Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 338 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Ginebra y yo nos quedamos mirando, cruzando los brazos con una expresión de escepticismo absoluto antes de rechazar de inmediato la propuesta de Carlos.
—Lo siento, Carlos, pero prefiero que entrenemos allá afuera —le contesté con una ceja alzada y una sonrisa desafiante, sosteniéndole la mirada—. ¿Sabes a qué lugar podríamos ir? Tal vez si nos derrotas a nosotras dos juntas, podríamos considerar acceder a tus métodos... pero mientras tanto, ni lo sueñes.
Carlos parpadeó un instante, visiblemente desconcertado por la negativa tan directa, antes de que una sonrisa divertida y llena de confianza se dibujara lentamente en su rostro.
—¿Con que un combate, eh? —respondió Carlos, chasqueando los dedos mientras la energía a su alrededor se calmaba por completo—. Vaya, parece que a las chicas no les gusta quedarse atrás en el orgullo. Me parece perfecto... si quieren una demostración real en lugar de palabras, salgamos al campo de prueba exterior. Veamos si tienen lo necesario para respaldar ese desafío.
—Vengan, iremos a la montaña del norte de Zhian —les dije con una sonrisa decidida, girándome hacia la salida mientras el peso del maná recién liberado aún flotaba en el ambiente—. Si quieren un campo de batalla donde puedan soltarse sin preocuparse por romper las paredes, ese lugar es perfecto.
Stiven y Morbius intercambiaron una mirada de asombro, mientras King soltaba una carcajada emocionada al ver que la tensión no hacía más que subir de nivel.
—¿La montaña del norte...? Vaya, sí que sabes elegir dónde hacer las cosas interesantes —comentó Ginebra, entrecerrando los ojos con suspicacia pero aceptando el reto mientras comenzaba a prepararse—. Más te vale no contenerte, Carlos. Vamos a ver si es verdad todo ese poder de los guardianes.
—No planeo aburrirlas... —respondí chasqueando los dedos, abriendo un portal de teletransportación cuyas runas brillaban con un tono azul profundo—. Adelante. Muéstrenme qué tan lejos puede llegar ese orgullo suyo antes de que lleguemos a la cima.
A lo lejos de los reinos, donde el viento helado soplaba con fuerza, la atmósfera se sentía pesada, cargada de una tensa calma antes de la tormenta.
—El día ya llegó —dijo Emanuel, con la mirada fija en el horizonte—. Espero que Eime llegue a tiempo, porque hoy será el día en que acabaré con el imperio de una vez por todas. Espero que estés preparado, Adán, porque pondré fin a todo el dolor que me has causado: la muerte de mis padres, la muerte de la mujer que amé con toda mi alma y, por último, la venganza por la desaparición de mi hija Alicia... Juro que hoy terminaré con este infierno que llevo en mi interior. Y antes de que todo acabe, espero que esa niña, Melissa, se haya hecho fuerte, porque hay un asunto pendiente que quedó en el pasado...
Su cabello rubio se mecía con violencia por el viento, mientras sus ojos de un profundo color morado reflejaban una determinación inquebrantable, fría y absoluta.
—¡Perdón por la demora! —exclamó Eime, apareciendo de la nada y respirando agitadamente—. Me tomó unos días, perdón, es que estaba lidiando con una situación con Emilia, pero... ella se me acercó y me abrazó. Gracias por darme tus consejos y las ganas de no rendirse, muchas gracias en verdad...
Emanuel se quedó inerte por un instante. Hacía tanto tiempo que nadie lo abrazaba de esa manera... Aquel gesto repentino le devolvió de golpe un recuerdo entrañable: el día en que Jimena le confesó que estaba embarazada. Esa calidez, esa chispa de felicidad, recorrió su pecho por última vez. Sabía que ya no había marcha atrás; dejaría de ser Emanuel para convertirse definitivamente en el asesino del imperio, en el caballero oscuro dispuesto a terminar con su propia vida como caballero. Todos le habían dado la espalda, y era hora de que pagaran por todo lo que el rey le había arrebatado a su miserable vida como plebeyo.
—¿Emanuel...? ¿Estás bien?! —preguntó Eime, notando su silencio.
—Yo... no lo sé, Eime. Hace mucho tiempo que no me sentía así... desde que encontré la carta de mi esposa...
—¿La extrañas?
—Más de lo que tú imaginas, niña. Más que a una simple espada; es un amor que jamás podré olvidar. Ella marcó mi vida como Emanuel Giles...
«¿Familia Giles...? —pensó Eime, abriendo los ojos con asombro y conteniendo la respiración—. Eso es imposible... Hace 32 años existía alguien con ese nombre. ¡Entonces él es uno de los Caballeros de la Estrella de la Muerte! Uno de aquellos legendarios guerreros que estaban por encima de los reyes de los reinos... Jamás creí que él fuera esa persona. Lo que fue en la vida anterior, donde Carlos fue traicionado... Pero esto aún no termina. Por un momento pensé que verlo luchar sería fácil de comprender, pero me equivoqué; está sufriendo muchísimo. ¿Desde cuándo ha estado aguantando todo este dolor en solitario...?»
—Eime, quiero que sepas algo —dijo Emanuel, interrumpiendo sus pensamientos con voz firme—. Hay gente muy fuerte en el imperio. Lo mostrable es que encontremos obstáculos importantes. Ya hemos hablado de los 15 Caballeros Imperiales, los más fuertes que existen; será difícil detenerlos, pero con tu poder eres capaz de todo.
—Es verdad, ¿pero qué hay de ti? Esas heridas aún no sanan del todo después de que casi mueres...
—Sí, casi muero, pero fue gracias a ustedes que pude sobrevivir. Sin embargo, ahora tenemos que irnos. No te preocupes por mí, de todos modos ya estoy preparado. Lanzaré mi magia mientras tú entrás, y yo iré por el otro lado...
Emanuel la miró fijamente, con la oscuridad de su aura creciendo a su alrededor.
—¿Lista?
—Más que lista —respondí, y empezamos a caminar hacia el reino (mientras apretaba con fuerza la empuñadura de mi arma, sintiendo la tensión en el aire). Pensamos en un plan, aunque era arriesgado por lo mismo de que las cosas están mal desde que todo cayó en manos del imperio... Pero, mirando a todo esto, a lo mejor sería capaz de matarlos a todos aquí mismo, aunque quiero saber qué es lo que esconden ellos. Si no me equivoqué, mi señor me dijo que iba a mandar a uno de nosotros para vigilar; supongo que llegué antes, porque ahora este lugar solo va a ser destruido... (pensé con una mezcla de fría determinación y recelo).
Mientras tanto, a nuestro alrededor, la gente caminaba con total tranquilidad por las calles, ajena al peligro, mientras los caballeros imperiales vigilaban las murallas desde lo alto.
—Se supone que las cosas no serían tan fáciles, ¿no? Son órdenes directas, ¿verdad...? —comentó uno de los guardias, cruzándose de brazos con fastidio.
—Así es, pero hay algo extraño aquí... lo que ocurrió hace un tiempo... —respondió su compañero, ladeando el casco con aire sombrío.
—¿Te refieres al día que el caballero oscuro vino aquí a matar a todos, no? Es verdad que las cosas se salieron de control ese día... No debimos haber matado a esa mujer, ¿sabes...? —añadió el primero, bajando la voz con un matiz de culpa.
—Esa mujer era una de las espadachinas más fuertes de nuestro reino... Un talento como el suyo, nadie era capaz de ver de lo que era capaz. Todo su esfuerzo fue gracias a su propia disciplina, pero sus padres la vendieron, la traicionaron... ¿Sabe lo que se siente vivir con algo así, verdad? —murmuró con amargura.
—Lo sé... —dijo el otro caballero, negando con la cabeza—. Las cosas están mal aquí porque los nobles son capaces de sacrificar a sus propios hijos solo porque una mujer se fijó en un plebeyo que no valía nada. Pero hay que reconocer algo: aunque ella lo eligió, jamás se avergonzó de sí misma; al contrario, siempre estaba feliz con el hombre que eligió, pero...
(Un escalofrío recorrió el ambiente al recordar aquel trágico instante del pasado)
—¡¿Por qué me hacen esto?! ¡Por qué, dímelo, por qué, Adán! ¡¿Por qué quieres destruir la vida de mi esposo, por qué...?! —gritaba ella desesperada, con las lágrimas rodando por sus mejillas mientras la arrastraban al altar.
—¡Yo no olvido la humillación que sentí ese día en la academia! ¿Crees que lo dejaría pasar por alto? ¡Soy de la realeza, que no se te olvide! ¡Yo tengo el poder de todo, sin importar lo que le pase a ese inútil bueno para nada de Emanuel! Jajaja... Es una pena que tus propios padres te dieran la espalda con tal de conseguir a cambio dineros y títulos. Qué pena, ¿verdad? Ellos querían que te casaras con alguien con más poder y autoridad, ¡pero decidiste elegir a un bueno para nada...! —respondió Adán con una sonrisa cínica y desquiciada.
—¡No voy a tolerar cada insulto hacia mi esposo! ¡Él ha logrado cosas que tú jamás entenderás, es mejor que tú en todo sin excepción alguna! ¡Alguien como tú no es nada ni vales como rey, eres un patético, ¿sabes?! ¡Pero no voy a dejar que lo mates ni que le hagas la vida un infierno de lo que le has hecho a él...! —espetó con furia indomable.
—Esa mujer... ¿acaso está dispuesta a morir por él...? —murmuró Adán, con los ojos inyectados en ira.
—¡Apreté mis dientes de rabia! ¡Mántenla...! —ordenó con desprecio.
(Fin del recuerdo)
—Recuerdo ese momento... —concluyó el caballero con un suspiro pesado, apretando los puños—. No teníamos otra opción ni manera de oponernos, pero desde el momento en que la usaron como sacrificio en ese maldito círculo mágico... el regreso de Emanuel a este reino fue lo que ocasionó todo el odio hacia él.
—Es verdad... Pero aun así, todo acabó mal. Espero que algún día podamos encontrar el perdón de él... (murmuró el segundo caballero con la voz temblorosa, mirando hacia el suelo).
De repente, Emanuel se detuvo en seco. Una presión abrumadora y asfixiante se desató en el aire; los caballeros imperiales sintieron un escalofrío helado recorrer su espina dorsal, como si la muerte misma estuviera respirando en su nuca, convencidos de que alguien los estaba escuchando... pero en un parpadeo, la presencia se desvaneció sin dejar rastro.
—Emanuel, tranquilo, por favor, sí... (le pedí con urgencia, poniendo una mano en su hombro mientras exhalaba un suspiro intentando calmar los nervios). Primero hay que entrar al reino e investigar. Una vez que encontremos lo que buscamos, mataremos a todos... pero ahora debes ser consciente.
—No puedo controlarme, Eime... Mi sed de sangre... No puedo controlarla... (respondió Emanuel con los dientes apretados, mientras un temblor de pura rabia contenida sacudía su cuerpo y sus ojos morados brillaban con una locura desatada).
—Está bien, Emanuel. Si quieres destruir, hazlo; yo no te voy a detener (le dije con una media sonrisa comprensiva, suavizando el tono). Yo iré a investigar, ¿sí? Pero no se olvide de algo: no mates a gente inocente. Encuentra tu dolor, esa oscuridad, y sánala superándolo todo... Nos vemos dentro de una hora, ¿de acuerdo?
Ella se apartó rápidamente y se fundió entre las sombras de los callejones.
Me quedé ahí de pie, sumergido en mis propios pensamientos, intentando contener la tormenta que bramaba en mi interior... pero algo salió mal. Demasiado mal.
De pronto, un destello de reconocimiento cruzó las miradas de los dos caballeros imperiales que patrullaban cerca.
—Es... ¡Es él...! —exclamó uno de ellos, señalándome con los ojos abiertos de par en par—. ¡Es el maldito caballero oscuro...!
—Supongo que no me queda de otra... Tendré que encontrar respuestas entre sus cadáveres... (murmuré con una voz tan fría y profunda que parecía arrastrarse desde el fondo del abismo).
En cuestión de segundos, la trampa se cerró. Varios ataques sorpresivos cayeron sobre mí desde distintos ángulos, cortes de espada y ráfagas de maná lanzados sin piedad antes de que pudiera dar otro paso. Los guardias me rodearon por completo, intentando abrumarme con una lluvia de estocadas sincronizadas.
Sin embargo, sus movimientos se veían patéticamente lentos ante mis ojos. Con una calma absoluta y un parpadeo de desdén, simplemente comencé a esquivar cada ataque con un balanceo milimétrico de mi cuerpo, dejando que las hojas rozaran el aire a milímetros de mi abrigo... pero...
—Tch... (bufé con fastidio cuando uno de ellos logró anticiparse).
Un destello de metal cruzó mi guardia, abriendo un corte superficial pero punzante en mi costado que manchó mi ropa de sangre. Sin perder la compostura, retrocedí de un salto ágil, manteniendo el flujo constante de mis movimientos para amortiguar el impacto. Mis ojos morados se elevaron al instante hacia el cielo nocturno al percibir un cambio en la presión del aire.
Una esfera de maná denso y concentrado caía a una velocidad aterradora directamente hacia mi posición.
¡BOOOOOOM!
El impacto desató una enorme explosión que sacudió los cimientos de las calles cercanas, levantando una cortina de humo, escombros y fuego devorador que lo envolvió todo a su paso.
Salí disparado hacia atrás a una gran escala por la onda expansiva, rodando sobre el pavimento humeante mientras el dolor de mis heridas punzantes ardía bajo mi ropa. Antes siquiera de que pudiera incorporarme por completo, los caballeros imperiales aparecieron de entre el humo como sombras sincronizadas, lanzándose directo hacia mí con las espadas en alto, apuntando a matarme sin vacilar.
Pero en su desesperación, cometieron el mayor error de sus vidas.
Un aura de oscuridad pura, densa y asfixiante estalló de golpe desde lo más profundo de mi cuerpo, haciendo que el suelo se agrietara bajo mis pies y el aire mismo se volviera pesado como el plomo. Levanté lentamente mi mano izquierda, con los dedos temblando de rabia contenida, y apreté el puño mientras pronunciaba las palabras con una calma sepulcral:
—Gravedad oscura estelar...
En menos de un segundo, una presión gravitacional descomunal cayó sobre ellos como si los cielos se hubieran derrumbado. Los caballeros cayeron de rodillas de golpe, con los ojos inyectados en terror mientras el metal de sus armaduras crujía y se deformaba bajo su propio peso, incapaces de dar un solo paso más hacia mí.
El aire se volvió irrespirable. Bajo el peso aplastante de la Gravedad oscura estelar, los caballeros imperiales dejaron caer sus espadas, las cuales se estrellaron contra el suelo pavimentado y se hicieron añicos bajo la presión.
—A-Argh... ¡N-No puedo... moverme...! —gimió uno de ellos, intentando levantar la cabeza con desesperación mientras la sangre comenzaba a brotar de su nariz y oídos por la rotura de capilares.
—¿Esto es... lo que llaman la élite del imperio...? —susurré, avanzando hacia ellos con pasos lentos y pesados, mientras mi cabello rubio se mecía por la turbulencia de mi propia aura—. Me dan pena.
No esperé su respuesta. Cerré ligeramente los dedos de mi mano izquierda y la presión se intensificó al límite, provocando que las corazas de acero se contrajeran como si fueran papel de aluminio, aplastando sus costillas y aplastando sus cuerpos contra el suelo en un crujido macabro de huesos rotos y gritos ahogados.
Uno de los caballeros, arrastrándose en un charco de su propia sangre con las piernas destrozadas, intentó alcanzar su espada rota. Con una fría indiferencia, me acerqué y puse la suela de mi bota sobre su mano, aplastándosela sin piedad mientras el hombre soltaba un alarido desgarrador que se apagó de golpe.
—La piedad murió el día que ustedes decidieron convertirse en los perros falderos de Adán —le dije, inclinándome ligeramente hacia él antes de desatar un torrente de cuchillas de oscuridad que atravesaron su armadura como mantequilla.
La calle principal se convirtió en un matadero en cuestión de segundos. Los refuerzos que acudieron al escuchar el estruendo intentaron formar una línea de defensa, pero su desesperación era evidente.
—¡Manténganse firmes! ¡Es solo un hombre! —gritó un oficial al mando, levantando su hoja encantada.
—¿Un hombre? —solté una risa tétrica, con los ojos morados brillando con una furia desatada—. Yo dejé de ser un hombre hace mucho tiempo. Ahora soy su peor pesadilla.
Me lanzé contra ellos a una velocidad que desafiaba la vista. Mi espada, imbuida en un fuego negro y voraz, cortó el aire. El primer tajo decorticó al oficial antes de que pudiera parpadear; su cabeza salió volando mientras un géiser de sangre teñía las paredes de los edificios cercanos. Los demás intentaron retroceder, pero la masacre ya era imparable. Desgarré carne, crucé extremidades y abrí abdómenes con una brutalidad metódica, disfrutando de cada segundo de pánico reflejado en sus rostros.
En pocos minutos, el silencio de la noche volvió a reinar, solo interrumpido por el goteo constante de la sangre fresca que resbalaba por mi hoja y el humo acre de los escombros. Limpié un poco de sangre de mi mejilla con el dorso de la mano, respirando agitadamente mientras sentía que la primera capa de mi venganza por fin comenzaba a tomar forma.
El eco de la masacre apenas se estaba apagando cuando el suelo bajo mis pies tembló con violencia. A lo lejos, más adelante en las calles del imperio, una explosión de proporciones titánicas rasgó la noche, iluminando el cielo con destellos de un color tan extraño y antinatural que hizo que mi sangre se helara de inmediato.
—¿Qué demonios...? —murmuré, deteniéndome en seco con la respiración agitada y los ojos morados abiertos de par en par—. Esa dirección... ¡¿Acaso es Eime...?!
Un mal presentimiento me apuñaló el pecho con la fuerza de mil espadas. Sin pensarlo un segundo más, desaté una ráfaga de maná oscuro y corrí a toda velocidad hacia el origen del estruendo, ignorando el dolor punzante en mis heridas.
Mientras tanto, a unos cuantos callejones de distancia...
—¡¿Qué demonios...?! —grité con desesperación mientras salía disparada por los aires a una velocidad brutal, cruzando los cielos como un proyectil fuera de control—. ¡Agh...!
Mi cuerpo chocó violentamente contra las paredes de los edificios, atravesando mampostería y ladrillos con fuerza destructiva antes de estrellarme contra el pavimento de una plaza cercana. El impacto me dejó el aire atónito, haciendo que tosiera una bocanada de sangre mientras mis extremidades temblaban por la intensidad del golpe.
—Uf... ¿Cómo demonios... tienen esa clase de arma de esta manera...? —balbuceé con la voz rota, apoyando las manos temblorosas en el suelo para intentar levantarme mientras miraba mis manos chamuscadas—. ¿Qué está pasando aquí...? ¿Por qué... tienen algo así en sus manos...?
Delante de mí, emergiendo entre el humo denso y los escombros humeantes, la silueta de varios caballeros imperiales comenzó a perfilarse, portando un artefacto prohibido que irradiaba una energía tan densa que el espacio a su alrededor parecía distorsionarse. Eime estaba acorralada, y la trampa perfecta acababa de cerrarse.

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