Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 267 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
—Estaba pensando y analizando un poco sobre él... ¿Quién es? ¿Y cómo es posible que posea el poder Nocturno? —me pregunté a mí misma, sintiendo cómo un escalofrío recorría todo mi cuerpo mientras observaba la pantalla mágica.
No lo entendía. Mi mente intentaba buscar una explicación lógica en medio del caos de mis propios recuerdos. Pero entonces, al concentrarme en la energía que desprendía la transmisión, una revelación brutal golpeó mi conciencia, haciéndome abrir los ojos de par en par.
—No... espera. ¿Hay más? —el aire se me escapó de los pulmones—. Creí que yo era la única persona... Veo que no es así.
Cerré los ojos por un breve segundo en medio de la plaza de Frostglen, ignorando los vítores de la multitud que celebraba el mensaje del Rey Arturo. Al profundizar en mi propia esencia mística, mis sentidos se expandieron más allá de las fronteras de este reino, conectándose con el tejido mismo de la realidad.
Fue ahí cuando lo sentí. Una red invisible, antigua y poderosa que vibraba en diferentes puntos del multiverso.
—Así que hay 8 en total... —susurré, con el rostro completamente rígido por la seriedad—. Puedo sentir cada parámetro... cada camino... cada voluntad.
Eran ocho esencias. Ocho portadores que, al igual que yo, cargaban con el peso, la maldición o la gloria de la fuerza Nocturna.
—Esto es imposible, la verdad... —murmuré para mí misma, tratando de procesar la existencia de los otros siete portadores nocturnos mientras observaba la pantalla.
Pero mis pensamientos fueron cortados de golpe. Un grito desgarrador resonó desde los límites de la plaza, rompiendo la atmósfera de celebración en mil pedazos. Un soldado de la guardia real entró corriendo, con la armadura abollada, cubierta de sangre y el rostro pálido por el terror puro.
—¡¡Su majestad, nos atacan...!! ¡¡Nos están masacrando!!
El rey Arturo Barrett dio un paso al frente, su rostro transformándose en una máscara de severidad y alarma.
—¿¡Qué!? ¿A qué te refieres con que nos atacan, soldado? ¡Explícate!
—¡Mi rey...! —el guardia cayó de rodillas, temblando incontrolablemente—. Hay 7 seres a las afueras... seres que no conozco. Ellos... ellos se hacen llamar \*\*los 7 Asmales de la Calamidad\*\*.
—¿¡Qué...!? ¿Cómo es posible eso? —exclamó el monarca, intercambiando una mirada de horror con la reina Regina—. Nunca en mi vida había escuchado ese nombre... ¡Envía a nuestros mejores soldados y caballeros de inmediato! No podemos permitir que asedien la ciudad. ¡Debe ser una emboscada del enemigo!
—¡Mi rey, ya fueron enviados! —gritó el soldado, al borde del colapso emocional—. Pero... pero fueron asesinados a sangre fría... ¡No quedó ninguno! No hay más caballeros en el reino que estén a la altura de esos monstruos... Estamos perdidos... ¡Estamos perdidos!
El pánico se extendió como la pólvora entre la multitud. La gente comenzó a gritar y a correr en todas direcciones.
Yo me quedé en mi lugar, observando el caos. No sabía exactamente qué estaba pasando en este mundo, y ver al guardia llorando con tanto miedo me hizo bajar la mirada. Solté un largo suspiro. Esto definitivamente no era normal... pero por otra parte, si necesitaba un lugar donde quedarme, comida y la confianza del rey para acercarme a Melissa, tendría que ganármelo con mis propios méritos, ¿no?
Con paso firme y una calma que contrastaba con el terror colectivo, caminé hacia el estrado real. Mis ojos rojos brillaron con una intensidad gélida.
—Yo seré la voluntaria —declaré, mi voz cortando el aire con una autoridad absoluta—. Iré al campo de batalla.
El rey Arturo y la reina Regina se detuvieron en seco, mirándome de arriba abajo. El monarca, confundido y desesperado por la situación, frunció el ceño.
—¿...? Una disculpa, ¿pero quién eres tú?
—Yo... —comencé, deteniéndome un segundo. Estaba pensando en revelar mi verdadero nombre, pero rápidamente me di cuenta de que no hacía falta en este lugar. Así que decidí crear un apodo en el acto, uno que infundiera el respeto necesario—. A mí me llaman... \*\*la Reina de Luz de Sangre\*\*.
El rey Arturo Barrett me miró con el ceño fruncido, desconcertado por el título y la audacia de mis palabras.
—¿...? Nunca había oído ese nombre jamás —admitió, apretando el puño sobre su espada—. Pero dime... ¿qué tan hostil eres para desafiar al enemigo tú sola? ¿Qué te hace pensar que puedes lograr lo que mi ejército entero no pudo?
Hablé con una mirada completamente tranquila, manteniendo una serenidad absoluta que contrastaba con el pánico de la plaza. El aura carmesí de mis ojos se intensificó.
—A lo largo de mis batallas, yo jamás he perdido... y se lo voy a demostrar justo ahora —sentencié con una confianza inquebrantable—. Pero a cambio de mi victoria, deseo algo. Una vez que termine con ellos, me inclinaré de rodillas ante usted, mi rey... Quiero ser su caballero leal, dedicada a proteger su reino. Pero a cambio de eso, quiero que me dé un hogar... un techo de dónde quedarme y comida. Es todo lo que pido.
El rey Arturo me observó en silencio por unos momentos, midiendo la inmensa presión mágica que, sin darme cuenta, comenzaba a filtrarse de mi cuerpo. La reina Regina pareció notar la misma fuerza y le dio un leve asentimiento a su esposo.
—Mmm... Me parece que es muy sensato de tu parte pedirme eso —respondió el monarca, suavizando la mirada ante mi determinación—. Si estás tan segura de ti misma... adelante, Reina de Luz de Sangre. Ve y demuestra de lo que eres capaz. Si salvas a Frostglen, tendrás el hogar y el puesto que deseas.
—Considérelo hecho —dije dándome la vuelta.
Caminé a paso firme hacia las puertas principales de la ciudad, dejando atrás la proyección mágica donde . Ahora era mi turno. Los 7 Asmales de la Calamidad estaban a punto de descubrir por qué el poder Nocturno es lo más temido de la existencia.
El soldado me acompañó hacia la gran entrada de la ciudad, pero en cuanto pusimos un pie afuera, se desplomó de rodillas. Los vi cara a cara. Los 7 Asmales de la Calamidad estaban allí, de pie sobre un auténtico escenario de pesadilla. Habían acabado con todos. Ver a los caballeros del reino tirados en la nieve, cada mancha de sangre, cada rastro de tortura... era una escena devastadora.
—¡¡¡Nooooooo...!!! —gritó el soldado a mi lado, rompiendo en un llanto desgarrador al reconocer los cuerpos de sus camaradas.
—No tienes por qué distraerte ahora —le dije con una voz gélida, sin apartar la mirada de los enemigos—. Lamento mucho que tus compañeros cayeran... pero déjamelo a mí.
Con total parsimonia, me acomodé el cabello azul mientras caminaba con paso firme sobre la nieve teñida de rojo. Los siete seres se giraron al unísono, sus auras oscuras y corruptas distorsionando el aire a su alrededor.
—¿...? ¿Y esa mocosa quién diablos es? —soltó uno de ellos, mirándome con profundo desprecio.
—Ustedes deben ser los 7 Asmales de la Calamidad, ¿no? —pregunté, deteniéndome a unos metros de ellos. Mis ojos rojos brillaron con una fijeza peligrosa.
El que parecía liderar el grupo dio un paso al frente, entornando los ojos al sentir la sutil pero masiva presión que emanaba de mi cuerpo.
—Dinos... ¿quién eres? ¿Y cómo es que tienes tanto maná? —exigió saber, su tono perdiendo un poco de arrogancia.
—Oh, vaya. Así que se dieron cuenta de mi vibra. Bastante bien para ser unos Asmales, ¿no es así? —esbocé una sonrisa fría y carente de humor—. Mi nombre es la Reina de Luz de Sangre... y he venido a matarlos a todos ustedes.
Una carcajada áspera resonó entre ellos.
—Qué impotencia de tu parte, niñata. Mi nombre es \*\*Gyuslay\*\*, uno de los Asmales de la Calamidad, portador de la Unión al Mundo —declaró, extendiendo sus manos mientras una energía grisácea y aplastante comenzaba a brotar de él—. Y vas a arrepentirte de cruzarte en nuestro camino.
—Ya veo. Así que también hay seres como ustedes en este plano... Debí imaginarlo —susurré para mí misma, recordando la red de voluntades que había sentido momentos antes—. No tendré piedad ante ustedes.
—¿Qué dices, mocosa? ¡Solo cállate y muere! ¡¡UNIÓN!! —rugió Gyuslay, desatando una onda expansiva translúcida que buscaba despedazar mis moléculas y unirlas al entorno de forma violenta.
—Yo no necesito espada —sentencié.
Con un solo movimiento fluido de mis manos, intercepté su ataque. El suelo se agrietó y de las fisuras brotaron \*\*hilos de acero de lava\*\*, ardientes, incandescentes y letales, que cortaron el aire a una velocidad supersónica, listos para enredarse en el cuerpo del Asmal y demostrarle el verdadero significado de la desesperación.
El ataque de mis hilos de acero de lava dejó a Gyuslay completamente atrapado, sus carnes quemándose mientras el metal incandescente se aferraba a su cuerpo. Al ver a uno de los suyos sometido con tanta facilidad, los otros seis Asmales de la Calamidad abrieron los ojos con furia y desconcierto.
—¡Maldita infeliz! ¡Acábenla de una vez! —rugieron.
Gracias a ese movimiento inicial, logré mi objetivo: captar la atención de todos. Se lanzaron al ataque a la vez. Yo, sin parpadear, me quedé firme en mi posición, cruzada de brazos, dejando con total indiferencia que todos me lanzaran su mejor y más destructivo ataque al mismo tiempo. Magia oscura, ráfagas de vacío y energía corrupta colisionaron directamente contra mi cuerpo.
\*¡¡¡BOOM!!!\*
Una fuerte y colosal explosión hizo vibrar Frostglen por completo, levantando una columna de humo negro y fuego que tiñó el cielo invernal.
Desde el balcón del palacio, el rey y la reina sintieron la brutal onda expansiva. La reina Regina se llevó las manos a la boca, horrorizada.
—¿Qué...? ¿Acaso esa niña murió? ¡Fue un ataque directo de seis de ellos! —exclamó con el corazón en un hilo.
—No... —respondió el rey Arturo, manteniendo los ojos fijos en la entrada de la ciudad con una mezcla de asombro y esperanza—. Aún no ha muerto. Mira con atención, Regina...
En el epicentro de la destrucción, el humo comenzó a disiparse, revelando mi silueta intacta. Mis ojos rojos brillaron con una fuerza descomunal ante todo mi ser. Ninguno de sus ataques me había tocado; gracias a mi control absoluto del espacio y el maná, todos los ataques enemigos habían quedado congelados en el aire, flotando en una esfera perfecta a mi alrededor.
—¿¡Pero qué...!? ¡Bloqueó todo! —gritó uno de los Asmales, dando un paso atrás con terror.
Intentar atacarme así, todos juntos, fue una pésima idea por su parte. Una mala jugada.
—¿Esto es todo lo que tienen los Asmales de la Calamidad? Qué decepción —dije con una voz gélida que heló la sangre de los sobrevivientes.
Desaté mi contraataque. Con un simple movimiento de mis dedos, les regresé todos y cada uno de sus ataques, pero no de una forma cualquiera. Utilizando mi magia, multipliqué los proyectiles por cien y alteré los vectores del espacio, cubriendo cada ángulo y cada dirección posible a donde intentaran moverse o escapar. El cielo se tiñó con sus propias magias corruptas, ahora vueltas en su contra en una geometría perfecta de destrucción.
—¡Esquívenlo! ¡No hay salida! —bramó Gyuslay, intentando zafarse de los hilos de lava mientras veía la lluvia mortal caer sobre ellos.
—No, no, no... ¡Jajaja! —mi risa resonó sobre el estruendo de la pirotecnia mágica, fría y carente de piedad—. \*\*¡Dios del Rayo Ancestral!\*\*
En ese mismo instante, mi cuerpo se sincronizó por completo con el brillo carmesí de mis ojos. El mundo se detuvo. En varios parpadeos consecutivos, me convertí en un relámpago de pura destrucción. Me teletransporté de un punto a otro a una velocidad que desafiaba las leyes de la física, atacando y golpeando brutalmente a cada uno de ellos en sus puntos ciegos, enviándolos a volar en direcciones opuestas.
\*¡¡¡CRACK!!! ¡¡¡BOOM!!!\*
El estruendo de los impactos fue tan colosal e impactante que la nieve de los alrededores se evaporó al instante. Ni siquiera con sus barreras activadas pudieron salir ilesos. Los cuerpos de los Asmales rebotaron contra las rocas y el suelo congelado, dejando surcos de destrucción a su paso.
Al detenerse la tormenta de golpes, los seis monstruos cayeron de rodillas o se arrastraron por el suelo. Escupieron bocanadas de sangre oscura; sus brazos colgaban inertes y el sonido de sus huesos rotos aún resonaba en el aire. Ante mí, aquellos que se hacían llamar la Calamidad del mundo, solo eran unas cucarachas sin valor.
Caminé lentamente hacia el centro del cráter, mirándolos desde arriba con profundo desprecio, dejando que los hilos de electricidad y el aura de sangre danzaran a mi alrededor.
—¿Eso es todo lo que tienen? —pregunté, ladeando la cabeza con una calma aterradora—. ¿En verdad tan fuertes eran? Solo van perdiendo contra una simple mujer... Para ustedes es fácil masacrar a los caballeros de este reino, pero ante mí... ante mí no son más que basuras débiles, sin prejuicio alguno.
Gyuslay, con la armadura destrozada y la respiración entrecortada, me miró con un terror puro inyectado en sus ojos. Finalmente habían entendido que no estaban enfrentando a una humana común, sino a una fuerza de la naturaleza dispuesta a borrarlos de la existencia.
Desde el balcón del palacio real, los reyes observaban el cráter humeante con los ojos abiertos de par en par. La reina Regina se sostenía del brazo de su esposo, con la respiración entrecortada por la total incredulidad de lo que acababa de presenciar.
—Por Dios santo, Arturo... esto... esto es irreal. Ella sola los ha devastado.
—Así es... —respondió el rey Arturo Barrett, con una sonrisa de pura victoria dibujándose en su rostro—. Parece que la encontramos. La persona perfecta que será la maestra de nuestra hija, Lucía. Regina, ve preparando los preparativos de inmediato, porque a partir de ahora ella será nuestro mejor as bajo la manga. Josué estará feliz de saber que encontré una mina de oro en esta chica.
En el campo de batalla, la nieve derretida creaba charcos de agua hirviendo alrededor de los cuerpos heridos de los invasores. Caminé un par de pasos, sacudiendo el polvo de mis hombros con total indiferencia.
—Bueno... ni siquiera he usado ni el 1% de mi poder, ¿y esto es todo lo que dan? Qué aburrido.
Una risa ronca, rota por la sangre pero cargada de una extraña malicia, interrumpió el silencio. Uno de los Asmales que apenas lograba mantenerse en pie alzó la cabeza, mostrando los dientes cubiertos de rojo.
—¡Jajaja! Tan confiada estás, mocosa... —escupió con arrogancia.
—\*\*Yanahu\*\*, debes mantener tu boca cerrada —le advirtió \*\*Shin\*\*, otro de los Asmales, cuyos ojos brillaban con una intensidad sombría mientras intentaba regenerar sus huesos rotos—. No la subestimes más.
—¡Lo sé, lo sé! Pero no puedo dejar de reírme ante esa estupidez que está diciendo —replicó Yanahu, poniéndose de pie con dificultad mientras una energía oscura y viscosa comenzaba a emanar de su cuerpo—. Aunque es algo extraño, ¿no lo creen? Su maná... no es de este mundo. Yo digo que hay que hacernos uno solo... ¡A ver si ella es capaz de sobrevivir a esto!
Los siete Asmales sobrevivientes compartieron una mirada de complicidad siniestra. El suelo comenzó a temblar con una frecuencia violenta y repugnante. Sus auras, en lugar de chocar, empezaron a fusionarse, distorsionando el espacio y creando la silueta de una abominación gigantesca que amenazaba con devorar toda la luz de Frostglen.
Me crucé de brazos, observando cómo sus voluntades se unían en una sola masa de destrucción. Lejos de asustarme, mis ojos rojos brillaron con una expectación fría. Que se unieran. Solo harían que su inevitable final fuera mucho más espectacular.
El aire se volvió espeso, denso y siniestro, cargado con una presión que amenazaba con aplastar y destruir todo lo que tocara en kilómetros a la redonda. Las ondas de choque que emanaban de la fusión de los Asmales se expandieron con violencia, pero al chocar contra mi rango de protección, se disiparon en destellos purpúreos.
—Bien... los estaré esperando —dije con una calma absoluta.
Extendí mi mano derecha hacia el frente. El espacio se distorsionó y una grieta dimensional se abrió con un estallido sónico. Desde lo más profundo de mi arsenal místico, invoqué mi arma definitiva.
—Ven a mí... ¡\*\*Espada de Exclanar, Laius\*\*!
Un pilar de luz pura y destellos dorados rasgó el cielo encapotado de Frostglen. El metal de la legendaria espada materializada en mi mano vibró, respondiendo al flujo de mi energía nocturna. Laius, la espada que es capaz de dominar, replicar y contrarrestar cualquier tipo de técnica de combate en existencia, desató un pulso que estabilizó el aire de golpe, cortando la presión siniestra de la abominación enemiga.
Con la empuñadura firme en mi mano, apunté la hoja hacia la enorme masa grotesca en la que se estaban convirtiendo los Asmales. Mis ojos rojos brillaron con una determinación asesina. Si querían ver al verdadero monstruo, Laius les mostraría la técnica perfecta para borrarlos de la historia.
La masa grotesca de los Asmales fusionados no esperó a que terminara de desatar el poder de mi arma. Rugiendo con una voz coral que hacía crujir los cimientos de la tierra, varios de sus apéndices y manifestaciones de energía me atacaron al unísono, luchando contra mí con una seriedad absoluta, buscando aplastarme bajo toneladas de maná corrupto.
—Demasiado tarde —sentencié.
Decidí actuar antes de que pudieran completar su estrategia. Corrí hacia ellos con una velocidad que dejó imágenes residuales en la nieve, elevándome un poco en el aire antes del impacto. Ataqué con la Espada de Exclanar, Laius, imprimiéndole una velocidad mayor a la de la luz misma.
\*¡CLANG! ¡SPARK! ¡BOOM!\*
Ni siquiera ellos, con toda su percepción unificada, podían bloquear mis ataques de manera limpia. Una y otra vez, nuestros choques eran perfectos, monstruosos, un torbellino de chispas doradas y oscuras que deformaba el espacio a nuestro alrededor. Pero mientras ellos atacaban a ciegas por la desesperación, sin saber realmente lo que hacían, yo me mantenía fría. Sabía perfectamente lo que haría a continuación.
—\*\*Magia de Fuego Ardiente: ¡Balas de Estrellas!\*\* —exclamé.
Laius absorbió mi maná y la técnica de combate se adaptó de inmediato. Enormes ráfagas de plasma ardiente y destellos estelares se condensaron flotando a mi alrededor, pero no las disparé de forma convencional. Manipulando la estructura de la materia a través de mis ideas, una sección de esa energía se materializó en mi mano libre.
Un arma de fuego perfecta, estilizada y mística salió a la luz en forma de pistola, canalizando el fuego ardiente directamente en su recámara.
Alguien de este mundo ordinario ni siquiera podría llegar a saber la cantidad de ideas, conceptos y armas que pasaban por mi cabeza en un solo segundo de combate. Apunté el cañón ardiente directamente al núcleo de la abominación combinada de los Asmales, con mis ojos rojos brillando con el reflejo de las estrellas que estaba a punto de incrustar en sus cuerpos.
—Fin del juego —murmuré, apretando el gatillo.
—\*Bye, bye\* —susurré con una sonrisa fría.
Apreté el gatillo. El disparo no fue una bala ordinaria; fue una masa descomunal de plasma y energía estelar que rasgó el tejido del espacio. El impacto arrasó con todo el lugar, levantando una llamarada tan gigantesca que la nieve y la roca de los alrededores se evaporaron al instante en un destello cegador. Cuando el humo y el calor infernal finalmente comenzaron a ceder, no quedaba nada. Los 7 Asmales de la Calamidad habían sido completamente borrados de la existencia.
Guardé la pistola mística, dejando que se disolviera en partículas de maná junto a mi espada Laius. Miré el inmenso cráter vacío, respirando el aire carbonizado.
—Ni siquiera son capaces de llegar ante mí... —murmuré para mí misma, mientras mis ojos rojos regresaban lentamente a su rojos profundo—. No hay nadie en este lugar que pueda hacerme frente.
Apreté los puños, sintiendo el inmenso peso del poder que corría por mis venas. Una mezcla de triunfo y una profunda amargura me invadió el pecho. ¿De qué servía ser una deidad en este mundo si lo había perdido todo en el anterior?
—Tan fuerte... Tan fuerte me hice solo para matar a ese maldito rey conquistador de mundos. Dragoth... juro que esto es solo el principio.
Con la amenaza destruida y Frostglen a salvo, me giré lentamente hacia las puertas de la ciudad. El rey Arturo, la reina Regina y todo el pueblo me observaban desde la distancia, petrificados por el asombro y el temor reverencial ante la "Reina de Luz de Sangre". Había ganado mi derecho a un hogar, y lo más importante: estaba un paso más cerca de Melissa.
—Solo espera, Melissa... —susurré para mí misma, mirando al cielo despejado por la magnitud de mi ataque—. Una vez que vaya por ti, te llevaré lejos de cualquiera que se atreva a intentar matarte. No dejaré que te toquen.
Mis pensamientos se vieron interrumpidos por los pasos firmes del rey Arturo, quien se acercaba a mí flanqueado por lo que quedaba de su guardia personal. Su rostro reflejaba una mezcla de alivio y un profundo respeto.
—Estuviste grandiosa, niña —admitió el rey, cruzándose de brazos mientras observaba el gigantesco cráter humeante—. Dime, ¿quién te enseñó a pelear de esa manera? Jamás vi tal despliegue de armas y técnicas.
—Bueno... una persona me enseñó y me entrenó tan duro para volverme fuerte —respondí con nostalgia, recordando los días de disciplina antes de que mi mundo cayera.
—Ya veo. Bueno, eso da una excelente imagen de ti —asintió el monarca con una sonrisa—. Y bien, como hiciste tu parte, es hora de que yo cumpla la mía. Ahora le daré un breve anuncio a las demás personas de la ciudad para que sepan que están a salvo gracias a ti. En verdad, muchas gracias.
—No se preocupe —le resté importancia, aunque mi estómago volvió a rugir ruidosamente, recordándome mis prioridades—. Igual tengo mucha hambre, así que... ¿qué le parece si vamos cumpliendo la parte del techo y la comida?
—¡Oh, es verdad! Lo siento —rio el rey Arturo, dándose un golpe en la frente—. Vamos, te llevaré de inmediato al comedor real. Espero que te sientas a gusto y cómoda en este reino. Por cierto, mi hija no se encuentra aquí en este momento; está en la \*\*Academia Ryouou Clannad\*\*.
—Oh, ya veo... —mis ojos se entrecerraron con interés al escuchar un nombre nuevo—. Siga contando, me dio curiosidad esa academia. ¿Cómo es ese lugar?
Caminamos de regreso hacia el imponente castillo mientras el rey Arturo se ponía cómodo para relatar la historia.
—Bueno, está bien —comenzó a explicar, mientras los sirvientes abrían las grandes puertas del palacio—. Hace algunos años, yo estudié ahí junto con Regina, pero hubo algunas cosas... Supe que una compañera de una amiga murió dando su vida por ella, y para ella todo cambió drásticamente. Todos... o mejor dicho, ella, se alejó de todos porque jamás pudo olvidar esa pérdida. Pero pasando los años, todo cambió, créeme.
Nos adentramos en un comedor enorme, donde una mesa larga ya empezaba a ser servida con banquetes humeantes. Me senté sin dudarlo, escuchando con total atención mientras devoraba los primeros platillos.
—Hoy en día hay cosas nuevas en la academia —continuó el rey Arturo, sentándose cerca—. Varios métodos de magia, técnicas y un esgrima de la espada nunca antes visto. Hay animales y criaturas hermosas... Créame, eso es hermoso para uno. Cualquiera desearía estar ahí. O bueno... eso pensaba, hasta que las cosas empeoraron internamente. Desde hace un tiempo, hay demasiada discriminación y racismo entre otras cosas... Las diferentes academias compiten con un odio que ya no es sano.
Dejé el cubierto de lado por un segundo, procesando la información. Una academia llena de magia nueva, técnicas de espada... y una estudiante rota por el pasado. Pero lo que más resonaba en mi cabeza era el festival que había visto en la pantalla antes del ataque. Melissa estaba en un evento importante de las academias. Si esa tal "Ryouou Clannad" era el centro de todo, entonces ya sabía exactamente a dónde tenía que ir después de saciar mi hambre.
El rey Arturo dio un sorbo a su copa de vino, mientras la reina Regina se sentaba a su lado, con una expresión melancólica que contrastaba con el lujo del comedor real. Los sirvientes seguían llenando la mesa con carnes asadas y panes calientes, pero el ambiente se había vuelto denso, cargado de historia.
—Si vas a ser nuestro caballero leal, Reina de Luz de Sangre, debes conocer el peso de la corona que vas a defender —comenzó Arturo, apoyando los codos sobre la mesa—. Frostglen no siempre fue esta hermosa ciudad brillante que ves hoy. Hace veinte años, este reino no era más que un páramo congelado, sitiado por bestias mágicas y codiciado por imperios vecinos.
Regina asintió, clavando sus ojos en los míos.
—Arturo y yo nos conocimos en la Academia Ryouou Clannad, como te mencionó. En ese entonces, éramos jóvenes e idealistas, pero la realidad nos golpeó duro. Cuando heredamos el trono de Frostglen, nos dimos cuenta de que la diplomacia no bastaba para proteger a nuestra gente. Fuimos arrastrados a una era de guerras y conquistas necesarias.
—¿Conquistas? —pregunté, deteniendo mi cubierto en el aire. La palabra me traía amargos recuerdos de Dragoth.
—No por tiranía, sino por supervivencia —aclaró Arturo con firmeza—. Para asegurar las fronteras de Frostglen, tuvimos que marchar hacia los reinos colindantes. Comandé los ejércitos en la campaña del Norte; conquistamos las Tierras de Hierro y asimilamos sus recursos místicas para crear la barrera térmica que hoy mantiene viva a esta ciudad. Regina, con su esgrima y su magia de sellado, lideró la toma del Valle de los Susurros. Cada territorio anexado fue una batalla sangrienta, pero gracias a esas conquistas, Frostglen se convirtió en un imperio inexpugnable.
La reina bajó la mirada, acariciando un anillo de oro místico en su dedo.
—Ganamos poder, ganamos tierras... pero el precio fue alto. En esas guerras perdimos a nuestros mejores amigos. La discriminación y el racismo que hoy infectan a la academia Ryouou Clannad... nacieron precisamente del rencor de esas conquistas. Los hijos de los reinos caídos ahora asisten a la academia, y el odio generacional está a punto de estallar. Por eso enviamos a nuestra hija, Lucía Barrett.
—Lucía es la heredera de toda nuestra historia, de nuestras victorias y de nuestros pecados —continuó Arturo, mirándome con una seriedad aplastante—. Ella posee un talento innato, pero es demasiado noble para el nido de víboras en el que se ha convertido la academia. Necesita a alguien que no solo le enseñe a blandir una espada, sino que haya visto la verdadera devastación del mundo. Alguien que no juegue a la política de las academias.
Terminé mi plato y me limpié los labios, procesando cada palabra. La historia de los padres de Lucía estaba llena de batallas, conquistas y un dolor que yo entendía perfectamente. Frostglen era un imperio forjado en la sangre, y su hija estaba en el centro de una tormenta que involucraba a Melissa y al misterioso chico de cabello oscuro.
—Ya veo... —dije, dejando que mis ojos brillaran con un sutil destello Rojo—. Así que su reino tiene un pasado de guerra. No se preocupen... acepto el trato. Seré la maestra de Lucía y protegeré lo que tengan que proteger. Pero mi primer objetivo está claro: tengo que ir a esa academia.
El rey Arturo y la reina Regina compartieron una mirada de profundo alivio. Las palabras mías cayeron sobre ellos con el peso de una sentencia absoluta. Que una guerrera capaz de pulverizar a los 7 Asmales de la Calamidad con menos del 1% de su fuerza aceptara ser la mentora de su hija era un milagro místico que no pensaban desaprovechar.
—Entonces está decidido —declaró Arturo, poniéndose en pie y extendiendo su mano sobre la mesa en señal de un pacto inquebrantable—. Mañana mismo se redactarán los pergaminos oficiales que te acreditarán como la tutora real y enviada especial de Frostglen a la Academia Ryouou Clannad. Tendrás acceso ilimitado a nuestros fondos, la mejor montura del reino y un alojamiento digno de tu rango aquí en el castillo para cuando regreses.
—Te lo agradezco, Arturo —respondí, dándole un último sorbo a mi bebida mientras saboreaba la sensación de tener, finalmente, un piso firme donde pisar en este mundo extraño.
—Hay algo más que debes saber antes de partir hacia Ryouou Clannad —intervino Regina, su voz volviéndose un susurro cauteloso mientras hacía una señal para que los sirvientes se retiraran del gran comedor—. El festival del año no es una simple competencia de exhibición. Lo que viste en la transmisión mística... esa isla seleccionada, es en realidad un terreno de caza político. Las tensiones entre las facciones de estudiantes han alcanzado su punto más crítico. Nuestra hija Lucía está bajo una presión inmensa, y si Melissa está involucrada en ese evento, significa que ambas están en el ojo del huracán.
Mis ojos, que se habían mantenido en un azul pacífico, centellearon con un peligroso matiz carmesí por un breve segundo al escuchar el nombre de Melissa.
—No importa qué tan profunda sea la tormenta en esa academia —sentencié, levantándome de la silla con una elegancia gélida—. Nadie va a tocar a Melissa. Y si tu hija Lucía demuestra tener la voluntad necesaria, la convertiré en una guerrera que este mundo jamás olvidará.
—Confiamos en ti, Reina de Luz de Sangre —concluyó el monarca, inclinando levemente la cabeza en un gesto de respeto que rara vez otorgaba a un extranjero.
Esa misma noche, me retiré a los aposentos reales que me habían asignado. La cama era inmensa y las sábanas de seda ofrecían un calor reconfortante, pero el sueño estaba lejos de alcanzarme. Me paré frente al gran ventanal de la torre, contemplando las luces brillantes de Frostglen reflejándose en la nieve.
Cerré los ojos y volví a sintonizar esa frecuencia mística que había descubierto horas antes. La red de los 8 portadores nocturnos seguía vibrando en mi conciencia. Podía sentir el eco lejano del poder de Carlos Tanaka desatándose en la isla, una energía tan similar a la mía que me causaba escalofríos. ¿Quién era él? ¿Un aliado? ¿Un enemigo? ¿O simplemente otra pieza rota por el destino?
—Mañana... —susurré, abriendo mis ojos rojos que brillaron en la oscuridad de la habitación—. Mañana iré a Ryouou Clannad. Prepárate, Melissa... ya voy por ti.
A la mañana siguiente, el sol de invierno se alzó sobre Frostglen, pero la ciudad no despertó con su habitual rutina. Un clamor ensordecedor resonaba en las calles. La noticia de que los 7 Asmales de la Calamidad —monstruos que habían masacrado al ejército real en minutos— habían sido pulverizados por una sola mujer se había extendido como la pólvora.
El rey Arturo Barrett no perdió el tiempo. Para asegurar el estatus de su nueva aliada, convocó a todo el reino a la plaza central del palacio, el mismo lugar donde el día anterior reinaba el pánico.
Miles de ciudadanos, nobles y los pocos caballeros sobrevivientes se congregaron, susurrando con asombro y expectación. Los reyes salieron al gran balcón de piedra, y a su lado, me hicieron avanzar. Vestía una capa con los colores imperiales sobre mis ropas, manteniendo mi expresión serena y mis ojos fijos en la multitud.
—¡Ciudadanos de Frostglen! —la voz del rey Arturo, amplificada con magia, resonó con una autoridad imponente—. Ayer, nuestro reino estuvo al borde de la destrucción total. Fuimos emboscados por una fuerza mística oscura que amenazaba con borrar nuestra historia. ¡Nuestros valientes soldados cayeron, pero Frostglen no se arrodilló!
La multitud contuvo el aliento. El monarca se giró hacia mí, extendiendo su mano.
—Cuando todo parecía perdido, una guerrera legendaria dio un paso al frente por nosotros. Con un poder que desafía la imaginación, aplastó a los 7 Asmales de la Calamidad ella sola, sin pestañear, protegiendo nuestras murallas y devolviéndonos la paz. ¡A partir de hoy, el reino entero le debe su supervivencia!
El rey Arturo desenvainó su espada ceremonial y la colocó sobre mi hombro, oficializando el pacto ante los ojos de su pueblo.
—Por sus logros inigualables, por su fuerza monstruosa y por salvar nuestra nación, nombro oficialmente a la \*\*Reina de Luz de Sangre\*\* como la Gran Tutora Real de la corona y la Enviada Suprema de Frostglen ante la Academia Ryouou Clannad. ¡Su palabra es la mía!
Un segundo de silencio sepulcral barrió la plaza, seguido de inmediato por un estallido de vítores, aplausos y gritos de júbilo que hicieron vibrar las estructuras de la ciudad. Los nobles se inclinaban con respeto y los ciudadanos coreaban mi apodo con fervor. En menos de veinticuatro horas, había pasado de ser una forastera sin dinero a la heroína máxima y más reconocida de todo el imperio.
Miré a la multitud desde el balcón, oyendo el eco de mi propio nombre inventado. El reconocimiento del reino entero estaba bien, y la autoridad que Arturo me otorgaba me facilitaría las cosas, pero mi mente ya estaba muy lejos de Frostglen. Mientras el pueblo celebraba, mis ojos buscaron el horizonte en dirección a la academia.
El tablero estaba listo. Ahora, con el respaldo de todo un imperio y el nombre de la "Reina de Luz de Sangre" resonando en boca de todos, nadie en Ryouou Clannad podría ignorar mi llegada.
—El mundo exterior... —susurré para mí misma mientras dejaba atrás las imponentes murallas congeladas de Frostglen. El frío del viento golpeaba mi rostro, pero mi mente estaba sumergida en un análisis profundo.
Antes de marchar directamente a la academia, tenía claras mis prioridades. Solo tenía dos cosas por hacer. Primero: averiguar cómo funcionaba realmente este mundo exterior. Había demasiadas dudas flotando en mi cabeza. Al cruzar las fronteras del reino, los rumores de los taberneros y los informes que alcancé a leer en el palacio cobraron sentido. Escuché sobre los \*\*Abismales\*\*. Criaturas o seres que habían salido al exterior con el único propósito de sembrar la maldad y el caos.
Si el mundo estaba infestado de esas cosas, tenía que pensar de forma fría. Debía procesar todos mis hábitos de combate, mis técnicas y mis flujos de energía antes de cruzarme con uno de ellos en el camino. No quería que una batalla imprevista desatara un problema que me costara la vida o que revelara mi posición antes de tiempo.
Y eso me llevaba a mi segundo dilema: \*\*Melissa\*\*.
No quería que ella lograra verme. No todavía. El poder que poseo, la sangre que derramé contra los Asmales... si ella me veía actuar con tanta brutalidad, las cosas podrían complicarse. Lo que haré por el momento será vigilarla desde las sombras, asegurándome de que esté completamente a salvo, analizando quiénes la rodean y qué peligros la acechan en ese nido de víboras que es el festival.
—Para lograr eso, no puedo ir presentándome como la Reina de Luz de Sangre... —medité en voz alta, deteniéndome en medio del camino forestal.
El rey Arturo me había dado pergaminos oficiales, pero si quería moverme con total libertad por los pasillos de la academia y las tierras del exterior, necesitaba una capa extra de protección. Tendría que usar una identidad completamente nueva. Alguien cuyo rostro esté cubierto o transformado, y cuyo poder se mantenga sellado o camuflado bajo una firma de maná ordinaria. Nadie debía reconocer mis rasgos, ni la vibración de mi energía nocturna. Eso lo tenía más que claro.
Extendí mi mano hacia mi rostro. Una sutil neblina mística comenzó a rodear mis facciones, alterando la percepción de quien me mirara, mientras conjuraba una capa con capucha oscura que ocultaba mi cabello azul. Mi firma de energía monstruosa se contrajo hacia mi núcleo, dejando visible en la superficie solo el maná equivalente al de una estudiante o mercenaria común.
—A partir de ahora, la Reina de Luz de Sangre duerme —dije, mi voz sonando ligeramente diferente bajo el efecto del camuflaje—. Es hora de explorar el exterior... y encontrar a Melissa.
—En ese caso, tendré tiempo para cazar a algunos de ellos... —susurré, contemplando la inmensidad del bosque que se extendía ante mí—. Espero que los Abismales no sean tan débiles. Hasta ahora no me he enfrentado a ninguno, pero la vida depende de cómo se hagan las cosas. La fortaleza se establece con el tiempo; debemos saber que a más tiempo, más fuerte y más valiente te vuelves ante todo esto. Y si no, simplemente no hay momentos para dudar.
Por ahora debo viajar mucho, así que debería ir a comer algo en algún pueblo cercano ya que tengo el dinero de la corona. Pero... jamás debo olvidar cuál es mi rol y mi deber como Nocturna.
Mi poder fue elegido desde mi nacimiento. En mi mundo original, no existía ningún otro Nocturno más que yo. Nací siendo única. Mis padres eran ángeles guardianes de la humanidad; ellos siempre me ocultaban cosas sobre sus orígenes, pero siempre hay terror y miedo ocultos detrás de la felicidad. No era como yo creía. El día de mi cumpleaños, viví un terror absoluto... y ahí caí en cuenta de que terminaría perdiendo todo lo que amaba.
Me subí a un árbol de gran altura y me senté sobre una de sus ramas gruesas, balanceando una pierna pensativa. ¿Qué es lo que haré cuando \*él\* venga a este plano y decida destruir este mundo también? Quisiera encontrar a personas que hayan pasado por el mismo problema, pero si muchos cayeron... entonces yo soy la única sobreviviente. Mis ojos rojos brillaron en la penumbra del follaje, sin sentir un ápice de miedo. ¿Por qué habría de tenerlo? Yo era el mayor miedo de los propios Nocturnos.
Además, existían esos rumores... Escuché que hay un Dios Nocturno loco y retorcido que busca destruir el mundo de la humanidad. Pero, ¿qué pasaría si yo lo busco y lo mato ahora mismo?
Para encontrar su ubicación exacta no será tan fácil como esperaba, pero... un segundo. Puedo sentir esa magia. Su maná está aumentando de golpe. Debería estar mucho más cerca de lo que pensaba. Aunque, por ahora, eso no me importa; mientras no le haga daño a nadie, todo bien. Lo único que debo hacer es buscar pistas sobre este mundo y obtener respuestas.
Mientras seguía sumergida en mis pensamientos, una duda punzante cruzó mi mente: ¿también estará aquí mi mejor amiga, Karen? Eso no lo sabía, pero me daba una profunda curiosidad.
Dejé de hablar conmigo misma abruptamente cuando una energía sumamente familiar y violenta sacudió mis sentidos. Mi pulso se aceleró. Saqué rápidamente los pergaminos de transmisión mística que me había dado el rey Arturo y los desplegué sobre la rama. La pantalla mágica parpadeó, mostrando los acontecimientos en tiempo real de la isla de las academias... y entonces, la vi.
Mis ojos se abrieron de par en par, la respiración congelándose en mi garganta.
—¿Es... Karen?
No podía ser. ¿Qué diablos estaba pasando aquí? Pero lo que me hizo perder el control por completo no fue solo ver a mi mejor amiga, sino ver contra quién estaba combatiendo. La silueta dorada, la arrogancia destructiva, la presión que emanaba en la pantalla... Era imposible.
—¿¡El Rey de los Héroes...!? ¿¡Cómo diablos sigue vivo si en mi mundo yo misma lo maté!?
El pánico y la confusión se mezclaron en mi pecho. ¿Qué demonios estaba ocurriendo en este lugar? ¿Qué clase de anomalía temporal o dimensional era esta? Una intensa y alarmante vibración recorrió mi espina dorsal. No era solo una coincidencia; era una advertencia mística que mi cuerpo de Nocturna estaba sintiendo con una claridad aterradora. El pasado que creí haber enterrado con sangre estaba vivo en este mundo, y Karen estaba justo en medio del peligro.
—Esto es malo... muy malo —susurré, apretando los bordes del pergamino místico con tanta fuerza que el papel crujió.
Mis ojos recorrieron la pantalla de transmisión, deteniéndose en la figura que combatía hombro con hombro junto a mi mejor amiga—. ¿Y quién es ese chico que está acompañando a Karen?
Ambos estaban dándolo todo, coordinando ataques y desplegando una cantidad impresionante de maná, pero mi experiencia en batalla no me engañaba: contra el Rey de los Héroes, la posibilidad de ganar en este momento es un rotundo 0%. Él estaba jugando con ellos, deleitándose con su resistencia como el ser arrogante que siempre fue.
Sin embargo, fijé mi mirada en los movimientos de Karen. Sabía de lo que era capaz.
—Si ella logra despertar su verdadero poder sagrado... —un destello de orgullo y expectación cruzó mis ojos—. Ella será invencible durante los años de gloria. Ese poder que lleva dentro es capaz de inclinar la balanza de cualquier mundo.
Me levanté de la rama, poniéndome de pie con perfecto equilibrio mientras la capucha cubría mi rostro y el viento agitaba mi capa. El tono de mi voz cambió, volviéndose una mezcla de burla y genuina preocupación competitiva.
—Más te vale que no pierdas, Karen... o de lo contrario, juro que iré yo misma a darte una tremenda papeada de tu vida, miserable víbora arrastrada. No sobreviviste a nuestro mundo para venir a caer ante un fantasma del pasado.
Guardé el pergamino con un movimiento rápido. Ya no había tiempo para dudar ni para investigar el exterior con calma. El Rey de los Héroes estaba vivo, Karen corría peligro mortal, y Melissa estaba en el mismo festival. Todas las piezas del rompecabezas se estaban reuniendo en un solo punto geométrico.
Salté del árbol, cayendo con ligereza sobre la nieve y borrando mi rastro al instante. Con mi nueva identidad lista y el poder Nocturno latiendo bajo mi piel, aceleré el paso hacia la Academia Ryouou Clannad. El pasado y el presente estaban a punto de colisionar, y la Reina de Luz de Sangre no iba a quedarse de brazos cruzados.
Continuará...

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