Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 96 online gratis en español
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Capítulo 96: La Sombra del Caballero y el Regalo de la Luz
La vida es un regalo hermoso… o al menos así es como debería ser en un mundo justo. Sin embargo, siempre han existido seres despiadados que se dedican a arruinar todo lo bello, lo valioso y aquello que la humanidad debería proteger con la propia vida. Desde el instante en que me enfrenté por primera vez a un oponente verdaderamente digno en el campo de batalla, he llegado a comprender el auténtico significado del valor. Su determinación inquebrantable, su orgullo de guerrero, su inconmensurable esfuerzo… el honorable Henry lo entregó absolutamente todo hasta su último aliento.
—Mis más sinceros respetos… —murmuré con la voz ahogada mientras contemplaba el cielo bañado por el atardecer desde la fresca sombra de un gran árbol.
En el silencio de la tarde, revivía aquel fatídico día una y otra vez en mi mente; ese instante crucial en que aquel hombre me demostró con creces algo que yo jamás supe o pude hacer.
Luchó hasta el extremo por su nación, por la seguridad de su familia y por la protección de sus camaradas. Incluso estuvo dispuesto a entregar su propia vida con tal de ganar algo de tiempo para ellos. Pero yo… ¿qué fue de mí? ¿Dónde quedé yo en medio de toda esta tragedia?
En algún momento de mi existencia, fui un respetado caballero del Imperio. Allí crecí como persona, me formé en las artes del combate y viví una vida sumamente hermosa e idílica junto a mi amada esposa y mi pequeña hija. Todo era tan maravillosamente normal, tan simple y perfecto… hasta que se presentó el nefasto año de 1680.
Aquel nefasto día, mi existencia como caballero de honor, como padre abnegado y como ser humano pereció para siempre. Y de las cenizas de mi dolor nació un auténtico monstruo. El Caballero Oscuro. La mismísima muerte encarnada en sombras.
—Cariño, te noto demasiado cansado… Has trabajado demasiado el día de hoy. ¿Por qué no te tomas un momento para descansar un poco?
Su voz en mis recuerdos era como un oasis cálido, suave, reconfortante y casi celestial. Jimena siempre se preocupaba de manera genuina por mi bienestar. Y mi pequeña hija… ah, la dulce mirada de sus ojos adorables poseía el poder divino de sanar cualquier herida de mi alma.
—¡Papá! Quiero que me enseñes a dominar la esgrima. ¡Quiero convertirme en una cabellera tan ridículamente fuerte como lo eres tú! —me decía con una determinación feroz grabada en sus ojos brillantes.
La verdad más pura es que jamás me consideré un verdadero maestro. Apenas dominaba los conceptos más básicos del combate con espada. Sin embargo, deseaba con todo mi corazón enseñarle todo lo que sabía… No quería decepcionarla bajo ninguna circunstancia. Volteé en mi memoria para contemplar el rostro de mi amada esposa. Jimena y yo nos habíamos conocido cuando no éramos más que unos simples niños: ella, una refinada joven de la nobleza; yo, un mísero plebleyo sin la más mínima pizca de talento mágico o militar.
Como era de esperarse, sus aristócratas padres hacían todo lo posible por alejarla de mi lado. Para ellos, mi existencia no representaba más que la de un sucio muerto de hambre sin futuro. Pero ella… ella jamás me juzgó de esa forma. Jimena me contempló con una mirada completamente distinta a la del resto del mundo.
Mientras tanto, mi infancia y juventud habían sido un auténtico infierno terrenal. Constantes maltratos físicos y verbales. Una discriminación asfixiante día tras día. Burlas despiadadas por parte de los nobles. Todo por ser un simple plebeyo que cometió el osado pecado de anhelar algo mejor para sí mismo y para los suyos. Una tarde, mientras caminaba solitario por la ciudadela, me detuve a observar a un grupo de jóvenes caballeros entrenando con la espada… y en ese preciso instante, algo dormido dentro de mí despertó con fuerza. Su impecable disciplina, su porte refinado y su abrumadora fuerza se convirtieron de inmediato en mi más grande sueño.
Corrí a toda prisa de vuelta a mi humilde hogar para hablar con mis padres. Al escuchar mi disparatada idea, sus rostros reflejaron un miedo profundo.
—¿Y si te llega a pasar algo malo? ¿Y si esos nobles se burlan desalmadamente de ti? —me preguntaban con el corazón en la mano.
Pero yo, henchido de una ilusión infantil, me limité a sonreírles con absoluta confianza.
—Mamá, papá… Les prometo que estaré bien. Y cuando sea grande, reconocido y respetado por todos como un gran caballero, viviremos una vida sumamente feliz juntos. Se los prometo de todo corazón.
Ellos me contemplaron con una mezcla de conmoción y orgullo indescriptible.
—Si ese es verdaderamente tu gran sueño… te apoyaremos hasta el final —dijeron con firmeza.
Y desde ese instante, mis padres trabajaron más duro que nunca en sus vidas, doblando turnos exhaustivos y privándose de todo solo para poder pagar las costosas colegiaturas que me permitirían asistir a las clases de la academia. Yo sabía perfectamente que debía estar a la altura de sus inmensos sacrificios. Tenía que lograrlo a como diera lugar.
Sin embargo, en el instante en que puse un pie dentro de la academia… los verdaderos problemas comenzaron a azotarme sin piedad. La discriminación por parte de los estudiantes aristócratas era una pesadilla constante que no me daba tregua.
“Miren a este plebeyo inútil.”
“No sirves para absolutamente nada.”
“Será mejor que te largues de aquí antes de que sigas haciendo el ridículo frente a tus superiores.”
Llegó un punto de quiebre en el que la presión fue tan destructiva que consideré seriamente abandonar mis sueños y tirar la toalla… Hasta que ella hizo su aparición en mi vida.
—¿¡Qué demonios les pasa a todos ustedes!? ¿¡Por qué diablos se creen con el derecho de humillarlo de esa forma solo por ser un plebeyo!? —exclamó una voz firme y resonante.
Se trataba de una muchacha verdaderamente hermosa, poseedora de una deslumbrante cabellera negra y una piel pálida como la porcelana. Sus intensos ojos de color verde esmeralda brillaban con una furia elegante, pura y compasiva. Jamás en la vida podré olvidar esa mirada salvadora.
—Ninguno de ustedes tiene la menor idea de cómo vive la gente real fuera de sus lujosos palacios. No saben absolutamente nada de los desgarradores sacrificios que hacen los padres de alguien para que pueda estar sentado en esta aula. ¡Ustedes, nobles malcriados, no tienen ni la más remota idea de lo que significa luchar por un sueño! —sentenció con una autoridad capaz de paralizar a un ejército entero.
Un joven noble del grupo soltó una carcajada burlona e incrédula.
—Vaya, vaya… ¿Así que ahora la altiva nobleza se dedica a defender a la basura de la calle? ¿De verdad te crees que te haremos el menor caso, niñita?
El sujeto se puso de pie con arrogancia y caminó hacia ella con paso intimidante.
—Será mejor que cierres la boca de inmediato… a menos que quieras terminar golpeada igual que este inútil —amenazó alzando la mano.
Al ver peligro sobre ella, mi cuerpo reaccionó de manera instintiva. Me moví completamente solo, sin medir las consecuencias. ¡Le propiné un puñetazo directo en el rostro!
No era para nada un buen luchador en ese entonces. Apenas me mantenía en pie. Pero no iba a permitir bajo ningún motivo que alguien le pusiera un solo dedo encima a la persona que me había defendido.
—¡¿Cómo demonios se atreve un sucio plebeyo a ponerme una mano encima?! —gritó el noble fuera de sí, lanzándome golpes torpes y salvajes que logré esquivar como pude entre tropezones.
Pero entonces… aquel miserable pronunció las palabras más imperdonables que jamás escuché.
—Será un verdadero placer ver cómo mi padre castiga y destruye a tus padres por la pésima educación que te dieron.
En ese preciso instante… algo oscuro e insondable despertó en lo más profundo de mi ser. Una negrura que jamás había experimentado tomó el control de mi alma.
Mi mirada cambió drásticamente. La temperatura del aire pareció descender bruscamente. La presión ambiental se volvió densa, sofocante y mortal.
—Si tú o tu padre se atreven a tocarle un solo cabello a mis padres… te juro por lo más sagrado que les convertiré la vida en un auténtico infierno terrenal —dije utilizando un tono de voz tan frío, macabro y oscuro que ni yo mismo fui capaz de reconocer mi propia voz.
El aristócrata retrocedió un paso, atemorizado por la repentina sed de sangre, aunque intentó seguir fingiendo valentía frente a los demás.
—¿Tú? ¿Intentando amenazarme a mí? ¡Si no tienes el menor talento para nada, basura! —se burló.
Sin embargo, su voz temblaba de manera delatadora.
La joven pelinegra lo contempló con el más absoluto de los desprecios.
—Eres simplemente repugnante —dijo con frialdad. Luego se giró hacia mí con suavidad—. Oye… ¿cómo te llamas?
Me quedé completamente paralizado ante su presencia.
—Emanuel… —respondí con el aliento entrecortado.
—Es un verdadero gusto conocerte, Emanuel —expresó dedicándome una leve y cálida sonrisa—. Mi nombre es Jimena. Sí, pertenezco a la nobleza… pero no soy como esta clase de basura. Te prometo que no dejaré bajo ninguna circunstancia que le hagan daño a tus padres. Te lo puedo asegurar.
Su absoluta sinceridad… su infinita amabilidad… me devolvieron por completo la calma al alma. Ella no se fijaba en los rangos sociales ni en los títulos. Me veía como a un ser humano. Me trató como a un igual. Como a alguien digno de respeto.
El noble humillado nos fulminó a ambos con una mirada rebosante de odio puro.
—Esto no se va a quedar así. Algún día me las vas a pagar todas juntas. Y me burlaré en tu cara cuando te vea caer al pozo más profundo.
Dicho esto, se levantó del suelo y se marchó a toda prisa, carcomido por la rabia y la humillación. Pero Jimena se giró hacia mí y me consoló:
—No le prestes la menor atención a ese inútil. Tú solo concéntrate en seguir con tu día y asistir a tus clases normalmente… Bueno, me tengo que retirar por ahora. ¿Crees que podamos vernos más tarde al finalizar la jornada?
Me miró con una sonrisa infinitamente dulce y yo, simplemente, me quedé flotando en las nubes.
Notablemente nervioso, alcancé a responder:
—Sí… me parece muy bien. Nos vemos más tarde, Jimena. Y de verdad… muchísimas gracias por haberme defendido.
—Era totalmente obvio que tenía que hacerlo. Mis padres me enseñaron desde muy pequeña que a todas las personas se les debe tratar con respeto y dignidad —contestó ella antes de despedirse con la mano.
Nos despedimos en aquel pasillo. Para un simple plebeyo como yo, haber conocido a alguien como ella había sido un acontecimiento verdaderamente extraordinario. Aún me costaba asimilar que una chica de la alta nobleza hubiese salido en mi defensa… y no solo eso, sino que me aceptara sin importar mi origen. Mi vida estudiantil comenzaba a tornarse brillante. Sentí cómo las mejillas se me arrojaban de vergüenza al pensar en su sonrisa. Parpadeé confundido. ¿Acaso esto que experimentaba era amor verdadero? ¿Admiración desmedida? ¿Un profundo respeto? Quizás en ese momento no sabía nada sobre el amor… pero por primera vez en años, me sentía en absoluta paz.
Transcurrieron las horas de teoría y los agotadores entrenamientos físicos. Me dediqué a anotar en un cuaderno cada lección con un cuidado minucioso, hasta que finalmente llegó el atardecer y nos volvimos a encontrar en la entrada de la academia.
—¡Vaya, sí viniste! —dijo ella dejando ver una hermosa sonrisa mientras el sol comenzaba a ocultarse en el horizonte—. Me alegra infinitamente que ya estés aquí. Quería preguntarte algo… ¿te gustaría acompañarme a tomar algo?
—¿E-En serio? ¿Alguien de mi condición social podría salir a tomar algo contigo? —pregunté bajando la mirada lleno de inseguridad.
Jimena se acercó a mí con paso firme y colocó delicadamente sus cálidas manos sobre mis mejillas, obligándome a alzar la cara para que nuestras miradas se cruzaran de nuevo.
—No seas tonto, Emanuel. Por supuesto que tienes todo el derecho del mundo. ¿Quién demonios te lo va a prohibir, eh? —dijo con un tono juguetón—. ¡Vamos!
Me tomó con fuerza de la mano y echó a correr alegremente por las calles, jalándome con una energía desbordante que por poco me hace tropezar.
—¡Ehhh! ¡Oye, espera un poco, vas demasiado rápido! —balbuceé intentando mantener el equilibrio.
—¿Qué dijiste? ¡No te escucho nada! ¡Solo preocúpate por disfrutar este hermoso momento! —se rió contagiosamente.
La intensa emoción que martillaba mi pecho me hacía sobrepensar las cosas. Era la primera ocasión en mi vida en la que mantenía un contacto tan estrecho y cariñoso con una mujer.
¿Será posible que yo le guste? No, no debo hacerme falsas ilusiones. Tal vez simplemente me ve como un buen amigo…
Y así, envueltos en esa dinámica, transcurrieron los años. Logré cumplir con éxito mi sueño de graduarme como un caballero con honores. Solo habían pasado tres años, pero nuestra relación crecía a pasos agigantados día tras día, año tras año. Mis profundos sentimientos hacia ella… y los de ella hacia mí… se intensificaron hasta volverse inevitables.
Hasta que un bendito día, ambos nos armamos de valor y nos confesamos nuestro amor exactamente al mismo tiempo. Una sonrisa llena de incredulidad y dicha brotó de mis labios en aquel momento. ¡No podía creerlo! ¡Todo lo que había soñado en secreto… era una maravillosa realidad!
Gracias a su apoyo incondicional, alcancé el mayor logro de mi juventud. Y lo primero que debía hacer tras la ceremonia era marchar a toda prisa a buscar a mis padres para darles la grandiosa noticia.
Sin embargo… el día de mi regreso a casa no fue para nada como lo había imaginado.
—¡Mamá, papá, ya estoy de vuelta! —exclamé cruzando la puerta con una sonrisa radiante de oreja a oreja—. ¡Tengo tantas cosas increíbles que contarles sobre mis años en la…!
Pero al poner un pie en la estancia principal… un denso y fresco rastro de sangre me dio la bienvenida.
Mi sonrisa se congeló y desapareció de golpe.
Salí corriendo de la vivienda, completamente desesperado y desorientado. Afuera, en las calles del pueblo, la gente de la comunidad se encontraba pálida, aterrorizada y petrificada, como si hubiesen sido testigos directos de un horror imposible de ser redactado con palabras.
Caminé alterado, tambaleándome como un borracho, siguiendo el rastro escarlata que manchaba el suelo. Mi respiración era agitada y errática. Me negaba rotundamente a entenderlo. Suplicaba internamente que no fuera lo que mi mente comenzaba a formular.
Hasta que mis ojos se posaron sobre la escena.
—¿Q-Qué… qué es esto…? N-No… ¡no, no, no por favor…!
Colapsé de rodillas contra el suelo duro, dejando escapar un grito de dolor desgarador que desgarró mi garganta. Mi mente se inundó violentamente de recuerdos: las tardes felices en la cabaña, las risas compartidas en la mesa, los abrazos calurosos de mi madre… todo lo que habíamos construido con tanto esfuerzo.
Mis padres habían sido salvajemente asesinados.
Sus cuerpos ni siquiera estaban allí… Únicamente sus cabezas cercenadas, clavadas brutalmente sobre estacas de madera. Sus rostros desfigurados ya no poseían ojos. Solo reinaba un silencio de muerte aterrador a mi alrededor.
Algo dentro de mi alma se quebró para siempre en ese preciso instante.
Lloré sin consuelo y sin detenerme. Las lágrimas brotaban a borbotones como si mi propia alma buscara escapar del cuerpo a través de ellas. Los aldeanos a mi alrededor me observaban romperme en mil pedazos… pero nadie se atrevió a pronunciar una sola palabra de aliento. Todos se mantuvieron en un cobarde silencio mientras mi mundo entero era reducido a cenizas en cuestión de segundos.
Y fue ahí donde comprendí la cruel realidad de esta existencia: ¿De qué sirve que existan personas buenas, nobles y totalmente justas… si al final están destinadas a morir de una forma tan atroz?
—¿Por qué? ¿Por qué les hicieron esto? ¡¿POR QUÉ?! —grité fuera de mí, golpeando el suelo con los puños ensangrentados—. ¡¿Por qué tuvieron que ser ellos?! ¡Ellos jamás le hicieron daño a nadie en este mundo!
Una mezcla venenosa de culpa y odio absoluto me consumió las entrañas. Mis años de sueños, de ilusiones y de fe en que algún día podríamos vivir tranquilos como una familia feliz… quedaron sepultados en la miseria. Les había prometido ser alguien digno. Hacerlos sentir orgullosos. Y les fallé de la manera más miserable.
En verdad… perdónenme.
De repente, los pasos apresurados de alguien resonaron dirigiéndose hacia mi posición. Apenas poseía fuerzas para mover la cabeza; me encontraba completamente devastado. Pero entonces, una voz quebrada y familiar rompió el aire:
—¿E… Emanuel?
Era Jimena.
No tengo la menor idea de cómo logró averiguar la ubicación exacta de mi humilde hogar, pero llegó justo al lugar de la tragedia. Cuando sus ojos se posaron en la sangrienta escena… se quedó completamente petrificada. Su semblante cambió drásticamente. Su espíritu se quebró al presenciar semejante nivel de horror.
Vio lo que le habían hecho a mis padres…
Sin dudarlo un solo segundo, corrió hacia mí y se arrojó de rodillas al suelo para envolverme en un abrazo desesperado. Intentó sostener mi cuerpo tembloroso, darme consuelo y decirme que todo estaría bien… pero era inútil. Algo en mi interior se había extinguido para siempre, y ella pudo leer la muerte en mi rostro.
El muchacho amable, dulce y soñador que ella había conocido… había muerto junto a sus padres.
¿Cómo era posible que existiera alguien tan vil en este mundo? ¿Qué mal le pudieron haber hecho dos humildes campesinos a nadie para merecer semejante final?
El dolor no disminuía. Las lágrimas de Jimena mezclaban su cauce con las mías mientras me sujetaba con todas sus fuerzas contra su pecho. En ese instante de agonía, ella recordó con dolor una conversación que habíamos sostenido días atrás:
“Oye, Jimena… ¿qué te parece si un día me acompañas a conocer a mis padres?”
“¿En serio me lo dices? ¡Por supuesto que me encantaría ir!”
“¿Pero no crees que se sientan intimidados por ti? Al fin y al cabo eres una noble…”
Ella tenía motivos para dudar, pero mis padres jamás habrían sido así. Ellos siempre me infundieron el deseo de vivir una vida recta, de esforzarme al máximo, de salir adelante ante las adversidades y de volver a casa para mirar a mi padre a los ojos con orgullo… agradeciendo cada sacrificio que hicieron por mí.
Pero cuando ese ansiado día finalmente llegó… Todo se cubrió de una oscuridad perpetua.
La abracé con todas las fuerzas que me quedaban. Simplemente no podía soportar el peso de semejante tormento. Era una cicatriz imborrable grabada a fuego en mi alma.
Transcurrió el tiempo. Con mis propias manos les rendí un modesto homenaje en el lugar: coloqué sus fotografías más apreciadas… y una vieja pintura donde yo aparecía recién nacido en los brazos de mi sonriente madre. Toda mi felicidad se había ido al demonio. Mis incontables esfuerzos, mis nobles metas y mi esperanza de brindarles una vejez tranquila a mis padres… todo me fue arrebatado de la forma más cruel imaginable.
Busqué incansablemente descubrir la identidad del culpable. Quería saber quién me lo había arrebatado todo. Pero nadie en el pueblo se atrevió a hablar. El miedo paralizante, el silencio cómplice y el terror infundido por los poderosos hicieron su trabajo. Lo entendí perfectamente: el poder absoluto hace que los débiles callen y tiemblen.
Pero me juré a mí mismo que, sin importar quién hubiese sido el responsable… lo rastrearía y lo mataría con mis propias manos.
Jimena se acercó lentamente por detrás y me envolvió en un cálido abrazo rodeando mi pecho. Su sola presencia era lo único que me impedía caer por completo al abismo de la locura. Dejé escapar una risa seca, vacía y carente de vida. No quería que ella fuera testigo de lo roto que estaba por dentro.
Ese maldito recuerdo jamás abandonaría mi mente. Aunque el destino me derribara una y otra vez, aunque la vida misma quisiera verme arder en el infierno… yo estaba plenamente dispuesto a devolverle al mundo cada una de las cicatrices que me había infligido.
—Es momento de marcharos de aquí, mi lindo y adorable caballero… —dijo ella con una profunda tristeza, pero con una dulzura tan pura que me atravesó el alma—. La vida suele ser profundamente injusta con las mejores personas, mi cielo. Hay atrocidades que jamás seremos capaces de comprender… pero quiero que me escuches bien: no estás solo en este mundo. Yo estoy aquí a tu lado. Porque te amo con toda mi alma. Y jamás te dejaré solo cargando con este inmenso dolor. Te pido perdón… Tus padres… yo te prometí que nadie se atrevería a tocarlos. Pero te fallé…
Su voz temblaba descontroladamente por el llanto, al igual que sus manos sobre mi pecho.
—Sabes… —continuó limpiándose una lágrima traicionera con el dorso de la mano—, en todo este tiempo que he tenido la dicha de compartir a tu lado… jamás conocí a un hombre tan sumamente amoroso, tan profundamente amable y tan detallista como tú. Alguien que no se esfuerza por vanidad o por ser el mejor de todos, sino únicamente para hacer que sus seres queridos se sientan orgullosos de sus logros. Te aseguro que tus esfuerzos jamás han sido en vano.
De pronto, intentó esbozar una pequeña sonrisa burlona para aligerar la pesada atmósfera:
—Mírate… te graduaste con honores… te convertiste en un experto en la esgrima… e incluso aprendiste a dominar un poquito de magia. Aunque hay que reconocer que eras increíblemente torpe al principio…
Jimena estaba haciendo hasta lo imposible por evitar que me desmoronara en la penumbra. Y justamente ese preciso día… el 6 de octubre… era la fecha de mi cumpleaños.
Acababa de cumplir los 18 años de edad. Tres años atrás no era más que un tonto e inexperto aprendiz de 15 años. Pero el camino de un verdadero caballero debía continuar firmemente. Tenía que volverme infinitamente más fuerte.
Entonces, como si el destino decidiera romperme y reconstruirme en el mismo instante, Jimena tomó una profunda bocanada de aire y pronunció unas palabras que me dejaron completamente congelado en el sitio.
—Emanuel… estoy embarazada.
El tiempo pareció detenerse. Me quedé absolutamente inmóvil, sin poder procesar lo escuchado.
—Espera… ¿Q-Qué fue lo que dijiste? ¿Podrías repetírmelo, por favor?
Ella frunció levemente el ceño e infló las mejillas, completamente sonrojada por la timidez.
—¡Que estoy esperando un hijo tuyo, tonto! —soltó alzando la voz.
Y en ese preciso instante… No pude contenerlo más y me cubrí el rostro con ambas manos.
Las lágrimas comenzaron a brotar de mis ojos sin que pudiera ejercer el menor control sobre ellas.
—¿A-Amorcito? ¿Por qué estás llorando así? —preguntó ella asustada, buscando mi mirada.
No existían palabras para explicárselo. No era llanto de tristeza. No era dolor.
Era una dicha pura e incalculable. Hacía años que mi corazón no experimentaba una sensación tan hermosa.
Todo lo que había perdido de forma trágica… estaba regresando a mí en forma de una nueva vida.
Jimena me contempló con ternura y sonrió con dulzura al comprender que eran lágrimas de absoluta alegría.
—Me alegra infinitamente que te haya gustado este regalo… tan sumamente especial —susurró acariciando suavemente mi rostro.
La tomé entre mis brazos y la abracé con todas las fuerzas de mi alma. Ella me sostuvo con firmeza. Y nos fundimos en un beso suave y profundo mientras los primeros rayos del amanecer iluminaban el horizonte, bañando nuestras figuras en una cálida luz dorada… como si el universo entero nos estuviera concediendo una segunda oportunidad para ser felices.
Continuará.

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