Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 86 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
El sol brillaba en todo su esplendor sobre la capital del Reino de los Elfos. La ciudad entera estaba envuelta en un ambiente festivo: risas cristalinas, melodías ejecutadas con arpas y flautas de madera ressonaban entre las avenidas, y el aire estaba impregnado de un delicioso aroma a comida callejera, especias exóticas y frutas acarameladas.
Carlos caminaba a paso tranquilo junto a Alefa a través del concurrido mercado. A simple vista, todo parecía una escena cotidiana y pacífica… hasta que ella se detuvo un instante y lo observó con detenimiento. Fue apenas una fracción de segundo, pero resultó ser más que suficiente para que la joven elfa sintiera una sacudida extraña en el pecho.
Los ojos de Carlos… Algo en la profundidad de su mirada no encajaba. Esa frialdad distante, esa sombra abismal no era normal en la mirada de un niño de su edad. Era la mirada trágica de alguien que ya lo había perdido absolutamente todo en la vida.
¿Qué es esto que siento…?, pensó Alefa, sintiendo cómo los latidos de su corazón se aceleraban de golpe. ¿Acaso estoy presenciando a alguien que está sufriendo terriblemente por dentro? ¿Cómo es posible que alguien tan joven… tenga una mirada tan trágica y rota?
Llevada por un impulso involuntario y la necesidad de sostenerlo en este mundo, estiró el brazo y le tomó la mano con firmeza. Sin darle tiempo a reaccionar, lo atrajo hacia ella y lo envolvió en un abrazo cálido.
Carlos se quedó completamente rígido en su sitio, helado como una estatua.
—¿¡Q-qué demonios estás haciendo, Alefa!? —preguntó él, parpadeando con evidente confusión y desconcierto.
La elfa rompió el abrazo de inmediato y apartó la cara, intentando ocultar con sus manos el rubor ardiente que le cubría las mejillas.
—¡N-nada que a ti te importe, idiota! —respondió con un tono brusco pero evidentemente nervioso. Dio unos pasos apresurados hacia adelante para tomar distancia y añadió en un susurro casi inaudible—: En fin… ¿vamos a buscar algo de comer a los puestos de comida o qué?
Carlos parpadeó un par de veces, frotándose la nuca con incredulidad. ¿Qué demonios le habrá pasado de pronto…?, reflexionó en silencio. Es la primera vez en todo el tiempo que la conozco que la veo actuar de esta forma tan extraña… pero en fin. Supongo que es hora de intentar disfrutar de este día.
Caminando por el festival
Ambos avanzaron codo a codo por el concurrido paseo. La multitud de ciudadanos elfos se abría sutilmente a su paso, dedicándoles inclinaciones de cabeza cargadas de un respeto solemne. La mayoría de los habitantes reconocía de inmediato la silueta de Alefa como la sobrina de la Casa Real y la hija de uno de los guerreros más ilustres de su historia.
Carlos percibía cada una de esas miradas de reojo y los murmullos respetuosos, sintiéndose un poco desubicado en medio de tanta etiqueta. Alefa, en cambio, se desplazaba con una gracia natural, acostumbrada desde la infancia a ser el centro de atención de su pueblo.
—¡Bienvenidos sean a mi humilde puesto! —los saludó cordialmente un comerciante elfo con una sonrisa algo nerviosa al reconocer a la joven noble—. ¿Qué se les ofrece llevar el día de hoy?
Alefa echó un vistazo a la colorida exhibición de dulces tradicionales. Luego, respondió con tono afable:
—Solo pasábamos a buscar unas manzanas acarameladas… ¿podría darme dos, por favor?
—¡Por supuesto que sí, de inmediato! —asintió el comerciante haciendo una rápida reverencia.
Sin embargo, antes de darse la vuelta para preparar el pedido, la mirada del vendedor se posó por un instante en el rostro de Carlos. Al ver la sombra implacable que cubría sus ojos, sintió un escalofrío recorriendo su espalda; era exactamente como contemplar un cielo gris y encapotado justo antes de la llegada de una tormenta devastadora.
Definitivamente, algo muy oscuro habitaba dentro de ese muchacho humano.
La pregunta silenciosa
Alefa observó a Carlos de reojo. El chico mantenía la vista fija en el suelo de piedra, como si cargara sobre los hombros un peso invisible capaz de aplastar a un ejército entero.
Ella, manteniendo la vista al frente pero con la mente fija en él, se cuestionó en la soledad de sus pensamientos: ¿Quién eres realmente, Carlos? ¿Por qué tus ojos me hacen sentir que estás tan lejos… tan ridículamente distante de este lugar?
Por un momento, tuvo el impulso instintivo de sujetarlo del hombro y exigirle una explicación franca. Pero prefirió guardar silencio, apretando sutilmente su puño contra la tela de su vestimenta.
Quizás… este chico no es tan sencillo ni tan transparente como pretende aparentar.
El recuerdo en la manzana caramelada
El dueño del puesto no tardó en regresar con las dos manzanas acarameladas enmarcadas en un brillo cristalino y apetitoso. Se las entregó a Alefa con una leve inclinación, y ella se giró hacia Carlos, esforzándose por mostrar una sonrisa liviana.
—Oye… ¿en qué tanto estás pensando, niño dolido? —le espetó en un tono burlón, aunque sus ojos delataban una sincera preocupación.
Carlos frunció ligeramente el ceño y guardó silencio durante varios segundos antes de articular palabra. Finalmente, forzó una calma impecable en su voz para esconder la marejada interna que lo sacudía:
—No es nada relevante, Alefa. Solo estaba distraído divagando sobre algunas cosas, así que no te preocupes por mí.
La elfa achicó la mirada, analizándolo detenidamente como si estuviera intentando descifrar un lenguaje cifrado.
—¿Estás seguro de eso? Te noto… completamente diferente.
Carlos dibujó una sonrisa en sus labios. Sin embargo, fue un gesto ensayado, una máscara de amabilidad obligatoria. Tuvo que hacerlo; no podía permitirse que ella continuara indagando en sus cicatrices.
Porque al posar sus ojos sobre la manzana acaramelada, el pasado lo golpeó con la violencia de un tsunami.
Angélica…
Aquel mismo dulce. Aquel mismo festival en su vida pasada. Aquel preciso e inolvidable instante.
Pero ahora… el recuerdo dolía hasta la asfixia.
Sintió un deseo abrumador de derrumbarse a llorar, de gritarle a la nada por la injusticia de su destino. Pero se obligó a tragarse el nudo en la garganta y enterrar el dolor en lo más profundo de su alma. Alefa estaba haciendo un esfuerzo genuino por alegrarle el día y sacarlo de su aislamiento. Y si alguien le brindaba su afecto de forma tan transparente, él tenía el deber de responder con gratitud, no con lamentos.
—Oye, Alefa… —dijo de pronto, rompiendo la tensión e intentando cambiar drásticamente el rumbo de la conversación—: ¿Crees que podrías enseñarme más a fondo tu reino? Me da bastante curiosidad conocer sus historias y sus rincones.
Ella parpadeó sorprendida ante el cambio de actitud, para luego esbozar una sonrisa cargada de una alegría limpia y radiante.
—¡Por supuesto que sí! Eso no representa ningún problema —respondió sin dudarlo.
Le tomó la mano firmemente y comenzó a tirar de él, echando a correr entre la multitud mientras reía como si la tristeza no tuviera cabida en el universo.
—¡Para mí jamás será una molestia mostrarte mi hogar! —exclamó ella con entusiasmo mientras lo guiaba por las calles iluminadas.
Carlos la contempló en silencio mientras corría tras sus pasos. Se sintió confundido, pero reconfortado por un calor reconfortante en el pecho. Por un breve respiro, el dolor abrasador se adormeció, dejando espacio para un sentimiento que creía extinto en su corazón: esperanza.
Pasaron horas enteras recorriendo cada rincón de la deslumbrante capital elfa. Alefa le explicó las costumbres de su gente, compartiendo relatos antiguos como si le estuviera entregando fragmentos valiosos de su propia identidad. Carlos escuchó con atención, fascinado por la riqueza del lugar, pero hubo un enclave particular que capturó su atención muy por encima de los demás.
El Bosque del Destino.
Se detuvo en la frontera de aquél frondoso dominio, observando los inmensos árboles milenarios en absoluto silencio. Era como si el bosque le susurrara en un lenguaje sin palabras. Avanzó con lentitud sobre el lecho de musgo y hojas caídas; el viento soplaba suavemente entre las copas altas, haciendo que la luz del sol se filtrara en haces dorados y espectaculares. La atmósfera rebosaba de una paz imponente… una calma casi sobrecogedora.
Poco después, percibió el sonido de unos pasos ligeros acercándose por detrás. Alefa caminaba hacia él con un matiz de timidez en la mirada. Se detuvo a escasos metros de su posición.
—Este es… el legendario Bosque del Destino —habló ella en voz baja.
Una brisa cálida cruzó entre ambos, mecía sus ropajes como si la naturaleza misma estuviera atenta a sus palabras.
—Mis padres decidieron llamarlo así… —continuó la elfa con ternura— porque fue en este preciso lugar donde cruzaron sus miradas por primera vez. Cuentan las historias que el cielo de aquel día tenía exactamente el mismo brillo radiante que podemos contemplar hoy.
Alefa avanzó unos pasos, superando la posición de Carlos para luego girarse despacio hacia él. Sus ojos resplandecían con un afecto que él no le había visto expresar jamás. Mantenía las manos entrelazadas detrás de la espalda mientras el viento jugaba suavemente con sus largos cabellos.
—Cada vez que me he sentido triste o desbordada… siempre he venido a este sitio —susurró ella—. Es el único lugar en todo el reino donde puedo respirar en paz sin sentir miedo a nada.
Lo miró tan de cerca que Carlos pudo percibir la calidez de su presencia. La voz de Alefa tembló levemente al añadir:
—Me alegra enormemente haberte conocido, Tanaka Sánchez… —sus ojos brillaron con un cariño indescriptible—. Durante mucho tiempo no tuve a un verdadero amigo con quien compartir mi vida. Pero tú apareciste en mi camino justo cuando… yo sentía que lo había perdido absolutamente todo.
Un nudo apretado se formó en la garganta de Carlos.
—Gracias a tu intervención… pude regresar al lado de mi familia —continuó ella acercándose un poco más, hasta que su respiración tibia rozó la oreja del chico—. Aunque mi madre estaba aterrorizada al principio, logré explicarle todo con claridad. Le conté que un joven extraordinario me había rescatado de una existencia miserable… una vida que estaba a punto de destruirme.
El viento pareció congelarse en el aire. Las palabras de Alefa descendieron a un susurro lleno de convicción:
—Esto no fue una simple coincidencia… Fue una obra inequívoca del destino.
Un silencio místico envolvió la arboleda. El bosque entero parecía ser testigo directo de sus palabras.
De pronto, rompiendo la tensión con una sonrisa juguetona, Alefa soltó una carcajada:
—Pero si te da curiosidad explorar más a fondo este lugar… puedo ser tu guía para evitar que te pierdas sin remedio, niño desorientado.
—¡Oye, no te burles de mí! —replicó Carlos fingiendo indignación, aunque la soltura de sus ojos lo delatara—. Además… no soy tan inepto como para perderme en un bosque.
El Bosque del Destino era inconmensurable y acogedor. El ambiente irradiaba una vitalidad mágica pura: criaturas etéreas y luminosas revoloteaban entre la vegetación, mientras aves de plumaje resplandeciente cruzaban por encima de copas de árboles gigantescos. Era un paisaje de una belleza tan irreal que, por un segundo, Carlos pensó que no le importaría quedarse allí para siempre.
—Está bien… sigamos avanzando entonces —sugirió él.
Alefa se detuvo de golpe. Un leve rubor cubrió de nuevo sus mejillas y empezó a juguetear nerviosamente con sus dedos.
—¿A-ahora mismo? ¿Hablas en serio sobre profundizar más en el bosque?
—Por supuesto… ¿o acaso tienes miedo, niña presumida?
—No es miedo lo que siento… —musitó ella con la voz quebrada—. Es solo que… presiento que en lo profundo de este lugar… se encuentra mi padre.
El ambiente cambió drásticamente en un segundo. El viento suave se transformó en una corriente gélida y violenta; las hojas de los árboles dejaron de balancearse con dulzura.
Algo inmenso y temible acechaba desde la espesura. Algo que los observaba fijamente.
—Tienes toda la razón… —dijo Carlos en un murmullo helado, cambiando por completo su postura—. Tu padre está aquí. Puedo sentir su presencia con absoluta claridad. Y debo decir… que este aura es profundamente opresiva.
Carlos cerró los ojos, concentrando todos sus sentidos.
El espacio entero vibró, como si la arboleda estuviera conteniendo la respiración ante lo que se avecinaba. Las sombras proyectadas por los troncos se retorcieron de forma anómala.
Y entonces, el ataque ocurrió.
Una lanza bañada en un resplandor dorado atravesó la maleza a una velocidad aterradora, silbando como un rayo divino con una presión mágica implacable. Carlos, actuando por puro instinto refinado en mil batallas, extendió la mano y sujetó el astil de la lanza a milímetros de que traspasara su posición.
—¡Ven a mí… Lanza de la Naturaleza: ANOCHECER! —bramó una voz imponente desde la oscuridad.
El mana de Carlos detonó a su alrededor en una onda expansiva salvaje. La lanza dorada se liberó de su agarre impulsada por una fuerza descomunal, mientras la luz y la sombra del bosque se distorsionaban en un vórtice mágico.
Ante los ojos atónitos de Alefa, decenas de condensaciones de luz solar se materializaron en el claro, dando forma a múltiples clones perfectos del mismo guerrero imponente. Todos y cada uno de ellos apuntaban sus mortales lanzas directamente hacia la posición de Carlos y Alefa.
Él no iba a permitir que le tocaran un solo cabello a la chica.
—¡Teletransportación Arcana! —exclamó Carlos a pleno pulmón.
Con un destello cegador, una serie de barreras rúnicas de aislamiento espacial se desplegaron alrededor de Alefa, blindándola por completo. Las lanzas lanzadas por las réplicas cortaron el aire con furia mortal, pero al chocar contra el campo de distorsión de Carlos, se desvanecieron instantáneamente, siendo redirigidas y teletransportadas hacia un sector deshabitado del bosque.
Alefa se quedó petrificada en su lugar, con el corazón en la garganta ante el despliegue de poder.
Desde la densidad de las sombras caminó con paso firme la silueta del responsable.
Saleh.
Sus ojos plateados eran fríos e implacables; su mirada, tan afilada como el filo de una guadaña.
—Ese mocoso posee un talento y un potencial sencillamente astronómicos… —musitó el Rey de la Guerra para sí mismo—. Tal vez… sea él a quien he estado buscando durante todos estos años.
En un parpadeo, Saleh desapareció.
Velocidad absoluta, fuera del alcance de la vista humana.
Carlos sintió la presencia asesina materializarse justo a su espalda. Impulsado únicamente por sus reflejos sobrehumanos, giró sobre su propio eje en una milésima de segundo, esquivando la estocada inicial y reapareciendo detrás del veterano guerrero mediante una micro-teletransportación.
¡Un golpe certero y brutal impactó de lleno!
El Bosque del Destino retumbó ante la onda de choque resultante.
Saleh se detuvo tras amortiguar el impacto… y en su rostro curtido se dibujó una sonrisa. Una expresión de auténtica fascinación que nadie en el reino elfo le había visto jamás.
—Magnífico… —articuló Saleh con una voz profunda que hizo vibrar el suelo—. Al fin te he encontrado… mi futuro discípulo.
El silencio volvió a instalarse momentáneamente. El viento retoma su curso. El legendario bosque acababa de ser testigo de una elección histórica.
—Veamos si eres capaz de esquivar la siguiente técnica… —murmuró Saleh antes de disolverse en un destello dorado.
La figura del monarca reapareció a una distancia considerable. Alzó su lanza majestuosa hacia las alturas, y al instante, múltiples orbes de energía naranja brillante comenzaron a orbitar a su alrededor, girando a velocidades vertiginosas como si fueran cometas desatados.
—¡Primera técnica… Golpe Arenero de Aceros!
El aire detonó con una fuerza destructiva. La velocidad del proyectil superaba los límites de la física común.
Carlos ni siquiera abrió los ojos. Dejó que su percepción sensorial guiara cada uno de sus músculos. Respiró hondo, sintiendo el flujo de mana del enemigo integrarse con la brisa.
En un movimiento fluido, desenvainó su arma.
—¡Sangrienta… despierta!
La espada en su mano mutó instantáneamente. Una ráfaga encadenada de cortes múltiples se desplegó alrededor de Carlos, creando un torbellino infranqueable de filo y energía vital. Las técnicas de ambos colisionaron con un rugido ensordecedor. Anticipando el impacto, Carlos ya había desplegado con anterioridad una barrera protectora de amplio alcance para aislar la arboleda; a pesar de que el aire vibraba con una intensidad sísmica, ni una sola hoja de los árboles milenarios sufrió daño alguno.
De entre las sombras remanentes, irrumpió una figura amenazante.
Saleh emergió desde las profundidades de la maleza, con su lanza rugiendo cargada de poder destructivo. El choque brutal proyectó a Carlos varios metros hacia atrás, obligándolo a maniobrar a la defensiva y bloquear con precisión milimétrica cada uno de los embates encarnizados del Rey de la Guerra. La fuerza tras cada golpe era monstruosa. Su estilo de combate le trajo a Carlos un recuerdo instantáneo…
Kenzo. Uno de los legendarios Tres Reyes de la Lanza.
Aquel recuerdo encendió una chispa de competitividad en la sangre de Carlos.
—¡Sangrienta… cambio de forma!
El arma en sus manos volvió a mutar, convirtiéndose en una impresionante lanza carmesí que parecía latir con vida propia, sedienta de combate.
Saleh abrió los ojos de par en par, genuinamente conmocionado.
—¿Esa arma es capaz de… alternar su estructura a voluntad? ¿Semejante reliquia existe en verdad? Carlos, posees una aptitud que jamás he presenciado en ningún guerrero a lo largo de mi vida…
Hizo girar su lanza por detrás de la espalda con maestría absoluta. Sus ojos ardían con el fuego de la batalla.
—Dime algo, muchacho… ¿Acaso sabes dominar el arte de la lanza? ¡No me decepciones! ¡Demuéstrame tu auténtico valor como guerrero!
Carlos no se molestó en responder con palabras.
Simplemente se desvaneció de la realidad.
Reapareció instantáneamente a una distancia ventajosa y lanzó su ofensiva:
—¡Dios del Rayo!
Ambos guerreros colisionaron en el aire en un choque frontal. Las lanzas se entrelazaron en una espiral de chispas y energía pura. El claro del bosque solo devolvía el sonido metálico de los impactos, el crujido del viento cortado y el pulso interno de la naturaleza observando el duelo.
Alefa contemplaba la escena desde el interior de la barrera con una mezcla de pavor y admiración absoluta.
Esto es algo que jamás pensé presenciar…, pensó la elfa con la mirada fija en el muchacho. No solo está siendo capaz de seguirle el ritmo a mi padre… lo está igualando en técnica. No… lo está superando.
Conforme el intercambio se intensificaba, los movimientos de ambas lanzas se convirtieron en un reflejo especular de precisión y letalidad.
Se separaron tras un último choque de fuerza.
Saleh sonrió de nuevo. Una sonrisa peligrosa y llena de expectación.
El destino ya lo había decretado: Carlos era el elegido. El futuro discípulo del Rey de la Guerra. El destinado a convertirse en el protector supremo de Starwhisper.
Pero Carlos no tenía la menor intención de frenar su impulso.
Concentró su gigantesca reserva de mana. Tuvo la intención de ejecutar el Corte Mundial, pero desestimó la idea al calcular que la potencia del ataque destrozaría la barrera protectora y devastaría el bosque de Alefa. Desapareció una vez más en el espacio, reapareciendo en un ángulo ciego para lanzar una estocada definitiva… pero la lanza de Saleh interceptó la suya como si hubiera predicho el movimiento con minutos de antelación.
—Debo reconocerlo con honestidad… —admitió Saleh, acomodando su arma sobre el hombro con elegancia—: por un instante me has hecho sentir como si estuviera enfrentando a mi propio ser de la infancia.
La mirada del viejo monarca se volvió severa y su voz recuperó un tono aleccionador:
—Sin embargo… aún te queda un camino ridículamente largo por recorrer.
Carlos intentó responder, pero en ese preciso instante, algo despertó en el núcleo de su ser.
Su flujo de mana estalló hacia el cielo como el rugido de una bestia primigenia.
—¡Dragón Celeste… de la Lanza de los Mil Dioses!
Cada estocada posterior retumbaba como un trueno seco. Cada giro de su lanza desataba un huracán de energía concentrada. La lanza carmesí rugía en sus manos, ganando un poder abrumador con cada rotación de su cuerpo.
Saleh, lejos de amedrentarse, sonrió con sincero orgullo.
La verdadera prueba de fuego… no había hecho más que comenzar.
Continuará.

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The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 86
Estás leyendo el capítulo 86 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 25 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 351 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.