Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 315 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
(Punto de vista de Emilia)
El frío extremo a mi alrededor era lo único que me mantenía enfocada. Podía escuchar los gritos desesperados de Fer desde las gradas y la voz del Señor Carlos exigiendo que me detuviera, pero en ese instante no existía nada más. Si ella se quebraba aquí, si se quebraba ahora ante mí, no sobreviviría ni un solo segundo en la Planicie de Gran-Aura contra Kronos. Prefería romperle los huesos yo misma antes de verla morir en el campo de batalla por su propia tibieza.
Verla tendida en el suelo de cuarzo, bañada en su propia sangre y respirando con dificultad, me confirmó lo que siempre sospeché: Eime seguía luchando con el miedo de una niña que teme a la muerte, en lugar de la ferocidad de una guerrera que lucha por matar. Arrojé su cuerpo casi inconsciente hacia el centro de la arena y comencé a caminar despacio, dejando que el filo de mi estoque marcara una línea helada en la piedra.
—No sirves para nada si te rompes a la primera embestida —sentencié, sintiendo cómo mi propio maná helado vibraba en mi pecho—. Si no vas a luchar con la intención de matar, prefiero dejarte lisiada aquí mismo antes de que seas un estorbo para el Señor Carlos.
Estaba a punto de alzar mi arma para asestar el golpe definitivo y cerrar esta farsa cuando la temperatura de la arena cambió de forma drástica.
El aire helado que yo misma había desplegado comenzó a agrietarse, sofocado por una presión espiritual de una magnitud abrumadora. Las barreras de contención del coliseo crujieron con violencia. Frené mi paso de golpe. Mis ojos se abrieron de par en par al sentir cómo la marea de maná de Eime, lejos de apagarse, estalló en una columna de luz dorada y púrpura que cegó por completo el recinto.
¿Qué es esta energía...?
No era el maná caótico e inestable de una invocación fuera de control. Era algo completamente distinto. Vi cómo la silueta espectral de Emperor, el coloso que momentos antes había destruido con mis estocadas, emergía de la neblina... no para protegerla, sino para arrodillarse ante ella.
La densidad del aura me obligó a cruzar los brazos frente a mi rostro para sostener el empuje del viento. Las heridas del cuerpo de Eime comenzaron a cerrarse a una velocidad regenerativa absurda, y la mítica espada de Dasshonl elevó su vuelo, respondiendo al llamado de su mano como si reconociera a su verdadera dueña por primera vez.
La miré fijamente a través del resplandor. La niña asustada que dudaba ante mis estocadas había desaparecido. En su lugar, el destello púrpura y dorado en sus ojos reflejaba una presencia que sobrepasaba el rango de cualquier Guardián ordinario.
Una sonrisa amarga y afilada se me escapó en los labios mientras reajustaba el agarre de mi estoque.
Así que de esto eras capaz cuando te quitaban todo... Por fin te quitaste la máscara, Eime.
El viento gélido que emanaba del cuerpo de Eime azotaba mi rostro, trayendo consigo el eco de una fuerza que jamás creí volver a ver. Mientras la luz dorada y púrpura de su evolución agrietaba el suelo del coliseo, un ramalazo de memoria me atravesó el pecho con la fuerza de una estocada helada.
Hace 32 años... en mi vida pasada.
Mucho antes de ser nombrada la Primera Guardiana, antes de ostentar este título que todos respetan y temen, yo no era más que una huérfana moribunda en un páramo sumergido en un invierno eterno. Mi cuerpo estaba destrozado por el frío y la malnutrición; no tenía un propósito, no tenía magia utilizable y solo esperaba a que la nieve cubriera mi cadáver. Para el mundo, yo era un estorbo deshecho, una criatura débil que ni siquiera valía la pena matar.
Hasta que él apareció.
Recuerdo el sonido de sus pasos sobre la nieve crujiente. Una silueta solitaria rodeada de una marea de energía oscura y dominante que hacía temblar la tierra a cada paso. Era Carlos.
En aquel entonces, él no me miró con la lástima o el desprecio con el que todos los demás me observaban. Se detuvo a escasos centímetros de mi cuerpo congelado, me miró fijamente a los ojos con esa calma aterradora que aún conserva y dijo una sola frase:
—Si prefieres congelarte y morir aquí como una cobarde, me iré. Pero si de verdad deseas romper tus límites y aplastar a todo aquel que te hizo débil, levántate y camina detrás de mí.
Aquellas palabras quemaron más que el frío. Extendí mi mano entumecida, agarré el borde de su capa y me puse de pie escupiendo sangre, jurando en ese preciso instante que jamás volvería a mostrar debilidad. Carlos me enseñó a moldear el frío en mi pecho, a convertir el dolor en una hoja afilada y a sobrepasar el techo de la fuerza humana hasta convertirme en la Primera Guardiana de su ejército.
Por eso la presioné así...
Miré a Eime resurgir del suelo entre la tormenta de aura púrpura. La humillación, la sangre, los golpes brutales que le descargué... no eran por odio. Yo estaba replicando exactamente el mismo infierno por el que Carlos me hizo pasar hace tres décadas para arrancarme la debilidad del alma.
—Conque una evolución, ¿eh? —murmuré para mí misma, apretando el mango de mi estoque hasta que la superficie metálica crujió por la congelación—. Así que tú también encontraste la razón para dejar de ser una víctima...
Sostuve la mirada de Eime, que ahora brillaba con la majestad de un ser que acababa de romper el rango de guardiana. Mi pulso se aceleró y una sonrisa genuina, desprovista de burla, se dibujó en mi cara.
—Demuéstrame si esa luz que te dio Carlos es capaz de cortar el hielo que sobrevivió al infierno hace 32 años... ¡Ven con todo lo que tienes, Eime!
Pero aquello solo era el comienzo de la vida que me tocó llevar a su lado. Me siento profundamente agradecida con Carlos, en verdad lo estoy... pero todo cambió el día en que el peligro estuvo a punto de alcanzarme.
Todavía puedo sentir el peso de aquel instante retumbando en mi memoria: la hoja enemiga cruzando el aire hacia mi garganta y la silueta de Carlos interponiéndose sin dudar un solo segundo. Vi la espada atravesar su pecho. Dejó que su propio corazón fuera perforado solo para salvarme de ser asesinada.
Sentí un horror indescriptible al verlo desplomarse. Ver a mi luz, al hombre invencible, sangrando por mi culpa... algo se rompió dentro de mí esa tarde. En medio de mi propio llanto, tomé la decisión más firme de mi existencia: tenía que valerme por mí misma. Tenía que hacerme fuerte a cualquier costo para protegerlo a él. Solo a él.
Por eso, hoy mi corazón arde al verlo de pie, tan firme y tan feliz de tener a tantos Guardianes a su lado. Todo este ejército, toda esta esperanza... fue gracias a él. Yo solo lo seguí a donde su luz me indicaba, porque para mí, Carlos siempre fue la única chispa que me salvó de devorarme en la oscuridad.
Sin embargo, no siempre fui justa.
A veces juzgo demasiado a Yuki. Durante mucho tiempo guardé un rencor amargo porque sentía que ella solo llegó y me lo quitó todo: su cariño, sus palabras, su atención. Sentía celos desgarradores y un terror profundo a ser reemplazada por alguien más. Por eso me peleaba constantemente con ella, compitiendo por demostrar cómo ser una buena líder, proponiendo ideas y dictando estrategias para probar mi valor. Pero en lugar de acercarme a él, nuestras diferencias solo aumentaban.
Fue ahí donde ya no pude más.
Siempre me pregunté por qué me sentía así de rota. Tal vez la verdad es que las personas intentan hacerse fuertes y fingen que todo está bien cuando, por dentro, todo se está cayendo a pedazos. Me quedé callada, suffering en silencio, ahogándome en mi propio dolor.
Hasta que llegó aquel día. Me fui. Desaparecí sin decirle una sola palabra a Carlos, incapaz de seguir sosteniendo la máscara.
Fue durante los años de mi vagar cuando me encontré con dos niñas. Tenían unos quince años en ese entonces. Así fue como conocí a Yins y a Zani, la semi-humana.
—¿Tú quién eres y por qué estás en nuestra casa? —preguntó una de ellas con cautela, dando un paso al frente.
—Oh... lo siento mucho —murmuré, ajustando mi capa raída sobre los hombros mientras miraba la pequeña cabaña—. Yo pensé que esta era la casa de Carlos...
Un silencio denso cayó sobre el lugar. Ellas dos se quedaron completamente congeladas, intercambiando una mirada de absoluta confusión antes de volver a fijarse en mí.
—¡¿Conoces a nuestro maestro?! —exclamaron al unísono.
Levanté la mirada, sintiendo un vuelco amargo en el estómago al escuchar esa palabra.
—¿Ustedes... son alumnas de mi líder?
—Así es —asintió Zani, bajando levemente las orejas en un gesto de nostalgia—. Nuestro maestro nos salvó de nuestros destinos. Siempre fue absurdamente amable con nosotras, aunque... siempre tenía esa mirada seria y fría. Como si lo hubiera perdido todo en el pasado. Pero era la persona más cálida que conocimos.
Un nudo se me formó en la garganta. La culpa me atravesó el pecho al recordar la mirada lejana de Carlos antes de mi partida.
—¿Sabes a dónde lo puedo encontrar? —pregunté con desesperación, dando un paso hacia ellas—. Necesito volver. Necesito verlo.
—Eso... ya no será posible —dijo Zani con un hilo de voz, fijando la vista en el suelo.
El aire helado de la tarde pareció congelarse en mis pulmones.
—¿Por qué? —exigí saber, sintiendo un sudor frío recorrer mi nuca—. ¿De qué hablas?
—Él murió...
Quedé en un shock absoluto. El mundo a mi alrededor perdió todo el color en un instante. Un zumbido ensordecedor me llenó los oídos mientras el rostro de Carlos atravesado por la espada volvía a mi mente.
No... eso es imposible. Él es fuerte. Él no puede morir. Él prometió estar bien...
Ellas dos bajaron la mirada, apretando los puños con rabia y dolor contenido.
—Él dijo que regresaría... —continuó Yins, con las lágrimas bordeando sus ojos—. Nos dijo que iba a la guerra y que lo esperáramos aquí. Pero desde ese día jamás regresó. Nosotras... salimos a buscarlo hace un mes y...
—¿Y...? —susurré, temblando de los pies a la cabeza, temiendo la respuesta más que a la muerte misma.
—Lo encontramos —respondió Zani, rompiéndose en llanto—. Encontramos su cuerpo... ejecutado.
El dolor de los recuerdos de la ejecución y el peso del pasado volvieron a golpearme en el pecho, pero el destello cegador que inundaba el coliseo me trajo de vuelta al presente de forma violenta.
La miré a través del resplandor dorado y púrpura. La verdad es que... siempre hubo una razón de por qué me desquitaba tanto con Eime. Todo era por los errores que cometí en el pasado. No quería que ella recorriera ese mismo camino de culpa, debilidad y arrepentimiento que casi me destruye a mí. A veces tengo que ser brusca y ruda con ella, pero lo hago por su propio bien. Jamás quise matarla ni herirla de verdad; solo quería que rompiera ese ciclo, que despertara el verdadero origen de su poder.
Porque en el fondo lo sé... sé que ella siempre se esfuerza, y eso no lo puedo negar. La he visto llorar en su habitación cada vez que le hacía la vida miserable y, en verdad, me culpo por eso. Pero la quiero a mi lado. Ella es la persona que quiero que sea parte de mi equipo; su habilidad y su poder son perfectamente compatibles con la mía. Por eso necesitaba verla superarse a sí misma... y por fin lo logró.
Una luz dorada colosal se iluminó por todo el coliseo. El aura de Emperor y de Eime aumentó a niveles astronómicos, haciendo retumbar las paredes de cuarzo reforzado. Por primera vez en mi vida, presencié al verdadero monstruo que habitaba en ella.
La adaptación...
—Eso es... la adaptación de Eime... —murmuré, dando un paso atrás por el impacto de la onda de choque.
—Es el 50% —escuché la voz analítica de Otis resonar desde el estrado—. Ella en verdad acaba de despertar algo nuevo en su interior...
—Vamos, Eime —resonó una voz grave y abrumadora a su lado.
Giré la cabeza en shock.
—¿C-cómo...? ¿Cómo es que él puede hablar? —dije, mirando fijamente a Emperor y a Eime.
Él ya no era una simple invocación sin alma, y ella... ella ya no era la misma chica asustada de antes. La presión de su nueva presencia era abrumadora. Traté de reajustar la postura de mi estoque para ponerme en guardia, pero antes de que pudiera registrar el movimiento de su figura...
¡BAM!
El aire estalló. Un golpe brutal impactó de lleno en mi rostro, desorientándome por completo antes de que mis ojos pudieran siquiera perceptionar que se había movido. Ni siquiera vi cuando desapareció de su lugar. Salí despedida un par de metros hacia atrás, sintiendo el ardor en la mejilla mientras mi mente intentaba asimilar la velocidad ridícula a la que acababa de atacar.
El sabor metálico de la sangre en mi boca me devolvió a la realidad de golpe. El dolor de mi mejilla ardía, pero lo que realmente me congeló por dentro fue la absoluta vacuidad del aire en el lugar donde Eime solía estar.
No la vi. Ni siquiera pude reaccionar.
Clavé la punta de mi estoque en el suelo destruido para frenar el impulso del choque, sintiendo el crujido del cuarzo bajo mis botas. La cabeza me daba vueltas, pero mi mente, siempre fría y calculadora, empezó a trabajar a una velocidad desmedida mientras la neblina dorada y púrpura de su aura nos envolvía a ambas.
La miré fijamente. Eime estaba allí de pie, con los ojos brillando en un tono púrpura y dorado que no transmitía ni duda ni miedo. La criatura de sombras a su lado, Emperor, la custodiaba como una extensión viva de su propio espíritu.
La adaptación al 50%...
En ese instante, una ola de comprensión absoluta me atravesó el pecho. Todos estos años creí que mi deber era ser el látigo que la moldeara a golpes. Creí que infundirle el terror a la muerte era la única forma de evitar que cometiera mis mismos errores, la única vía para prepararla contra Kronos y la Iglesia. Me convencí a mí misma de que mi crueldad era un acto de protección, un filtro necesario para que nadie más terminara en una tumba o ejecutado en la soledad.
Qué equivocada estaba.
Lo que despertó a Eime no fue mi desprecio, ni los golpes brutales, ni la humillación pública. Fue su propia voluntad de resurgir del abismo, la misma chispa que Carlos encendió en mí hace treinta y dos años cuando me encontró muriendo en la nieve. Yo intenté romperla para hacerla fuerte, pero ella no necesitaba ser rota; necesitaba recordar por qué luchaba.
Verla sostener la espada de Dasshonl con esa compostura absoluta me provocó una mezcla extraña de dolor y orgullo amargo. Mi severidad no la salvó; su propio espíritu lo hizo. Y al ver cómo su poder se acoplaba de manera perfecta con el mío, entendí que nunca debí tratarla como a una subordinada imperfecta a la que había que corregir, sino como a la compañera de vanguardia que siempre necesité a mi lado.
Limpié el hilo de sangre que me bajaba por la barbilla con el dorso de mi guante de cuero. Un suspiro helado escapó de mis labios, forming una pequeña nube de vapor en el aire cargado de maná.
—Así que esto es lo que tenías guardado... —murmuré, ajustando el agarre de mi estoque con una firmeza renovada, mientras una sonrisa genuina y respetuosa se dibujaba por primera vez en mi rostro—. Perdóname por haber dudado de ti, Eime. Ya no eres la niña que necesita un látigo para caminar.
Levanté la hoja helada de mi arma, apuntando directamente al centro de su nueva aura titánica, lista para recibir el segundo embate sin guardar nada en reserva.
Sostuve la mirada de Eime a través de la densa marea de energía dorada y púrpura. El dolor de su golpe en mi mejilla no era nada comparado con el peso de la realización que acababa de aplastarme el pecho.
Me equivoqué con ella...
Durante años me convencí de que la única forma de volverla invencible era romperla primero. Pensé que si le mostraba la crueldad absoluta del mundo, si la humillaba hasta el límite, ella jamás cometería la estupidez de bajar la guardia. Pero ahora lo veo con claridad: no fue mi látigo lo que la hizo despertar. Fue su propio deseo de vivir, su memoria, su dolor transformado en propósito. Ella no necesitaba mi desprecio; necesitaba un espejo donde verse reflejada como la guerrera que siempre fue.
Si quiero que sea mi compañera de vanguardia... si quiero que luche a mi lado y al del Señor Carlos contra Kronos, no puedo seguir jugando a ser su verdugo. Tengo que ser su igual.
Un escalofrío recorrió mi espina dorsal, pero no por el frío, sino por la adrenalina que encendió cada fibra de mi cuerpo. La frialdad calculadora de mi rostro se transformó en una determinación feroz. La época de contenerse y de las lecciones crueles se había terminado.
—Si de verdad estás lista para superar el rango de Guardiana... ¡entonces muéstrame si puedes sobrevivir a la Primera! —grité, haciendo que mi voz resonara por todo el coliseo.
Liberé el sello de mi maná por completo.
¡BOOM!
El aire alrededor de nosotras se congeló al instante. Una tormenta helada de proporciones colosales estalló desde mi cuerpo, pulverizando las columnas de cuarzo reforzado restantes y convirtiendo la pista en un páramo de hielo absoluto. La temperatura descendió a niveles tan extremos que las barreras rúnicas de las gradas comenzaron a crujir y a cubrirse de escarcha plateada. Los Guardianes tuvieron que retroceder a toda prisa, cubriéndose el rostro ante la presión atmosférica destructiva que acababa de desatar.
Giré el estoque rúnico en mi mano derecha. El metal absorbió mi maná hasta volverse completamente transparente, brillando como una estalactita divina.
—¡AQUÍ VOY, EIME!
Desaparecí. Ya no era un simple sprint a máxima velocidad; rompí la barrera del sonido de golpe, dejando tras de mí una onda de choque congelante que agrietó el suelo de obsidiana.
Reaparecí en un microsegundo justo arriba de Eime, descargando una estocada descendente cargada con toda la potencia de mi técnica secreta: Estocada de Cristal: Mil Nieves. Cientos de hilos de hielo cortante descendieron como una avalancha imparable hacia ella y hacia Emperor.
—¡Bloquéalo! —ordenó Eime con una voz rasgada por el poder de la adaptación.
Emperor reaccionó en una milésima de segundo, interponiendo dos de sus espadas colosales para frenar la lluvia de cortes helados. El impacto del choque generó una explosión de chispas de maná púrpura y fragmentos de hielo del tamaño de rocas que salieron disparados en todas direcciones.
Pero no me detuve. Aprovechando que la enorme invocación usaba sus brazos para cubrir a Eime, me deslicé por la hoja de la espada de Emperor como una sombra blanca, rodeando su guardia y apareciendo directamente al costado de Eime.
—¡Demasiado lenta para los flancos! —advertí, lanzando un corte horizontal dirigido a su costado.
Eime no parpadeó. Con una compostura aterradora, giró sobre su propio eje y bloqueó mi estoque de lleno con la espada de Dasshonl.
¡CLANG!
La colisión entre nuestras dos armas místicas creó una onda expansiva que barrió con toda la escarcha de la pista, levantando una nube de polvo de piedra y humo mágico. Sentí el peso descomunal de su nueva fuerza vibrando a través del acero de mi arma; la presión de su 50% de adaptación era tan brutal que mis botas se hundieron un par de centímetros en el suelo reinforced.
—¡Ya no me vas a volver a arrinconar, Emilia! —gritó Eime, fijando sus ojos deslumbrantes en los míos a escasos centímetros de distancia.
Con un movimiento fluido de su brazo izquierdo, la energía de Emperor se canalizó directamente a través de su cuerpo. Una garra de sombra gigantesca brotó del hombro de Eime, lanzando un zarpazo a traición hacia mi garganta.
Tuve que reaccionar con reflejos sobrehumanos: incliné la cabeza hacia atrás apenas un milímetro, sintiendo cómo las garras de la sombra rozaban el cuello de mi túnica y lo destrozaban. Usé la fuerza del propio empuje para dar una voltereta en el aire, impulsándome en la cabeza de Emperor y aterrizando a diez metros de distancia, con la respiración ligeramente agitada.

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The strongest warrior of humanity (Novela)
Capítulo 316
The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 315
Estás leyendo el capítulo 315 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 27 de septiembre de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.