Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 219 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 219: Polvo de Roble, Alianzas Rotas y un Despertar Caótico
Punto de vista: Miguel Sasai, Liz, Hina y Perspectiva General
Escena 1: Polvo de Roble y una Despedida Apresurada
—¡Oh, vamos, Liz! Ábreme la puerta, no hagas esto más difícil de lo que ya es —insistió Hina, apoyando una mano sobre la madera con esa insistencia juguetona que la caracterizaba.
—¡Ya te dije que no, idiota! ¡Lárgate de aquí! —se escuchó el grito amortiguado de mi madre desde el otro lado, cargado de una mezcla de rabia y pánico.
Hina suspiró, pero su expresión cambió drásticamente. Esa sonrisa dulce se transformó en algo mucho más peligroso y vibrante, una mirada que decía que no aceptaría un "no" por respuesta.
—Si no me abres... —advirtió Hina, y sentí cómo el aire alrededor de ella empezaba a zumbar con una presión eléctrica.
—¡Ya te dije que no, Hina! ¡Vete a molestar a Josué!
—Te lo advertí... —susurró Hina.
¡BOOM!
Sin siquiera usar un arma, solo con la pura presión de su voluntad y un movimiento seco, la puerta voló en mil pedazos, astillándose como si fuera de papel. El estruendo resonó por todo el pasillo de la mansión Tanaka.
Mi madre, que estaba de pie en medio de la habitación con un cojín en las manos como si fuera un escudo, se quedó petrificada mientras el polvo de la madera flotaba a su alrededor.
—¡Pero qué te pasa! ¡Estás loca! —gritó Liz, retrocediendo un paso mientras Hina entraba con total naturalidad, sacudiéndose el polvo del hombro como si nada hubiera pasado.
—Te dije que entraría —dijo Hina, recuperando su tono alegre pero con un brillo de acero en los ojos—. Ahora, Miguel, hijo, danos un momento a solas. Tu madre y yo tenemos dieciséis años de chismes y un par de cuentas pendientes que resolver. Y Liz... ni se te ocurra intentar saltar por la ventana, que te conozco.
Me quedé mirando el marco de la puerta destrozado. Sabía que si me quedaba ahí, terminaría atrapado en el fuego cruzado de dos mujeres que, cuando se juntaban, eran más peligrosas que un ejército de demonios.
—Suerte, mamá... —murmuré, retirándome lentamente mientras veía a Hina cruzar los brazos, lista para la "charla".
—¡Eh! ¡Nooo! ¡Hijo, no me dejes con esta loca depravada! —gritó mi madre, agarrando el aire con las manos mientras yo retrocedía—. ¡No tienes idea de cómo son sus bromas, Miguel! ¡Es un peligro público!
Ver a mi madre, la mujer que siempre se mostraba firme y protectora, haciendo un berrinche tan adorable y desesperado fue casi cómico, pero la presión que emanaba de Hina me decía que lo mejor era obedecer.
Hina, ignorando por completo las quejas de Liz, se giró hacia mí con una elegancia que contrastaba con la puerta destrozada a sus espaldas. Sus ojos brillaron con una generosidad desbordante, casi abrumadora.
—Y bien, Miguel... dime exactamente lo que quieres —dijo ella, acercándose un paso más—. ¿Quieres una mansión propia? ¿Joyas de las minas del sur? ¿Quieres dinero? Solo dime la cifra, cuántos ceros quieres que escriba, Miguel. Pídeme lo que sea.
Me quedé un momento en silencio, procesando la oferta. Para Hina, el mundo parecía ser un catálogo de regalos, pero yo tenía la mente en otro lado.
—Yo no quiero tantas cosas, Hina... —respondí con sinceridad, rascándome la nuca—. No busco lujos. Solo quiero que mi madre esté segura y... respuestas. Quiero saber qué pasó en esa frontera.
Hina entrecerró los ojos, su sonrisa se volvió un poco más suave, casi orgullosa.
—Vaya, eres tan testarudo como Josué y tan sentimental como Liz. Una combinación peligrosa —comentó, antes de empujarme suavemente hacia el pasillo—. Ahora vete, busca a Karen y prepárate. Yo me encargaré de que tu madre "recuerde" los buenos tiempos... aunque tenga que amarrarla a la silla para que me escuche.
—¡Hina, ni se te ocurra! —se oyó el grito de mi madre desde el interior de la habitación.
Caminé por el pasillo mientras el sonido de una nueva discusión (y probablemente el de algún jarrón rompiéndose) quedaba a mis espaldas. Tenía que encontrar a Karen y a Abraham. Si el poder de Hina era capaz de derribar puertas de roble como si fueran de papel, no quería imaginarme lo que nos esperaba en la frontera si los rumores sobre mis hermanos y esa droga demoníaca eran ciertos.
Escena 2: La Verdad Detrás de la Sombra y una Nueva Promesa
Miguel cerró lo que quedaba de la puerta tras de sí, dejando a las dos mujeres a solas. El aire en la habitación cambió de inmediato; la energía juguetona de Hina se disipó como humo, dejando paso a una seriedad que solo mostraba ante sus aliados más íntimos.
—Oh, vamos, ven aquí... solo será un ratito a solas, Liz. Hay que revivir los viejos tiempos de amigas —dijo Hina, pero su voz perdió el tono burlón—. Pero dime algo... —Se acercó a Liz, observándola con una mirada que parecía atravesar cualquier máscara—. ¿En verdad estás bien? No siento esa vibra en ti de cuando éramos niñas. Has cambiado mucho, Liz. ¿Qué fue exactamente lo que te ocurrió?
Liz suspiró, sintiendo que el peso del secreto que había cargado durante dieciséis años finalmente se volvía insoportable bajo la mirada de su antigua amiga. Se sentó en el borde de la cama, entrelazando sus dedos con fuerza.
—En realidad... había dejado todo atrás —comenzó Liz, con la voz quebrada—. Pero supongo que no puedes huir de los fantasmas para siempre.
Con una valentía que no sabía que aún poseía, Liz comenzó a relatar la verdad. Le contó sobre el vacío que sintió después de la guerra, esa devastación que la dejó buscando refugio en los brazos equivocados. Le explicó el motivo real de su alejamiento: la vergüenza y el miedo de que sus amigos vieran en lo que se estaba convirtiendo su vida al lado de un hombre que, poco a poco, revelaba una oscuridad insaciable.
—Me casé con Misael pensando que encontraría paz, pero solo encontré una celda de oro y acero —confesó Liz, con los ojos fijos en la cicatriz que recordaba bajo su ropa—. Me alejé de ti y de Josué porque no quería que vieran mi debilidad. No quería que el Santo de la Espada y la Emperatriz me vieran como una víctima.
Hina escuchaba en un silencio sepulcral, su aura vibrando con una indignación silenciosa pero volcánica. Mientras Liz hablaba de las expectativas sobre Miguel y el maltrato sufrido, Hina comprendió que la guerra que habían luchado hace años nunca terminó realmente para Liz; solo se había mudado al interior de las paredes de la mansión Sasai.
—Lo hice por Miguel, Hina. Todo fue por él —terminó Liz, limpiándose una lágrima solitaria—. Y ahora que él ha despertado su propia fuerza, me doy cuenta de que mi silencio solo lo puso en más peligro.
Hina no dijo nada de inmediato. Caminó hacia Liz y, por primera vez en toda la noche, no hubo bromas ni trucos. Simplemente puso una mano sobre su hombro, una promesa silenciosa de que la próxima vez que Misael intentara levantar la mano, se encontraría con el poder de una Emperatriz que no olvida a sus amigas.
Hina se quedó en silencio un momento, con la mirada empañada por una culpa que rara vez se permitía sentir. La Emperatriz, siempre tan segura de sí misma, se sentía pequeña ante el sufrimiento de su amiga.
—Oh, no, Liz... yo... lo lamento mucho. Lamento tanto lo que has tenido que pasar —murmuró Hina, bajando la cabeza—. Debería haberlo sabido antes, debí haber sospechado que tu silencio no era olvido, sino dolor.
—No, no te disculpes, Hina —respondió Liz, esbozando una sonrisa débil pero sincera—. Sé que siempre hiciste todo con buenas intenciones, para que no me sintiera sola. Gracias por esas risas... supongo que extrañaba esto. Me siento aliviada, de verdad.
Hina suspiró, recuperando un poco de su brillo habitual mientras tomaba las manos de Liz entre las suyas.
—Lo mismo digo... Ya hemos crecido tanto, ¡hasta tenemos hijos! Me sorprende cómo vuela el tiempo, ¿verdad?
—Tienes razón —asintió Liz, antes de morderse el labio, dudando por un segundo—. Oye, Hina... ¿puedo pedirte un favor?
—Claro, ¡por qué no! —exclamó Hina con una sonrisa dulce y protectora—. Haría cualquier cosa por mi amiga, solo dímelo.
—Quería preguntarte si podría vivir aquí contigo por un tiempo. Es que... no sé a dónde podríamos ir Miguel y yo ahora que hemos dejado la mansión Sasai.
Hina no lo dudó ni un segundo. Envolvió a Liz en un abrazo cálido, casi rompiendo la tensión que quedaba en la habitación.
—¡No te preocupes por eso! Eres parte de la familia Sánchez desde este momento. Mientras estés aquí, tu compañía me hará falta. Ahora que Sara está viva, me siento más feliz que nunca, ¡jajaja!
Al oír el nombre de Sara, el rostro de Liz se iluminó con una expresión de alivio puro. La noticia de que la joven seguía con vida era el rayo de esperanza que necesitaba entre tanta oscuridad.
—Me alegro tanto de que ella siga viva... —dijo Liz, aunque luego su semblante se volvió un poco más serio—. Pero me pregunto cómo lo tomará la academia cuando se entere de esto, Hina. El regreso de alguien como ella no pasará desapercibido, y menos con el festival tan cerca. Las tensiones entre las familias y el Imperio solo van a aumentar.
Hina soltó una risita desafiante, esa que advertía que estaba lista para enfrentar al mundo entero si era necesario.
—Que la academia piense lo que quiera. Si intentan causar problemas, se encontrarán con que las 12 grandes familias no son las únicas que tienen garras. Además —añadió guiñando un ojo—, con Miguel y Karen investigando la frontera, pronto tendremos más que solo rumores para defendernos.
Escena 3: Secretos Antiguos bajo la Luna
La noche en la mansión Tanaka se había vuelto serena, el aroma de las flores nocturnas se mezclaba con el vapor del té que descansaba entre nosotras. Liz miraba el horizonte con una determinación que no le conocía, una chispa que parecía haber recuperado tras años de sombras.
—Esa alianza con el imperio se rompió desde que ellos quisieron capturar a mi hijo Carlos —sentenció ella, y su voz no flaqueó ni un segundo—. Y ahora la alianza será con las grandes razas.
Hizo una pequeña pausa, soltando un suspiro cargado de orgullo.
—Algo que mi hijo pudo hacer por su cuenta... no sé cómo le hace, pero cada vez que lo veo, él está más cerca de mí. Bueno, desde que nació Carlos, desde que estuvo en mi vientre, fue la única luz que me dio felicidad y una vida única, al igual que te pasó a ti con Miguel. Nunca olvides que los hijos siempre estarán para apoyarte en todo lo que necesitamos.
Liz se levantó con elegancia y me tendió una mano.
—Ya que es de noche... ¿no te gustaría pasear conmigo en el jardín?
Caminamos en silencio por un momento, dejando que la brisa moviera nuestras ropas. Liz me miró de reojo, con esa curiosidad que siempre tuvo.
—Sigues siendo igual de siempre, Hina... eres muy amable conmigo, pero no entiendo el por qué.
—Bueno, en realidad soy amable con las personas —respondí con una sonrisa suave, mientras buscábamos un lugar donde descansar—, pero contigo es algo especial. Al momento de ver a tu hijo por primera vez, supe quién era... es que él se parece más a ti cuando eras joven, igual de seria y gruñona.
—¡Vamos, Hina! No me hagas sonrojar —protestó ella, soltando una risita que sonaba a libertad—. ¿Y entonces fue ahí donde te diste cuenta de que él era mi hijo, verdad?
—Por supuesto —dije mientras nos acomodábamos en una banca de mármol, rodeadas de la paz del jardín, compartiendo esa taza de té en plena noche.
El silencio que siguió no fue incómodo, sino el de dos viejas amigas que, a pesar de las guerras y el tiempo, finalmente habían encontrado el camino de regreso la una a la otra.
—Sabes, quisiera invitar a Malrath... —comenté, dejando que el nombre flotara en el aire frío de la noche.
Liz asintió lentamente, reconociendo el peso de ese nombre de inmediato.
—Hablas de Velkan —respondió Liz con voz pausada—. Hace unos meses estuve con ella. Además, es de las más fuertes... Ella sigue buscando a su hija, Ana Laura, la hermana de Gojo Akinori Velkan.
—Es verdad —añadí, mirando el reflejo de la luna en mi té—. Esa chica se esconde muy bien, y todo tiene que ver con la herencia de las doce grandes familias. Es un secreto que quema a quien intenta tocarlo.
Liz suspiró, pensando en las implicaciones de que esa búsqueda se cruzara con la nuestra.
—De seguro Rafael la está buscando como loco, pero sé que ella no va a aceptar eso. Tiene un poder mucho más aplastante que el resto de su familia; digamos que es capaz de rivalizar con su propia sangre. Por eso Gojo no puede soportar ese cargo; es demasiado pesado para él.
Nos quedamos en silencio, procesando lo que significaba involucrar a alguien con un poder tan desbordante. Si Velkan aceptaba unirse, el equilibrio de fuerzas contra el Imperio cambiaría drásticamente, pero el precio de esa fuerza siempre era el caos que arrastraba consigo.
—Si ella decide aparecer —murmuré—, el Imperio no solo tendrá que preocuparse por las grandes razas, sino por una fuerza que ni siquiera ellos pueden comprender.
Escena 4: Muros de Piedra y Malentendidos al Amanecer
—Y sobre todo escuché que hubo una sola persona que desafió al imperio, pero todos sus soldados fueron aniquilados por un solo guerrero... un caballero oscuro.
—¿Te refieres al famoso Caballero Oscuro, verdad? —dijo Liz, mostrándose un poco interesada en ese tema—. Escuché que él fue quien derrotó al abismal Robert. Eso me contó mi esposo luego de que ese demonio invadiera nuestro reino; me sorprende que un caballero oscuro lo haya derrotado él solo... Debe ser tan peligroso, especialmente considerando que mi hijo se enfrentó a él cuando tenía tan solo 10 años.
Liz suspiró, dejando que la nostalgia y la preocupación se mezclaran en su voz.
—Como dice uno, no siempre el ganador se lo lleva todo. Pero, en fin, ahorita mis hijos deben estar dormidos, y tu hijo Miguel también, ¿no?
—Lo más posible —dije con una mirada bastante cansada, sintiendo que el sueño finalmente ganaba la batalla contra mi voluntad.
Pasaron las horas y, sin darme cuenta, el amanecer comenzó a filtrarse por las cortinas. Me había quedado profundamente dormida, pero lo que no me imaginé al despertar es que Hina estuviera a mi lado, abrazándome con una fuerza sorprendente.
—Emm... —gemía Hina entre sueños—. Ahorita no, Sara... ¿no ves que le estoy haciendo de comer a mi esposo...?
Me quedé helada. "Esa Hina, incluso habla mientras está dormida", pensé. Pero lo que realmente me dejó en shock fue sentir sus manos moviéndose atrevidamente.
—Qué buenas almohadas... son tan cómodas que dormiría todo el día... —murmuraba ella, mientras me manoseaba el pecho con total naturalidad onírica.
Me puse roja como un tomate, sintiendo el calor subirme hasta las orejas mientras me sonrojaba violentamente.
—¡Tonta...! —susurré, tratando de zafarme sin despertarla.
Pero la suerte no estaba de mi lado. En ese preciso instante, la puerta se abrió de par en par y Josué entró con total confianza.
—Liz, buenos días. Voy a entrar, quería decirte que encontré un escritorio para tus investigaciones...
Se hizo un silencio sepulcral. Josué se detuvo en seco, mirando la escena con los ojos como platos y una expresión de absoluta confusión.
—... ¿Qué está pasando aquí? ¿Acaso interrumpí algo?
—¡Ah! ¡Ahhh! ¡A-a-ah! ¡Yo... yo... yo no es lo que piensas, Josué! —grité, sintiéndome morir de la vergüenza, totalmente nerviosa y con el rostro ardiendo.
—Josué yo...
Una mirada bastante aburrida se mostró en su rostro.
—Hina... —pronunció él, viendo la escena sin inmutarse demasiado.
—Em no... dame unos 5 minutos más, Karen... déjame soñar con los mismos dioses de Jehová... —murmuró Hina, aferrándose más a mí.
—¡Hina! —gritó Josué.
Sin darme cuenta, me desperté toda alterada de susto, soltando a Liz de golpe.
—¡Cariñoooo! No me despiertes de esa manera, jum —me quejé, haciendo un puchero mientras me restregaba los ojos.
—Perdón, es que estabas incomodando a Liz... —respondió Josué, señalando a mi amiga, que seguía roja como un volcán.
Una sonrisa bastante traviesa salió en mi rostro al ver su reacción.
—Así que eres muy tímida, ¿verdad, Liz? —le dije, acercándome de nuevo con malicia.
—Eh... no es lo que tú...
—Vamos, no seas tímida, dame un besito de buenos días, mal educada, malagradecida...
Antes de que pudiera terminar la frase, Liz reaccionó. Sin decir nada más, me golpeó con tanta fuerza usando su magia de piedra que salí volando, chocando directamente contra la pared. El estruendo sacudió la habitación.
—¡Eso es para que aprendas a no usar mis pechos como almohadas! —gritó Liz, todavía furiosa y avergonzada.
Josué soltó una carcajada al verme estampada en el muro.
—Como los viejos tiempos, ¿verdad? —dijo él, negando con la cabeza—. Bueno, las dejo solas. Iré a ver en mi oficina; si ocupan algo, avísenme...
—Sí, está bien, Josué —respondió Liz, tratando de recuperar la compostura mientras yo me despegaba de la pared, riéndome por lo bajo.
A pesar del golpe, me sentía feliz. Ver a Liz con esa chispa de energía, incluso si era para lanzarme contra un muro, era mucho mejor que verla sumida en la tristeza de la mansión Sasai. La mañana apenas comenzaba y el caos ya se sentía como en casa.

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The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 219
Estás leyendo el capítulo 219 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 26 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.