Leer Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 10 online gratis en español
El tiempo siguió su flujo como un río.
Sin mayores contratiempos, siempre encontrando un camino para seguir avanzando.
Con el paso del tiempo, la situación en la mina no tuvo cambios significativos.
Los esclavos seguían entrando y saliendo de la mina.
El trabajo continuaba.
Y la materia prima seguía llegando sin fin.
Los días y las noches eran indistinguibles para la gran mayoría.
Aunque algunos ya se habían percatado del frío.
Comenzaban a darse cuenta de que hacía más frío que antes.
De que se acercaba el invierno.
Otro pequeño cambio ocurrió en un rincón de la mina, en una pequeña habitación de la zona residencial.
Era una habitación tan destartalada como las demás.
El deterioro se podía ver con solo mirar la puerta de entrada.
Aunque, al menos, aseguraba condiciones mínimas.
Dentro de la habitación había una persona de un metro setenta.
Tenía una complexión que no parecía atlética, aunque la ropa la cubría por completo, haciendo más difícil discernir sus características.
Llevaba una polera de mangas largas, de color gris, y unos pantalones negros que se le arrugaban a la altura de los tobillos.
Eran un poco más largos de lo debido.
La persona estaba en medio de la habitación, en una pose un tanto extraña.
Permanecía de pie, con los ojos cerrados y las manos extendidas hacia adelante.
Frente a él había una especie de monolito de madera.
Los separaba cerca de un metro.
Parecía estar concentrado.
El cabello castaño le caía por los hombros y se mecía levemente con su respiración constante.
Sin ninguna señal previa, abrió los ojos de repente.
Se acercó levemente al monolito, dando un paso hacia adelante.
Mientras daba el paso, retrajo las manos hacia sí y las metió bajo la polera que llevaba puesta.
Rápidamente, con su mano hábil, maniobró dentro de su ropa y desenvainó una cuchilla desde una funda que tenía escondida.
La apuntó hacia el monolito.
El movimiento fue preciso.
La cuchilla se incrustó levemente, generando una hendidura.
No hubo movimientos posteriores.
La persona exhaló el aire que había contenido durante el movimiento y reanudó una postura más natural.
—Eso estuvo bien. Creo que ya lo domino superficialmente —comentó, como si alguien más lo escuchara dentro de la habitación.
Después de la agitación, se acomodó el cabello, moviéndolo desde la frente hacia atrás.
Sonrió levemente y tomó un breve descanso.
Esa persona era Atila.
Había cambiado mucho su rutina durante el último mes.
Al principio, comenzó a seguir levemente los consejos de Alphonse.
Pero, una vez que empezó a hacer cosas diferentes a las usuales, no pudo dar marcha atrás.
Como si hubiera cruzado una línea invisible de la cual no había retorno.
Al principio, solo acató su consejo final.
Practicó la autodefensa y creó un arma.
Un cuchillo.
Una vez tomada la decisión, no hubo mayores problemas.
Crear un arma no era más difícil que crear algo como una picota.
Ambos objetos eran herramientas; solo que sus objetivos eran diferentes.
La picota era una herramienta con fines productivos.
Un cuchillo, aunque también podía usarse para eso, en realidad tenía otro propósito.
El fin del cuchillo era cortar.
Desgarrar.
Causar daño.
Por eso, lo único que le faltaba a Atila para lograrlo era tener la iniciativa.
Él nunca había tenido pensamientos bélicos.
Sabía que tenía que luchar para salir adelante, pero nunca había pensado en otra arma que no fueran su esfuerzo y su sacrificio.
Por eso, mucho menos tenía pensamientos relacionados con el asesinato.
Sabía que había situaciones en las que había que pelear.
Pero nunca imaginó ese desenlace:
El despojo de la vida de otra persona.
Así que, una vez puesto el motor en marcha, Atila simplemente imaginó su idea de cuchillo.
El cuchillo que necesitaría, si era necesario, como decía Alphonse.
Tenía que ser pequeño para poder ocultarlo.
Y debía tener un mango con suficiente agarre.
Esas eran las características principales.
Luego comenzó a visualizar la forma.
En ese aspecto no tenía preferencias, y Alphonse tampoco le había dado ninguna.
Así que dejó volar su imaginación.
Imaginó un cuchillo de doble filo, con una punta bien afilada al final de la hoja.
La hoja sería de un blanco pálido, con un degradé que alcanzaba el gris en los filos laterales.
La parte del mango la imaginó con los mismos colores, pero envuelta en un cuero común y corriente de color negro.
Así, sin más, logró una imagen superficial de la herramienta.
Para sorpresa del propio Atila, comenzó la transmutación y logró el objetivo a la primera.
De hecho, con un esfuerzo menor al que le había costado reparar la picota.
Era mucho menos material, y el resultado era claramente más pequeño.
Aunque rápidamente quedó algo decepcionado.
El resultado era, efectivamente, un cuchillo.
O, por lo menos, tenía la forma de uno.
Pero no contaba con filo.
No cortaba como él habría querido.
Se dio cuenta rápidamente de las limitaciones de su habilidad.
No tenía por qué aparecer mágicamente afilado y listo para usar, si en ningún momento le había agregado ese efecto al resultado.
Así que se devanó los sesos durante los días posteriores, intentando solucionar el problema.
Primero intentó añadirle filo usando solamente su habilidad innata.
Pero no lo consiguió.
Se le escapaba claramente.
Le faltaba práctica y conocimientos.
Así que pasó al plan B.
Con un poco de ayuda de Alphonse, creó con su habilidad unos objetos llamados piedras de afilar.
Alphonse le explicó los detalles y rápidamente pudo crearlas.
Con las piedras de afilar listas, comenzó a afilar la cuchilla.
Aunque no sabía lo más mínimo y sus movimientos eran toscos, aprendió rápido.
En un par de días ya podía sacar filo a la hoja.
No eran maniobras muy complicadas.
Además, Atila siempre había sido más inteligente que el promedio.
Y, después de tanta práctica con la transmutación, sus capacidades cognitivas habían mejorado aún más.
Era mucho más receptivo y ágil mentalmente.
Finalmente, después de tanto ajetreo, Atila comenzó a realizar movimientos básicos con la cuchilla.
Balanceos frontales, laterales y cualquier movimiento que se le ocurriera.
No tenía ninguna formación, así que tenía que improvisar.
Después de algunos días navegando a ciegas, Alphonse le dio otro consejo.
Que creara una funda y practicara un desenvaine rápido, para tomar por sorpresa al enemigo.
Un movimiento que, bien practicado, podía ser su primer y último golpe en un combate.
Así que se dispuso a hacerlo.
Después de casi un mes de trabajo, esos eran los resultados.
Atila había interiorizado los movimientos y los había practicado a puerta cerrada, usando su monolito.
Después de acomodarse el pelo, se recostó sobre el frío suelo de piedra para descansar y meditar sus próximos pasos.
Durante el último mes había cambiado mucho más que en los últimos años.
Se había dado cuenta de lo limitado que había vivido todo este tiempo.
Algo medianamente sofisticado, como afilar una cuchilla, le parecía novedoso.
Comprendió que tenía carencias en todos los ámbitos posibles.
Como si hubiera desperdiciado toda su vida hasta ahora.
Nunca le había dado importancia a las cosas que no estaban relacionadas con su día a día.
Pero ahora recaía en el error que había estado cometiendo.
Al cabo de un tiempo, Atila se movió de su posición, listo para partir.
No había mucho que pensar, tampoco.
Sus opciones seguían siendo limitadas.
No había mucho por lo que regodearse.
Se acercó al monolito y puso la mano sobre él.
Activó su habilidad sin ningún tipo de vacilación, como si fuera algo rutinario.
El monolito rápidamente se fundió y comenzó a comprimirse, aumentando su densidad.
Al rojo vivo, comenzó a tomar una forma rectangular.
Después de tres segundos, en la mano de Atila había una funda sencilla de unos veinticinco centímetros.
Encajaba perfectamente con la cuchilla que sostenía.
La enfundó sin prisas y salió de su habitación tranquilamente.
De la misma manera en que lo haría cualquier minero de la mina.
Una vez fuera, tomó una respiración y olió el ambiente antes de dirigirse al comedor a almorzar.
El ambiente estaba húmedo.
Olía a tierra mojada.
Aunque no le disgustaba.
Incluso le agradaba un poco.
Mientras caminaba, comenzó a conversar con Alphonse.
Necesitaba hacerle cumplir la promesa que le había hecho unos diez días atrás.
(“Ya sé defenderme, cubito. ¿Ves? Yo aprendo rápido. Ahora enséñame a leer y escribir. No me puedo sacar de la cabeza la idea de ser tan inútil.”)
(“Cumple tu promesa.”)
(“Mmm… Si de verdad aprendiste más rápido de lo esperado, eso es bueno y malo. Bueno, porque así no tendrás que gritar buscando un rescate. Malo, porque todavía estoy recuperándome.”)
(“Además, nunca lo prometí. Simplemente mencioné que te iba a enseñar. Pero me demanda demasiado. No puedo estar tanto tiempo comunicándome; tu alma todavía es débil y no me permite recuperarme tan rápido.”)
(“Cuando practicas, ni siquiera utilizo toda tu energía espiritual, porque tú la gastas. Así que imagínate. Todavía hay un largo camino.”)
(“Pero podemos acelerar eso si comienzas a cultivar de verdad. Si comienzas a acumular energía en tu mar espiritual.”)
(“Así crecerá aún más tu capacidad de producir energía espiritual y podrías nutrirme mejor. No sé qué opinas, pero es lo mejor que tenemos ahora mismo.”)
Atila siguió caminando pensativo, acercándose cada vez más al casino.
Estaba muy cerca de entrar, así que tenía el enfoque un poco dividido.
Por un lado, le parecía bien.
Quería cultivar por fin y comenzar el camino hacia el poder.
El verdadero camino.
Salir de la era de los cavernícolas.
Pero le disgustaba un poco la idea de seguir la hoja de ruta de Alphonse.
Y le disgustaba aún más que, al pensarlo, tuviera cada vez más sentido.
Como si fuera inevitable.
Aun así, al poco tiempo, terminó aceptando.
Algo dentro de él le decía que no fuera testarudo.
Que no desperdiciara la oportunidad.
Que cualquier inconveniente era bienvenido.
Era el costo de tener una oportunidad única en la vida.
Era mejor sufrir con un objetivo y una oportunidad tomada que sin ninguno de los dos.
Así que, una vez dentro del casino y en mitad de la fila para comer, tomó su decisión.
(“Hagámoslo como dices. Pero que sepas que lo pensé. Todavía no confío del todo. Lo que dices no está escrito en piedra.”)
El pensamiento llegó rápidamente a Alphonse, quien respondió de una manera que Atila no esperaba.
(“Es mejor así. Yo tampoco lo haría en tu posición. Entonces comenzaremos lo antes posible.”)
(“Pero los enemigos están afuera, Atila. Están en todas partes. Todo el mundo lo es.”)
(“Creo que soy tu único aliado. Eres más desafortunado que yo. Jajajaja. Hacía tiempo que algo no me hacía gracia.”)
(“Y no me llames cubito. ¿Para qué preguntaste mi nombre, entonces?”)
Justo cuando Atila iba a responder, porque había quedado algo perplejo, escuchó una voz fuerte a su costado.
—¡Tome su menú rápido, número 9.993.500! Si no, llamaré a los guardias. Está retrasando todo.
Eso lo dejó aún más desconcertado.
Pero tomó su almuerzo, tratando de disimular, y se dirigió a comer.
Estaba seguro de que ese no era su número.
Que era más bajo.
Tenía un mal presentimiento.

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Capítulo 11
Transmutando Cadenas (Novela) Capítulo 10
Estás leyendo el capítulo 10 de Transmutando Cadenas (Novela), un novela. A veces las acciones no se ven recompensadas y uno se pregunta para que seguir, para que actuar de buena fe. La vida de Edwar fue asi, estudio pero no encontro trabajo, busco amor y le devolvieron migajas, busco… Este capítulo tiene publicado el 16 de agosto de 2026. Transmutando Cadenas (Novela) tiene 32 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.