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Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 258 online gratis en español

🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 258: Las Sombras del Pasado y el Despertar del Demonio Nocturno Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez (Voltstrike), Kratos, Charlotte y Mío Escena 1: El Colapso y el Retorno a la Memoria Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez (Voltstrike) El desierto, la lanza sangrienta, las advertencias urgentes de Alicia y Zani... todo comenzó a desvanecerse a mi alrededor. Mis fuerzas llegaron al límite absoluto. El desgaste de liberar la sed de sangre y el impacto psicológico de lo que Kronos le había hecho a Charlotte me pasaron factura de golpe. Caí de rodillas en el suelo y, acto seguido, mi mente se apagó por completo, quedando inconsciente. Estaba exhausto, roto por dentro. Mientras me hundía en la oscuridad, no podía dejar de pensar en lo que habría sido de ella si tan solo hubiera sabido la verdad antes... si tan solo hubiera podido salvarla de ese infierno. Escena 2: Ecos de la Academia: La Conversación con Kratos Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez y Kratos (Hace 32 años - Línea temporal anterior) Desperté en un lugar oscuro, cubierto por densas nubes negras que tapaban el cielo. Al mirar a mi alrededor por un segundo, una extraña sensación de nostalgia me golpeó el pecho. «¿Este lugar... es la academia? Ya veo... ¿Acaso regresé al pasado?», pensé por un instante, confundido. Pero no. Rápidamente me di cuenta de que no había viajado en el tiempo; simplemente estaba atrapado dentro de mi propia mente, reviviendo un recuerdo que se había quedado grabado a fuego en mi alma. —Carlos, ¿qué estás haciendo aquí? —una voz familiar rompió el silencio del patio. Me giré y lo vi. Era Kratos, acercándose a mí con su porte firme pero con esa mirada franca de siempre. —Nada... —respondí, desviando la mirada—. Solo pensaba en qué es lo que haré con mi vida. Tal vez... hubiera sido mejor morir, ¿verdad? Kratos suspiró, parándose a mi lado y mirando hacia las nubes. —Sigues pensando en eso, ¿verdad? Bueno... tu hermano mayor siempre está haciendo planes para la próxima conquista de otro reino. Ya somos famosos tras derrotar a varios demonios, pero también perdimos a grandes compañeros. Tú... —No me lo recuerdes, Kratos —lo interrumpí, bajando la cabeza con amargura antes de forzar la vista hacia arriba—. Sé que Mío y Shirou no desearían que yo me pusiera triste. Ellos... —Carlos, no tienes por qué recordar sus muertes —me interrumpió él con suavidad—. Desconocemos lo que realmente ocurrió en esa batalla, pero Shirou era uno de los más poderosos de nuestra academia. Fue alguien a quien siempre respeté; siempre se esforzó al máximo por nosotros. Kratos hizo una pausa y su rostro se ensombreció, reflejando una pesadez idéntica a la que yo sentía. —Sigo con preocupación, Carlos. Presiento que algo muy malo nos va a pasar a nosotros... Pero si algún día llegáramos a salvar a la humanidad, ¿me prometes que serás mi único amigo y compañero de caballería pesada? Lo miré de reojo, sorprendido por su confesión. —Tú eres una persona amable, Carlos —continuó Kratos, mirándome fijamente—. Alguien caballeroso, respetuoso, tranquilo y serio, pero muy trabajador. Siempre te esfuerzas mucho por nosotros y por quienes te rodean... Pero no está bien que tu hermano y los demás te vean como una simple herramienta. ¿De verdad estás bien viviendo con eso? Me quedé helado. El peso de sus palabras caló hondo en mis inseguridades de aquella época. —Yo... no sé qué decirte, Kratos —admití, apretando los puños—. Pero solo lo hago por mi hermano Kronos. No quiero ser una decepción para nadie. Mis padres murieron, mis otros hermanos también... La única persona que me quedaba era Karen. Pero en esta última guerra... ella murió dando su propia vida por mí. Yo... El dolor físico me oprimió el corazón en el recuerdo, haciéndome guardar silencio mientras revivía la pérdida de mi hermana. Kratos me miró con una profunda empatía y, sin dudarlo, se sentó en el suelo junto a mí, rompiendo las distancias formales de la academia. —Sabes... —comenzó, palmeando mi hombro—. Carlos, tú hiciste lo que pudiste para salvarla. Yo también habría hecho lo mismo por quienes nos dieron tanto valor. Pero, ¿sabes? El fracaso siempre nos da varias salidas para encontrar la manera de levantarte sin que todo esto te destruya. Solo debemos ser conscientes de lo que somos y de la responsabilidad que uno es capaz de llevar. Pero tú... Bueno, ¿para qué te miento? Siempre estás cargando con todo esto tú solo, y a veces no entiendo qué es lo que te motiva a seguir destruyéndote. Dejé escapar un suspiro cansado, contemplando el horizonte oscuro de la academia en mi memoria. —Las cosas que pasan, Kratos, no son tan sencillas —le respondí, con una madurez amarga—. Si me pasan estas desgracias... es por mi maldición. Es porque yo siempre veo todo envuelto en llamas. Mi alma y mi corazón... son tan frágiles como un cristal. Que a veces ya no puedo seguir luchando... —admití en voz baja, sintiendo cómo se me quebraba la voz en aquel recuerdo—. Pero tengo que hacerlo. Porque ya solo me queda mi hermano mayor, Kronos. Solo estoy haciendo lo que hago, cumpliendo cada orden que él me da, porque... no quiero quedarme solo. Ya perdí todo lo que me propuse y nada ha cambiado. Shiro tenía razón sobre mí: soy una persona débil de corazón. Pero no todos los humanos son tan fuertes para soportar cada pérdida, cada caída... Me volví un monstruo cuando todo estaba acabado. Cambié porque ya no quería seguir sufriendo. Amigo, estoy tan harto de mí mismo. Me odio. ¿Sabes lo mucho que me esforcé para que, al final, todo saliera mal? Apreté las manos contra la cabeza, sintiendo el vacío de la desesperación devorándome desde adentro en ese patio oscuro de la academia. —Ya no entiendo nada... Es como si Dios me hubiera abandonado. Escena 3: El Abrazo de Sacerdotisa y la Herida de Mío Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez, Kratos, Charlotte y Mío —No digas eso, Carlos. Una voz suave, pura y llena de una calidez que creía haber olvidado, resonó a mis espaldas. Me tensé por completo. Al dar la vuelta, vi a Charlotte caminando hacia nosotros. Su presencia parecía iluminar las nubes negras del recuerdo. —Tú no has hecho nada malo —dijo Charlotte, mirándome con esos ojos llenos de bondad—. Solo te han pasado cosas crueles en la vida, pero eso no significa que tu destino sea morir en la batalla. Siempre eres así, echándote la culpa de todo... pero, en el fondo, yo tampoco quiero verte morir. Se acercó a mí sin dudarlo y, rompiendo toda mi armadura emocional, me abrazó con fuerza. Sentir su calidez en este recuerdo, sabiendo el destino tan terrible que Kronos le deparaba en el futuro, me partió el alma. —Siempre contarás conmigo y con Kratos —continuó ella, aferrándome en el abrazo mientras se separaba un poco para mirarme con una sonrisa brillante—. Y tal vez también con Darko, con Ascan o con Óscar... Siempre estaremos para ti, Carlos, porque somos tus amigos. La sonrisa de Charlotte y el rostro conmovido de Kratos a su lado se congelaron en mi mente como una hermosa fotografía del pasado. En medio de la oscuridad de mi inconsciencia, ese abrazo me devolvió una chispa de calor. No podía rendirme. El dolor del pasado era real, pero ahora, en el presente, tenía una oportunidad de cambiar las cosas. Tenía que despertar. Karen, Abrán y la propia Charlotte me necesitaban. —¿Por qué...? ¿Por qué siempre me has tratado tan bien, Charlotte? —le pregunté en voz baja, conmovido por la calidez de su abrazo, incapaz de apartar la mirada de sus ojos. —Bueno, ¡quién sabe! —respondió ella con una sonrisa dulce y juguetona—. Tal vez... porque te tengo un gran cariño. Siempre me has ayudado con todo. Bueno, ¡e incluso eres muy bueno cocinando! Eso no te lo puedo negar, siempre eres mucho mejor en la cocina que yo, pero siempre has tenido la paciencia de enseñarme en todo. Al igual que tus guardianes; ellos me han ayudado muchísimo a entender cómo usar mi poder sagrado. Ser una sacerdotisa no es tan fácil, pero gracias a todo ese apoyo pude convertirme en una de las 14 Sacerdotisas de todo Oriente. Fue gracias a ti, Carlos... —concluyó, tomándome de la mano con una suavidad que parecía disipar todo el frío de mi pecho. Me quedé mirándola en silencio, sintiendo cómo esa profunda culpa que cargaba se aliviaba un poco con el roce de sus dedos. —No tienes por qué sentirte así —continuó Charlotte, tirando levemente de mi mano para animarme a ponerme de pie—. Ven, si quieres vamos a comer algo, ¡yo invito! A nuestro lado, Kratos dejó escapar una sonrisa sincera y soltó una pequeña carcajada. —Deberías aceptar la oferta, Carlos... —intervino Kratos, cruzándose de brazos con complicidad—. De todos modos, para eso estamos los amigos. Charlotte volteó a mirar a Kratos al escuchar sus palabras, y de inmediato sus mejillas se tiñeron de un tierno color carmesí. Se puso completamente roja, pero no apartó la mirada, dedicándole una hermosa sonrisa que reflejaba la pureza de lo que sentía por él. Al verlos así, parados uno al lado del otro, una calidez genuina me llenó por completo. Verlos felices me hacía sentir bien. En ese momento, dentro de mi atormentado recuerdo, comprendí una verdad fundamental: la felicidad es lo primero que una persona desearía, especialmente el poder estar al lado de quien realmente amas. Ese lazo entre Kratos y Charlotte era real, y la tragedia que les ocurrió después no hacía más que encender mi voluntad en el presente. El recuerdo comenzó a brillar, disolviéndose lentamente en mi mente mientras la fuerza regresaba a mi cuerpo físico. Tenía que despertar del coma. Tenía que salvar lo que quedaba de ese hermoso pasado. Me levanté del suelo con esfuerzo y comenzamos a caminar, dejando atrás el patio de la academia para dirigirnos a la Ciudad Esmeralda. Todo a mi alrededor parecía sumamente tranquilo mientras avanzaba al lado de Kratos y Charlotte, pero el miedo se coló de golpe en mis pensamientos. Me aterraba la idea de que se dieran cuenta de lo mal que estaba por dentro; solo me esforzaba en ocultar el dolor desgarrador que me provocaba el recuerdo de Mío. Estar en ese ambiente tan pacífico me arrastró inevitablemente a aquel día maldito en que ella murió en mis brazos. Nunca imaginé de lo que Mío sería capaz con tal de salvarme. Murió por mí, entregó su vida porque estaba profundamente enamorada de mí, algo de lo que nunca me di cuenta hasta que llegó ese último momento en el que decidió confesarse. «Me gustas...», me había dicho ella, mientras su dulce sonrisa se manchaba con el flujo constante de su propia sangre. «Tal vez no te lo haya dicho antes porque tenía mucho miedo de que me rechazaras, no tuve el valor de hacerlo... Eres alguien tan cálido y una persona increíble, Carlos. Yo estaría dispuesta a entregar mi vida por ti con tal de que no sufras». Una lágrima amarga corrió por mis mejillas al recordarla llorando también a ella, susurrándome un débil: «Lo siento... No fui lo suficientemente fuerte para estar a la altura de tus expectativas... Siempre has sido un chico tan maravilloso, tan detallista, tan honesto... Jamás imaginé sentir un amor tan grande como el que siento hacia ti; es tan inmenso que sería capaz de darte mi propia alma con tal de que estés a mi lado, Carlos... Yo... no quiero morir», empezó a llorar con desesperación, aferrándose a la existencia. «No quiero morir, Carlos...» Me quebré por completo en aquel instante de mi memoria. La abracé con todas las fuerzas que me quedaban, intentando retener su vida. «¡No tienes por qué pedirme perdón, Mío... Yo lo siento!», exclamé sin poder contener las lágrimas. Ella colocó su mano temblorosa en mi mejilla, me acercó hacia su rostro y nos dimos un beso; el sello de un amor que no pudo corresponderse a tiempo. «Te amo...», susurró, mientras la luz de sus ojos comenzaba a apagarse lentamente. «¡No, no, no! ¡Mío, no te vayas! ¡Míooo!», grité lleno de un dolor que me partió el alma en mil pedazos. Ella murió con una última sonrisa en los labios, dejándome sus últimas palabras: «Donde quiera que esté, siempre te estaré esperando... Cuando llegue el día, ¿me prometes que estaremos juntos?» Al revivir esa agonía en mi mente, las lágrimas comenzaron a rodar de nuevo por mis mejillas en el presente de este recuerdo. Caminaba de forma autómata, llorando en absoluto silencio, pero el llanto no pasó desapercibido. Kratos y Charlotte se detuvieron en medio de la calle de la Ciudad Esmeralda, notando de inmediato la profunda tristeza que me desbordaba. Escena 4: El Juramento de Hielo del Demonio Nocturno Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez, Kratos y Charlotte —¿Carlos? ¿Qué ocurre, qué tienes? —preguntó Charlotte, deteniéndose en seco y dándose la vuelta para mirarme con los ojos muy abiertos. —¿Estás bien? —añadió Kratos, dando un paso hacia mí, con su tono de voz cargado de una genuina alarma al ver las lágrimas correr por mis mejillas. —Yo... no es nada... —alcancé a decir, intentando inútilmente limpiarme el rostro con el dorso de la mano y desviar la mirada para ocultar mi debilidad. —... ¿Por qué siempre te haces el fuerte? —interrumpó Charlotte, clavando su mirada de preocupación directamente en mí—. Está claro que tú no estás bien... Es por ella, ¿verdad? Es por Mío. Sus palabras rompieron el último dique que contenía mi cordura. No pude más. Caí de rodillas en el suelo de la Ciudad Esmeralda, golpeando el pavimento con el puño cerrado, desatando toda la frustración que llevaba dentro. —¡Me odio a mí mismo! —bramé, con la voz rota por el llanto—. ¡Me odio con todas mis fuerzas! ¡Yo preferiría estar muerto mil veces antes que ella, antes que nadie! ¡Ustedes jamás entenderían lo que realmente estoy sintiendo en estos momentos! Cegado por la culpa, el dolor y la desesperación de un trauma que me carcomía el alma, desenvainé mi espada en un movimiento frenético. La hoja brilló bajo la luz del día. No quería seguir respirando; la carga era demasiada. Alcé el arma, queriendo acabar con mi propia vida de una vez por todas. Pero en el milisegundo en que iba a clavar la espada con fuerza hacia mi pecho, una intensa y cálida luz dorada me envolvió. Charlotte me detuvo en seco, utilizando su magia sagrada para congelar mis movimientos por completo. La presión de su conjuro me impidió hundir el acero. —¡No voy a tolerar que esto pase! —exclamó Charlotte, con lágrimas también en sus ojos, pero con una firmeza absoluta—. ¡No puedes rendirte así, Carlos! ¿Qué diría ella si se enterara de que ibas a suicidarte? ¡Carlos, sé cómo te sientes...! —¡Tú no sabes nada de lo que estoy sintiendo! —le grité desde el suelo, forcejeando inútilmente contra la restricción mágica, desbordado por la rabia—. ¡¿Acaso tú estuviste ahí cuando ella murió?! ¡¿Acaso tú estabas ahí para ver cómo se le apagaban los ojos en tus brazos?! Mis palabras hirientes cortaron el aire como cuchillos. Charlotte retrocedió un milímetro, impactada por la violencia de mi dolor, y su expresión de firmeza se transformó en una de profunda tristeza y compasión. —Carlos, yo... —comenzó ella, con la voz temblorosa, buscando las palabras adecuadas para calmar al monstruo en el que me estaba convirtiendo mi propio sufrimiento. De pronto, Kratos se acercó a mí a paso firme. Con una mezcla de respeto y fuerza, se arrodilló a mi altura en el suelo y colocó una de sus pesadas manos sobre mi hombro, obligándome a sentir la realidad de su presencia. —Amigo, sé cómo la estás pasando... —comenzó Kratos, mirándome con una seriedad imponente pero cargada de una fraternidad absoluta—. Y entiendo tu dolor. Pero ella está preocupada por ti. Yo también lo estoy. No olvides que siempre estaremos para ti; no estás solo, Carlos, ¡no lo estás! Porque ella te está cuidando con todo su ser desde donde quiera que esté. Sus palabras empezaron a calar hondo, frenando la marea de odio que me nublaba la mente. —Tú eres la única esperanza que le queda a la humanidad —continuó él, apretando mi hombro para darme estabilidad—. Todo esto fue por la guerra, y aún seguimos en ella. Eres un guerrero que ha salido adelante sin mirar atrás, aunque el dolor te destruya por dentro. Jamás olvidarás quién eres. El amor que ella logró darte... no olvides los momentos que tú y ella vivieron en la academia. Sus salidas juntos, sus risas... No olvides todo lo que ella alguna vez fue para ti. En esos momentos estuviste con ella, la hiciste feliz, y estuviste a su lado hasta el final. El filo de mi propia espada pareció pesar una tonelada bajo el influjo de la magia de Charlotte, pero fueron las palabras de Kratos las que finalmente me desarmaron. La furia autodestructiva se drenó de mi cuerpo, dejando únicamente un cansancio infinito y un dolor limpio, honesto. Miré a Kratos, luego a Charlotte, cuyos ojos reflejaban un aliviado destello sagrado al ver que bajaba el arma. Estaban ahí. En este fragmento de mi memoria, mis amigos se estaban partiendo el alma para recordarme que mi vida valía la pena, una valiosa lección que el Carlos del presente —aquel que acababa de colapsar en el desierto tras matar a Darko— necesitaba recordar desesperadamente para no convertirse en el monstruo que Leo Ahriman o Lucifer esperaban que fuera. —Todos dependemos de ti —concluyó Kratos, mirándome con una fe ciega y absoluta—. Porque tú eres el Demonio Nocturno... el guerrero al que todas las naciones, los clanes y las otras razas temen por tus grandes hazañas. Al escuchar ese título, algo muy oscuro y antiguo se quebró definitivamente dentro de mí. Las palabras de Kratos, en lugar de reconfortarme con luz, terminaron por sellar el abismo. El dolor y la tristeza se compactaron, transformándose en una armadura de hielo y fuego negro. En ese preciso instante del recuerdo, mi antigua personalidad despertó por completo: una faceta fría, calculadora y asesina, idéntica a la de un dragón colosal que solo anhela venganza, destrucción y ver el mundo entero arder bajo sus fauces. Me sequé las lágrimas con un movimiento brusco y frío, poniéndome de pie. La calidez de la magia sagrada de Charlotte ya no me afectaba; mi mirada se volvió tan afilada como el acero de mi espada. Me juré a mí mismo, con una solemnidad aterradora, que no volvería a sufrir jamás por nadie. Para lograrlo, apagaría cualquier rastro de debilidad. Dejaría de sentir. A partir de ese momento, el único amor que Mío me había entregado se quedaría sepultado en lo más profundo de mi ser, congelado e intacto, como un tesoro maldito que cargaría en silencio hasta el día de mi muerte. —Vámonos —sentencié con una voz carente de cualquier emoción, dándole la espalda a mis amigos mientras el recuerdo de la Ciudad Esmeralda comenzaba a agrietarse y a oscurecerse. Continuará...
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Estás leyendo el capítulo 258 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 16 de junio de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.