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Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 85 online gratis en español

🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Punto de vista de Angélica — Mundo paralelo Han pasado varios años desde aquel fatídico día en que el cuerpo de Carlos se quedó sin vida entre mis brazos. Aún hoy en día, cuando la noche cae y el silencio de la casa me envuelve, me cuesta procesar todo lo que sucedió. Ocurrió tan rápido… con una violencia tan absurda que mi mente simplemente se negó a aceptarlo en su momento. Cuando me enteré de lo que David y sus secuaces planeaban hacerle, mi instinto me hizo correr sin pensarlo dos veces. Corrí con todas las fuerzas que me quedaban, con el corazón en la garganta y un mal presagiar oprimiéndome el pecho. Pero cuando por fin logré llegar al callejón… ya era demasiado tarde. Lo vi allí, acorralado. Vi a Carlos defendiéndose como podía, usando hasta la última gota de sus fuerzas mientras aquel grupo lo agredía de una forma brutal y despiadada. Aquella vez… las bromas crueles y el acoso escolar cruzaron una línea de la que no habría retorno. Cuando uno de ellos sacó un cuchillo y la hoja de metal brilló bajo la tenue luz del alumbrado público, cualquier duda se disipó en un segundo: no querían amedrentarlo, querían matarlo. Jamás imaginé presenciar una escena tan desgarradora en mi vida. En medio del caos, ensangrentado y apenas manteniéndose en pie, Carlos giró la cabeza hacia donde yo estaba. Con una mirada profundamente herida, pero llena de una determinación desgarradora, murmuró entre dientes: —No puedo dejar que estos tipos te pongan una sola mano encima, Angélica… tengo que mantenerte a salvo como sea. Bajó la mirada un instante, respirando con dificultad mientras la sangre goteaba sobre el pavimento húmedo. Aun con la voz quebrada por el dolor físico, agregó en un murmullo: —Aunque no logre ganar esta pelea… no importa si muero hoy aquí. Mientras ella esté a salvo… yo podré descansar en paz. Sentí un golpe seco y demoledor directo en el pecho. Quería abalanzarme para salvarlo, quería gritar hasta romperme la garganta, quería hacer algo, lo que fuera… pero mis piernas estaban completamente paralizadas, como si se hubieran transformado en bloques de piedra. Carlos siempre fue una persona reservada respecto a su vida privada. Había aspectos de su entorno que jamás llegué a comprender del todo: cómo vivía realmente en la intimidad de su hogar, el grado de sufrimiento con el que cargaba a diario en silencio. Y a pesar de todo ese dolor acumulado, jamás me dejó sola. Siempre estuvo ahí para mí. Me apoyaba en cada decisión, escuchaba mis problemas sin juzgarme y me abrazaba con una ternura tal que me hacía sentir como la persona más especial y valiosa de su universo. Yo nunca entendí del todo el concepto del romance ni las complejidades del amor… pero en más de una ocasión, al mirarlo a los ojos, me preguntaba en secreto si él alguna vez llegó a sentir algo profundo por mí. Él era atento, ridículamente amable y siempre estaba dispuesto a extenderle la mano a quien lo necesitara. Era inteligente, bondadoso… y cada vez que mi vida se volvía oscura o difícil, él aparecía para darme luz. Fue precisamente por eso que siempre intenté no involucrarlo demasiado en mis problemas personal de forma directa. Tenía miedo. Un terror constante y abrumador… el miedo paralizante de que, por mi culpa, alguien terminara haciéndole daño. Tal vez… está bien que yo sea el que sufra, parecía pensar él siempre a través de sus acciones. Porque… ¿a quién demonios le importa lo que me pase a mí? El mundo en el que vivimos es innegablemente cruel e injusto… pero también nos demuestra que existen personas extraordinarias, seres que deciden quedarse firmes a tu lado sin importar la tormenta ni las consecuencias. Carlos era esa persona. Y entonces… mientras el dolor amenazaba con derribarlo, me dedicó una sonrisa. Una sonrisa tan trágicamente triste como hermosamente sincera, y me dijo: \> —Angélica… ¿podrás perdonarme por lo que voy a hacer a continuación? \> Antes de que pudiera articular una sola palabra para detenerlo, él sacó fuerzas de donde ya no existían y se levantó una vez más. Se puso de pie frente a mí para actuar como mi escudo protector. Una última vez. Pero esta vez… el destino ya había sellado las cosas. David, cegado por la rabia y la cobardía al verse acorralado, sacó un arma de fuego de entre sus ropas y, sin dudar un instante, apretó el gatillo disparándole a Carlos directamente al pecho. El estruendo resonó en el pasaje como un trueno mortal. —¡Te dije que te iba a matar, hijo de perra! —rugió David con voz desencajada, antes de darse la vuelta y huir cobardemente junto a los demás por la oscuridad del callejón. Carlos comenzó a desplomarse sobre las frías piedras del suelo, como si el mundo entero se estuviera resquebrajando en el más absoluto e imperdonable silencio. Corrī desesperadamente hacia él, cayendo de rodillas y tomándolo firmemente entre mis brazos. Acomodé su cabeza sobre mi regazo mientras la mancha roja en su camisa se expandía con una rapidez aterradora. Sus ojos, apagándose por momentos, buscaban desesperadamente encontrarse con los míos. —Supongo que… este es mi final… ¿no? —susurró con un hilo de voz apenas audible. Mientras pronunciaba esas palabras, observándole el rostro marcado por la palidez de la muerte, pensé que jamás en toda mi vida lo había visto lucir tan extremadamente frágil… y al mismo tiempo, tan desgarradoramente hermoso. —Es una verdadera lástima que todo tenga que terminar de esta forma… —agregó, esbozando una pequeña sonrisa llena de melancolía—. Tal vez ocurrió porque siempre fui demasiado débil… ¿no lo crees así? —¡No digas esa estupidez! —le respondí rompiendo en un llanto incontrolable mientras intentaba presionar la herida con mis manos temblorosas—. ¡Tú hiciste todo lo que estuvo a tu alcance para sobrevivir en este mundo tan cruel! ¡Yo intenté avisar! ¡Se lo dije a los profesores… hablé con los directores de la escuela! ¡Pero todos me ignoraron! ¡Te fallé, Carlos… soy yo la que lo siente tanto! —¿Por qué habrías de disculparte… si tú nunca hiciste nada malo? —me contestó con una dulzura que me rompió el alma—. Gracias… por haber sido mi amiga de la infancia. De verdad… muchas gracias por haber existido en mi vida, Angélica. —¡Por favor, resiste! ¡No me dejes! —le supliqué con la voz destrozada. Pero al observarlo detenidamente, me di cuenta de que la luz en sus ojos comenzaba a extinguirse. Sus ojos… siempre tan profundos, tan llenos de vida y comprensión… Nuestras miradas se entrelazaron por última vez en esta tierra. Él cerró las pestañas muy lentamente, dejando escapar un suspiro débil. Justo antes de que la penumbra total lo alcanzara por completo, desvió por un milisegundo la vista hacia el firmamento, observando la luna llena que brillaba en lo alto. —Es tan hermosa… como tú. Haciendo un esfuerzo sobrehumano, levantó una mano temblorosa y la apoyó delicadamente sobre mi mejilla. El calor de su piel se evaporaba rápidamente. Sonrió por última vez. —Espero que seas capaz de encontrar tu felicidad… Angélica. Por favor, sé fuerte. Tal vez… nos volvamos a ver en otra vida. Y si ese día llega a existir… quiero que me llames por mi nombre con voz fuerte… y yo… estaré enormemente feliz de volverte a ver… —¡CARLOS! —grité con todas las fuerzas de mis pulmones mientras un mar de lágrimas ardientes caía sin control sobre su rostro inmóvil—. ¡No te vayas! ¡Quédate a mi lado! ¡Por favor, te lo pido! ¡Por favor! ¡No puedo seguir viviendo en este mundo sin ti! Mi voz se quebró en mil pedazos, disolviéndose en el aire frío de la noche. —¡Dios mío… no me lo quites! —imploré al cielo entre sollozos—. ¡Es la única persona a la que he amado con toda mi alma! Los recuerdos de nuestra infancia juntos comenzaron a agolparse en mi mente mientras apretaba su cuerpo inerte contra el mío. Sus ojos se cerraron definitivamente… y sentí cómo una parte de mi propia alma se apagaba para siempre junto a él. \> ¿De qué sirve esforzarse tanto en la vida… si al final lo único que consigues es ver morir ante tus propios ojos a la persona que más amas en este mundo? \> Golpeé el suelo de concreto una y otra vez con los puños cerrados, hasta hacerme daño. Lloraba con una mezcla tóxica de impotencia, rabia desmedida y un odio puro que jamás creí capaz de experimentar. —¡Es mi culpa! —grité hacia la nada en medio de la oscuridad—. ¡Todo es por mi puta culpa! Por no haber sido más fuerte, por no haber actuado antes, él terminó muriendo entre mis brazos. Y lo peor de todo… el castigo más cruel que la vida me impuso, fue que jamás pude llegar a confesarle de frente lo mucho que lo amaba. La muerte me lo arrebató sin piedad. Y ahora que él ya no estaba, la existencia entera había perdido absolutamente todo su sentido. “Espero que encuentres tu felicidad.” Esas habían sido sus últimas palabras de despedida. ¿Cómo se suponía que pudiera volver a sonreír o ser feliz alguna vez… si él era la única razón por la cual mi oscuro mundo tenía luz? Carlos… te extraño tanto que me quema el pecho. Yo… sigo amándote con la misma intensidad que el primer día. Y serías capaz de darme cuenta de que daría mi propia vida sin dudarlo solo por volverte a ver un segundo. A lo largo de todos estos años, lo único que ha quedado en mi interior es un vacío estéril y helado. Jamás seré capaz de superar o dejar atrás un amor de la magnitud del tuyo. He ido a visitarte al cementerio incontables veces, desmoronándome en llanto cada vez que paso mis dedos sobre las letras grabadas con tu nombre en esa fría piedra de granito. Y hoy… después de tanto tiempo sumida en la miseria, me he dado cuenta de que solo me queda una opción plausible. Iré a buscarte. No me importa el precio que tenga que pagar, ni si tengo que cruzar al mismísimo más allá para encontrar tu rastro. Porque antes de reunirme contigo… debo asegurarme de vengar tu injusta muerte. El silencio en la habitación pesaba como una losa de cemento. El cuarto estaba sumido en una penumbra casi absoluta, apenas iluminado por la tenue y pálida luz de la luna que se filtraba pacientemente a través de las cortinas de la ventana. Angélica temblaba de pies a cabeza, recostada de lado sobre su cama. Sus manos apretaban con desesperación contra su pecho un pequeño peluche desgastado; era el regalo que Carlos le había obsequiado con tanto esmero el día de su cumpleaños número catorce. Aquel objeto, que alguna vez le trajo un confort incalculable, ahora era un recordatorio doloroso de todo lo que le había sido arrebatado. Este dolor jamás se irá… pero en verdad… ¿está bien que yo continúe con esto? Las palabras no lograron salir de su garganta, que se sentía nudosa y seca. Solo dejó que un suspiro helado hablara por ella. Las lágrimas continuaron cayendo en silencio, mojando la tela del peluche mientras lo abrazaba con una fuerza casi enfermiza, intentando en vano aferrarse al fantasma del calor de Carlos. El día que él le dio ese regalo había sido, sin lugar a dudas, el día más feliz de toda su vida. Era él. Siempre había sido únicamente él. El único ser humano con el que alguna vez soñó despierta con formar un hogar, construir una vida normal y envejecer juntos… Pero todos esos anhelos juveniles no eran más que una herida abierta que supuraba veneno a diario. —Es una verdadera lástima… ¿no es así? —susurró con la voz completamente rota y afónica. Levantó la cabeza y miró fijamente hacia el techo, como si esperara recibir una señal divina desde las alturas. ¿Qué le diría él si la viera en este estado deplorable? Fue entonces cuando, en medio del silencio, el eco de la voz de Carlos resonó con una claridad pasmosa en su memoria. Una voz que recordaba siempre cálida, honesta y reconfortante: \> —No importa lo que pase… si hay algo que realmente necesitas decirme, puedes hacerlo desde lo más profundo de tu corazón. Yo siempre voy a estar ahí para ti cuando lo necesites. \> Y junto a ese recuerdo, vinieron también aquellas palabras que juró jamás olvidar: \> —No te sientas sola, Angélica. Recuerda que siempre hay personas que se preocupan por ti y te están observando. Al principio sentirás miedo… o pensarás que inevitablemente algo malo va a suceder. Pero nunca… escúchame bien, nunca debes perder la esperanza. \> Siempre fuiste tan ridículamente bueno conmigo… Siempre creyendo en mí, incluso cuando ni yo misma era capaz de hacerlo… Pero yo… yo no fui lo suficientemente fuerte como para protegerte. Angélica apretó los puños con una fuerza desmedida. La presión de sus dedos fue tal que terminó soltando el peluche, dejándolo caer irremediablemente hacia el suelo. Las lágrimas que brotaban de sus ojos dejaron de ser un reflejo de pura tristeza. En un instante, la pena se transformó en un fuego devorador, un resentimiento volcánico que amenazaba con consumirlo todo a su paso. —Me siento jodidamente sola sin ti a mi lado… —susurró, mientras un temblor oscuro y amenazante se apoderaba de su mirada—. Y es exactamente por esa razón… por la que voy a ir a buscarte. No me importa cuánto tiempo me tome, ni los sacrificios que deba realizar. Se sentó despacio en el borde de la cama. Las hebras de su cabello desordenado le cubrían parte del rostro, pero por entre la cortina de pelo sus ojos brillaban con una intensidad aterradora. Frente a ella, sobre la mesa de noche, descansaba una pequeña fotografía enmarcada de ambos cuando eran apenas unos niños. En ella aparecían sonriendo a la cámara, inocentes, llenos de vida y completamente ajenos a la tragedia que los aguardaba en el futuro. Extendió la mano y tomó el retrato con una delicadeza casi ritual. Cuando volvió a hablar, su tono de voz había experimentado una metamorfosis radical. La chica frágil y deshecha por el llanto había desaparecido por completo. En su lugar, algo nuevo, oscuro y profundamente peligroso había tomado el control. —Ya nada en este miserable mundo me importa… —murmuró con una frialdad matemática que helaba la sangre—. Voy a masacrar a cada uno de los bastardos que me arrebataron al único hombre que he amado en esta vida. Sus ojos, secos de lágrimas, brillaban ahora con una determinación sanguinaria. —Los haré experimentar un auténtico infierno en la tierra. Se los haré pagar con creces… uno por uno. Sin piedad. Sin excepciones. Sus dedos temblaron levemente mientras acariciaban el rostro sonriente de Carlos a través del cristal del marco. Una pequeña sonrisa, deformada por la locura del duelo y la sed de venganza, se dibujó lentamente en sus labios. La noche afuera parecía guardar un silencio respetuoso y sombrío ante su juramento. La mirada de Angélica, antes cálida y dulce, era ahora la de una depredadora despojada de todo rastro de humanidad. El amor puro que no pudo salvar a Carlos… acababa de convertirse en un fuego devastador que reduciría todo a cenizas. Continuará.
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The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 85

Estás leyendo el capítulo 85 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 25 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 351 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.