Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 306 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Los pesados portones de bronce se abrieron lentamente de par en par con un sonido sordo que vibró a través de las losas del palacio. Los guardias reales de la raza draconiana, alineados en dos hileras impecables a lo largo del pasillo central, alzaron sus alabardas envolviéndolas en llamas ceremoniales, siguiendo al pie de la letra la orden de Sage de no mostrar hostilidad, aunque la tensión en el aire se podía cortar con una espada.
Carlos Tanaka Sánchez encabezó la entrada al salón del trono. Su mirada se mantuvo serena y firme al observar la inmensa arquitectura de piedra volcánica. A su lado y detrás de él, el grupo avanzó con paso coordinado: Shiro Shimizu, Gojo, Zani, Yins Shadow, Kimberly, Natsuki, Arlette, Lucía, Mael, Kratos y María. Cada uno de ellos proyectaba un aura que hacía contener el aliento a la guardia real.
Gojo miró a su alrededor reacomodándose las vendas de los ojos con una leve sonrisa, mientras Kratos y Mael mantenían una postura vigilante en los flancos. Cuando la comitiva se detuvo a unos metros de la escalinata imperial, el eco de sus pasos se apagó por completo.
Sage se levantó despacio de su trono de piedra. Sus ojos amarillentos recorrieron a cada uno de los recién llegados, deteniéndose finalmente en Carlos Tanaka Sánchez. Aunque el pavor por la amenaza del Dios General Dragón aún ahogaba su pecho, la presencia del joven y la inmensa fuerza que traía consigo hicieron que la Reina Dragón apretara los puños con determinación.
—Carlos Tanaka Sánchez... —pronunció Sage, su voz resonando con autoridad imperial por todo el recinto—. Bienvenidos a Drak'Tharion. Tal como lo acordamos, las puertas de mi reino están abiertas para ti y para tus aliados.
Carlos dio un paso al frente y dedicó un leve asentimiento con la cabeza a la soberana.
—Gracias por recibirnos, Reina Sage —respondió Carlos con tono firme—. El camino hasta aquí no ha sido fácil, pero sabíamos que necesitábamos llegar a tus dominios para prepararnos. El mundo está entrando en su punto más crítico.
Sage bajó un peldaño del altar, manteniendo la vista fija en Carlos y en Shiro Shimizu.
—Así es —declaró Sage con gravedad—. Han llegado justo a tiempo, pero también en la hora más peligrosa. La caída del Dragón de la Felicidad a manos del Dios Nocturno ha desatado la furia del Dios General Dragón, y la sombra de su venganza se cierne directamente sobre Drak'Tharion. Hay muchas cosas que debemos hablar y decisiones que tomar antes de que la tormenta caiga sobre nosotros.
—Tarde o temprano tendríamos que hablar de eso —dije, dando un paso al frente mientras mi voz resonaba con pesadez en el imponente salón del trono.
Kimberly dio un paso hacia mí, frunciendo el ceño con una mezcla de confusión y preocupación en el rostro.
—Carlos, ¿qué pasa? ¿A qué se refiere Sage? —preguntó Kimberly, buscando mi mirada mientras el resto del grupo —Gojo, Zani, Yins Shadow, Natsuki, Arlette, Lucía, Mael, Kratos y María— guardaba un silencio tenso.
Respiré hondo, mirando a cada uno de mis aliados antes de clavar la vista en la Reina Dragón.
—Chicos... yo sé quién fue. Quien lo hizo fue el Dios Nocturno —confesé con firmeza—. Ustedes no lo saben porque yo luché contra él. Shiro es testigo de todo lo que pasó aquel día en la Academia Ryouou Clannad.
Shiro Shimizu asintió en silencio a mi lado, apretando la empuñadura de su espada mientras el recuerdo de aquella batalla aciaga cruzaba por su mente.
—Por eso quiero intentar algo o hablarlo con él —continué, apretando los puños—, pero si lo hago no me va a creer. El odio y el dolor tras perder a su hermana lo afectó más... Tanto que ha estado entrenando y destruyendo reinos, según lo que había investigado...
Hice una breve pausa, rascándome la nuca con una ligera sonrisa irónica para aligerar por un segundo la aplastante presión del salón.
—Bueno... ni siquiera lo investigué yo. Toda la información me la dio Erick y Kai —añadí en un murmullo para mí mismo—. Es bueno tener guardianes que hagan el trabajo.
Sage abrió los ojos de par en par al escuchar mis palabras, conteniendo el aliento desde lo alto de la escalinata. La revelación de que el Dios Nocturno era el verdadero responsable de la muerte del Dragón de la Felicidad resonó como un trueno entre las columnas de piedra volcánica de Drak'Tharion.
El silencio en el salón del trono se volvió sofocante tras la mención de la tragedia. La mirada de la Reina Sage se oscureció al recordar la figura de aquel que gobernaba los cielos primordiales, y el maná ardiente de Drak'Tharion pareció temblar ante la evocación de su nombre.
—Hablar de él no es simplemente recordar a un guerrero poderoso, Carlos... es invocar la historia de una pesadilla ancestral —comenzó Sage, bajando lentamente otro peldaño mientras una sombra de temor reverencial cubría sus facciones—. El Dios General Dragón no nació siendo una divinidad. Hace decenas de miles de años, en la era en que los continentes aún no tenían nombre y el mundo era gobernado por el caos primigenio, él era solo un dragón de sangre pura entre miles. Pero poseía algo que ninguna otra bestia tenía: una ambición insaciable y una insensibilidad absoluta hacia su propia especie.
Sage extendió la mano, y una chispa de fuego ilusorio proyectó sobre la piedra la silueta de un dragón colosal de alas hechas de ceniza y escamas de obsidiana.
—Para convertirse en un Dios, no buscó la iluminación ni la armonía con la naturaleza; eligió el camino de la devoración absoluta —continuó la Reina, su voz resonando con una frialdad estremecedora—. Durante siglos, cazó a sus propios semejantes, devorando los corazones de los reyes dragónicos y absorbiendo sus núcleos de maná. Cada batalla en la que participaba no dejaba supervivientes. La tierra a su paso se convertía en páramos calcinados donde ni las almas podían descansar. Se dice que luchó contra las bestias primordiales durante tres mil años sin detenerse un solo día, hasta que su propia sangre se transformó en maná divino y su cuerpo trascendió la vida y la muerte.
Gojo ladeó la cabeza, escuchando con atención mientras la presión en la sala aumentaba con la simple narración.
—Su transformación a amenaza de Nivel Primordial no fue un acontecimiento silencioso —prosiguió Sage—. El día que cruzó el umbral hacia la divinidad, el cielo del planeta entero se volvió negro durante un año completo. Los antiguos panteones y las razas primigenias sintieron por primera vez lo que era el auténtico terror: una entidad que no buscaba gobernar, sino someter a todo lo existente bajo una tiranía destructiva. Su poder no se basa en técnicas complejas, sino en una densidad de masa mágica tan ridícula que su sola presencia cerca de una atmósfera terrenal puede hacer colapsar la gravedad y desintegrar reinos enteros sin que él siquiera desenfunde sus garras.
Sage hizo una pausa amarga, cerrando el puño e interrumpiendo la ilusión de fuego.
—Su personalidad se volvió algo puramente monstruoso. Para él, los mortales, los héroes e incluso otros dioses son solo insectos insignificantes. No conoce la compasión, el perdón ni la duda. Todo en él es orgullo absoluto, rabia contenida y un desprecio total por la existencia... con una sola y única excepción en toda la eternidad: su hermana, el Dragón de la Felicidad. Ella era la única criatura capaz de apaciguar el fuego destructivo de su alma. La única que le recordaba un vestigio de humanidad o afecto.
La Reina Dragón miró fijamente a Carlos Tanaka Sánchez y a Shiro Shimizu, con los ojos amarillentos llenos de una amarga advertencia.
—Por eso, al saber que el Dios Nocturno la asesinó, el escaso control que le quedaba se rompió para siempre. Lo que ha estado haciendo al destruir reinos y entrenar no es solo buscar venganza... es preparar la erradicación total de cualquier mundo o ser que se interponga en su camino. Si intentas hablar con él en el estado en que se encuentra, Carlos, no encontrarás a un ser con el que se pueda razonar... te enfrentarás a la encarnación misma de la ruina primordial.
—Por eso... hace mil años tu clan, Shiro... el Dios Nocturno acabó con... —dejé caer las palabras con un nudo en la garganta, mirando fijamente a mi compañera.
El silencio en el salón del trono se volvió helado. Shiro Shimizu apretó la empuñadura de su katana con tanta fuerza que los nudillos se le pusieron blancos, pero no alzó la voz. Su mirada, fija en el suelo de obsidiana, reflejaba la sombra de un pasado devastador.
—Lo sé —respondió Shiro, con una voz baja pero que cortó el aire como un filo—. Él fue el responsable de la desgracia de mi clan... y de la de muchos otros también. Queen lo tuvo que sufrir en ese tiempo.
La espadachina apretó los dientes, sintiendo cómo el recuerdo de la masacre volvía a arder en su pecho.
—Pero... yo tenía mucho miedo —continuó Shiro, y por primera vez en mucho tiempo, su compostura implacable pareció resquebrajarse ante el dolor y la culpa—. Hice mucho daño a todos... Masacré a Nicolás por mi error... Dejé que ese maldito tomara mi cuerpo.
Kimberly y Mael miraron a Shiro con asombro, sintiendo la carga aplastante del arrepentimiento que la guerrera había llevado sobre los hombros durante siglos. Sage, desde la escalinata, contuvo el aliento al escuchar cómo las piezas de aquella era aciaga encajaban, entendiendo que las cicatrices que dejó el Dios Nocturno no solo estaban marcadas en la sangre del Dios General Dragón, sino en el alma misma de los guerreros que hoy estaban de pie frente a ella.
Gojo Akinori, que hasta ese instante había estado apoyado contra una columna mirando el techo con una calma casi exasperante, soltó una carcajada exagerada que resonó por todo el salón del trono, rompiendo la tensión dramática como un cristal cayendo al suelo.
—¡Ay, por el amor a los dioses, Shiro! ¡Detengan las prensas! ¡La gran y estoica samurai de hielo tiene sentimientos! —exclamó Gojo, dando un salto dramático hacia adelante mientras se reacomodaba la venda de los ojos y le daba un sonoro y descarado golpe en la espalda a Shiro, haciendo que esta casi perdiera el equilibrio.
Shiro entrecerró los ojos, clavándole una mirada asesina que habría hecho temblar a un dragón adulto.
—Gojo... apártate antes de que pruebes la hoja de mi espada —siseó Shiro entre dientes, intentando recuperar su compostura de guerrera legendaria.
—¡Uy, qué miedo, me tiemblan las rodillas! —dijo Gojo, haciendo un gesto exagerado de temblor con las manos antes de rodear los hombros de Shiro con el brazo como si fueran mejores amigos de toda la vida—. A ver, mi querida amiga traumada, escúchame bien: si nos vamos a poner a hacer una lista de quién ha cometido los errores más tontos por culpa de la posesión o el miedo, Carlos se lleva el primer lugar, tú el segundo, ¡y yo tendría que cobrar entrada para que vean mis meteduras de pata!
—¡Oye! ¿Y a mí por qué me metes en esto? —salté de inmediato, cruzándome de brazos con una mueca mientras Kimberly se tapaba la cara para esconder una sonrisa.
—¡Porque es la verdad, mi estimado líder! —respondió Gojo con un guiño juguetón que se intuyó bajo su venda—. El punto aquí es que te ves ridícula culpándote por cosas de hace mil años, Shiro. Es decir, ¡mírate! Eres una espadachina increíble, tienes un peinado genial, y dejas que un Dios Nocturno de pacotilla viva gratis en tu cabeza sin pagar renta. ¡Cóbrale alquiler o sácalo a patadas!
Mael y Kratos soltaron una leve risotada al fondo, mientras Zani e Yins Shadow negaban con la cabeza con evidente diversión. Hasta la misma Reina Sage, sobre su trono de piedra volcánica, parpadeó un par de veces descolocada, viendo cómo el ambiente de luto y tragedia divina se evaporaba en cuestión de segundos por la imprudencia de Gojo.
Shiro suspiró profundamente, pasándose una mano por el rostro mientras intentaba quitarse el brazo de Gojo de encima, aunque la sombra de tristeza que oscurecía su mirada finalmente terminó por disiparse.
—Eres insoportable, Akinori... un verdadero dolor de cabeza —murmuró Shiro, aunque una minúscula sonrisa casi imperceptible se dibujó en la comisura de sus labios.
—Lo sé, lo sé, soy un encanto —dijo Gojo acomodándose el cuello de la ropa con autosuficiencia—. Pero hey, funcionó. Ya no pareces una protagonista de poema trágico. Ahora, ¿podemos concentrarnos en cómo vamos a lidiar con el dragón gigante enojado antes de que a Sage le dé un ataque de nervios?
—Por cierto, Carlos... —dijo Mael, dando un paso al frente desde la vanguardia, cruzándose de brazos y clavando sus ojos en mí con tono serio—, dime algo. ¿La razón por la cual nos trajiste aquí fue...?
Guardé silencio por un instante. La mirada de todos en el salón se posó sobre mí: la Reina Sage desde su altar, Gojo, Shiro, Kimberly y el resto del grupo guardaron un respetuoso mutismo para escucharme.
—Fue para que se hicieran más fuertes —respondí, dejando escapar un largo suspiro amargo—. La razón es porque los problemas ya escalaron más de lo que imaginaba. La muerte de mi hermano Abran, la muerte de los Héroes Legendarios, la caída del Dios de la Espada, Akira... todo eso me ha afectado. Y no solo a mí, sino a mi familia... sobre todo a mi hermana, que cayó en una profunda depresión. Siente la culpa de no haber podido hacer nada.
Apreté los puños al recordar la mirada rota de mi hermana y el peso aplastante de todas las pérdidas que habíamos acumulado en el camino.
—No quiero ver a nadie más caer —continué, alzando la vista hacia Mael y hacia todo el grupo con una determinación renovada—. Necesitábamos un lugar como Drak'Tharion para rebasar nuestros límites. Porque lo que se viene no es solo una batalla más... es una guerra donde necesitaremos cada pizca de nuestra fuerza si queremos proteger a los que amamos y evitar que este mundo se desmorone.
Mael me observó fijamente durante unos segundos, absorbiendo la gravedad de mis palabras. Luego, la rigidez en su postura cedió ligeramente y dejó escapar un asentimiento de respeto.
—Entiendo... —dijo Mael, dando un paso hacia el centro del salón mientras el eco de sus botas de acero resonaba contra el suelo de obsidiana—. Si la escala de esta guerra es tan abrumadora, entonces no hay espacio para guardarnos nada.
Ajustó los guanteletes de su armadura y una corriente de aire denso comenzó a girar sutilmente a su alrededor. Los guardias draconianos a lo largo del pasillo apretaron el agarre de sus alabardas al notar el cambio repentino en la atmósfera.
—El entrenamiento que he estado realizando no fue simplemente para aumentar mi masa de maná —continuó Mael, alzando la mano derecha mientras pequeñas chispas de luz dorada y rojiza comenzaban a danzar entre sus dedos—. Mi magia siempre se ha basado en la compresión y refinamiento del flujo vital. Durante mucho tiempo, mi núcleo mágico se mantuvo estancado en el nivel de Gran Maestro, pero tras la caída de Akira y el aumento de la amenaza, tuve que romper mis propios límites a través de un proceso de purificación extrema.
La luz en su mano se condensó bruscamente, transformándose en una esfera minúscula pero ridículamente densa que distorsionó el calor del recinto.
—Logré alcanzar el Núcleo de Cúspide Primordial: Rango Divino Intermedio —reveló Mael con voz grave y firme—. En este estado, mi magia ya no consume el maná de mi propio cuerpo de manera convencional; se conecta directamente con las corrientes tectónicas y el ether del entorno. Puedo manifestar la Jurisdicción del Hierro Sagrado, una técnica que no solo corta la materia, sino que es capaz de desintegrar la estructura conceptual de los hechizos enemigos y endurecer mi presencia física hasta resistir impactos de nivel cataclismo.
Gojo soltó un silbido bajo desde su posición, ladeando la cabeza.
—Vaya, vaya... así que el anciano de la armadura ha estado escondiendo un núcleo divino —comentó Gojo con una sonrisa burlona—. Eso explica por qué tus saltos en las montañas casi provocan un derrumbe.
Mael ignoró el comentario de Gojo y mantuvo la mirada fija en mí, dejando que la energía en su mano se disipara lentamente en el aire caliente de Drak'Tharion.
—Traernos aquí fue la decisión correcta, Carlos —concluyó Mael—. Con este núcleo y la densidad de maná que emana el Reino Dragón, puedo perfeccionar mi técnica definitiva antes de que el Dios General Dragón o el Dios Nocturno hagan su movimiento. No seremos una carga para ti.

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