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CAPÍTULO 77: El refugio de los caídos, el nombre de Frostglen y el pacto de sangre
Punto de vista — Carlos Tanaka Sánchez
Sabía perfectamente que tarde o temprano ese último soldado terminaría pereciendo en la espesura del bosque… Pero en este instante, mi única prioridad era cerciorarme de que las razas liberadas se encontraran completamente fuera de peligro.
Me aproximé al carruaje principal con cautela, escudriñando cada rincón entre la vegetación para asegurarme de que no quedara ningún caballero imperial emboscado en las sombras. Tiré de la manija de hierro, abrí la pesada puerta de madera… y los miré uno por uno.
Pero lo que jamás esperé presenciar al abrir la celda… ¡era a los prisioneros compartiendo una ración de palomitas de maíz!
Una risa corta y nerviosa se me escapó del rostro.
—¿Acaso estaban disfrutando de un espectáculo desde la primera fila? —pregunté, dejando escapar un suspiro profundo mientras recuperaba el aliento—. En fin… ¿se encuentran todos bien?
—Hace solo unos minutos estábamos paralizados por el pánico… pero desde el instante en que irrumpiste en el camino, pudimos recobrar la calma. En verdad… infinitas gracias por venir a rescatarnos —dijo un enano del grupo. Todos me observaban con ojos brillantes, cargados de un alivio indescriptible.
—No tienen absolutamente nada que agradecerme —respondí con sinceridad—. Lo hice porque era lo correcto. No podía permitir que los sometieran a semejante atrocidad. Pero ahora necesito que vengan conmigo. Este sector forestal es sumamente peligroso y existen criaturas territoriales con las que prefiero no cruzarme… al menos no el día de hoy.
—Comprendo la situación —intervino el joven vampiro con una postura llamativamente elegante a pesar de los harapos—. Me reconforta saber que nos guiarás hacia un refugio seguro. ¿Serías tan amable de liberarme de estos grilletes de hierro frío?
—Por supuesto —le contesté aproximándome con tranquilidad.
Con un movimiento preciso de mi espada, destruí los cerrojos mágicos. Tras liberarlo a él y al resto del grupo, di unos pasos hacia atrás y exhalé con pesadez.
—En verdad, humano… estamos en una deuda impagable contigo —dijo la elfa de cabello rosado, ajustándose la túnica maltratada—. Pero… ¿crees que exista alguna posibilidad de que podamos regresar a nuestros reinos de origen?
—Por el momento, eso no será posible —declaré con tono firme—. Antes de trazar una ruta de retorno, necesito recabar información precisa sobre la procedencia de cada uno de ustedes. Sus ciudades, sus reinos, sus fronteras… absolutamente todo.
Un silencio cauteloso se apoderó del interior del vagón.
—Pero… ¿qué les parece si se hospedan en mi residencia familiar durante los próximos dos días? —propuse abriendo los brazos—. En ese lapso, me encargaré de averiguar la forma más segura de trasladarlos de vuelta a sus tierras natales.
—¿Qué opina el grupo al respecto? —preguntó el hombre bestia de pelaje grisáceo, girándose hacia sus compañeros.
—Yo no tengo ningún inconveniente en ponerme bajo su custodia —respondió una joven enana alzando la mano—. A fin de cuentas, él fue quien arriesgó la vida para romper nuestras cadenas.
Intercambiaron miradas, murmullos y breves discusiones en voz baja durante unos instantes. Tras sopesar las alternativas, llegaron a un acuerdo unánime: aceptaron la propuesta.
Les solicité que descendieran de los vagones en orden y comenzamos la marcha a través del follaje, avanzando hacia el punto de encuentro fijado previamente con Lucía.
—Vaya… terminaste llegando tarde —dijo Lucía en cuanto nos vio salir de la arboleda, cruzándose de brazos y frunciendo el ceño con una actitud berrinchuda que contrastaba con su porte real.
—Lamento la demora —respondí ajustando la funda de mi espada—. Surgieron un par de complicaciones menores en el frente… pero ya que estamos todos reunidos, necesito que se tomen de las manos.
Uno de los hombres bestia dio un paso atrás con marcada cautela:
—¿A dónde nos dirigimos exactamente? ¿Y cuál es la finalidad de sostenernos así?
—Voy a ejecutar una magia de teletransportación masiva.
La declaración congeló al grupo por completo. Miradas de absoluto asombro e incredulidad se cruzaron entre las distintas razas.
—¿Teletransportación de alto nivel? Eso requiere un control de maná extremadamente peligroso… —advirtió el vampiro acomodándose el cuello.
—Lo sé —respondí con firmeza—. Pero permanecer en este sector es una imprudencia. Es el único método directo que tenemos.
Lucía asintió a mi lado, comprendiendo la urgencia. Ambos concentramos nuestras reservas de maná, permitiendo que la energía fluyera sin restricciones desde nuestros núcleos. Un círculo mágico de proporciones monumentales se desplegó bajo nuestros pies, resplandeciendo con una intensidad cristalina, como si el suelo del bosque se hubiera transformado en un espejo que reflejaba la luz de miles de estrellas.
Desplegué la Visión del Dragón para fijar las coordenadas exactas de los límites perimetrales de mi hogar. La imagen mental se proyectó con nitidez absoluta frente a mis ojos.
—Magia espacial: ¡Transporte hacia el sendero de la residencia Tanaka!
El encanto se ejecutó con una precisión impecable. En cuestión de segundos, la distorsión cósmica se disipó y nos encontramos de pie frente al portón principal de mi casa.
—Qué estructura tan majestuosa… —murmuró el vampiro, evaluando la arquitectura con evidente asombro—. Esto sobrepasa por mucho el concepto de una vivienda convencional, ¿no lo crees?
—Podría decirse que sí —respondí aproximándome al acceso—. Pero no se preocupen. Dentro de estos muros estarán completamente a salvo…
De pronto, una tensión helada volvió a manifestarse en el aire. Se escuchó el eco de un paso firme sobre la grava. Una presencia imponente se aproximaba desde el patio principal.
No se trataba de un enemigo. Era mi padre, Josué Tanaka.
—Carlos… —pronunció con una voz extremadamente seria—. ¿Quiénes son todas estas personas que te acompañan?
Sentí el peso aplastante de su mirada sobre mis hombros. Ocultarle los hechos era una opción completamente inviable.
—Papá… antes de que saque conclusiones, permíteme explicarte detalladamente lo que acaba de ocurrir.
Le relaté la cadena de acontecimientos sin omitir un solo detalle. Cada emboscada, cada marca de mutilación, las celdas de hierro y los rostros aterrorizados de las distintas razas hacinadas dentro de los carruajes imperiales.
Mi padre guardó un silencio sepulcral durante varios segundos. Luego, cerró los ojos y dejó escapar una exhalación profunda.
—Ya veo… De modo que el Reino Imperial es el cerebro detrás de semejante atrocidad.
—Así es —afirmé sin dudar—. No me quedó más alternativa que intervenir… pero hay un factor aún más preocupante. El oficial al mando tenía órdenes explícitas de capturarme con vida.
El semblante de mi padre cambió drásticamente. Una presión aplastante emanó de su figura, y su aura de maná se volvió tan afilada que parecía cortar el aire circundante.
—¿Capturarte… con vida? —gruñó con la voz grave—. Eso… es un movimiento sumamente delicado. Un mensaje directo de la corona. Significa que acabas de posar los pies sobre su tablero de guerra.
Lo observé apretar los puños con tal fuerza que los nudillos se le tornaron blancos. Su mirada ardía con una llama peligrosa.
—Hiciste lo correcto al poner a estas personas a salvo bajo nuestro techo —declaró finalmente, reduciendo la presión de su aura—. Discutiré este asunto de inmediato con Angélica… La decisión que tomemos a continuación podría alterar el equilibrio de todo el continente.
Mi padre llamó a la Nana y a Julián para organizar la logística. Se aclaró la garganta y se dirigió a los sirvientes con tono de autoridad:
—Ejem… El día de hoy albergaremos invitados de honor. Por favor, asegúrense de brindarles la máxima atención y hospitalidad.
Julián lo observó con la solemnidad que lo caracteriza.
—¿Se trata del grupo que ha custodiado el joven amo, mi señor?
—Efectivamente —confirmó Josué—. Estas personas fueron víctimas de la esclavitud y, por diversas razones, carecen de los medios para retornar de inmediato a sus tierras natales. Se hospedarán en nuestra residencia por un par de días.
En ese instante, Lucía dio un paso al frente con la espalda erguida y la barbilla en alto.
—Es un honor conocerlo en persona, Santo de la Espada. Mi nombre es Lucia Hayashi.
Acto seguido, su tono adoptó una gravedad absoluta:
—Lamento interrumpir la logística… pero existe un asunto de máxima urgencia que requiero discutir con usted y con Carlos. Asimismo, solicitaría la presencia de su esposa en la reunión.
Josué la evaluó en absoluto silencio. No emitió juicio alguno, pero asintió solemnemente.
—Está bien. Acompáñennos a mi escritorio principal. Tratemos ese asunto de una vez por todas.
Hina, mi madre, acababa de hacer su entrada al vestíbulo tras supervisar el jardín interior.
—¿Sucede algo grave, cariño? —inquirió al notar la solemnidad en el ambiente.
—Así es… —respondió Josué haciéndole una señal para que se uniera al grupo—. Esta joven solicita una audiencia privada con nosotros. Sostiene que se trata de un tema de vital importancia.
Mi madre observó a Lucía con cierta curiosidad. Fue entonces cuando la princesa dio un paso hacia el centro del despacho y habló con una determinación inquebrantable:
—Deseo formularles… una petición formal.
—Te escuchamos —expresó mi padre con una compostura severa, casi intimidante.
Lucía tomó una bocanada de aire… y soltó la revelación sin contemplaciones:
—Quiero que su hijo… se convierta en mi caballero de lealtad personal.
El silencio que siguió a sus palabras fue tan denso que el eco de los latidos del corazón resonaba en las paredes de la habitación.
Tanto Hina como Josué quedaron paralizados por la sorpresa. Mi madre fue la primera en romper el estupor:
—¿Podrías exponernos los motivos por los cuales consideras que nuestro hijo debería asumir semejante responsabilidad…?
Lucía la interrumpió con sutileza pero sin el menor atisbo de duda:
—La razón es fundamentalmente una: necesito que me proteja de una amenaza inminente. Estoy profundamente preocupada… y no me queda nadie más a quien acudir. Carlos es la única persona en quien puedo depositar mi confianza absoluta. Prefiero mil veces estar custodiada por su espada que por cualquier noble o caballero de la guardia real. Lo que presenciamos hoy en el bosque es solo la superficie de una crisis mayor. Estoy rotundamente en contra del tráfico de esclavos, pero mis aspiraciones van más allá… Deseo reformar las leyes, tanto de mi nación como de las suyas.
Se detuvo un instante. Bajó la mirada por primera vez y pareció combatir contra sus propias reservas internas.
—Se los estoy suplicando… porque yo…
—¿Lucía? —la interrumpí en voz baja, dando un paso hacia ella—. ¿Acaso vas a…?
Ella cerró los ojos con fuerza. Y reveló la verdad desnuda:
—Soy… una princesa de la corona. Provengo de un reino vecino. Y si he viajado hasta estas tierras es porque requiero de su influencia y de su fuerza… Necesito su respaldo para salvar mi hogar. No puedo continuar ocultando mi verdadera identidad… porque si persisto en este engaño… mis padres… serán asesinados.
Aquellas palabras no formaban parte de ninguna estrategia fría. Era la primera vez que presenciaba a Lucía… temblar de verdadero pavor.
Y por primera vez en mi vida… me quedé absolutamente sin palabras sobre cómo reaccionar.
La atmósfera en el escritorio se tornó solemne. El silencio pesaba sobre nuestras cabezas como si el destino mismo estuviera aguardando el siguiente movimiento.
—Déjame adivinar… ¿Tu reino se llama Frostglen? —preguntó Josué, manteniendo la mirada fija en los ojos de la joven.
Lucía se tensó visiblemente.
—Es correcto… pero… ¿cómo es posible que conozca el nombre de mi nación? —inquirió con el rostro pálido, sobrecogida al ver que él había descifrado su origen sin esfuerzo.
Josué dio un paso al frente. Su voz sonó profunda, cargada con el peso de memorias que habría preferido dejar enterradas en el pasado:
—Porque serví en esas tierras hace bastantes años. Formé parte de la orden de caballeros de Frostglen. Conozco personalmente a tu padre, niña… aunque jamás imaginé que la pequeña que dejó atrás fuera la joven que hoy se encuentra en mi casa.
Lucía bajó la cabeza sin articular respuesta. Su respiración era entrecortada, como si la sombra de su linaje la hubiera alcanzado finalmente en esta sala.
Josué la observó en silencio durante varios segundos antes de continuar con un tono sombrío:
—Comprendo perfectamente la encrucijada mortal en la que se encuentran tus padres. Se trata de un conflicto político y militar en el que, como figura de este reino, me resulta imposible intervenir directamente.
Sin embargo, en ese preciso instante, mi padre giró el rostro hacia mí. Sus ojos se clavaron en los míos.
Algo cambió radicalmente en la intensidad de su mirada.
—Pero si has elegido a mi hijo para que actúe como tu escudo y tu espada… me parece bien. Aceptaré considerar tu petición formal.
El ambiente dentro del despacho se volvió ceremonioso. Una brisa suave entró por la ventana abierta, agitando las cortinas de seda.
Avancé hacia Lucía con paso pausado. Desenvainé mi espada en un movimiento fluido y la clavé verticalmente en el suelo de madera, justo frente a sus pies. Acto seguido, flexioné la rodilla derecha y me arrodillé ante ella.
El impacto metálico resonó en la estancia como un eco sagrado.
—Yo, Carlos Tanaka Sánchez, juro mi lealtad absoluta hacia su persona —declaré con una voz firme que retumbó en las paredes—. Cualquier orden que usted me encomiende, la ejecutaré sin titubear. Si me ordena marchar hacia la muerte, lo haré sin cuestionar jamás sus motivos. Y si alguien se atreve a atentar contra su vida, entregaré la mía con honor para proteger la suya. Su seguridad… será para siempre mi primera prioridad.
Lucía desenfundó su espada de hoja azul y oscura. Sostuvo el metal brillante a la altura de mis hombros. Su mirada había dejado de ser la de una estudiante para transformarse en la de una auténtica soberana.
—Yo, Lucia Hayashi, te acepto como mi caballero de lealtad absoluta. Cualquier insubordinación que cometas… será severamente castigada por mi propia mano.
Con un movimiento rápido, la princesa hizo un pequeño corte en la yema de su dedo. Acto seguido, tomé el filo de mi hoja y rasgué la mía.
Dos gotas de sangre cayeron simultáneamente sobre el acero cruzado, mezclándose…
Creando un vínculo indisoluble entre una princesa y su caballero…
Un juramento sagrado que no requiere de inscripciones. Un pacto de sangre que ni la mismísima muerte tendrá el poder de quebrantar.
Porque yo… soy el caballero en quien ella decidió depositar la esperanza de su reino. Y esa convicción jamás se doblegará ante nadie…
Porque soy un Tanaka Sánchez.
Mis padres nos observaban en silencio desde la penumbra. En sus rostros se combinaban la devoción de un orgullo infinito… y la sombra helada del temor. Porque sabían perfectamente… que a partir de este instante, el curso de la historia había cambiado para siempre.

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