Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 239 online gratis en español
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Capítulo 239: El Sacrificio de la Traidora, la Red Blood Association y la Llegada de Amadeus
Punto de vista: Carlos, Sayu y Erick
Escena 1: La Crueldad de Gabriel y la Furiosa Intervención
Punto de vista: Carlos y Sayu
—No... no voy a permitir que tú la ejecutes... —bramó Sayu, con la voz quebrada por la rabia y la impotencia—. ¡¿Cómo te atreves a hacerme esto, Gabriel?! ¡¿Qué te hice yo?!
Gabriel ni siquiera se dignó a mirarla con respeto; en su lugar, la observó de reojo con un desprecio absoluto.
—Oye... cierra tu maldita boca, escoria —escupió el arcángel caído, agitando una mano en el aire como si espantara a un insecto—. Creas lo que creas o hagas lo que hagas, ya está hecho. La decisión no está a discusión.
A un lado de la gran mesa, Laxuz sonreía abiertamente, disfrutando del espectáculo en primera fila. Ver a Sayu caer en esa profunda desesperación parecía ser el mejor entretenimiento de su día; todos en esa sala sabían perfectamente que la debilidad de ella, su punto de quiebre absoluto, era la seguridad de Amadeus.
—Vamos, vamos, chicos... No podemos ejecutarla por un cierto motivo —intervino Leviatán, inclinándose hacia adelante en su trono y mirando fijamente a Gabriel—. Además, Lucifer también ha cometido errores, Gabriel. No actúes como si todo fuera perfecto.
—¡Jajaja! Él no ha cometido nada —replicó Gabriel con una carcajada estridente y desquiciada—. Él ya ha hecho todo correcto con los planes. ¿Crees que él se ha equivocado en algo? Es perfecto.
—Yo opinaría lo mismo —secundó Mónica, cruzándose de brazos con frialdad y apoyando la postura radical de Gabriel.
Sin embargo, el consenso no era total en los quince tronos. Alexia se removió en su asiento, mostrando una evidente incomodidad con el rumbo que estaba tomando la reunión.
—Amadeus es amable... —murmuró Alexia, mirando al resto de los líderes—. ¿Pero por qué hay necesidad de hacerlo? ¿A qué se le acusa exactamente?
Desde mi posición oculta en las sombras junto a Fer, yo solo miraba cómo el desquiciado de Gabriel estaba haciendo de las suyas, manipulando la mesa a su antojo. Al ver el sufrimiento de Sayu, apreté los puños con tanta fuerza que mis nudillos se volvieron blancos. Traté de contenerme, respirando hondo hasta que logré forzarme a quedar en una absoluta tranquilidad. Un tranquilo silencio de fondo me envolvió, el tipo de calma helada que precede a una masacre.
Desde la oscuridad, desvié la mirada hacia Skorn, analizando cómo observaba a todos los presentes sin decir una palabra, midiendo sus reacciones. Fue entonces cuando Skorn rompió su propio silencio, dirigiendo sus ojos fríos y calculadores directamente hacia Sayu.
—¿Para qué te alteras, Sayu? —soltó Skorn con una voz pesada que acalló los murmullos de la sala—. Tú eres la culpable de esto. ¿Acaso olvidaste que por culpa de ella se desató una rebelión, y que por sus errores mucha gente murió? No vengas a actuar como una víctima ahora.
—¡Cállate tú! ¡Yo no voy a permitir que...! —bramó Sayu, pero sus palabras se cortaron de golpe.
En un movimiento tan veloz que apenas dejó un destello plateado en el aire, Gabriel desenvainó. El sonido del acero cortando el viento fue seguido por un impacto seco. Apuntó su espada directamente a la cara de Sayu y, sin un ápice de piedad, atravesó sus ojos.
El grito de dolor de Sayu desgarró el silencio de la sala de reuniones, un alarido agudo que resonó en cada rincón de los quince tronos.
—Ay, Sayu, Sayu... —se burló Gabriel, retirando la hoja manchada de sangre con una sonrisa sádica, contemplando cómo ella se desplomaba.
Sayu cayó al suelo de rodillas, cubriéndose el rostro con las manos mientras hilos de sangre corrían entre sus dedos. Estaba traumatizada, el dolor físico y psicológico era sofocante, pero por dentro se obligó a contenerse. Tenía que aguantar. No podía flaquear ni revelar su verdadero propósito allí. Mientras se presionaba las heridas, un único y desesperado pensamiento cruzó su mente: «Solo quiero que ella encuentre un lugar donde pueda ser feliz y tener una vida tranquila...»
Desde la entrada, oculto en las sombras, la última gota de mi paciencia se evaporó. Ver a Gabriel mutilar a Sayu frente a los demás líderes del Abismo encendió algo en mí que ya no se podía apagar. La calma helada que había mantenido se transformó en una sed de sangre absoluta. Giré la mirada hacia Fer, quien ya tenía la mano firmemente apoyada en la empuñadura de su arma, con los ojos inyectados en furia y lista para liberar todo su poder al recibir mi señal.
Gabriel creía que tenía el control absoluto de la mesa, y Skorn creía que la desesperación de Sayu era el final de la historia. Dejé de ocultar mi maná. La presión espiritual del palacio, que ya era densa, se multiplicó por cien en un milisegundo, haciendo que las antorchas de la sala del trono parpadearan violentamente antes de apagarse. Las puertas de la sala comenzaron a vibrar bajo el peso de mi presencia.
—Creo que ya fue suficiente teatro por hoy, Gabriel —dije, mi voz resonando desde la oscuridad de la entrada, arrastrando un eco mortal que hizo que los catorce líderes activos se congelaran en sus tronos.
El silencio en la sala se rompió por completo cuando la densa humareda de mi maná se disipó. Yo estaba arriba, de pie sobre el techo de la estructura, mirando fijamente solo a él. Mi silueta recortada contra el techo destrozado proyectaba una sombra imponente sobre la mesa de reuniones. Gabriel levantó la cabeza bruscamente, con el rostro desencajado y la espada aún manchada con la sangre de Sayu.
—Cómo demonios lograste salir de mi sello... —articuló, las palabras tropezando en su garganta mientras el pánico contenido empezaba a filtrarse en su voz.
—Eso es una excelente pregunta, maldita rata de mierda... —le respondí, bajando del techo con una lentitud aterradora, mis botas resonando firmemente contra el suelo de piedra—. Para tu sorpresa, no pensé que fueras a herir a uno de los reyes, Gabriel. Te has creído alguien que ni siquiera mereces ser un abismal.
Gabriel intentó recuperar su compostura, apretando los dientes y forzando una sonrisa despectiva para ocultar el temblor de sus manos.
—¿Oh? ¿Qué tanto me tienes miedo desde la última vez que te aplasté sin piedad hace 32 años? —provocó, alzando el mentón con arrogancia—. ¿No quieres revivir los viejos tiempos?
En lugar de responder a su provocación, di un paso al frente. Mis ojos se clavaron en los suyos, desprovistos de cualquier rastro de humanidad.
—Dime dónde está Amadeus, pedazo de mierda. Y espero que me lo digas, porque si no...
Una aura siniestra y penetrante se mostró en mi rostro, una sed de sangre tan desbocada y colosal que ni siquiera yo mismo podría detenerme si la liberaba por completo. La presión en la sala hizo que las paredes comenzaran a agrietarse.
—Te mataré si no dices dónde está... ¿Oíste?
Al notar la magnitud de la amenaza y ver que Gabriel estaba completamente acorralado por mi sola presencia, el resto de los líderes en la sala reaccionó por puro instinto de supervivencia. Todos, al notar el peligro, atacaron al mismo tiempo hacia mí. Ráfagas de magia oscura, cortes de energía abismal y armas imbuidas en maná destructivo convergieron en mi posición desde todas las direcciones en un intento desesperado por frenarme de golpe.
Pero por mala suerte para ellos, sus ataques fueron detenidos por mi espada sangrienta. En un movimiento cegador, desenvainé mi hoja carmesí. El filo desató una barrera de energía tan densa y compacta que absorbió y disipó la ofensiva combinada de los líderes del Abismo, haciendo que las ondas expansivas estallaran inútilmente contra mi defensa absoluta. La onda de choque barrió la mesa de reuniones, haciendo temblar los pesados tronos de piedra.
Manteniendo la espada sangrienta en alto, con el aura roja fluyendo como fuego vivo por el metal, los miré a todos por encima del hombro con desprecio.
—Si vuelven a moverse, los próximos que terminen en pedazos serán ustedes —siseé, volviendo a clavar mi mirada en un Gabriel que empezaba a sudar frío—. Ahora, Gabriel... te lo voy a preguntar una última vez. ¿Dónde está Amadeus?
Escena 2: La Confrontación con Lucifer y el Embate de los Reyes
Punto de vista: Carlos
—¿Yo qué voy a saber? —escupió Gabriel, levantándose de su trono con un gesto de desprecio que apenas lograba ocultar el temblor en sus dedos—. Yo no sé a dónde se encuentra esa mocosa...
Sus palabras fueron como una mecha encendida. La furia que reprimía estalló en mis venas, y mi mano apretó el pomo de mi espada sangrienta con tanta fuerza que el metal comenzó a gemir. Estaba a un segundo de partirlo por la mitad, de borrar esa arrogancia de su rostro para siempre, cuando un impacto seco y brutal golpeó mi pecho. Fue como si una montaña de energía invisible me hubiera embestido. El aire se escapó de mis pulmones y mis pies se deslizaron por la piedra pulida de la sala, obligándome a retroceder varios metros antes de poder frenar el impulso.
Me detuve en seco, clavando la punta de la espada en el suelo para estabilizarme, y levanté la vista, recuperando el aliento entrecortado. No fue Gabriel. A unos pasos del centro de la sala, con una calma que resultaba más aterradora que cualquier grito, Lucifer estaba de pie. No había hecho un movimiento brusco, simplemente había extendido la mano, canalizando una presión tan pura y antigua que el mismísimo espacio alrededor de él parecía curvarse.
—Has entrado al Abismo y has interrumpido nuestra reunión, Carlos —dijo Lucifer con una voz gélida, sus ojos brillando con una luz que parecía absorber toda la claridad de la sala—. Te has dejado llevar por la ira, igual que hace 32 años. Pero este ya no es el lugar para tus rabietas.
Sentí un escalofrío recorrer mi columna. Lucifer no me había atacado para matarme, sino para recordarme quién mandaba en este plano. La sala entera había quedado en silencio; incluso Gabriel, que hace un momento presumía de poder, ahora retrocedía unos pasos, consciente de que la verdadera autoridad de la sala acababa de intervenir.
Esto es más complicado de lo que pensaba, pensé, ajustando mi agarre en la empuñadura mientras sentía la mirada de todos los líderes, ahora respaldados por el poder absoluto del Rey del Abismo, pesando sobre mis hombros. Estaba en el territorio enemigo, frente a los seres más poderosos de la existencia, y ahora, Lucifer estaba personalmente en mi camino.
—¿También quieres que te humille como pasó en nuestra batalla mentalmente? —le espeté a Lucifer, sosteniéndole la mirada sin mostrar un ápice de temor, recordando el choque de voluntades que ya habíamos tenido en el pasado.
Lucifer no se inmutó, pero sus ojos se entrecerraron, cargados de una furia ancestral que amenazaba con aplastar la sala entera.
—Parece que estás queriendo que te mate, ¿verdad, Carlos? —respondió Lucifer, su voz resonando con una vibración tan pesada que hizo crujir los catorce tronos restantes—. Te lo había dicho hace dos años: algún día él vendrá y te matará. ¿Acaso olvidaste que estás en el ojo del huracán, maldito humano?
Dejé escapar una carcajada seca, llena de desprecio, aunque por dentro la mención de esa entidad me ponía en alerta.
—Otra vez con esas mismas palabras, igual que el dios antiguo... ¿Acaso ustedes saben quién es el que vendrá a matarme? —solté con ironía—. ¡Jajaja! Que venga, que lo estaré esperando. Y cuando llegue, veamos si es verdad que podrá matarme. No importa quién sea. Saben... yo ya estoy tan cansado de sus profecías y sus juegos que, en verdad, los mataría aquí y ahora.
Pero mi arrogancia me costó cara en su territorio. Al estar completamente enfocado en Lucifer y Gabriel, bajé la guardia por una milésima de segundo. Mientras tanto, Skorn y Laxuz, moviéndose con una sincronización perfecta y letal, aprovecharon la distracción para golpearme en concierto. El impacto combinado de ambos generales abismales fue devastador, impactando de lleno en mi pecho y mandándome a volar muy lejos de aquí, atravesando las gruesas paredes de piedra del palacio hacia las afueras de la fortaleza.
La ofensiva no se detuvo ahí. Querían asegurarse de que no me levantara. Mónica y Alexia atacaron de inmediato, uniendo sus poderes para desatar unas grandes ráfagas de viento en forma de cuchillas enormes, destructivas y veloces, que se dirigían directamente hacia mí en el aire. Al mismo tiempo, el resto de los soberanos vio la oportunidad perfecta para erradicarme de una vez por todas: Leviatán, Lucas, Astaroth, Belcebú, Belfagor, Satán y el nuevo reemplazo, Azazel, atacaron todos a la vez, desatando una tormenta masiva de energía oscura, fuego fatuo y maldiciones primordiales que envolvieron el cielo del Abismo, persiguiendo mi cuerpo en caída libre.
Escena 3: La Desplegada de los Guardianes
Punto de vista: Carlos y Erick
El cielo del Abismo se tiñó de destellos destructivos mientras la tormenta de ataques descendía sobre mí, pero antes de que las ráfagas me hicieran pedazos, una silueta se interpuso en el aire. Sayu detuvo los ataques de golpe, usando hasta el último aliento de su energía protectora para disipar la ofensiva de los líderes. Sus ojos heridos sangraban, pero su postura era inquebrantable.
—¡Ya es suficiente! —gritó con dolor, bloqueando el avance de los generales. Luego, me miró con desesperación—. Carlos, tienes que irte de aquí, por favor.
Aterrizando pesadamente sobre los escombros, la miré con furia y desconcierto, negándome rotundamente a dar un paso atrás.
—¡¿Qué?! ¿Estás loca? Ni loco me iré —le respondí, apretando los dientes—. ¡Me llevaré a Amadeus y tú vendrás conmigo!
Sayu esbozó una sonrisa triste y forzada, con la sangre aún corriendo por sus mejillas.
—Me encantaría acompañarte, pero no puedo hacerlo... Tienes que irte —murmuró, con una convicción que me heló la sangre—. Y ahora, te juro y te prometo que daría mi vida por Amadeus. Eso te lo aseguro, jamás la entregaré ante nadie.
La tensión en el lugar llegó a su punto de quiebre. Los líderes del Abismo se reagruparon para exterminarnos, pero justo cuando el suelo carmesí amenazaba con colapsar, una presión espiritual masiva y devastadora cayó sobre todo el reino. De pronto, Fer, Yuki, Emilia, Kai, Erick y Eime aparecieron en un destello de luz y poder. Los guardianes de Carlos se habían hecho presentes, desatando sus auras al unísono y haciendo temblar el inframundo entero con una fuerza sísmica que agrietó los cimientos del palacio.
—¡¿Qué crees que estás haciendo, Carlos?! —bramó Yuki, visiblemente enfadada por mi imprudencia de lanzarme solo al peligro.
Al ver la interrupción, Leviatán rugió de furia e intentó matar a Yuki con un ataque fulminante a traición. Pero Yuki se movió con una velocidad divina; solo lo esquivó con total elegancia y, aprovechando el impulso, se dirigió hacia él con un contraataque devastador, golpeándolo con tanta fuerza que lo mandó a volar muy lejos de aquí, atravesando las estructuras colindantes.
Por un lado del campo de batalla que se estaba formando, la retaguardia de los guardianes se terminó de consolidar: también estaban Inglis y Shalltear, listas con sus armas desplegadas y sus ojos fijos en Lucifer y los tronos restantes. El contraataque de los guardianes acababa de comenzar.
—Vaya, como siempre el maestro haciendo lo suyo —dijo Shalltear, esbozando una sonrisa burlona mientras acomodaba su sombrilla y observaba el desastre a nuestro alrededor—. En fin, parece que llegamos a tiempo. Si no fuera por Fer, quién sabe en qué terminaría esto.
Kai me miró fijamente, manteniendo los brazos cruzados y analizando la situación con su habitual calma, aunque la tensión en sus hombros delataba su preocupación.
—Parece que te estás metiendo en problemas otra vez, mi señor... —comentó Kai, dando un paso al frente para colocarse en posición de guardia—. Pero recuerda que ni siquiera has recuperado tu poder por completo.
Yuki, que acababa de mandar a volar a Leviatán, se giró hacia mí con los ojos inyectados en furia. El aura destructiva que la rodeaba todavía hacía vibrar las piedras del suelo.
—¡¿En qué demonios estabas pensando, idiota?! —bramó Yuki, descargando toda su frustración y enfado—. ¡Pudiste haber muerto aquí solo contra todos ellos!
—Oye... Yuki —intervino Emilia de inmediato, poniéndose entre Yuki y yo, con una mirada gélida que congeló el aire a su alrededor—. ¿Quién te da el derecho de hablarle así a la persona que te ayudó? ¿Acaso no eres la comandante y la guardiana más fuerte? Solo me das una mala impresión ante él con esa actitud.
La discusión entre mis guardianas comenzó a resonar en medio del campo de batalla, pero los líderes del Abismo, con Lucifer a la cabeza, no se iban a quedar de brazos cruzados viendo cómo nos reagrupábamos. A lo lejos, Leviatán ya se levantaba de los escombros con un rugido de furia pura, e Inglis dio un paso al frente, desenvainando su arma con una sonrisa emocionada, lista para contener lo que venía.
Escena 4: Declaración de Guerra y la Aparición de Amadeus
Punto de vista: Erick y Carlos
—Vaya... no creí que esa mujer fuera capaz de herirme. ¿Quiénes diablos son esas personas? —refunfuñó Leviatán, regresando a la sala mientras se limpiaba un hilo de sangre de la boca, con la mirada fija en Yuki, lleno de una furia contenida.
Belcebú, sin quitarle los ojos de encima a Erick, lo escaneó con una mirada bastante amenazadora, evaluando la enorme presión espiritual que el guardián desprendía. Luego, desvió la vista hacia el centro de los tronos.
—Para que esto se lleve a cabo, debemos avanzar con nuestros planes, ¿o no, Gabriel? —siseó Belcebú, instando a los suyos a no perder el foco a pesar de la repentina invasión.
Gabriel, con el rostro aún crispado por la sorpresa y la rabia de ver su sello completamente inutilizado, dio un paso al frente. Clavó su mirada en el grupo que acababa de rodear a Carlos, apretando el puño alrededor de su espada.
—Dime... ¿quiénes son ustedes? —exigió Leviatán, su voz resonando con una mezcla de autoridad divina y evidente irritación ante la interrupción.
Kai y Erick dieron un paso al frente, seguidos por el resto del grupo, cruzándose de brazos con una superioridad absoluta que hizo eco en las paredes del palacio.
—Nosotros somos la Red Blood Association —respondió Erick, con una sonrisa fría y calmada que heló la sangre de los demonios presentes—. Digamos que somos los guardianes más temidos, entrenados y disciplinados. Seres capaces de aniquilar a cualquier enemigo... somos el terror de la humanidad.
A nuestro lado, Inglis y Shalltear se colocaron en posición, disfrutando del evidente desconcierto de los catorce reyes activos. El ambiente en el Abismo se volvió tan denso que el aire quemaba; la reunión de los quince tronos se había convertido oficialmente en el escenario de una guerra declarada.
Satán permanecía sentado en su trono, apoyando la barbilla sobre su mano mientras observaba cada uno de mis movimientos. Una sonrisa retorcida se dibujó en su rostro al saborear la presión espiritual que emanaba de mi cuerpo.
—Qué buen ambiente hay hoy... —comentó Satán con una voz profunda que arrastraba un eco de malicia pura—. No suelo ver a un humano tener esa clase de odio e ira. Será un buen banquete para hacerlo sentir miserable.
A unos metros, Belfagor también se acomodó en su respectivo asiento, mirando la formación de la Red Blood Association con un desprecio absoluto. Para él, nuestra llegada no era más que un atrevimiento absurdo.
—El espectáculo más grande se está generando... —soltó Belfagor, rompiendo en una carcajada fría—. ¿Pero quiénes se creen que son ustedes? Jamás podrían hacer nada ante nosotros. Somos los 14 abismales más poderosos de todos los tiempos. Si desean desafiarnos, los mataré ahora mismo.
Al pronunciar esas palabras, Belfagor se puso en pie. Una oleada de energía masiva y oscura comenzó a brotar de su cuerpo, bañándolo por completo en un aura densa, mientras sus ojos se encendían y brillaban como si fueran un par de grandes perlas de esmeralda, distorsionando el aire a su alrededor.
Azazel, el nuevo reemplazo en la mesa, dio un paso al frente, haciendo crujir sus puños mientras fijaba sus ojos en mí.
—Nada mal para ser un humano miserable... —escupió Azazel con arrogancia—. Quienes se enfrentan a nosotros, nadie sale vivo.
Uno a uno, los reyes del Abismo imitaron el gesto. Gabriel, Lucifer, Skorn, Lucas, Mónica, Alexia, Astaroth, Belcebú, Leviatán y Satán desataron sus respectivas auras al unísono. El choque de sus energías primordiales creó una tormenta de maná tan destructiva que las paredes de la sala del trono comenzaron a pulverizarse, fijando sus miradas hambrientas de sangre directamente sobre mí.
A mi lado, los guardianes de la Red Blood Association no retrocedieron ni un solo milímetro. Yuki, Emilia, Kai y Erick apretaron sus agarres, listos para chocar contra la fuerza total del inframundo.
—¡Jajajaja! Vaya, vaya, vaya —exclamó Astaroth, esbozando una sonrisa dirigida a mí, un gesto cargado de un terror y un miedo que habrían hecho flaquear a cualquiera—. No voy a olvidar la humillación que me hizo Sara, y mucho menos esa mocosa de tu alumna. ¡Carlos Tanaka Sánchez, tú serás ejecutado aquí y ahora!
En cuanto pronunció mi nombre completo, Astaroth se lanzó hacia mí con una velocidad abrumadora, convirtiéndose en un destello de energía destructiva que pretendía arrancarme la cabeza antes de que mis guardianes pudieran reaccionar. El aire se comprimió por la onda de choque de su avance. Sin embargo, antes de que pudiera tocarme, fue golpeado brutalmente por una silueta que se interpuso en su trayectoria con una fuerza descomunal. El impacto resonó en toda la sala de reuniones, mandando a Astaroth a estrellarse contra el suelo a unos metros de distancia.
Al disiparse la energía del golpe, la cortina de humo se abrió por completo. Era Amadeus, quien había aparecido justo frente a nosotros, plantándole cara a los catorce abismales. A pesar de las heridas y del sufrimiento que Gabriel y Lucifer habían mencionado, su sola presencia irradiaba una determinación inquebrantable.
Sayu, desde el suelo, ahogó un grito de sorpresa al verla libre, mientras que los rostros de Gabriel y Belfagor se desencajaron por completo al ver que la ejecución que planeaban en secreto se les había escapado de las manos.
—Se acabó el juego, abismales —murmuró Amadeus, sin quitarle los ojos de encima a Lucifer, mientras la Red Blood Association se alineaba a su alrededor, listos para desatar el verdadero caos en el inframundo.
Continuará...

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Estás leyendo el capítulo 239 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 30 de mayo de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.