Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 279 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
—¡Maldición! ¿En qué momento el Dios Nocturno comenzó a usar esa espada? —exclamé, apretando los dientes mientras me levantaba a duras penas, sintiendo cómo el flujo de maná sofocaba el aire entre los escombros del campo de batalla.
Giré la mirada hacia los guerreros malheridos que intentaban reagruparse entre la polvareda.
—¡Ustedes cinco! Díganme... ¿por qué dejaron que...?
—Niño, no lo sabemos —interrumpió Nicolás, limpiándose la sangre del rostro y apretando la empuñadura de su arma con pura frustración.
—Mi amigo tiene razón —añadió Alexander, dando un paso al frente mientras evaluaba el desastre a nuestro alrededor—. Todo esto pasó demasiado rápido. Pero en cuanto a ti... dinos, ¿cómo diablos es que eres un Nocturno, muchacho? Creí que el Dios Nocturno había aniquilado a todo tu clan él solo...
Ajusté el agarre sobre la guadaña sangrienta, sintiendo la pesadez de la batalla sobre mis hombros mientras el éter a mi alrededor luchaba por estabilizarse.
—La verdad es que no tengo la menor idea... pero mi madre es la única sobreviviente. Tal vez algunos familiares de mi madre lograron sobrevivir. Hay cosas que son muy raras, la verdad, pero ahora no hay tiempo para pláticas. Tenemos que salvarla de todas formas, o no habrá un día para arrepentirnos de toda esta masacre que se vendría después.
—Tienes razón, niño... —admitió Alexander, observando el rastro de destrucción que amenazaba con consumirlo todo—. ¿Pero cómo diablos vamos a lograr detener al Dios Nocturno?
Visualicé la silueta de mi clon a la distancia, sintiendo cómo el pulso de la espada enemiga distorsionaba el aire.
—No hay otra opción —sentencié, alzando la mirada mientras el destello galáctico volvía a encenderse en mis ojos—. Combinaremos el poder del separador de almas con un ataque frontal directo. Cubran mis espaldas.
La Desesperación de la Heroína
El Héroe de la Luz miraba a Queen, quien se encontraba destrozada sobre la tierra ensangrentada.
—¿Oye, estás bien...? —preguntó con la voz agitada, extendiéndole una mano temblorosa.
—No... no lo estoy —respondió Queen, abrazándose a sí misma mientras sus ojos reflejaban el terror—. Los traumas regresan a mí... ¿Pero qué se supone que haga ahora? No tengo un plan en mente. Solo tenemos una oportunidad con ese chico...
—Es verdad —dijo el Héroe de las Dagas, apretando las empuñaduras de sus armas mientras daba un paso al frente para cubrirles la retirada.
—¡Ahora no es el momento de dudar! —exclamé, sintiendo cómo el maná atávico ardía de nuevo en mi pecho a pesar de la fractura espiritual—. ¡Si vamos a sacar a Shiro de ese maldito, tenemos que arriesgar nuestras vidas! Y si eso nos cuesta demasiado... no importa, ¡pero no podemos permitir que él salga de aquí!
¡¡¡FWOOSH-BOOM!!!
Una carcajada siniestra y distorsionada retumbó desde lo alto, haciendo temblar el aire y congelando el pulso de los sobrevivientes.
—Jajaja... Hablas demasiado, ¿verdad? —resonó la voz poseída del Dios Nocturno—. Tú no sabes de lo que soy capaz. Además, ¡este cuerpo ya me pertenece!
El Dios Nocturno estaba arriba de mí. En una fracción de segundo, se lanzó desde el cielo en una trayectoria vertical perfecta para atacarme, blandiendo la espada maldita envuelta en relámpagos de sombra directa a mi cuello.
¡¡¡CLANG-CRACK!!!
Levanté la guadaña sangrienta justo a tiempo para interceptar la estocada. El impacto generó una onda de choque tan violenta que abrió un cráter de diez metros bajo mis pies, pulverizando la piedra y obligando a los Héroes Legendarios a salir despedidos por la fuerza del viento.
—¡No te la vas a quedar! —rugí a milímetros de su rostro deformado por la magia oscura.
—¡Ya es tarde, Tanaka! —se burló la entidad, presionando el filo mientras el sello del Dios Nocturno destellaba sobre el pecho de Shiro, amenazando con consumir lo que quedaba de su alma.
La Ira Incontrolable y el Despertar de las Llamas
—Si tan solo me hubiera quedado con tu cuerpo, las cosas no habrían terminado así —siseó el Dios Nocturno a través de la boca poseída, forzando la hoja hacia mi garganta—. Si no fuera por esa arma y por esa niña que me sacó de tu cuerpo... No pensé que esa niña fuera la hija del Dragón de la Felicidad.
—¿Acaso te da miedo que una niña te haya vencido? —me burlé, apretando la empuñadura con fuerza mientras la miraba a los ojos.
—¡Maldito insolente! —rugió la entidad divina, haciendo temblar la tierra bajo la presión de su aura pura de sombra—. Si ella no hubiera nacido, tú y su inútil vínculo jamás se habrían conectado... De todas formas, ella jamás regresará, ¡pero a su hija es a quien necesito matar!
La respiración se me congeló en el pecho. El aire a mi alrededor dejó de fluir.
—Oye... —hablé en un susurro tan bajo que cortó el sonido del choque de las espadas—. Que sea la última vez que intentas decir esa palabra... o de lo contrario te mataré, no importa si es de forma espiritual. Sabes perfectamente que con mi familia nadie se mete... y tú ya has cruzado la línea, Dios Nocturno.
Caminé lentamente mientras el viento se ponía violento. El suelo a mi alrededor no solo se agrietó; la piedra se derritió en un parpadeo cuando las llamas se manifestaron.
Las Llamas del Infierno han sido despertadas por cuarta vez.
El fuego carmesí y negro brotó desde los poros de mi piel, envolviendo la guadaña y extendiéndose como alas de pura destrucción que devoraban la oscuridad de la noche.
—Esa voluntad... —dijo la Heroína de la Luz, cubriéndose el rostro con el brazo mientras retrocedía aterrada por el calor abrumador—. Imposible... ¿Cómo es que él tiene esas llamas? Solo alguien con una voluntad inquebrantable puede usarlas... Niño, ¿acaso tú has vivido en un infierno del que no lograste rescatarte?
Giré lentamente la cabeza mientras mis ojos galácticos la miraban, ardiendo en sintonía con el fuego infernal.
—Tal vez no haya logrado escapar del infierno que me consume... pero todos tenemos un deseo el cual debemos cumplir: proteger a un mundo donde nadie tenga que sufrir. Y yo estaría dispuesto a entregar todo lo que queda de mí. Si algún día llegara a caer, alguien más tendrá que usar mi espada nocturna para seguir con mi camino. Todos ustedes no saben la verdad en la que estoy viviendo... La claridad no es tan eficiente, y es por eso que estoy liberando estas llamas.
El Dios Nocturno dio un paso atrás por primera vez, sintiendo cómo el fuego del infierno comenzaba a quemar las cadenas de sombra que ataban el cuerpo de Shiro.
—¡Muere! —rugí, lanzándome hacia adelante en un estallido de velocidad pura que pulverizó la realidad entre los dos.
La Masacre en el Campo de Batalla
Una sonrisa bastante retorcida salió de él.
—Nunca había sentido esa sensación antes cuando me enfrenté al primer héroe —siseó el Dios Nocturno a través de los labios sangrientos de Shiro—. ¡Ven, atácame con todo lo que tienes! Espero que esto te deje clara la diferencia...
Nuestras espadas chocaron entre sí.
¡¡¡CRACK-BOOM!!!
El choque de la guadaña envuelta en las Llamas del Infierno contra la espada de sombras hizo volar en pedazos la tierra bajo nuestros pies. El impacto fue tan colosal que mandó una onda expansiva de fuego negro y relámpagos atávicos que rasgó el cielo.
—¡Ahora, Carlos! —gritó Nicolás, lanzándose desde la izquierda mientras imbía su arma con toda la energía que le quedaba para cortar la retirada de la entidad.
Alexander y el Héroe de las Dagas flanquearon por la derecha a una velocidad sobrehumana, buscando desarticular la guardia del Dios Nocturno mientras la Heroína de la Luz intentaba conjurar un sello de retención sagrada desde la retaguardia.
Pero el Dios Nocturno no parpadeó. Con una maniobra inhumana, inclinó el cuerpo de Shiro a noventa grados, esquivó el estallido infernal de mi guadaña y atrapó a Nicolás por el cuello a mitad de su avance. La fuerza del agarre quebró su tráquea en un crujido sordo.
—Demasiado lentos —murmuró la entidad.
En una fracción de segundo, el Dios Nocturno hundió sus dedos imbuidos en maná descompuesto directamente en el pecho de Nicolás. Un alarido desgarrador rompió el estruendo de la batalla cuando la carne y las costillas se pulverizaron al contacto.
—¡¡¡AHHHHHHH!!! —gritó Nicolás, mientras la masa arterial y el tejido de sus pulmones comenzaban a derretirse por la corrosión abismal.
—¡Nicolás! —rugió Alexander, lanzándose descontrolado.
—¡Suéltalo! —grité, lanzando un tajo oblicuo cargado con toda mi voluntad infernal.
El Dios Nocturno usó el cuerpo agónico de Nicolás como escudo humano. Mi guadaña cortó el aire a milímetros de su torso, pero la espada maldita del enemigo ya se movía en una trayectoria sangrienta.
¡¡¡SLASH-CRACK!!!
En un pestañeo cruel, la hoja del Dios Nocturno atravesó el vientre de Nicolás, subiendo en diagonal hasta atravesar el esternón y emerger por su hombro opuesto. Las entrañas y el flujo arterial bañaron la piedra destrozada. Nicolás ni siquiera pudo dar un último aliento; el Dios Nocturno le arrancó la cabeza de un tirón seco con la mano libre, haciendo que el cráneo y la columna rodaran entre la sangre hasta los pies de la Heroína de la Luz.
—¡NOOOOO! —gritó la Heroína de la Luz, cayendo de rodillas, completamente paralizada y vomitando de puro terror ante la escena visceral.
—¡Maldito monstruo! —gritó el Héroe de las Dagas, arremetiendo a ciegas con los ojos desorbitados por el horror, solo para ser recibido por una ráfaga de espinas de sombra que le atravesaron ambas piernas y el hombro, clavándolo al suelo mientras escupía puñados de sangre negra.
La lluvia de sangre tibia cayó sobre mi rostro. Las Llamas del Infierno a mi alrededor rugieron con una furia descontrolada, avivadas por la rabia y la culpa de no haber podido frenar semejante carnicería.
—¿Lo ves, Carlos? —se burló el Dios Nocturno, lamiendo la sangre que salpicó las mejillas de Shiro mientras el aura de la heroína poseída comenzaba a desbordarse bajo la masacre—. Tus llamas arden con fuerza, pero solo sirven para iluminar la muerte de los inútiles que intentan seguirte.
Alexander apretó los dientes, manteniendo la postura con las manos temblorosas por la rabia y el luto inmediato. Apreté el agarre sobre la guadaña sangrienta hasta sentir el sabor metálico en mi propia boca, lanzándome de frente para el siguiente asalto.
La Caída de los Héroes
¡¡¡FWOOSH-BOOM!!!
El estallido de las Llamas del Infierno abrió una zanja incandescente en la tierra mientras me proyectaba hacia adelante. La velocidad pulverizó el suelo, y en menos de un microsegundo mi guadaña chocó contra la hoja del Dios Nocturno. El sonido de acero contra metal demoníaco reventó los tímpanos de Alexander, obligándolo a hincarse mientras cubría a la Heroína de la Luz con su cuerpo.
—¡Alexander, saca a la Heroína de la Luz de aquí ahora mismo! —ordené con una voz atronadora, distorsionada por el fuego infernal que brotaba de mi garganta.
—¡No puedo dejarte solo contra este demonio, Carlos! —gritó Alexander, intentando ponerse en pie mientras la sangre de Nicolás aún goteaba de su armadura.
—¡Si se quedan, solo serán estorbo y carne de cañón! —rematé, descargando una seguidilla de tres tajos oblicuos a una velocidad que distorsionaba el espacio—. ¡Llévense el cuerpo de Nicolás y salven al Héroe de las Dagas!
El Dios Nocturno paró los dos primeros golpes con una facilidad pasmosa, pero el tercero, cargado con el peso del éter atávico, logró romper su guardia. La hoja de mi guadaña le rasgó la mejilla izquierda a Shiro. Una línea de sangre purpurina y corrupta brotó de la herida, pero la entidad ni siquiera se inmutó; al contrario, su sonrisa se volvió aún más deforme.
—Qué conmovedor... intentando proteger a los débiles mientras el alma de tu querida maestra se fractura con cada golpe que me asestas —se burló el Dios Nocturno, dando un pisotón que hizo brotar docenas de lanzas de sombra desde el suelo.
Las espinas atravesaron mi hombro izquierdo y mi muslo derecho, incrustándose profundamente en la carne. El dolor ardiente del maná corrosivo intentó congelar mis músculos, pero incineré las sombras desde adentro usando el fuego del infierno. El olor a carne quemada inundó mi nariz mientras daba un paso al frente, ignorando las heridas abiertas.
—Ella es lo suficientemente fuerte para resistir tu parásito... y yo soy lo suficientemente paciente para destruirte pedazo a pedazo —siseé, clavando la mirada galáctica en los ojos negros de la entidad.
A mis espaldas, Alexander arrastró al Héroe de las Dagas —quien tosía sangre descontroladamente por las espinas que le atravesaron el tórax— mientras la Heroína de la Luz, con los ojos desorbitados y vacíos por el trauma, caminaba como un autómata lejos del perímetro de matanza.
El Dios Nocturno extendió los brazos y el aire del recinto comenzó a comprimirse en un vórtice de masa abismal. Las sombras de Nicolás, congeladas en el suelo ensangrentado, comenzaron a ser absorbidas por la espada maldita, fortaleciendo el filo del enemigo.
—Veamos si tu voluntad infernal puede aguantar esto, hijo de la sombra —desafió la entidad, lanzándose de frente en un choque frontal catastrófico.
El Fin de la Resistencia
El Dios Nocturno no les dio tiempo de escapar.
Antes de que Alexander pudiera dar tres pasos cargando al Héroe de las Dagas, la sombra bajo sus pies se transformó en un pozo de dientes de maná negro.
—¡Cuidado! —gritó Alexander, intentando empujar a la Heroína de la Luz fuera del alcance del ataque.
Pero el Dios Nocturno reapareció instantáneamente entre ellos. Con una velocidad que desafiaba la física, atravesó el cráneo del Héroe de las Dagas con la punta de su espada maldita, entrando por la frente y saliendo por la nuca. El cerebro del guerrero se pulverizó al instante; sus ojos quedaron desorbitados antes de que la entidad sacudiera la hoja, arrojando su cuerpo inerte y sangrante contra las rocas.
—¡Uno más! —se mofó la entidad.
—¡Maldito demonio! —rugió Alexander, desenvainando su arma en un acto de pura desesperación para ganar tiempo.
El Dios Nocturno ni siquiera se molestó en bloquear. Recibió el filo de Alexander en el hombro sin inmutarse y, usando su mano libre encendida en fuego corrosivo, le agarró el rostro a Alexander. El grito de agonía del héroe se ahogó en su propia garganta cuando el calor abismal comenzó a derretir la piel de su cara, quemando su carne hasta la estructura ósea.
¡¡¡CRACK-CRUNCH!!!
La entidad cerró el puño con violencia, aplastando la cabeza de Alexander como si fuera una fruta madura. La masa encefálica y el flujo arterial saltaron por los aires, empapando el rostro y las ropas de la Heroína de la Luz.
El Dios Nocturno sujetó a la Heroína de la Luz del cabello, levantándola del suelo con brutalidad mientras la hoja ensangrentada rozaba su garganta. Sin embargo, en lugar de rematarla, la arrojó violentamente contra los escombros a mis pies. La mujer quedó de rodillas, temblando incontrolablemente, completamente destruida mentalmente y respirando con pánico entre los cadáveres destrozados de sus compañeros.
—Déjala con vida... para que sea la única testigo de cómo caen sus salvadores —se burló el Dios Nocturno, lamiendo la sangre que salpicó las mejillas de Shiro.
El hedor a carne expuesta y hierro oxidado llenó el ambiente. Mis ojos galácticos ardieron con una furia descontrolada, y las Llamas del Infierno se elevaron hasta el cielo destruido, consumiendo cada rincón de mi éter al ver semejante carnicería.
—Ahora... —dijo la entidad, girándose lentamente hacia mí con la mirada vacía de Shiro—. Solo quedamos tú y yo, Carlos.
La Sola Esperanza
Mis manos no dejaban de temblar. El olor a hierro, a carne quemada y a sesos frescos flotaba en el aire de una forma tan densa que apenas podía respirar sin sentir náuseas.
A pocos metros de mí, las extremidades destrozadas de Alexander y la cabeza cercenada de Nicolás yacían sobre la piedra empapada en sangre. Los hombres que me habían acompañado durante años, guerreros que se suponía que eran invencibles... reducidos a carne de matadero en cuestión de segundos.
—No... no puede ser... —murmuré, abrazándome las rodillas mientras las lágrimas limpiaban los surcos de sangre ajena en mis mejillas. El terror me tenía paralizada, con el pecho apretado en un espasmo violento de pánico.
El Dios Nocturno me había arrojado como a un trapo viejo. Ni siquiera me consideraba una amenaza; para él, dejarme viva era solo un juego, una forma de romperme el alma antes de terminar de erradicarlo todo.
Y entonces lo vi a él.
Carlos estaba de pie en el centro del cráter. El calor que emanaba de su cuerpo no era el maná puro al que estaba acostumbrada a ver en los héroes. Era algo monstruoso, ardiente, destructivo... las Llamas del Infierno. Un fuego carmesí y negro que parecía alimentarse de su propia agonía y rabia.
Sus ojos galácticos brillaban con una furia tan aterradora que por un segundo no supe a quién debía temerle más: si a la entidad posesiva que usaba el cuerpo de Shiro o al chico que estaba dispuesto a incinerar su propia existencia con tal de no dar un paso atrás.
—¿Acaso has vivido en un infierno del que no lograste rescatarte...? —el pensamiento volvió a retumbar en mi cabeza, seco y amargo.
Carlos nos lo había advertido. Nos dijo que no dudáramos, que protegiéramos a los nuestros, pero fuimos demasiado lentos. Ahora, la última línea de defensa de este mundo no era un ejército ni un grupo de héroes legendarios... era un muchacho solitario cargando el peso de una maldición antigua y dispuesto a arder hasta volverse cenizas.
El Dios Nocturno dio un paso al frente, agitando su espada para sacudir los restos de sangre de Alexander. Carlos apretó el agarre sobre la guadaña sangrienta, y las llamas del infierno se elevaron al cielo como alas de pura desesperación.
Si él caía aquí... no quedaría nada a lo que regresar.
La Resistencia Final
El peso de ser la última sobreviviente me sofocaba más que la propia mancha de maná abismal que infestaba el ambiente. Yo, Queen, la Heroína de la Luz... reducida a una espectadora aterrorizada que apenas podía mantenerse en pie sobre los restos mutilados de sus camaradas.
La luz sagrada en mi interior, esa que siempre me había hecho sentir invencible frente a cualquier calamidad, no era más que una chispa miserable apagándose ante la inmensidad de este horror. Mis manos, manchadas con la sangre tibia de Alexander y Nicolás, no podían canalizar ni un solo sello. El trauma me había roto desde adentro.
El Dios Nocturno avanzó, desprendiendo una presencia tan asfixiante que la gravedad misma parecía aplastarme contra el suelo. Pero Carlos no retrocedió ni un solo milímetro.
Desde mi posición en la tierra, vi la espalda de Carlos arder en ese fuego negro y carmesí. Las Llamas del Infierno se extendían como latigazos que desgarraban el aire, contrarrestando la sombra pura del enemigo. El dolor en el rostro de Carlos era evidente —las heridas en su hombro y muslo supuraban maná corrosivo—, pero sus ojos galácticos no mostraban ni una gota de duda. Solo una determinación destructiva, voraz y trágica.
—¿Cómo puedes seguir en pie...? —susurré con la voz quebrada, con las lágrimas corriendo sin control entre la suciedad de mi rostro—. Lo perdiste todo... todos hemos perdido...
Carlos no me miró, pero su voz cortó el estruendo de las llamas con una frialdad absoluta:
—Si me rindo ahora, sus muertes no habrán sido una tragedia... habrán sido una estupidez. Quédate atrás, Queen. Guarda la luz que te queda para sanarte, porque ya no pienso dejar que este maldito dé un paso más.
El Dios Nocturno soltó una carcajada distorsionada desde los labios de Shiro, alzando la espada ensangrentada.
—Qué hermosas palabras para un muerto viviente. ¡Veamos cuánto dura esa voluntad ante la verdadera penumbra!
¡¡¡FWOOSH-CRACK!!!
En un parpadeo, el Dios Nocturno reapareció frente a Carlos, descargando una estocada brutal a la yugular. Carlos no intentó esquivar; usó el mango de la guadaña sangrienta para desviar el filo a milímetros de su cuello y lanzó un rodillazo envuelto en fuego infernal directamente al estómago de la entidad.
El impacto resonó como una explosión volcánica. La onda de choque me arrojó un par de metros hacia atrás, obligándome a cubrirme el rostro mientras el calor abrasador amenazaba con incinerar mis vestidos.
A través de mis dedos, vi cómo Carlos atrapaba el brazo del Dios Nocturno con la mano desnuda, permitiendo que las sombras le desgarraran la carne de la palma con tal de fijar al enemigo en su sitio.
—¡Ahora, Shiro! —rugió Carlos, con los ojos ardiendo en pura furia galáctica—. ¡Sé que estás ahí adentro! ¡Ayúdame a romper este maldito sello!
El cuerpo de Shiro se convulsó. Por un segundo, los ojos negros de la entidad parpadearon, mostrando el brillo azul original de la chica.
—¡Qué demonios! Aún te queda algo de valor, ¿verdad, mocosa? —rugió el Dios Nocturno, mientras la boca de Shiro se torcía en una mueca monstruosa y llena de veneno—. Pero... ¿qué pasa si mato a tu mejor amiga de la infancia, Queen, para que así ya no puedas resistir?
La entidad no esperó respuesta. Con una fuerza superhumana, se desenganchó del agarre de Carlos a costa de desgarrar la carne de Shiro y giró en el aire, fijando sus ojos negros como el abismo directamente en mí.
El terror congeló mi sangre. La voz del Dios Nocturno retumbó en mis oídos como una sentencia de muerte, y antes de que pudiera parpadear, la sombra de Shiro cayó sobre mí como un meteoro de pura malicia.
—¡¡¡QUEEN, MUÉVETE!!! —el grito desgarrador de Carlos resonó en todo el recinto destruido.
Intenté arrastrarme hacia atrás, pero las piernas me fallaron por completo; el trauma y el pánico me mantenían encadenada al suelo empapado con la sangre de Alexander y Nicolás. La espada maldita del enemigo descendió en un tajo vertical hacia my cuello, buscando cercenarme la cabeza y aplastar para siempre la última pizca de consciencia de Shiro.
¡¡¡CLANG-BOOM!!!
El choque de acero retumbó en mi pecho con una violencia desmedida.
No sentí el filo cortarme. Abrí los ojos, temblando, y vi la espalda de Carlos interpuesta entre la muerte y yo. Había cruzado el mango de la guadaña sangrienta a milímetros de mi cara, bloqueando el impacto, pero el filo de la espada maldita logró rasgarle el hombro derecho hasta el hueso.
La sangre caliente de Carlos me salpicó las mejillas, mezclándose con mis lágrimas.
—Te dije... que te quedaras atrás —dijo Carlos con la voz entrecortada por el dolor, pero sin ceder un solo milímetro de terreno.
Las Llamas del Infierno brotaron de su cuerpo con un furor renovado, quemando la mano con la que la entidad sostenía la espada. En el fondo de la mirada poseída de Shiro, una lágrima cristalina cayó por su mejilla, brillando en medio de las sombras.
—Sh... Shiro... —logré articular con la voz rota, viendo cómo mi amiga luchaba desesperadamente desde lo más profundo de su ser al verme en peligro.
—¡No vas a tocar a nadie más! —rugió Carlos, apretando los dientes mientras la energía galáctica de sus ojos amenazaba con incinerar el aire por completo.
Continuará...

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The strongest warrior of humanity (Novela)
Capítulo 280
The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 279
Estás leyendo el capítulo 279 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 25 de agosto de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.