Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 263 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Escena 1: La Decisión del Demonio Nocturno
Tenía que buscar la forma de salir de esto, pero sabía perfectamente que huir solo empeoraría las cosas. ¿Huir? No, ya no tenía otra opción. Me detuve en seco en medio del claro del bosque, regulando mi respiración cansada, y simplemente esperé a que todos ellos llegaran. Una mirada sombría y vacía se reflejó en mi rostro; era la mirada de alguien que ya está harto, que está completamente cansado de este ciclo sin fin.
Pero tenía que hacer algo. Si no actuaba ahora, todo se acabaría para siempre.
—Shu... Ling... —pronuncié sus nombres con un desprecio que me quemaba la garganta—. Ustedes dos nunca me van a dejar en paz, ¿verdad? Aunque pertenezcan a clanes distintos, parece que su obsesión conmigo es lo único que los...
Tenía que matarlos a todos por una simple y dolorosa razón: me he dado cuenta de que yo soy el verdadero problema. Sé que no es nada fácil admitirlo, sé que duele aceptarlo, pero en el fondo entiendo su sed de venganza. Lo sé perfectamente... Es mi culpa. Yo provoqué esta maldita guerra. Y, aun así, a pesar de mis errores, estaba dispuesto a entregar mi propia vida por las únicas personas que todavía seguían con vida en este mundo cruel.
«Tengo a mi hermano... y tengo a mis amigos», pensé, forzando una mirada seria hacia el cielo gris. «Espero que ellos estén bien... Kronos, resiste».
Estaba a solo unos kilómetros de llegar a mi destino, pero el destino decidió cortarme el paso. Ellos me encontraron.
—¡Miren, ahí está! ¡Atrapen al Demonio Nocturno! —bramó uno de los comandantes.
Varios de esos caballeros de élite se lanzaron en masa contra mí, buscando ensartarme con sus lanzas. Yo no me moví de mi posición; simplemente me defendí utilizando mi Magia de Éter Ancestral. Con un movimiento fluido de mis manos, creé varias puertas dimensionales a mi alrededor, envolviendo por completo a los batallones que se me encimaban. El espacio se distorsionó con un zumbido agudo y, en un pestañeo, las puertas se cerraron, borrándolos a todos de la existencia. Cuando el brillo se disipó, solo quedaron sus cuerpos hechos polvo, esparciéndose con el viento.
Fue entonces cuando el aire se volvió denso. Shu y Ling aterrizaron pesadamente frente a mí, desenvainando sus armas sagradas, listos para atacar... o mejor dicho, listos para borrarme definitivamente de este mundo.
—Sigues siendo una molestia, niño —siseó Shu, apuntándome con el filo de su espada—. Pero ya es hora de que pagues por tus crímenes.
Sostuve la empuñadura de mi espada mágica, sintiendo el peso de cada alma que había caído por mis decisiones. Los miré fijamente, sin una pizca de miedo.
—Es verdad... Tienes razón —respondí, y una sonrisa amarga se dibujó en mis labios—. Yo debo pagar por mis pecados. Pero, ¿sabes? No planeo rendirme aquí. Todos los que estaban aquí han muerto por mi culpa, todos han sido borrados de la faz de la tierra... Pero yo y mi alma permaneceremos de pie como un guerrero hasta el último maldito segundo.
Canalicé mi maná al límite, preparándome para el choque que decidiría el futuro de la historia.
El choque fue inmediato. Shu se lanzó al frente como un destello de luz, levantando su espada sagrada para partirme en dos, mientras Ling utilizaba su velocidad para aparecer a mi flanco ciego, buscando conectar un golpe crítico.
¡CLANG!
Bloqueé la hoja de Shu usando el lomo de mi espada mágica, sintiendo cómo la presión de su maná hacía crujir mis huesos. Sin perder el impulso, giré sobre mi propio eje e invoqué una barrera compacta de éter ancestral que absorbió el impacto de Ling, obligándolo a retroceder varios metros.
—¡Es inútil que sigas resistiéndote, Carlos! —rugió Ling, limpiándose el polvo del rostro mientras su aura se expandía—. ¡Tu mundo ya colapsó! No te queda nada por qué luchar.
—Se equivocan... —respondí, mientras el sudor se mezclaba con la sangre que corría por mi frente. La imagen de mi hermano Kronos y de Charlotte cruzó mi mente por un instante—. Me queda mi propia voluntad. Y mientras respire, no dejaré que toquen lo que queda de mi hogar.
Desatando el Poder Nocturno, mi cuerpo se cubrió de una neblina oscura que distorsionaba la luz a mi alrededor. Di un paso al frente, desapareciendo instantáneamente de su campo de visión mediante un parpadeo táctico.
Aparecí justo arriba de ellos, descendiendo con una fuerza descomunal. El contraataque del Demonio Nocturno estaba por comenzar.
—Sin importar nada más... —susurré, canalizando cada gota de maná en el filo.
Usé mi espada mágica, desatando un arco de energía pura y oscura que cortó el espacio en un parpadeo. El movimiento fue tan letal y veloz que detuvo el tiempo por un milisegundo. Crucé la línea de ataque, matando a ambos con un solo movimiento.
Me detuve de espaldas a ellos mientras envainaba la hoja con un clic metálico. Detrás de mí, el suelo se abrió y sus defensas divinas se hicieron pedazos.
—Lo siento, pero yo tengo algo por hacer... Ustedes no son nada —dije con una mirada siniestra, desprovista de compasión.
Había acabado con ellos. O al menos, con lo que representaban en ese momento. Sin perder un segundo, seguí hacia mi destino.
Mientras avanzaba, encontrando finalmente la entrada al Bosque de los Espíritus, me quedé pensando en lo que haría ahora. «Shu... sé que no has muerto aún. Tu presencia espiritual sigue latente en alguna parte. Pero Ling sí, me aseguré de matarlo por completo. Shu, tú no has peleado en serio contra mí...», analicé internamente. Él tenía un papel importante en todo esto y debía tenerlo presente. Pero había algo que estaba profundamente mal. Si Gabriel o el Dios Antiguo estaban vivos en esta línea temporal, eso quería decir que alguien los había revivido. Pero eso no tendría sentido; hace tiempo yo mismo había acabado con ellos de forma absoluta. Algo andaba muy mal... una pieza clave se me estaba escapando.
Escena 2: El Refugio de los Espíritus y el Dolor Compartido
Caminé adentrándome en el bosque. A pesar de la guerra que consumía el exterior, todo aquí era hermoso: los árboles ancestrales brillaban con luz propia y criaturas misteriosas, jamás vistas por el ojo humano, se movían entre la vegetación. Me detuve a mirar por unos segundos y entré por completo. El cansancio físico y mental me doblegó, así que me senté sobre el pasto, frente al mar interior que ocultaba el bosque.
El cielo nocturno se extendía majestuoso, las estrellas temblaban en lo alto. El rumor de las olas acompañaba mi respiración, intentando calmar el caos en mi pecho.
—Qué hermosa se ve la vista… —susurró mi propia voz, cansada.
Una luz tenue se reflejó en la superficie del mar, envolviéndome en un resplandor suave y pacífico. Pero al inclinarme para mirar mi reflejo en el agua, el brillo cambió drásticamente. El reflejo no mostraba al guerrero que intentaba salvar el mundo; me devolvía empapado en sangre de pies a cabeza, con los ojos vacíos de un asesino.
Retrocedí de golpe, aterrorizado. No supe cómo reaccionar. El miedo me paralizó por completo, helándome la sangre.
—¿De verdad está bien que yo esté solo? —pregunté en voz baja, casi como un eco que se ahogaba en la inmensidad.
El reflejo en el agua parecía observarme, juzgándome. Mis propias dudas y dolores resonaban dentro de mi cabeza, golpeándome una y otra vez.
—¿Felicidad? ¿Amor de una persona? ¿Ser amado por alguien?
No sabía lo que buscaba. Ni siquiera sabía si seguía buscando algo en este universo. No tenía nada. Estaba completamente solo. Un mundo sin fin, una guerra que jamás podría ganar... Todo lo que conocía, todo lo que alguna vez juré proteger… ya no existía.
El peso del recuerdo y de la culpa me hundió. Caí de rodillas sobre el pasto, con la mirada perdida en el horizonte oscuro. Un dolor profundo, físico, me atravesó el pecho; un vacío imposible de llenar que me desgarraba el alma. La vida no era como uno la deseaba. Y aunque uno intentara cambiar el futuro con todas sus fuerzas… eso no borraba lo que ya se había perdido en el camino.
Apreté los puños con desesperación. Golpee el suelo con rabia, con pura impotencia, sintiendo la tierra entre mis dedos. Las lágrimas comenzaron a caer, silenciosas, mezclándose con el rocío de la noche.
—¡¿De qué sirve que yo sobreviva si no puedo ni siquiera proteger lo que debía proteger?! —grité entre sollozos, liberando toda la angustia que llevaba guardada por años.
El eco de mi voz se perdió entre los árboles antiguos. Las ondas del lago temblaron ante mi lamento.
La Perspectiva de Shiro
Entonces, algo se movió detrás de mí. Una silueta surgió desde las sombras de los árboles sagrados. La luz del agua la envolvió poco a poco, revelando su figura. Era Shiro.
Su piel era blanca, casi etérea, con destellos azulados que reaccionaban a la magia del bosque. Su cabello largo, lacio y azul como el cielo del amanecer, caía con elegancia sobre sus hombros. Su presencia era completamente serena, pero su mirada... estaba llena de una profunda y dolorosa preocupación.
Shiro me observó allí, caído en el suelo, llorando desconsoladamente como un niño que lo ha perdido todo. Sus labios temblaron. Quería correr hacia mí, abrazarme, sostener de algún modo mis pedazos rotos y decirme que todo estaría bien... Pero no podía. Ni siquiera ella, con toda su fuerza, podía pronunciar esas palabras en un momento así.
«¿Por qué Carlos y yo somos tan iguales?», pensó Shiro con una inmensa tristeza mientras me miraba. «Ambos lo perdimos todo. Todo lo que más amamos en esta existencia. Y, aun así… debemos seguir. Porque la vida sigue. Y si nosotros no seguimos luchando… este maldito mundo terminará hecho cenizas».
Dio un paso lento hacia el frente, y el reflejo de ambos brilló sobre la superficie del lago: dos almas profundamente heridas, bajo un mismo cielo nocturno, intentando con todas sus fuerzas no romperse por completo antes del enfrentamiento final.
La noche había caído sobre el Bosque de los Espíritus, cubriéndolo con una luz suave y mística. Los árboles ancestrales resplandecían con tenues tonos azulados y las hojas flotaban en el aire de forma casi sobrenatural. Era un escenario hermoso, sereno… un santuario que parecía diseñado para alejar temporalmente el dolor del alma.
Caminaba sola, dejando que el viento frío rozara mi rostro, buscando un momento de paz. Sin embargo, mis pensamientos regresaban una y otra vez a los trágicos eventos pasados; pérdidas invisibles ante los ojos de los demás, pero que pesaban enormemente en el corazón.
Un crujido rompió la calma.
Me detuve en seco.
Giré la cabeza con cautela, afinando el oído para detectar la fuente del ruido. Había alguien más allí. Avancé despacio, ocultándome de manera estratégica entre los arbustos. A través de la danza de las sombras y el parpadeo de las luciérnagas, finalmente lo divisé.
Carlos estaba tirado en el suelo. Lloraba desconsoladamente.
Su voz se quebraba en medio de la oscuridad:
—¿De qué sirve que yo sobreviva si no puedo ni siquiera proteger lo que tenía que proteger?
Mis labios temblaron al escucharlo. No quería oír esas palabras; dolían demasiado. Me quedé inmóvil en mi escondite, observándolo en silencio mientras sentía cómo su profunda tristeza se mezclaba con mi propio dolor.
En un movimiento involuntario, pisé una rama seca. El fuerte crujido quebró el silencio del bosque.
Carlos levantó la cabeza de inmediato, alerta.
—¿Quién anda ahí?
Tragué saliva para recuperar la compostura. Salí lentamente de entre los arbustos y caminé firmemente hacia él. Al llegar a su lado, me senté sobre la hierba mística. Las estrellas brillaban con intensidad en el firmamento, reflejándose en sus ojos empañados por las lágrimas.
Lo miré con profunda preocupación. Quería abrazarlo, ofrecerle palabras de consuelo y asegurarle que todo estaría bien… pero ni siquiera yo era capaz de creerlo. En el fondo, él y yo éramos iguales: ambos lo habíamos perdido todo, a las personas que más amábamos en la vida. Y aun así, debíamos seguir adelante; si dejábamos de luchar, este mundo terminaría reducido a cenizas.
Respiré hondo para estabilizar mi voz y hablé con un tono suave:
—¿Todo bien, Carlos? No te veo muy animado como antes. Pensé que estarías más tranquilo aquí, en el bosque de los espíritus.
Carlos permaneció en un silencio absoluto. Bajé la mirada por un instante antes de continuar:
—Sé lo mucho que has sufrido. Pero no podemos salvar a todos… solo hacer lo que está en nuestras manos. Las cosas no siempre salen como uno quieres. Debes mantenerte firme y sonriente, justo como antes. No dejes que tus propias emociones te hundan. Tienes que levantarte… y demostrarles de qué estás hecho.
Mi voz tembló levemente, pero contuve la debilidad y proseguí, llevando una mano directamente hacia mi pecho:
—Las personas que se han ido siguen aquí, en nuestros corazones. No estás derrotado, Carlos. Aún podemos proteger este mundo. Solo confía en ti mismo… porque eres increíblemente fuerte. Bueno… —añadí, esbozando una leve sonrisa para aligerar el ambiente—, aunque claro, no tanto como yo. Soy la más fuerte, ¿recuerdas?
Carlos reaccionó a la provocación y sonrió levemente.
—Gracias por darme ánimos y esperanza —respondió con sinceridad—, pero las cosas no serán tan fáciles de ahora en adelante.
—Tienes razón —concedí de inmediato—. En esta vida nada lo es… pero, ¿qué más da?
Extendí mi mano y acaricié su mejilla, rozando su piel con total suavidad.
—Todo estará bien.
Carlos alzó la vista y una sonrisa verdadera se dibujó en su rostro. Se puso de pie con decisión y extendió su mano hacia mí. La tomé sin dudarlo, dejando que me ayudara a levantarme. Por un breve instante, la tensión pareció desvanecerse y solo el pacífico murmullo del bosque nos envolvió.
Escena 3: La Emboscada en el Santuario
De pronto, el viento cambió de dirección bruscamente. Un sonido lejano y un movimiento errático se filtraron entre los árboles.
Carlos frunció el ceño, poniéndose en guardia.
—¿Se acerca alguien?
Mis ojos se entrecerraron con sospecha.
—¿Cómo diablos nos encontraron?
La atmósfera pacífica se esfumó. Sin cruzar una sola palabra más, ambos comenzamos a correr a máxima velocidad. Las sombras del bosque parecieron alargarse a nuestro paso y los espíritus del entorno se desvanecieron de inmediato al percibir la hostil energía que nos pisaba los talones.
—¡Shiro, qué está pasando! ¿Cómo nos encontraron? —preguntó Carlos en plena carrera, con la voz cargada de tensión.
—No lo sé —le respondí sin aminorar el ritmo—. ¡Pero debemos huir lo más lejos posible!
El suelo tembló violentamente detrás de nosotros. Una voz imponente resonó desde la oscuridad, conjurando con frialdad un hechizo devastador:
«Magia de Rango 8: Dragón de Fuego».
Una inmensa criatura serpentina, compuesta por llamas puras y destructivas, emergió de la nada. El calor se volvió insoportable en un parpadeo y la densidad del maná enemigo se desbordó, envolviendo por completo el perímetro.
—¿Qué es esto? —inquirió Carlos, visiblemente nervioso ante la magnitud del ataque.
—No lo sé —contesté con firmeza—, ¡pero es hora de ponernos en guardia!
Un devastador rayo de luz descendió en ese instante desde el cielo, destrozando una vasta sección del bosque. Las llamas se extendieron como una ola imparable; los árboles sagrados comenzaron a arder y el suelo firme se fracturó bajo la presión. Varios hechizos secundarios fueron lanzados de forma simultánea, convergiendo con precisión milimétrica sobre nuestra posición para cerrar cualquier ruta de escape.
—¡Barrera de Agua! —grité, liberando mi flujo mágico.
El elemento fluyó de inmediato a mi alrededor, moldeándose en un escudo líquido y denso para protegernos del impacto térmico. Sin embargo, antes de que el hechizo se asentara por completo, detecté una presencia hostil moviéndose velozmente a mi espalda.
—¡Atrás! —exclamé mientras giraba sobre mi propio eje, bloqueando justo a tiempo un ataque sorpresa que iba directo a mi nuca.
La energía del impacto dio de lleno contra mi defensa, generando una onda expansiva que me obligó a retroceder varios metros por el arrastre. El suelo terminó de romperse bajo mis pies debido a la fuerza del choque. Al recuperar la postura, busqué desesperadamente a mi alrededor con la mirada, intentando localizar a mi compañero.
Pero Carlos no estaba allí.
Mi respiración se aceleró de golpe. El fuego crepitaba con violencia y el bosque rugía a causa de la destrucción generalizada.
—¡Mierda! —grité con pura desesperación.
Había perdido por completo de vista a Carlos.
Escena 4: La Mansión del Dios Demonio y la Traición
—¿Qué es este sitio...? —murmuré, mi propia voz resonando extraña, ahogada por las paredes invisibles de aquel lugar.
Se incorporó lentamente. El suelo estaba cubierto por una fina y fría capa de polvo negro que se adhería a su piel. Al ponerse de pie, sus ojos se acostumbraron a la penumbra y comenzó a distinguir la estructura que lo rodeaba. Las paredes, hechas de piedra oscura y pulida, parecían pulsar con un eco imperceptible, como si tuvieran vida propia. El aire allí dentro era denso, un peso físico que se colaba en sus pulmones y volvía cada bocanada de aire una tarea sofocante.
Una punzada de reconocimiento le recorrió la espina dorsal. Una fría certeza que lo hizo estremecer.
—Esto... se me hace familiar... —susurré, mientras el horror se abría paso en mi mente—. ¿No es la mansión del Dios Demonio?
El recuerdo de la tétrica arquitectura lo guio en la penumbra. Avanzó con pasos cautelosos hasta alcanzar los pesados portones principales. Al empujar la madera reforzada, el chirrido metálico de las bisagras oxidadas retumbó con una fuerza descomunal, quebrando el vacío absoluto del páramo exterior. Adentro, la estructura se tragaba la poca luz existente, revelando únicamente una boca de lobo.
Y entonces, el silencio murió.
Risas. Primero un eco lejano, luego una sinfonía de carcajadas burlonas que parecían brotar de las mismas paredes, de las esquinas, del techo, distorsionando el ambiente hasta volverlo enloquecedor.
—¿Quién eres? —pregunté en un grito, desenvainando mi espada con un movimiento reflejo y escudriñando la penumbra con los ojos entornados.
Una voz, cargada de una familiaridad que le heló la sangre por completo, respondió desde el corazón de las sombras:
—¿Oh, vamos, querido hermano… acaso no me darás la bienvenida?
La oscuridad pareció abrirse paso de forma voluntaria. De entre la niebla negra emergió la silueta de Kronos, mi hermano mayor. Su sola presencia ejercía una presión abrumadora, una fuerza imponente que dominaba el espacio, acompañada por una sonrisa gélida y desprovista de cualquier rastro de calidez humana.
—¿Por qué estás aquí, Kronos? ¿Qué significa todo esto? —exigió Carlos, dando un paso al frente mientras sus dedos se apretaban en la empuñadura.
Kronos simplemente se encogió de hombros, mostrando una indiferencia tan casual que resultaba insultante.
—Lo hago por el bien de todos.
—¿De qué diablos hablas?
Carlos se preparó para arremeter, pero antes de que pudiera tensar los músculos de las piernas, el eco de otros pasos lo detuvo. De la misma oscuridad que custodiaba a su hermano, una a una, comenzaron a materializarse más figuras conocidas.
Kratos avanzó con su imponente armadura. Charlotte se colocó a su lado, seguida por Drako, Oscar y Ascan. Todos formaron una línea perfecta, un frente unido. Sus antiguos aliados. Sus compañeros de armas.
—No puede ser… —susurré. La espada flaqueó por un milímetro en mi mano mientras la incredulidad me entumecía los sentidos—. Ustedes…
Kratos dio un paso al frente. Su rostro era una máscara de piedra y su voz grave resonó sin un solo ápice de emoción o arrepentimiento:
—Esto era inevitable. Eres una amenaza demasiado grande.
Charlotte, cuya mirada solía ser un refugio, lo observó con una profunda y melancólica tristeza, aunque sus palabras fueron letales:
—Y Shiro… también fue sellada. Todo salió tal como lo planeamos.
El piso pareció desaparecer bajo los pies de Carlos. Las piezas encajaron con una crueldad desgarradora. La traición caló hondo, transformándose en una mezcla de rabia ciega y dolor punzante que le quemaba el pecho.
—¡Traidores! —rugió, y los nudillos se le pusieron blancos—. ¡Confié en ustedes! ¿Mi amistad no significó nada?
Kronos lo miró desde arriba, con una frialdad implacable, como si estuviera contemplando a un extraño moribundo.
—Fue un error, hermano. Eres una plaga. Y ahora… ha llegado el final.
Carlos levantó su espada. El filo de metal temblaba levemente, no por miedo, sino por la ira desdoblegada que amenazaba con consumirlo.
—No. No me rendiré. No dejaré que se salgan con la suya.
En una fracción de segundo, Carlos desapareció de su posición. Desató una velocidad sobrehumana, reventando el suelo de piedra y materializándose justo detrás de Kronos. Lanzó un tajo descendente con todas sus fuerzas, pero el aire se cortó con el metal de Kratos, quien apareció bloqueando el ataque y contraatacando por la espalda en un movimiento ensayado.
Carlos logró girar en el aire, esquivando el filo por milímetros, pero el margen de maniobra se le agotó. Charlotte ya había completado su conjuro. El destello sagrado estalló directamente en su pecho.
Una explosión de luz blanca y pura lo envolvió por completo, trizando la oscuridad de la sala. La fuerza del impacto lo despidió hacia atrás. El cuerpo de Carlos golpeó el suelo de rodillas, la sangre brotando de las heridas abiertas de su armadura, manchando el polvo negro.
—¡Maldita sea...! —murmuré entre dientes, escupiendo el sabor metálico de la sangre mientras apoyaba la espada para intentar levantarse.
No hubo tiempo para respirar. Detrás de la cortina de luz, Drako, Oscar y Ascan levantaron sus manos al unísono, canalizando sus flujos de maná. Una tormenta de magia combinada, un vórtice de elementos destructivos, se estrelló de lleno contra él. El impacto masivo lo arrojó violentamente contra el suelo calcinado.
Carlos quedó tendido, con la respiración entrecortada y el cuerpo entumecido; casi no podía mover un solo músculo. El dolor era intolerable, pero el fuego de su orgullo y su deseo de sobrevivir seguían intactos. No se iba a rendir. No así.
Reuniendo la última pizca de energía que le quedaba en las venas, forzó a sus piernas a ponerse de pie. El aire a su alrededor comenzó a chisporrotear con una intensidad violenta.
—¡Dios del Rayo! ¡Corte Dimensional! —rugió, y el grito desgarró su propia garganta.
Su espada trazó un arco perfecto en el aire, liberando una fuerza descomunal que rasgó el tejido del espacio. El suelo de la mansión se fracturó en mil pedazos y una explosión titánica de energía eléctrica y pura destrucción colapsó los muros del lugar, reduciendo la mansión del Dios Demonio a una ruina de escombros y humo. Carlos avanzó con paso firme entre las cenizas, empuñando el arma, directo hacia ellos para arrastrarlos al infierno consigo.
Pero antes de que pudiera alcanzarlos, el movimiento se congeló.
Una barrera de oscuridad absoluta, densa y fría como el vacío, brotó de la nada y lo envolvió por completo. Al instante, la presión fue asфиxiante. Su poder desapareció. Su magia se desvaneció de su cuerpo como agua entre los dedos. Incluso el poder nocturno, aquella esencia que formaba parte de su ser, se extinguió por completo, dejándolo indefenso y desarmado.
De entre el polvo de la destrucción, una figura caminó con total parsimonia, completamente intacta. Gabriel apareció frente a él, dedicándole una mirada cargada de superioridad.
—¿Sorprendido de verme con vida?
La mandíbula de Carlos se tensó, conteniendo el dolor punzante de sus heridas. Miró a la figura que creía haber erradicado del plano existencial.
—¿Cómo... Carajos sigues vivo si yo acabé contigo? ¡Hermano, por qué me hiciste esto! Creí que yo...
—¿Creíste que serías alguien tan importante? —lo interrumpió Kronos, su carcajada resonando cruel y vacía entre las ruinas—. Jajaja, para nada, hermano. Solo te usé para que mis planes salieran tal como esperaba...
De pronto, la presión en el ambiente se duplicó, volviéndose tan pesada que el oxígeno pareció evaporarse. Una entidad cuya sola presencia distorsionaba el espacio materializó su silueta. El Dios Antiguo apareció ante ellos, observando la escena con una solemnidad aterradora.
—Cuánto tiempo, Tanaka Sánchez... —pronunció la entidad, su voz reverberando directamente en la mente de Carlos—. Créeme, he estado esperando este momento para usarte como sacrificio...
El alma de Carlos se llenó de una amargura insoportable. Paseó su mirada herida por las figuras que alguna vez consideró su hogar, su pilar en este mundo hostil.
—Maldición... ¿Por qué, Kronos? Confié en ti... ¡Charlotte! ¿Por qué tú...?
—Carlos, yo... —la voz de Charlotte se apagó en un susurro ahogado. Ella bajó la mirada de inmediato, incapaz de sostenerle el contacto visual. Su rostro parecía pálido, desprovisto de cualquier rastro de la vitalidad que solía transmitir.
Y entonces, en ese silencio sepulcral, lo supe. La verdad me golpeó con la fuerza de un rayo.
—Charlotte... ¿Acaso mi hermano...?
Giró el rostro hacia el guerrero de la armadura pesada, buscando una respuesta, un rastro de humanidad.
—¡Kratos, dime que no es verdad...! ¡Dímelo...!
Él no dijo nada. Kratos mantuvo la vista al frente, como una estatua de piedra indiferente ante su sufrimiento.
—Será mejor que ni hablen o los mato, ¿les quedó claro? —amenazó Kronos con un tono cortante, silenciando cualquier intento de réplica de los demás aliados. Luego, volvió a clavar sus ojos en Carlos, disfrutando de su agonía—. En fin, hermano... ¿Qué se siente que alguien como yo te mate?
Carlos escupió la sangre acumulada en su boca, sus ojos inyectándose en un brillo asesino que desafiaba la barrera que lo apresaba.
—Algún día te borraré esa sonrisa tuya, pedazo de mierda... Yo creí en ti, ¿y te atreves a darme la espalda? Mis amigos murieron por ti, ¡maldita escoria!
Kronos resopló, aburrido por el arrebato, balanceando su arma con absoluta parsimonia.
—Ajá... ¿Es todo lo que vas a decir? En fin, Carlos, no tienes escapatoria.
Escena 5: El Despertar del Infinito y el Fin del Ciclo
Yo no sabía en ese instante qué hilos del destino se estaban moviendo detrás de la cortina del tiempo, pero ahora me doy cuenta de lo que había olvidado. Una venganza que nació de una traición absoluta. De repente, los ojos de Carlos cambiaron por completo. Chispas indomables comenzaron a brotar violentamente de su cuerpo herido, rompiendo las leyes de la física del lugar. Sus pupilas se expandieron, transformándose y adoptando la forma profunda y eterna de una galaxia entera. Phoenix había sido manifestado.
El regreso a la actualidad fue abrupto y violento.
Me había levantado de golpe, rompiendo el trance de los recuerdos. Lucia y Elena se quedaron completamente sorprendidas al verme de pie de forma tan repentina, con una energía inestable emanando de mi cuerpo.
—¡Carlos! —gritó Lucy, corriendo apresuradamente hacia mí con los brazos abiertos, aliviada de verme consciente.
Pero yo había perdido por completo la conciencia de mis actos, poseído por el trauma y el poder desbocado que nublaba mi mente. Sin reconocerla, movido por el instinto de supervivencia puro, la golpeé con mi puño, mandándola a volar varios kilómetros de distancia en un impacto seco que agrietó el entorno.
Por otro lado, en un rincón distante y devastado del campo de batalla, Gojo Akinori se encontraba de rodillas, con la respiración rota y la sangre tiñendo sus ropajes.
—¿Voy a morir aquí, verdad? —se preguntó en un susurro debilitado, mirando sus manos temblorosas—. ¿Esto tiene algún sentido? ¿En verdad voy a morir aquí?
Frente a él, las deidades que lo rodeaban soltaron una carcajada unísona, celebrando su inminente caída.
—Se acabó, niño. Ni siquiera pudiste contra once dioses, eres patético. Jajajaja, ¿qué pasa? ¿Por qué ya no hablas? ¿Dónde quedó esa mirada tan confiada y arrogante?
—No... yo... —la voz de Gojo comenzó a distorsionarse por completo, adquiriendo un eco metálico y sobrenatural—. Yo... tengo un objetivo. Tengo que sobrevivir si quiero luchar contra ella... No puedo perder. ¡No puedo! ¡Me rehúso a aceptar esto! ¡Ahhhh!
Había perdido el control por segunda vez en su vida. Un grito desgarrador escapó de su garganta y, en ese mismo instante, despertó el Infinity. Una onda expansiva de energía conceptual e infinita estalló por todo el lugar, desintegrando el suelo y sacudiendo los cimientos del planeta mismo. A lo lejos, la resonancia fue masiva; las doce grandes familias lo sintieron de inmediato en sus respectivos territorios. Supieron que el orden establecido se había roto.
Sentado en su trono de sombras, Lucifer abrió los ojos de par en par de la pura impresión, mirando hacia el horizonte con un deje de sudor frío en la frente.
—Esto es imposible... ¿Cómo ese maldito sigue con vida?
Sara, observando el despliegue de poder desde una distancia segura, presenció la explosión con una sonrisa picada y llena de satisfacción.
—Vaya... Hasta que por fin decidiste usarlo, Gojo Akinori. El Velkan, el siguiente fundador de los Akinoris, se hará realidad. Espero que estés listo si quieres demostrarle a Shiro lo que vales; valdrá la pena todo tu esfuerzo, Gojo. Nunca olvides el entrenamiento que hemos tenido. Espero que seas consciente de lo que significa ser un verdadero mago del Infinity. Eres el guerrero más grande y valiente que he visto, tú siempre has sido alguien capaz de hacer esto. Demuéstrale a esos dioses que solo despertaron a un verdadero creador de infinito. ¡Ve y acaba con tus enemigos, guardián de mundos de los hilos caídos!
De vuelta en el eco del pasado, en la destrucción de la mansión, Carlos cayó de rodillas una última vez. Los rostros de sus antiguos camaradas lo observaban desde las alturas con una frialdad implacable, ajenos al despertar que se gestaba en su linaje.
—Juro… —dijo Carlos con la voz quebrada, las chispas de Phoenix apagándose temporalmente en el plano físico—. Que algún día… los haré pagar a todos.
Kronos se acercó lentamente, la hoja de su espada reflejando la penumbra del lugar.
—Lo dudo, hermano. Es hora de que te despidas de este mundo.
El filo descendió con una precisión quirúrgica.
Un corte limpio.
La ejecución fue realizada.
Y el silencio se apoderó de todo.

Continúa leyendo
The strongest warrior of humanity (Novela)
Capítulo 264
The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 263
Estás leyendo el capítulo 263 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 6 de julio de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.