Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 8 online gratis en español
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CAPÍTULO 8: El despertar del Lobo Nocturno y el juramento del ocaso
El enterarme de que oficialmente me había convertido en el prometido de una princesa del reino fue un choque emocional absolutamente impactante; en verdad no tenía la menor idea de qué clase de maquiavélicos planes políticos rondaban por la cabeza de mi padre. Sin embargo, comprendí que debía apoyar la decisión sin poner trabas, sobre todo porque la chica a mi lado lucía una mezcla adorable entre una felicidad desbordante y un manojo de nervios aristocráticos. Aun así, la curiosidad no dejaba de carcomerme por dentro: ¿cómo demonios fue que el patriarca Josué Tanaka llegó a conocer al soberano de semejante linaje?
—Oye, Natsuki... —pregunté rompiendo el hielo mientras caminábamos hacia el centro del salón—. ¿Te puedo hacer una pregunta algo personal?
—Por supuesto, dime, ¿de qué se trata, Carlos? —respondió ella mirándome con ojos carmesíes llenos de atención.
—¿Podrías decirme exactamente cuál es el nombre completo de tu padre?
—Bueno... mi padre es Su Majestad Haruto Yoshida, el rey absoluto del Reino Platinos del Amanecer —explicó ella erguida con orgullo.
Ya veo... Haruto Yoshida, el monarca supremo de las tierras del este, pensé mientras un torrente de recuerdos helados inundaba mi mente. Conocía de memoria la geografía y la trágica historia de ese reino; en mi vida pasada había pisado sus suelos ensangrentados. Recordaba con una claridad aterradora la Gran Guerra Racial que casi los destruye: elfos y humanos enfrentados en una vorágine de odio, racismo desmedido y discriminación institucional. Hubo una rebelión sangrienta contra la corona, pero el rey Haruto se negó rotundamente a dejar caer su nación y luchó durante años sin descanso; con la intervención decisiva de los enanos, los sabios elfos y las tribus de dragones, lograron forjar una frágil alianza de paz... hasta que las sombras de los demonios desataron el caos. Cuando el Rey Demonio emergió del abismo, arrasó más de la mitad del continente, y para poder sellarlo se requirió la fuerza combinada de las Doce Grandes Familias, los guerreros enanos, la magia elfica y el aliento abrasador de los dragones. Derrotaron a la amenaza y trajeron una era de paz que terminó durando muy poco. Ahora, en esta nueva oportunidad, debía cuidar minuciosamente mi imagen pública, pues de lo contrario yo sería el primer blanco en ser eliminado. Pero la historia no volvería a repetirse: mi objetivo final era aplastar de raíz los planes del Dios Demonio, el ente más temible que jamás haya pisado el abismo.
—Regresando al tema principal... —dije sintiendo un ligero pánico al caer en la cuenta de la palabreja—. Solo... solo quería saber el nombre oficial de mi futuro suegro.
—¿Pero qué te pasa, hermano? —se echó a reír Natsuki cubriéndose la boca con delicadeza—. ¿Acaso el gran héroe que derrotó a una diosa tiene miedo de pronunciar la palabra "suegro"? Recuerda que, después de todo, soy una princesa de la corona.
—¿Desde cuándo se te dio por hablarme con semejante nivel de confianza y burla, Natsuki? —pregunté alzando una ceja.
—Desde el momento en que me enteré de que estamos oficialmente comprometidos —respondió ella mirándome a los ojos con calidez—. Me transmitiste una seguridad increíble desde que chocamos; sé en el fondo de mi corazón que no eres una mala persona. No importa lo que digan las malas lenguas de la corte o los rumores del palacio: sé siempre tú mismo, Carlos. No cargues con el peso del mundo entero sobre tus hombros tú solo.
Sus palabras calaron hondo en mi alma. Tenía toda la razón del mundo: no debía permitirme caer de nuevo en la desesperación ni rendirme antes de tiempo. La esperanza era el arma más poderosa si de verdad deseaba salvar la vida de todos los que amaba antes de que el cronómetro del destino se agotara.
En la parte frontal del escenario principal, el Santo de la Espada y el Rey de Platinos del Amanecer dieron varios pasos al frente, silenciando el murmullo de la multitud para dar el anuncio oficial de la noche.
—Les agradezco a todos los presentes su asistencia a este magno evento —proclamó la voz grave de Josué Tanaka resonando en las columnas de mármol—. Los he convocado esta noche para anunciar formalmente la alianza matrimonial entre mi hijo menor, Carlos Tanaka Sánchez, y la distinguida Princesa Natsuki Yoshida Kawa.
El Gran Salón de los Espejos se sumió en un silencio sepulcral durante un par de segundos, para luego estallar en una ola de aplausos y vítores diplomáticos por parte de las casas nobles. Sin embargo, la celebración duró apenas un instante antes de que una presencia aterradora interrumpiera el ambiente.
—¿¡Se puede saber qué clase de payasada grotesca es esta!? —rugió una voz atronadora desde el fondo del pasillo.
La multitud se abrió en canal presa del pánico al ver avanzar a un hombre de complexión imponente, envuelto en un aura dorada y violenta. Era Kenzo Hashima Tower, conocido en todo el continente como el Rey de la Lanza, uno de los legendarios Cuatro Reyes de la Lanza del imperio.
—¿Nos has hecho viajar desde las fronteras únicamente para presenciar esta estupidez de compromiso infantil, Josué? —irrumpió Kenzo, clavando una mirada cargada de pura intimidación y desprecio hacia mi padre—. ¡Pensé que la reunión era para tratar los reportes de los demonios en los bordes del reino, y sales con esta patraña!
—Mide tus palabras y tu tono inmediatamente, Kenzo —respondió Josué con la voz fría como el acero, dando un paso al frente mientras el maná a su alrededor comenzaba a agrietarse—. No te voy a permitir que me hables de esa manera en mi propia casa.
La tensión en la sala se elevó a niveles astronómicos, como si dos ejércitos enteros estuvieran a punto de colisionar. Los murmullos de los invitados llenaron el recinto, criticando la absoluta falta de respeto del Rey de la Lanza. Sin embargo, Kenzo, completamente desprovisto de etiqueta o temor, soltó una carcajada siniestra.
—Parece ser que los Tanaka han olvidado cuál es su verdadero lugar en la jerarquía militar. Tendré que recordarles por la fuerza a qué distancia se encuentran del resto de los verdaderos guerreros.
Yo no podía permitir que mi padre iniciara un combate a muerte en medio del banquete, pues si lo hacía, desataría una guerra civil entre las Doce Grandes Familias que nadie en este continente estaba en condiciones de sobrellevar. ¿Por qué demonios este sujeto vino exclusivamente a arruinar la ceremonia de compromiso?, me pregunté avanzando hacia la primera línea. Al pasar al lado de Natsuki, ella me miró con preocupación, pero le dediqué una ligera seña con la mirada indicándole que mantuviera la calma.
—Vaya, vaya... conque tú debes ser el famoso mocoso prodigio, Carlos, ¿no es así? —dijo Kenzo deteniendo su marcha y clavando sus ojos sedientos de sangre sobre mí.
—Así es —respondí con absoluta serenidad—. ¿Se puede saber por qué siente la necesidad de armar semejante circo y llamar la atención frente a los soberanos de las familias?
—¿Acaso crees que un título nobiliario te da el derecho de hablarme como si fueras mi igual, niño insolente? —dijo Kenzo liberando un instinto asesino que sofocó a los invitados—. Pareces ser infinitamente más arrogante que cualquier basofia que haya visto en mi vida. Definitivamente no te pareces en nada al Santo de la Espada.
—Tiene toda la razón en eso —le contesté mirándolo fijamente a los ojos—. Yo no soy como él. Yo soy yo mismo. Y no voy a permitir que un rey de pacotilla venga a manchar el honor de mi familia solo porque necesita desahogar sus complejos de atención. ¿De qué sirve ostentar el título del "más fuerte"? ¿Acaso solo luchas por fama, dinero o lujos baratos?
Kenzo no se molestó en responder con palabras; invocó su lanza de combate en un destello de luz y adoptó una postura de ataque letal. Nadie en el recinto intervino, pues la presión del maná impedía que los guardias se acercaran. Tampoco permití que mi padre intercediera.
—Perdóname por lo que estoy a punto de hacer, padre... pero me haré cargo de este basura personalmente —murmuré entre dientes.
Los patriarcas de las familias observaban la escena con absoluta expectación, deseando comprobar por sí mismos si los rumores sobre mi talento místico eran reales o pura exageración de la corte.
—¿¡No me hagas reír, mocoso!? ¿¡De verdad pretendes enfrentarte al Rey de la Lanza completamente desarmado y con tus propias manos!? —se escuchó la burla de un noble entre el público.
No respondí. Me moví a una velocidad que desafió la percepción del ojo humano. Aparezco instantáneamente en la espalda de Kenzo y lanzé un golpe con la palma reforzada en aura; el Rey de la Lanza reaccionó con los reflejos de un veterano de mil batallas y bloqueó el impacto con el astil de su arma, obligándome a retroceder de un salto.
—¿¡En qué maldito momento este mocoso fue capaz de moverse a semejante escala de velocidad de desplazamiento!? —gritaron los espectadores en absoluto estado de shock.
Debo tener muchísimo más cuidado... este tipo posee una fuerza física colosal, pensé midiendo la distancia. La sonrisa siniestra de un guerrero que ha encontrado un verdadero desafío se dibujó lentamente en mi rostro; esto estaba a punto de volverse aterradoramente divertido. La expresión de Kenzo cambió de golpe: el desprecio se transformó en una sorpresa genuina ante mi agilidad.
—¡Ven con todo lo que tengas, niño! —rugió Kenzo abalanzándose sobre mí con una lluvia de estocadas de luz.
Intercambiamos una secuencia encarnizada de golpes y esquivas a una velocidad tan absurda que los generales del imperio tuvieron que desplegar una barrera mágica multicapa a toda prisa para evitar que las ondas de choque desintegraran a los invitados. Mi padre observaba la exhibición con una mezcla de orgullo indomable y una sonrisa contenida.
—¡Hay que admitir que tienes agilidad, mocoso, pero no eres digno de ser reconocido por la élite! ¡Para nosotros no eres más que un insecto débil! —gritó Kenzo elevando su aura al límite.
El Rey de la Lanza ejecutó su postura secreta, liberando una ráfaga de luz trascendente que impactó de lleno contra mi pecho. La potencia de la explosión me envió volando por los aires, haciendo que rebotara violentamente contra el suelo de mármol. Logré amortiguar la caída con los brazos, clave las uñas en la piedra y alcé la vista; Kenzo había desaparecido de mi campo visual.
¡Maldición, estaba posicionado a mis espaldas!, pensé helado. ¿En qué milisegundo se desplazó?
—Te lo dije desde el principio, niño: no eres rival para un verdadero Rey. ¡Ríndete de una vez, estás completamente acabado! —sentenció Kenzo alzando su lanza para el golpe final.
—¿¡Rendirme yo!? —grité con una ferocidad que hizo retumbar la barrera—. ¡JAMÁS!
Me incorporé en una estela de movimiento puro, desenvainando la espada corta de mi cinturón e intercambiando cortes veloces con la punta de su lanza. Ambos nos cruzamos en una danza de acero sin ceder un solo milímetro de ventaja.
—¿¡Pero qué clase de brujería es esta!? —exclamaron los miembros de las Doce Familias atónitos—. ¿¡Cómo demonios es posible que este niño se vuelva exponencialmente más fuerte a cada segundo que pasa de pelea!?
En ese preciso instante, tras canalizar la memoria de mis años de entrenamiento, mis ojos se tornaron de un color azul profundo deslumbrante y mi cabello cambió drásticamente su tonalidad a un azul cobalto plateado. Nadie en ese salón comprendía que aquella metamorfosis no era un hechizo ordinario, sino la manifestación visual de la Primera Etapa de Transformación de un Nocturno, donde las pupilas adoptan los rasgos verticales de un dragón antiguo.
—¡Así es como me gusta más, mocoso! ¡Demuestra de una vez por todas tu verdadera naturaleza de monstruo! —bramó Kenzo atacando con rabia renovada.
La batalla alcanzó un nivel cataclísmico. La barrera protectora de los generales no pudo resistir la densidad del aura y se rompió en mil pedazos con un estruendo ensordecedor. El suelo del salón colapsó por completo, envolviendo todo en polvo y piedras destrozadas.
—Mi hijo acaba de despertar el Poder Nocturno en su forma pura... —murmuró mi madre Hina observando la escena con lágrimas en los ojos—. Fue el elegido por el primer hombre que ascendió a la divinidad en la era mitológica...
Nuestras miradas se cruzaron como auténticos rivales en medio del caos. Disparé una flecha de energía azul oscuro que cortó el aire a velocidad supersónica. Kenzo logró esquivarla por un milímetro, acortó la distancia y me asestó un rodillazo devastador en las costillas. Soportando el dolor punzante, activé las técnicas de combate cuerpo a cuerpo en sucesión inmediata: ¡Segunda, tercera, cuarta, quinta, sexta y séptima postura: Golpe del Dragón de Mil Puños Carmesí!
Una ráfaga de cientos de golpes imbuidos en maná nocturno impactaron directamente en el torso de Kenzo, quebrando su armadura noble. Sin embargo, el Rey de la Lanza invocó la técnica prohibitiva de su linaje: una lluvia de meteoritos de luz pura cayeron del techo destruido. Ambos ataques colisionaron con una violencia devastadora hasta que la punta de su lanza logró atravesar mi costado izquierdo en un golpe crítico.
Caí pesado contra los escombros, sangrando profusamente por la herida del estómago. Las lágrimas de frustración brotaron de mis ojos sobre la piedra fría. ¿De qué sirvió haberme esforzado tanto en esta segunda oportunidad si al final voy a terminar muriendo de esta manera tan patética?, me recriminé en medio de la agonía.
—Tengo que darlo todo... no me puedo rendir aquí... —murmuré intentando mover los dedos.
De pronto, la realidad pareció congelarse y una voz infinitamente dulce y tierna resonó en las profundidades de mi mente:
—No te deprimas de esa manera, mi querido Carlos... ya has hecho más que suficiente por hoy. Ahora déjanos el resto a nosotros para ayudarte a levantarte.
—¿¡Q-Quién eres tú!? —pregunté en mi plano espiritual.
—Ha pasado muchísimo tiempo, mi señor Carlos... ¿de verdad no me recuerdas? —dijo una figura de radiante belleza que emergió de la niebla—. Soy tu guardiana espiritual más leal. Tú mismo me elegiste hace eras. Yo estuve a tu lado en aquellos días oscuros donde todos te despreciaban y se burlaban de ti por no tener talento... te apoyé hasta el último de tus alientos.
Los recuerdos difusos cobraron vida de golpe.
—Dime cuál es tu verdadero nombre... —supliqué con la voz entrecortada.
—Mi nombre es Yuki Heather, tu primera guardiana —respondió la joven, luciendo una larga y hermosa cabellera verde esmeralda y unos ojos naranjas brillantes que transmitían una calidez y diversión inigualables—. No he venido sola; todos tus guardianes antiguos te estamos esperando en el plano superior. Nos volveremos a reunir cara a cara dentro de exactamente seis años, Carlos. Te apoyaremos incondicionalmente, así que no te rindas jamás. ¡Levántate!
Yuki me envolvió en un abrazo espiritual tan cálido y reconfortante que disipó todo el dolor de mi cuerpo.
De vuelta al mundo terrenal, me reincorporé lentamente de entre las ruinas. Kenzo se aproximaba con una sonrisa cargada de desprecio.
—Jamás imaginé que terminarías tirado como un perro, Carlos Tanaka —murmuró alzada su lanza—. Eres simplemente demasiado débil.
En ese milisegundo, una columna de luz azul y dorada deslumbrante emergió de mi cuerpo y se elevó hacia los cielos, rasgando las nubes sobre el continente entero. Los patriarcas de las Doce Familias miraron a Josué Tanaka con absoluto asombro y terror.
—Al final... terminaste criando a un verdadero monstruo divino, Josué... —susurró el Rey de Platinos del Amanecer.
—¡Vamos, Carlos! ¡Demuéstrales a todos de qué estás hecho y acaba con esa sombra del pasado de una vez por todas! —gritó mi madre desde el suelo.
Una melodía mística pareció resonar en el aire. Avancé a paso firme con la convicción absoluta de que la fuerza de voluntad y el deseo inquebrantable de proteger a los míos podían torcer el mismísimo destino. Kenzo se abalanzó sobre mí intentando decapitarme, pero esquivé la hoja de su lanza con un movimiento espectral.
—¿¡Por qué demonios haces todo esto!? ¿¡Por qué te empeñas en luchar por este mundo podrido!? —rugió Kenzo desesperado.
—¿Acaso no te has dado cuenta todavía, maldito poseído? —le respondí con una voz que helaba la sangre—. Tú fuiste el culpable de que mi vida anterior fuera un infierno. Fui yo quien retrocedió en el tiempo con el Poder Nocturno. Esperaste a que fuera traicionado a los 32 años para intentar apoderarte de mi recipiente espiritual... pero te aseguro algo: jamás volverás a lastimar a nadie en este plano.
—¡Cállate, mocoso insignificante! —bramó el Dios Antiguo dentro de Kenzo.
Ambos desatamos la totalidad de nuestro poder. Llamas oscuras intentaron devorarme, pero invoqué la Espada Mata Dioses creada en mi mente espiritual. Cruzamos aceros en un vendaval de impactos, patadas y maniobras aéreas. Utilicé el Remolino de Viento para desequilibrar su postura y ejecuté la técnica suprema que me enseñó la general Angélica: ¡Corte Mundial!
La onda cortante rasgó el espacio-tiempo. Concentré la totalidad de mi maná elemental y aura nocturna, desplegando una barrera cósmica que encerró a Kenzo en un dominio aislado. Activé la Visión del Tiempo, calculando cada microsegundo de sus movimientos para prever su trayectoria de huida.
—¡Invento esto en honor a mi nuevo camino! —grité elevando mi espada hacia el cielo—. ¡Técnica Devoradora de Almas: Destello Solar!
Mi hoja brilló con la intensidad de una estrella moribunda, desintegrando todo lo que tocaba a su paso. Kenzo, acorralado, intentó desviar el ataque invocando un rayo de luz destructivo apuntado hacia la ciudad para usarlos como rehenes.
—¡No! ¡Por favor, ayúdennos! —gritó la gente del pueblo en pánico.
—¡No voy a permitir que vuelvas a tocar a un solo inocente! —rugí desplegando la Lluvia de Espadas Celestial.
Las espadas espirituales interceptaron el rayo en el aire, anulando la amenaza. Aparecí a espaldas de Kenzo utilizando el paso espectral y le clave la Espada Mata Dioses directamente en el centro de la espalda. La hoja atravesó su torso, haciendo que el Rey de la Lanza cayera de rodillas sobre la tierra arrasada mientras su aura comenzaba a desintegrarse.
—¿¡Q-Qué clase de maldición es esta...!? —gritó Kenzo retorciéndose de dolor—. Siento que... siento que mi esencia divina se desintegra...
—Te advertí que podía destruir el alma de un dios poseedor sin asesinar el recipiente del ser humano —le dije fríamente desde arriba—. No te queda mucho tiempo de existencia. Deja de lado tu absurdo orgullo y siente lo que es ser humillado por el Lobo Nocturno que finalmente cazó a su presa.
Kenzo intentó lanzar un último puñetazo desesperado, pero lo esquivé con facilidad y le asesté un golpe cargado de aura en el rostro que lo envió volando contra la ladera de las montañas lejanas. El alma del Dios Antiguo abandonó el cuerpo del Rey de la Lanza en una voluta de humo negro que se evaporó con la luz del amanecer.
Cuando los primeros rayos del sol iluminaron las ruinas del Gran Salón, el combate había llegado formalmente a su fin. Estaba físicamente exhausto, al límite de la inanición mágica, y comencé a desplomarme hacia adelante. Sin embargo, antes de tocar el suelo, unos brazos cálidos me sujetaron con firmeza.
—Hiciste un trabajo sencillamente espectacular, hijo mío —dijo la voz de mi padre Josué sosteniéndome con orgullo.
—¡Ni que lo digas, viejo...! —respondí con la voz débil y una sonrisa cansada.
Natsuki corrió a toda velocidad entre los escombros y se abalanzó hacia nosotros con los ojos llenos de lágrimas.
—¡Te lo dije desde el principio! —me gritó entre sollozos mientras me rodeaba el cuello con los brazos—. ¡Nunca tenías que dudar de ti mismo! ¡Eres un completo idiota por hacerme preocupar de esta manera tan exagerada!
—Estoy sano y salvo, Natsuki... te prometí que saldría de esta —le respondí acariciándole suavemente la mejilla.
Natsuki no pudo contener más la emoción desbordante de su pecho, se inclinó hacia mí y me dio un beso cálido y sincero directamente en los labios. Fue un instante mágico bajo la luz del sol matutino.
—P-Perdóname... es que estaba profundamente desesperada por pensar que te perdería —dijo poniéndose roja como un tomate tras separarse.
—No tienes de qué preocuparte —le sonreí sinceramente—. Aún somos demasiado jóvenes para apresurar las cosas; pero te prometo que cuando llegue el momento indicado y tengamos la edad adecuada... nos casaremos.
—Te lo prometo por mi vida, Carlos —respondió ella firmemente.
Tras esa hermosa promesa, mis fuerzas se agotaron por completo y me sumergí en un sueño reparador durante varias horas.
El tiempo avanzó con una velocidad implacable. Pasan los años y finalmente cumplo los 10 años de edad, la edad mínima requerida por las leyes del imperio para poder inscribirse formalmente en las pruebas de ingreso de la academia mágica. Han transcurrido tres largos años desde aquel fatídico incidente durante el banquete de las Doce Familias; tres años de intenso entrenamiento en los que logré dominar mi maná y consolidar mi fuerza junto a Karen y Natsuki.
Ahora, con la mirada fija en el horizonte del reino, ha llegado el momento de emprender el viaje y reencontrarme con mis antiguos compañeros de la vida pasada. Los estaré esperando con ansias.
Continuará…

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Capítulo 9
The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 8
Estás leyendo el capítulo 8 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 25 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.