Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 265 online gratis en español
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Capítulo 265: El despertar de la escarcha eterna
El dios que lideraba al grupo herido escupió un hilo de sangre dorada y, apoyándose en su lanza, barrió con la mirada a sus compañeros caídos, intentando inyectarles una última dosis de orgullo divino.
—¡No teman! ¡Ese chico jamás podría derrotarnos, él solo es un simple humano, no debemos temerle! —rugió, su voz resonando con una desesperación mal disimulada—. ¡Además, aún no está perdido...!
El dios elevó su aura con un grito desgarrador, haciendo que se volviera densa, peligrosa y afilada como millones de cuchillas invisibles que distorsionaban el espacio a su alrededor. El aire mismo quemaba.
Pero para mí no había peligro. Mi mente ya estaba en otro lado, bloqueando el instinto de preservación.
Desactivé voluntariamente el filtro absoluto del Infinity en ciertas zonas de mi cuerpo, permitiendo que la energía me alcanzara. Solo avancé. A cada paso que daba hacia ellos, su aura maldita me cortaba la carne de mi piel; el dolor era agudo, lacerante, y la sangre comenzó a empapar mi ropa. Dolía mucho, la carne se abría bajo la presión divina, pero mi rostro no mostró una sola mueca.
Los dioses me miraron horrorizados, sin comprender por qué un humano caminaría voluntariamente hacia una muerte segura y dolorosa con una sonrisa tan vacía. No entendían nada. Yo solo tenía un solo objetivo en mente. Esto ya no se trataba de Lucifer, ni de los peones que tenía enfrente. Mi único objetivo era enfrentarme con Shiro Shimizu.
El silencio que siguió a mis palabras fue sepulcral, roto únicamente por el crujido de la energía divina que chisporroteaba inútilmente contra el suelo calcinado. La sangre mística, de un dorado brillante y espeso, goteaba desde las heridas de los caídos, evaporándose en el aire con un siseo fétido. Los miré desde arriba, con la cabeza ligeramente ladeada; la luz del Infinity se reflejaba de manera intermitente en las lentes de mis gafas, ocultando mis ojos tras un brillo frío, desalmado y opaco.
—Y bien... ¿ya acabaron de hablar, malditos dioses? —solté.
Mi voz ya no sonaba humana. El tono antes sereno y arrogante se había quebrado, dejando paso a una vibración gutural, profunda y distorsionada que pareció hacer eco en las paredes invisibles del espacio mismo. Era la voz de un monstruo hambriento, una bestia que ha localizado a su presa y saborea la matanza antes de dar el primer mordisco. Los dioses, seres que supuestamente gobernaban sobre los mortales, temblaron visiblemente ante ese sonido.
—Tal vez fue porque se dejaron llevar por él... pero nunca debieron unirse a ese tipo —continué, dando un paso al frente. La carne de mis brazos seguía goteando hilos de sangre carmesí debido al aura cortante que voluntariamente dejé pasar, pero el dolor solo alimentaba la hoguera de mi resolución—. Ustedes morirán aquí. Todos. Los mataré... y cuando lo haga, mataré a ese hijo de perra de Kronos. Él será eliminado por mí.
El líder de las deidades intentó levantar su lanza, pero la presión de mi sola presencia física empezó a ejercer una fuerza de gravedad aplastante sobre sus hombros. Los escombros a nuestro alrededor comenzaron a levitar antes de pulverizarse en un polvo fino.
—No me importan ni lo más mínimo sus muertes —siseé, clavando mi mirada en el dios que titubeaba frente a mí—. Ustedes solo dan lástima. No merecen ser llamados dioses... Son una imitación barata de un simple humano hecho por la venganza, la ira, el odio y el desprecio de un solo ser que podría caer en las manos equivocadas.
La energía del Fundador Akinori estalló a mi alrededor, no como un destello limpio, sino como una masa oscura de gravedad distorsionada que devoraba la luz del lugar. Las heridas en mi piel comenzaron a cerrarse lentamente, forzadas por la regeneración violenta de mi propia magia, mientras el espacio a mi alrededor se curvaba de forma antinatural.
—Jamás dejaré que toquen a Carlos —sentencié, y la atmósfera se volvió tan pesada que a los dioses les resultó imposible respirar—. Ustedes serán ejecutados, y todos lo verán ahora mismo.
El aire se congeló. El espacio colapsó en la palma de mi mano derecha, creando una esfera de vacío absoluto que zumbaba con la promesa de la erradicación total. Las presas estaban acorraladas, y el cazador no iba a tener piedad.
El líder de los dioses, con las piernas temblando bajo el peso titánico de la gravedad simulada, soltó un grito de pura desesperación. Sabía que no había escapatoria. Levantó su lanza sagrada con ambas manos, canalizando los últimos restos de su divinidad en la punta del arma, la cual brilló con un relámpago dorado mortecino.
—¡No nos subestimes, maldito mortal! —bramó, lanzándose al frente en un ataque suicida, con la punta de la lanza dirigida directo a mi garganta.
Ni siquiera me molesté en esquivar.
Cuando la punta de la lanza estuvo a escasos milímetros de mi piel, el Infinity se activó de golpe en ese punto exacto. La distancia infinitesimal entre el arma y yo se volvió infinita. La lanza se detuvo en seco, suspendida en el aire, vibrando violentamente mientras liberaba ondas de choque que destrozaban el suelo a mis pies, pero sin poder tocar una sola de mis pestañas. El dios me miró con los ojos desorbitados por el horror, dándose cuenta de que toda su fuerza divina era inútil contra el espacio absoluto.
—Lento —susurré.
Moví mi mano derecha en un arco descendente. La esfera de vacío concentrado que flotaba sobre mi palma se expandió en una milésima de segundo, desatando la ejecución.
No hubo una explosión ruidosa, sino un crujido seco, el sonido del espacio siendo desgarrado. La distorsión gravitacional barrió hacia el frente como una marea invisible y voraz. Al tocar al primer dios, su armadura divina se deshizo en polvo cósmico y su cuerpo fue borrado de la existencia, absorbido por el colapso molecular. Los otros dos dioses detrás de él ni siquiera tuvieron tiempo de gritar; la fuerza de atracción los arrastró hacia el centro de la distorsión, desintegrándolos en un parpadeo de luces doradas que se apagaron de inmediato.
El cráter se expandió aún más, tragándose las ruinas de la zona en una perfecta línea recta que apuntaba hacia el horizonte. Cuando la energía finalmente se estabilizó, no quedaba absolutamente nada de ellos. Ni rastro de su magia, ni rastro de sus almas. Solo cenizas flotando en un aire extrañamente frío.
Me acomodé las gafas con un movimiento pausado, mientras las últimas chispas de la magia del Fundador Akinori se retraían en mi cuerpo. La sed de sangre en mi interior no se había calmado, solo se había reorientado. Miré hacia el cielo oscurecido, sabiendo perfectamente cuál era el siguiente paso.
—Esto fue solo el calentamiento —dije para mí mismo, mi voz recuperando su tono frío y calculador—. Todos sentirán el peso del mundo eterno.
El dolor y la carnicería se desataron sin freno. Mis palabras habían llegado a su límite y no había espacio para la piedad. Con un movimiento brutal y certero, arremetí contra uno de los dioses, aferrándome a sus extremidades superiores y, aplicando la fuerza bruta de mi magia gravitacional, le arranqué ambos brazos de cuajo. El cielo se tiñó con una lluvia de sangre dorada mientras la deidad caía de rodillas, soltando un grito de dolor desgarrador que helaba la sangre de los presentes.
Para acallar su sufrimiento y su insolencia, manipulé el espacio a nivel milimétrico: utilizando hilos de luz de un Infinity completamente liberado, tensé el aire y le corté la lengua en un parpadeo, extinguiendo su voz para siempre. Acto seguido, los hilos se cerraron sobre él, haciéndolo pedazos y reduciendo su cuerpo divino a simples restos esparcidos por el suelo calcinado.
Los diez dioses restantes que rodeaban el perímetro se quedaron completamente paralizados. Sus rostros divinos, antes llenos de arrogancia, ahora reflejaban el terror más puro y absoluto al ver el verdadero poder de un Infinity desatado ante este mundo lleno de caos. Nadie se atrevía a dar un paso; la soberbia mística se había quebrado ante la monstruosidad de mi fuerza.
El Impacto de la Energía
A kilómetros de distancia del cráter, la brutal manifestación de mi poder místico rasgó la atmósfera del planeta, enviando ondas de choque espirituales que hicieron eco en los corazones de los guerreros más poderosos.
Josué Tanaka y Rafael, quienes se encontraban en plena estrategia, detuvieron sus movimientos en seco. Sintieron mi presencia, el peso asfixiante de mi magia expandiéndose como una plaga inevitable por el horizonte. El aire a su alrededor se volvió denso y difícil de respirar, obligándolos a mirar en dirección al campo de batalla con una mezcla de asombro y profunda preocupación.
Incluso el mismísimo Lucifer, oculto en las sombras de su trono, lo sintió. El emperador del infierno, acostumbrado a dominar con el miedo, experimentó un escalofrío desconocido que recorrió su columna vertebral. Sentía cómo se le ponía la piel de gallina, dándose cuenta de que el "simple humano" que pretendía manipular se había convertido en un depredador capaz de hacer temblar los cimientos de la creación.
—Las doce grandes familias estaban intentando no pelear contra Lucifer... Sabía perfectamente que luchar contra un abismal sería un error. Tenemos que pensar en algo... —dijo Josué Tanaka, con la frente empapada en sudor frío mientras sentía la abrumadora presión mística que fracturaba el aire de la sala.
—Cecilio, tenemos que pensar en algo —insistió de inmediato, buscando desesperadamente una salida táctica.
—Lo sé, Josué, pero ese tipo está tramando algo... —respondió Cecilio, cruzando los brazos con un gesto sombrío y calculador—. Aunque... tengo la firme sospecha de que Misael Sasai está detrás de todo esto...
—¡¡¡No creo que ese maldito nos haya vendido ante ese abismal!!! —bramó Haruto Yoshida, apretando los puños hasta que sus nudillos se tornaron blancos—. Rey... ¿qué es lo que haremos? Es verdad lo que se rumorea, aunque dice que nos va a matar a todos nosotros...
—Eso no será posible —interrumpió una voz cargada de una autoridad absoluta, gélida y punzante, que resonó desde las sombras del gran salón, haciendo que cada miembro de la alta alcurnia mística se quedara completamente inmóvil.
Los ojos de la entidad más temida del lugar se abrieron con desorbitada sorpresa al distinguir la silueta que caminaba con total calma hacia el centro de la luz.
—Tú... ¿Cómo es que estás aquí, Carlos Tanaka Sánchez...? —dijo Lucifer, con un hilo de voz que mezclaba una furia contenida con un desconcierto que jamás pensó experimentar.
—Es una buena idea, ¿sabes? Solo soy un clon del original. Todo estaba planeado desde que tú estabas aquí, no fue tan fácil, ¿sabes? —respondió la réplica, con una tranquilidad casi cínica que desquiciaba los sentidos de los presentes. Sin embargo, en un milisegundo, la atmósfera del lugar cayó por debajo de los cero grados. La mirada del joven se ensombreció por completo, proyectando una sed de sangre aterradora—. Pero...
Mi voz se volvió fría, perdiendo cualquier matiz de humanidad, transformándose en un susurro cortante que caló hondo en los huesos de los soberanos.
—¿Quién te da derecho a venir aquí? ¿Acaso no sabes la advertencia que te dije en tu mugroso reino? Si intentabas matar o hacer algo, te mataría... Pero parece que Gabriel jamás entenderá. ¿Hasta cuándo dejará de hacer estas cosas? Emmm... veamos qué haré contigo.
El silencio que siguió fue sepulcral. Josué Tanaka miraba a su propio hijo —o a la copia exacta de él— con el corazón desbocado, debatiéndose entre el asombro y el temor por el monstruoso nivel que manifestaba.
Mientras tanto, oculto entre el relieve de las columnas imperiales, un par de ojos afilados y hambrientos de poder devoraban cada movimiento del muchacho. Misael Sasai esbozó una sonrisa torcida, relamiéndose los labios ante el majestuoso despliegue de potencial.
—¿Ese niño es Carlos, el hijo de Josué? —dijo Misael Sasai en un susurro casi inaudible, fascinado por la densidad mística de su aura—. Al fin lo tengo frente a mí... Es hora de convencerlo de que herede mis técnicas de la espada.
Lucifer dio un paso al frente, haciendo que las baldosas de mármol bajo sus botas se agrietaran debido a la repentina oleada de energía abismal que desató para protegerse del frío. Su capa negra ondeó violentamente, reflejando destellos de un fuego purpúreo y oscuro. Sin embargo, el clon de Carlos ni siquiera parpadeó; la distancia física между ambos parecía acortarse no por el movimiento, sino porque la presencia del joven reclamaba cada rincón del salón.
—¿Un clon...? —siseó Lucifer, su mandíbula tensándose mientras una vena se marcaba en su frente—. ¿Te atreves a presentarte ante mí con una simple copia y dictar amenazas en mi propia cara? ¡No eres más que un mocoso insolente!
Con una velocidad que desafiaba las leyes de la física, el rey del abismo extendió su mano derecha, manifestando una hoja de energía oscura, afilada y corrupta, dispuesta a rebanar el cuello del clon en un solo movimiento limpio.
¡Fwoosh!
El ataque cortó el aire con un silbido estridente, pero la hoja se detuvo en seco a milímetros de la garganta de Carlos. Una barrera invisible, distorsionada por una gravedad aplastante, congeló el impacto. Las ondas de choque remanentes salieron despedidas hacia los lados, destrozando las columnas más cercanas y haciendo que Haruto Yoshida y Cecilio tuvieran que cubrirse el rostro con los brazos debido a los escombros voladores.
—Te lo advertí, Lucifer —dije a través del clon, y mi voz, canalizada desde la distancia, adquirió un matiz mecánico, superpuesto con un eco monstruoso—. Estás tan acostumbrado a que te teman que olvidaste lo que es estar abajo en la cadena alimenticia.
La mano izquierda del clon se movió con una lentitud aterradora. Los hilos de luz infinita, remanentes del poder liberado en el campo de batalla exterior, comenzaron a tejerse alrededor de los dedos de la copia mística. No era el cuerpo original, pero la conexión con mi magia era tan perfecta que la densidad del Infinity se sentía casi idéntica.
—¡Josué! ¡Tenemos que sacarlo de ahí! —gritó Cecilio, desenvainando parcialmente su espada al ver que el salón entero amenazaba con colapsar bajo el peso místico de ambos contendientes.
—¡Espera! —le frenó Josué Tanaka, con los ojos fijos en la espalda de su hijo. Su pulso estaba acelerado, pero algo en su instinto de guerrero le decía que intervenir en ese instante sería un suicidio—. Ese... ese ya no es el nivel de un clon ordinario. Está proyectando su conciencia absoluta.
Mientras la presión aumentaba, Misael Sasai dio un paso lateral entre las sombras, saliendo parcialmente de su escondite. Sus ojos brillaban con una fiza casi demente. Ver cómo el clon de Carlos detenía un ataque directo de Lucifer sin mover un solo músculo de su rostro solo confirmó lo que sospechaba: ese muchacho poseía el recipiente perfecto.
—Esa fuerza... esa capacidad de adaptación —murmuró Misael para sí mismo, su mano temblando de emoción sobre el pomo de su katana—. Si logro que acepte mi doctrina, si hereda mis técnicas de la espada combinadas con ese vacío absoluto... ni el mismísimo Kronos, ni Lucifer, ni las doce familias juntas podrán tosernos de frente. Tengo que acercarme a él antes de que destruya este lugar.
El clon de Carlos sonrió de lado, una mueca carente de calor, y la esfera de gravedad en su mano comenzó a expandirse, tragándose la luz del entorno.
—Ahora... veamos qué tan resistente es el cuerpo de un abismal —sentenció mi voz.
La trampa y el punto de quiebre
—¡Hahahahahaahahahhaahhaha... Qué ingenuo eres, Tanaka Sánchez! ¿Acaso no sabes que tú estás realmente perdido? —la carcajada de Lucifer retumbó en las paredes del salón, rompiendo la tensión con un tono burlón y malévolo que me congeló la sangre.
—¿Qué? ¿A qué te refieres con eso...? —respondí a través del clon, apretando los dientes mientras la fría seguridad del abismal me generaba una punzada de duda en el pecho.
—Oh, vamos... no tienes por qué saberlo... —replicó Lucifer, mostrando una sonrisa retorcida que dejaba ver sus colmillos—. Espera un segundo... sabes quién está en esa isla, ¿verdad?
Un frío completamente diferente, uno nacido del pánico, me recorrió la espina dorsal.
—Mierda... ¿cómo es que no me di cuenta antes?
A kilómetros de distancia, mi cuerpo original interrumpió su avance. Activé de golpe la Visión del Dragón, expandiendo mis sentidos al límite absoluto. Mis ojos brillaron con una luz mística mientras mi mente cruzaba la distancia a una velocidad vertiginosa, barriendo cada rincón, cada playa y cada bosque de la maldita isla, buscando desesperadamente su firma de energía. Hasta que la hallé.
—¿Natsuki está luchando contra un Minotauro...?
La imagen mental me golpeó como un puñetazo. La criatura era una masa bestial de músculos y magia oscura, balanceando su hacha contra ella.
—Eso es imposible... Ella podría morir ahí. No puedo dejar que ella...
Mi concentración se fracturó por un milisegundo. El lazo con mi clon se debilitó y mi guardia bajó debido a la desesperación de protegerla. Fue el único error que necesitaba.
El sonido a mi alrededor se volvió tan silencioso que el aire pareció desaparecer. No hubo advertencia, ni fluctuación de energía, ni intenciones de matar que pudiera predecir. Lucifer, el verdadero cuerpo del abismal, apareció de la nada, materializándose justo detrás de mí.
Antes de que pudiera activar el Infinity o reaccionar con mi gravedad, su puño cargado de un impacto negro masivo conectó de lleno en mi espalda. La fuerza del golpe desató una onda expansiva sónica que me mandó a volar muy lejos, destrozando el suelo bajo mis pies y lanzando mi cuerpo como un meteoro a través de los muros del salón, perdiéndome en el horizonte en un parpadeo.
El impacto me había lanzado lejos, pero mi conciencia seguía perfectamente conectada con el clon que dejé en el salón de las doce familias. Al ver la demostración de defensa absoluta que había usado hace un momento, Haruto Yoshida me miró con los ojos abiertos de par en par, completamente estupefacto.
—Espera... ¿¡Tú también puedes usar el Infinito como Gojo Akinori!? —preguntó Haruto, incrédulo.
A través del clon, me acomodé la ropa con total tranquilidad y solté una pequeña risa, restándole importancia al asunto.
—Bueno, en realidad solo estoy copiando su técnica, así que sí, jajaja —respondí con tono despreocupado, rompiendo por completo la tensión del momento—. En fin, no hay nada de qué preocuparse, suegro. Mi yo original ya está yendo hacia ese lugar.
Mientras tanto, a kilómetros de ahí, mi cuerpo original cruzaba los cielos a una velocidad sónica en dirección a la isla. Sin embargo, el impacto de Lucifer y el pánico de perder a Natsuki habían desestabilizado algo muy peligroso en mi interior: la energía del Phoenix. Las llamas oscuras y púrpura comenzaron a brotar sin control de mis manos y espalda, quemando el aire a mi alrededor y distorsionando mi propia magia. Estaba perdiendo el control de ese poder ancestral debido a la rabia.
Lejos de ahí, en el refugio temporal donde se recuperaban las aliadas, la atmósfera se volvió sofocante.
Lucia se levantó pesadamente del suelo. El fulgor de los relámpagos comenzó a danzar a su alrededor mientras materializaba la imponente Armadura de Zeus. Estaba completamente enojada y furiosa, con la respiración agitada y los ojos centelleantes por las ganas de entrar en batalla.
A su lado, Helena permanecía sentada, inmóvil. De su cuerpo emanaba un aura negra y fría, bastante aterradora, que hacía que las paredes de la habitación crujieran bajo la presión. Miró de reojo a Lucia con una sonrisa gélida y afilada.
—Bien... —siseó Helena, su voz cargada de una malicia cortante—. Hasta que despiertas, maldita mocosa.
—¿Dónde está Carlos? —preguntó Lucia, limpiándose un rastro de polvo de la mejilla mientras los relámpagos de la Armadura de Zeus chisporroteaban a su alrededor.
—Él se fue —respondió Helena, manteniendo esa aura aterradora y sombría que hacía vibrar el suelo—. Nunca lo había imaginado... lo fuerte que era cuando vi que con un solo golpe bastó para dejarte inconsciente. Además, debemos estar alertas. En fin, levántate, Lucia, que tú y yo tenemos una lucha que debemos respetar...
Lucia soltó una carcajada seca, ajustando los guanteletes de su armadura divina con una mirada desafiante y cargada de orgullo.
—¿Ehhh? ¿Así que quieres que te aplaste? —desafió Lucia, provocándola mientras los truenos resonaban en el techo del refugio.
Helena ni siquiera se inmutó. Se puso de pie lentamente, dejando que su energía oscura se expandiera como una marea densa que sofocaba el brillo de la electricidad.
—Jajaja, ¿a poco sí muy profesional? Eso se verá al contrario, Lucia... —replicó Helena con una sonrisa afilada.
En la isla: La batalla de Natsuki
Ajeno a la rivalidad que estallaba a sus espaldas, mi yo original cruzaba las nubes como un cometa de fuego incontrolable. Las llamas del Phoenix devoraban el oxígeno a mi paso, desatadas por la furia. Mis ojos, fijos en la silueta de la isla a la distancia a través de la Visión del Dragón, solo tenían un objetivo: llegar antes de que el Minotauro pudiera tocar a Natsuki.
El suelo tembló con violencia cuando la colosal pezuña de la bestia se hundió en la tierra, levantando una nube de polvo y sangre seca. El aire olía a azufre y a muerte.
No puedo creerlo... ¿Qué diablos es esa cosa?
La sombra que proyectaba sobre nosotras era gigantesca. Su respiración era un bufido rítmico y caliente que hacía eco en todo el claro del bosque. Tenía el cuerpo cubierto de músculos rígidos como la roca y un par de cuernos retorcidos que parecían capaces de atravesar el acero.
—Freya, dime algo... ¿Qué es? —le pregunté sin apartar la mirada de esa masa monstruosa, sintiendo cómo el sudor frío me bajaba por la nuca.
—No lo sé... pero lo que se ve ahí no es un animal, ni siquiera se le acerca —respondió Freya, apretando los dientes y dando un paso atrás mientras desenvainaba su arma—. Esa cosa es un Minotauro... Debemos huir de hiero, Natsuki.
—Pero solo quedamos tú y yo... Tal vez tengas razón, pero debemos ser conscientes de esto. Recuerda lo fuerte que es —le repliqué, tragando saliva. El pánico quería apoderarse de mí, pero la adrenalina me mantenía firme—. Además... Karen y Abraham están luchando contra el Rey de los Héroes en este preciso momento, y eso me preocupa demasiado. No podemos simplemente correr y dejarles todo a ellos.
—Sí, lo sé —asintió Freya, forzando una sonrisa para ocultar el miedo—. Pero también Shiro está contra Kronos en estos momentos. Lo único que podemos hacer es luchar... Así que vamos, ¿no?
La miré de reojo, extrañada por su repentino cambio de actitud. En otra época, esto habría sido impensable.
—¿Desde cuándo tú y yo somos tan amigas?
Freya desvió la mirada por un segundo, clavándola en el Minotauro que ya empezaba a raspar el suelo con la pezuña, preparándose para embestir.
—Bueno... desde que Mío me perdonó por todo el daño que le hice. Me sentía tan culpable... —confesó con un hilo de voz, pero sacudió la cabeza para recuperar la compostura—. Para lograr disculparme de verdad, primero debemos sobrevivir a esta cosa. ¿Sabes usar magia de fuego?
—Bueno, sí... —respondí, sintiendo el calor místico comenzar a fluir por mis canales de energía—. Es mi única especialidad.
—Bien, entonces esto es lo que haremos: yo me quedaré en guardia y tú atacas desde la distancia. Podría invocar a Lancelot para que nos sirva de escudo...
—No es mala idea, pero déjamelo a mí...
Con un movimiento firme y decidido, me quité la chamarra. La solté, dejando que el viento de la isla la elevara y la arrastrara lejos del campo de batalla. Llevé mis manos a la espalda, adoptando una postura de combate y clavando una mirada fría y afilada en los ojos inyectados en sangre del Minotauro.
Ya no era la chica indefensa que necesitaba ser rescatada. Todo lo que tenía que hacer en este maldito lugar era demostrarle a mi esposo y a mi hija Yue que yo no soy una débil. ¡Que yo también puedo pelear y vencer contra enemigos mayores!
El fuego místico estalló alrededor de mis puños, iluminando la penumbra del bosque.
—¡Ven por mí, pedazo de bestia! —grité, desafiándolo.
El impacto de la explosión levantó una cortina de humo y tierra. El Minotauro corrió hacia mí con una furia ciega, pero logré mantener la mente fría. Esquivé cada golpe moviéndome hacia atrás, midiendo mis pasos mientras acumulaba una enorme cantidad de energía mística en la punta de mis dedos.
—¡Magia de rango 16: Bomba Explosiva Colosal! —grité, liberando ráfagas consecutivas de fuego ardiente.
Las detonaciones masivas impactaron de lleno en el pecho de la bestia, obligándola a retroceder entre rugidos de dolor. Sin embargo, en un parpadeo, el monstruo desapareció por completo de mi vista. El aire se sintió pesado. Miré hacia arriba con horror, dándome cuenta de que había saltado directamente hacia mí. No tenía tiempo de reaccionar; el hacha descendía con fuerza letal.
—¡Yo, Freya, te ordeno que vengas a mí y me ayudes a derrotar a mis enemigos! ¡Yo te invoco, Lancelot, el rey de los caballeros del mundo! —la voz de Freya retumbó con una urgencia desesperada.
Una luz cegadora barrió la penumbra del bosque, deteniendo el ataque del Minotauro en seco. De la brillante columna mística emergió un guerrero imponente. El resplandor iluminaba su cabello rubio, y sus ojos reflejaban una seriedad bastante tranquila que transmitía una seguridad absoluta. Se giró levemente hacia Freya, arrodillándose con elegancia mientras sostenía su espada.
—¿Usted me ha llamado, mi Lady? —preguntó Lancelot, con una voz profunda que calmó el caos del ambiente.
—Así es, te llamé porque estamos en peligro —respondió Freya, recuperando el aliento—. Quiero que seas el protector de Natsuki mientras yo iré a la delantera.
Lancelot se puso de pie, pero al clavar su mirada en la gigantesca silueta de la criatura que se recomponía entre el humo, sus ojos se abrieron con una mezcla de reconocimiento y cautela.
—Espera un segundo... ¿Esa cosa no es un Centauro? —soltó el caballero, descolocándonos por completo.
—Espera... ¿¡Tú sabes quién es!? —le pregunté de inmediato, dando un paso al frente mientras mantenía mis llamas encendidas.
—Por supuesto. Él fue uno de los Centauros más poderosos de mi generación —explicó Lancelot, sin bajar su guardia ni un milímetro—. Pero no pensé que estuviera vivo... Escuché rumores de que alguien lo había aniquilado en el pasado. Parece que lograron hacer algo milagroso en él, modificando su cuerpo a esta forma de Minotauro... Y lo peor es que es muy posible que se adapte a nuestro estilo de combate.
—¿Es posible eso...? —murmuró Freya, apretando los dientes al ver cómo la criatura comenzaba a cambiar su postura, imitando la guardia de un espadachín de alto nivel.
—Así es, mi Lady. Debemos tener un cuidado extremo ante esa cosa. No tienen idea de lo peligroso que realmente es.
Cerré mis ojos por un instante y caminé con paso firme hacia él, dejando atrás cualquier pizca de duda. Pero antes de lanzarme por completo, acumulé mi maná e invoqué a Félix.
—Es hora de que mueras... ¡Andando! —exclamé con determinación.
Me adelanté a una velocidad tremenda, acortando la distancia y clavando mi espada de plata sobre él. Con movimientos veloces le hice varios cortes rápidos y precisos, buscando sus puntos débiles, pero la bestia demostró una destreza aterradora y los bloqueó todos. ¡Y antes de que pudiera darme cuenta, su enorme y brutal mano me agarró de la cabeza! La fuerza de su impacto me aturdió por completo; me arrastró sin piedad por todas partes, destrozando el suelo, hasta que finalmente me soltó lanzándome un golpe seco que me mandó a volar muy lejos.
—¡¡Freya!! —gritó Natsuki con desesperación en medio del aire, sintiendo el dolor del impacto.
A pesar del brutal golpe, logré sostenerme en pie clavando mis piernas firmemente contra la tierra para frenar la inercia. Sin perder un segundo, coloqué mi espada hacia atrás, canalizando toda la energía que me quedaba y activé mi magia ancestral:
—¡Magia plateada: Reino Temporal!
Al usar mi Reino Temporal —bueno, la verdad era la primera vez que lo usaba desde que me enteré de que existía, pero tenía que intentar usarlo a como diera lugar—, el mundo entero a nuestro alrededor cambió drásticamente. El bosque desapareció y el lugar se transformó en algo completamente diferente: un reino místico e infinito cubierto de plata pura. Había varias ruinas caídas y miles de espadas flotando e incrustadas a mi alrededor, todo coronado por un gigantesco castillo que irradiaba una densa y pura magia de luz plateada.
Al mirarme en el reflejo de la energía, vi que mis ojos se habían vuelto completamente plateados y ya tenía grabada en la piel la marca de una V con cortes profundos, el sello del sobreesfuerzo místico. En ese instante me di cuenta de algo crucial: usar el Reino Temporal era una sentencia de muerte y un riesgo seguro para mi propio cuerpo si no terminaba esto rápido.
Sin embargo, el despliegue del territorio no fue en vano. Félix apareció de repente justo arriba de nosotros. Rugiendo con una majestuosidad implacable, abrió sus fauces y comenzó a atacar al Minotauro desde los cielos del reino, desatando un devastador aliento de fuego plateado que descendió como un torrente ardiente sobre la criatura.
El devastador aliento de fuego plateado de Félix impactó de lleno contra el Minotauro, atrapándolo en una columna de llamas místicas que distorsionaban el espacio dentro de mi territorio. La bestia rugió con una agonía espantosa, una mezcla de dolor animal y la rabia del Centauro que alguna vez fue. El calor era tan intenso que las espadas de plata incrustadas en el suelo vibraban con fuerza, resonando como campanas de guerra.
—¡Ahora, Lancelot! ¡No dejes que se mueva! —gritó Freya, extendiendo sus manos para canalizar su propio maná y reforzar las cadenas de luz que intentaban retener los brazos del monstruo.
—¡Entendido, mi Lady! —respondió el rey de los caballeros.
Lancelot se lanzó al ataque, cruzando el fuego plateado sin dudarlo. Su espada brilló con una intensidad deslumbrante mientras ejecutaba una serie de estocadas perfectas y veloces que cortaron los tendones de las piernas del Minotauro, obligando a la gigantesca criatura a caer de rodillas sobre el suelo de plata.
Sentí una punzada de dolor agudo en mi pecho. La marca en forma de V en mi rostro ardió como si me estuvieran marcando con un hierro candente. Mis ojos plateados derramaron una fina línea de sangre que corrió por mi mejilla. El Reino Temporal estaba consumiendo mi fuerza vital a un ritmo alarmante; cada segundo que este lugar existía, restaba tiempo a mi propia vida.
—Natsuki, ¡tienes que terminar esto ya! —me advirtió Félix desde las alturas, su voz resonando en mi mente—. ¡Tu cuerpo no va a resistir la presión de la magia plateada por mucho más tiempo!
—¡Lo sé! —respondí con los dientes apretados, ignorando el dolor que amenazaba con hacerme perder el conocimiento.
Di un paso al frente, levantando mi espada de plata hacia el cielo del castillo en ruinas. Al hacerlo, las miles de espadas flotantes que nos rodeaban apuntaron directamente hacia el corazón de la bestia, respondiendo a mi voluntad absoluta. No iba a permitir que este monstruo me detuviera. Tenía que volver con Carlos. Tenía que ver crecer a mi pequeña Yue.
El Minotauro, dándose cuenta del peligro de muerte inminente, levantó su enorme cabeza inyectada en sangre y fijó sus ojos en mí, liberando un último pulso de energía abismal para intentar romper las cadenas de Freya y el fuego de Félix.
—Este es tu fin... —sentencié, bajando mi espada mística con toda la fuerza que me quedaba—. ¡¡Lluvia de la Corte de Plata!!
Las miles de espadas de plata suspendidas en el aire temblaron, listas para caer y sentenciar el combate. La victoria estaba a un solo movimiento de distancia. Podía ganar, estaba segura de que podía hacerlo... pero una voz ronca, profunda y distorsionada recorrió todo el Reino Temporal, deteniendo el flujo del tiempo.
—Yo... matar a todos los humanos... —articuló el Minotauro.
El silencio que siguió fue sepulcral. Las espadas flotantes flaquearon en el aire. Todos nos quedamos en shock absoluto.
—Él... ¿él puede hablar? —susurró Freya, con los ojos abiertos de par en par, perdiendo toda su concentración.
El fuego plateado de Félix cesó de golpe. Lancelot dio un paso atrás, anonadado. Pero lo peor no fue la voz. Cuando la criatura levantó la cabeza y el humo de las llamas se disipó, la luz plateada de mi castillo iluminó su rostro con total claridad. Sus ojos... los rasgos de su mirada desquiciada pero extrañamente familiar eran iguales a los de mi prometido.
—Mierda... —la voz de Félix retumbó desde las alturas, cargada de un pánico que nunca antes le había escuchado—. ¡¡Natsuki, aléjate de él rápido!!
No pude moverme. Mis piernas no respondieron.
—No... no puedo hacerlo... —alcancé a murmurar, soltando casi la empuñadura de mi espada de plata—. Él... sus ojos me recuerdan a él... ¿Por qué tiene su mirada? ¿Qué le hicieron?
Antes de que alguien pudiera responder, el Minotauro arqueó la espalda y un poder nocturno, una oscuridad absoluta y densa que devoraba la luz de mi propio reino, comenzó a manifestarse y a brotar de sus heridas. La criatura empezó a gritar de dolor, un alarido tan desgarrador que hizo que las ruinas de plata a nuestro alrededor comenzaran a pulverizarse.
—¿Qué demonios está pasando...? ¿¡Cómo es que esa cosa tiene ese poder!? —alcanzó a gritar Freya, desenvainando de nuevo, pero ya era tarde.
La explosión de energía nocturna expandió una onda de choque invisible. La velocidad del monstruo se multiplicó a niveles absurdos. No vi el golpe. No hubo tiempo de cubrirse con el Reino Temporal.
Fui golpeada de lleno en el estómago. El impacto fue tan brutal que sentí cómo mis costillas crujían y el aire abandonaba mis pulmones por completo. Choqué contra una fuerza destructiva descomunal que me arrastró instantáneamente fuera de mi propio territorio, rompiendo la dimensión plateada y mandándome a volar a través de los árboles del bosque real de la isla, perdiendo la noción de dónde estaba el suelo y dónde el cielo.
El impacto me había dejado sin aliento en el suelo, pero la dimensión de plata ya se había desvanecido por completo, devolviéndonos a la cruda realidad del bosque. El inmenso Centauro modificado caminó lentamente hacia mí. Su imponente figura se detuvo a escasos centímetros. Me miró fijamente, con esos ojos que me recordaban tanto a mi prometido, pero con una consciencia antigua y desgastada.
—Yo estaba frente a él, y él me estaba mirando... Niña de cabello rojizo, ¿cómo te llamas? —preguntó la bestia, con una voz profunda que hizo eco en el claro.
—Mi nombre es Natsuki... —respondí con dificultad, apoyando mis manos en la tierra, sintiendo el sabor metálico de la sangre en mi boca.
—Ya veo, Natsuki. No pensé que me encontraría contra una usuaria de fuego y una chica de invocación... —comentó el Minotauro, desviando por un segundo su atención hacia Freya y luego clavándola en el caballero rubio—. Hacía siglos que no veía algo así. Y sobre todo tú, Lancelot... Creí que habías muerto hacía siglos. ¿Cómo es que tú...?
—Esa pregunta me hago yo... ¿Por qué tú estás vivo? —interrumpió Lancelot, dando un paso al frente con la espada en alto, tenso por la situación.
—Es verdad que esté vivo. Tras mi muerte, varios humanos del Imperio hicieron experimentos conmigo. Al igual que los humanos crearon más con la droga del dios demonio de la destrucción... También es un caso perdido, pero ¿qué se puede hacer? Nadie es capaz de hacer nada por detenerlo... Y sobre todo...
Antes de que Lancelot pudiera siquiera parpadear, la velocidad de la bestia volvió a romper la barrera del sonido. En un milisegundo, el monstruo ya no estaba frente a mí. Apareció justo al lado de Freya, extendiendo su enorme mano y sosteniéndola firmemente del cuello, elevándola del suelo.
—¡¡Suelta a mi Lady, Minotauro!! ¡No tenemos por qué llegar a tanto! —rugió Lancelot, desesperado, intentando avanzar, pero la presión mística de la criatura lo obligó a hincar una rodilla en el suelo.
—¿Crees que tú podrías detenerme? ¿Acaso no viste la diferencia de nuestros poderes? —sentenció el Minotauro, apretando el agarre sobre el cuello de Freya, quien comenzaba a quedarse sin aire, pataleando en vano.
No...
Me quedé en shock al ver a Freya así. Verla tan indefensa, a punto de morir por mi culpa, por haberme congelado al dudar. Apreté mis dientes con una furia que nunca antes había experimentado. No quería ver morir a Freya. No, ¡me rehúso a ver esto!
En ese instante de pura desesperación, el calor de mi magia mística de fuego se apagó por completo, pero la energía no desapareció. Mi cuerpo empezó a congelarse por fuera; una escarcha blanca y pura comenzó a extenderse por mis brazos y mi ropa. Mi voluntad se volvió pesada, gélida y absolutamente cortante.
Me levanté del suelo. Caminé hacia ellos sin decir ni una sola palabra, con la mirada fija en el monstruo.
¡CRACK!
El suelo tembló y una espada gigantesca y afilada salió debajo de la tierra, hecha enteramente de un hielo cristalino y denso que irradiaba una neblina helada. La tomé por la empuñadura. Al tocarla, sentí cómo despertaba en mi interior otra magia que jamás había visto en mi vida: la Magia Helada de Klaneos.
El Minotauro ni siquiera tuvo tiempo de reaccionar a mi cambio de aura. Con un solo movimiento lateral, veloz y limpio, desvainé la hoja congelada y le corté el brazo con el que sostenía a Freya. La extremidad cayó al suelo convertida en un bloque de hielo que se hizo añicos. Freya cayó al piso, tosiento y recuperando el aire.
Sin perder el impulso, giré sobre mi propio eje, concentrando una cantidad masiva de maná explosivo en la hoja. Conecté una estocada hecha de hielo puro directamente en el pecho del monstruo, mandándolo a volar muy lejos a través de los árboles y provocando una explosión de astillas congeladas y energía destructiva que congeló todo a un kilómetro a la redonda.
El Minotauro se levantó con torpeza entre los escombros congelados. La herida de su brazo cercenado estaba completamente sellada por el hielo eterno, impidiendo que su factor de curación abismal actuara. Sus ojos, antes burlones, ahora estaban inyectados en pánico y furia pura.
—¿Qué demonios acaba de pasar...? ¡Cómo es que esta humana tiene esta clase de fuerza! —rugió, su voz distorsionada haciendo eco en el claro—. No... no solo es la fuerza... ¡Es la energía de un verdadero mago helado! ¿¡Cómo diablos te atreviste a subestimarme...!?
No respondí. Mantuve los labios sellados y dejé que todas mis emociones desaparecieran, apagándose como una llama en el vacío. Mi mente se volvió tan fría como la espada que sostenía. El dolor de мои costillas rotas ya no existía; mi cuerpo solo procesaba el flujo de la Magia Helada de Klaneos que corría por mis venas.
Lancelot, al ver mi mirada desprovista de cualquier rastro de duda, lo entendió de inmediato. Su postura rígida se relajó ligeramente, mostrando un profundo respeto mutuo de guerreros.
—Lancelot, llévate a Freya de aquí —ordené, con un tono de voz gélido que helaba el aire—. Yo me encargo de él ahora. Solo vete.
—¿Está segura de esto...? —preguntó el caballero, sosteniendo a una Freya debilitada que intentaba enfocar la vista en mí.
—Una mujer siempre tiene que dar la cara por otros. ¿De qué sirve ser una mujer si no puedo hacer nada? ¿Y dejar que otra mujer muera frente a mis ojos? —clavé la espada de hielo en la tierra, levantando una barrera de escarcha entre el monstruo y nosotros—. ¡No, Lancelot! ¡No puedo permitir esto! ¡Llévatela de aquí ahora!
El rey de los caballeros me miró por un último segundo, asintiendo con solemnidad.
—Está bien, como usted diga, princesa de los Reinos Platinos del Amanecer... Todo está en sus manos.
Con un movimiento fluido, Lancelot cargó a Freya en sus brazos y saltó hacia los cielos. Félix dio un rugido de advertencia en dirección al Minotauro antes de emprender el vuelo junto al caballero, alejándose a toda velocidad hacia una zona segura.
Ahora era solo yo contra él. Uno a uno, cara a cara.
La neblina helada comenzó a rodear mis pies mientras extraía la espada del suelo. Una voluntad indestructible estaba por mostrarse a mí misma: el verdadero valor y orgullo de una hechicera.
—Muy bien, pedazo de bestia —dije, levantando el arma mística mientras mis ojos brillaban con un azul ártico—. Intentemos el segundo round.
Continuará...

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The strongest warrior of humanity (Novela)
Capítulo 266
The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 265
Estás leyendo el capítulo 265 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 11 de julio de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.