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Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 243 online gratis en español

🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 243: El Peso de un Dios y el Arte de Provocar el Caos Punto de vista: Carlos, Hiko y Shirou Escena 1: Las Cadenas del Destino y el Juicio de los Dioses Punto de vista: Hiko —¡Humano insignificante! —rugió el rey Shima, rompiendo su postura de rodillas por la pura indignación—. ¿Cómo te atreves a hablarle así a los dioses? ¡¿Acaso no sabes cuál es tu lugar, maldito inferior?! —Wowowo, no pensé que yo les tuviera respeto a ellos, Shima —lo interrumpí de golpe, girándome levemente para clavarle una mirada cargada de desprecio—. Solo te lo diré una vez: no te metas en mi camino. Después de lo que dijiste en tu propio reino, ¿tienes el descaro de hablar? Es mejor que tu sobrina no sepa nada, es mejor que lo hagas por ella... Yo estoy cumpliendo la promesa, no la puedo fallar. Al escuchar mis palabras, Shima se tensó por completo, tragándose sus reclamos. A unos pasos, Sage miraba la escena completamente estupefacta. «¿En qué momento se volvió tan fuerte?...», se preguntaba Sage mentalmente, incapaz de apartar los ojos de mí. «Cuando yo estaba frente a él en el pasado, ni siquiera era capaz de moverse ante mi presencia... ¿Acaso él está por encima ahora, o acaso dominó su poder? No... hay algo más que eso. ¿Es su voluntad?». Sage usó de reojo su visión especial para analizar el flujo de mi energía, pero lo que descubrió la dejó horrorizada. Por primera vez en su vida de dragón, sintió una genuina monstruosidad ante sus ojos. El espacio alrededor de mi cuerpo comenzó a distorsionarse, y de pronto, mis ojos cambiaron por completo, adoptando la forma y el color de una galaxia profunda y brillante. Al notar la manifestación abrupta de esa clase de poder, los mismísimos dioses retrocedieron un paso de inmediato, perdiendo la compostura por el impacto. —¡¿Cómo se atreve un humano a usar ese poder?! —exclamó el Dios de la Luz, apretando los dientes con rabia—. ¡Si el Dios General Dragón estuviera aquí, este mocoso insignificante no saldría vivo ante él! —¡Jajajaja! ¡Jajajaja! —la tétrica carcajada del Dios de la Muerte resonó por todo el salón, interrumpiendo el pánico general—. Hacía tiempo que no sentía esta clase de amenaza y voluntad compuesta contra un humano con Poder Nocturno. Muy, muy bien... Te escucharé, humano. Pero a cambio de eso... Me quedé sorprendido y paralizado por sus palabras en un segundo. Mis ojos galácticos brillaron con fijeza mientras mi mente trabajaba a mil por hora. «¿Pero qué es lo que me va a pedir a cambio?». —A cambio, quiero que tú seas quien cargue con este peso del mundo —sentenció el Dios de la Muerte, mirándome con una seriedad aplastante—. Cada pérdida, cada caída... todo caerá sobre tus hombros. La cosa que tú nos estás pidiendo, que cada uno caiga en guerra, no solo sería contra los enemigos a los que tú mismo te estás enfrentando. Al contrario, eso nos involucra a nosotros y a los gigantes, ya que ellos siguen desaparecidos. Pero para enfrentarnos contra el Dios Nocturno se necesita un ejército nivel dios o nivel universal que pueda hacerle frente, niño. En esta guerra, lo más posible es que no salgamos victoriosos. Esto es el fin de este camino... el principio del final. La deidad dio un paso al frente, ensombreciendo el ambiente. —No podemos sacrificar a muchos de nosotros por una guerra que ni siquiera nosotros podemos ganar. Hace mil años intentamos hacer eso, pero fallamos. Muchos de nosotros y de otras razas cayeron, y la culpa cayó sobre él... El primer héroe legendario recibió toda la culpa, las penas y el dolor de sus propios compañeros. Eso lo hizo caer, pero su voluntad fue lo que lo levantó de nuevo. Aunque murió en manos del Dios Nocturno, él era el único que podía hacerle frente, muchacho. Es por esa razón que, si queremos ganar, alguien tiene que cargar con esa responsabilidad. ¿Estás dispuesto a ser tú? —¡Tienes que estar jodiendo! —el grito furioso de Shirou retumbó en las paredes del palacio. Estaba completamente molesto con las palabras de la deidad—. ¡Déjale eso a Carlos! ¡¿Acaso te volviste loco, Dios de la Muerte?! ¡Ustedes no saben nada sobre Carlos ni de los humanos! ¿Acaso no sienten dolor alguno? Shirou dio un paso al frente, desafiando abiertamente la presión divina con los ojos encendidos en ira. —¿Acaso ustedes no tuvieron una vida por delante? ¿De qué sirve que alguien le otorgue una responsabilidad si ni siquiera pueden hacer nada? ¿Solo son dioses por los títulos? ¡Ustedes no son más que imitaciones baratas...! Antes de que pudiera terminar la frase, una fuerza gravitacional invisible y descomunal cayó directamente sobre los hombros de Shirou. El impacto fue tan brutal que lo obligó a caer de rodillas, golpeando el suelo fuertemente mientras la gravedad aplicada por los dioses lo aplastaba contra las piedras. —¡¿Estás insultando a los dioses, maldito mocoso?! —rugió el Dios de la Luz, liberando una fluctuación de poder opresiva—. ¡¿Acaso tú sabes cuántos de los míos han caído?! ¡Tú no tienes ni idea del horror que vivieron todos al enfrentarse contra ese humano que se convirtió en un dios! —¡Todos hemos perdido algo, Shirou...! —interrumpió el Dios de la Luz, su voz resonando con una frialdad cortante que hizo eco en las paredes del palacio—. Tú eres el que no sabe nada. —¡Cállate, maldito dios de porquería! —rugió Shirou desde el suelo, apretando los dientes con tanta fuerza que un hilo de sangre comenzó a correr por su labio—. ¡Tú no sabes lo que tuvimos que pasar yo y mi hermana! ¡Tú ni siquiera estuviste ahí cuando las cosas pasaron! Haciendo crujir sus huesos contra el suelo de piedra, Shirou comenzó a levantarse centímetro a centímetro, desafiando el aura divina con pura fuerza de voluntad. —No pienso permitir que usen a Carlos como lo hicieron con el primer héroe... ¡No lo voy a permitir! Logró ponerse en pie con mucha dificultad, pero la presión gravitacional de los dioses se duplicó al instante, cayendo sobre él como una montaña invisible. El impacto lo volvió a aplastar por completo contra el suelo, rompiendo las losas de piedra a su alrededor. Me quedé atónito al ver a Shirou caer de esa manera, mientras la gravedad parecía estar matándolo lentamente ante mis ojos. Estaba completamente acorralado. ¿Acaso no tenía otra salida? «Shirou... perdóname por lo que haré», pensé, apretando los puños mientras sentía un nudo en la garganta. «Todo esto es para que tú y los míos no mueran. No quiero verlos morir por segunda vez...» Bajé la mirada, contemplando la inmensidad del suelo del salón. «Esta es una responsabilidad muy grande para mí. ¿Bueno... acaso son demasiadas cargas las que debo cargar ahora? Pero la pregunta es... si acepto esto, no solo voy a caer yo; viviré sufriendo por todo este trayecto». Una sonrisa desanimada, cargada de una profunda tristeza y resignación, apareció en mi rostro. —¡No! —gritó Shirou desde el suelo, usando las pocas fuerzas que le quedaban para levantar la cabeza y mirarme con desesperación—. ¡Carlos, ni se te ocurra hacer eso! ¡Tienes que entender que si lo aceptas, ya no habrá vuelta atrás! ¡Te romperás a ti mismo si lo haces! —Por favor, no lo hagas, Carlos —suplicó Sage, con lágrimas acumulándose en sus ojos mientras daba un paso inútil hacia el frente—. Escucha lo que te dice él... No tienes que aceptar esto. Si lo haces, morirás durante este camino... —Sage, las cosas que están pasando ahora están mal —le respondí sin mirarla, manteniendo la vista fija al frente—. No sabes cuánto daño está causando la droga, los abismales, los Asmales, el Dios Nocturno, el Imperio... Hay tantas vidas que están en juego, no puedo permitir esto. Aunque también hay algunos dioses que desean destruir todo y están sueltos en varios lugares como este... —¡No, no, no lo hagas, imbécil! ¡No tienes que hacerlo! —gritó Hiko con desesperación, intentando avanzar hacia mí a pesar de la densa atmósfera—. ¡Escucha a los demás, por favor, entiende! ¡No te condenes! No dejes que esas cadenas te den este impulso... No tienes por qué hacerlo por nosotros. ¡También podemos luchar! No puedes cargar este peso tú solo... «Ignoré las palabras de ellos... Ellos tampoco saben lo que yo tuve que vivir en mi vida anterior, ni el infierno del mundo paralelo al que me mandó el Dios Antiguo. Ellos no saben nada». Haciendo oídos sordos a los gritos, a las súplicas y al dolor de mis amigos, caminé con paso firme y pesado hacia el Dios de la Muerte. Cada pisada mía resonaba en el sepulcral silencio del salón, mientras mis ojos galácticos brillaban con una resolución inquebrantable. La deidad me miró fijamente, y una expresión de genuino asombro se dibujó en su rostro espectral. —Esto es... magnífico —pronunció el Dios de la Muerte, y una sonrisa macabra pareció formarse en su entorno—. Sabía que tomarías esta decisión... Ahora entiendo por qué los Sánchez jamás se rinden ante nada; siempre encuentran la manera exacta para levantarse de nuevo, aunque todo esté en su contra. El dios extendió su mano, liberando ráfagas de energía oscura que hicieron crujir el espacio mismo. —Muy bien. Muy bien... Pero antes, quiero que te enfrentes contra nosotros ahora mismo. Si logras sobrevivir contra nosotros en menos de 30 minutos, aceptaremos tu oferta... Pero si pierdes, tu alma me la llevaré conmigo al abismo. Escena 2: Treinta Minutos Contra la Divinidad Punto de vista: Carlos Un silencio sepulcral cayó sobre la sala tras las palabras del Dios de la Muerte. El ultimátum estaba sobre la mesa: treinta minutos contra las deidades más poderosas del universo. Si sobrevivía, el pacto se sellaba; si caía, mi alma pertenecería al abismo para siempre. —¡Carlos, no! ¡Es una maldita trampa! —rugió Shirou desde el suelo, intentando liberar su Poder Nocturno para romper la gravedad que lo aplastaba, pero el Dios de la Luz incrementó la presión, haciéndolo escupir un poco de sangre. —¡Cállate, mortal! —sentenció el Dios de la Luz, mirándolo con desprecio—. Ya se ha tomado una decisión. Ignoré los gritos de mis amigos y la mirada horrorizada de Sage. Di un paso al frente, dejando que los rayos verdes y azules comenzaran a danzar salvajemente alrededor de mi cuerpo, entrelazándose con la energía galáctica de mis ojos. La presión que emanaba de mí comenzó a agrietar las paredes del palacio, contrarrestando el aura de los dioses. —Treinta minutos... —repetí, y una sonrisa fría, casi desquiciada, se dibujó en mi rostro—. Parece que me están subestimando demasiado. Extendí mi mano derecha hacia un costado. El aire se distorsionó de forma violenta y una densa masa de energía oscura comenzó a materializarse, tomando la forma de un arma de materia oscura que goteaba poder puro. El suelo bajo mis pies se desintegró al instante. —¡Carlos, detente! —gritó Hiko, pero su voz fue completamente ahogada por el rugido de la energía que comenzó a desatarse en el centro del salón. El Dios de la Muerte soltó una carcajada tétrica que sacudió los cimientos del lugar. —¡Que comience el juicio del portador del Poder Nocturno! —proclamó, mientras su silueta oscura se expandía, cubriendo el cielo raso del palacio con sombras vivientes que descendieron hacia mí como garras hambrientas. Al mismo tiempo, el Dios de la Luz levantó su mano, reuniendo una cantidad absurda de partículas luminosas capaces de borrar un planeta entero en un parpadeo, apuntando directamente a mi pecho. Incluso la Diosa del Caos, Yukimina, dejó atrás su sonrisa amable; sus ojos se volvieron erráticos y el espacio alrededor de ella comenzó a romperse en mil pedazos, listos para colapsar sobre mí. Los reyes de las razas, aterrados, usaron sus últimas fuerzas para arrastrarse hacia las salidas o protegerse con barreras, sabiendo que el choque de poderes que estaba por ocurrir destruiría todo a su paso. —Treinta minutos... —susurré para mí mismo, apretando el agarre de mi arma mientras los primeros ataques divinos se dirigían hacia mí a una velocidad que superaba la luz—. Es más que suficiente para demostrarles con quién se están metiendo. Con un estallido sónico que hizo colapsar las ventanas del gran salón, me lancé de frente contra las tres deidades. El filo de mi arma comenzó a cambiar violentamente, la materia oscura se retorció y se fusionó con un fulgor carmesí intenso mientras tomaba una nueva forma más agresiva y letal. Usé mi espada sangrienta, cambiando su estructura en un segundo hasta convertirla en una imponente guadaña de filo rojizo que emitía un calor sofocante y sediento de sangre. Al ver el brillo carmesí de la hoja, el Dios de los Vampiros, que hasta el momento se había mantenido al margen observando con frialdad, abrió los ojos de par en par. La compostura divina se le cayó por completo, y dio un paso al frente con el rostro desencajado por la sorpresa. —Esa cosa... ¡esa arma! —exclamó el Dios de los Vampiros, con la voz temblorosa entre la incredulidad y el terror—. ¡¿Cómo es que tú la tienes?! ¡Eso es imposible! Mantuve la guadaña apoyada sobre mis hombros, mirándolo con una sonrisa de lado mientras la energía de la hoja titilaba respondiendo a los latidos de mi corazón. —Esta espada la encontré en el bosque prohibido... —respondí con voz tranquila, disfrutando de su desconcierto—. Estaba sellada allí. No sé quién demonios la selló, pero aún así, la espada me aceptó como su dueño con tan solo usar mi sangre. Parece que compartimos el mismo gusto por la destrucción. El Dios de la Muerte y el Dios de la Luz intercambiaron una mirada rápida, dándose cuenta de que el arsenal que poseía iba mucho más allá de lo que cualquiera de ellos había previsto. El tiempo corría, y los treinta minutos ya habían comenzado. No les di espacio para asimilar la revelación. Cerré los ojos por un breve instante, despejando mi mente de los gritos de Shirou, Hiko y Sage. El aire a mi alrededor se cargó de una estática brutal y destructiva. «Voltstrike», pronuncié mentalmente. En un destello verde y azul fulminante, desaparecí por completo del lugar, rompiendo la barrera del sonido y dejando atrás únicamente el eco de los rayos en el sitio donde estaba parado. Escena 3: Entre Sangre, Sombras y un Caos Inesperado Punto de vista: Carlos Reaparecí justo detrás del Dios de los Vampiros en un estallido de rayos verdes y azules, cortando el aire con un arco carmesí letal. El filo de mi guadaña pasó a escasos centímetros de su cuello, obligándolo a retroceder a una velocidad impresionante mientras el suelo donde estaba parado se partía en dos. Mantuve la guadaña en guardia, apuntándole directamente con la punta de la hoja sangrienta. —Parece que sabes quién era el anterior dueño de esta espada —le solté, con los ojos galácticos brillando con intensidad en medio del combate—. Así que te seré claro: ¡dime quién la forjó! El Dios de los Vampiros se recompuso, flotando a unos centímetros del suelo. Su rostro, usualmente pálido y arrogante, mostraba una sombra de profundo respeto y temor hacia el arma que yo empuñaba. Los demás dioses contuvieron sus ataques por un breve segundo, intrigados por la revelación. —La persona que usó esta espada... fue más que el héroe de las armas de sangre legendario —respondió el Dios de los Vampiros, sin apartar la mirada del filo carmesí—. Su poder rivalizaba con el de nosotros. La deidad apretó los puños, recordando eventos de hace miles de años. —Él murió, pero su espada estaba desaparecida. Se dice que él mismo la selló en ese bosque para que nadie más pudiera usar su destructivo poder... Pero hay rumores de que alguien se la arrebató de las manos en su último aliento. Que tú la tengas ahora... significa que el destino de esa era está volviendo a despertar. —¡¿Volviendo a despertar?! —exclamé con una sonrisa salvaje, ignorando el peso de sus palabras legendarias—. ¡Eso no importa ahora! Sin darle un solo segundo para reaccionar, acumulé una cantidad masiva de energía en el mango de mi guadaña y solté un golpe ascendente con una fuerza tan brutal que mandé volar al Dios de los Vampiros muy lejos de aquí, estrellándolo contra las columnas del palacio. En ese mismo instante, los demás dioses reaccionaron. El Dios de la Luz y el Dios de la Muerte se movieron a una velocidad imperceptible. Sus espadas divinas destellaron en el aire y me clavaron directamente, atravesando mi defensa. El dolor fue agudo, pero la adrenalina y el Poder Nocturno en mis venas bloquearon el impacto. Por suerte, aproveché la posición de sus propias armas: en un movimiento rápido y ágil, me subí encima de sus espadas, usándolas como plataforma, y salté con fuerza hacia el aire. Mientras estaba suspendido en lo alto, comencé a girar mi guadaña a una velocidad vertiginosa, arrojando varios cortes dimensionales impregnados de energía carmesí y galáctica. Los cortes rasgaron el tejido del espacio mismo. Al mismo tiempo, manipulé la energía del lugar y se abrieron varios portales a su alrededor usando mi magia de teletransportación. Los cortes dimensionales entraban y salían de los portales en ángulos impredecibles, lloviendo directamente sobre los dioses que me rodeaban, atrapándolos en su propio terreno de juego. El contador de los treinta minutos seguía corriendo, y apenas estábamos empezando. Yukimina se movió tan rápido que el espacio a su alrededor ni siquiera se distorsionó; para ella, no le costó nada esquivar el caos de los portales y plantarse frente a mí, conectando un golpe seco e implacable directo en mi estómago. —¡Puah! —escupí una bocanada de sangre, saliendo disparado hacia atrás con una fuerza descomunal que me hizo atravesar las estructuras de piedra, levantando una densa cortina de escombros y polvo. Aún en el aire y envuelto entre los humos del impacto, apreté los dientes y acumulé el poder de la guadaña sangrienta. Con un violento movimiento horizontal, lancé varios ataques de luz rojiza que cortaron la humareda como ráfagas de energía letal, dirigiéndose directamente hacia ella. Yukimina ni siquiera parpadeó. Extendió su mano y la realidad misma tembló cuando conjuró su contraataque. —Espada de Caos: Aliento de Luz Catastrófica Mortal —susurró con una voz que helaba la sangre. Un estruendo ensordecedor cayó sobre mí. El ataque, una masa colosal de energía caótica y destructiva, se dirigió a una velocidad implacable hacia mi posición, provocando una explosión enorme que iluminó todo el palacio. Sabía que esquivarlo gastaría demasiada energía, así que planté firmemente los pies y dejé que me atacara, absorbiendo el impacto con el Poder Nocturno activado al máximo. El suelo bajo mis pies desapareció por completo debido a la magnitud de la detonación. Cuando el brillo de la explosión comenzó a disiparse, salí caminando de entre las llamas mágicas. El daño había sido brutal, pero seguía de pie; aun así, el ataque divino había desgarrado por completo mi ropa, quitándome la camisa y dejando al descubierto las marcas de la batalla y el flujo de la energía galáctica corriendo por mi piel. Miré hacia el frente, limpiándome el rastro de sangre de la boca con el dorso de la mano, mientras los ojos de los reyes y de mis amigos seguían fijos en mí desde el suelo. Quedaban menos de veinte minutos. —Vaya... es increíble que tú... —balbuceó Yukimina, interrumpiéndose a sí misma mientras se tapaba un poco la boca, completamente descolocada al ver mi torso descubierto y la determinación en mi mirada. Me apoyé ligeramente en el mango de mi guadaña, mirándola de arriba abajo con una sonrisa burlona y de medio lado, aprovechando el momento para recuperar el aire. —¿Qué? ¿Acaso te gusto para que me veas así, sin camisa? —¡¿Ehh?! ¡No, no, no! ¡¿Cómo crees?! —gritó ella de inmediato, perdiendo por completo toda su postura imponente de Diosa del Caos mientras su rostro se ponía rojo como un tomate. —Vamos, no tienes por qué asustarte —solté una pequeña risa, dando un paso al frente con total confianza—. Sé que soy irresistible ante las mujeres, se calientan al verme, ¿no es así? —¡¿Eh?! ¡Que nooo! ¡¿Estás loco o qué, pervertido?! —exclamó agitando las manos en el aire, completamente avergonzada y olvidándose por un segundo de que estábamos en medio de un combate a muerte. Desde el suelo, los reyes y mis amigos miraban la escena con una gota de sudor en la nuca, sin poder creer que Carlos estuviera coqueteando o provocando a una deidad en una situación tan crítica. —Tremendo ganador... —comentó el Dios de la Luz, rodando los ojos con fastidio absoluto—. En fin, ¡basta de sus charlas románticas! ¡Estamos en un juicio divino! Yukimina se giró hacia él, aún con las mejillas encendidas de la rabia y la vergüenza. —¡Eh! ¡No me estás ayudando mucho, Dios de la Luz! —le reclamó ella, furiosa por la interrupción. Aprovechando esa milésima de segundo en la que los dioses se distrajeron discutiendo entre ellos, el brillo galáctico de mis ojos se intensificó. El contador seguía bajando, y no pensaba desperdiciar esta oportunidad para dar el siguiente golpe. Continuará...
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The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 243

Estás leyendo el capítulo 243 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 3 de junio de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.