Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 293 online gratis en español
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Sección XVI: Ecos del pasado y la sombra de los clanes
—¿Desayuno para él? —intervino Arlette, entornando los ojos tras sus cristales—. Si algo nos ha enseñado la anatomía y la tasa metabólica de los usuarios de poder divinos como Carlos, es que un carruaje de lujo y pastelillos finos solo retrasarán su canalización de maná. Lo que necesita es una infusión de hierbas astringentes de alta densidad mágica para estabilizar su presión gravitatoria.
Kimberly se llevó una mano al pecho, simulando un ataque de pánico dramático.
—¡¿Infusión astringente?! ¡Por todos los cielos, Carlos! —exclamó señalando a Arlette con un dedo acusador—. ¡Esta mujer no quiere acompañarte, quiere envenenarte como si fueras un conejillo de indias en su laboratorio! Mis chefs preparan un banquete proteico con carne de bestia mágica de rango A, diseñado específicamente para restaurar reservas de maná desgastadas.
—Un exceso de proteína de bestia mágica sin refinamiento de alquimia pura causa estreñimiento de flujo espiritual —replicó Arlette sin pestañear, ajustando sus lentes con un dedo—. Lo leí en el volumen tres de la enciclopedia del Reino Dragón. Pero supongo que en la Casa Sínesis priorizan el sabor por encima de la supervivencia.
—¡Mis finanzas pagan diez enciclopedias como esa cada mañana, cuatro ojos! —soltó Kimberly, dando un paso al frente mientras un pequeño destello de fuego solar chispeaba en la punta de sus uñas impecablemente manicuradas.
—Las finanzas no te darán la capacidad de comprender la magia de círculos superpuestos cuando estemos frente al Consejo Dracónico —contraatacó Arlette, alzando la barbilla.
Me quedé observándolas en completo silencio, sintiendo cómo una vena en mi sien comenzaba a palpitar al ritmo de sus voces. Miré a la izquierda, miré a la derecha, y por un momento consideré seriamente la opción de utilizar un hechizo de teletransportación prohibido para aparecerme solo en el Reino Dragón y dejar mi equipaje aquí.
—¿Saben qué? —dije interrumpiéndolas, con una voz tan suave que resultó aterradora—. Tienen razón ambas.
Ambas se detuvieron en seco y me miraron, sorprendidas.
—¿En serio? —preguntaron al unísono.
—Sí —asentí, dibujando una sonrisa torcida—. Mañana no habrá ni carruaje de lujo ni infusiones alquímicas. Nos iremos a pie a través del paso montañoso del norte, cargando cada uno sus propias provisiones. Y si escucho una sola palabra sobre seda, monedas de diamante o infusiones durante las primeras seis horas de caminata... duplico la gravedad en sus mochilas.
Kimberly se quedó con la boca abierta, ahogando un grito de indignación, mientras Arlette parpadeaba lentamente, procesando la amenaza táctica.
—Eso... eso no suena muy diplomático —murmuró Kimberly.
—Es perfectamente eficiente —murmuré ajustándome la chaqueta mientras daba media vuelta—. Nos vemos al amanecer. Y ni un minuto tarde.
—¡Un momento, Carlos! —exclamó Kimberly, dando dos pasos rápidos para intentar cortar mi retirada, con la indignación pintada en todo el rostro—. ¡Caminar por el paso montañoso del norte es una barbaridad! ¡Ahí el barro arruinará mis botas de piel de wyvern! ¿Y pretendes que yo, la heredera de la Casa Sínesis, lleve mi propio equipaje como una simple porteadora?
—Es un método de acondicionamiento físico bastante estándar, aunque poco refinado —comentó Arlette con frialdad desde atrás, ajustándose la correa del libro con parsimonia—. Aunque admito que la amenaza de duplicar la gravedad en el equipaje es un cálculo de resistencia innecesario. Si aplico un hechizo de ingravidez ligera en mi mochila, técnicamente no estaría violando tus órdenes, solo optimizando los recursos mágicos.
—¡Ni se te ocurra pedirle permiso para trampear, cuatro ojos! —la señaló Kimberly, volteando a verla con los ojos echando chispas—. ¡Si ella usa magia para aligerar su carga, yo usaré a mis sirvientes de sombra para que lleven la mía!
—Eso rompería el principio de autosuficiencia que Carlos acaba de imponer —replicó Arlette sin perder la calma, mirándola por encima de sus lentes—. Además, tus sirvientes de sombra consumen maná de atributo solar distorsionado; en el clima helado de la montaña serían tan útiles como una antorcha bajo el agua.
—¡Mis sirvientes funcionan perfectamente en cualquier clima, rata de biblioteca! —gruñó Kimberly, apretando los puños mientras la luz dorada de su aura solar amenazaba con volver a encenderse.
Me detuve en seco sin darme la vuelta. El simple crujido de la piedra bajo mi bota al plantar el pie fue suficiente para que ambas se congelaran en su sitio.
—¿Sienten ese ligero temblor en el aire? —pregunté con una voz helada, girando apenas el rostro para mirarlas de reojo—. Es la gravedad respondiendo a mi irritación. Si vuelven a discutir sobre botas, equipaje o hechizos de ingravidez antes de salir de la academia, no voy a duplicar el peso de sus mochilas... voy a hacer que sientan que llevan un dragón adulto sobre las espaldas durante todo el trayecto.
Kimberly tragó saliva en silencio, dando un paso disimulado hacia atrás y bajando los puños de inmediato.
—Yo solo... estaba señalando la ineficiencia logística —murmuró Arlette, cerrando su libreta de golpe con un chasquido seco, aunque manteniéndose firme en su postura.
—Se acabó la discusión —sentencié, dándoles la espalda definitivamente—. Mañana al amanecer. Sin sirvientes, sin carruajes y sin excusas.
Mientras me alejaba por el pasillo en penumbras, escuché el último susurro ahogado de Kimberly a mis espaldas:
—Mañana verás, cuatro ojos... te voy a adelantar en la subida a la montaña aunque se me rompa una uña.
—Inténtalo. El estudio de tu cadencia de paso indica que te quedarás sin aliento en el primer kilómetro —respondió Arlette con voz monocorde antes de que el sonido de sus pasos se separara en la oscuridad.
—Ahhh... qué difícil es lidiar con mujeres —murmuré para mis adentros, pasándome las manos por la cara mientras me alejaba—. Ya ni Natsuki es así conmigo...
—¿Dijiste algo, amor?
El mundo pareció detenerse en un instante. El aire frío de la noche se congeló en mis pulmones y un escalofrío helado me recorrió la columna vertebral de arriba abajo. Mi mente comenzó a gritar en pánico:
«¡Me quedé paralizado de miedo! No gires... no gires, demonios, no gires...»
Poco a poco, casi de forma mecánica y temiendo por mi vida más que cuando me enfrenté a Lucifer o al Dios de la Guerra, fui girando la cabeza centímetro a centímetro.
Y ahí estaba ella.
Natsuki se encontraba de pie justo detrás de mí, apoyada con los brazos cruzados y una sonrisa tan dulce como peligrosa flotando en sus labios, mientras sus ojos me clavaban una mirada que prometía un juicio peor que el del mismísimo Consejo Divino.
—Así que... «difícil de lidiar», ¿eh? —dijo Natsuki con un tono extrañamente pausado, dando un paso lento hacia mí—. Y dime, Carlos... ¿a qué te referías exactamente con que yo no soy así contigo? ¿Acaso estabas comparándome?
Tragué saliva con dificultad, sintiendo que la presión gravitacional que le había lanzado a Kimberly y a Arlette hace un momento no era nada comparada con la pesada aura que emanaba de mi prometida en este instante.
—N-Natsuki... mi vida, mi tesoro... —balbuceé, dando un paso milimétrico hacia atrás mientras levantaba las manos en señal de paz—. No es lo que crees, te lo juro por la Espada Separadora de Almas...
—¿Ah, no? —preguntó Natsuki, inclinando suavemente la cabeza mientras la sonrisa de sus labios se volvía aún más radiante y aterradora—. Entonces, por favor, explícame con lujo de detalles, mi amor. Estaba escuchando atentamente cómo te quejabas de las mujeres y cómo usabas mi nombre. ¿Acaso te parezco una molestia? ¿Acaso sientes que "lidias" conmigo?
A pocos metros de distancia, ocultas tras la sombra del gran pilar de piedra, Kimberly y Arlette no se habían ido. Ambas observaban la escena con los ojos abiertos de par en par.
—Vaya, vaya... —murmuró Kimberly en un susurro apenas audible, cubriéndose la boca con fingida consternación pero con una chispa de diversión maligna en la mirada—. El mismísimo Dios del Trueno, el monstruo que nos aplastó contra el suelo hace un minuto... está temblando como un cachorrito regañado. Esto vale más que toda la Moneda de Diamante.
—Fascinante —susurró Arlette a su lado, sacando rápidamente su libreta y apuntando con trazos frenéticos—. La fluctuación de su maná gravitacional ha caído a cero por pura respuesta psicológica de sometimiento. El factor de corrección conyugal supera los niveles de amenaza del Dios de la Guerra. Un fenómeno verdaderamente abrumador.
—¡Ustedes dos, cállense y dejen de mirar! —les grité desesperado, girando levemente el rostro con una vena latiéndome en la frente.
—¡Carlos! —la voz de Natsuki resonó como un trueno en el pasillo, haciendo que me volviera hacia ella de golpe, rígido como una estatua—. ¡No me cambies el tema! ¡¿Con quién estabas hablando allá afuera para andar haciendo esas comparaciones?! ¡Primero me entero de que te vas siete días al Reino Dragón y ahora me encuentro con que estás rodeado de mujeres organizando itinerarios de viaje!
—¡Fue un acuerdo táctico! —intenté defenderme, sintiendo cómo el sudor frío me bajaba por la nuca—. ¡Kimberly viene por asuntos políticos de la Casa Sínesis y Arlette por conocimiento de reliquias! ¡No hay nada más!
—¡A mí no me metas en tus líos maritales, Carlos! —intervino Kimberly desde el pilar, alzando la mano con dramatismo—. Yo solo soy una inversionista inocente a la que trataste brutalmente con magia de gravedad. ¡Tu prometida debería saber cómo tratas a tus valiosas socias!
—Técnicamente, la gravedad nos afectó a ambas en un ochenta por ciento por culpa de tu arrogancia —corrigió Arlette sin levantar la vista de sus apuntes—, pero la reacción de Natsuki ante su comentario sexista es epidemiológicamente justificada. Carlos cometió un error de cálculo social básico.
—¡Arlette, no me ayudes! —supliqué con los ojos desorbitados.
Natsuki cruzó los brazos sobre el pecho, dando un paso más hacia mí mientras su mirada de hielo nos envolvía a los tres en una atmósfera en la que ni el mismísimo Lucifer se habría atrevido a respirar.
—Así que... un viaje táctico, ¿eh? —dijo Natsuki con una calma letal—. Me parece perfecto. Pero antes de que des un solo paso fuera de esta academia hacia el Reino Dragón, tú y yo vamos a tener una conversación muy larga sobre tus "problemas para lidiar con las mujeres". Y ustedes dos...
Natsuki giró lentamente la mirada hacia el pilar donde Kimberly y Arlette se escondían. Ambas se quedaron congeladas al instante.
—Si no quieren que les enseñe personalmente lo que significa lidiar con una verdadera amenaza, sugiero que vayan a empacar en absoluto silencio.
Kimberly guardó su libreta de golpe y Arlette dio un paso atrás de inmediato. Por primera vez en toda la noche, las dos estuvieron perfectamente de acuerdo en algo: dar media vuelta y retirarse a paso veloz sin decir una sola palabra.
Me froté las sienes mientras veía a Natsuki alejarse a paso firme, dejándome solo en medio del pasillo en penumbras. Un largo y agotador suspiro se me escapó del pecho.
—Por todos los dioses... —murmuré para mí mismo, dejándome caer de espaldas contra la columna de piedra—. ¿Cómo es que terminé comprometido con alguien así?
A simple vista, cualquiera diría que Natsuki es una mujer tóxica, celosa e infalible a la hora de ponerme contra las cuerdas. Pero la verdad es que mi relación con ella es mucho más compleja de lo que parece en la superficie.
Primero que nada, Natsuki no reacciona así solo por capricho. Ella ha estado a mi lado en los momentos más oscuros, cuando la depresión me consumía, cuando el maná nocturno casi me volvía loco y cuando el peso de tener que salvar a todos amenazaba con destruirme. Ella me ha visto caer, desangrarme y estar al borde de convertirme en un verdadero monstruo. Para ella, esa actitud autoritaria y territorial es su forma —a veces demasiado ruda, lo admito— de mantenerme anclado a mi humanidad y recordarme que no soy invulnerable.
Además, hay que entender el contexto: acabo de enfrentarme a dioses, estoy planeando una misión suicida al Reino Dragón, la sombra del Dios de la Locura nos acecha, y encima me encuentra a altas horas de la noche discutiendo acaloradamente con dos chicas nobles y poderosas como Kimberly y Arlette mientras suelto comentarios descuidados. Para Natsuki, que siempre está con el miedo constante de perderme o de que me sobrecargue de problemas, ver esa escena fue la gota que derramó el vaso.
Es esa mezcla explosiva entre un carácter indomable y un instinto de protección casi neurótico. Ella sabe que soy el Dios del Trueno y que puedo aplastar a casi cualquiera con gravedad o rayos, pero conmigo no usa la fuerza militar ni mágica; usa la única autoridad que ningún poder divino puede contrarrestar: la de haberme salvado el alma cuando nadie más podía.
Aunque eso no quita que cada vez que se le enciende la mirada... me deba preparar para un castigo peor que pelear contra Lucifer.
Un escalofrío completamente diferente volvió a recorrer mi espalda, pero esta vez no provenía del exterior. La voz resonó directamente en los rincones más profundos de mi mente, cargada de una presencia helada, antigua y aterradora.
—Oye, Natsuki... ya basta, ¿no? —dijo esa voz espectral que no había escuchado en décadas—. Deberías tratarlo con más calma, sabes...
Era la Natsuki de hace 32 años. La versión de una línea temporal olvidada, la que sobrevivió a tragedias irreparables y cargó con una oscuridad que la actual Natsuki apenas alcanza a comprender.
En el mundo real, la Natsuki presente se detuvo en seco a unos pasos de mí. Sintió el repentino cambio en el flujo de mi maná, la brecha temporal que pareció abrirse por un milisegundo en mi conciencia. Se giró despacio, mirándome con una mezcla de desconcierto y una leve sospecha al notar la sombra que cubrió mis ojos.
—¿Carlos...? —murmuró Natsuki, bajando ligeramente el tono de su voz—. ¿Qué fue eso? Tu energía acaba de distorsionarse...
Cerré los ojos con fuerza, apretando los dientes mientras la voz en mi mente dejaba escapar una risilla amarga y distante. Tener a la Natsuki del pasado observando desde los recuerdos de hace más de tres décadas, intercediendo en medio de la discusión de la Natsuki del presente, era una ironía que solo la alteración de las líneas temporales podía provocar.
Un silencio denso cayó en el espacio mental, donde ambas voces se entrelazaban con una gravedad escalofriante. Era un diálogo que desafiaba al mismísimo tiempo: la Natsuki del presente escuchando el eco inquebrantable de la Natsuki de hace 32 años.
—Supongo que es difícil que hablemos de esta forma —murmuró la Natsuki actual, bajando la mirada mientras procesaba la presencia en mi mente—. Ya te conté mi pasado... pero nunca imaginé que yo sería así. Oye, siempre he tenido esta forma en la que trato a mi prometido. Es algo extraño que él pueda soportarme tanto, pero créeme que por él estaría dispuesta a dar mi vida para protegerlo. El problema es que... tengo miedo de perderlo, ¿sabes?
—Por lo que veo, sí... tienes miedo —respondió la voz de la Natsuki de hace 32 años, con un tono pausado y una sabiduría forjada en el dolor de una era caída—. Pero no temas. Recuerda que él es un Nocturno. La razón por la cual no puede morir radica en su regeneración; una capacidad que no se compara ni con la del Dios Nocturno ni con la de los seres abismales. Es el mismo caso que Hina Sánchez, la madre de tu novio; ella posee exactamente las mismas características. Es algo confuso todo esto, pero escucha: lo que está pasando ahora no es lo mismo que ocurrió en mi vida anterior. Tienes que saber que hay clanes mucho más poderosos de los que jamás habrías podido imaginar. Para ti será la primera vez que vas a experimentar verdaderas caídas.
—Es verdad, pero... —hizo una pausa la Natsuki presente, apretando los puños con frustración mientras aceptaba la advertencia—. Tú lo sabes bien a lo que me refiero, Natsu. Tú... o mejor dicho, nosotras sabemos perfectamente que los demás clanes están esperando al acecho en este preciso momento.
—Por cierto, olvidé decirte algo crucial —agregó la Natsuki de hace 32 años con una firmeza que hizo eco en el aire mental—. Tienes que dominar tu magia nueva o, de lo contrario, morirás. Recuerda lo que pasó cuando no pudiste controlarla durante la lucha contra el Minotauro...
—Eso ya lo sé —respondió la Natsuki del presente, apretando los dientes con frustración mientras cruzaba los brazos—. Pero... ¿cómo demonios puedo dominar esto?
La voz del pasado guardó silencio un instante, cargada de una nostalgia amarga que quemaba como fuego helado.
—Cómo quisiera revivir aquellos momentos, ¿sabes? Me duele... me arrepiento tanto de haber hecho que Carlos sufriera por mi muerte. No debí sacrificarme, y mucho menos haber dejado que el monstruo que desperté matara a todos. Natsuki, escúchame bien: tienes estrictamente prohibido usar ese conjuro de magia de invocación. No quiero que tú también cometas ese terrible error.
—Pero... ¿qué pasa si él cae? —preguntó la Natsuki actual, con un hilo de voz marcado por el pánico de volver a perderlo.
—¡No digas eso, Natsuki del presente! Ni siquiera lo imagines —la interrumpió la voz de hace 32 años con un tono casi desesperado—. Sabes perfectamente lo que pasará si él muere. Aunque Shiro esté viva, de todas formas perderíamos todo. Porque para ellos, su objetivo principal siempre ha sido Carlos; quieren borrarlo por completo de la faz de la tierra... y los problemas solo van a seguir escalando.
El choque de ambas voluntades dejó a Natsuki fija en su sitio, respirando agitadamente. La advertencia sobre la invocación prohibida y la amenaza de los verdaderos enemigos acechando en las sombras dejó en claro que la lucha que se aproximaba requeriría más que simple determinación.

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