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Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 228 online gratis en español

🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 228: La Era de los Dioses, el Ocaso de las Almas y las Cadenas del Destino Punto de vista: Dani Tanaka Sánchez (Visión Interna / El Dios de la Guerra Daniel) y Perspectiva General Escena 1: Las Memorias del Dios y el Juicio de la Guerra Punto de vista: Dani Tanaka Sánchez / El Dios de la Guerra Daniel El dolor era insoportable, una agonía que me desgarraba desde el centro de mi existencia. Sentía cómo mis huesos crujían y mi sangre parecía hervir con una energía que no me pertenecía. Caí al suelo, hundiendo los dedos en la tierra, tratando de aferrarme a mi humanidad, a mi identidad como Dani. —¡No... no me voy a rendir! —rugí entre dientes, mientras el sudor frío y la sangre se mezclaban en mi rostro—. ¡No dejaré que un dios tome control de mí! ¡Yo soy Dani! ¡Me rehúso! Pero mi mente no me obedeció. Fui arrastrado a un abismo de memorias ajenas, una época donde el cielo era de oro y la tierra aún no conocía a los mortales. Era la Era de los Dioses. Me vi a mí mismo, pero no era yo. Era un hombre de presencia colosal, rodeado de cadáveres y armaduras rotas. Daniel, el Dios de la Guerra. Luchaba solo contra legiones enteras, una danza de muerte y acero. "No importa cuántas veces me hagan daño, jamás podrán derrotarme", decía aquella versión de mí con una voz que hacía temblar los pilares del universo. La soberbia emanaba de cada poro de su piel; era un ser que no conocía la derrota, porque no había nadie que pudiera desafiar su trono de sangre. —¿Estás seguro de eso? —una voz suave pero letal cortó el fragor de la batalla. Una chica de cabello negro como la noche avanzaba entre los soldados caídos. Su presencia calmaba el caos, pero traía consigo una sentencia de muerte. —Tú... ¿Cómo te atreves a venir aquí? —preguntó el Daniel del recuerdo, bajando su espada goteante. —Dios de la Guerra, Daniel... he venido para ejecutarte —dijo ella, con una calma que hería—. Son órdenes de los dioses. Has llegado demasiado lejos. Te quieren muerto porque eres una amenaza para el equilibrio. Tu orgullo y tu furia nos matarán a todos si no te detenemos. Serás juzgado aquí y ahora. El Señor nos observa, y será un honor entregarle tu cabeza y tu espada. —¡Jajajaja! —la risa del Daniel antiguo fue amarga—. ¿Hablas en serio? Ellos no aprecian lo que hago por nuestra raza. Si me tienen miedo, ¿por qué no vienen ellos mismos? ¿Son tan cobardes que envían a la única persona en la que confiaba? ¿Por qué haces esto, Mikoto Ishikawa? Creí que nos entendíamos... pensé que teníamos algo en común. Me diste la espalda. Mikoto no respondió de inmediato. Se quedó callada, bajando la mirada mientras las sombras empezaban a danzar a su alrededor, devorando su figura. —¿En verdad confías tanto en los demás? —susurró ella desde la oscuridad—. Tu mayor debilidad es la traición, Daniel. Yo no puedo desobedecer una orden, y tú sabes cómo son los dioses. Quieren verte caer. Siempre me pregunté por qué decidiste empezar esta masacre, por qué matar a tus hermanos... Cuando vi lo que hiciste hace años, Daniel... de verdad me decepcionaste. En el presente, mi cuerpo físico se convulsionó. Esas palabras de Mikoto me golpearon como un clavo ardiente en el pecho. Yo, el Daniel dios, no conocía el dolor ni el amor; solo conocía la lucha, el entrenamiento infinito, la soledad del más fuerte. Hasta que la conoció a ella. Mikoto era también una diosa de la guerra, la única que podía seguirle el paso, la única que él pensaba que compartía su visión. —Daniel, todo lo que has causado es por tu culpa —dijo ella en el recuerdo, sacando su espada y apuntando directamente a mi corazón. Su mano temblaba levemente, un signo de nerviosismo que el dios de la guerra notó pero no pudo salvar—. Es una pena, ¿verdad? De vuelta en el Valle del Fin, mis ojos se abrieron de golpe, pero ya no eran mis ojos. Eran los ojos de un ser traicionado que había dormido durante milenios. El aura naranja de Karl se volvió roja como la sangre de los dioses, y la Magia de Transferencia de Lucifer completó el vínculo. —Mikoto... —susurré con una voz que no era la mía, mientras una fuerza devastadora empezaba a emanar de mis brazos curados por la energía divina—. Tú también me traicionaste... igual que ellos. Lucifer sonrió al ver que el despertar era inminente. El Dios de la Guerra estaba de vuelta, y traía consigo el rencor de una traición que había destruido el cielo. Escena 2: El Choque de los Dioses y la Tragedia del Amor La atmósfera en el Valle del Fin se volvió asfixiante, una presión que no pertenecía a este mundo. Kronos, al percibir la energía roja y antigua que empezaba a brotar de mis poros, detuvo su avance. Sus ojos se abrieron con una curiosidad insana, una mezcla de sorpresa y triunfo que se transformó en una carcajada que hizo temblar el suelo de cristal. —¡Jajaja! Así que ahí está... —exclamó Kronos, su voz vibrando con la presencia de Quetzalcóatl—. Dejaré de jugar entonces. Si ese dios quiere despertar, que lo haga sobre las cenizas de tu alma. ¡Mataré lo único que amas para que no quede rastro de Dani el humano! Karl y Dilshan, viendo que mi cuerpo empezaba a levitar rodeado de una estática carmesí, corrieron hacia mí con la desesperación marcada en el rostro. —¡DANI! —gritaron al unísono. —¡No voy a permitir que lleguen a él! —rugió Kronos. Con un movimiento de su mano, desató una onda de choque gravitacional. Karl salió disparado como un proyectil, perdiéndose de vista tras los restos de una montaña destruida. Dilshan, más ágil, logró clavar su espada en el suelo para frenar el impacto, pero se vio obligada a retroceder, con el miedo pintado en los ojos al sentir la naturaleza de la energía que yo estaba emanando. Algo en el ambiente le decía que si se acercaba, moriría antes de tocarme. Traté de levantarme, luchando contra la voluntad del Dios de la Guerra que rugía en mi mente. Mis músculos se sentían como hierro fundido. —¡Ya basta, hermano! —grité, con la voz quebrada—. ¡¿Por qué quieres matarnos?! ¡¿Por qué nos haces esto?! Tragué saliva, sintiendo un nudo en la garganta. Tenía miedo, un miedo primitivo que nunca había sentido; no era miedo a morir, sino miedo a que él, esa entidad llena de odio y traición, nos matara a todos. Pero el lazo de sangre fue más fuerte que el terror divino. —¡No voy a dejar que nos destruyas! —rugí desesperado. Corrí hacia Kronos, ignorando el dolor de mis brazos que se regeneraban con un brillo rojizo. Él se lanzó contra mí, su espada cubierta de un sol helante y la mía, imbuida ahora por un fuego negro que recordaba a los campos de batalla de la Era de los Dioses. El choque fue cataclísmico. El tiempo pareció detenerse cuando nuestras armas se cruzaron. Dos hermanos, uno poseído por un dios de la sabiduría y el otro despertando a un dios de la carnicería, luchando en un baile mortal donde cada golpe era un intento desesperado por salvar al otro del abismo que los consumía. —¡Reacciona, Kronos! —exclamé, mientras el aura roja empezaba a devorar la luz del Valle. Nuestra batalla, la verdadera, apenas acababa de comenzar. En medio del caos, solo quedábamos nosotros dos y la sombra de una traición milenaria que amenazaba con repetirse. El aire se sentía pesado, saturado de una tensión eléctrica mientras los ataques llovían sobre él. Kronos se movía con una fluidez aterradora, esquivando cada estocada que intentaba alcanzarlo desde varios ángulos. Su risa era un eco cargado de arrogancia que retumbaba en mis oídos. —Eres alguien muy lento —soltó con una voz gélida que me caló los huesos—. ¿Crees que con esa actitud podrás hacerme algo, humano miserable? Antes de que pudiera responder, Kronos arremetió con una velocidad cegadora. Sentí el frío acero de sus espadas rasgar mi piel; varios cortes profundos se abrieron en mi cuerpo, uno tras otro, dejando un rastro de fuego y sangre en mis extremidades. Justo cuando el golpe de gracia parecía inevitable, una ráfaga de energía impactó a Kronos, lanzándolo violentamente lejos de nuestra posición. Era Dilshan. Sus manos temblaban ligeramente mientras me sostenía con firmeza. —¿Estás bien? —me preguntó, con la voz quebrada por la angustia. —Sí, estoy bien, gracias por preocuparte por mí —respondí, tratando de ignorar el dolor punzante de mis heridas—, pero este no es el momento... —Amor, claro que es el momento —me interrumpió ella, con los ojos empañados por una verdad que yo no quería ver—. Tengo miedo de que tú... —¿Por qué...? —le dije, buscando su mirada—. ¿Tienes miedo de que yo muera o que sea yo una marioneta de alguien más? La atraje hacia mí, sujetándola con fuerza por la cintura, sintiendo su calor en medio de aquel caos. —Por supuesto que eso no va a pasar, Dilshan. Estaría dispuesto a entregar mi vida por ti, estaría dispuesto a salvar a mi hermano por mí mismo. Le hicimos una promesa a él, que tú y yo... —Sí, lo sé —susurró ella. Un leve sonrojo cubrió sus mejillas a pesar de que el miedo seguía invadiendo su semblante. De repente, una sombra se alzó entre los escombros. Kronos se puso en pie, limpiándose la sangre de la comisura de los labios con un gesto de desprecio. —Oh, vaya... parece que están teniendo un reencuentro romántico. Una sonrisa penetrante y retorcida se dibujó en su rostro, una expresión que no auguraba más que muerte. Antes de que mis sentidos pudieran reaccionar, Kronos se lanzó al ataque. Corrió con una velocidad sobrenatural, volviéndose un borrón imperceptible que nos rodeó sin que pudiéramos prever su siguiente movimiento. Dilshan pareció comprender algo que yo aún no alcanzaba a ver. Su mirada cambió, llenándose de una resolución triste. —Dani, perdóname... —¿Eh? ¿Por qué te disculpas conmigo? —pregunté, totalmente confundido. De pronto, sentí el empujón de sus manos contra mi pecho. Ella me miró con una sonrisa, la más cálida y pura que jamás le había visto, una que parecía iluminar aquel campo de batalla devastado. —Gracias... por ser parte de mi vida. Te amo. Esa fue su última palabra. Kronos apareció justo detrás de ella, como una sombra emergiendo del abismo. —¡No! ¡No! ¡No! —mi grito se desgarró en el aire. La hoja de Kronos atravesó su cuerpo sin piedad. No se detuvo ahí; poseído por una crueldad inhumana, empezó a cortarla en pedazos frente a mis ojos. La sangre de Dilshan, caliente y amarga, salpicó mi rostro y mi ropa. Miré a mi alrededor con desesperación: Karl y Roger estaban fuera de combate, Dilan y el resto de mis compañeros habían caído. Quedé yo solo. Mis piernas cedieron y caí al suelo, mientras un dolor físico y emocional me invadía hasta la médula. Apretaba los dientes con tanta fuerza que sentía que se romperían, golpeando el suelo una y otra vez con los puños cerrados. —¡¿Por qué?! ¡¿Por qué?! ¡¿POR QUÉ?! —grité con un tono desgarrador, sintiendo cómo mi mente se quebraba en mil pedazos al ver que la única persona que más amaba había sido asesinada por mi propio hermano. —Hahahaha, patético —se burló Kronos, cuya risa cortaba el silencio de la muerte—. Ni siquiera fuiste capaz de darte cuenta de lo que estaba haciendo. Qué ingenuo eres. Eres tan débil que solo das lástima. —¡¡¡KRONOS!!! —rugí, levantándome con la espada en alto. Las lágrimas no dejaban de brotar, mezclándose con la sangre en mis mejillas. El dolor me consumía, me lastimaba cada fibra del alma. Todos los recuerdos compartidos con ella pasaban por mi mente como ráfagas de fuego, y el dolor se intensificaba al ver cómo el respeto que alguna vez tuve por mi hermano se convertía en cenizas. De pronto, una luz brillante y cegadora estalló desde mi interior, iluminando todo el continente. Un rayo de luz pura detonó, y sentí que mi cuerpo no podía soportar la magnitud del poder que emergía de mi pecho. Estaba dispuesto a morir con tal de aniquilarlo con mi onda destructiva. Escena 3: Las Cadenas del Dios y la Posesión de Quince Años Pero en un parpadeo, la realidad cambió. Él estaba frente a mí en un vacío absoluto. Daniel, el Dios de la Guerra, me miraba desde su altura con un desprecio infinito. —Qué patético —sentenció con una voz que vibraba en el espacio—. ¿Qué tan débil eres en verdad? ¿Caíste tan bajo? Jajajaja, ¿un hombre llorando por una simple mujer? Es lo más patético que he visto en mi puta vida. Varias cadenas de hierro oscuro brotaron de la nada, atándome con una fuerza sobrenatural. Daniel se acercó a mí, y su voz penetrante se clavó en mi conciencia como una sentencia de muerte. —Te quedarás aquí, mirando cómo destruyo el mundo que me ha dado la espalda. Y cuando los dioses vean el error que cometieron conmigo, los haré pagar con un odio tan profundo que tú serás el testigo de cómo mato a personas inocentes. Serás el culpable de todo por no hacer nada, por ser ese débil que no fue capaz de salvar a su único amor... porque ella entregó su vida por ti. La depresión me consumía como un veneno lento; estaba devastado, y cada segundo que pasaba el dolor se volvía más agudo, más insoportable. Miré las pesadas cadenas que apresaban mis extremidades en ese vacío mental y me pregunté, con la voz rota por la agonía: "¿Qué culpa tengo yo de sufrir de esta manera?". No encontraba respuesta, solo el eco de mi propio lamento en la oscuridad. Pasaron los años tras aquella sangrienta emboscada. El reino, que alguna vez fue nuestro hogar y refugio, desapareció de la faz de la tierra sin dejar rastro, borrado por una violencia que no conocía límites. Fue en aquel entonces que regresamos a nuestra casa, pero ya no éramos los mismos. Yo caminaba al lado de mi hermano Kronos, aquel asesino que arrebató la vida de la persona que más amaba en este mundo. Nunca pude entenderlo; nunca supe el porqué nos dio la espalda a mí, a sus compañeros y a todo lo que alguna vez protegimos. Con el paso del tiempo, el horror solo creció. El Dios de la Guerra, habitando en mi propio cuerpo, masacró a miles de personas inocentes, reduciendo el mundo a cenizas mientras mis padres vivían en la ignorancia absoluta. Ellos no sabían que sus dos hijos habían muerto en espíritu aquella tarde; no sabían que quienes ocupaban nuestro lugar no eran más que dioses hambrientos de poder y control. Nos habíamos convertido en simples marionetas, en armas destructivas sin voluntad propia. Han pasado ya quince largos años tras esa tragedia y el sufrimiento sigue siendo mi única compañía. Las lágrimas caían sin detenerse mientras me culpaba a mí mismo, sintiendo el peso de cada vida que mi cuerpo arrebató durante esa década y media de masacres. Me dolía el alma, no podía soportar el recuerdo de mis manos manchadas de una sangre que yo no quería derramar. Regresando a la actualidad, me encuentro atrapado en este rincón de mi conciencia. Si no fuera por mi hermano Carlos, ni siquiera tendría esta pequeña chispa de humanidad; pude hablar con él, le supliqué con desesperación que huyera, que se alejara de este monstruo, pero no me hizo caso. —Has crecido mucho, hermano —susurré para mis adentros, con una mezcla de orgullo y tristeza—. Me alegro tanto de que estés cuidando bien de Abrán y de Karen... Pero mientras ellos siguen adelante, yo me hundo. Ahora, rodeado de cadenas y recuerdos rotos, me siento perdido en el vacío más absoluto, esperando un final que nunca llega. Escena 4: Las Nuevas Piezas en el Tablero Imposible Me quedé ahí, en la penumbra de mi propia mente, con la mirada fija en él. Daniel, el Dios de la Guerra, se mantenía imponente, pero podía notar que el cansancio también empezaba a mellar su armadura de arrogancia. —Parece que aún no has entendido, humano inferior —soltó él, su voz resonando como un trueno sordo en el vacío. —Si tienes razón, Daniel —respondí, manteniendo la voz firme a pesar de mi cautiverio—. Aunque tú y yo nos parecemos un poco, sigo sin entender cómo fue que lograste robar mi cuerpo de esta manera... Él me lanzó una mirada cargada de fastidio, como si mis preguntas fueran simples zumbidos de un insecto molesto. —Es una buena pregunta, pero eso es algo que a ti no te incumbe, ¿te quedó muy claro? —me espetó con frialdad—. Ahora solo déjame en paz. Necesito descansar, necesito recuperarme lo más pronto posible. Una amarga realización cruzó por mi mente y no pude evitar confrontarlo. —¿Acaso olvidaste quién fue el que te dio esa pastilla? —le recordé, apretando los puños contra las cadenas—. Fue más que mi hermano... fueron él, el Dios Nocturno y esa mujer. Al mencionar esto, una chispa de rabia contenida estalló en su rostro. Sus facciones se endurecieron y apretó la mandíbula con fuerza. —¡Cállate! —rugió—. No pensé que tu hermano fuera mucho más fuerte... pero sobre todo, no creí que el Dios Nocturno estuviera manipulando a Carlos. No sé cómo lo hizo, pero fue un movimiento que no vi venir. Guardó silencio un momento, y el recuerdo de aquella presencia femenina se materializó en la oscuridad. —Y sí... esa mujer rubia demostró ser la figura más imponente ante nadie. Su nombre es Eime, ¿no? —continuó él, con un rastro de reconocimiento involuntario en su voz—. Nunca la había visto en mi vida, pero posee una fuerza destructiva aterradora. Al menos no sería una molestia para mí ahora, pero para quienes dejen que se adapte... se vuelve inalcanzable. Y más con su invocación. Daniel hizo una pausa, y por primera vez, pude notar algo parecido al respeto, o quizás a un temor muy profundo, en su tono. —Ese tal Emperor es el ser más poderoso y monstruoso que haya visto jamás. No solo tiene la capacidad de adaptarse a cualquier situación, sino que logra que sus enemigos sientan el terror y el miedo absoluto. Sus palabras quedaron flotando en el vacío. Incluso el Dios que me había arrebatado todo parecía comprender que, en este tablero, habían aparecido piezas que escapaban a su control absoluto, dejándome a mí atrapado entre el horror de mi pasado y un futuro donde el miedo absoluto tenía un nuevo nombre. Continuará...
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The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 228

Estás leyendo el capítulo 228 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 15 de mayo de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.