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Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 292 online gratis en español

🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Sección XV: El nacimiento de una nueva leyenda Entendía perfectamente todo lo que ella me decía. Abrán no era alguien ordinario ni débil; simplemente no supo cómo enfrentar a sus enemigos en ese momento. Al igual que el Héroe de las Sombras, cayó al no poder desplegar su verdadero poder al cien por ciento. En ese instante, mi rostro se volvió completamente gélido, tiñéndose de una seriedad que inspiraba un temor absoluto. «La persona que acabó con la vida de mi hermano ya está muerta... lo que significa que solo hay alguien que logró huir. Mónica.» O al menos eso era lo que quería pensar. Tendré que cobrarme su cabeza muy pronto; yo no suelo dejar escapar a mis presas. Sin embargo, al mirar la reacción de mi hermana, me quedé en silencio. Sus ojos me lo decían todo sobre lo peligrosa que era esa mujer y de lo que era capaz. —Dime algo, Karen... ¿Qué es lo que harás ahora? —pregunté, observándola con atención. —¿Eh? Bueno... —dudó ella, bajando levemente la mirada antes de responder con determinación—. Pensaba irme de la academia. Me siento inútil aquí sin hacer nada, sin poder mejorar en lo que soy ahora. Por eso... planeo ir a un lugar a entrenar junto a mi padre. Una leve sonrisa se dibujó en mi rostro al escuchar sus palabras. «Así que vas a convertirte en la Diosa Santa de la Espada...», me dije a mí mismo en silencio. Supongo que esto no es más que el inicio de tu verdadero camino. Akira te dejó todo su poder; él confió en ti por tu fuerza, tu inquebrantable voluntad y tu carisma. Sé perfectamente que no eres alguien débil, Karen, me lo has demostrado una y otra vez. E incluso cuando yo no estoy a tu lado, sé que intentas imitarme porque has experimentado en carne propia lo que es perder y caer. Pero no importa cuántas veces nuestros enemigos intenten aplastarnos sin piedad... nosotros siempre encontramos la forma de levantarnos. Y al final, les demostraremos a todos quiénes son los verdaderos monstruos. Acaricié el rostro de mi hermana con suavidad, dejando que la calidez de mi mano contrastara con el aire gélido que nos rodeaba. —Tranquila... Todo estará bien —susurré con voz firme pero cargada de pesar—. Lamento no haber podido llegar a tiempo, en verdad lo lamento tanto... Pero recuerda esto: nuestro hermano siempre te estará cuidando. Dondequiera que él esté, siempre estará ahí para ti. Debemos esforzarnos al máximo para no dejar que algo así vuelva a suceder jamás. No hay razón para dudar; debemos derrotar a nuestros enemigos y juzgar sus actos. Tú eres mi hermana, jamás lo olvides, Karen. Tú significas mucho más para mí que mi propia vida... Una vida entera estaría dispuesto a entregar por ti. Guardé silencio por un segundo, mirando intensamente las marcas naranjas que brillaban en sus pupilas antes de continuar. —Si algo me llega a pasar, prométeme que protegerás a nuestra madre, a mi hija y a todos en mi lugar. Si te digo esto es porque... es difícil decirlo, Karen. No quiero herirte, pero la razón por la cual no estabas al tanto de todo con nuestros hermanos, Dani y Kronos... era porque los he odiado por el resto de mi vida. Un odio puro que no quiero que tú sientas por tus hermanos mayores. Pero, Karen... Hay algo que le pasó a Dani en aquella misión. Supongo que sabes algo al respecto, ¿verdad? Karen bajó levemente la vista, apretando las manos en puños mientras los recuerdos volvían a golpear su mente. —Hermano... Yo... La verdad sí —admitió con la voz temblorosa—. Lo sé. Me lo contaron Karla y Roger. Me explicaron hasta cierto punto cómo fue que Dani sacrificó absolutamente todo con tal de detener a nuestro hermano... Pero al intentarlo, falló. Lucifer logró matarlo junto al Dios de la Guerra que llevaba dentro de su cuerpo. Es algo muy difícil de explicar, hermano... Pero Kronos mató a la prometida de Dani, a su propio hermano y al resto de sus compañeros. Solo quedaron Karla y Roger con vida, buscando desesperadamente el momento exacto para detener a Kronos antes de que todo sea demasiado tarde. —Tu hermano está luchando con tal de recuperar su cuerpo —intervine con la voz grave, mirando a Karen fijamente—. Me lo dijo en aquel momento... Cuando Daniel, el Dios de la Guerra, casi me mata. Él me advirtió que huyera, pero ignoré su advertencia porque yo... simplemente no podía abandonar a un hermano. Karen me miró en silencio, absorbiendo cada una de mis palabras mientras apretaba los puños. «Tal vez en mi vida anterior no supe nada de la verdad sobre lo que les ocurrió... Todo encaja por eso. Por eso quiero ayudarlos.» Cerré los ojos un instante, sintiendo cómo la tormenta de pensamientos dentro de mí se transformaba en una determinación fría e inquebrantable. «Aún puedo traerlo de regreso... Espero que no te quiebres, Dani. Sé que puedo salvarte, pero para poder borrar todo el odio que he sentido por ti... primero tengo que matar a Daniel.» —¿Pero matar a Daniel no dañaría su alma? —preguntó Karen, con los ojos de un naranja resplandeciente fijos en los míos. —Bueno... eso no lo sé, Karen —respondí, soltando un suspiro cargado de pesadumbre—. Pero cuando fue la batalla contra Lucifer, yo mismo me perforé el corazón con la Espada Separadora de Almas. Y tú también hiciste lo mismo... Me perforaste el corazón cuando todos estaban al borde de la muerte, en el momento en que él tomó el control de mi cuerpo. Me siento profundamente agradecido contigo por haberme ayudado... Pero en aquel entonces cargaba con una depresión, un peso sobre mi existencia. Tal vez me hacía el fuerte mientras todo el dolor del mundo caía sobre mis hombros, bañado en sangre y con un mar de espadas clavadas en mi espalda. Karen me miró con los ojos cristalizados, dando un paso hacia mí mientras apretaba la tela de mi chaqueta. —Lo sé, tonto... Sé que ese día se convirtió en mi trauma, cuando estuviste a punto de matarme. ¿Sabes qué fue lo que dije en ese instante? ¿Sabes qué fue? Dije: «Sabía que regresarías, hermano...». Eso fue lo que dije. Y gracias a mis súplicas lograste sobrevivir; por ti todos lucharon, para que volvieras a nosotros. Este dolor, este trauma y el miedo a veces me hacen sentir que debo alejarme de ti... ¡pero yo no quiero alejarme! Quiero estar contigo por el resto de mi vida. Eres mi hermano mayor, y una hermana siempre tiene que estar con su hermano. ¿Qué harías si yo muriera frente a tus ojos? ¿Qué harías? Dímelo... ¡¿qué harías?! Guardé silencio por un instante. Mi mirada se volvió un pozo oscuro y profundo mientras la energía nocturna amenazaba con brotar de mi piel. —Yo... perdería el control por completo de mi poder nocturno —confesé con una voz helada—. Si eso pasara, lo perdería todo. Mataría a quienes fueron mis amigos o mis aliados... los masacraría a todos sin piedad, Karen. Mi poder crece más y más, y si llega a un punto donde yo ya no pueda contenerlo, todo este maná se convertirá en una bomba de agujeros negros que consumirá mi humanidad. Solo Shiro sabe que si llego a perder la razón de esa forma... ella tendría que ser quien me elimine. Karen bajó la cabeza un segundo, soltando una risa triste antes de volver a mirarme. —Esa no era la respuesta que quería escuchar... pero entiendo tu punto. Aun así, entre nos... debes entender algo: lo que significa darlo todo por lo cual debes sobrevivir. —Es verdad, tienes razón —admití, pasándome una mano por el rostro mientras soltaba un suspiro agotado—. En verdad lo siento, yo solo... ahh, estoy tan cansado. Pero si quieres una respuesta solo para ti... te la diré. Siempre serás mi mayor prioridad ante todo. Tal vez todos me critiquen por ser tan sobreprotector, pero ellos no saben lo que es tener una hermana o hermanos. Siempre saldremos mal, a veces bien, con insultos o con violencia... pero al final del día somos hermanos. Y yo estoy dispuesto a arriesgar absolutamente todo por ti, por mi padre, por mi familia y por todos los que han caminado a mi lado. Karen me miró fijamente durante un largo instante. La tensión que oprimía su pecho pareció aflojarse un poco, reemplazada por una mirada llena de comprensión y una ternura melancólica que pocas veces dejaba ver. —Gracias, Carlos... —susurró, dando un paso al frente para recostar levemente su frente contra mi pecho—. Eso era lo único que necesitaba escuchar. La rodeé con un brazo, sintiendo la firmeza de su determinación. A pesar de los traumas y del miedo que la perseguía, la niña que siempre intentaba seguir mis pasos se había convertido en una guerrera formidable. —No tienes que agradecer nada —dije con voz baja, acariciando su cabello con suavidad—. Ahora ve con nuestro padre. Él necesita saber que estás bien, y tú necesitas prepararte para lo que viene. Convertirte en la Diosa Santa de la Espada no será un camino fácil, pero sé que Akira eligió bien a su heredera. Karen se separó despacio, limpiándose las últimas rastros de lágrimas con el dorso de la mano. Sus pupilas resplandecieron una vez más con ese naranja abrasador, firme e inquebrantable. —Me volveré más fuerte que nadie, hermano —prometió, mirándome directamente a los ojos—. Para que la próxima vez que nos encontremos, no tengas que cargar con toda la batalla tú solo. No dejaré que caigas. —Cuento con eso —sonreí levemente, viéndola dar media vuelta y caminar hacia la mesa donde mi padre y el Rey Haruto aguardaban en silencio, respetando nuestro momento. En cuanto Karen se alejó lo suficiente, la débil sonrisa de mi rostro desapareció por completo, dejando al descubierto la máscara de hielo que solía llevar. Desvié la mirada hacia el rincón más oscuro de la habitación, donde el flujo de mi maná comenzaba a distorsionarse sutilmente. Había llegado el momento de aprovechar esta semana de tregua. Tenía cuentas pendientes con Mónica, verdades que desentrañar sobre la alteración en la mente de Shiro y un viaje al Reino Dragón que cambiaría el rumbo de estos misterios que aún quedan por explorar... Este será un nuevo comienzo para despertar y aprender varios tipos de magia. Salí de la academia con el viento frío de la noche golpeándome el rostro, pero antes de que pudiera avanzar más de tres pasos, una voz firme me detuvo. Arlette estaba de pie bajo el marco de la entrada, mirándome fijamente con sus ojos profundos y una calma estudiada. —¿Ya te vas, verdad? —preguntó, recortando la distancia entre los dos sin vacilar—. Quisiera ir contigo, Carlos... —¿Qué? ¿Eh? ¿Cómo? Espera... ¿qué? —solté, parpadeando con absoluta sorpresa mientras la miraba sin terminar de procesarlo—. Pero... ¿por qué? —Tengo mis propios motivos —respondió ella de inmediato, cruzándose de brazos con esa actitud inquebrantable que no daba espacio a réplicas. —¡Oh, vaya, vaya! ¿Así que la chica más hermosa irá al Reino Dragón? —interrumpicó una voz llena de picardía y elegancia desde las sombras de uno de los pilares. Kimberly emergió a paso lento, con una sonrisa confiada y dando vueltas a un pequeño pergamino entre los dedos. —¿Por qué no las acompaño también? —dijo Kimberly, clavando su mirada sobre mí mientras arqueaba una ceja—. Oye, Carlos... parece que olvidaste nuestro trato. Dijiste que serías mi sirviente... Bueno, mejor dicho, mi acompañante para el balance político de mi familia sobre las armas y los artefactos más poderosos de todos los tiempos. —Kimberly... ¿por qué estás aquí? ¿O se te perdió algo? —dijo Arlette, encarándola con una frialdad cortante y la mirada fija en ella. —Oh, no es nada personal —respondió Kimberly con una sonrisa burlona y aire despectivo—, pero tú eres la que estorba en mi camino. Yo soy quien irá, ya que tengo el poder y el derecho de la Moneda de Diamante del Reino Sínesis del Oriente. —Hablas demasiado sobre tener lujos y títulos —atacó Arlette, dando un paso al frente sin dejarse intimidar en lo absoluto—. Yo tengo más valor que tú. No importa si eres usuaria del sol, no importa si fuiste elegida por el mismo Sol que te otorgó tocar ese artefacto mágico... —Te equivocas, tú no sabes nada sobre mí, Arlette —interrumpió Kimberly, borrando su sonrisa y entrecerrando los ojos con irritación—. Yo soy una de las... —Sé que eres una de las Doce Grandes Familias, lo sé todo —la cortó Arlette con superioridad—. Siempre investigo con quién puedo hacer o formar alianzas. Y Carlos es el aliado perfecto, niña nerd... o niña presumida. Un silencio tenso cayó entre ambas mientras la presión mágica comenzaba a distorsionar el aire a su alrededor. —¿Eh? —dije interponiéndome entre las dos, dejando escapar una leve risilla mientras una sonrisa peligrosa se dibujaba en mi rostro—. ¿Acaso quieren pelear aquí mismo? —Oh, por supuesto que me encantaría pelear contra una cuatro ojos —dijo Arlette con frialdad, mientras sus ojos se teñían de un naranja claro resplandeciente—. No sería una mala opción para humillarte aquí. La atmósfera alrededor de ambas se volvió densa en un instante. Dos auras colosales chocaron violentamente en medio del patio, haciendo crujir las losas de piedra y levantando una ráfaga de viento violenta. —¿Acaso se van a matar aquí mismo? —pregunté sin cambiar la expresión helada de mi rostro. Sin decir una sola palabra más, liberé mi maná y les lancé una presión de gravedad tan aplastante que el aire pareció romperse. La fuerza fue brutal; un impacto invisible e ineludible que nadie en su sano juicio podría contrarrestar. El suelo cedió bajo la presión, formando un pequeño cráter, mientras ambas sintieron un peso descomunal que las obligó a caer de rodillas contra el piso, incapaces de mover un solo músculo bajo el dominio de mi magia. Ambas respiraban con dificultad, con las manos apoyadas en el suelo agrietado mientras intentaban en vano levantar la cabeza. La gravedad que las aplastaba no era solo fuerza física; era la manifestación pura del maná de un monstruo que no estaba de humor para juegos infantiles. —Escúchenme bien las dos —dije, bajando la mirada hacia ellas con una frialdad que congelaba el ambiente—. Si tienen tantas ganas de destruirse la una a la otra, háganlo en otra parte. No voy a tolerar que armen un espectáculo frente a la academia justo cuando tenemos siete días para prepararnos antes de ir al Reino Dragón. Mantuve la presión sobre sus espaldas unos segundos más, asegurándome de que el mensaje quedara grabado a fuego antes de disipar la magia de golpe. El peso desapareció instantáneamente, dejándolas tomar aire de forma atropellada. —Maldición... —murmuró Kimberly, reajustándose sus lentes con mano temblorosa mientras se levantaba del suelo, limpiándose el polvo de la ropa con evidente molestia—. Siempre tan brusco, Carlos. Pero eso solo demuestra que tu poder es real. Arlette se incorporó en silencio, manteniendo la compostura a pesar del temblor en sus piernas. Sus ojos aún brillaban con un tinte naranja, pero su mirada hacia mí se volvió seria y calculadora. —No vine aquí a perder el tiempo peleando con ella —declaró Arlette, ignorando por completo la presencia de Kimberly—. Si voy contigo al Reino Dragón es porque el conocimiento y las reliquias que resguardan allí son clave para lo que se avecina. No dejaré que vayas rodeado solo de personas que solo buscan alianzas políticas. —¿Insinúas que yo soy solo política, cuatro ojos? —atacó Kimberly, dando un paso al frente mientras ajustaba la empuñadura de la daga oculta en su cinto. —Insinúo que si vamos a sobrevivir a las fuerzas del Abismo y a la traición del Dios de la Locura, necesitamos más que dinero y títulos de la nobleza —replicó Arlette sin pestañear. Solté un suspiro pesado, pasándome una mano por el cabello. La tensión entre ellas dos prometía convertir el viaje en un absoluto dolor de cabeza, pero no podía negar que ambas poseían capacidades que me serían de utilidad si lograba mantenerlas bajo control. —Suficiente —las corté antes de que volvieran a elevar sus auras—. Si ambas van a acompañarme, se someterán a mis reglas. En el Reino Dragón no habrá espacio para disputas absurdas; al primer error que ponga en riesgo la misión, las dejaré atrás sin pensarlo dos veces. ¿Quedó claro? Las dos se miraron de reojo con un desdén evidente, pero al volver a fijar la vista en mí, asintieron en silencio. Kimberly se cruzó de brazos, acomodándose los lentes sobre el puente de la nariz con un gesto dramático que buscaba recuperar toda la dignidad que la gravedad le había quitado. —De acuerdo, acepto tus reglas, Carlos —dijo Kimberly, alzando el mentón—. Pero exijo que quede asentado en el contrato de nuestro trato que esta muchacha viajará a por lo menos tres metros de distancia de mí. Su aura de "estudiosa amargada" está arruinando la textura de mi uniforme de seda de la Casa Sínesis. Arlette la miró de arriba abajo, parpadeando despacio con una expresión de absoluta indiferencia. —Si nos alejamos tres metros, me temo que no podré usar mi magia para amplificar la visión de tus lentes la próxima vez que te tropieces con tu propio orgullo —atacó Arlette con una calma devastadora—. Además, dudo que tu seda de lujo resista el clima dracónico. ¿O acaso planeas derrotar a las bestias abismales mostrándoles la Moneda de Diamante de tu familia? —¡Es un artefacto diplomático de clase S, insolente! —exclamó Kimberly, indignada, abriendo los ojos de par en par—. ¡Puedo comprar la mitad de la provincia donde naciste si me lo propongo! —Por favor, hazlo —respondió Arlette sin inmutarse, ajustándose la correa de su libro de hechizos—. Tal vez así la provincia finalmente tenga presupuesto para instalar letreros que digan: "Peligro: Niña rica presumida en la zona". Me llevé la mano a la cara, dejando escapar un gemido de dolor mientras apretaba el puente de mi nariz. Sentía que el Dios de la Guerra o el mismísimo Lucifer eran amenazas mucho más fáciles de manejar que estas dos juntas. —¿Ustedes dos se dieron cuenta de que acabo de aplastarlas contra el suelo hace diez segundos? —pregunté, mirando al cielo nocturno como pidiéndole paciencia a los dioses que no estuvieran intentando matarme. —Ah, eso —dijo Kimberly, restándole importancia con un ademán de la mano—. Eso fue una demostración de afecto ruda. Un lenguaje de amor muy tuyo, Carlos. Lo entiendo perfectamente. —Técnicamente fue un despliegue de maná gravitacional de nivel avanzado impulsado por el cansancio psicológico que le provocamos —corrigió Arlette con total seriedad, sacando una pequeña libreta para anotar—. Un análisis fascinante, la verdad. —¡Dejen de analizar mi estrés! —protesté, soltando un suspiro que casi me vacía los pulmones—. Si mañana al amanecer no están listas en la puerta principal y en absoluto silencio, me iré al Reino Dragón volando a máxima velocidad y las dejaré aquí discutiendo sobre seda y monedas. Las dos se miraron de reojo, compartiendo un segundo de tregua forzada antes de volverse hacia mí. —Estaré cinco minutos antes —dijo Arlette. —Yo estaré diez minutos antes, en un carruaje de lujo y con desayuno para ti —añadió Kimberly con una sonrisa triunfante, guiñándome un ojo—. Gané esta ronda, cuatro ojos.
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Estás leyendo el capítulo 292 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 11 de septiembre de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.