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Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 244 online gratis en español

🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 244: El Juicio del Demonio y la Pirámide Escarlata Punto de vista: Carlos, Shirou y Hiko Escena 1: El Baile Metálico de la Lanza de Sangre Punto de vista: Carlos Mi espada carmesí volvió a retorcerse entre mis manos, cambiando de forma de manera violenta hasta convertirse en una imponente lanza. El filo de la punta vibraba con el Poder Nocturno, destilando ráfagas galácticas y destellos de sangre. —Parece que llegó la hora de ver lo que puedo hacer con esta lanza —dije, afianzando el agarre con fuerza—. Espero que estén preparados... Sin darles un segundo más, me impulsé hacia el frente y ataqué hacia ellos con una velocidad absurda. Los dioses abrieron los ojos al ver la ráfaga de estocadas que se les venía encima. Al mismo tiempo, ellos comenzaron a bloquear y esquivar con mayor frecuencia, dándose cuenta de que el rango y la velocidad de mi nueva arma eran muy superiores. No me quedé estático; salté sobre ellos en el aire, lanzando picadas destructivas. Las deidades también hicieron lo mismo, impulsándose hacia el cielo raso del palacio destruido. Nos movimos en varios parpadeos en varias direcciones a una velocidad que superaba la percepción humana; a los ojos de los reyes que miraban desde abajo, el salón se había convertido en un caos absoluto donde solo se veían nuestras chispas y destellos de poder colisionando en cada rincón del espacio. El choque del metal divino contra mi lanza de sangre hacía retumbar todo el templo. El sonido metálico de los impactos era ensordecedor. Cada vez que mi lanza colisionaba contra las armas divinas, una onda de choque expansiva agrietaba el aire y hacía temblar los pilares del templo. —¡Es demasiado rápido! —alcanzó a decir el Dios de la Luz, barriendo su espada en un arco descendente para bloquear una de mis estocadas que iba directa a su rostro. En un parpadeo, aparecí a su costado izquierdo, usando la longitud de la lanza para hacerlo retroceder, pero el Dios de la Muerte aprovechó ese milisegundo para materializarse justo detrás de mí, dejando caer su guadaña oscura hacia mi espalda. Sentí el peligro instintivo y, doblando mi cuerpo a una velocidad inhumana, apoyé la punta de mi lanza en el suelo para impulsarme hacia arriba, esquivando el filo por milímetros. Desde el aire, Yukimina reapareció, ya recuperada de su vergüenza anterior y con una mirada mucho más seria. —¡No te confíes, Carlos! —gritó, lanzando una ráfaga de esferas de energía caótica que distorsionaban el espacio a mi alrededor. Giré la lanza a toda velocidad, creando un escudo de destellos carmesí y galácticos que desviaba sus ataques en todas direcciones, enviando los impactos hacia las paredes del salón. Las chispas de nuestros choques continuos iluminaban el lugar como una tormenta de estrellas artificial. Abajo, en el suelo destrozado, Shirou apretaba los puños, forzando a su propio cuerpo a resistir la presión residual del combate. —Ese idiota... realmente está peleando a la par con tres de ellos al mismo tiempo —susurró Shirou, con los ojos fijos en los destellos que se movían por todo el techo. Sage, con las manos temblando, no apartaba la vista de mi torso desnudo, viendo cómo la energía galáctica parpadeaba con fuerza cada vez que bloqueaba un ataque divino. Sabía perfectamente que, aunque estuviera aguantando el ritmo, el desgaste físico y mental de mantener el Poder Nocturno a ese nivel era descomunal. Frené en seco sobre una de las cornisas superiores, respirando de manera agitada mientras el sudor corría por mi espalda. Miré hacia abajo, donde los tres dioses se reagrupaban, flotando en el centro del salón y mirándome con una mezcla de respeto y evidente frustración. Eché un vistazo rápido de reojo hacia el vacío de la sala. El tiempo seguía corriendo implacable. —Faltan diez minutos... —murmuré para mí mismo, esbozando una sonrisa tensa mientras sentía cómo la sangre de mi lanza se volvía cada vez más caliente, respondiendo a mi propia adrenalina—. Veamos si pueden mantener este baile hasta el final. —Este tipo es alguien a quien debemos respetar... —pronunció el Dios de la Muerte, su voz sepulcral resonando con una seriedad que heló la sangre de todos los reyes presentes—. No solo nos está haciendo frente. Al contrario, ese tipo tiene una fuerza destructiva capaz de cumplir cada palabra en nuestro encuentro. El Dios de la Luz guardó silencio por primera vez, bajando ligeramente su espada dorada mientras me miraba fijamente, asimilando el peso de mis cortes dimensionales y la velocidad de mi lanza. Incluso Yukimina, que observaba el panorama flotando a unos metros, asintió levemente con la cabeza, dejando atrás cualquier rastro de la burla anterior. Apreté con fuerza el agarre de mi lanza, sintiendo cómo la energía galáctica de mis ojos parpadeaba al compás de mis latidos, estabilizando mi respiración desgarrada. —Me alegra que por fin lo entiendan —solté con una sonrisa fría, dando un paso al frente sobre la cornisa destruida—. No vine aquí a jugar a los dioses con ustedes, ni a mendigar su ayuda. Vine a salvar este maldito mundo, y si tengo que pasar por encima de sus orgullos divinos para lograrlo, lo haré. Abajo, el rey Shima y los demás soberanos contemplaban la escena en un silencio sepulcral, completamente estupefactos al escuchar a las deidades máximas admitir el abrumador peligro que yo representaba. El tiempo seguía corriendo en nuestra contra, y la verdadera prueba de resistencia estaba a punto de llegar a su clímax. Escena 2: El Demonio Nocturno y la Velocidad del Caos Punto de vista: Carlos Di un paso al frente y liberé todo mi maná de golpe. El aire se fracturó cuando mi aura estalló con una violencia sísmica, expandiéndose por cada rincón del templo. Los dioses, lejos de acobardarse, abrieron los ojos de par en par; ver semejante despliegue de poder solo hizo que se emocionaran más. Al instante, ellos también respondieron con sus propias energías divinas, provocando que chocaran las auras y se desatara una ráfaga de viento huracanada, una onda destructiva que hacía crujir la realidad misma a mi alrededor. —Yo soy quien está por encima de los demás —sentencié, y mi voz resonó con un eco distorsionado y majestuoso—. No importa quién venga o quién vaya, jamás me detendrán. Porque yo... ¡soy el Demonio Nocturno que ha despertado de las llamas del infierno! De pronto, rompiendo con toda lógica mágica, todo el lugar se llenó de unas llamas voraces, oscuras y de un rojo carmesí tan denso que consumían el propio oxígeno del salón. Por primera vez en toda la batalla, los rostros de los dioses cambiaron por completo. El Dios de la Muerte, el Dios de la Luz y Yukimina se quedaron completamente paralizados en su lugar, sintiendo cómo un escalofrío divino les recorría la espalda. Sus cuerpos no respondían, atrapados por el peso de una presencia que iba más allá del Poder Nocturno que conocían. Aquella presión sofocante y maldita que emanaba de mi torso desnudo y de mis ojos galácticos no era una simple técnica. Eso era... las auténticas e implacables llamas del infierno mismo, manifestándose ante las deidades del mundo. Aprovechando el absoluto parálisis de los dioses ante las llamas del infierno, me impulsé hacia el frente destruyendo el suelo bajo mis pies. Corrí hacia ellos con una velocidad que desafiaba las leyes físicas del universo y los golpeé al mismo tiempo con un impacto conceptual tan devastador que los tres salieron disparados a doscientos mil kilómetros de distancia, atravesando las paredes del palacio, la atmósfera y las capas del mismísimo continente en un pestañeo. La onda de choque barrió con todo a su paso. A esa distancia monumental, atrapados en el epicentro de mi fuerza, ellos escupieron sangre de manera violenta. Por primera vez en la historia de la creación, los dioses se encontraban cara a cara contra un humano que no solo los desafiaba, sino que demostraba un poder destructivo que perfectamente podría ser el del mismísimo Dios Nocturno en persona. Lejos del impacto, el Dios de los Vampiros contemplaba el rastro de destrucción. Él originalmente solo quería probar mi fuerza al ver la guadaña carmesí, pero tras presenciar ese estallido infernal y la brutalidad de mi ataque, tragó saliva y decidió firmemente no meterse en esto. —Eres un monstruo... —susurró con la voz temblorosa, agradeciendo internamente no haber sido el objetivo principal de ese golpe. Sin embargo, el enfrentamiento aún no había terminado. A miles de kilómetros de distancia, una presión titánica comenzó a emerger, distorsionando el espacio-tiempo. Yukimina se levantó de golpe entre los escombros planetarios. Su rostro ya no tenía rastro de vergüenza ni de duda; sus ojos brillaban con una frialdad absoluta. Por primera vez en milenios, ella estaba dispuesta a usar su verdadero poder divino con el único objetivo de aplastarme por completo. —¡Has llegado demasiado lejos, Carlos Tanaka Sánchez! —su voz resonó directo en mi mente. En menos de una millonésima de segundo, la realidad se fragmentó. Ella se movió a una velocidad que superaba el concepto mismo del tiempo. Yo reaccioné por puro instinto y moví mi lanza de sangre para bloquear el trayecto de su ataque, pero su velocidad fue simplemente ridícula. Yukimina fue demasiado rápida y logró atravesar mi defensa; en un parpadeo, ya estaba posicionada por delante de mí. Un corte limpio y profundo se abrió en mi cuerpo, y la sangre salpicó en mi hombro izquierdo, elevándose en el aire como una densa lluvia de sangre carmesí que contrastaba con mis ojos galácticos. El dolor fue agudo, pero la adrenalina del Demonio Nocturno bloqueo cualquier intento de mi cuerpo por ceder. Al ver la sangre salpicar y notar que ella seguía a corta distancia, aproveché la inercia de su propio movimiento. Me moví de forma violenta hacia el frente, extendiendo mi mano derecha para agarrarla firmemente de la cabeza antes de que pudiera alejarse. Sin darle tiempo de procesar el contraataque, la arrastré con brutalidad hacia el suelo a una velocidad aterradora, haciendo que su cuerpo impactara contra los restos de la estructura. Justo antes de tocar el fondo, giré sobre mi propio eje con todas mis fuerzas acumuladas y la mandé a volar con una fuerza todavía mayor, proyectándola como un meteorito oscuro de regreso hacia los confines del campo de batalla destruido. Escena 3: Pirámide Escarlata y el Sello del Pacto Punto de vista: Carlos El impacto de Yukimina al ser proyectada hizo que el tejido del espacio mismo crujiera, dejando una estela de energía caótica mientras se estrellaba contra los restos flotantes del campo de batalla. Me quedé flotando en el aire por un segundo, jadeando pesadamente. La lluvia de sangre que brotaba de mi hombro izquierdo comenzó a evaporarse al entrar en contacto con las llamas del infierno que aún envolvían mi cuerpo. Llevé mi mano derecha a la herida, sintiendo el calor de mi propio poder fluyendo salvajemente para estabilizar el daño. El dolor era inmenso, pero la voluntad del Demonio Nocturno mantenía mis músculos firmes, listos para el siguiente asalto. A lo lejos, dos destellos de luz y oscuridad rasgaron el horizonte destruido. El Dios de la Luz y el Dios de la Muerte regresaban a una velocidad descomunal, limpiándose los hilos de sangre dorada y negra de sus rostros. Sus expresiones ya no reflejaban superioridad; reflejaban la adrenalina de haber encontrado un rival absoluto. —Treinta minutos... —la voz distorsionada del Dios de la Muerte resonó desde los confines del espacio desintegrado—. ¡El tiempo casi se agota, Carlos Tanaka Sánchez! ¡Demuestra si esa voluntad tuya puede sostener el peso de un universo entero antes de que tu alma me pertenezca! El Dios de la Luz levantó su espada hacia lo alto, y el firmamento entero se tiñó de un dorado cegador, formando miles de lanzas sagradas que apuntaban directamente hacia mí. A su lado, el Dios de la Muerte expandió su sombra, materializando hordas de almas caídas listas para devorarme. Y al frente, saliendo de la columna de humo provocada por mi último lanzamiento, Yukimina reapareció, con el cabello alborotado y una mirada de pura demencia competitiva, acumulando una energía conceptual en sus manos que amenazaba con borrar las leyes de la física. Miré a las tres deidades máximas rodeándome, listos para lanzar su ataque combinado final. Bajé la lanza de sangre, dejando que su punta gotease el fluido carmesí sobre el vacío, y el brillo galáctico de mis ojos se expandió hasta cubrir por completo mis pupilas. —Vengan con todo lo que tengan... —susurré, apretando el agarre de mi arma mientras las llamas del infierno a mi alrededor estallaban con el doble de intensidad—. ¡Porque este es el principio de su fin! Con un solo movimiento certero, sostuve el arma firmemente mientras sentía la energía fluir por mis brazos; la materia carmesí se retorció una vez más, cambiando a su forma original de espada sangrienta. El suelo y el aire a mi alrededor comenzaron a vibrar con una violencia nunca antes vista, mientras acumulaba hasta la última gota de mi maná y el Poder Nocturno en el filo de la hoja. Me preparé para desatar mi último y más destructivo ataque. —¡Pirámide de la Muerte...! —mencioné con una voz que retumbó en las almas de todos los presentes. Una luz cegadora y sofocante comenzó a salir de mi espada. El espacio alrededor del arma estaba tronando con una fuerza de destrucción masiva que distorsionaba la realidad, agrietando las dimensiones mismas. Los dioses, al verlo, abrieron los ojos de par en par, perdiendo toda su compostura divina. —¿Qué es eso...? —exclamó el Dios de la Luz, con la voz quebrada por la incredulidad—. ¡Ese ataque... nunca lo he visto! —¡Tenemos que hacer lo mismo, ahora! —rugió el Dios de la Muerte. Por primera vez en sus eternas existencias, los dioses se sentían verdaderamente amenazados ante mi ataque. Sintieron el frío de la mortalidad rozar sus cuellos. Sin perder un solo segundo más, las tres deidades unieron sus fuerzas, prepararon sus técnicas definitivas con desesperación y lanzaron sus ataques combinados directamente hacia mí en un último intento por borrarme de la existencia. Pero mi ataque era, por mucho, lo más peligroso que este universo había presenciado. —¡Pirámide de la Muerte Escarlata! —bramé, liberando de golpe la energía acumulada. Una colosal estructura piramidal de energía carmesí pura y destellos galácticos se proyectó hacia el frente, arrasando con todo a su paso. Nuestros ataques chocaron en el centro del vacío, provocando una resistencia que hizo que el tiempo mismo pareciera detenerse por un instante. Sin embargo, la paridad no duró nada. Para ellos, fue imposible detener la devastación; sus poderes divinos combinados simplemente no pudieron sostenerse y fueron cortados a la mitad de forma limpia por mi ataque. La Pirámide Escarlata continuó su trayecto implacable directamente hacia ellos, envolviéndolos por completo en su interior geométrico de destrucción. —¡No puede ser...! —fue lo último que se escuchó gritar a Yukimina antes de ser tragada por el fulgor carmesí. Un segundo después, una explosión colosal, muda por su inmensidad y luego ensordecedora, destruyó por completo todo el lugar, borrando los restos del palacio, el suelo y cualquier rastro de la realidad conocida en kilómetros a la redonda. El humo denso y la energía residual de la explosión colosal comenzaron a disiparse lentamente, dejando al descubierto un vacío absoluto donde antes se erigía el majestuoso palacio. Abajo, en los pocos fragmentos de roca que quedaban flotando, Shirou, Hiko, Sage y los reyes de las razas se quedaron con la boca abierta. El silencio era sepulcral. Nadie podía articular una sola palabra, atrapados en un estado de shock absoluto. Carlos había ganado. Había doblegado a las deidades máximas del universo con sus propias manos. En el centro de la destrucción, las siluetas del Dios de la Muerte, el Dios de la Luz y Yukimina volvieron a hacerse visibles. Estaban en un estado deplorable: sus ropas divinas estaban hechas jirones, sus armaduras destrozadas y la sangre mística brotaba de sus cuerpos debido al impacto de la Pirámide de la Muerte Escarlata. Sin embargo, siendo seres conceptuales, el poder divino en sus venas reaccionó de inmediato y, ante mis ojos, empezaron a sanar sus heridas a una velocidad impresionante, regenerando el tejido y estabilizando sus auras, aunque el cansancio en sus rostros era imposible de ocultar. El Dios de la Muerte dio un paso al frente, mirándome con una mezcla de profundo respeto y una solemnidad que hizo eco en todo el cosmos destruido. —Debo admitir que eres digno, Carlos Tanaka Sánchez —pronunció la deidad, extendiendo sus manos en señal de tregua—. Has demostrado una fuerza y un poder al que nosotros no estamos acostumbrados a enfrentar... Has ganado, y como es debido, cumpliré mi palabra. El pacto queda sellado. Guardé mi espada sangrienta, que se desvaneció entre volutas de energía oscura, y solté un suspiro largo, un suspiro de alivio que liberó toda la tensión acumulada en mis músculos. Para ser sincero, estuve a un paso de caer ante ellos; el desgaste había sido extremo y, por un momento, la duda me había susurrado que mi final estaba cerca. Sin embargo, lo que más miedo me había dado durante todo el encuentro no era la luz ni la muerte, sino ella. Desvié la mirada hacia Yukimina, quien aún se recomponía con una expresión compleja. Ella es alguien a quien realmente se debería temer. Su poder, el Caos, es lo que la hace imparable; no importa quién sea el rival, con solo que ella lo desee, nadie en la existencia podría sobrevivir a su embate. Por eso, en mi vida anterior, perdí contra ella. La observé con una mezcla de respeto amargo y frustración. Es una mujer increíblemente molesta y tacaña, una desgraciada que sabe exactamente cómo manipular la realidad para hacerte sentir la peor escoria del universo. Pero, a pesar de todo, esta vez el resultado había sido distinto. Me limpié el sudor de la frente, sintiendo todavía la estela de las llamas del infierno en mi piel. —Cumple tu palabra —dije, dirigiéndome al Dios de la Muerte con voz firme, aunque mis ojos no se apartaban de la Diosa del Caos—. El pacto está sellado. Espero que no vuelvan a interferir en el destino de este mundo, o la próxima vez, no seré tan benevolente. Continuará...
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Estás leyendo el capítulo 244 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 3 de junio de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.