Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 307 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
—Tranquilo, Mael —le dije, esbozando una leve sonrisa de respeto mientras me cruzaba de brazos—. Yo ya sabía que no eras una persona normal. Eres alguien ridículamente fuerte, y de verdad te agradezco que estés aquí peleando con nosotros.
Mael simplemente asintió con sobriedad, dando un paso atrás para reincorporarse a la formación del grupo.
Sin embargo, rompiendo la solemnidad del momento, giré la cabeza hacia el flanco izquierdo y fijé la mirada en dos personas en particular. La tensión acumulada entre ellas casi rivalizaba con el aura del Dios General Dragón.
—Ahora... Kimberly, Arlette —dije alzando la voz, llamando la atención de todos en el salón.
Ambas se tensaron de inmediato al escuchar sus nombres.
—Ustedes dos se la han pasado peleando y lanzándose indirectas durante todo el viaje —continué con un suspiro pesado, rascándome la nuca—. Así que les voy a dar una oportunidad aquí y ahora. Es el momento perfecto para que se digan sus verdades en la cara: sus políticas, sus artefactos, sus armas, la economía de sus reinos y el puesto que cada una ocupa. Liberen todo eso de una vez para que podamos enfocarnos en lo que se viene.
Kimberly dio un paso al frente, ajustándose los guantes mientras una chispa de soberbia iluminaba su mirada. Arlette, por su parte, dio un paso adelante simultáneamente, cruzándose de brazos con una frialdad impecable.
Gojo soltó un silbido divertido desde el fondo, buscando una columna cómoda para apoyarse.
—Uy, esto se va a poner interesante... —murmuró Gojo con una sonrisa burlona—. Debate político en medio del reino de los dragones. Preparen sus palomitas.
—Tú guarda silencio, porque tú eres el que llora después —dije mirando a Gojo con una sonrisa burlona—, ¿o no recuerdas cuando tuviste que suplicarme que te ayudara a amarrar a Shiro? Jajajaja. Te dio una tremenda paliza, pero ya después de que dejó de gritarte lograste amarrarla y solo escuché un "facilito", jajajaja.
Gojo dio un respingo de inmediato, perdiendo por completo la compostura y llevando una mano a su cabeza mientras las mejillas se le coloreaban bajo la venda.
—¡Oye, oye, oye! ¡Eso fue un asunto estrictamente confidencial de misión! —exclamó Gojo, alzando los brazos de manera dramática—. ¡No estaba llorando! ¡Esa mujer es un demonio cuando se enoja!
Shiro entrecerró los ojos y clavó una mirada asesina directamente en Gojo, acariciando la empuñadura de su katana con una sonrisa helada.
—¿"Facilito", dijiste, Akinori? —siseó Shiro con una voz dulce pero amenazante—. Me alegra saber que lo recuerdas así. Ya ajustaremos cuentas en el entrenamiento.
Gojo tragó saliva y dio un paso atrás a toda prisa, mientras Kimberly y Arlette intercambiaban una mirada, conteniendo una risita ante la escena. Mael negó con la cabeza con una leve sonrisa de resignación y Kratos soltó un bajo retumbo de risa en la retaguardia.
Carlos se giró nuevamente hacia ambas chicas, recuperando el hilo de la conversación.
—En fin... volviendo a lo importante. Kimberly, Arlette, las escucho. Es momento de que dejen todo en claro.
Kimberly dio un paso firme hacia adelante, levantando el mentón con esa elegancia innata que solo poseían aquellos nacidos en la alta cuna del continente. Como heredera de una de las doce grandes familias nobles, su sola postura transmitía un aura de autoridad aristocrática y sofisticación impecable.
—Si realmente quieres que hablemos de política y economía, Arlette, hagámoslo con fundamentos —comenzó Kimberly, acomodándose un mechón de cabello detrás de la oreja mientras cruzaba los brazos sobre el pecho—. Mi familia no solo sostiene los cimientos financieros de nuestro territorio, sino que la red comercial que administramos suministra más del cuarenta por ciento del armamento y los artefactos mágicos de alta categoría a las fuerzas aliadas. La efectividad de un ejército no se mide solo por la brutalidad con la que blanden una espada, sino por la logística, la calidad del mithril que portan y el flujo constante de recursos que mantiene vivas a las tropas.
Kimberly miró a Arlette de arriba abajo, esbozando una sonrisa refinada pero cargada de ironía.
—En mi casa, desde que era una niña, me enseñaron a negociar con reyes, a evaluar el valor de un artefacto de Rango S con una sola mirada y a entender que el verdadero poder reside en saber mover las piezas estratégicas del mundo. Entiendo que tu perspectiva sea diferente, viniendo de una doctrina más directa... pero pretender que tus métodos o la disciplina de tu nación superan la infraestructura y el peso político de una de las doce familias es, como mínimo, una ingenuidad.
Arlette la escuchó en silencio, manteniendo una expresión fría mientras la tensión entre la diplomacia noble de Kimberly y su propia visión política comenzaba a chocar en el centro del salón del trono de Drak'Tharion.
Arlette no se inmutó ni un solo segundo. Mantuvo la cabeza erguida, dejando que un silencio helado se asentara en el salón del trono antes de dar un paso al frente. Sus ojos reflejaban la disciplina de quien ha sido moldeada no en banquetes, sino en las doctrinas estrictas de la estrategia militar y la soberanía estatal.
—Hablas de tu red comercial y de tus doce familias como si el oro y los títulos pudieran detener el filo de una invasión divina, Kimberly —respondió Arlette con una voz pausada, pulcra y desprovista de cualquier calidez—. La diferencia entre tú y yo es que tu familia ve la guerra como un libro de contabilidad, mientras que mi nación la entiende como una ciencia de supervivencia.
Arlette adjusted los guantes de su uniforme militar, clavando una mirada implacable en los ojos de la noble.
—Tu familia suministra el cuarenta por ciento del armamento, sí, pero tus artefactos de Rango S son mercancías infladas por el monopolio de tu apellido. Mi país no depende del favor de comerciantes ni de especulaciones financieras; nosotros fabricamos nuestras propias armas de precisión, estandarizadas para que cada soldado en el frente sea una pieza eficiente y no un lujo prescindible. Tu economía aristocrática crea brechas, deuda y dependencia; la nuestra sostiene la autogestión, la producción militar masiva y la lealtad absoluta al Estado.
Hizo una pausa corta, permitiendo que el peso de sus palabras resonara contra las paredes de piedra volcánica de Drak'Tharion.
—En la alta sociedad te enseñaron a negociar con reyes para mantener tu estatus. A mí me enseñaron a administrar recursos en tiempos de escasez extrema, a diseñar artefactos defensivos sin desperdiciar una sola pizca de maná y a liderar sin escudarme en el prestigio de mis antepasados. Un puesto político no se demuestra exhibiendo la cuna en la que naciste, sino garantizando que, cuando el mundo colapse, la estructura de tu nación no se desmorone por la codicia de sus propios nobles.
Kimberly apretó levemente los puños, aunque mantuvo su sonrisa aristocrática, mientras el choque entre la diplomacia noble de las grandes familias y el pragmatismo militar de Arlette dejaba al descubierto dos visiones completamente opuestas sobre cómo dirigir el destino de sus pueblos.
—Tal vez tengas razón en eso... —admitió Kimberly, bajando levemente los brazos mientras la rigidez aristocrática de su postura cedía por primera vez, dejando ver una mirada confundida y sincera—. Pero la diferencia entre nosotras siempre ha sido así. Cuando me llamaste "cuatro ojos"... la verdad es que no sé qué te hice para que tú y yo nos llevemos tan mal.
El tono de Kimberly, libre por completo de sarcasmo o superioridad noble, tomó por sorpresa a varios en la sala.
Arlette parpadeó suavemente, rompiendo la frialdad de su semblante militar. Guardó silencio durante un par de segundos, mirando el suelo de obsidiana del salón antes de volver a cruzar la mirada con la heredera.
—No es que me caigas mal por quién eres, Kimberly... —dijo Arlette con la voz mucho más suave, aunque manteniendo su postura firme—. Es que desde que llegamos, sentí que asumías que tu apellido te ponía por encima del resto sin haber pisado el mismo barro que los demás. Pero admito que encasillarte solo por venir de las doce familias y llamarte así fue una niñería de mi parte.
Gojo, recargado en su columna, ladeó la cabeza y dejó escapar un suspiro de alivio en tono bajo.
—Vaya... de un debate socioeconómico a una resolución de malentendidos en tres segundos —murmuró Gojo con una sonrisa ligera—. Eso sí no me lo esperaba.
Kimberly esbozó una pequeña y genuina sonrisa, reacomodándose las gafas con elegancia.
—Bueno... supongo que la logística de mi familia y la autogestión de tu país van a tener que aprender a trabajar juntas si queremos sobrevivir a lo que viene.
—Es lo más pragmático que podemos hacer —asintió Arlette con la cabeza, dedicándole un leve y respetuoso gesto antes de dar un paso atrás y reincorporarse a la formación.
Me crucé de brazos, sintiendo cómo la densidad en el aire del palacio de la Reina Sage finalmente se aligeraba tras haber soltado todas las cartas sobre la mesa. La preparación de la caravana de guerreros estaba completa.
—Es difícil ver que ustedes dos discutan... pero a todo esto, hay algo que quiero saber —dije, interrumpiendo el momento de calma mientras dirigía la mirada hacia uno de los enormes ventanales de piedra volcánica del salón del trono.
Afuera, el cielo sobre Drak'Tharion se había oscurecido a una velocidad antinatural. Un remolino de nubes densas y relámpagos escarlata comenzaba a rugir con furia, sacudiendo la atmósfera del reino dragón y haciendo vibrar los cristales del palacio.
—Parece que hay una tormenta bastante molesta allá afuera —continué, tronándome los cuellos de las manos mientras daba un par de pasos hacia la salida—. Supongo que tendré que ir a revisar.
Me detuve un segundo y me giré para mirar directamente a la Reina Sage, que observaba el fenómeno meteorológico con los ojos abiertos de par en par y los puños apretados sobre los apoyabrazos de su trono.
—No te molestarías, ¿verdad, Sage? Si salgo un momento y me encargo de atacar esa tormenta que está allá afuera —pregunté con una sonrisa tranquila, aunque con la mirada cargada de determinación.
Sage tragó saliva, sintiendo la abrumadora presión mágica que emanaba de aquel ciclón.
—Eso no es una tormenta ordinaria, Carlos... es una manifestación de maná hostil que se aproxima al reino —advirtió la Reina Dragón, alzando la voz por encima del retumbo de los truenos—. Si realmente vas a destruirla antes de que toque las murallas... no solo no me molesta, sino que Drak'Tharion te lo agradecerá. Pero ten cuidado.
Gojo se acomodó la venda con una leve sonrisa, mientras Shiro, Mael y el resto del grupo se colocaban en posición por si la situación requería intervención inmediata.
—Iré a echar un vistazo rápido —dije, ajustándome la ropa militar antes de salir a la explanada del palacio, listo para enfrentar la amenaza que se cernía desde los cielos.
Al cruzar los umbrales de piedra volcánica y salir a la inmensa explanada exterior del palacio de Drak'Tharion, el viento helado golpeó mi rostro con fuerza. Elevé la vista hacia el firmamento, clavando la mirada en el centro mismo de la tormenta.
Allí, en lo más alto del cielo oscurecido, me di cuenta de algo.
No eran simples nubes cargadas de maná hostil ni un fenómeno natural descontrolado. Entre los relámpagos escarlata que rasgaban la atmósfera, la silueta que se perfilaba no era un dragón cualquiera, ni un ataque a distancia enviado por el enemigo.
Era una manifestación de presencia pura. El maná divino en el ambiente era tan ridículamente denso que distorsionaba la luz a su alrededor, creando la ilusión de que el firmamento entero se resquebrajaba como cristal roto. Una enorme grieta de energía abisal se abría paso justo encima del Reino Dragón, y desde su interior, un par de ojos dorados como el fuego primigenio observaban directamente hacia el palacio.
La presión gravitacional comenzó a aumentar drásticamente sobre la explanada, haciendo que las piedras del suelo crujieran y flotaran levemente en el aire.
En el centro de esa grieta de energía abisal, envuelta por los relámpagos escarlata de la tormenta, descendió una figura cuya sola presencia distorsionaba el aire.
Su largo y ondulado cabello de tonos violeta oscuro se agitaba salvajemente contra el viento caótico. Vestía un elegante atuendo de gala en tonos oscuros con sutiles toques púrpura, adornado con plumas y detalles refinados que contrastaban de manera inquietante con el desastre a su alrededor. Sus largos guantes negros cubrían sus manos, las cuales mantenía juntas cerca de los labios en un gesto burlón e hipnotizante, mientras unos ojos de un violeta brillante e insondable me observaban desde las alturas con una mirada repleta de demencia y diversión.
—Vaya, vaya... pero qué bienvenida tan tibia para un espectáculo tan grandioso —resonó una voz femenina, suave pero cargada de una resonancia mágica que hizo temblar la tierra bajo mis pies.
Era Otis.
A diferencia de la furia bruta del Dios General Dragón, Otis emanaba un caos puro, impredecible y retorcido. La tormenta no era un simple ataque físico; era su patio de recreo. Con una leve risilla que pareció congelar el tiempo por un instante, Otis separó ligeramente sus dedos acentuados en negro, y miles de fragmentos de maná oscuro con forma de pétalos y plumas de sombra comenzaron a brotar del vórtice, descendiendo como una lluvia tóxica que desintegraba la piedra volcánica de Drak'Tharion al mínimo contacto.
—Los humanos y los dioses siempre están tan ocupados buscando razones, venganzas y justicia... —murmuró Otis, ladeando la cabeza con una sonrisa sutil que revelaba su fascinación por la destrucción absoluta—. Yo solo vine a ver cómo colapsa todo lo que construyeron.
La presión en la explanada se volvió aplastante. No se trataba de una guerrera común; Otis era la encarnación del caos en esa tormenta, y su mirada fija en mí dejaba en claro que no pensaba dejar que nadie saliera ileso de aquel escenario.
—Nunca creí que la volvería a ver... —murmuré para mí mismo, apretando los puños mientras la observaba flotar en medio del vórtice caótico—. Esa mujer es la guardiana que jamás pude conseguir en mi vida anterior. No logré que se uniera a mí en aquel entonces... pero esta vez será diferente. Una vez que te derrote, te unirás a mis filas, ¡Otis!
Mi voz resonó con fuerza hacia las alturas, cortando el estruendo de los truenos escarlata.
En ese momento, los pasos apresurados del grupo resonaron detrás de mí. Kimberly, Shiro, Gojo y la Reina Sage salieron a la explanada del palacio, cubriéndose los rostros ante el viento helado y el maná corrosivo que Otis dejaba caer sobre el Reino Dragón.
—Carlos... ¿qué es esa cosa? —preguntó Kimberly, dando un paso al frente mientras se reacomodaba las gafas con evidente nerviosismo, sintiendo cómo el aura de la mujer en el cielo hacía vibrar el suelo bajo sus pies.
—No lo sé, la verdad... —respondí sin quitarle los ojos de encima a Otis, para luego girar levemente la cabeza hacia la soberana—. ¿Tú lo sabes, Sage?
La Reina Dragón observó la silueta flotante de cabello violeta y ojos brillantes con una expresión llena de desconcierto y temor.
—No... yo tampoco —confesó Sage con la voz temblorosa, dando un paso atrás mientras la guardia real desenfundaba sus armas—. No hay registros en los anales de Drak'Tharion sobre una entidad con un maná de caos tan denso... No pertenece al ejército del Dios General Dragón, ni tampoco a las fuerzas conocidas del Dios Nocturno.
Desde el cielo, Otis nos observó a todos, ladeando la cabeza con una sonrisa enigmática mientras jugueteaba con los dedos enfundados en sus guantes negros, disfrutando del desconcierto que su sola presencia estaba generando.
—Si no perteneces a ningún ejército, me da igual —declaré, dando un paso al frente mientras desenfundaba mi espada. El maná estalló a mi alrededor en un destello cegador que desintegró la lluvia de sombras antes de que tocara el suelo—. ¡Te obligaré a bajar de ese cielo, Otis!
Otis soltó una risita melodiosa que resonó en el aire como una sinfonía distorsionada.
—¿Obligarme? Qué palabras tan atrevidas para un mortal... —dijo, ladeando la cabeza. Con un simple chasquido de sus dedos enfundados en cuero negro, el vórtice de la tormenta se comprimió violentamente.
De inmediato, miles de agujas de energía púrpura se dispararon hacia la explanada a una velocidad sobrehumana.
—¡Flexión Dimensional! —exclamé, impulsándome hacia adelante. Mi figura se desdibujó, dejando una estela de luz mientras esquivaba las estocadas del caos que pulverizaban la piedra volcánica de Drak'Tharion detrás de mí.
En menos de un parpadeo, aparecí justo encima de Otis, blandiendo mi hoja impregnada en aura dorada con un corte descendente directo a su cuello.
Otis ni siquiera se inmutó. Alzó la mano izquierda con elegancia; un escudo de plumas oscuras y maná caótico se desplegó en milisegundos, bloqueando mi ataque. El impacto entre mi espada y su barrera generó una onda de choque tan brutal que el viento rasgó las nubes de la tormenta y retumbó en las murallas del palacio.
—Nada mal, Carlos... —murmuró Otis con una mirada hipnotizante fija en la mía, a solo unos centímetros de distancia—. Tienes la misma chispa de terquedad que en tu vida pasada. Pero esta vez el resultado será el mismo.
—¡Te equivocas! ¡Esta vez no te dejaré escapar! —rugí, canalizando aún más energía.
Forcé la empuñadura hacia abajo, rompiendo la primera capa de su barrera. Otis abrió ligeramente los ojos al sentir la fuerza descomunal de mi impacto, y su sonrisa burlona se tornó en una expresión de pura fascinación maniática. La verdadera batalla contra la guardiana del caos acababa de comenzar.

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