Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 264 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Esto no tiene sentido. Kratos y yo nos habíamos movido a una gran distancia, rompiendo la formación original para buscar la cobertura de esta estrategia. Mis manos temblaban, no por el desgaste de maná, sino por la fría realización que me carcomía la mente mientras contemplaba el cuerpo caído de Carlos a lo lejos, tendido sobre el suelo calcinado.
«Debo acabar esto rápido», me repetía internamente, sintiendo cómo el aire se me escapaba de los pulmones en una exhalación temblorosa. «Ese tipo... ese tipo no es Kronos».
La revelación me golpeó con la fuerza de un impacto físico. Las piezas encajaban de una forma retorcida y macabra, formando un rompecabezas de pesadilla. ¿Entonces... él murió cuando fue a esa misión en las tierras fronterizas? ¿El verdadero Kronos jamás regresó de aquel abismo? Una oleada de culpa me inundó el pecho, asfixiándome con zarpas invisibles. ¿Por qué nunca me di cuenta de los sutiles cambios antes de esto? Vivimos una mentira, seguimos las órdenes ciegas de un impostor, de un monstruo blasfemo que vestía la piel y el rostro de su propio hermano.
—Charlotte, no pierdas la concentración —la voz grave y firme de Kratos me sacó abruptamente de mis pensamientos, aunque por el rabillo del ojo pude ver la tensión en sus hombros y cómo sus nudillos se aferraban al metal—. Recuerda que tu magia puede lidiar contra ese dios. Debemos mantener la cabeza fría y pensar en una forma táctica de detenerlo.
Intenté regular mi respiración, forzando a mi flujo mágico a estabilizarse en mi núcleo, pero antes de que pudiera formular un plan defensivo, una risa estridente y distorsionada barrió los escombros humeantes de la mansión, quebrando la poca compostura que nos quedaba.
—Yo creo que eso ni se va a poder lograr, jajaja —soltó la entidad que poseía el cuerpo de Kronos, observándonos con unos ojos completamente vacíos de humanidad, donde la luz de la vida había sido reemplazada por un abismo de oscuridad estática—. Déjenme decirles algo... Mientras ustedes se la pasaban juntos llorando por sus pérdidas y jugando a los héroes, yo solo me aproveché de su patético dolor. Este cuerpo... el cuerpo de este infeliz tiene un potencial tan basto que podría desafiar a quien sea en este maldito continente. Solo son unos miserables humanos insignificantes.
Las palabras del impostor resonaron con una arrogancia desmedida que me revolvió el estómago. Ver el rostro de quien alguna vez fue nuestro aliado proferir semejantes blasfemias y pisotear la memoria de su propio linaje encendió una chispa de furia pura y abrasadora en mi interior.
Kratos dio un paso al frente, interponiéndose entre la criatura y yo como un baluarte de acero. Su armadura pesada vibró cuando desenvainó su espada con una violencia contenida, apuntando la punta afilada directamente al centro de su pecho.
—Cállate, maldito farsante —rugió Kratos, y su voz hizo eco en las ruinas de piedra negra—. ¿Acaso crees que tú puedes contra mí? ¿Acaso olvidaste quién te dio una paliza en el suelo de la plaza hace apenas unos momentos?
—¿Qué confianza tienes en verdad para ser esa clase de persona tan ilusa? —escupió Kratos, apretando la empuñadura hasta que el metal de sus guanteletes crujió bajo la presión—. Dime... ¿qué fue lo que hiciste hace un momento? Me aseguré de haber atravesado tu corazón. Sé perfectamente que lo hice.
El impostor ensanchó su sonrisa gélida, ladeando la cabeza con una parsimonia irritante que resultaba insultante ante las palabras de Kratos. Apartó los ojos de él y desvió su atención directamente hacia mi posición, clavando su mirada oscura y devoradora en mí.
—Deberías entenderlo de una vez: aunque me mates mil veces, él jamás regresará, niño. Este cuerpo ya me pertenece en alma y carne, y nadie podrá quitármelo, y eso exactamente les pasará a ustedes dos. Tú serás mía, Charlotte. Créeme que necesito a alguien que pueda darme algo de valor; tu esencia pura y tu poder sacerdotal son lo único que realmente necesito para mis planes...
Un frío glacial pareció recorrer las ruinas al escuchar sus intenciones tan obscenas. Sin embargo, di un paso al frente, colocándome firmemente al lado de Kratos, y sostuve la mirada del monstruo sin pestañear, dejando que mi flujo mágico se elevara en una aureola brillante con una resolución inquebrantable.
—Ya veo, así que planeas eso de todos modos. Él te matará; solo espero que cuando eso suceda, mi alma se encuentre ahí flotando para ver tu propia y miserable muerte —respondí con firmeza, exhalando un suspiro cargado de desafío.
El impostor soltó una carcajada seca, un sonido agudo y metálico que rebotó contra las paredes derruidas de la mansión. La forma en que usaba los gestos y posturas de Kronos volvía la escena una pesadilla grotesca.
—¿Tu alma? —se mofó, dando un paso lento y pesado hacia nosotros—. Qué poético suena eso, Charlotte. Pero las almas de los mortales no presencian absolutamente nada cuando son consumidas por completo en el crisol de la nada. Tu esencia no será un desperdicio, te lo aseguro.
Kratos no esperó a que terminara de hablar. El suelo bajo sus pies se fracturó en astillas de piedra cuando se impulsó hacia adelante, transformado en un borrón de metal pesado y furia pura. El aire silbó con violencia cuando su arma trazó un arco descendente directo al cuello del impostor.
—¡No vuelvas a pronunciar su nombre con esa boca sucio monstruo! —rugió Kratos.
El falso Kronos ni siquiera se inmutó ante el ataque frontal. Con una velocidad inhumana, levantó su espada oscurecida por la energía maldita y bloqueó el impacto con un estrépito ensordecedor. El choque de metales liberó una onda expansiva de maná que levantó el polvo negro del suelo, forzándome a clavar los talones para no perder el equilibrio. Las chispas desprendidas del bloqueo iluminaron brevemente la fría y vacía mirada del enemigo.
Aprovechando esa pequeña apertura, comencé a canalizar con desesperación mi flujo mágico. El maná comenzó a concentrarse en mis palmas, brillando con una intensidad cortante y sagrada. Sabía que debíamos terminar esto aquí y ahora. No podíamos permitir que siguiera profanando ese cuerpo ni un segundo más.
—¡Kratos, mantenlo acorralado ahí! —grité, extendiendo mis brazos en cruz mientras el conjuro mayor se completaba.
El impostor, sosteniendo el peso titánico de Kratos con una sola mano, desvió sus ojos oscuros hacia mí, y su sonrisa se volvió aún más amplia y macabra.
—¿Eso es todo lo que tienen para ofrecer los guardianes? —provocó, ejerciendo una presión descomunal que obligó a Kratos a retroceder un paso, el metal de sus botas arrastrándose ruidosamente contra los escombros de la planta baja.
Kratos rugió de frustración, recomponiendo su postura en un milisegundo mediante pura fuerza de voluntad. Sabía perfectamente que no podíamos darle tregua. La densa energía del Dios Antiguo que emanaba de ese cuerpo robado estaba empezando a asfixiar el entorno, haciendo que cada conjuro costara el doble de maná y esfuerzo físico.
—¡Luz Celestial: Juicio Final! —exclamé, liberando el torrente de maná que había acumulado en mi pecho.
Un torrente de haces de luz pura, densa y sólida brotó desde mis manos, cruzando el aire espeso de la mansión como lanzas resplandecientes dirigidas directo a sus puntos vitales. El ataque iluminó la penumbra con un fulgor cegador que desafiaba a las sombras, impactando de lleno en la posición del enemigo. Una explosión de energía sagrada levantó una densa cortina de polvo negro y humo místico que cegó los sentidos.
Por un segundo eterno, contuve el aliento, esperando ver el resultado de nuestro esfuerzo conjunto.
Sin embargo, antes de que el polvo se disipara, la barrera oscura que había extinguido previamente la magia de Carlos volvió a manifestarse como un halo voraz, devorando los restos de mi luz sagrada. El falso Kronos emergió de la humareda completamente intacto, con la espada oscurecida descansando con elegancia sobre su hombro y esa misma mirada vacía fija en mí.
—Buen intento, sacerdotisa... —siseó, apareciendo a una velocidad aterradora a pocos metros de donde yo me encontraba—. Pero ya te lo dije. Tu esencia me pertenece por derecho.
Extendió su mano libre hacia mí, y una tremenda fuerza de atracción magnética y oscura comenzó a tirar de mi cuerpo, arrastrándome hacia él mientras mi propia magia flaqueaba por el esfuerzo.
Sentí la presión oscura cerrándose a mi alrededor como una camisa de fuerza, una fuerza invisible pero física que me inmovilizaba las extremidades. El maná se estancaba en mis venas, negándose a responder a mi llamado desesperado. El impostor me miraba con una expresión de triunfo sádico, su mano extendida como si ya me tuviera atrapada en su poder.
—Es mejor que te quedes quieta y aceptes tu destino... —siseó, su voz cargada de una condescendencia que me hacía hervir la sangre.
Pero Kratos no se iba a quedar de brazos cruzados viendo aquello. Antes de que el enemigo pudiera completar su agarre sobre mí, el sonido estridente de su armadura pesada rompió el aire estancado. Apareció entre nosotros como un torbellino de hierro, su arma trazando un arco defensivo que cortó de tajo la fuerza de atracción oscura.
—¡Déjala ir, maldito asqueroso! —rugió Kratos, su voz llena de una furia visceral y protectora—. He esquivado varios de tus ataques. Para mí, eres el más lento de todos los enemigos a los que me he enfrentado en mi vida. No creí que tú, portando ese supuesto poder divino, fueras tan patéticamente débil.
El falso Kronos retrocedió un paso, sorprendido por la velocidad feroz del contraataque, pero su sonrisa no desapareció. Al contrario, se volvió aún más siniestra, como si la resistencia de Kratos fuera exactamente lo que estaba esperando para su diversión. Su mirada vacía se posó sobre el guerrero acorazado con una fría burla.
—Jajajaja... —la carcajada de la entidad resonó en la mansión destruida, un sonido seco que no coincidía con el rostro que habitaba—. En fin, Kratos... Es hora de que seas manipulado a mi antojo. Tu fuerza bruta no te servirá de nada contra lo que viene. Y luego... bueno, luego me divertiré un buen rato con ella.
Un escalofrío de terror me recorrió la espalda al escuchar sus intenciones; la mención de "manipulación" me llenaba de un pavor absoluto. Sabía perfectamente que sus poderes de control mental eran su arma más letal y silenciosa.
Kratos se plantó firmemente en el suelo, elevando su arma y liberando un aura de combate dorada, una energía que vibraba con determinación pura.
—¡No lo voy a permitir! —exclamó, su determinación inquebrantable reflejada en cada palabra. Estaba dispuesto a luchar hasta el último aliento para protegerme de ese destino.
El impostor no se inmutó en lo absoluto ante sus palabras. En su lugar, la herida que Kratos le había infligido momentos antes en el pecho comenzó a supurar una densa niebla negra y fétida en lugar de sangre normal. La oscuridad brotó con violencia, expandiéndose por el suelo calcinado y arrastrándose como hilos vivientes y serpentinos hacia las botas del guerrero acorazado.
—¿No lo vas a permitir? —se mofó la entidad, extendiendo sus brazos con suficiencia—. Los humanos siempre creen que la fuerza de su terca voluntad puede cambiar las leyes inmutables del destino. Mira a tu alrededor, Kratos. Este lugar, esta carne... todo me obedece a mí.
Antes de que Kratos pudiera saltar para asestar el siguiente golpe definitivo, los hilos de sombra se enroscaron en sus piernas con una velocidad cegadora. El metal de su armadura crujió bajo la presión asfixiante. Kratos soltó un gruñido de dolor sordo, intentando cortar las ataduras con el filo de su arma, pero los hilos eran intangibles; la hoja pasaba a través de ellos como si fueran humo denso, solo para volver a unirse con más fuerza alrededor de sus muslos.
—¡Maldita sea! —exclamó, con el sudor frío corriendo por su frente mientras luchaba con cada fibra de su ser para no caer de rodillas.
—¡Kratos! —grité, extendiendo mis manos temblorosas para lanzar un conjuro de purificación que rompiera el agarre, pero el impostor chasqueó los dedos con desdén.
La niebla negra ascendió rápidamente por la armadura de Kratos, cubriendo su peto de acero y subiendo directamente hacia su casco. Pude ver, a través de la visera abierta, cómo sus ojos —antes firmes y llenos de determinación— comenzaban a perder su brillo natural, siendo reemplazados por una neblina oscura, opaca y vacía. Su cuerpo dejó de temblar de golpe; toda resistencia física y mental cesó instantáneamente.
—Eso es... —susurró el falso Kronos, ensanchando su sonrisa sádica—. Conviértete en mi fiel marioneta.
Kratos bajó lentamente su arma, pero esta vez, la punta afilada apuntaba directamente hacia mi pecho. Su postura era rígida como una estatua de hierro, carente de cualquier rastro de la calidez y camaradería que habíamos compartido como aliados.
—No... Kratos, mírame por favor —suplicé, dando un paso atrás mientras sentía que el pánico intentaba paralizar mi corazón—. ¡Reacciona por ti mismo!
El impostor soltó una carcajada limpia y satisfactoria, disfrutando del escenario cruel mientras daba unos pasos hacia atrás, dejándome a solas frente a mi compañero controlado.
—Ahora, Charlotte... —siseó la criatura, cruzándose de brazos con suficiencia—. Veamos si eres capaz de defenderte de tu escudo más grande y querido. Kratos, elimínala de inmediato.
El cuerpo de Kratos dio un paso al frente de forma mecánica, pero de repente se tensó de manera violenta. Una vibración espasmódica sacudió su armadura pesada y sus manos comenzaron a temblar convulsivamente sobre la empuñadura del arma. La neblina oscura que nublaba sus ojos chisporroteó con chispas doradas, resistiéndose al control absoluto de la entidad.
La voluntad inquebrantable del guerrero seguía peleando desde lo más profundo de su ser contra el yugo mental.
—Ya veo... —la voz de Kratos brotó desde el fondo de su garganta, arrastrada, ronca y cargada de una furia asesina que parecía quemar la misma niebla negra que lo asfixiaba. Los nudillos de sus guanteletes se pusieron completamente blancos por la fuerza sobrehumana con la que aferraba su arma—. ¡No dejaré que me controles, maldito bastardo!
El grito desgarró el aire denso y ceniciento de la mansión. Un estallido de aura combativa pura y dorada emergió de su pecho, chocando violentamente contra las sombras que trepaban por su cuerpo. Las ataduras de oscuridad comenzaron a agrietarse y desintegrarse ante el brutal despliegue de fuerza espiritual.
El impostor borró su sonrisa por primera vez, entornando los ojos con fastidio absoluto al ver cómo su marioneta perfecta se negaba a obedecer sus hilos mágicos.
—Imposible... —masculló la criatura, extendiendo ambas manos para reforzar el flujo de magia maldita—. Solo eres un maldito humano, ¡sométete a mi voluntad!
—¡Charlotte, muévete de ahí ahora mismo! —rugió Kratos, usando hasta la última pizca de su conciencia para mantener su arma apuntando hacia el suelo, reteniendo sus propios músculos para no lastimarme.
Aprovechando la pequeña oportunidad que Kratos estaba comprando con su propia vida y cordura, mi flujo mágico se encendió con más fuerza que nunca, alimentado por la adrenalina. No iba a permitir que su sacrificio fuese en vano.
El impostor dio un paso atrás, apretando los dientes con frustración mientras la niebla negra se disipaba por completo alrededor de Kratos. Su mirada vacía se clavó en mí, llena de una mezcla de desconcierto y desprecio absoluto.
—No solo lograste salir de esa trampa... —masculló la entidad, sus ojos oscuros recorriendo las ruinas hasta fijarse en el brillo residual que emanaba de mis palmas—. Espera... ¿acaso esa maldita luz...?
—Por suerte utilicé mi visión de luz flash en el momento exacto —respondí, respirando entrecortadamente mientras el sudor frío resbalaba por mi frente y empapaba mi túnica. Mis piernas temblaban por el enorme gasto de maná, pero me mantuve firme en mi sitio—. Valió la pena totalmente, ¿verdad? Aunque estoy agotada, debo aprender a sobrevivir a este tipo de situaciones extremas...
Dejé que el flujo mágico restante se concentrara alrededor de mi cuerpo, estabilizando mi respiración. Miré al monstruo con una resolución inquebrantable que ninguna de sus sombras podría apagar jamás.
—Soy una sacerdotisa de la orden, no puedo permitirme fallar —continué, y mi voz cobró una fuerza metálica que resonó con eco en la mansión destruida—. Le hicimos una promesa sagrada a Carlos de que jamás lo dejaríamos solo ni en la peor tormenta. Si nos usaras como títeres sin voluntad, prefiero que él mismo me asesine en vez de traicionar su memoria. Él ya ha hecho demasiado por mí. No quiero verlo llorar, no quiero que se vuelva alguien frío, alguien dispuesto a solo matar sin sentir... Un ser humano no puede convertirse en un arma para destruirlo todo a su paso, sino para proteger a quienes lo necesitan desesperadamente.
Kratos, completamente liberado del control mental gracias al destello purificador, se colocó a mi lado una vez más con paso firme. Su armadura pesada brilló bajo los últimos remanentes de mi luz celestial, y ambos nos plantamos frente al impostor, listos para desatar el siguiente asalto definitivo.
—Muy bien, si tanto desean morir, ¡primero los mataré y luego los usaré como mis patéticos títeres! ¡Jajaja! —rugió la entidad, desatando una ráfaga de viento negro y cortante que sacudió los escombros de la mansión.
—¿Oh, en verdad piensas que será tan fácil? —interrumpió Kratos, escupiendo un hilo de sangre.
Una sonrisa bastante confiada y desafiante salió de su rostro, desafiando por completo la imponente presencia del supuesto dios. Dio un paso al frente, plantando con firmeza su enorme escudo de hierro en la piedra rota.
—No perderemos contra una escoria como tú... —declaró el guerrero con una seguridad absoluta.
—Jajajaja... parece que nunca cambiarás de actitud, viejo amigo...
El aire pareció congelarse en un instante absoluto. El peso de esa nueva voz, filtrándose a través de la densa atmósfera mística cargada de ceniza, rasgó el silencio sepulcral de las ruinas. Kratos se quedó helado al reconocerla al instante. Sus ojos se abrieron de par en par detrás de la visera abierta de su casco y la confianza en su rostro se desmoronó por completo, reemplazada por una confusión profunda, dolorosa y desgarradora.
«¿El verdadero Kronos seguía luchando en el interior...? ¿O solo es una maldita ilusión para quebrarnos la mente?», se preguntó Kratos mentalmente, su cuerpo entero tensándose como una cuerda de arco mientras miraba fijamente al impostor.
—No puede ser esto posible… —murmuré, sintiendo un vuelco violento en el estómago. El pánico que había logrado contener amenazaba con desbordarse sin control—. ¿Qué demonios está pasando aquí? ¿Por qué de pronto escuché la voz real de...?
—Oh, tal vez sea porque te ves tan cansado y derrotado, amigo mío... —resonó de nuevo el eco de la voz de Kronos, pero esta vez parecía brotar desde el interior de la misma niebla espesa que rodeaba al dios enemigo, arrastrándose con una distorsión fantasmal y etérea.
La duda empezó a tambalear los hombros de Kratos. Su arma bajó unos centímetros mientras buscaba desesperadamente con la mirada el origen de ese eco, como si esperara ver al verdadero Kronos emerger de las sombras de los escombros. El engaño psicológico estaba calando hondo en su mente.
—¡Kratos, no escuches sus mentiras! —grité con todas las fuerzas que me quedaban, extendiendo una mano hacia él mientras acumulaba los últimos fragmentos de mi magia lumínica—. ¡No dejes que su voz te ciegue el juicio! ¡Si cedes ahora, él nos destruirá a ambos...!
«¿A dónde estoy cayendo? ¿Qué es esta oscuridad asfixiante que está recorriendo mi camino espiritual?», pensé, mientras veía cómo el mundo real se volvía cada vez más oscuro y lejano. ¿Acaso... este era el final de mi trayecto?
De pronto, unas raíces gruesas, espinosas y retorcidas brotaron debajo de la tierra con una violencia descomunal. Se enredaron firmemente alrededor de mis brazos, estirándolos con fuerza, y rodearon mis piernas por completo, dejándome suspendido en el aire y totalmente inmovilizado.
—Eh... ¡¿Qué diablos está pasando aquí?! ¡¿Por qué no me puedo mover ni un centímetro?! —bramé, forcejeando inútilmente contra la madera maldita que se enterraba con saña en mi armadura.
Desde la penumbra absoluta de ese vacío mental, la silueta del impostor emergió, caminando lentamente hacia mí con una tranquilidad pasmosa que me revolvía el estómago.
—Estás atrapado en una ilusión de alta alcurnia llamada el árbol de la muerte sagrada de oscuridad lunar —explicó con una sonrisa macabra y desquiciada, deteniéndose a unos pocos pasos—. Un mundo onírico lleno de dolor, remordimiento y rencor hacia todo el sufrimiento del mundo... Es algo brillante y perfecto, ¿no crees? Para que esto saliera tal como se requería, cada paso que doy es para asegurar mi éxito absoluto.
El monstruo se acercó un poco más, clavando sus ojos vacíos y oscuros profundamente en los míos.
—Dime, muchacho... ¿cómo se siente tu corazón al experimentar la presencia ilusoria de tu querido amigo? Verdad que duele en lo más hondo, ¿no? Estás atrapado para siempre en este mundo sin salida. Solo mira a tu alrededor, ya no hay nadie ni nada que pueda salvarte de este suplicio. Todo fue completamente en vano. Ahora tu alma me pertenece... Ahora serás tú mismo quien le dé la espalda a tu fiel compañero en la vida real.
—¡No! ¡No, no, no, no! —rugí, la desesperación absoluta quebrando mi voz en un alarido de agonía—. ¡Me rehúso rotundamente a permitir esto! ¡Yo no puedo traicionar a mi único camarada de batallas! ¡La única persona que me ha apoyado y ayudado desde que todos mis problemas estaban a punto de derrumbarse por completo! ¡No puedo hacerlo, mierda! —grité con todas las fuerzas de mis pulmones.
Sin embargo, el peso del trauma acumulado se apoderó de mi mente. Por más que intenté invocar mi fuerza interior, el árbol maldito comenzó a absorber toda mi magia vital. Sentía cómo cada gota de mi poder se debilitaba y se evaporaba, drenándose rápidamente a través de las raíces oscuras que me apresaban. Mis músculos dejaron de responder por completo.
«¿En verdad no hay nada que pueda hacer? ¿Por qué? ¿Por qué siempre termina así?»
La cruda realidad me golpeó como un mazo de hierro. Había perdido la batalla en el interior de una simple ilusión... una ilusión donde ya no quedaba absolutamente nada para mí. Con las últimas y débiles fuerzas que le quedaban a mi conciencia antes de desvanecerme, envié un pensamiento final hacia el vacío exterior.
«Todo esto... ahora dependerá enteramente de ti, Sánchez», pensé, soltando mis últimas palabras al viento antes de que la oscuridad absoluta me consumiera por completo.
(Punto de Vista de Charlotte)
Mis ojos se abrieron de par en par al ver cómo el cuerpo de Kratos se tensaba de golpe en el mundo real. Su aura dorada se apagó en un segundo, y cayó pesadamente de rodillas sobre la piedra rota, con la mirada completamente perdida en el vacío y sin poder mover un solo músculo.
—¡Kratos! ¡Tú no puedes caer así...!
Caí al suelo de rodillas, las fuerzas abandonando por completo mis piernas temblorosas. Estaba aterrorizada, con el corazón latiendo a mil por hora. Verlo caer en esa trampa mental, atrapado en una prisión de la que no podía despertar por sí mismo, hizo que el miedo más puro se apoderara de cada fibra de mi ser.
Solo quedaba yo en pie...
«Lo siento tanto... lo siento de verdad», pensé, las lágrimas de impotencia nublando mi vista mientras miraba al impostor avanzar lentamente hacia mí entre los escombros.
—En fin... que tengas muy dulces sueños, pequeña Charlotte —escuché que susurró la criatura con voz sepulcral, extendiendo su mano oscura y gélida hacia mi rostro.
—Eh...
Ya no sabía con certeza lo que estaba pasando a mi alrededor. Una pesadez insoportable invadió mi cuerpo de inmediato, y mis ojos comenzaron a perder la visión rápidamente, oscureciéndose los bordes. El entorno se desvaneció en un negro absoluto y caí desplomada e inconsciente al suelo frío.
Habían pasado horas tras ese trágico suceso. Yo... había terminado convertida en una marioneta bajo su control absoluto. Pero cuando finalmente desperté, la peor de las pesadillas se hizo realidad al darme cuenta de lo que había ocurrido en mi ausencia... Yo no podía mover mi cuerpo ni siquiera articular una sola palabra; estaba siendo totalmente controlada por sus hilos invisibles. Fue en aquel maldito instante cuando vi morir a Carlos frente a mis propios ojos. Lo vi desangrarse, y me dolió el alma con una intensidad insoportable. Pasaron varios minutos de pura agonía silenciosa.
Una de sus guardianas más temidas apareció de repente frente a nosotros en medio del claro. Era nada más y nada menos que Yuki, la leal guardiana de Carlos, reconocida por ser la más fuerte de todos los subordinados. Estaba allí de pie, mirándonos con una sed de sangre tan densa e intimidante que hizo temblar hasta al propio impostor.
—¿Ustedes fueron los malditos causantes de esta masacre? —rugió Yuki, su voz vibrando con una furia destructiva capaz de derribar montañas—. ¿Por qué le hicieron una vileza así a mi líder? ¿Acaso él les hizo algo malo para que ustedes lo traicionaran de esta forma, malditos traidores de mierda? ¡Los mataré a cada uno de ustedes con mis propias manos! ¡Carlos era mi única luz en este mundo, pero ustedes lo mataron a traición, y yo les regresaré cada dolor, cada gota de sangre y cada traición que cometieron! ¡¿De qué carajos sirvió que él los ayudara, los protegiera y los apoyara, solo para que ustedes le clavaran un puñal por la espalda?!
«Fui una completa tonta», pensé internamente con desesperación, mirando a Yuki con el corazón hecho pedazos. Sabía perfectamente que ella había depositado toda su confianza en mí, y ahora le había fallado de la peor manera posible. Y era lógico que ella fuera quien viniera a ejecutar nuestra sentencia de muerte.
Justo cuando estábamos a punto de ser aplastados por su furia desatada, una figura imponente apareció desde lo más lejos del horizonte. Era el temible dios nocturno que finalmente había hecho su llegada.
—¿Quién diablos se supone que es ese sujeto? —preguntó el impostor, retrocediendo un paso involuntario al sentir la abrumadora presión cósmica que el recién llegado desprendía en el aire.
—Él es el dios nocturno, un ser de otra categoría —dijo Gabriel, apareciendo entre las sombras con evidente urgencia en su tono—. Será mejor que nos vayamos con él de inmediato si no queremos ser masacrados en segundos por la misma clase de hombre que aniquiló a su propio clan entero hace siglos.
La tensión en el ambiente se volvió tan densa que el aire se sentía pesado como el plomo fundido en los pulmones. Yuki ni siquiera se dignó a desviar la mirada hacia Gabriel o hacia el recién llegado; su atención seguía fija y asesina en nosotros, con sus hermosos ojos desbordando lágrimas de rabia pura y un aura homicida que amenazaba con aplastar las ruinas restantes. El suelo bajo sus pies comenzó a agrietarse en patrones radiales, respondiendo a la descomunal fuerza de su dolor incontenible.
—¡Me importa un rábano demoníaco quién sea ese sujeto! —rugió Yuki, dando un paso al frente con tanta fuerza que hizo eco en toda la zona montañosa—. ¡Absolutamente nadie va a salvarlos de lo que voy a hacerles hoy! ¡Van a pagar cada segundo de sufrimiento por Carlos!
Yo seguía atrapada como prisionera dentro de mi propio cuerpo, totalmente incapaz de emitir un solo sonido o mover un solo músculo debido al maldito control mental del impostor. Por dentro, las lágrimas quemaban mis ojos sin tregua. Verla sufrir de esa manera, sabiendo firmemente que creía que la habíamos traicionado por ambición, era un tormento psicológico peor que cualquier herida física imaginable. Quería gritarle la verdad a todo pulmón, quería decirle que todo esto era una retorcida trampa orquestada, pero mi boca se negaba a obedecer.
A lo lejos, la imponente y siniestra silueta del Dios Nocturno comenzó a avanzar de forma pausada y calculadora, pero cada uno de sus pasos parecía congelar el tiempo y el espacio a su alrededor. La oscuridad que lo envolvía no era como la magia barata del impostor; era un vacío absoluto, una noche eterna y primordial que devoraba la luz, el calor y la esperanza a su implacable paso.
Gabriel maldijo entre dientes, agarrando con fuerza brutal el hombro del falso Kronos para obligarlo a girarse.
—¡Vámonos de aquí ahora mismo! —insistió Gabriel, con el pánico claramente reflejado en sus facciones—. No tienes ni la más remota idea del monstruo incontrolable que es ese maldito. Si nos quedamos a pelear aquí, no va a quedar ni la más mínima esencia de tus grandes planes. ¡Muévete de una vez!
El impostor miró de reojo la figura amenazante del Dios Nocturno y luego a Yuki, quien ya estaba acumulando una cantidad de energía cósmica y destructiva devastadora en sus manos para borrarnos de la faz de la tierra en un parpadeo. Soltando un bufido de frustración absoluta al ver que el escenario se le salía completamente de las manos, el enemigo chasqueó los dedos con fuerza. Mi cuerpo, junto con el del inerte Kratos, comenzó a ser arrastrado violentamente hacia atrás por los hilos invisibles de su magia oscura, preparándonos para una retirada forzosa en medio del caos inminente.
La tormenta de energía cósmica y magia pura desatada hacía que las ruinas de la mansión temblaran hasta sus cimientos más profundos. Yuki, envuelta por completo en un torbellino de luz blanca y destructiva, mantenía su espada mística firmemente extendida, chocando de frente y sin vacilar contra la barrera de vacío absoluto desplegada por el Dios Nocturno. El impacto colosal de sus poderes divinos generaba grietas visibles en la realidad misma, levantando cascadas de escombros y fuego místico a su alrededor.
El Dios Nocturno, sosteniendo su enorme espada oscurecida con una sola mano y sin mostrar el más mínimo ápice de esfuerzo físico, la miró fijamente a través de las sombras profundas de su capucha. Sus ojos brillaron con un fulgor gélido, burlón y despiadado antes de soltar una carcajada sorda que resonó como el eco hueco de una tumba olvidada.
—Oh, vaya, vaya, vaya... qué patético espectáculo —siseó el Dios Nocturno con desdén, deteniendo el avance avasallador de la luz de Yuki con un simple y perezoso movimiento de su escudo de sombras—. Dime algo, pequeña e insolente niña... ¿en serio crees que un ser insignificante como tú puede aspirar a vencerme? ¡Jajajaja patético!
La presión asfixiante de su aura oscura se duplicó de golpe en el radio de cien metros, obligando a Yuki a retroceder varios metros en el aire, sus botas metálicas dejando una estela brillante de chispas en el suelo destrozado mientras luchaba con todas sus fuerzas para mantener el equilibrio estelar.
—Queda más que claro ante mis ojos que no eres más que una simple e inútil mosca intentando mover una montaña —sentenció el dios con frialdad, extendiendo su espada amenazante hacia ella mientras la oscuridad de la noche eterna comenzaba a tragarse los últimos destellos de luz pura.
Regreso a la Actualidad
Regresando al presente de la batalla, Gojo Akinori permanecía de pie en el centro del cráter sin poder ser tocado. Los dioses del panteón lo habían atacado al mismo tiempo en una emboscada perfecta, descargando toda su furia divina y dejando cráteres y heridas plasmadas en el entorno, pero sus ataques coordinados no lograron conectarle ni un solo rasguño en su piel.
—El deber táctico de un usuario del Infinity no significa que yo simplemente esté limitado a detener ciertos proyectiles convencionales —dije con voz gélida, mirándolos fijamente con una sed de sangre implacable y glacial, el ambiente mismo congelándose ante la pura y densa intención de matar que emanaba de mi ser—. Los mataré a todos y a cada uno de ustedes uno por uno...
El espacio tridimensional alrededor de Gojo comenzó a distorsionarse violentamente, curvarse y fracturarse. La gravedad misma pareció flaquear y romperse cuando toda la energía infinita acumulada se concentró con precisión milimétrica en la punta de mis dedos, emitiendo un zumbido eléctrico y ensordecedor que acalló los gritos de terror de las deidades.
—Magia de compresión, rango 15: Parpadeo de luz absoluta...
Antes de que las deidades supremas pudieran siquiera reaccionar, intentar un contraataque o retroceder un paso, el mundo entero a nuestro alrededor se tiñó de un blanco tan puro y cegador que era doloroso. No hubo tiempo material para esquivar, no hubo milagro que sirviera para defenderse. La luz comprimida colapsó sobre el campo de batalla en una fracción infinitesimal de segundo, borrando la distancia espacial y destrozando el tejido mismo de la realidad a su paso sin dejar rastro.
«Preferiría no tener que evocar esto jamás, pero esta sensación me resulta tan familiar... Esto mismo pasó exactamente cuando el Dios de la Muerte me lo advirtió en el umbral. Este poder absoluto podría volverse en mi contra si pierdo el control, pero en su momento lo había rechazado con soberbia...», pensó Gojo mientras la cegadora luz purificadora del rango 15 consumía por completo el campo de batalla y a sus oponentes.
Minutos antes (En el umbral espiritual)
«¿Acaso estoy a punto de cruzar la línea de la muerte? Otra vez me encuentro flotando en este limbo denso y silencioso de la oscuridad eterna... Supongo que esta vez mi suerte se agotó y moriré», pensaba para mis adentros, sintiendo el frío y solitario vacío del espacio espiritual abrazando mi alma. «Pensé ingenuamente que esta incursión sería fácil de resolver, pero me confié demasiado de mis habilidades y ahora estoy aquí atrapado sin salida. Supongo que Lucifer al fin cumplió con lo que tanto quería lograr».
Dejé que mis pensamientos fluyeran lentamente, recordando con amargura todo lo que había cambiado conmigo desde trágica noche en que Lucas murió aplastado en ese terrible temblor. Me arrepiento tanto de haber sido tan débil para dejarlo morir, de haberlo visto ser enterrado en vida ahí mismo... Mi madre siempre estaba profundamente preocupada por mí, preguntándose constantemente por qué decidí cambiar mi forma de ser de la noche a la mañana. Todo fue por el miedo constante de volver a perder a alguien importante en mi vida. Al final del día, comprendí que no soy más que un simple prodigio atrapado en sus propios traumas infantiles.
—Vaya, vaya, vaya... ¿así que el gran muchacho está en plena sesión de profunda reflexión existencial? —una voz cavernosa, ancestral y rasposa resonó de repente en la nada absoluta—. ¿Ya pensaste con claridad lo que harás con el pesado legado y el poder absoluto del Fundador de los Akinoris?
—¿Por qué diablos tienes que venir a cuestionarme eso precisamente ahora? —respondí de mala gana y con fastidio, sin voltear a ver a la alta silueta encapuchada que se materializaba frente a mí.
—Lo sabes perfectamente bien, mucho más que nadie en este plano. Tú no puedes darte el lujo de rendirte ahorita, mocoso, y mucho menos cuando las cosas en el mundo real se están saliendo completamente de control, Gojo —sentenció la parca con tono severo, dando un paso al frente con su túnica ondeando en el vacío—. Debes entender de una vez por todas que Lucifer es un estratega bastante astuto y retorcido, pero lo que él ignora por completo es de la existencia oculta de tu verdadero poder heredado. Cuando luchaste denodadamente aquel día, fue precisamente en ese momento crítico que tomaste la decisión subconsciente de usarlo a tu favor. Bien, muchacho... ¿ya lo has decidido de una vez por todas?
—Cállate la boca... —suspiré profundamente, desviando la mirada hacia la nada—. Sé muy bien que juré ante mi familia nunca aceptar este maldito poder. —Levanté la vista para mirar fijamente a los ojos vacíos de la Muerte—. Dime algo de una vez... ¿por qué demonios tú sigues apareciendo en mi camino?
—Bueno, esa es una pregunta excelente para este momento —respondió la parca con una risa seca y huesuda—. Y la respuesta es que tu propia confianza te hace ver mucho más fuerte e imponente delante de los demás mortales, muchacho. Eres exactamente igual a él, niño terco. Tú y él comparten la misma esencia: esa mirada tan seria, fría y calculadora, acompañada siempre de una sonrisa cargada de arrogancia pero con un estilo inconfundible. Pero debes tener muy en cuenta una cosa fundamental: tienes que volverte mucho más fuerte si quieres sobrevivir. Cuando los temibles Reyes Conquistadores vengan a este mundo, tú serás el único indicado para hacerles frente directo.
—¿Pero qué mínima posibilidad de victoria tengo yo contra monstruos así? —dije, pensando un poco las cosas con una amargura que quemaba en mi garganta.
—La posibilidad real de éxito es de apenas el 1% —soltó la Muerte con una crudeza aplastante que helaba la sangre—. Lamento mucho ilusionarte en vano, pero tal vez logres hacerles frente por un instante, mas jamás ganarías una guerra abierta contra ellos. Las razones son simples y contundrices, Gojo Akinori: Velkan y los suyos poseen una cantidad tan absurda y monstruosa de poder mágico que incluso llega a superarnos con creces a ambos. Sobre todo su temible líder... Jamás, bajo ninguna circunstancia, te enfrentes directamente a él a solas, muchacho. Ese tipo es una verdadera pesadilla viviente. Pero debes entender que la muerte de los tuyos no fue en vano, Gojo, debes asimilarlo de una vez por todas. Tú eres el único ser humano que puede llevar a cabo esta carga... Si tan solo tu hermana mayor no hubiera rechazado este mismo manto en el pasado.
—Tal vez ella sí podría derrotarlos a todos ellos sin problemas, ¿no es así? —dije, mirando fijamente al Dios de la Muerte buscando respuestas.
—Así es, no lo niego. Ella posee el talento para derrotarlos, pero como bien sabes, ahora mismo no tenemos la menor idea de qué tan poderosa o inalcanzable se ha vuelto tu hermana en la actualidad. En fin, ahora que lo sabes, ya estás al tanto de lo que debes hacer si no quieres terminar masacrado por los dioses. Este poder absoluto te pertenece por derecho de sangre.
—A veces... siento que todo esto me sobrepasa y podría fracasar estrepitosamente —confesé en un susurro casi inaudible, bajando la cabeza con frustración.
—Nunca jamás pienses ni sientas algo así. Tú eres alguien muy superior a un simple fracasado; eres el engranaje viviente que sigue haciendo girar el mundo hacia su propia definición de éxito. No te permitas caer aquí. Simplemente observa el mundo a tus pies y toma con tus propias manos lo que legítimamente te pertenece, Gojo Akinori.
La parca dio un paso más, extendiendo lentamente una mano esquelética y fría impregnada de un aura ancestral y tétrica.
—He vigilado cada uno de tus pasos desde que eras tan solo un niño indefenso. Perdiste tu infancia de golpe tras aquella fatídica tragedia, cargando con personas que murieron cruelmente justo frente a tus ojos... Lo sé perfectamente porque yo soy la Parca misma. Conozco de primera mano el peso descomunal que llevas sobre tus hombros. Pero debes comprender que Dios no siempre puede salvar a todos los inocentes, esa es la triste realidad de la existencia. Una realidad despiadada que solo yo, Él y los elegidos podemos ver... y tú estás destinado a ser el siguiente en sostenerla sobre tu espalda.
Las palabras solemnes de la Parca resonaron con fuerza en la inmensidad del limbo espiritual, rompiendo finalmente las últimas cadenas de duda, culpa y miedo que ataban firmemente mi mente. El peso abrumador de mi pasado, la dolorosa muerte de Lucas, el rostro siempre preocupado y triste de mi madre... todo se fundió mágicamente en una sola e imparable fuente de poder. Ya no era un límite restrictivo; a partir de ese segundo, se convirtió en mi principal combustible.
—Entiendo perfectamente... —respondí con voz firme, levantando la mirada con una nueva convicción. Mis ojos, ocultos tras las oscuras gafas de sol, brillaron intensamente con el destello azul eléctrico del Infinity—. Si el destino cruel quiere que yo sea quien sostenga esta realidad quebrada, entonces no tendré más opción que romper el destino con mis propias manos.
La Muerte soltó una última carcajada seca, hueca y satisfactoria mientras su imponente figura se disolvía por completo en la nada, dejando que el vacío profundo del limbo colapsara y me devolviera al mundo de los vivos.
Desenlace Actual (El juicio del heredero)
El destello blanco y cegador del Parpadeo de Luz Absoluta comenzó a disiparse lentamente con un siseo de vapor, revelando a la vista un escenario completamente catastrófico y desolador. El devastador ataque de Rango 15 había dejado un cráter perfecto, profundo y completamente calcinado en el lugar exacto donde antes se alzaba el terreno sagrado.
Los dioses de alto rango que me habían atacado en una sincronizada emboscada yacían ahora esparcidos por el suelo roto, humeantes y derrotados. Sus relucientes armaduras divinas estaban completamente agrietadas, y charcos de sangre dorada manchaban la piedra destruida de los escombros. Estaban jadeando pesadamente, completamente horrorizados e incrédulos al notar que, a a pesar de haber desatado y concentrado todo su arsenal místico y divino en mi contra, mi cuerpo no tenía ni un solo rasguño ni una mota de polvo. El Infinity había filtrado y repelido matemáticamente cada micra de su ofensiva combinada, manteniéndome completamente intocable en el ojo del huracán.
—Es... es un maldito demonio con piel humana... —logró articular con dificultad uno de ellos, intentando ponerse en pie tambaleándose mientras su lanza sagrada temblaba violentamente en su mano destrozada—. ¡Ningún simple humano debería poseer semejante nivel de poder absoluto heredado del Fundador Akinori!
Caminé con pasos pausados y solemnes directamente hacia ellos. El suelo bajo las suelas de mis zapatos no crujía ni levantaba polvo; la mismísima gravedad parecía apartarse respetuosamente a mi paso. Una sonrisa de pura arrogancia contenida, pero impregnada de un estilo gélido y letal, se dibujó lentamente en mi rostro.
—Se los advertí claramente desde el principio. Los mataré a todos uno por uno hasta que no quede ninguno —sentencié con tono glacial, deteniéndome justo frente al dios principal que intentaba incorporarse—. Lucifer pensó que lo tenía todo fríamente calculado en su tablero de ajedrez, pero cometió un error garrafal que le costará caro: jamás contó con mi existencia en esta línea temporal.
Extendí mi mano derecha con elegancia, apuntando con la palma abierta directamente al centro del pecho de la deidad herida. La energía infinita del fundador comenzó a manifestarse alrededor de mis dedos, no como la inofensiva luz pura de antes, sino como una densa y pesada distorsión gravitacional que amenazaba con succionar violentamente el oxígeno y la vida de todo el lugar.

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