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Leer Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 1 online gratis en español

Era medianoche en las colinas de Mirgan, y la noche estaba tan fría como siempre. El aliento de la gente se congelaba en el aire, visible incluso a simple vista. Las estrellas brillaban en el cielo con una intensidad mayor de lo habitual, como si fueran el presagio de algo grande y maravilloso. Aunque la realidad era bastante distinta. El camino hacia las colinas de Mirgan, labrado por el paso incesante de las carretas e irregular como siempre, era recorrido por caravanas y hileras de personas unidas por cadenas atadas a sus cuellos. Las cadenas permitían apenas el movimiento mínimo necesario para no interrumpir la marcha. La atmósfera parecía aún más fría que el clima del entorno. Los únicos sonidos eran el tintineo de las cadenas y, ocasionalmente, el choque de las armaduras de los soldados. A veces se escuchaba a algún esclavo quejarse por la falta de zapatos; algunos habían sido castigados a marchar descalzos por motivos que no tenían mucho sentido. Esos esclavos no podían hacer otra cosa que resistir hasta llegar a las minas, excavadas bajo las colinas. Allí les darían zapatos nuevos antes de que murieran de hipotermia o por la pérdida de sangre. Pero la peor parte no era la tortura silenciosa del roce de los pies contra el suelo frío e irregular, ni tampoco la debilidad causada por la sangre que manchaba el camino, como si la tierra fuera una esponja que absorbía la vitalidad de quienes caminaban sobre ella. No. La peor parte era la idea de ceder antes de llegar a destino. A las minas. Si alguien se detenía por falta de fuerzas, su destino estaba sellado. Como todos estaban atados por cadenas, una sola persona detenida rompía la cohesión de toda la hilera. Los soldados ordenaban detener la marcha y al esclavo lo desechaban. Podría parecer un alivio. No lo era. Era una condena lenta. No era más que un protocolo para proteger la mercancía y optimizar el tiempo: no valía la pena detenerse por esclavos incapaces incluso de caminar. Los desechados eran abandonados en las montañas sin abrigo, comida, armas, mapas, dinero ni ninguna posesión que pudiera ayudarles. Además, tanto la base como el camino intermedio de las montañas Mirgan estaban plagados de bestias. Para ellos, no eran más que animales en un matadero. Por eso, los esclavos que habían perdido sus zapatos debían aguantar hasta la madrugada. Aunque vivieran cerca de la muerte, era mejor convivir con ella que dejarse llevar por ella. En la parte delantera de la caravana iban los soldados, junto con la mercancía y las máquinas necesarias para la minería: comida, herramientas y demás suministros. En la cola, al final de todas las hileras, marchaban los esclavos sin zapatos, para poder descartarlos con facilidad. Y al fondo del todo también había soldados. Justamente para descartar a los alborotadores. Por suerte —o por destino, quién sabe—, Atila no estaba en ninguno de esos grupos. Iba en la parte central de la caravana, el grupo más numeroso de todos. En total, mil esclavos eran escoltados hacia las minas. Los grupos de esclavos siempre eran de mil personas. Trabajaban durante unos tres meses para cubrir la cuota y luego regresaban a la ciudad, situada cerca de la base de las montañas. Atila mantenía el semblante sereno a pesar del frío que le atravesaba el cuerpo cada vez que la brisa le acuchillaba la cara. Aunque estaba acostumbrado a ese tipo de marcha, nadie se acostumbra del todo a un viento capaz de entumecer el alma, como si helara los huesos desde la raíz. El viento le mecía el cabello castaño que llevaba a la altura de los hombros y le encogía los iris negros, como si hubiera visto algo que lo aterrorizara. Y, en gran parte, era verdad. Se estremecía cada vez que la ventisca lo golpeaba. Lo único bueno era que el viento venía de frente, frenado en parte por la caravana. Aun así, aumentaba de intensidad conforme uno subía por las montañas. Por fuera, Atila parecía un hombre de hierro. Por dentro, no lo era tanto. Estaba cansado, pero no por falta de energías. Era un cansancio de propósito; de esos que azotan incluso después de despertar de una siesta. Solo quería llegar a las minas, picar un rato para canalizar su descontento y, por último, hacer algo productivo con su cuerpo. A pesar del descontento y de la lucha interna que sostenía, no dejaba que los demás lo notaran. Ni siquiera sus compatriotas esclavos. No quería terminar como algunos de los descalzos, que luchaban por dar el siguiente paso. Sabía que, si se convertía en una molestia o desagradaba a algún soldado, podría ser degradado. El estatus era lo único que un esclavo realmente poseía. Y era lo más importante. Cada esclavo tenía un número asociado como identidad, pues nadie usaba nombres para referirse a ellos. Aunque, entre ellos, muchos sí se llamaban por sus nombres; era una forma de demostrar cercanía. El número representaba qué tan cerca estaba cada uno de convertirse en un ciudadano libre. Si tu número era el 30.234, significaba que había 30.233 esclavos con prioridad sobre ti para obtener la libertad. Por eso nadie quería ser degradado. Todos se comportaban, o al menos no se quejaban tanto como Atila. Atila, aunque no destacaba especialmente, nunca había estado en una caravana que no cumpliera con la cuota. A pesar de tener catorce años y llevar siete en la minería forzada, estaba bien posicionado respecto a sus compañeros. Su número era el 9.999.998. Parecía alto, pero no lo era. Solo en la ciudad de Mecenas había más de cincuenta millones de esclavos. Atila ya estaba dentro del veinte por ciento con mayor prioridad, y lo había logrado en solo siete años de trabajo. Se debía, en gran parte, a la suerte de cumplir siempre a tiempo con la cuota exigida. Y al otro motivo: Atila se había hecho esclavo de manera voluntaria. A los siete años, cuando perdió a su familia, se ofreció como esclavo. Por eso no había comenzado en el eslabón más bajo. ¿A eso siquiera le podemos llamar suerte?, se preguntaba muchas veces Atila cuando no tenía nada que hacer, mientras marchaba hacia las minas construidas a media altura de las cadenas montañosas. La marcha continuó sin inconvenientes durante un par de horas más, hasta la madrugada. Finalmente, se pudo ver la entrada excavada en la mitad de una de las montañas. Más bien, era un hoyo profundo abierto entre dos montañas tan altas que terminaban donde la vista ya no alcanzaba. Había un camino construido por el borde del hoyo, desde el cual se podía bajar hasta el lugar donde los esclavos que aún no habían terminado seguían minando. Bajar por allí era como descender por una escalera de caracol de kilómetros de ancho. De verdad que es increíble que esto haya sido excavado. ¿Cuánto tiempo llevan haciendo esto? ¿Cientos? ¿Miles? Justo cuando Atila dejaba volar su imaginación, la caravana se detuvo. El jefe de los soldados, su comandante, se adelantó para dar instrucciones. —¡Comenzaremos el descenso! ¡No quiero que ningún estúpido tenga un desliz! ¡¿Me escucharon?! —¡Si alguno de ustedes lo hace, desearán haber caído al hoyo antes de tener que explicarme los motivos! Sin dar pie a réplica alguna, el comandante se dio media vuelta y reanudó la marcha. Alguien tendría que haber sido muy poco inteligente para refutarlo en medio de ese discurso. Como había dicho él, era mejor arrojarse al agujero y morir aplastado. Supongo que aquí vamos otra vez. Esperemos que sea una buena cosecha. En el momento en que la caravana comenzó a bajar, Atila hizo lo mismo. Y, aunque pudiera parecer extraño, no pudo evitar esbozar una media sonrisa, elevando apenas la comisura izquierda de sus labios. A pesar de que estaba obligado a trabajar allí, era el único medio que tenía disponible. A pesar de que se sentía oprimido, allí se sentía con algún propósito. Se sentía útil. Y, sobre todo, Atila aún no había perdido la esperanza.
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Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 1

Estás leyendo el capítulo 1 de Transmutando Cadenas (Novela), un novela. A veces las acciones no se ven recompensadas y uno se pregunta para que seguir, para que actuar de buena fe. La vida de Edwar fue asi, estudio pero no encontro trabajo, busco amor y le devolvieron migajas, busco… Este capítulo tiene publicado el 15 de agosto de 2026. Transmutando Cadenas (Novela) tiene 32 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.