Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 259 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 259: La Fragua del Destino y el Encuentro con la Princesa
Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez (Voltstrike), William, Yoselin y Natsuki
Escena 1: Los Ecos del Pasado y la Fiesta No Deseada
Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez (Hace 32 años - Línea temporal anterior)
La oscuridad vería claramente en mi cuerpo la luz de mis ojos, los cuales se llenaban de un dolor absoluto. El camino que yo caminaba no era el que yo quería desde que me convertí en esta arma de la destrucción. Antes, en mi mente, había juzgado a mi yo del pasado, cuando tenía tan solo 5 años; le había dicho a ese niño que no se preocupara, que yo no iba a dejar que todo esto ocurriera de nuevo.
Pero... ¿qué pasaría si vuelvo a fallar? ¿Si me confío de nuevo? ¿Si muero algún día?
Dejé escapar una sonrisa de nostalgia en medio de mi inconsciencia. Si yo muero, al menos preferiría dar mi vida por salvarlos a todos. Tal vez se sienta tan mal todo esto, pero lo único que quiero es que nadie, mucho menos ellos, mueran. En ese instante, recordé a Roger. Al visualizarlo, rememoré aquel momento en que me ayudó; a él lo conocí mucho antes de que yo muriera en mi vida anterior, pero no sabía cómo lo había olvidado... Él me recuerda tanto a ese pasado.
«En verdad aún no te olvido, y jamás te olvidaría. ¿Por qué? Bueno, es porque tú siempre fuiste mi escudo en mis peores momentos... Siempre estás aquí, ¿verdad...?», pensé, mientras los hilos del recuerdo me arrastraban de vuelta a la Ciudad Esmeralda.
Miré a Charlotte y a Kratos. Caminamos un poco más hasta que finalmente nos sentamos a comer, hablando tranquilamente de nuestras actividades diarias en la academia. El ambiente parecía aligerarse, hasta que ella interrumpió la conversación.
—Oigan, yo... —soltó Charlotte, jugando con sus manos.
—¿Ocurre algo, Charlotte? —pregunté, alzando la vista hacia ella.
—Bueno, en realidad sí. Estaba pensando... no sé... pensaba si querían que hiciéramos una fiesta.
—¿Una fiesta? —dije, mirándola con cautela, con una expresión de profunda intriga reflejada en mi rostro.
—¿Acaso no lo sabes, tontito? —respondió ella, esbozando una sonrisa de nostalgia, mientras algo sumamente cálido se mostraba en sus facciones—. Una fiesta para celebrar el día de tu cumpleaños... Lo cumples el 5 de junio, ¿no?
—Espera, no es necesario que lo...
—Has estado tan solo, Carlos —me interrumpió ella, clavando sus ojos en los míos—. No solo es eso, sino que estar así no está bien. ¿Ya hace cuánto que no has tenido ninguna fiesta de cumpleaños...?
Yo bajé la mirada de inmediato, tratando de evadir el tema a toda costa. En ese microsegundo, una densa lluvia de recuerdos cayó sobre mí; una tormenta formada por los traumas que había vivido en toda mi vida. Voces distorsionadas, gritos desgarradores y lamentos ecoaron en mi mente, recordándome la sangre en mis manos.
—En verdad, Charlotte... yo no merezco tener ninguna fiesta de cumpleaños —sentencié en baja voz.
Me levanté de mi silla bruscamente y caminé un par de pasos, apartando la mirada para que no vieran la frialdad que volvía a apoderarse de mis ojos. A mis espaldas, escuché cómo Kratos intentaba mediar la situación en un murmullo:
—Oye, Charlotte, ¿no crees que...?
—Kratos, ¡solo quiero que él por un momento en su vida sea feliz! —lo cortó ella, con la voz cargada de una impotencia dolorosa—. ¿Acaso no ves lo mucho que me esfuerzo para verlo bien? Para que no caiga en manos equivocadas como las de su hermano Kronos... Sabes perfectamente lo que él...
—Lo sé, Charlotte —la interrumpió Kratos, tomándola de la mano con una suavidad firme para tranquilizarla—. Lo entiendo. Tú te preocupas por él porque quieres hacer lo correcto, quieres devolverle el favor que él te hizo, ¿no?
—No se trata solo de eso, Kratos... Se trata de apoyarlo y no dejarlo solo —explicó Charlotte, sintiendo cómo la frustración le ganaba—. ¿Sabes por qué él se distanció de todos? Por lo mismo. Él no quiere estar rodeado de gente que le importa, porque sabe que si algo nos pasa, se culpará a sí mismo. Kratos, me duele verlo así... Ya cuánto ha pasado desde que murió Mío, sus padres, sus amigos... Todos los que quedaban murieron en esa guerra. Todo cambió desde que los clanes Hidden, Diamond, The Dream of the Sun y el clan Nightmare aparecieron... Y no solo ellos, ¡hay más clanes que desconocemos en el mundo! Todo esto cayó sobre nosotros desde que Carlos se volvió alguien frío, alguien con un instinto asesino siniestro que está dispuesto a devorar todo lo que está en su camino...
Charlotte bajó la cabeza, dejando que una lágrima de frustración rodara por su mejilla.
—Tengo mucho miedo, Kratos... Todo lo que yo hago es por el bien de él.
Kratos guardó silencio por un momento, asimilando la magnitud de las amenazas y el peso que yo cargaba sobre mis hombros ante tantas facciones enemigas. Luego, la miró fijamente con determinación.
—Supongo que eso también me implica a mí, ¿no? —dijo Kratos, mirándola con total tranquilidad, transmitiéndole una seguridad inquebrantable—. Juntos vamos a protegerlo. No dejaremos que Kronos tome a Carlos y lo use como su propia arma.
Escena 2: El Encuentro con William y Yoselin
Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez (Hace 32 años)
Caminaba por toda la ciudad. Aunque por fuera me veía un poco molesto, la realidad era que estaba profundamente deprimido. Ya hacía cuánto tiempo que me sentía tan horrible teniendo que vivir esto... Seguí avanzando sin rumbo fijo hasta que llegué frente a una tienda de espadas mágicas. El letrero de la entrada rezaba: Un Mundo de Luz.
—Vaya nombre para llamarse así... —murmuré para mí mismo con amargura.
Entré en la tienda y, para mi sorpresa, el lugar estaba muy bonito. A mi alrededor había expuestas tantas armas: espadas relucientes, arcos encantados, anillos de defensa y diversos artefactos sagrados y poderosos. Mientras observaba los estantes, divisé a lo lejos a William, mi profesor. No estaba solo; lo acompañaba una mujer a la que no conocía...
«Mmm, ¿quién será esa persona?», pensé.
Me acerqué a él, haciendo un esfuerzo enorme por ocultar todo el dolor que me carcomía por dentro.
—Hola, profesor. ¿Cómo está?
—¡Ahhh, Carlos! Me habías asustado, jeje —respondió William dando un pequeño brinco, pero dibujando de inmediato una sonrisa—. Dime, ¿qué te trae por aquí?
—Nada, maestro. Solo pasaba un rato por aquí para distraerme...
William cambió su expresión alegre por una mucho más seria y comprensiva. Me miró fijamente.
—Carlos... me han dicho que la estás pasando mal.
—Yo, en verdad...
Antes de que pudiera inventar una excusa, él me tomó suavemente del hombro.
—Lamento mucho la pérdida de Mío... —dijo con total sinceridad—. En verdad lo siento mucho. Ella era una de mis mejores estudiantes, la mejor de todas. La has acompañado desde que ella llegó a la academia... Lo siento, Carlos Tanaka Sánchez. Pero debemos ser fuertes ante el dolor. Sé lo que es perder a la única persona que te dio esa sonrisa que jamás podrás olvidar. Solo que... aún eres...
—Un niño, ¿verdad? —completé la frase en baja voz.
Bajé la mirada hacia mis manos y noté que me temblaban levemente. No quería mostrarme débil, así que apreté los puños y fingí una sonrisa falsa—. Jaja, sí, lo sé. Soy un niño... Pero, ¿realmente está bien que yo me sienta tan frustrado, profesor?
—Para nada es malo, Carlos. Solo debes aprender a vivirlo y salir adelante —me aconsejó William con tono paternal—. Yo también perdí mucho en el pasado. El profesor Nicolás siempre era así... al igual que la profesora Yoselin. Ella era una buena chica...
—¿Me hablaste, cariño? —intervino de pronto la mujer que lo acompañaba, dándose la vuelta.
Una mirada completamente sorprendida se dibujó en mi rostro al verla. ¡Era la mismísima profesora Yoselin!
—Vaya... se nota que usted sí es feliz, ¿verdad? —dije con una sonrisa, aunque fruncí el ceño ligeramente por la confusión de haberla creído muerta o perdida por lo que William acababa de decir.
—¡No es lo que parece! —exclamó William poniéndose completamente rojo y rascándose la nuca, nervioso por el malentendido.
—¡Ohhh, Carlos! Estás aquí. Qué bueno verte, ¿verdad? —habló la profesora Yoselin, acercándose con una sonrisa radiantísima—. ¿Cómo has estado? La última vez no viniste a mi clase. William me contó todo lo que te pasó... En verdad lamento mucho por todo lo que has tenido que pasar.
Ella me habló con un cariño genuino y una seguridad que de alguna forma lograba transmitir paz.
—Pero, si quieres, podemos mirar varias espadas mágicas para ti —continuó Yoselin con entusiasmo—. Bueno... de hecho, estaba pensando en mandar a hacer una espada especialmente para ti.
No dije nada. Me quedé en silencio, observando sus motivos y la amabilidad con la que intentaban animarme en mi peor momento.
—¿Qué te parece si...? —dejó caer ella con una sonrisa picada, esperando mi reacción mientras William asentía a su lado.
Escena 3: El Taller del Forjador de Leyendas
Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez (Hace 32 años)
El ambiente entre nosotros se sentía pesado y tenso. La incomodidad me carcomía por dentro mientras observaba de reojo a William; sus ojos reflejaban una preocupación profunda, una carga que apenas podía disimular con esa risa nerviosa al admitir cuánto le afectó la pérdida de Mío. Sus palabras resonaban en el aire, exponiendo la cruda realidad de un reino donde la justicia ya no existe, donde el gobierno limpia sus manos manchadas de sangre y los buenos son tratados como malos. Pero las advertencias de que no teníamos "ni voz ni boca" para defenderse solo alimentaban el frío juramento que me heredó mi hermana antes de partir: Destruir el mundo entero, hacerlos sufrir, masacrar a los clanes corruptos. Tú solo. Sin ayuda de nadie.
Notando la abrumadora intensidad de mis intenciones y esa sed de sangre que empezaba a emanar de mí como el aura de un dragón despierto, decidieron romper la tensión con una meta clara: necesitábamos un arma a mi altura. Una que no fuera para un soldado común, sino para un ejecutor.
Caminamos en silencio hacia los suburbios más oscuros y apartados del reino, hasta detenerse frente a una imponente estructura de piedra ennegrecida por décadas de hollín y fuego celestial. El calor abrasador se sentía en la piel mucho antes de cruzar el umbral, y el eco rítmico del martillo golpeando el metal resonaba en mis oídos como un tambor de guerra.
Al entrar, el resplandor anaranjado del crisol iluminaba las paredes, cubiertas de planos antiguos y prototipos de armas malditas que harían temblar a cualquier caballero real. Detrás del yunque, un hombre de hombros anchos, cicatrices de quemaduras en los brazos y una mirada tan afilada como el acero detenía su labor. Es el herrero más famoso del continente, el creador de las armas que definen eras.
El viejo artesano me clavó la mirada fijamente, ignorando por completo a mis acompañantes. Sabe reconocer el peligro; huele el linaje oculto y la devastación que cargaba en el alma.
—No suelo forjar para cualquiera... y mucho menos para críos que traen los ojos inyectados en venganza —dice con una voz ronca que competía con el rugido del fuego—. Pero veo que buscas algo definitivo. William dice que quieres una espada única, una que solo tú puedas empuñar.
El herrero caminó hacia un cofre reforzado con cadenas rúnicas al fondo del taller, lo abrió y regresó al yunque mostrando tres materiales prohibidos por el gobierno:
Acero de Hueso de Dragón Ancestral: Un metal pálido y denso que absorbe el calor de tu sangre. Si tu ira despierta, la hoja se encenderá con un fuego negro capaz de derretir armaduras divinas.
Obsidiana del Vacío: Mineral extraído de las grietas del inframundo. No brilla, absorbe la luz y está diseñado para cortar el flujo de magia y energía vital de tus enemigos con cada roce.
Hierro de Almas Condenadas: Un metal oscuro que emite un leve lamento. Al ligarse a tu sangre, el arma se volverá tan pesada como una montaña para cualquiera que intente tocarla, excepto para ti.
El silencio se instaló con fuerza en el taller, apagando por un momento el rugido constante de las brasas. El herrero se quedó completamente inmóvil, con el pesado martillo suspendido a pocos centímetros del yunque. Me observaba fijamente a los ojos, buscando algún rastro de arrogancia o mentira, pero solo encontró la mirada profunda, fría y desgastada de alguien que carga con el peso de los siglos. Lentamente, el viejo artesano bajó el martillo, apoyándolo con un eco sordo, y se cruzó de brazos mientras me preguntaba con tono serio:
—Pero dime una cosa, muchacho... ¿Por qué deseas tanta venganza? Eres tan solo un niño, ¿cuántos años tienes?
Dando un paso al frente, dejé que el resplandor del fuego iluminara mi rostro. Mi voz sonó firme, cargada de una madurez que no encajaba con mi apariencia física:
—Tengo veintisiete años, herrero. Sé que es difícil de creer, pero envejezco lentamente; mi esperanza de vida es de, mínimo, unos tres mil años. Pero ¿sabes qué es lo peor de todo? Que no solo deseo venganza. Quiero hacer justicia. No lo hago únicamente por mí; lo hago por todos aquellos que confiaron en mí hasta el último aliento, muriendo con dignidad.
Me detuve un segundo, sintiendo el peso de los recuerdos antes de continuar:
—Ser un Caballero de Platino del Reino del Amanecer no es tan fácil. Desde que todo cayó, me ha quedado un vacío único que me acompaña a diario. Sé que los problemas que sufre este mundo no se pueden solucionar por completo, pero sí que podemos detener el conflicto. Aunque, a la vez... sé muy bien que no será nada fácil llevar esto a cabo, herrero.
El viejo artesano se quedó mirando, asimilando el impacto de mis palabras. La condescendencia en su rostro desapareció por completo, reemplazada por un respeto sombrío al descubrir la verdadera identidad y la enorme carga del caballero milenario que tenía frente a él. Asintió lentamente, acariciándose la barba mientras procesaba mis exigencias técnicas para el arma.
—Bueno, quisiera una espada que pueda seguir el ritmo de mi magia de teletransportación... —le dije con calma.
El herrero abrió los ojos de par en par, dando un paso atrás por la sorpresa.
—¿Qué diablos dijiste? ¿Magia de teletransportación? Eso es increíble... ¿Cómo alguien como tú pudo aprender una magia perdida de ese calibre?
—Me lo enseñó un viejo amigo. Su nombre era Saleh, el Rey de la Guerra —respondí, y una chispa de nostalgia y orgullo cruzó mi mirada—. Él me enseñó cómo usar esta magia; es el único que puede dominarla a la perfección, no hay nadie que esté a su nivel. Pero, a veces, siento que algún día lo superaré... Además, no solo quiero que la espada soporte los saltos en el espacio, sino que también sea capaz de almacenar los elementos de mi magia elemental.
El herrero soltó un silbido bajo, impresionado por la ambición de mi petición.
—Ya veo... Lo que me pides es demasiado complejo, requiere una forja rúnica perfecta, aunque no es una mala opción para un Caballero de Platino.
Después de un arduo trabajo en la fragua, combinando los metales correctos y templando la hoja con mi propia energía, la espada quedó perfecta. Satisfecho con el resultado, me despedí de William y de los demás, decidido a seguir mi propio camino.
Escena 4: El Choque con la Princesa Natsuki
Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez y la Princesa Natsuki (Hace 32 años)
Caminé durante horas con el arma asegurada a mi costado, con rumbo hacia la academia imperial. Sin embargo, al momento de cruzar las grandes puertas del recinto, iba tan absorto en mis pensamientos que chocé de frente con alguien.
Al levantar la vista, me encontré con una chica de cabello rojo encendido y unos ojos hermosos de un color azul profundo, cuya mirada inicial era sumamente fría. Al fijarme bien en sus facciones y en su porte elegante, me di cuenta de inmediato de que se trataba de la princesa Natsuki.
—Oye, ten mucho más cuidado... —reclamó ella, sacudiéndose el uniforme con indignación.
Le extendí la mano con timidez, intentando enmendar el error.
—Yo... lo siento mucho, Su Majestad. No creí que...
—Idiota. Debes tener más cuidado, y más si se trata de mí —interrumpió ella, con un tono altivo.
—Lo siento... —dije, bajando la mirada de inmediato.
No tenías energías para pelear, ni el más mínimo deseo de iniciar una discusión. Al notar tu falta de hostilidad y tu sumisión, la expresión fría de la princesa cambió por completo. Ella me miró detalladamente y su rostro se llenó de una genuina curiosidad. Te escaneó de arriba abajo antes de hablar, esta vez con una sonrisa ligera y coqueta:
—Pareces alguien tan tímido y solitario... pero eres hermoso y guapo. Tan apuesto que cualquier chica podría caer ante tus encantos.
Sentí un leve rubor en mis mejillas, pero mantuve mi tono reservado, cargado con el cansancio de todo lo que había vivido:
—Yo... es solo que no he tenido un buen día, Su Majestad Natsuki.
Natsuki dio un paso hacia mí, intrigada por esa misteriosa combinación entre tu apariencia atractiva, tu actitud solitaria y la imponente espada que cargas en la cintura.
—¿Un mal día? —repitió ella, cruzándose de brazos mientras ladeaba la cabeza con interés—. Un chico tan interesante no debería caminar por la academia con esa mirada tan deprimida. Dime tu nombre... ¿A qué clase perteneces?
Continuará...

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The strongest warrior of humanity (Novela)
Capítulo 260
The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 259
Estás leyendo el capítulo 259 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 21 de junio de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.