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Leer Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 26 online gratis en español

La pregunta del prisionero me cayó como un golpe seco. “Quién eres y qué quieres”. No era un grito, ni una amenaza. Era una voz plana, cansada, como si ya hubiera hecho esa pregunta demasiadas veces y no esperara una respuesta que le importara de verdad. Yo seguía de pie, con el cuchillo apretado en la mano como si fuera lo único que me separaba de caer de rodillas. El conducto, que hasta hace un instante latía con fuerza, se había contraído hasta sentirse casi cerrado. El cubo pesaba como una piedra en mi conciencia. Y Alphonse… Alphonse seguía ahí, latente, como sumergido bajo el agua. “Quién eres y qué quieres” Repitió el prisionero, un poco más lento, como si hablara con alguien que no entiende bien el idioma. No respondí de inmediato. Suspiré e intenté que el ruido de mi propia sangre en los oídos no me ahogara. No lo planeé. No pensé en esto. “No tengo un plan” Pensé internamente. Esa fue la primera verdad que tenía que aceptar, había llegado hasta aquí ciego. Cavando, transmutando, usando el conducto, sintiendo el cubo, pero sin preguntarme nunca qué había más allá. Y ahora tenía los resultados, una celda, un desconocido, y la certeza de que cualquier movimiento en falso podía terminar conmigo en un estado peor que muerto. “Lo lógico sería matarlo.” El pensamiento apareció solo, sin pedir permiso. No fue un deseo, no fue rabia. Fue más bien un cálculo frío, rápido, como si una parte de mí hubiera tomado una libreta invisible y hubiera escrito. “Opción más segura: eliminar testigo.” Si lo mataba, no habría nadie que pudiera avisar a los guardias. Si lo mataba, no habría nadie que pudiera describirme. Si lo mataba, podría volver a cerrar el agujero, buscar otro camino, y salir de la mina sin dejar rastros. “Lo lógico” Una parte de mí se revolvió ante esa palabra. “No soy eso” “No todavía” “No si puedo evitarlo” Repetí internamente Miré al prisionero. Estaba sentado en el suelo, apoyado contra la pared opuesta. No parecía peligroso. Tenía el pelo largo, sucio, pegado a la frente. La ropa le colgaba como si hubiera perdido mucho peso. Los ojos, sin embargo, estaban alertas. No había miedo en ellos, solo una especie de resignación inteligente. “No quiero hacerte daño” Dije al fin. La voz me salió más estable de lo que esperaba. El prisionero no sonrió. Solo me miró, como si evaluara si esa frase valía algo. “Todo el mundo dice eso al principio” Respondió. Sentí un nudo en el estómago. No por lo que dijo, sino por lo que no dijo, fue una respuesta sarcástica. El cuchillo me pesaba en la mano. El conducto latía, esperando. El cubo… el cubo estaba ahí, como siempre. Y con él, la presencia de Alphonse. “Pídele ayuda.” La idea apareció de la nada, pero no me sorprendió. Cada vez que me veía acorralado, esa voz interna había sugerido lo mismo “Déjalo entrar, él sabe qué hacer.” Ahora, con un prisionero frente a mí y la posibilidad real de tener que matarlo, la tentación fue más fuerte. Si Alphonse tomaba el control, probablemente resolvería esto de forma limpia. Si Alphonse hablaba por mí, podría justificarlo, darle un sentido, hacerlo parecer necesario. Si Alphonse… si Alphonse… “No.” La respuesta salió más como un rechazo físico que como un pensamiento. Sentí cómo algo en mi interior se cerraba de golpe, como si hubiera estado a punto de abrir una puerta que no debía. “Si lo dejo entrar ahora, ya no voy a poder sacarlo después.” Alphonse no era un salvador. Era un socio, sí, pero un socio peligroso. Y si ahora le daba una razón para justificar matar a alguien, después no iba a tener ningún límite. “Tengo que resolverlo solo.” El prisionero debió notar algo en mi cara, porque su expresión cambió ligeramente. No era miedo, pero sí una especie de atención renovada. “No vas a hablar, ¿no?” Dijo sin tono de pregunta. “No es eso” Respondí, aunque no estaba seguro de qué era “eso”. “¿Qué hago con él?” Las opciones pasaban rápido por mi cabeza, chocando entre sí. Dejarlo aquí y cerrar el agujero lo condenaba a quedarse en esta celda, pero al menos no moría por mi mano. Llevarlo conmigo era más lento, más riesgo y con más testigos. Matarlo era más limpio, eficiente e irreversible. “Lo lógico.” Sentí el conducto vibrar, como si supiera lo que estaba por hacer. La energía almacenada se movió, inquieta. El cubo, en algún lugar más profundo, pareció inclinarse hacia adelante, como un espectador que espera el momento clave. “Tengo una idea” Dije al fin, y me sorprendió lo tranquila que sonó mi voz. El prisionero ladeó la cabeza, esperando. “Puedo sacarte de aquí” Mentí descaradamente. No fue un acto de valentía. No fue una estrategia. Fue más bien un intento de hacer el camino más fácil para todos. Si él creía que había una salida, no iba a resistirse. Y si no se resistía, todo sería más rápido. Porque si lograba convencerlo de que había esperanza, quizás podría convencerme también a mí de que esto no era tan malo. De que no era un asesinato, sino… un paso necesario. Un precio. “Qué mierda de justificación.” Pensé internamente pero la repetí de todas maneras como un mantra. “¿Sacarme?” Dijo el prisionero. No sonó esperanzado, solo curioso. “Sí. Hay un túnel y puedo sacarte pero necesitas confiar”. Era una mentira a medias. El túnel existía, sí, pero no era una salida. Era solo el agujero por el que había caído y no pensaba dejarlo pasar por ahí. “Lo siento.” El prisionero me miró un segundo más. Luego asintió, muy despacio. “Está bien, haz lo que tengas que hacer” Dijo sin titubear. No sonó como una rendición. Sonó más como un “Ya he visto esto antes. No me sorprende.” Eso me dolió más de lo que esperaba. “¿En qué clase de lugar estoy que esto ya no sorprende a nadie?” Me acerqué. El cuchillo seguía en mi mano, pero lo mantuve bajo, fuera de su vista directa. El conducto vibró, el cubo respondió, y por un instante sentí cómo la energía fluía entre nosotros. “Voy a tocarte la frente, es parte del proceso” Dije insinuando un poco mis intenciones. El prisionero asintió. Cerró los ojos. Apoyé la palma libre sobre su frente. La piel estaba fría, húmeda de sudor. El conducto latía, esperando. “Tengo que hacerlo”. No soy libre. No lo sé todo. No soy fuerte como para encontrar otra salida. Esas palabras no me hacían sentir mejor. Solo me recordaban lo pequeño que era. Lo ignorante. Lo atrapado e inmiscuido que estaba. “Pero igual tengo que hacerlo.” Moví el cuchillo. No fue un golpe limpio. Fue torpe, como todo lo que había hecho desde que llegué a esta prisión. La hoja entró en el cuello con una resistencia que no esperaba, como si el cuerpo se negara a ceder incluso en eso. El prisionero no gritó. Solo se tensó, como si algo dentro de él hubiera entendido, al fin, qué estaba pasando. Sus ojos se abrieron de golpe, pero no hubo odio en ellos. Solo una especie de decepción lejana, como si ya hubiera esperado esto de alguien como yo. No hubo un chorro dramático. Fue más bien un fluir constante, oscuro, que me empapó los dedos, la muñeca, el antebrazo. Caliente. Demasiado caliente para mi gusto. Sentí cómo el cuerpo se agitaba una vez, dos, intentando encontrar una posición que ya no tenía sentido. Luego se quedó quieto, pero no definitivamente. Hubo un último espasmo, un último intento de respiración que no llegó a nada. Yo seguía ahí, con el cuchillo aún clavado, la mano temblando, el aliento corto. “Lo hice.” No sentí alivio. No sentí poder. Solo sentí el peso de lo que había hecho, y la certeza de que no podía devolverlo. “No me gusta, pero lo hice” Porque no era libre. Porque no sabía todo. Porque no era lo suficientemente fuerte como para encontrar otra forma. “Y quizás, en el fondo, eso es lo que más me duele.” Susurre como habiendo descubierto algo sobre mí mismo, como si hubiera tenido una epifanía. Me quedé ahí un rato, mirando el cuerpo, la sangre, el cuchillo. No hubo voz interna que me dijera que estaba bien. Solo el silencio de la celda, el goteo de algo en alguna parte, y el latido del conducto en mi interior. “Ahora borra los rastros, Alphonse ya lo hizo una vez. Transmuta. Limpia.” Me puse de pie con dificultad. Las piernas me flaqueaban, pero las obligué a sostenerme y me acerqué al cuerpo. Apoyé la palma en el pecho del prisionero y dejé que la energía fluyera. No era como transmutar tierra. No era como transmutar metal. Era como intentar sostener un río con las manos. La estructura del cuerpo era compleja, demasiado. Cada vez que intentaba agarrar un hilo, se me escapaban otros diez. La energía del conducto se desperdició a raudales, disipándose en el aire, perdiéndose en el proceso. “Mierda, mierda, mierda.” Pero no me detuve. Seguí empujando, forzando, aunque supiera que estaba perdiendo más de lo que ganaba. Y entonces, poco a poco, el cuerpo comenzó a ceder. No fue una desaparición mágica. Fue más bien como si la materia se estuviera deshaciendo en polvo, en partículas que se levantaban en el aire, como humo. La sangre se retiró del suelo, la piel se volvió gris, los huesos perdieron forma. Cuando terminé, no quedaba nada. Ni cuerpo, ni sangre, ni ropa. Solo un olor metálico en el aire, y un vacío en el pecho que no tenía que ver con el espacio físico. “No conseguí nada. Solo perdí energía.” Pero el conducto… el conducto pareció alimentarse de ese desperdicio. Sentí cómo absorbía parte de la energía que se perdía, como siempre. Pero esta vez fue diferente. La cantidad fue tan grande que el conducto pareció hincharse, saturarse, como si hubiera encontrado un festín. “Si no puedo evitarlo, al menos que esto sirva para algo.” Con un gesto mental, dirigí esa energía almacenada hacia el cuchillo. El metal vibró, como si reconociera el flujo. La hoja pareció volverse más densa, más estable, como si se estuviera alimentando de lo que yo no había sido capaz de controlar. Limpié el cuchillo en el aire, como si eso sirviera de algo. No quedaba sangre, pero la sensación seguía ahí, pegada a los dedos, a la piel, a la memoria. “Tengo que salir de aquí.” Volví al agujero por el que había caído. La tierra alrededor aún estaba blanda, inestable. Apoyé las manos en los bordes y entre. Una vez dentro dejé que las estrellas comenzaran a emanar energía y comencé a transmutar, a crear la pared que antes había destruido. La pared comenzó a cerrarse. No fue un movimiento limpio. La tierra se movió como algo vivo, rellenando el hueco, sellando el paso. En pocos segundos, lo que había sido una salida se convirtió de nuevo en una pared. Me quedé ahí, de pie frente a ella, con la respiración agitada, el conducto aún vibrando, el cubo pesado, Alphonse latente. “Busca otro camino, otra salida.” No miré atrás. No había nada que mirar. Solo una celda vacía, una pared cerrada, y un cuerpo que ya no existía. “Ya está hecho.” Apoyé la frente en la tierra recién cerrada y dejé que el frío me anclara. No pedí perdón. No dije nada. Solo respiré hasta que el pulso se calmó. Después, me di media vuelta y comencé a caminar por el túnel rellenando poco a poco el hueco y buscando otra pared, otro punto débil, otra forma de salir de la mina. El conducto latía en mi interior, más fuerte que nunca. Y yo, por primera vez, entendí que no había vuelta atrás. No porque hubiera cruzado una línea, sino porque nunca había estado del lado de los que pueden elegir.
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Estás leyendo el capítulo 26 de Transmutando Cadenas (Novela), un novela. A veces las acciones no se ven recompensadas y uno se pregunta para que seguir, para que actuar de buena fe. La vida de Edwar fue asi, estudio pero no encontro trabajo, busco amor y le devolvieron migajas, busco… Este capítulo tiene publicado el 18 de septiembre de 2026. Transmutando Cadenas (Novela) tiene 32 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.