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Leer Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 25 online gratis en español

El tiempo dejó de medirse en días y comenzó a contarse en ciclos de energía. Atila ya no despertaba simplemente porque su cuerpo lo exigiera. Lo hacía cuando el conducto alcanzaba cierto nivel de carga, cuando sentía que podía aprovechar al máximo cada transmutación. La cueva, que al principio era apenas un hueco irregular, se había convertido en un túnel angosto pero definido, con paredes lisas donde el cuchillo había pasado una y otra vez.El metal, por su parte, ya no era el mismo objeto que había creado en un arranque de desesperación. Con cada carga del conducto, el cuchillo se volvía más estable, más denso. Atila podía sentirlo incluso cuando lo dejaba apoyado contra la pared: un peso en su conciencia, como un segundo corazón latiendo a destiempo del suyo. Pero el verdadero cambio vino cuando decidió dar el siguiente paso. Una noche, o lo que fuera que equivaliera a la noche en esa oscuridad sin ningún rastro de luz, Atila se sentó en el centro de la cueva con el cubo presente en su mente. Ya no lo evitaba. Ya no lo trataba como una fuerza externa a la que solo alimentaba con energía. Ahora tenía el conducto. Tenía el cuchillo. Tenía, por primera vez, algo de control. “Si esto va a funcionar, exactamente igual que el cuchillo…” Dijo en voz baja. “Confía, confía” No esperaba una respuesta, era simplemente una especie de mantra que recitaba para allanar el camino que le esperaba. El cubo nunca le había hablado directamente, pero esta vez no buscaba palabras. Buscaba una conexión, un enlace y tomar las riendas del asunto. Cerró los ojos y dejó que el conducto se abriera por completo. La energía almacenada fluía con facilidad hacia el cuchillo, pero ahora Atila la dirigió hacia otro punto, la marca en su brazo, el vínculo directo con el cubo. Al principio, la resistencia fue palpable. Era como intentar empujar agua contra una corriente contraria, el conducto vibró, la marca ardió, y por un instante pensó que había cometido un error o que no había salida. Pero entonces, algo cedió. No fue un sonido, ni una explosión, nada demasiado dramático. Fue más bien como si una puerta que siempre había estado entreabierta se abriera un poco más. Una puerta que por fin había reconocido al invitado y le diera la bienvenida. El flujo de energía entre él y el cubo dejó de ser unidireccional. Ya no solo Atila enviaba poder al cubo, ahora también podía recibir algo a cambio, había un retorno desde el otro lado. El intercambio ya no era inconsciente ni auxiliar desde una parte, sino que era un intercambio entre ambas partes. No era mucho. No era una avalancha de información ni un despliegue de poder. Era más bien un goteo, una especie de eco lejano que apenas lograba atravesar el canal que había creado. Atila sintió cómo su comprensión de la transmutación cambiaba, pero solo en la superficie. Ya no veía la materia como algo completamente opaco. Podía percibir, aunque fuera de forma borrosa, la estructura interna de las cosas, la tierra, el metal del cuchillo, incluso su propio cuerpo. Pero no era gratis. Cada vez que intentaba mantener esa percepción, sentía un peso en el pecho, como si alguien estuviera apretando su conciencia entre dos manos. El conducto vibraba, la marca en su brazo ardía, y después de unos segundos tenía que soltarlo, dejar que todo volviera a la oscuridad habitual. Además cada vez que intentaba utilizar esa percepción, inconscientemente tenía la intención de utilizar el conducto. Era un mensaje subliminal, para utilizar esa capacidad a la vez tenía que activar el conducto, tenía que utilizar dos habilidades a la vez. No era la visión completa que Alphonse había llegado a dominar y Atila ni siquiera sabía si funcionaba en algún ser vivo pero era un buen comienzo. Era solo un atisbo, un primer paso. Lo suficiente como para entender que el cubo no era un objeto cualquiera. Era una ruta, un conjunto de reglas grabadas en algo más denso que la materia. Y ahora, por primera vez, Atila podía leer parte de esa ruta y tomar la dirección que quisiera dentro de sus posibilidades, aunque fuera con dificultad. En algún punto del proceso, la presencia que habitaba el cubo dejó de ser solo una sombra, pero Alphonse no despertó. No hubo un grito, ni una declaración dramática. Atila comenzó a sentir, una presencia latente, suspendida, como alguien que duerme en el fondo de un lago oscuro. No era una imagen, información ni una voz que se lo indicaba, era más bien una sensación de peso, de algo que estaba ahí, recuperándose, esperando. Y lo más importante, Atila ahora podía contactarlo. No de forma clara, no como una conversación. Pero si concentraba la atención en el cubo, si empujaba la energía del conducto hacia ese punto, sentía una respuesta. Un pulso, un latido, algo que le confirmaba que Alphonse seguía ahí, aunque fuera en un estado que no podía describir. “Así que ahí estás… siempre has estado ahí” Murmuró Atila, más para sí que para el otro. No hubo respuesta. Solo el mismo pulso, constante, como un corazón que late bajo el agua. Atila no sabía si eso era bueno o malo. Durante mucho tiempo, Alphonse había sido una incógnita, un misterio, alguien que apareció repentinamente y que prometía el cielo. Pero nunca había dejado de ser un forastero, un extraño y aunque Atila confiaba superficialmente en él, incluso llegó a ser un usurpador. Ahora, con la conexión estabilizada, se sentía más como… un socio. Incómodo, peligroso, pero socio al fin. “ De todas formas no lo hice por ti” Dijo en voz baja, como si necesitara marcar límites. El pulso no cambió. Pero Atila sintió, de alguna forma, que había sido escuchado. La cueva seguía siendo la misma, pero todo había cambiado. Tenía el conducto, el cuchillo, el cubo… y ahora, la presencia de Alphonse latente a su lado. Con esa nueva sincronización, el túnel avanzó más rápido que nunca. Atila ya no cavaba completamente a ciegas. Podía sentir, aunque fuera de forma borrosa, las zonas más débiles de la tierra, los puntos donde el material cedía con menos resistencia. El cuchillo se movía casi por sí solo, guiado por una combinación de su voluntad y esa percepción superficial que tanto le costaba mantener. En pocos ciclos, lo que antes le habría tomado días estaba casi listo. La pared que tenía frente a él ya no era una barrera sólida. Era una membrana delgada, lista para romperse. “¿Estás seguro de que quieres hacer esto?” Pensó Atila, sin estar seguro de si esperaba alguna respuesta. En este punto no estaba seguro de nada. No sabia que pasos seguir, se había salido del libreto que había marcado Alphonse. Finalmente no obtuvo una respuesta una iluminación mágica, solo obtuvo el pulso constante del cubo, la presencia latente de Alphonse, el silencio de la cueva. “No” Respondió en voz baja “Pero quedarme aquí tampoco es una opción”. No hubo más discusión. Atila apoyó el cuchillo en el centro de la pared y dejó que el conducto liberara toda la energía almacenada. El metal vibró, la tierra gimió, y por un instante todo pareció detenerse. Luego, la pared cedió. No hubo un derrumbe aparatoso, ni un pasillo esperándolo. Solo un vacío repentino, seguido de la sensación de caer. Atila no tuvo tiempo de reaccionar. El suelo bajo sus pies desapareció y su cuerpo se precipitó hacia adelante, atravesando el hueco que acababa de crear. Por un instante, solo hubo aire y oscuridad. Después, el impacto. Golpeó contra algo duro, pero no era tierra. Era piedra pulida, fría, familiar. El aire cambió de inmediato: ya no olía a tierra húmeda, sino a encierro, a sudor y a putrefacción. Cuando abrió los ojos, la oscuridad ya no era la misma. Había una luz tenue que venía de algún lugar fuera de su alcance visual, filtrándose por rendijas que no podía ver. Y frente a él, sentado en la penumbra, había alguien más. Un prisionero. Atila se quedó congelado. El cuchillo casi se le escapa de las manos produciendo un ruido metálico que resonará en la celda. El conducto, que hasta hace un instante latía con fuerza, pareció contraerse, como si su propio cuerpo hubiera decidido protegerse de algo. “¿Qué…?” Intentó decir, pero la voz le salió rota, apenas un susurro. El prisionero lo miró con una mezcla de sorpresa y desconfianza. No dijo nada al principio. Solo lo estudió, como evaluando si era una amenaza, una oportunidad, o simplemente otro condenado más. Atila intentó ponerse de pie, pero las piernas no le respondieron de inmediato. Estaba desconcentrado y replanteando todo lo que había hecho. Era la certeza repentina de que había cometido un error. Había estado tan concentrado en el túnel, en el conducto, en el cubo, que no había pensado en lo que podría haber del otro lado. “Mierda…” Murmuró, más para sí que para el otro. El prisionero ladeó ligeramente la cabeza, como si esa frase le resultara familiar. “Quien eres y qué quieres” Dijo al fin Atila sentía el conducto cerrado, el cubo pesado, la presencia de Alphonse latente como un recordatorio de que no estaba tan solo como creía. Pero en ese momento, eso no lo hacía sentir más fuerte. Lo hacía sentir más expuesto. El prisionero lo miró, paciente y esperando una respuesta, aunque no parecía muy emocionado por ello. Atila no respondió de inmediato, se quedó parado calmando los nervios de la sorpresa inicial. Sentía que ya había pasado lo peor, ya estaba pensando qué hacer de forma coherente. Pero la respuesta que llegó no le agradaba del todo, estaba dudando. Quería la ayuda de Alphonse en estos momentos.
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Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 25

Estás leyendo el capítulo 25 de Transmutando Cadenas (Novela), un novela. A veces las acciones no se ven recompensadas y uno se pregunta para que seguir, para que actuar de buena fe. La vida de Edwar fue asi, estudio pero no encontro trabajo, busco amor y le devolvieron migajas, busco… Este capítulo tiene publicado el 16 de septiembre de 2026. Transmutando Cadenas (Novela) tiene 32 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.