Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 92 online gratis en español
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Capítulo 92: Cicatrices del Pasado y el Eco de las Lágrimas
—Oigan —hablé al fin, dejando caer sobre ellas una mirada sumamente seria, helada e intimidante—. Ustedes dos… dejan de pelear en este preciso instante. Si sigo contando hasta tres y no se calman por las buenas, yo mismo haré que una explosión desintegre esta habitación por completo. Decidan ahora mismo.
Melissa se giró a verme, clavándome una mirada desafiante pero distante.
—¿Y qué pasa si me niego a obedecerte?
—En ese caso tendrás serios problemas conmigo, igual que tú, Alefa. Ya basta. Por favor… no me hagan perder la paciencia más de lo que ya la he perdido hoy.
La verdad es que estaba genuinamente molesto. Bueno… en parte también porque Melissa me había propinado un puñetazo directo al rostro, aunque reconozco que era algo que yo mismo debía haber abordado y aclarado mucho antes de que se saliera de control. Respiré profundo, intentando estabilizar el pulso.
—Además, Melissa… no fuiste la única persona a la que invité a venir. También traje conmigo a alguien más. La persona que transporté se llama Angélica Sawa. Es una de las comandantes principales de mi padre, y además, mi respetada maestra. La traje hasta este reino porque me prometió en persona que se encargaría de entrenarme.
—¿Ella está… aquí en el palacio? —dijo Melissa, dando un paso atrás, visiblemente alterada.
Era la primera vez en todo el tiempo que la conocía que la veía reaccionar de esa manera. ¿Acaso le tenía un miedo cerval a esa mujer?
Alefa tragó saliva con dificultad, abriendo los ojos de par en par.
—Esa mujer… he escuchado historias aterradoras sobre ella en las crónicas de nuestro pueblo. ¿Acaso no es conocida en todo el continente como la Princesa de Hielo?
—¿Cómo es que sabes eso, Alefa? —pregunté intrigado.
—Porque muchísimos guerreros elfos se enfrentaron a ella en los tiempos de conflicto… y absolutamente todos cayeron derrotados en la palma de su mano. La única persona en este reino que logró plantarle cara a esa mujer fue mi padre… pero jamás se supo con certeza quién ganó… o quién perdió esa batalla.
Mientras tanto, en la penumbra de los pasillos del palacio real, Angélica caminaba con paso firme y elegante. Su presencia helada y aura opresiva retumbaban a cada paso que daba sobre las losas de mármol. De pronto, una presión mágica brutal y sofocante se proyectó directamente hacia su espalda.
—¿Qué mierda haces aquí… mujer de hielo? —bramó Saleh desde las sombras, con la mano sobre la empuñadura de su arma.
Angélica levantó despacio el rostro, conservando esa serenidad inexpresiva y fría como el acero.
—Ha pasado muchísimo tiempo desde la última vez que nos vimos, Saleh Magcaryn. El Rey de la Guerra. Uno de los últimos oponentes en este mundo que jamás pudo derrotarme en combate singular.
Saleh apretó los puños con tal fuerza que sus nudillos se tornaron blancos.
—Debes estar bromeando, Princesa de Hielo. Sabes perfectamente bien que en el pasado casi destruimos el reino entero por completo con el choque de nuestros poderes.
—Y tienes toda la razón —respondió Angélica sin perder un solo ápice de su compostura congelada—. Pero mi presencia aquí no es para reanudar viejas disputas. Vine porque mi discípulo me llamó.
Saleh abrió los ojos de par en par, completamente incrédulo.
—¿¡Tu… discípulo!? Eso es rotundamente imposible. Ayer mismo lo declaré e inicié como mi propio discípulo.
—¿Qué fue lo que dijiste, bastardo? —Angélica frunció levemente el ceño, emanando un chispazo de mana helado—. ¿Quién te dio a ti el derecho de robarme a mi único y verdadero discípulo?
—¿¡Ahora me vienes a reclamar tú a mí!? ¡Tú mataste a mis camaradas de armas! ¿Es que acaso ya lo olvidaste? ¿Aquella batalla desgarradora y sangrienta que tú y yo tuvimos en el pasado?
Un silencio sepulcral y glacial cayó de golpe sobre el pasillo.
Saleh bajó la mirada hacia el suelo. Pero no era una mueca de tristeza lo que cruzaba sus facciones: era decepción pura, desprecio absoluto y un dolor punzante que llevaba años oxidándose y pudriéndose en lo más profundo de su alma.
Apretó los dientes con rabia contenida.
—Mejor cállate la boca… tú no tienes la menor idea de lo que tuve que sufrir. Tú jamás entenderás el infierno que sentí cuando los vi morir a todos uno a uno frente a tus ojos. Esas heridas… esos gritos de agonía… esa escena dantesca… no la voy a olvidar nunca en lo que me queda de vida.
Angélica cerró los ojos durante un breve instante, absorbiendo las palabras, para luego hablar sin el menor rastro de suavidad en la voz:
—Entiendo perfectamente lo que tus ojos vieron en aquel entonces. Pero mi pregunta para ti es… ¿Hasta cuándo piensas seguir cargando con ese peso, Saleh? Un guerrero veterano como tú debería saberlo mejor que nadie en este mundo. Las cosas ocurrieron de esa manera porque así tenía que ser. Lo que viste caer… lo que perdiste en el fuego de la guerra… jamás podrás recuperarlo, por más que te tortures la mente. La realidad es fría… exactamente igual que yo.
Dio un paso hacia adelante, dejando que su aura helada envolviera el pasillo.
—Hubo guerra y caos entre nuestros reinos desde tiempos inmemoriales. Cada bando luchaba por proteger su hogar, su gente, su propia nación. Hay acciones de las que simplemente no puedo arrepentirme, porque cumplí con mi deber. Y tú lo sabes muy bien, Saleh. No te culpes a ti solo por las tragedias del pasado. Tengo que ir inmediatamente a ver a mi discípulo —concluyó Angélica con un tono aún más frío y tajante que antes, amagando con avanzar.
Pero en ese preciso instante, Saleh extendió el brazo y la tomó con firmeza del brazo izquierdo para frenar su paso.
Ella se giró bruscamente con una mirada tan penetrante, afilada y despiadada que habría sido capaz de congelar a un dragón en pleno vuelo.
—Suéltame ahora mismo —advirtió con un hilo de voz peligroso.
Sin embargo, al fijar sus ojos en los de Saleh… Angélica vislumbró algo que jamás había visto en aquel temible Rey de la Guerra.
Culpa. Odio desmedido hacia sí mismo. La impotencia devoradora de no haber sido lo suficientemente fuerte en su juventud para proteger a quienes amaba. El peso que Saleh cargaba sobre los hombros era una masa aplastante, infinitamente mayor de lo que cualquier guerrero ordinario podría soportar sin volverse loco. Amigos que una vez rieron a su lado… que bebieron en la misma mesa… que lucharon codo a codo en mil batallas… y que terminaron muertos en el barro, mientras él continuaba respirando.
\* En verdad te odio demasiado, Angélica… él jamás te va a perdonar por las cosas que tú misma has cometido en el pasado.\*
—Lo tendré muy en cuenta, Saleh —dije, mirándolo directamente a los ojos.
En el fondo de mi ser no sentía dolor. Tampoco culpa. A mí me enseñaron a matar desde que tengo uso de razón. Crecí siendo utilizada como una herramienta de guerra, no como una persona con sentimientos. Nunca aprendí a expresar emociones humanas, ni a comprender realmente quién era yo. Nací y me crié en un mundo donde la gente moría a mi alrededor todos los días, donde la miseria devoraba sin piedad a los más débiles… hasta que alguien me recogió del fango y me enseñó las artes para sobrevivir. A vivir a través de las armas. A matar para no ser destruida. Aquellos que me entrenaron vieron algo en mi interior que ningún otro ser fue capaz de percibir: que por dentro no tenía un corazón palpando, que estaba completamente vacía.
Pero así fue como me criaron. Esa es la forma en que fui moldeada. Y no es algo que pueda cambiar a estas alturas. Esa es mi verdadera naturaleza, aunque absolutamente nadie en este mundo sea capaz de comprenderla.
Mi voz se convirtió en un filo de hielo puro:
—Así que te lo repetiré una sola vez más: suelta mi brazo inmediatamente. O, de lo contrario, te aseguro que no vas a querer ver este palacio convertido en un auténtico infierno terrenal.
Saleh no retrocedió ni un solo milímetro. Le respondió sosteniéndole la mirada con la misma furia indomable:
—No me vengas a amenazar, Princesa de Hielo. No vas a querer que el chico nos vea matándonos a duelo en mitad de este pasillo.
—Cierra tu maldita boca —rugí—. Yo conozco perfectamente a ese muchacho, y él sabe mejor que nadie que yo no me ando con rodeos ni juegos.
En la mente de Saleh, el temor comenzó a retorcerse cruelmente. Aquel mocoso… ¿de verdad se había enfrentado y había sobrevivido al entrenamiento de esta mujer desalmada? Las dudas se clavaron como espinas en su pecho. Pensó de inmediato en su esposa. En su amada hija Alefa. En la seguridad de su reino. En la catástrofe que desencadenaría si Angélica llegaba a perder el control de su poder helado en ese lugar.
“No voy a permitir bajo ninguna circunstancia que esta mujer les haga daño”, pensó Saleh apretando los dientes. “Mientras yo siga respirando en este mundo… no dejaré que les toque un solo cabello.”
—Está bien… —murmuró al fin, aflojando la presión de sus dedos hasta soltarle el brazo.
Angélica lo contempló una última vez, dedicándole una mirada capaz de quebrar la voluntad de cualquier ejército.
—Más tarde… tú y mi discípulo van a tener que hablar seriamente. Todavía no has terminado conmigo, Saleh.
—Nos veremos en la cascada del río Nelly. Sé puntual, Angélica.
—No te preocupes en lo absoluto —respondió ella con una frialdad absoluta—. Estaré ahí a la hora pactada.
Dio media vuelta y se retiró por el corredor. Pero tras sus pasos dejó asentado un silencio espeso que dolió en el ambiente más que cualquier herida física.
En lo profundo del pecho de Saleh, algo terminó por romperse.
El elfo bajó lentamente la mirada hacia el relicario que siempre llevaba colgado al cuello. Lo abrió con manos temblorosas y torpes. La pequeña fotografía en su interior resplandeció bajo la luz matutina… Su hermosa hija Alefa. Su amada esposa. La estampa de una familia feliz en un tiempo que no volvería. Un mundo completamente perdido.
Ese único recuerdo era el ancla que lo mantenía aferrado a la vida. Porque, en aquel cruento enfrentamiento del pasado, él debió haber muerto en el campo de batalla. Si continuaba caminando sobre la tierra, era únicamente porque aún sentía el deber sagrado de protegerlas. Y aun así… el destino implacable se había encargado de arrebatarle todo a su paso.
El que sobrevive es siempre el que carga con la herida más profunda. Así se decía a sí mismo en sus noches más oscuras. Así lo sentía en las entrañas.
Sus ojos se humedecieron ligeramente, pero no se permitió derramar una sola lágrima. El dolor lo hundía en un pozo sin fondo, lo consumía por dentro… pero tenía la obligación de seguir adelante. Y si le tocaba morir en el intento… al menos se aseguraría de dejar a alguien lo suficientemente fuerte para proteger este reino de las amenazas venideras.
“Ese chico… ese muchacho se convertirá en un verdadero salvador”, pensó Saleh para sus adentros. “Mi instinto de guerrero veterano me lo grita a voces. Él me superará con creces. Él llegará a ser infinitamente más grande que todos nosotros juntos.”
Una sonrisa triste y rota se dibujó en su rostro ajado por las batallas.
De vuelta en la habitación con Carlos, el ambiente se percibía tenso… pero considerablemente más sereno. Melissa y Alefa habían logrado calmar los ánimos y la hostilidad inicial.
Dejé escapar un largo suspiro de alivio.
—Me alegra enormemente ver que no terminaron matándose a golpes —dije acomodándome la ropa—. Logré evitar un desastre mayor por ahora… aunque estoy consciente de que la próxima discusión no será tan sencilla de contener.
Melissa fue la primera en romper el hielo, dirigiéndose a la elfa con la mirada gacha:
—Lo lamento mucho, Alefa. Por las cosas feas que te dije hace un rato… la verdad me tomó por sorpresa encontrarlos juntos de esa manera, eso fue todo.
—No tienes absolutamente nada por qué disculparte —respondió Alefa dedicándole una sonrisa dulce pero temblorosa—. La verdad… la culpa fue enteramente mía por no buscar un lugar adecuado donde pasar la noche.
Luego, la mirada de Alefa se tornó mucho más suave y reflexiva al fijarse en mí.
—Pero me alegra profundamente que Carlos cuente con alguien como tú a su lado, Melissa. Él es un chico maravilloso… increíblemente amable y noble. Sin embargo, cada vez que lo observo detenidamente… no puedo evitar sentir que carga con una profunda depresión en su interior.
Melissa se quedó completamente rígida en su sitio, palideciendo al instante.
—¿En… en verdad lo ves así? Yo… la verdad no lo sabía. Siempre lo observaba fijamente mirando a través de la ventana en la academia, pero… jamás me pasó por la cabeza que esa mirada fuera de pura tristeza.
Haciendo una pausa, Melissa intentó cambiar ligeramente el tema:
—Por cierto… ¿cómo me dijiste que te llamabas?
—Alefa —respondió la joven elfa con total serenidad.
—Mucho gusto, Alefa. Mi nombre es Melissa. De verdad me gustaría que pudiéramos llegar a ser buenas amigas.
—El gusto es mío, Melissa. Digo exactamente lo mismo —contestó Alefa con una calidez genuina.
Fue entonces cuando me vi en la obligación de intervenir en la conversación:
—Lamento mucho interrumpir su momento… pero Melissa, necesito hablar contigo a solas un segundo.
Alefa captó de inmediato la gravedad en mi mirada. Nos dedicó una sonrisa nerviosa, se despidió de manera un tanto torpe de ambos y cruzó la puerta para dejarnos espacio.
Quedamos únicamente ella y yo en el centro de la habitación.
El silencio que nos envolvió se volvió pesado, denso y sofocante.
—La verdadera razón por la cual te pedí que vinieras hasta aquí… —comencé a decir con un hilo de voz grave y bajo— es porque hay una verdad sumamente dolorosa que debo confesarte. Y es muy probable que termines odiándome con todas tus fuerzas por ello.
Melissa frunció el ceño, completamente confundida por mi tono de voz.
—¿De qué demonios estás hablando, Carlos? No estoy entendiendo absolutamente nada de lo que me quieres decir.
Respiré hondo, sintiendo cómo la garganta me ardía como si hubiera tragado brasas encendidas.
—Yo conocí a tu padre hace un tiempo… Estuve presente en el reino Platinos del Amanecer… en el preciso momento en que esa criatura monstruosa hizo su aparición.
Melissa se quedó petrificada en el lugar. El color abandonó por completo su rostro y una expresión de puro terror se dibujó en sus ojos.
—¿Q-Qué fue lo que dijiste…? Acaso… ¿tú estabas ahí? ¿Tú…?
Continué hablando, a pesar de que cada palabra me destrozaba la garganta y me desgarraba el alma por dentro:
—Sí, Melissa… yo estuve ahí y vi con mis propios ojos cómo tu padre dio valientemente su vida para protegernos a todos. Hay una historia terrible detrás de todo eso… y por esa misma razón es que yo…
La bofetada resonó con una fuerza seca en la habitación antes de que pudiera terminar la frase.
Mi rostro ardió al instante por el impacto, desviándome la cabeza hacia un lado.
—¡¿Cómo fuiste capaz de ocultarme algo semejante, Carlos?! —gritó Melissa con la voz completamente rota por el llanto y la rabia—. ¡Tú no tienes la menor idea de cuánto sufrí todo este tiempo! ¡Mi padre lo era todo para mí… era mi vida entera! ¡Y tú… tú te quedaste callado viendo cómo me ahogaba en la duda! ¡¿Por qué, Carlos?! ¡¿Por qué carajos me hiciste una cosa así?!
Sus ojos se inundaron de lágrimas gruesas que comenzaron a rodar sin control por sus mejillas.
—Yo… yo de verdad había depositado toda mi confianza en ti…
Continuará.

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Capítulo 93
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Estás leyendo el capítulo 92 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 25 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 351 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.