Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 329 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
—¡¿Qué está pasando?! —exclamó Henry al ver a Carlos retorcerse, desorbitado por el colapso de su núcleo—. ¡¿Por qué está así?!
El Dragón de la Felicidad corrió desesperadamente hacia él para intentar frenar la sobrecarga. Sin embargo, antes de poder aproximarse, la barrera descontrolada de energía la rechazó con una fuerza abrumadora, mandándola disparada muy lejos.
—¡Resiste, Carlos, por favor! —gritó ella mientras se reincorporaba con esfuerzo—. ¡No dejes que el poder de Phoenix te destruya por completo!
Para entonces, la consciencia de Carlos se disipó en un abismo oscuro. Dejé de ser yo mismo; el instinto puro del Phoenix y la erupción de las nueve capas tomaron el control de mi cuerpo. El suelo etéreo bajo mis pies colapsó hecho pedazos.
Sin dar margen a la reacción de nadie, activé el Voltstrikedeath. La velocidad fue tan absoluta y destructiva que nadie en el lugar pudo siquiera perception el movimiento.
En un instante imperceptible, descargué un impacto devastador sobre Henry que lo mandó a volar hacia los cielos a una velocidad descomunal. Antes de que su cuerpo detuviera su ascenso, reaparecí instantáneamente por encima de él en el aire. Concentrando toda la masa de la energía descontrolada de Phoenix, clavé mi pierna directamente sobre su estómago y nos precipitamos en picada hacia el suelo.
¡BOOM!
El choque contra la tierra provocó un cráter gigantesco y una explosión de ondas de choque destructivas. Henry soltó un grito de dolor desgarrador cuando sintió todo el peso del golpe y el impacto de mi pierna aplastando su torso contra el suelo resquebrajado.
—¡Acaso perdió la razón?! —exclamó Henry desde el suelo, tosiendo sangre mientras trataba de mantener la vista fija en la figura de Carlos—. ¡No puede controlar ese poder!
Dentro de la mente consumida por el caos, un eco lejano resonó en la memoria de Carlos, trayendo de vuelta la voz fría y severa de Shiro Shimizu:
«Si llegas a perder tu humanidad, Carlos... te mataré.»
Aprovechando ese instante de duda en el que la conciencia de Carlos luchaba por resurgir de la penumbra, me alejé de golpe, dando un salto masivo hacia atrás que abrió una grieta en el suelo etéreo.
Sin embargo, antes de que pudiera estabilizarme, Natalia —el Dragón de la Felicidad— no esperó un segundo más. Desplegando su velocidad divina y envuelta en un fuego sagrado, me atacó a traición por el flanco ciego sin que yo pudiera notarlo a tiempo.
El impacto del ataque me obligó a retroceder varios metros, arrastrando las botas sobre la tierra agrietada mientras sujetaba con firmeza el mango de mi arma.
En un chispazo de energía contenida, la armadura sangrienta se disipó por completo en el aire, liberando a mi cuerpo de esa pesada estructura. Al mismo tiempo, la guadaña comenzó a retorcerse y cambiar de forma entre mis manos: su hoja curva se transformó bruscamente en la imponente cabeza de un hacha de guerra, y la temible aura roja que la envolvía se apagó para dar paso a un tono azul profundo, vibrante y electrizante.
Caminé a paso firme hacia ella, ya sin la armadura pero impregnado de una presencia aún más abrumadora. Giré el hacha de guerra con destreza, canalizando la totalidad de mi éter en el filo azul.
En un abrir y cerrar de ojos, desaparecí del plano físico.
Aparecí y reaparecí en ráfagas imperceptibles alrededor de Natalia, lanzando una lluvia de cortes y estocadas letales desde todas las direcciones posibles. Sin embargo, ella desplegó su aura con determinación absoluta, alzando sus defensas para frenar cada uno de mis impactos en un espectáculo de chispas y ondas de choque.
—¡No planeo dejar que mi esposo se convierta en un monstruo! —gritó Natalia con la voz quebrada por la desesperación, sosteniendo el choque de mi hacha azul con todo el poder del Dragón de la Felicidad.
—¡Henry, ahora! —dije.
—¡No tienes por qué preocuparte por él! ¡Usaré todo mi poder de lucha en él! —gritó Henry mientras una fuerza destructiva e incontenible salía de su cuerpo.
Lanzándome al ataque, ambos chocamos en un estallido masivo. Nos desplazábamos a una velocidad ridícula; el sonido de nuestras espadas e impactos retumbaba en el plano etéreo mientras nuestras hojas chocaban entre sí una y otra vez, sin detenernos un solo segundo.
Retrocedíamos y desaparecíamos en ráfagas de luz azul, dorada y carmesí. Natalia no se quedó atrás: actuando como una defensa impenetrable, comenzó a desplegar su magia antigua, canalizando el legendario aliento de dragón a través de sus manos. Sus llamas, de un amarillo deslumbrante, se avivaron con tal intensidad que dieron forma a un colosal tornado con la silueta de un dragón verde, barriendo todo el terreno alrededor para contener la amenaza.
Pero eso solo empeoró las cosas: la batalla se volvió muchísimo más salvaje.
Los tres corrimos al mismo tiempo en un choque frenético de velocidad pura. Era una danza desenfrenada de bloqueos, esquivas y colisiones letales que rompían la barrera del sonido en cada instante. El humo y el polvo de la tierra agrietada nos envolvieron por completo, pero entre las ráfagas y las chispas, los ataques combinados de Henry y Natalia comenzaron a surtir efecto, logrando penetrar la barrera defensiva de Carlos.
El impacto conjunto de la espada envuelta en Espíritu de Lucha y el tornado del aliento de dragón hicieron mella en su cuerpo. Carlos sufrió el daño de la violenta embestida y, perdiendo el equilibrio en medio del caos, salió disparado a una velocidad brutal, estrellándose a lo lejos contra el suelo etéreo.
Mientras tanto, en el mundo exterior, la columna de energía azul continuaba azotando los cielos sobre el Océano Pacífico. Natsuki, recuperándose del impacto que la había arrojado metros atrás, intentó ponerse en pie para correr nuevamente hacia Carlos y detener su descontrol.
Pero justo cuando iba a dar el primer paso, una voz resonó directamente dentro de su mente. Era una voz helada, antigua y cargada de una autoridad absoluta: la Natsuki de hace 32 años.
—Será mejor que ni lo intentes —dijo la voz en su interior con una calma inquietante—. En este momento no eres nada para detenerlo. Tal vez, si me prestas tu cuerpo, podría frenarlo con facilidad...
Natsuki se detuvo en seco, apretando los puños sobre su pecho mientras sentía cómo la presencia de su antiguo ser despertaba con fuerza en lo más profundo de su alma.
—¿Estás segura? —preguntó Natsuki en su mente, dudando por un instante ante la abrumadora presión del aura de Carlos—. ¿Crees que podrás?
Una sonrisa fría y confiada se dibujó en la consciencia de la antigua guerrera.
—Claro —respondió la voz sin dudar un solo segundo—. Así que dame el mando.
En el barco, el cuerpo de Natsuki dejó de temblar. Sus ojos, que hasta hace un momento reflejaban puro terror y desesperación, se cerraron lentamente. Al volver a abrirlos, una mirada completamente diferente —dominante, calculadora y capaz de rivalizar con la era de las leyendas— tomó el control por completo.
El aura alrededor de Natsuki cambió de forma drástica, lista para intervenir antes de que la fuerza de Phoenix devorara por completo a Carlos.
Mis ojos se cerraron por un segundo y, al abrirlos de golpe, despertó por completo la Natsuki de hace 32 años. Su mirada era imponente, fuerte y poseía un brillo deslumbrante e hipnótico. En su mano derecha se materializó una espada de un azul brillante y puro que cortaba la presión del aire.
Avanzó con paso firme y dominante hacia el pilar de energía donde Carlos yacía fuera de control, pero de inmediato las dos presencias primordiales se interpusieron en su camino, bloqueándole el paso para impedir que interfiriera.
—Así que no me dejarán detenerlo... —murmuró la antigua Natsuki con una sonrisa helada y confiada—. En ese caso, los acabaré a ustedes primero.
Sin darles tiempo a reaccionar, atacó a una velocidad tan aterradora que ninguno de los dos entes primordiales pudo siquiera percibir el destello azul de su hoja.
¡BOOM!
Un impacto limpio y devastador los alcanzó de lleno, mandando a ambos seres primordiales disparados a una distancia descomunal, rompiendo el aire a su paso y despejando por completo el camino hacia Carlos.
—Veamos... es la primera vez que veo que Carlos tenga ese tipo de problemas. Espera...
Natsuki entrecerró los ojos, concentrando la visión de su forma antigua para penetrar la densa capa de aura descontrolada y observar directamente el interior del cuerpo de Carlos. Enfocó su mirada en la estructura de su origen mágico.
Al instante, la antigua guerrera quedó completamente en shock. Sus pupilas se contrajeron y la espada azul en su mano tembló levemente.
—¿Qué demonios...? —murmuró con la voz cortada, incapaz de dar crédito a lo que sus ojos veían—. Ese tipo de núcleo... ¡alcanzó las 9 capas! Es sencillamente imposible que exista alguien así de poderoso... ¡Si yo solo logré alcanzar 5 capas en mi era! ¿Cómo es posible que él pueda...?
Antes de que pudiera terminar la frase, un estallido sordo hizo vibrar la madera del barco. Natsuki retrocedió instintivamente de un salto cuando vio la aterradora transformación física del aire alrededor de Carlos.
Desde los poros de su piel y las grietas del suelo comenzaron a emerger hilos de éter puro. La energía ya no era solo la columna azul original: ahora se retorcía y entrelazaba en cuatro tonalidades distintas y amenazantes: un negro abismal, un rojo sangriento, un azul eléctrico y, por último, un plateado brillante y cósmico que comenzó a devorarlo todo.
La mezcla de esos cuatro elementos etéreos rodeó la figura de Carlos, creando una tormenta de maná de un nivel que ni siquiera la Natsuki de hace 32 años había presenciado jamás.
—¡Magia de Fuego! ¡Incineración Divina! —exclamó Natsuki, canalizando la totalidad de su magia ancestral y lanzando una ráfaga masiva de hechizos ígneos contra la figura envuelta en las cuatro auras etéreas.
Confiaba en que su tremendo potencial de la era antigua sería más que suficiente para frenarlo o desequilibrarlo. Pero ese pensamiento resultó ser un gravísimo error.
Las llamas sagradas chocaron contra la barrera de éter negro, rojo, azul y plateado, disipándose en el aire como si no fueran más que una leve brisa. El ataque ni siquiera le rasguñó la piel.
En un mero parpadeo, sin que el ojo humano o divino pudiera rastrear su trayectoria, la silueta dominada por el Phoenix se abalanzó sobre ella. Natsuki reaccionó con los reflejos del pasado y levantó su espada azul para bloquear la embestida en el último microsegundo.
¡BOOOOM!
La fuerza del choque trasbordó las leyes de la física. La hoja azul de Natsuki vibró al borde de la ruptura y la onda expansiva destruyó las nubes en miles de kilómetros a la redonda. Natsuki salió disparada a una velocidad ridícula, atravesando continentes y mares en una línea recta hasta impactar brutalmente contra las profundidades del océano, generando un megatsunami en la superficie.
Desde el abismo marino, Natsuki flotaba entre el agua turbia, tosiendo sangre mientras su forma antigua intentaba asimilar el golpe.
—Es... es una monstruosidad... —pensó, apretando la empuñadura de su espada mientras la luz de las 9 capas de Carlos continuaba iluminando el cielo desde la distancia.
—¡Ven a mí, Lanza del Anochecer! —resonó una voz impetuosa en medio del caos.
Era Saleh. El elfo emergió de las sombras en un destello de teletransportación, atacando con la legendaria lanza en ristre en un intento desesperado por someter a la bestia descontrolada.
Sin embargo, los reflejos potenciados por las 9 capas y la presencia del Phoenix eran inhumanos. Esquivé el ataque con un movimiento casi imperceptible, girando el cuerpo en un ángulo imposible. Antes de que Saleh pudiera rearmar su guardia, mi mano se cerró como una prensa de hierro alrededor de su cuello.
Lo stamped de golpe contra la cubierta y la superficie bajo nosotros colapsó, rompiéndose el suelo en mil pedazos por la brutalidad del impacto.
—¡¿Qué diablos te pasa, Carlos?! —gritó Saleh ahogándose, intentando en vano zafarse de mi agarre.
Mi rostro no mostró rastro de humanidad. No reaccioné a sus palabras; mi mirada galáctica continuaba vacía, dominada por el instinto destructivo. Alcé el hacha azul listo para rematarlo, pero en ese preciso instante la Lanza del Anochecer reaccionó por sí sola, girando en el aire para lanzarse en un corte defensivo directo hacia mi rostro.
El choque con el arma sagrada me obligó a retroceder de un salto, soltando a Saleh justo a tiempo mientras la lanza se interponía como un escudo flotante entre él y mi sombra etérea.
Saleh se levantó de golpe, haciendo girar la Lanza del Anochecer a una velocidad cegadora mientras su mana élfico distorsionaba el espacio a su alrededor. Desplegando su magia de teletransportación, ejecutó una maniobra instantánea creando cinco clones de sí mismo, rodeándome desde todos los ángulos posibles para lanzar una ofensiva coordinada.
Al mismo tiempo, Natsuki emergió del océano impulsada por un torrente de energía, corriendo a una velocidad abrumadora hacia mi posición para sumarse al ataque y silenciar de una vez por todas mi descontrol.
Sin embargo, antes de que Saleh o sus clones pudieran rozarme, o que Natsuki lograra acortar la distancia, los dos entes primordiales se manifestaron entre las sombras de mi aura de cuatro colores.
En un chispazo de poder absoluto, los primordiales interceptaron la embestida a mitad de trayectoria. Con movimientos pesados e imparables, barrieron a los clones de Saleh y colisionaron de lleno contra Natsuki, repeliendo a ambos guerreros con una fuerza tan descomunal que ni siquiera sabían quiénes eran esos seres misteriosos que custodiaban mi despertar.
—¡Es difícil frenarlo, Saleh! —exclamó Natsuki, reincorporándose con el rostro lleno de tensión mientras su espada azul temblaba en sus manos—. ¡Es inútil luchar así contra él! Tenemos que pensar en un plan para detenerlo... Si no hacemos algo pronto, ¡este reino será destruido por completo!
—Tienes razón... Necesito un plan —dijo Saleh, apretando los puños con desesperación mientras intentaba descifrar la trayectoria de la tormenta de éter de cuatro colores.
—¡Papá! —dijo Alefa con la voz temblorosa al ver que la mirada vacía de Carlos se clavaba en ellos.
Carlos giró bruscamente la cabeza hacia allí y, en una fracción de segundo, se teletransportó instantáneamente frente a la joven elfa. Apareció como una sombra de muerte, levantando su hacha azul envuelta en una fuerza destructiva lista para descuartizar todo a su paso.
—¡¡NOOO, ALEFA!! —gritó Saleh desgarrándose la garganta, lanzándose desesperadamente hacia adelante pero sabiendo que no llegaría a tiempo.
Alefa, paralizada por el aura aplastante de las 9 capas, simplemente cerró los ojos esperando el trágico final.
¡CLANG!
Un impacto metálico colosal hizo temblar la tierra y desvió la trayectoria del arma mortal a milímetros de su rostro. Fer y Octavio, los guardianes, aparecieron de la nada cruzando sus armas para contener la embestida.
—Qué bueno que llegamos a tiempo para detener a nuestro líder... —dijo Fer, sudando frío mientras ejercía toda la fuerza de su cuerpo contra la abrumadora presión del hacha.
—Es verdad, Octavio. Si no nos dábamos cuenta de esto a tiempo, todo habría terminado... Lo bueno es que Inglis lo notó a tiempo —respondió Octavio, haciendo palanca con los dientes apretados para sostener a la bestia descontrolada—. ¡Ahora mismo! ¡Yuki, ataca!
Fer aprovechó la brecha para agarrar a Alefa del brazo e impulsarla de un tirón hacia la posición de Saleh, alejándola del alcance inmediato del hacha azul de Carlos.
—¡Atrás! —exclamó Fer, manteniéndose en guardia junto a Octavio.
Saleh atrapó a su hija contra su pecho, jadeando y mirando con desconcierto e incredulidad a los guerreros que acababan de intervenir con semejante demostración de poder.
—¿Quiénes diablos son ustedes? —preguntó Saleh, apretando la Lanza del Anochecer.
Fer se giró apenas un segundo, con una leve sonrisa de soslayo en medio del caos.
—¿Yo?
—¡No hagas preguntas, Saleh! —interrumpió Natsuki, aterrizando a su lado con un impacto seco mientras la espada azul resplandecía en su mano—. Ellos son los guardianes personales de Carlos... la élite conocida como la Red Blood Association.
Octavio reajustó la postura, sosteniendo la presión del aura negra, roja, azul y plateada que continuaba emanando del cuerpo descontrolado de Carlos.
—Así es —añadió Octavio en voz baja, sin desviar la mirada del líder enajenado—. Y no dejaremos que destruya todo ni que ustedes lo maten en el proceso. Inglis, Yuki... ejecuten el sellado ahora.

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