la pared y cerró los ojos. El conducto latía en su interior, estable. El cuchillo descansaba a su lado, la hoja densa, alimentada por toda la energía que había desperdiciado y que el conducto había sabido aprovechar. El cubo… el cubo seguía ahí, pesado, con Alphonse latente en el fondo. “Cuando salga…” La frase volvió, como siempre, pero esta vez no la dejó flotando. La ató a algo concreto. “Cuando salga, busco un lugar, me escondo, me fortalezco y después decido qué hago con todo esto.” No era un plan perfecto. Pero era suficiente. Cerró los ojos y dejó que la percepción superficial se activará. Esta vez no la usó para ver la pared frente a él. La usó para sentir todo lo que había por encima. La energía fluyó, el pecho le ardió, pero no soltó. Aguantó. Dejó que la información llegara, aunque fuera borrosa, aunque le costara. Y entonces, por primera vez, lo sintió. El peso sobre él era más liviano. No era mucho, era una diferencia, un cambio sutil en la presión de la roca. Pero estaba ahí, había menos tierra, menos roca, menos material entre él y el exterior. “Voy por buen camino.” No hubo celebración, no hubo sonrisa, solo una certeza fría y clara, que se asentó en su interior en forma de satisfacción, almacenada para cuando sea necesario florecer . “Si sigo así… voy a salir.” Abrió los ojos, tomó el cuchillo y se puso de pie. No abrió la pared todavía. No todavía. Primero quería estar seguro, quería medir bien el último tramo, calcular la energía, evitar un derrumbe en el momento menos pensado. Pero la decisión ya estaba tomada. El conducto latía en su interior, más fuerte que nunca. Y él, por primera vez, sentía que la salida no era un deseo. Era una cuestión de tiempo. Mientras su figura se perdía en la oscuridad del túnel, a varios niveles por debajo, en los corredores pulidos de la prisión, Zeff volvía a la zona de celdas con la misma sensación de siempre. Que algo no encajaba. Los informes decían que no había habido movimientos, que los sensores rúnicos no habían detectado anomalías. Pero él no confiaba en esos informes. Nunca lo había hecho. “Si alguien logró salir, no fue por los canales normales.” Caminó por los pasillos con las manos en los bolsillos, el corazón bombeando energía refinada como siempre. El dominio estaba desactivado, pero sus sentidos seguían afilados. No necesitaba ver las pistas para saber que algo había cambiado. Había recopilado suficiente evidencia para dudar de todo, partiendo por el cuchillo que había encontrado hace algún tiempo en la pieza de Atila. Se detuvo frente a una celda en particular. La puerta estaba sin el seguro forzado. Nadie había entrado oficialmente. Pero él no iba a confiar en eso. Empujó la puerta y entró. Las luces rúnicas se encendieron con retraso, revelando la habitación vacía. Las cadenas colgaban quietas. El suelo estaba limpio, demasiado limpio. No había sangre. No había restos evidentes. “Alguien estuvo aquí…” Zeff frunció el ceño y se acercó a una de las paredes. La tocó, la comparó con las demás. La textura era distinta. No era un cambio obvio, de esos que cualquiera notaría. Era sutil, como si la materia hubiera sido… reescrita. “Esta pared no es igual a las otras.” No sabía qué había pasado. No podía identificar el método. Pero la diferencia estaba ahí, y eso le bastaba. Recorrió la celda, tocando las superficies, comparando, buscando cualquier otra anomalía. No encontró más. Solo esa pared. “Interesante.” No tenía la respuesta exacta, pero sabía que alguien había estado ahí, y había hecho algo que no encajaba con el resto de la prisión. “Esto se vuelve más divertido jajaajaja.” Sin siquiera revisar algún expediente sobre la celda ni confirmar que había desaparecido otra persona dentro de la prisión, Zeff activo su dominio decidido a encontrar otra pista en la pared.
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Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 27

Estás leyendo el capítulo 27 de Transmutando Cadenas (Novela), un novela. A veces las acciones no se ven recompensadas y uno se pregunta para que seguir, para que actuar de buena fe. La vida de Edwar fue asi, estudio pero no encontro trabajo, busco amor y le devolvieron migajas, busco… Este capítulo tiene publicado el 19 de septiembre de 2026. Transmutando Cadenas (Novela) tiene 32 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.