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Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 84 online gratis en español

🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Carlos aún sentía el cuerpo completamente entumecido. Los restos de la descarga eléctrica le recorrían la piel como pequeños latigazos invisibles, un molesto eco del rayo que acababa de golpearlo y que lo había dejado flotando, más tonto y desorientado de lo habitual. El agua helada del río lo mecía con suavidad mientras permanecía boca arriba, apenas consciente de su entorno. Una voz suave irrumpió en medio del murmullo del agua. —¿Por cuánto tiempo… te quedaste mirándome, Alefa? —preguntó Carlos, con la voz rasposa y una clara mueca de vergüenza en el rostro. La elfa lo observaba desde la orilla, erguida, con los brazos cruzados sobre el pecho y una expresión en el rostro que mezclaba la paciencia de un maestro con una ligera burla juguetona. —Unas dos horas, aproximadamente —respondió ella. Una leve risa escapó de sus labios—. Flotabas a la deriva como un globo perdido en medio del cielo. Carlos suspiró profundamente, dejando que el aire saliera de sus pulmones. Definitivamente, la suerte no estaba de su lado el día de hoy. Primero el ataque en la habitación, luego la explosión de Lucía y ahora esto. —Ven. Dame la mano —dijo ella con voz calmada, pero extendiendo el brazo con un toque de urgencia—. Tenemos que irnos ya de aquí. ¿O acaso olvidaste de pronto todo lo que hablamos anoche? Carlos estiró el brazo y apretó la mano de la elfa, dejándose arrastrar hacia la orilla. Al mirar su rostro sereno, no pudo evitar pensar que lo único realmente bueno de Alefa era que, incluso en sus peores momentos o en sus ridículas desgracias, jamás lo dejaba solo. En cuanto pisaron tierra firme, el suelo de piedra pareció recuperar su consistencia habitual. Solo pasaron unos minutos antes de que el resto del grupo comenzara a congregarse a su alrededor. Aparecieron uno a uno desde las sombras del sendero, a pasos rápidos y decididos. Carlos los observó boquiabierto, frotándose la nuca. —¿En serio… ya llegaron todos? Rai avanzó desde el frente del grupo con paso firme y la barbilla en alto. —Te lo dije, no tardaríamos nada. Alefa nos explicó la situación con detalle. Vas a llevarnos primero a la vivienda de la elfa, ¿verdad? Carlos asintió despacio. —Sí. Ya me encargué de contactar a los jefes de cada ciudad. Ella misma los envió. Hoy… todos ustedes se reunirán por fin con sus familias. Un murmullo de emoción contenida se extendió de inmediato entre los presentes. Algunos no pudieron contener las lágrimas y rompieron a llorar en silencio; otros sonreían con el rostro iluminado, como si no lo hubieran hecho en años. La esperanza, viva y palpable, volvía a sentirse entre ellos por primera vez en mucho tiempo. Sin embargo, esa alegría no se reflejaba en los ojos de Alefa. La elfa permanecía apartado del grupo, con la mirada fija en el suelo y las manos temblando levemente a los costados. Carlos no tardó en notarlo; algo andaba mal en ella. Fue entonces cuando la voz de Alefa se quebró apenas en un susurro. —Así que… nuestro camino juntos termina aquí. El viento pareció detenerse de golpe. El murmullo de felicidad desapareció en un segundo y todas las miradas se posaron sobre ella. Por primera vez desde que la conocían, Alefa no hablaba con la seguridad de una guía o líder; sonaba como alguien que estaba a punto de perder algo irreparable. —No te desanimes, Alefa —le dije, mirándola con total honestidad—. Si todo sale como lo planeado, podré cumplir con la palabra que te di. Además… confía en mí. Ella respiró hondo, conteniendo el aire por un segundo. Al escuchar mis palabras, la tensión en sus hombros se disipó poco a poco y me devolvió la mirada, visiblemente más tranquila. —Bueno… está bien —dijo con voz suave y resignada—. Confiaré en ti. Pero dime, ¿cómo planeas llevarnos a todos hasta allá al mismo tiempo? —Para mí eso no representa ningún problema —respondí sin dudar un instante—. Pero antes de eso, necesito que seas tú quien me proporcione las coordenadas exactas de tu ciudad. Sin esa referencia, mi magia no servirá de nada. —Entendido, te las daré ahora mismo —asintió ella. Tras afinar los detalles de la ubicación, me concentré. Bajo mis pies, un intrincado círculo mágico comenzó a materializarse, brillando con una luz intensa. La magia de teletransportación estaba en marcha. Dejé que mi mana fluyera sin reservas y activé la Visión del Dragón para rastrear el espacio y fijar el punto exacto. Ahí estaba. El destino apareció con claridad en mi mente. —¡Todos entren al círculo ahora! —ordené con firmeza. Los miembros del grupo se miraron entre sí con cierta duda e inseguridad, pero al notar la determinación en mis ojos, no vacilaron. Ocuparon su lugar dentro del grabado místico. La energía nos envolvió en un torbellino resplandeciente y, en un parpadeo, fuimos arrastrados a través del espacio directo hacia el Reino de los Elfos. —¡Ja… funcionó a la perfección! —exclamé con alegría al sentir el cambio de aire. Sin embargo, mi mala suerte volvió a hacer de las suyas. Apenas la luz del hechizo se disipó, varias figuras emergieron rápidamente de la espesura del bosque. Eran guardias armados que nos cercaron en un movimiento táctico perfecto. —¿Un humano? ¿Cómo demonios conseguiste la ubicación de nuestras fronteras? —rugió uno de ellos con ferocidad. Todos blandieron sus espadas al unísono, mientras intrincados conjuros de ataque comenzaban a brillar en el aire, apuntando directamente hacia mí. —¡No ataquen, se los suplico! —intervino Alefa. Su voz no fue alta, pero transmitía una autoridad natural. Uno de los guardias se detuvo a mirarla fijamente. Tardó solo un par de segundos en reconocer los rasgos de la joven. —Esa niña es… —murmuró el elfo, abriendo los ojos con sorpresa—. ¿Qué están esperando? ¡Arrodíllense de inmediato ante la hija de nuestro maestro! Todos los presentes nos quedamos mudos por la revelación. —¿Qué… demonios está pasando aquí? —susurré entre dientes, sin entender nada de la posición política de Alefa. —Ejem —carraspeó Alefa, componiendo su postura e imponiendo respeto—. Bajen sus armas. Él no es una amenaza ni una mala persona. Al contrario… fue quien me salvó de terminar vendida como esclava. —¿¡Qué!? —exclamó uno de los guardias, apretando los puños con furia—. ¿Cómo se atrevieron esos sucios humanos a tocar a la hija de nuestra casa? —Sé que les enfurece —respondió Alefa con una serenidad asombrosa—, pero no fui la única víctima. Todas estas personas que vienen conmigo también sufrieron el mismo destino. Me adelanté un paso, poniéndome al frente del grupo y señalando a los recién llegados. —Ellos provienen de los tres reinos vecinos —expliqué con seriedad—. Pero la verdadera pregunta es: ¿cómo fueron capturados sin que sus reinos se dieran cuenta? Eso es algo que yo también necesito averiguar. Un silencio tenso se apoderó del claro. Las miradas entre los guardias se volvieron desconfiadas. —Entiendo perfectamente su inquietud y la desconfianza hacia mi raza —continué—. Lamento profundamente todo lo que han pasado. Yo no estaba al tanto de estos secuestros… pero estoy dispuesto a contarles todo lo que sé. Solo les pido un favor: ¿podrían llevarme ante su Rey? —¿De verdad pretendes que confiemos en ti solo porque lo pides? —cuestionó un elfo frunciendo el ceño. Pensé rápido. La tensión estaba a punto de desbordarse y necesitaba ganar tiempo a toda costa para demostrar mis intenciones. —Tengo una propuesta —dije con firmeza—. ¿Qué les parece si… me arrestan ahora mismo? Los chicos detrás de mí se giraron alarmados. —¿Qué? ¡Carlos, estás loco, no hagas eso! —intentaron detenerme. —Si de verdad desconfían de mis intenciones —interrumpí levantando la voz para sobreponerme a sus protestas—, pueden ponerme bajo custodia. Así comprobarán por sí mismos que no soy como los humanos que los atacaron. Yo… soy diferente. La seriedad en mi rostro no dejaba espacio a dudas. —Muy bien —asintió el líder de los guardias—. Tú, ve y ponle los grilletes. —Entendido —respondió el subordinado acercándose a mí con cautela. En cuanto el frío metal de las esposas se cerró alrededor de mis muñecas, lo sentí de inmediato: mi flujo de energía se cortó por completo. No podía mover ni una sola gota de mana. Absolutamente nada. En ese instante lo comprendí con total claridad: la tecnología y los artefactos de represión de los elfos estaban a un nivel astronómicamente más avanzado de lo que cualquiera de nosotros hubiera imaginado. Iniciamos la marcha hacia el corazón de la ciudad. A cada paso que daba por las calles pavimentadas, más y más miradas de desprecio y temor caían sobre mí. Los habitantes elfos se apartaban abruptamente a mi paso, algunos temblaban y otros cuchicheaban a mis espaldas. Me observaban como si fuera una bestia salvaje que acababa de salir de una jaula. Bueno… supongo que esto ya es costumbre para mí, pensé con cierta amargura. Que me teman… que me rechacen… Pero esta vez, sus ojos no veían solo a un humano enemigo. Veían a un auténtico monstruo. —Oye… ese chico… ¿cómo fue que terminó encadenado? —susurró una mujer al verme pasar. —¿Será que los humanos rompieron los tratados de paz otra vez? —murmuró otro ciudadano a su lado. —¿Tendrá esto relación con los incidentes de la frontera? —preguntó un anciano observándome con severidad. Las preguntas flotaban en el ambiente como dagas invisibles. A medida que avanzábamos, la impresionante entrada del palacio real se alzó ante nosotros. Justo en ese momento, una presión mágica aplastante cayó desde las alturas. Era un aura densa, una mirada que pesaba más que el propio cielo. Lo sentí en cada fibra de mi cuerpo. Alguien extremadamente poderoso nos observaba desde lo alto. Levanté la vista hacia el balcón principal y ahí lo vi. Era un hombre de presencia abrumadora: alto, de contextura firme, cabello plateado que caía sobre sus hombros y una postura imponente. A pesar de aparentar unos setenta años por sus rasgos, la vitalidad y la agudeza de su mirada superaban a la de cualquier joven guerrero en su apogeo. Ese rostro… lo reconocería en cualquier parte. —Así que tú eres el joven del que informaron los caballeros —habló la figura desde arriba, con una voz profunda que no admitía réplicas—. El humano que fue capaz de desplegar magia de teletransportación de alto nivel. Algo se sacudió violentamente en mi interior. Ese hombre… el mismísimo sujeto que me había enseñado esa magia por primera vez en mi vida. No pensé… que volvería a tenerlo frente a mí, pensé mientras un escalofrío recorría mi espalda. El hombre descendió las escaleras del palacio a paso lento. Su presencia hacía retumbar el aire. —Yo soy… Saleh Magcaryn, el Rey de la Guerra. No había cambiado en nada. Seguía conservando esa aura de fuerza bruta y maestría absoluta. No existía otro guerrero como él en este mundo. En las eras antiguas, su nombre infundía respeto y terror por igual en los cuatro reinos. Saleh, el Rey de la Guerra, no solo era temido por los mortales; había enfrentado a bestias mitológicas que superaban a cualquier ser vivo, desafiando incluso a entidades que se creían por encima de la Gran Dragona de la Felicidad. Aunque ella seguía ostentando el título de la más fuerte de la creación, Saleh había sido el único mortal con la audacia de plantarle cara en batalla. —Dime, niño… ¿dónde demonios aprendiste a ejecutar la magia de teletransportación? —preguntó Saleh, fijando su mirada penetrante en mí. Mi mente se quedó momentáneamente en blanco. No podía revelar la verdad sobre mi pasado ni sobre nuestro vínculo previo, así que improvisé una respuesta rápida. —La estudié por mi cuenta… me tomó años de esfuerzo poder dominarla —contesté, intentando mantener el pulso firme pese a los latidos acelerados de mi corazón. Saleh me examinó en silencio durante unos agonizantes segundos. Luego, una ligera sonrisa se dibujó en su rostro experimentado. —Interesante… muy bien. Llévenlo al salón principal. A mi hermano le va a interesar escuchar esto. Al cruzar las inmensas puertas del trono, sentí otra mirada helada clavándose en mí. Era una atención distante, cargada de recelo. En el trono principal se encontraba un hombre de cabello verde y ojos café claro. Nos observaba a todos desde la altura de su asiento con una postura elegante, pero con un inconfundible halo de desprecio hacia mi raza. —Así que tú eres el humano que se atrevió a cruzar nuestras fronteras… ¿es correcto? —Así es, Su Majestad —respondí inclinando levemente la cabeza en señal de respeto. —Bien. Te concederé el beneficio de escucharte. Habla. Sin omitir detalles cruciales, le relaté todo lo sucedido: la red de tráfico, los cautivos y la situación de las fronteras. A medida que avanzaba en mi historia, la expresión del rey fue cambiando. Por un instante, vi un destello peligroso en sus ojos: sed de sangre. Sin embargo, en cuanto mencioné que había rescatado a su sobrina Alefa y la había devuelto a salvo, la tensión homicida en el salón se evaporó de golpe. —Saber que ella está a salvo… me devuelve la tranquilidad —admitió el Rey, relajando los hombros. Dejé escapar una exhalación silenciosa. Por fin sentía que podía respirar sin que una espada rondara mi cuello. —Me alegra que hayamos podido entendernos sin llegar a extremos lamentables —mencioné. —Pero… también afirmas haber traído contigo a miembros de otras razas, ¿me equivoco? —cuestionó el monarca. —Es correcto. Les prometí que me aseguraría de que regresaran sanos y salvos con sus familias. Una leve sonrisa de aprobación cruzó el rostro del soberano elfo. —Este muchacho… definitivamente no se comporta como el común de los humanos. Hay honestidad y convicción en sus palabras; se le nota en la mirada. Está dispuesto a arriesgarse por proteger a otros, y eso es una cualidad admirable —comentó dirigiéndose a su hermano—. Me recuerda bastante a ti, Saleh… a cuando fui secuestrado por aquellos mercenarios en el pasado. Aprovechando el cambio de ambiente, me dirigí al Rey con firmeza. —Mi Rey, me gustaría solicitarle permiso para enviar una misiva formal a los gobernantes de los otros reinos. Hay información crítica que deben conocer… y el rumbo de las cosas dependerá de lo que ustedes decidan. Él asintió con evidente interés. —Convocaré a una reunión de emergencia y me encargaré de hablar personalmente con los líderes. El silencio volvió a instalarse en el salón del trono. Mientras las autoridades ajustaban los detalles logísticos, mi mente viajó inevitablemente hacia el pasado, directo a la figura de Saleh. Habían transcurrido muchos años desde aquel fatídico día. Él había sido mi primer maestro, la persona que me encontró tirado en la mugre, al borde de la muerte. Aún recordaba con nitidez su llegada. Yo me encontraba acorralado por una docena de enemigos, sangrando y sin la menor esperanza de salir con vida. Saleh simplemente caminó entre ellos sin inmutarse, con una mirada implacable y su imponente lanza dorada descansando en su mano. Y en un abrir y cerrar de ojos… Dos segundos. Eso fue todo lo que necesitó para masacrar a cada uno de mis atacantes. ¿Qué clase de monstruo es este tipo?, me había preguntado en aquel entonces, absolutamente paralizado por el terror y la fascinación. Ese había sido nuestro primer encuentro: yo, un simple muchacho herido y desesperado; él, el guerrero invencible de las leyendas. Me miró desde arriba y me dijo con absoluta severidad: —Eres débil, mocoso. Aquellas palabras me dolieron como un golpe directo al pecho. Sin embargo, no se dio la vuelta para marcharse. Se quedó allí y continuó hablando, esta vez con un matiz distinto en la voz: —Pero noto que aún no te has rendido por completo. Tienes voluntad de sobra. Y eso… te hace digno de ser llamado un guerrero. Lo miré desde el suelo, con una chispa de esperanza encendiéndose en mi interior. —¿Crees que… algún día pueda llegar a ser tan fuerte como tú? —pregunté con la voz temblorosa. —Tal vez nunca alcances mi nivel exacto de fuerza —respondió mirándome de frente—. Pero lo importante es que no estás derrotado. Posees espíritu de lucha. Vi algo especial en sus ojos en ese momento: determinación, orgullo de luchador y una firme convicción. Saleh sonrió por primera vez. —Dime tu nombre, muchacho. —…Carlos. —Muy bien, Carlos. A partir de este instante… vendrás conmigo. Y así había comenzado todo. Años enteros de un entrenamiento inhumano, marcado por el dolor, las caídas, la frustración y pequeñas victorias. Fue gracias a sus exigencias que logré dominar las bases de la teletransportación. La primera vez que me mostró esa técnica, ni siquiera fui capaz de seguir sus movimientos con la vista; se había desplazado más rápido que el propio tiempo. Aún recordaba las palabras que me dedicó al enseñármela: “Si logras dominar esta magia por completo, te daré mi permiso para usarla libremente. Aunque dudo que lo consigas a tu edad. Pero si confías ciegamente en tus capacidades… lo lograrás.” Dejé escapar un largo suspiro. El tiempo había pasado, y con él, la percepción de mis propios logros. Había entrenado durante años sin descanso, pero actualmente solo era capaz de dominar el 50% de todo el potencial de esa magia. Sabía perfectamente que, si lograba dominar la mitad restante, sería capaz de ocultar mi verdadero nivel de poder. Nadie sabría hasta dónde se extienden mis límites ni hasta dónde estoy dispuesto a llegar para proteger lo que me importa. Pero la realidad era dura: aún estaba ridículamente lejos de alcanzar a Saleh. Había fortalecido mi cuerpo y mis técnicas, sí… pero no mi reserva y control de mana. Y eso era lo que verdaderamente marcaba la diferencia. Por esa debilidad, los problemas continuaban escalando. Por eso no pude evitar que las cosas llegaran a este punto. Y ahora… el tiempo se nos agotaba. Caminé lentamente por los pasillos del palacio elfo. La luz del sol se filtraba entre los ventanales de arco, iluminando las motas de polvo que flotaban en el aire como si el tiempo mismo se hubiera detenido. A lo lejos, divisé a Rai y a Alefa observando el horizonte. ¿Qué estará pasando por sus mentes en este preciso momento?, me pregunté en silencio. Punto de vista de Rai Desde el momento en que puse un pie en esta travesía, no he podido dejar de pensar en Carlos y en todo lo que ocurre a nuestro alrededor. En la tormenta que se está gestando y que pronto nos alcanzará a todos. Me llena el pecho de alegría saber que estoy a nada de volver a ver a mis padres. Puedo imaginar claramente sus rostros: la angustia contenida y luego esa inmensa felicidad al verme regresar. Esa esperanza es lo único que me mantiene firme en este momento. Pero, al mismo tiempo, siento una rabia ardiente recorriéndome las venas, un coraje que me cuesta ocultar. Los humanos nos hicieron esto. Nos cazaron, nos arrebataron nuestra libertad, nos separaron de nuestras familias y nos encerraron como si fuéramos simple mercancía. ¿Quién fue el verdadero responsable de semejante atrocidad? Si ninguna de nuestras razas provocó este conflicto, solo queda dar por cierta la advertencia que Carlos hizo durante aquel combate: “El Reino Imperial.” Si sus sospechas son correctas y ellos están detrás de esta red de esclavitud, entonces no estamos ante simples crímenes aislados; estamos al borde de una guerra total. Una contienda que podría reducir a cenizas todo lo que conocemos. Sé que mi rostro no puede ocultarlo: siento miedo, dudas y una pregunta que me aterra formular en voz alta. ¿Realmente tenemos alguna oportunidad de ganar contra el Imperio? Si ese rey sigue moviendo sus hilos desde las sombras sin que nadie lo detenga… ¿todo lo que hemos sufrido y luchado habrá sido completamente en vano? Y hay algo peor. Un pensamiento amargo que me corroe por dentro. ¿Acaso hay un traidor infiltrado? ¿Alguien vendiendo información en cada reino? Si eso es verdad, la guerra no está por comenzar… la guerra ya empezó y nadie se ha dado cuenta. Tal vez… estoy sobrepensando demasiado las cosas. Quizás solo debería limitarme a observar cómo se desarrollan los acontecimientos. Aunque al mirar a Carlos, no puedo evitar ver la figura de un guerrero que carga con un peso descomunal. Y no puedo evitar preguntarme: ¿Qué es lo que lo mantiene en pie? ¿Qué fuerza invisible lo empuja a seguir avanzando cuando todo parece perdido a su alrededor? Ayer, cuando llegamos a su residencia, tuve la oportunidad de conocer a su familia. Los sirvientes hablaban de ellos con un respeto sincero, sin rastro de temor o traumas, sin esas cicatrices invisibles que todos nosotros cargamos. En ese momento me pregunté si realmente existían humanos nobles. Hablé con su hermana; es una chica alegre, divertida y luminosa… al punto de que sentí como si la conociera de toda la vida. Fue como haber encontrado una verdadera amiga en medio del caos. En cuanto a su hermano, Abrán… cuando lo vi absorto en sus lecturas, me transmitió una sensación muy peculiar. Es alguien amable y retraído, pero en cuanto sostiene un libro entre sus manos, su presencia cambia por completo. Es como si el resto del mundo desapareciera para él. Se obsesiona analizando teorías sobre la naturaleza del mundo y buscando respuestas a lo desconocido… y aunque suene descabellado, creo que sus deducciones no están para nada equivocadas. El mundo está lleno de misterios ocultos. Y tal vez sea nuestro deber salir a explorarlos. Recuerdo que su hermana me sugirió que pasara la noche leyendo con él. Terminamos pasando horas enteras rodeados de tomos viejos… —¿Por qué de pronto me dieron escalofríos…? —murmuré en voz baja, sacudiendo la cabeza. Pasarse toda la noche leyendo… definitivamente ese tipo está loco. Sin embargo, fue la primera vez en mi vida que compartí tanto tiempo con un humano sin sentir amenaza alguna, y no me arrepiento en absoluto. Quizás pueda aprender mucho de ellos y volver a confiar. Aunque con el resto de su especie… todavía me cuesta horrores. Aun así, si las sospechas de Alefa son ciertas, las cosas se están complicando a un nivel peligroso. Pero no podemos darnos el lujo de detenernos. Debemos aferrarnos a la única esperanza que nos queda. No podemos depender siempre de que Carlos resuelva todos nuestros problemas. Tal vez va siendo hora de que nosotros también luchemos para protegerlo a él. Punto de vista de Alefa Todo parecía encaminarse por buen rumbo. Al principio temí que mi tío tomara medidas drásticas contra Carlos, pero por suerte mi padre no es una persona despiadada. Él siempre me habla de sus vivencias del pasado, de las pérdidas que sufrió y de lo que aún sigue buscando en este mundo. Él anhela encontrar a un humano con una determinación inquebrantable, alguien cuya mirada refleje una convicción absoluta. Alguien que, incluso si el mundo entero se pone en su contra, sea capaz de levantarse una y otra vez, aunque esté sangrando, aunque pierda todo, aunque el dolor amenace con consumirlo… alguien que jamás deje de avanzar. “Ese es el verdadero valor de un guerrero”, suele decirme siempre. Pero yo… sinceramente nunca he terminado de comprender a qué se refiere con exactitud. Tragando saliva, pensé para mis adentros: “Solo espero que no le dé por ver a Carlos como su nuevo saco de boxeo personal… porque si lo veo regresar golpeado todos los días, seré yo la que salga huyendo de aquí por puro terror.” Esos traumas del entrenamiento de mi padre los tengo grabados a fuego en la memoria y no tengo el menor deseo de revivirlos. Me asomé discretamente por el pasillo y vi que mi tío continuaba conversando con los representantes de las otras razas, incluido Carlos. ¿De qué estarán hablando con tanta seriedad? ¿Qué clase de planes estarán formulando? ¿Algo beneficioso… o algo extremadamente peligroso? Dejé escapar un suspiro y mi rostro adoptó una expresión de aburrimiento total. Tenía ganas de distraerme un poco, pero no estaba segura de si a Carlos le apetecería acompañarme. Aunque… si se lo proponía directamente… Tal vez no fuera una mala idea. Me acerqué a él a pasos ligeros, inclinando ligeramente el torso hacia adelante con una sonrisa juguetona mientras le decía: —Oye, Carlos… ¿no te gustaría dar un paseo y explorar mi reino conmigo? No sería una mala idea para pasar el tiempo. Después de todo… hemos estado muy pegados tú, Rai y yo. ¿Tú qué opinas de esto, Rai? Me detuve un segundo mirando a mi alrededor. … ¿Rai? —¿A dónde carajos se metió ese mocoso? —dijo Alefa con cara de pocos amigos, buscando con la mirada por los rincones. —No debió de haber ido muy lejos —intervine con tono cálido—. No te preocupes por él, seguro que se distrajo explorando los jardines por su cuenta. Nosotros… deberíamos aprovechar para ir a divertirnos un rato, ¿no crees? Alefa me miró de reojo y esbozó una pequeña sonrisa. —Vaya, resulta que sí tienes tu lado infantil muy guardado, Carlos… —¿Eh? ¿Dijiste algo? —pregunté rascándome la cabeza, bastante desconcertado. —Nada, nada… no me hagas caso. Me sobé la nuca con incomodidad. ¿Por qué siempre me pasaban estas cosas? Apenas esta mañana me habían molido a golpes, luego me cayó un rayo encima mientras flotaba en el río… ¡y ni siquiera había una sola nube en el cielo! Resoplé frustrado y terminé gritándole al aire: —¡La desgracia me persigue a todas partes! Pero solo logré quedar como un completo ridículo… porque Alefa no pudo contenerse y soltó una carcajada limpia que resonó en el pasillo. —En este preciso momento te ves demasiado gracioso, Carlos —dijo secándose una lagrimita de la risa. —Sí, claro… graciosísimo… Si tan solo alguien se hubiera tomado la molestia de sacarme del agua mientras estaba inconsciente… —respondí mirándola fijamente. —A mí no me eches la culpa —dijo con tono juguetón—. Deberías saber que las coincidencias no existen. Pero… si lo pensamos bien… tú tampoco debiste haber planeado esa broma tan pesada en la mañana, ¿o me equivoco? Me detuve en seco y me giré despacio hacia ella. —Espera un segundo… ¿cómo es que sabes tú lo de la broma de esta mañana? La expresión de Alefa cambió en un microsegundo. Se puso visiblemente nerviosa y comenzó a mover las manos en el aire. —Ah… pues… ¡todo en esta vida tiene una explicación lógica! No me mires con esos ojos de villano, Carlos. Yo solo… pasaba por ahí de casualidad… y cuando escuché un estruendo enorme… vi cómo salías volando por los aires como un meteoro… Nos quedamos en absoluto silencio por unos segundos. —No te burlaste de mí… ¿verdad? —¡Para nada! ¿Cómo crees que me voy a burlar de tu desgracia? —respondió intentando poner cara seria, aunque los labios le temblaban. La observé fijamente, sin parpadear. —Estás mintiendo. Alefa infló las mejillas como una niña pequeña reprimida. —¡está bien, lo admito! ¡Solo me reí un poquito! Es que saliste disparado exactamente como si fueras un pájaro sin alas… pero cuando caíste justo encima de la señorita Lucía… Se acercó un par de pasos hacia mí y, con una sonrisa maliciosa, me susurró al oído: —Solo diré una cosa al respecto… Eres un total pervertido. Me quedé helado en el sitio, sin saber dónde meter la cabeza. Sin embargo, la expresión de Alefa volvió a suavizarse y me dedicó una sonrisa genuina. —Aun así… debo reconocer que eres alguien realmente divertido. Aunque te salgan mal los planes… siempre te las arreglas para hacerme reír. —Supongo que eso es algo muy propio de ti —añadió Alefa con una mirada tranquila—. Dedicarle tiempo a los demás y hacer que la pasen bien… ¿no es acaso algo maravilloso? Sus palabras se quedaron flotando en el ambiente. Tenía razón. Alefa era una persona increíble; no solo era alegre, había algo más profundo en ella. Cada vez que la observaba con detenimiento, la veía genuinamente feliz, como si estar a mi lado le permitiera olvidar, aunque fuera por un momento, algún dolor oculto que llevaba dentro. —Está bien, Alefa —asentí—. ¿A dónde quieres que vayamos primero? —Recuerda que más tarde te llamarán para la reunión oficial —respondió ella mientras daba una vuelta sobre sí misma—. Pero eso ya lo tengo claro, tontito. Al menos… antes de que tengamos que despedirnos… hay que disfrutar al máximo el tiempo que nos queda, ¿no te parece? En ese instante, su mirada cambió por completo. El brillo alegre de sus ojos se apagó, siendo reemplazado por un matiz de profunda tristeza. Era la mirada de alguien que no quería decir adiós. Me detuve. Sentí una presión amarga en el pecho y le hablé con total sinceridad. —Está bien encariñarse con las personas que te rodean… —dije con voz suave— pero que tengamos que seguir nuestros caminos no significa que este sea nuestro final. Alefa… quiero que tengas algo muy claro: pase lo que pase, siempre seremos amigos. Le dediqué una sonrisa reconfortante. Alefa bajó la mirada muy despacio. “¿Amigos, eh?”, parecía preguntarse a sí misma en silencio, como si esa palabra se le quedara corta o trajera consigo ecos del pasado. Como si existieran heridas tan profundas que no pudieran cerrarse con una simple promesa o una sonrisa amable. ¿Hacer amigos…? Siempre había asumido que era lo más sencillo del mundo. Sin embargo, hay marcas en el alma que no se pueden sanar ni con bromas, ni con risas, ni siquiera con la magia más poderosa. Y… sin poder evitarlo… mi mente viajó hacia otra persona. Angélica. Ella siempre había estado ahí para mí. Cada vez que intentaba ocultar mi dolor, era la primera en notarlo. Cada vez que caía derrotado, me tendía la mano para ayudarme a poner de pie. Hasta que llegó aquel fatídico día… El día en que mi vida se apagó. Los recuerdos regresaron a mi cabeza con la fuerza de un impacto. Solo… pude salvarte a ti. Perdóname, Angélica. Si mi camino termina aquí… al menos pude contempla algo hermoso por última vez. Recordé mis ojos cerrándose lentamente, la sangre caliente brotando de mi cuerpo y a ella corriendo desesperadamente hacia mí, con el rostro desencajado por el sufrimiento. Recordé haberle sonreído por última vez con las pocas fuerzas que me quedaban. —Adiós… —¡CARLOS! —gritó Angélica en el recuerdo, mientras sus lágrimas caían heladas sobre mi rostro—. ¡No te vayas! ¡Quédate conmigo! ¡Por favor, no me dejes! Pero para ese momento yo ya no podía escuchar sus súplicas. Solo me quedó espacio para formular un último deseo en mi mente: Espero que seas capaz de encontrar la felicidad que te mereces… Angélica. Sé fuerte. Tal vez… volvamos a encontrarnos en otra vida. Al emerger de aquel recuerdo, me di cuenta de que me temblaban las manos. Miré hacia el cielo con los ojos irritados y el corazón encogido por la nostalgia. Angélica… ¿Realmente exististe en mi vida pasada? ¿O solo fuiste una hermosa ilusión del mundo que dejé atrás? Si por algún azar del destino llegas a aparecer en este mundo… te prometo que estaré aquí. Esperándote. —Carlos… —susurró Alefa a mi lado. Su mirada expresaba una profunda preocupación al verme abstraído—. ¿Te encuentras bien? Yo… no fui capaz de responder de inmediato. Me limité a contemplar la inmensidad del cielo mientras una duda silenciosa me martillaba la mente: ¿Qué habrá sido de todo lo que dejé allá al otro lado…? Continuará.
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Estás leyendo el capítulo 84 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 25 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 351 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.