Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 238 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 238: El Reino de la Nieve, el Trono Aceptado y los Quince Tronos del Abismo
Punto de vista: Shiro de la Destrucción, Fer y Carlos
Escena 1: Las Cenizas de Austria y la Promesa a Axia
Punto de vista: Shiro de la Destrucción
—Pero saben... el sol ya está saliendo —les dije en un susurro mental a las chicas, mientras los primeros rayos de luz dorada comenzaban a romper la densa oscuridad del cielo, iluminando las estructuras que quedaban en pie del reino recuperado.
A lo lejos, las pesadas puertas de los refugios y las grietas de las ruinas comenzaron a moverse. La gente salió de sus escondites, asomándose tímidamente al principio, frotándose los ojos ante la claridad del nuevo día y el cese de la destrucción. Parece que ellos vieron todo, chicas... Vieron la tormenta, el choque de las divinidades, y cómo esa imitación de dios nocturno caía ante nosotras.
Mientras caminaba lentamente entre los escombros con mi cabello blanco aún ondeando, una niña pequeña se separó del grupo de supervivientes y corrió hacia mí. Al principio, ella tenía miedo; sus pequeños hombros temblaban y sus pasitos eran vacilantes ante mi imponente presencia y mi aura de dragón que terminaba de disiparse. Pero cuando levantó la cabeza y me miró directamente a los ojos, el terror en su rostro se esfumó. Me sonrió. Una linda sonrisa se mostró en su rostro, tan pura y brillante que pareció eclipsar todo el dolor del páramo.
—Gracias por salvarnos, señorita... muchísimas gracias —dijo ella con una vocecita quebrada, mientras las lágrimas caían sin control por sus mejillas, limpiando el polvo de su rostro.
Me congelé en el sitio. Yo no pude contener esa mirada. Sentí un vuelco violento en el corazón, y toda la frialdad de mi faceta destructiva se derrumbó en un segundo. Verla ahí, llorando de alivio entre las ruinas pero sonriendo con una esperanza inquebrantable, me golpeó directo en lo más profundo de mi ser... porque me recordaba perfectamente a cuando yo era niña. A ese exacto momento en el pasado en el que estuve desamparada, rodeada de caos, y fui salvada. Sentí la presencia de la Shiro de la humanidad y de las demás latiendo con fuerza en nuestra alma compartida, compartiendo este mismo sentimiento. La vieja Shiro Shimizu seguía viva en nosotras; no importaba cuánta sangre derramáramos para proteger el mundo, esta era la verdadera razón por la que luchábamos.
Me agaché lentamente hasta quedar a su altura, dejando de lado por completo la distancia de una divinidad, y extendí una mano temblorosa para limpiar con suavidad las lágrimas de sus mejillas.
—No tienes por qué agradecerme, la seguridad siempre será la prioridad —le dije con voz suave, manteniendo mi mano sobre su mejilla por un instante más antes de ponerme de pie por completo y alzar la mirada hacia toda la multitud que nos observaba.
Inhalé el aire fresco de la mañana, sintiendo el peso de mi propia resolución y la energía de las otras Shiro vibrando en mi interior.
—Y por eso... ¡yo seré la reina de Austria de ahora en adelante! —anuncié con fuerza, haciendo que mi voz resonara por encima de las ruinas y llegara a cada oído de los sobrevivientes—. Aunque su rey haya sido asesinado, yo les daré un lugar hermoso y lindo donde ustedes puedan vivir. ¡Y sonreí al mundo, porque yo los cuidaré de todo, mis habitantes!
Dije aquellas palabras solemnes mientras una sonrisa burlona se mostró en mi rostro, una mueca cargada de mi típica arrogancia pero que, en el fondo, desbordaba una pura y auténtica felicidad. Era una escena contradictoria: mi cabello blanco como la nieve, los ojos dorados de dragón y esa sonrisa afilada y retorcida, pero mis palabras les prometían el refugio más seguro que jamás volverían a tener. La gente me miró, primero con asombro ante mi autoproclamación, pero pronto el murmullo de esperanza comenzó a crecer entre ellos. Sabían que el Imperio los había abandonado a su suerte contra ese monstruo, y que la única razón por la que seguían respirando era la divinidad de la destrucción que ahora se coronaba frente a ellos.
De pronto, una punzada de cansancio me recorrió el cuerpo. El aura brillante se desvaneció por completo y mi cabello volvió a la normalidad, recuperando su tono habitual, mientras mis ojos de dragón regresaban a su aspecto común. La adrenalina de la batalla finalmente estaba bajando.
—Parece que esto será un nuevo camino para este reino, chicas... —les hablé mentalmente, permitiéndome un momento de calma mientras observaba a los habitantes de Austria empezar a organizarse entre las ruinas—. ¿Cómo les va allá?
La respuesta por telepatía no tardó en llegar, y la voz de mi otra mitad sonó clara, firme y con un tono de victoria que me hizo sonreír.
—No tienes por qué preocuparte por nosotras —me respondió—. De hecho, logramos derrotar a todos los soldados. Ahora los reyes están a salvo. Ahora iremos directamente hacia donde estás tú...
Corté la comunicación con una sensación de completa satisfacción. Las piezas se estaban acomodando. El Minotauro Nocturno había sido ahuyentado, el ejército enemigo que amenazaba los flancos estaba hecho pedazos, y mis otras partes ya venían en camino para asegurar este territorio. Miré al horizonte, donde el sol terminaba de alzarse, iluminando mi nuevo hogar. Si el Imperio o los Abismales pensaban que quedarse con los restos de ese monstruo les daría la victoria, estaban muy equivocados. Ahora teníamos un reino entero que proteger, y no me tentaría el corazón para aplastar a cualquiera que intentara arrebatárnoslo.
—Por cierto, niña, ¿cómo te llamas? —le pregunté, suavizando mi tono mientras me agachaba un poco más para quedar a su altura.
La pequeña se limpió las últimas lágrimas con el dorso de su mano, me miró fijamente con timidez y luego respondió con una vocecita suave:
—Bueno... Mi nombre es Axia.
—Qué bonito nombre, Axia —le respondí, y por un instante toda la arrogancia de la batalla desapareció de mi rostro, dejando ver la calidez de mi verdadero ser—. Mi nombre es Shiro Shimizu. Yo seré quien gobierne este reino. Los protegeré pase lo que pase.
Me puse de pie con determinación, contemplando la enorme plaza destruida y a los sobrevivientes que se agrupaban murmurando entre ellos, aún temerosos pero con una chispa de esperanza en los ojos. Sabía perfectamente que el trabajo duro apenas comenzaba. Austria estaba en ruinas, su soberano anterior ya no estaba, y la amenaza que acababa de enfrentar demostraba que no podíamos bajar la guardia ni un solo segundo.
—Por ahora debo hacer un anuncio para ellos y reconstruir el lugar... —les comuniqué mentalmente a las chicas, sintiendo cómo se aproximaban cada vez más a mi posición—. Y se harán varios cambios.
Caminé hacia la zona más alta de los escombros para que todos pudieran verme bien. El Imperio había dejado este lugar hecho pedazos, pero bajo mi mandato, este reino renacería desde las cenizas. Ya no serían víctimas de los experimentos de nadie; a partir de hoy, este sería el territorio inexpugnable de Shiro Shimizu.
Alcé la voz, imbuyéndola con un toque sutil de maná para que resonara con fuerza clara y firme por encima del murmullo del viento y los lamentos de los heridos:
—¡Escúchenme todos! —bramé, capturando la atención inmediata de la multitud que me miraba con una mezcla de reverencia y desconcierto—. El rey que los gobernaba ha caído, y el Imperio los abandonó a su suerte ante una aberración que pretendía borrarlos de la historia. Pero hoy, ese monstruo fue derrotado. A partir de este instante, este reino queda bajo mi absoluta protección. ¡Yo soy Shiro Shimizu, su nueva reina!
Un silencio sepulcral inundó la plaza, roto únicamente por el crujido de las maderas quemadas. La pequeña Axia me miraba desde abajo con los ojos muy abiertos, aferrando sus manitas a su ropa desgastada.
—Sé que tienen miedo, sé que han perdido mucho —continué, suavizando el tono pero sin perder un ápice de la autoridad que me caracterizaba—. Pero bajo mi mandato, se harán varios cambios inmediatos. Lo primero será asegurar los perímetros y atender a los heridos; nadie se quedará desamparado en las calles, y nadie volverá a pasar hambre en este lugar. Reconstruiremos Austria desde los cimientos, y les juro que la convertiremos en una fortaleza tan imponente que ni el mismísimo Lucifer o los Abismales se atreverán a mirar de frente.
En ese justo momento, una ráfaga de viento anunció la llegada de mis otras mitades. Las siluetas de la Shiro de la humanidad y la otra Shiro aparecieron en el borde de la plaza, con sus ropas aún manchadas por el combate contra los soldados del Imperio, pero con expresiones de alivio al ver que la situación estaba bajo control. Su presencia infundió una oleada de calma mística que barrió el ambiente.
Los habitantes comenzaron a mirarse unos a otros. Entonces, un viejo soldado herido, apoyado en su espada rota, hincó una rodilla en el suelo helado. Poco a poco, como una fila de fichas de dominó, los hombres, las mujeres y los niños imitaron su gesto, inclinando la cabeza ante su nueva soberana. Axia me regaló una última sonrisa brillante antes de arrodillarse también. Miré a mis otras partes, quienes me asintieron con la cabeza, dispuestas a ponerse a trabajar de inmediato en la logística y la sanación de la gente. El camino no sería fácil y el enemigo que se llevó el cuerpo del Minotauro Nocturno seguía acechando en las sombras, pero mientras estuviera de pie, este reino florecería.
Escena 2: La Red de Espionaje y el Sacrificio de Sayu
Punto de vista: Shiro de la Destrucción
Un silencio pesado cayó sobre el enlace mental mientras asimilaba tus palabras.
—Por el momento tenemos nuevos enemigos, Shiro... por ahora —repetí para mis adentros, apretando los puños.
El hecho de que se hubieran llevado los restos del Minotauro Nocturno confirmaba que la red de conspiraciones en nuestra contra era mucho más profunda de lo que pensábamos. La Shiro de la humanidad se acercó a mí, con la mirada preocupada, captando la seriedad de mis pensamientos.
—¿Saben algo de Sayu? —pregunté en voz alta, mirando a mis otras mitades mientras los habitantes de Austria empezaban a dispersarse para cumplir con las primeras órdenes de reconstrucción.
La otra Shiro asintió lentamente, compartiendo la última información que había logrado recolectar antes de que todo este caos estallara.
—Ella me dijo esto antes de que nos separáramos —explicó, transmitiendo el mensaje directamente a nuestra conciencia compartida—. "Iré al Abismo, tengo que buscar a Amadeus. Haré mi trabajo como la enemiga, pero igual les estaré pasando información de lo que está pasando para que ustedes puedan saber más adelante todo lo que va a concluir".
Escuchar su plan me hizo tensar la mandíbula, pero sabía que Sayu era la única capaz de infiltrarse en ese nido de víboras sin ser destruida de inmediato. Jugar el papel de traidora o enemiga frente al mundo era un peso enorme, pero su sacrificio nos daría los ojos que necesitábamos dentro del territorio rival.
—Y eso no es todo —continuó mi otra mitad, mirándome con fijeza—. También mencionó que sacará a Carlos y a Fer del reino del Abismo.
Esa última revelación me hizo esbozar una sonrisa tensa pero decidida. Carlos y Fer estaban atrapados en el peor lugar imaginable, y saber que Sayu ya estaba moviendo las piezas para rescatarlos me quitaba un peso de encima.
—Esa maldita de Sayu... siempre arriesgándolo todo —dije, cruzándome de brazos mientras mi bufanda roja ondeaba con el viento de la mañana—. Si va a jugar a ser la doble espía en el Abismo, más le vale no dejarse descubrir. Nosotros nos encargaremos de levantar este reino y prepararlo para lo que viene. Si logra sacarlos a ellos y encontrar a Amadeus, tendremos una oportunidad real de destrozar a esos nuevos enemigos en su propio terreno. No vamos a desperdiciar la información que nos mande.
Escena 3: Las Sombras del Abismo y la Ilusión de la Paz
Punto de vista: Carlos y Fer
El cielo del Abismo, teñido de un carmesí denso y perpetuo, se extendía sobre nosotros mientras caminábamos por las calles de la periferia. Carlos avanzaba con paso firme, observando el entorno con una mezcla de sospecha y profunda seriedad.
—Vaya, para ser el infierno, es algo extraño, ¿no lo crees, Fer? —comentó Carlos, rompiendo el silencio mientras miraba a su alrededor.
Yo, Fer, caminé a su lado, manteniendo mis ojos bien abiertos ante el paisaje urbano que se desplegaba ante nosotros. No había gritos de agonía ni torturas eternas en cada esquina; en su lugar, se veía una sociedad organizada y activa.
—Tienes razón, mi señor, esto es bastante... —respondí, dudando por un momento al buscar las palabras correctas—. Veo a la gente que está feliz y contenta. Tal vez ellos no sean malas personas, ¿verdad?
Carlos se detuvo un instante, contemplando a un grupo de habitantes abismales que conversaban tranquilamente a lo lejos. Su rostro se ensombreció, y la frialdad en su mirada dejó en claro que la aparente paz de ese lugar no borraría el pasado.
—Pero yo no puedo aceptarlos ni perdonar lo que hicieron los abismales en mi vida anterior —sentenció Carlos, con una voz cargada del peso de los siglos y de las heridas que aún no cicatrizaban—. Y la traición de mi hermano y de mis compañeros... De seguro Charlotte estaría enojada conmigo de por qué siempre hago las cosas a mi manera, al igual que Kratos.
Dejó escapar un leve suspiro, evocando por un segundo los recuerdos de aquellos que moldearon su camino, antes de volver a endurecer la expresión. La determinación en sus ojos era absoluta.
—Pero aun así, debemos ir al reino abismal para darle una cálida visita a Gabriel —continuó Carlos, reanudando la marcha con paso implacable—. Qué cara pondrá cuando se entere de que salí del sello.
Apreté los puños, lista para seguirlo hasta las mismas entrañas del palacio real si fuera necesario. Gabriel y los altos mandos del Abismo creían que nos habían sepultado para siempre, pero el sello se había roto. Mientras avanzábamos hacia el núcleo del reino, ignorando la tranquilidad de los civiles, sabíamos que el verdadero infierno estaba por desatarse para aquellos que osaron traicionarnos.
Dejé escapar un hondo suspiro, sintiendo cómo la frustración y la amargura se mezclaban en mi pecho.
—¿Estaré exagerando? —murmuré para mí mismo, incapaz de procesar la contradicción que mis ojos presenciaban—. No logro entender... Si ellos están felices y viven en paz aquí, ¿por qué los de arriba están deseando traer el caos al mundo exterior?
Era algo que jamás podría entender. Al final, entre humanos y demonios no había ninguna diferencia real; eran las dos caras de la misma moneda de traidores.
Escena 4: La Sala de la Conspiración
Punto de vista: Carlos y Fer
Avanzamos en silencio mientras el tiempo se nos pasaba volando, devorando kilómetros en aquel paisaje carmesí. Sin embargo, cuanto más observaba el funcionamiento de este lugar, más me daba cuenta de que la situación era muchísimo más complicada de lo que había pensado en un principio. El Abismo no era solo un nido de monstruos salvajes; era un imperio estructurado, frío y eficiente.
Al llegar al corazón del reino, la imponente estructura del palacio se alzó ante nosotros. Bastó con dar un solo paso... Y ya estábamos dentro.
El ambiente cambió drásticamente. El aire se volvió pesado, saturado de una presión espiritual tan densa que habría hecho colapsar a cualquier guerrero ordinario. Guiados por el sigilo y nuestro conocimiento del lugar, nos infiltramos hasta las profundidades del palacio, alcanzando la entrada de la gran sala de reuniones.
A través de las imponentes puertas entornadas, la vista era imponente: la sala del trono de reuniones se desplegaba ante nosotros, mostrando exactamente 15 tronos dispuestos para que los líderes del Abismo tomaran asiento. Y para nuestra sorpresa, la convocatoria era total. Prácticamente todos los altos mandos estaban reunidos allí en ese preciso instante, discutiendo los hilos del destino del mundo: Laxuz, Gabriel, Lucifer, Skorn, Lucas, y para mi sorpresa, Sayu también se encontraba entre ellos, ocupando su lugar. Junto a ellos estaban Mónica, Alexia, Astaroth, Belcebú, Belfagor, Leviatán y Satán. Por último, el asiento que solía pertenecer a Robert estaba ocupado por Azazel, su reemplazo, ya que Robert había sido aniquilado por un simple humano.
Los catorce líderes restantes permanecían reunidos en un silencio sepulcral o en murmullos de alta traición, sin sospechar que las dos mayores amenazas para sus planes acababan de romper el sello y los observaban fijamente desde las sombras de la entrada. Fer me miró, esperando mi señal con la mano puesta sobre el pomo de su arma. El momento de darle nuestra "cálida visita" a Gabriel había llegado.
—Bien. La razón por la cual los mandé a llamar es para decirles que hemos logrado con éxito sellar a Carlos —anunció Gabriel desde su trono, cruzando las piernas con un tono bastante confiado que resonaba en las frías paredes de la sala—. Por otra parte, también hemos encontrado una forma de movilizar a todo nuestro ejército: soldados, generales y los primordiales, para que todo esto empiece de una vez por todas.
El ambiente en la sala se volvió aún más denso. Las deidades y señores del Abismo escuchaban con atención, saboreando la inminente victoria que planeaban sobre el mundo exterior. Gabriel hizo una pequeña pausa, disfrutando del control absoluto que creía tener sobre la situación, antes de soltar la siguiente bomba sin el más mínimo remordimiento:
—Además, por otra parte, también hemos decidido ejecutar a Amadeus de inmediato...
Al escuchar ese nombre, en el extremo de la mesa de reuniones, Sayu quedó en shock y a la vez profundamente enojada. Sus ojos se abrieron de par en par mientras una furia silenciosa comenzaba a hervir bajo su fachada de aliada. Conociendo su verdadera misión de infiltración, este movimiento apresurado de Gabriel amenazaba con arruinarlo todo antes de tiempo. Sin poder contenerse, Sayu golpeó la mesa con una mano y se puso de pie bruscamente, interrumpiendo el aire de superioridad del arcángel caído.
—Gabriel, tú y yo habíamos hablado de que...
—¿Ahora qué, Sayu? —la interrumpió Gabriel, cortando sus palabras con una frialdad cortante y una sonrisa despectiva—. ¿Acaso no entendiste lo que te dije? No me importa esa tonta mujer que ha vivido más tiempo sufriendo desde que Lucifer mató a todo lo que quedaba de ella. Su ejecución está decidida y se llevará a cabo.
Desde las sombras de la entrada, ocultos perfectamente por la distorsión del maná, Carlos y Fer observaban la escena. Carlos apretó los dientes, sintiendo cómo la rabia contenida por la traición se avivaba al ver la soberbia de Gabriel y al escuchar cómo hablaban del destino de Amadeus. La reunión de los quince tronos estaba en su punto más crítico, y el sello que creían haber impuesto sobre nosotros ya no era más que un recuerdo roto.
Continuará...

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Capítulo 239
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Estás leyendo el capítulo 238 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 30 de mayo de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.