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Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 319 online gratis en español

🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Saleh se quedó en silencio durante varios segundos, con las manos presionando aún el mármol frío del suelo y la respiración entrecortada por el llanto. Lentamente, alzó la mirada hacia su hermano, encontrando los ojos de Shima llenos de una serenidad triste pero profundamente sincera. —No planeo pelear contigo, hermano... —dijo Shima en voz baja, dando un paso adelante y extendiéndole la mano a Saleh para ayudarlo a levantarse—. Solo quiero que vuelvas a ser la persona que eras antes. El Rey de la Guerra jamás debe caer. Debe seguir caminando, aunque tus compañeros ya no estén aquí... Ellos te seguirán desde donde estén hasta que finalmente encuentres tu luz ante esta oscuridad. Saleh contempló la mano extendida de su hermano. Un temblor leve recorrió sus dedos antes de sujetarla y ponerse en pie, limpiándose con rabia las lágrimas que aún humedecían sus mejillas. El peso de la culpa no había desaparecido, pero el calor de las palabras de Shima le dio un punto de apoyo en mitad de la tormenta. —Sabes... —añadió Shima, dejando escapar una sonrisa amarga mientras miraba hacia el horizonte a través de los altos ventanales del pasillo—, ahora que me acuerdo, tú y el joven Carlos son bastante parecidos. Saleh frunció levemente el ceño, apretando la empuñadura de su espada mientras ajustaba su postura. —¿Carlos y yo? —murmuró Saleh, sorprendido por la comparación—. ¿En qué sentido? —Ambos cargan con el peso de los que han caído por su culpa —respondió Shima, bajando la mirada con una sombra de melancolía que Saleh no logró descifrar del todo—. Ambos han visto arder lo que amaban y han tenido que levantarse entre las cenizas para convertirse en reyes cuando solo querían proteger a los suyos. Él también camina con las llamas de su propio infierno a cuestas, Saleh. Quizá por eso el destino los está juntando en el Reino de Sage. Saleh guardó silencio, procesando las palabras de su hermano mientras la imagen del nuevo Rey de Gran-Aura resonaba en su mente. —Tal vez tengas razón... —admitió Saleh, ajustándose la capa de viaje y recuperando esa postura erguida y dominante que lo caracterizaba en el campo de batalla—. Prepárate, Shima. Si el mundo está a punto de colapsar entre dioses, abismales y viejos rencores, el Rey de la Guerra no volverá a arrodillarse. Es hora de marchar a Sage. Saleh miró a Shima con detenimiento, notando la firmeza renovada en su postura, aunque la tensión no se había disipado del todo en el ambiente. —Bueno, hermano... solo venía a despedirme. ¿Crees poder con el reino mientras no esté? —preguntó Saleh, ajustando las correas de su armadura de viaje y mirando hacia el patio donde la escolta real aguardaba. Shima asintió de inmediato, forzando una expresión de absoluta seguridad para no delatar el infierno que ardía en su pecho bajo la amenaza de Skorn. —Por supuesto. Confía en mí, todo saldrá bien —respondió Shima con tono decidido, sosteniéndole la mirada a su hermano—. Por ahora ve y dile a Sage que el Dios Nocturno ha regresado. Necesitamos unir fuerzas para enfrentarlo por si acaso ataca. Saleh entornó los ojos, entendiendo la gravedad de la advertencia. La sombra de ese ser ancestral no era un juego, y un frente unido entre Gran-Aura, el Reino Elfo y el Reino de Sage era la única oportunidad de supervivencia que les quedaba. —Así lo haré —asentió Saleh con pesadez—. Si ese monstruo pretende sembrar el caos de nuevo, no nos encontrará desprevenidos. Cuídate, Shima. Sin decir una palabra más, Saleh se dio la vuelta y avanzó con paso firme hacia las puertas del palacio. Shima lo observó marchar en silencio, apretando los puños a sus espaldas mientras la sombra invisible del Abismo volvía a cernirse sobre él en la soledad del pasillo. El impacto de las pequeñas manos de Alefa rodeándole la cintura hizo que Saleh se detuviera en seco en mitad del patio de armas. Toda la rigidez marcial y la pesadez del odio acumulado se desmoronaron en un instante al sentir el calor de su hija. —¡Papá! —exclamó Alefa con la voz ahogada contra su pecho, apretándolo con todas sus fuerzas mientras las lágrimas empapaban la tela de su armadura—. ¡No te castigues a ti mismo, por favor! No quiero perderte... Eres mi padre y no puedo verte sufrir de esa forma. Saleh se quedó inmóvil por un segundo, con los brazos suspendidos en el aire. Las desgarradoras palabras de su hija calaron más profundo que cualquier espada o ataque mágico. Había estado tan enfocado en el dolor del pasado, en la culpa por sus camaradas caídos y en el odio hacia Angélica, que no se había dado cuenta de cuánto afectaba su agonía a la pequeña que tanto amaba. Lentamente, Saleh se hincó sobre una rodilla para quedar a la altura de Alefa. Deslizó sus grandes manos con una ternura infinita para acunar el rostro de su hija, limpiando suavemente las lágrimas que rodaban por sus mejillas. —Alefa... —murmuró Saleh, y esta vez su voz no reflejaba al temible Rey de la Guerra, sino simplemente a un padre roto tratando de proteger lo más sagrado que le quedaba en la vida—. Lo siento... Perdóname, mi niña. Saleh la atrajo hacia sí, envolviéndola en un abrazo protector mientras cerraba los ojos con fuerza. —No te voy a dejar sola jamás. Te prometo que lucharé por ti y por este mundo, y no dejaré que la oscuridad nos consuma. Vamos a ir a Sage juntos, ¿está bien? Nada te va a pasar mientras yo esté a tu lado. Alefa asintió fuertemente contra su hombro, aferrándose al manto de su padre mientras la guardia real los observaba en un respetuoso y solemne silencio. Saleh volvió a ponerse en pie, sujetando la mano de su hija con firmeza, listo para marchar hacia el Reino de Sage. —Además, fuiste bendecida por los Caballeros Espirituales —recordó Saleh, mirando el misterioso brillo que emanaba del adorno en la mano de su hija mientras ajustaba las riendas de su montura—. ¿Crees poder usar tu anillo para llamarlo? Si es así, es muy posible que pueda trasladarnos directamente hacia el Reino de Sage sin perder tiempo en los caminos. Alefa parpadeó con sorpresa, mirando fijamente la gema engarzada en el fino Anillo Espiritual que rodeaba su dedo. La joya reaccionó de inmediato a la calidez de su maná, emitiendo un pulso de luz prístina y dorada que comenzó a resonar con el aire a su alrededor. —Yo... creo que sí, papá —respondió Alefa, respirando hondo para concentrar sus emociones y canalizar la bendición que los espíritus le habían otorgado—. Si le pido ayuda al Caballero Espiritual, él abrirá el sendero hacia el territorio neutral de Sage antes de que las sombras del Abismo noten nuestro movimiento. Sosteniendo la mano de su padre con firmeza, Alefa alzó el anillo hacia el cielo del Palacio de Arce, lista para invocar el poder que los llevaría al encuentro de Carlos y las grandes naciones. Saleh soltó una carcajada baja, la primera sonrisa sincera que cruzaba su rostro en años, rompiendo por completo la tensión que los rodeaba mientras la luz del anillo continuaba pulsando entre las manos de Alefa. —Además... sé perfectamente que querías ver a Carlos —dijo Saleh, mirándola de reojo con un toque de diversión paternal—. Llevas tanto tiempo hablando de él... Todo el día, en cada momento, siempre lo mencionas. ¿Acaso te enamoraste de él, hija? —¡¿Quéeeee?! —exclamó Alefa, dando un brinco hacia atrás mientras un rubor intenso le cubría la cara hasta las puntas de sus orejas elfas—. ¡N-No! ¡No, papá, cómo crees! Yo... yo solo... La pequeña comenzó a mover las manos de forma atropellada, incapaz de articular una frase coherente bajo la mirada inquisitiva pero afectuosa de su padre. Intentó poner cara de indignación, pero la vergüenza traicionaba cada uno de sus movimientos. —Espera... —murmuró Alefa, tapándose el rostro ardiente con ambas manos y mirando a Saleh entre sus dedos con los ojos muy abiertos—. ¿En verdad... en verdad se nota demasiado? Saleh volvió a reír con ganas, negando con la cabeza antes de despeinarla con cariño. —Se nota a leguas, mi niña —respondió Saleh con voz cálida, apretándole suavemente el hombro—. Pero no te preocupes. Carlos ha demostrado ser un hombre de honor y ha levantado su propio reino contra todo pronóstico. Cuando lleguemos a Sage, podrás hablar con él todo lo que quieras... pero recuérdale que su maestro también estará observándolo muy de cerca. Alefa hinchó las mejillas, bajando la cabeza apenada pero incapaz de ocultar una pequeña sonrisa de ilusión mientras el brillo del Anillo Espiritual comenzaba a envolverlos a ambos en un destello de luz que los transportaría hacia el Reino de Sage. Saleh observó a su hija con una mezcla de ternura y nostalgia. Al verla retorcerse los dedos con tanta timidez, la imagen de la temible guerrera bendecida por los espíritus se disolvía por completo, dejando solo a una joven elfa abriendo su corazón por primera vez. —¡Qué vergüenza, en verdad! —protestó Alefa, escondiendo el rostro rojo como una manzana entre sus manos mientras el anillo terminaba de sintonizar su magia—. No quería que se notara lo mucho que me gusta Carlos... Pero es la verdad, papá. Siempre me preocupo por él, todo el tiempo... aunque siempre he tenido miedo de ser rechazada. Alefa hizo una pequeña pausa y frunció el ceño con dramatismo, cruzándose de brazos mientras inflaba los cachetes con indignación. —¡Además hay competencia! —añadió en un berrinche adorable, apretando los puños—. A Melissa también le gusta, ¡lo sé! Tengo que encontrar una forma de ser la primera, no me voy a quedar de brazos cruzados viendo cómo me gana el terreno. Saleh no pudo contener una sonrisa de lado. Ver a su hija preocupada por los líos del corazón en lugar de las sombras de la guerra le trajo un calor al pecho que no sentía desde hacía años. —Así que Melissa, ¿eh? —comentó Saleh con tono divertido, dándole un suave golpe en la cabeza a modo de cariño—. Conozco a Carlos; ese muchacho es un cabeza dura para esas cosas, probablemente ni se ha dado cuenta del alboroto que causa en ustedes dos. Pero escúchame bien, Alefa... no tengas miedo. Eres una princesa elfa y una guerrera bendecida por los espíritus. Muestra tu valor con la cabeza en alto, sin perder tu esencia. Alefa alzó la mirada, reconfortada por las palabras de su padre, y asintió con una determinación renovada en los ojos. —¡Tienes razón, papá! ¡No me voy a rendir! —exclamó con orgullo. En ese instante, la gema del Anillo Espiritual soltó un destello cegador. La luz dorada se elevó en un espiral perfecto, envolviendo la figura de ambos y haciendo vibrar el aire del patio. Un círculo mágico ancestral se dibujó bajo sus pies y, en un abrir y cerrar de ojos, la presencia de Saleh y Alefa se desvaneció en el aire, dejando atrás el Palacio de Arce para transportarlos directamente al corazón del territorio de Sage. El portal espiritual terminó de disiparse tras ellos, dejando a Saleh y Alefa a las afueras de las fronteras de Sage. Mientras Alefa adelantaba unos pasos entusiasmada, contemplando el horizonte y buscando con la mirada la silueta del reino donde se encontraba Carlos, Saleh se quedó un paso atrás. Observó la espalda de su hija, y luego miró fijamente la empuñadura de su lanza. La brisa helada del territorio neutral despeinó su cabello, trayendo consigo el presentimiento ineludible de la tormenta que se avecinaba. Saleh apretó los dientes, dejando que sus pensamientos fluyeran en un diálogo interno cargado de pesadez, orgullo y una amarga despedida implícita: "Tengo que ser un buen padre... No sé en qué momento estoy pensando en esto, pero es como si la muerte misma supiera lo que me pasará después. Todo dependerá de ti, Carlos. Si algo me llega a pasar... en verdad no quiero que mi reino se quede sin ningún rey. Por algo eres el protector de este reino, aunque seas un humano, Starwhisper. Eres mi aprendiz. Eres todo lo que aún buscaba cuando viniste aquí. La primera vez que pisaste nuestro territorio, noté algo extraordinario en ti: un talento inigualable con la lanza. Nunca pensé que tú estuvieras a mi nivel en tan poco tiempo. Cuando luchamos por primera vez, fui testigo de tu verdadera fuerza... era como ver una lanza de rayos azules y verdes rasgar el cielo. Eres la Lanza del Anochecer, el guerrero ante cuya presencia todo el peligro simplemente desaparece." Saleh exhaló un suspiro pesado, dejando que el aire frío llenara sus pulmones mientras ahogaba ese pensamiento en lo más profundo de su pecho. No podía permitirse dudar ahora; no frente a su hija. —¿Papá? ¿Ocurre algo? —preguntó Alefa, girándose hacia él con curiosidad al notar que no avanzaba. —Nada, mi niña —respondió Saleh, componiendo la mirada y advancing hacia ella con paso firme y la cabeza en alto—. Vamos. Tu "competencia" y el futuro de este mundo nos aguardan. Habían pasado dos días desde que llegué al Reino de Sage, pero no podía quitarme de encima una sensación extraña que me oprimía el pecho. Caminé en silencio por el lugar, observando a mi alrededor. Es difícil asimilar lo mucho que ha cambiado todo desde que morí por primera vez... y reencarné. Y después, volver a reencarnar una vez más solo para intentar cambiar este maldito destino. No ha sido nada fácil. Sigo esperando y deseando que Angélica Alejo esté bien en aquel mundo paralelo. Solo espero que no vaya a cometer una locura. Pero hay algo más que me perturba. El Dios Antiguo siempre fue un sujeto sumamente molesto... Lo único bueno fue que pude acabar con él cuando apenas tenía siete años. Sin embargo, me preocupa lo que me dijo hace tanto tiempo: juró que alguien vendría en el futuro para matarme. Y para empeorar las cosas, mi propia hija, Yue, me lo advirtió en aquel sueño. Sus palabras siguen retumbando en mi mente como una profecía de sangre: alguien viene a por mí. Alguien se acercó hacia mí, rompiendo el hilo de mis pensamientos. —¿Carlos? —¿Natsuki? ¿Qué haces aquí? —pregunté, sorprendido de verla. —Jajaja, nada. Solo estaba paseando y disfrutando del reino —respondió ella, soltando una pequeña risa relajada antes de mirarme fijamente—. Pero te noto preocupado... ¿Extrañas a Yue? Dejé escapar un suspiro pesado, bajando ligeramente la mirada. —Bueno, no te puedo mentir... pero sé que está en buenas manos con mi madre. Aunque a veces... Natsuki dio un paso hacia mí, cortando la distancia. Su expresión cambió por completo, perdiendo la desenvoltura de hace un momento para dar paso a una mirada cargada de vulnerabilidad y firmeza. —Carlos, yo... sigo preocupada por lo nuestro —confesó en voz baja, entrelazando sus dedos con una mezcla de tristeza y determinación—. No hemos tenido una cita desde hace mucho tiempo. Quisiera saber si tienes tiempo para estar conmigo... En verdad me siento sola. Con todos los problemas que hay, siempre tratas de resolverlo todo tú solo. —No lo hago por eso... —interrumpió Natsuki antes de que pudiera excusarme, mirándome directo a los ojos mientras su voz temblaba levemente. "Pero mi yo de mi vida anterior me lo advirtió... debo protegerte a toda costa. No quiero verte sufrir más por todas las pesadas cargas que has soportado por culpa de Kronos." Me quedé en silencio ante la intensidad de sus palabras. La culpa y la necesidad visceral de mantenerla a salvo chocaron de frente contra la frialdad con la que había intentado distanciarme. —Natsuki... —murmuré, sintiendo cómo se me apretaba el pecho ante la calidez de su mirada en medio de la tormenta.
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The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 319

Estás leyendo el capítulo 319 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 29 de septiembre de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.