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Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 218 online gratis en español

🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 218: La Sombra del Imperio, Reencuentros Inesperados y la Puerta Cerrada Punto de vista: Miguel Sasai, Karen Tanaka y Perspectiva General Escena 1: La Bendición de la Deidad y el Abrazo de una Madre Liz apretó la mano de Miguel, transmitiendo a través de ese gesto todo el miedo que una madre puede sentir. —Bueno, la verdad no sabría decirte, Josué... —murmuró ella con la voz temblorosa—. Es que tengo miedo de que Miguel vaya ahí. Ya ha sufrido suficiente por hoy. —Lo sé. A mí también me preocupa demasiado que vayan solos —respondió Josué, cerrando los ojos con frustración—. Yo no podré acompañarlos; tengo asuntos urgentes que atender con el Rey y con Lkeys el día de mañana. El panorama político está tan tenso como el militar. En ese momento, una vibración metálica recorrió el carruaje. No era un sonido físico, sino una presencia que emanaba directamente de la espada que portaba Karen. La voz de Akira, el Dios de la Espada, resonó en el habitáculo con una autoridad que hizo que hasta el mismo Josué se pusiera alerta. “No te preocupes, Santo de la Espada”, dijo Akira, su voz resonando como el choque de dos aceros. “Yo los voy a vigilar en tu lugar. Si algo ocurre, yo seré quien los proteja.” Josué se quedó en silencio por un segundo, asimilando que estaba hablando directamente con una deidad ligada a su propia sangre. —Es la primera vez que tú y yo hablamos de esta manera, Akira —dijo Josué con un respeto profundo—. Un gusto conocerte. Así que tú eres quien está cuidando a mi hija, ¿no es así? “Así es. No por mucho tiempo, pero como mencionaste, tal vez sería una buena oportunidad para investigar lo que está pasando ahora mismo”, respondió Akira con tono sombrío. “Hay misterios que quiero resolver. Necesito entender por qué todo está siendo distorsionado por el mundo del caos y la destrucción. Y, sobre todo, necesito encontrar la manera de borrar esa 'droga del Dios Demonio' que está corrompiendo la realidad.” Miguel miró a Karen y luego a la espada. La mención de esa "droga" y la distorsión del mundo le dieron una perspectiva aterradora: sus problemas familiares eran solo una pequeña parte de una infección que estaba consumiendo el mundo entero. —Si Akira va con ellos... —dijo Liz, mirando a Josué y luego a su hijo con una resignación dolorosa—, entonces acepto. Pero júrame, Miguel, que volverás. No permitas que la oscuridad de ese lugar te cambie como cambió a los hermanos de Karen. Miguel asintió con determinación, sintiendo que el peso de su linaje Sasai empezaba a transformarse en algo más que una carga. Estaba a punto de entrar en la boca del lobo, pero por primera vez, no iba solo. Ese abrazo detuvo el tiempo dentro del carruaje. Por un momento, el peso de las conspiraciones, los dioses y la inminente guerra se desvaneció, dejando solo el latido compartido entre una madre y su hijo. —Te lo prometo, mamá —le dije, y al fin pude regalarle una sonrisa tan honesta que sus ojos se iluminaron. No me sentía así desde los seis años; era como si el niño que tuvo que madurar a la fuerza pudiera, por fin, descansar un segundo. —Has crecido mucho, hijo... —murmuró ella, envolviéndome en un abrazo que me devolvió el alma al cuerpo. El calor de sus brazos era la única protección real que conocía, una calidez que me hacía sentir que, sin importar lo que encontráramos en aquel lugar maldito, siempre tendría un lugar al cual volver. Ella se separó un poco, tomándome de los hombros mientras me observaba con ese rostro sereno. Su cabello, esa mezcla única de verde azulado y morado, caía suelto sobre sus hombros, enmarcando sus ojos violetas que ahora brillaban con una alegría contenida. A pesar de todo el sufrimiento, su sonrisa sutil y juguetona seguía ahí, recordándome la fuerza que escondía su complexión delgada. —Me alegra tanto que hayas llegado a mi vida, Miguel. Yo nunca podría odiar a mi propio hijo... tú eres mi razón de vivir —dijo ella, acariciando mi mejilla—. Y por cierto... el momento en que me presentaste a Mei fue especial. Es una chica encantadora, tienes buen ojo. Me puse un poco rojo ante la mención de Mei, pero no aparté la mirada. Ver a mi madre así, tan llena de luz a pesar de las cicatrices que cargaba en su espalda y en su corazón, me dio la respuesta que Akira y Josué no podían darme. —Gracias por ser mi madre... —susurré. Josué observaba la escena desde la penumbra, con una expresión ilegible, mientras Karen apretaba la empuñadura de su espada, donde Akira permanecía en silencio, respetando ese vínculo humano que incluso los dioses envidiaban. El carruaje siguió su marcha hacia el destino incierto, pero yo ya no era el mismo chico que salió huyendo de la mansión Sasai. Ahora tenía una promesa que cumplir y una madre a la cual honrar. —Prepárate, Miguel —dijo Karen en voz baja, rompiendo el hechizo con un tono decidido—. Mañana al amanecer partiremos. Abraham nos encontrará en la frontera. Es hora de descubrir qué fue lo que realmente murió en esa misión hace años. Escena 2: Los Muros de la Mansión Tanaka El silencio volvió a caer sobre el grupo, pero esta vez fue interrumpido por el eco de los cascos de los caballos contra el empedrado de la entrada principal. La mansión de los Tanaka se alzaba ante nosotros como un coloso de piedra y autoridad, iluminada por antorchas que daban a la fachada un aspecto casi místico. Al detenerse el carruaje, las puertas se abrieron y ahí estaba él: Julián, el mayordomo de confianza de Josué. Se mantenía impecable, con la espalda recta y esa aura de eficiencia que solo los sirvientes de las grandes familias poseen. —Me alegro de que esté de vuelta, mi señor —dijo Julián, haciendo una reverencia perfecta—. Señorita Karen, es un gusto verla. Oh, veo que trae invitados... por favor, pasen, siéntanse como en su casa. Sus palabras eran educadas y su voz mantenía un tono profesional, pero su compostura vaciló por una fracción de segundo. Julián levantó la vista y sus ojos se posaron en la mujer que caminaba justo detrás de Josué. Se quedó paralizado. El rostro de Julián, siempre una máscara de cortesía imperturbable, mostró una grieta de asombro absoluto al reconocer a Liz. Sus labios se entreabrieron y la bandeja que sostenía pareció pesarle de repente. Él, mejor que nadie, conocía los secretos que se habían guardado en esos pasillos durante los últimos dieciséis años. —¿Señorita... Liz? —murmuró, olvidando por un momento su protocolo habitual. Liz le devolvió una mirada cargada de nostalgia y un poco de tristeza. —Ha pasado mucho tiempo, Julián. Veo que sigues cuidando de este lugar tan bien como siempre —respondió ella con suavidad. —Yo... —Julián carraspeó, recuperando la compostura rápidamente aunque sus manos aún temblaban un poco—. Mis disculpas. Es solo que el tiempo parece haberse detenido por un instante. Por favor, entren. Prepararé las habitaciones de inmediato. Caminamos por el vestíbulo principal. Miguel observaba los techos altos y los estandartes de la familia Tanaka, sintiendo que cada paso lo alejaba más de la sombra de su padre y lo sumergía en un pasado que apenas empezaba a comprender. —Mañana será un día largo —dijo Josué, dirigiéndose a Julián sin mirarlo directamente—. Asegúrate de que los jóvenes descansen bien. Y Julián... que nadie moleste a Liz. —Entendido, mi señor —respondió el mayordomo, lanzando una última mirada de complicidad y respeto a la mujer antes de retirarse a toda prisa. Karen me dio un codazo suave. —Parece que tu madre era toda una leyenda en esta casa también —susurró con una sonrisa pequeña—. Vamos, Miguel. Mañana Abraham nos espera y no quiero que te quedes dormido en el camino a la frontera. Tenemos una verdad que cazar. Escena 3: En la Habitación Vacía del Rey —¿Leyenda? Bueno, no del todo, pero es el Santo de la Espada, así que el respeto se siente en el aire —comenté mientras caminábamos por los pasillos de mármol—. Por cierto, mi hermano también está aquí. Pidió permiso para quedarse unos días; recuerda que en la academia solo podemos salir los fines de semana o en vacaciones, así que está aprovechando para leer y entender más sobre su magia y cómo funciona ese poder de sombras. —Ya veo... bueno, al menos eso es bueno para nosotros, ¿no? Podremos hablar con él y ver qué ha descubierto —respondió Miguel, mirando con curiosidad las puertas cerradas de la mansión. —Por supuesto, tonto —le dije con una sonrisita traviesa mientras nos alejábamos un poco del grupo—. Además, hay que aprovechar y entrar en la habitación de mi hermano... Miguel se detuvo en seco, mirándome como si me hubiera vuelto loca. —¡Eh! ¡Pero qué carajos...! —¡Shhh! ¡Guarda silencio! —le siseé, poniéndole una mano en la boca—. No quiero que me regañen. Siempre entro a su habitación cuando estoy deprimida o cuando el miedo me invade. Mi hermano es como un osito de peluche al que puedo abrazar cuando las cosas se ponen feas. —¿Un osito de peluche? ¿Estamos hablando del mismo tipo que emana una presión de sombras que da miedo? —murmuró Miguel, incrédulo, mientras nos acercábamos de puntillas a la habitación de Carlos. —Para el mundo es el "poder de sombras", pero para mí sigue siendo mi hermano mayor —susurré mientras ponía la mano en el pomo de la puerta—. Solo quédate detrás de mí y no hagas ruido. Si nos atrapa, diré que tú me obligaste. Abrí la puerta lentamente. El aroma a libros viejos y a esa energía fría pero familiar de Carlos inundó el pasillo. Allí estaba el escritorio rodeado de pergaminos y tomos antiguos, ajeno por completo a que su habitación estaba a punto de ser invadida por su hermana menor "en busca de un abrazo" y un Miguel Sasai muy confundido. La habitación de mi hermano estaba en penumbra, iluminada solo por una vela que proyectaba sombras alargadas contra las estanterías de libros. Miguel se frotó los brazos, mirando a su alrededor con cautela. —¿Por qué siento un escalofrío...? —murmuró, su voz apenas un susurro. —La verdad, no tengo ni la menor idea, Miguel —respondí, aunque yo también sentía esa presión gélida en el aire—. Pero, en fin, hay algo de lo que quiero hablar contigo. Se trata sobre Freya y Mío. Me senté en el borde de la cama de Carlos, apretando una de sus almohadas contra mi pecho. —Hace unos días les encargué algo específico para nuestra búsqueda... algo relacionado con lo que les pasó a mis hermanos en aquella misión. Pero, a la vez, siento que el miedo vuelve a mí cada vez que pienso en los resultados. —Lo sé, Karen —dijo Miguel, acercándose un poco—. Tienes miedo de saberlo todo. Pero recuerda: si hay un enemigo, debemos acabar con él. No importa si es alguien del Imperio. Suspiré, mirando la llama vacilante de la vela. —Ese es el problema, Miguel. Los del Imperio han estado tratando de cazar a los nocturnos sin descanso. Por suerte, Shiro no se encuentra aquí ahora; fue enviada a una misión especial por una situación en la Ciudad Helada. Y a su hermano no podemos pedirle ayuda; está demasiado ocupado con los de segundo año investigando la Reliquia Sagrada de Dios. Me levanté y caminé hacia la ventana, observando la oscuridad del jardín. —Dicen que es posible que tengan otra réplica para traer a todos de regreso a la vida. Si eso es cierto, el tablero de juego va a cambiar por completo. Pero mientras ellos buscan reliquias, nosotros estamos aquí, enfrentando fantasmas que usan los rostros de mi familia. Si el Imperio está metido en esto, ya no es solo una misión de rescate... es una declaración de guerra. Miguel se quedó pensativo, procesando la magnitud de lo que implicaba la "droga" del Dios Demonio, las réplicas de reliquias y la persecución de los nocturnos. El festival del próximo mes ya no parecía una simple competencia, sino el detonante de algo que nadie podría detener. Me quedé mirando mis manos, que aún temblaban ligeramente al recordar la presión asfixiante de aquella presencia. —Y para eso necesito volverme fuerte —dije, con una chispa de determinación cortando la melancolía de mi voz—. No puedo seguir dependiendo siempre de mi hermano, y mucho menos volver a confiarme como pasó ese día. Miguel se mantuvo en silencio, sabiendo exactamente a qué momento me refería. El aire en la habitación pareció volverse más pesado, como si el simple recuerdo invocara una parte de esa oscuridad. —Cuando Lucifer tomó el control del cuerpo de Carlos... fue el momento más aterrador de mi vida. Por suerte nos salvamos, pero estuve a un paso de la muerte, Miguel. Casi muero frente a sus ojos. Si Carlos no hubiera recuperado el control en el último segundo para frenar ese poder, yo no estaría aquí hablando contigo. Apreté los puños, sintiendo la frialdad de la habitación. —Ver a la persona que amas y en la que confías convertida en un monstruo que no te reconoce... es algo que no le deseo a nadie. Por eso este viaje a la frontera es vital. Si hay algo en ese lugar que pueda darme una pista de cómo purificar esa energía o cómo hacerme lo suficientemente fuerte para sostener a mi hermano cuando su propia oscuridad lo traicione, tengo que encontrarlo. No voy a ser la razón por la que él pierda su humanidad. Miguel asintió, su mirada reflejando un entendimiento profundo. Él también tenía sus propios demonios que enfrentar con el linaje Sasai, y ambos sabíamos que el tiempo de ser protegidos se había terminado. —Mañana —sentenció Miguel— empezaremos a escribir nuestra propia historia, lejos de la sombra de nuestros padres y hermanos. —Mañana —repetí yo, mirando por última vez la cama vacía de Carlos antes de salir de la habitación para intentar, al menos, cerrar los ojos un par de horas. Escena 4: La Aparición de Hina y la Puerta Cerrada Solté un suspiro largo, tratando de que el aire frío de la habitación me ayudara a despejar la mente, pero el escalofrío que sentí no fue por el clima. Una presencia, silenciosa como un pétalo cayendo al suelo, se materializó justo detrás de mí. —Jijiji, veo que has venido aquí, Miguel —susurró una voz melódica y cargada de una picardía peligrosa. Era Hina. Estaba tan cerca que podía sentir su energía vibrando contra mi espalda. Sin pensarlo, di un salto hacia atrás, alejándome lo más rápido posible. El corazón me martilleaba en las costillas; no la había sentido llegar, ni un paso, ni un cambio en el aire. —¡O-oh! Buenas noches, señorita Emperatriz Hina Sánchez —logré decir, tratando de recuperar el aliento y la compostura. —Vamos, vamos, Miguel, no seas tan formal conmigo —dijo ella, soltando una risita juguetona mientras se acomodaba un mechón de cabello—. Recuerda que soy como una madre más para ti... aunque a veces sea un poco intensa. Hina cambió su expresión a una más suave, aunque sus ojos siempre guardaban ese brillo de quien sabe más de lo que dice. —Por cierto, tu madre está aquí, ¿verdad? Quisiera hablar con ella, no sé si podrías llevarme con ella... —hizo una pausa, girando su mirada hacia Karen, que seguía estática junto a la ventana—. Y sobre todo... Karen, ¿podrías ir a ver a tu hermano Abraham? Creo que necesita un poco de esa energía tuya antes de que el sol salga. Karen me miró con una sonrisa bastante asustada, de esas que dicen "no me dejes solo con ella", pero sabía que cuando Hina pedía algo, no era exactamente una sugerencia. —E-eh... este, ¡sí! —respondió Karen, asintiendo frenéticamente antes de salir de la habitación casi trotando. Me quedé a solas con la mujer que, a pesar de su apariencia amable, era una de las figuras más poderosas y enigmáticas que conocía. El encuentro entre Liz y Hina prometía ser algo histórico, y yo estaba en medio, rogando que el carruaje de los recuerdos no terminara en un choque de trenes. —Sígueme, Hina —dije con voz un poco temblorosa—. Mi madre está en la habitación de invitados... aunque te advierto que ha sido un día bastante largo para ella. Las palabras de Hina me dejaron clavado en el sitio. No había malicia en su tono, solo una curiosidad teñida de una tristeza muy antigua. —Josué no me ha dicho nada desde que llegó y me preocupó —continuó Hina mientras caminábamos por el pasillo—. Por eso decidí preguntarte a ti. Pasaron muchas cosas entre nosotras; éramos tan amigas, pero de pronto ella se alejó de mí y de Josué. Nunca entendí el por qué... Me sentí mal, la verdad, y quisiera hacer las paces con ella. Pero dime algo, Miguel... ¿tu madre ha vivido una vida feliz? Sentí como si una espada me perforara el corazón. ¿Feliz? Recordé la cicatriz en su espalda, el miedo constante a Misael, los años de silencio y el sacrificio para que yo pudiera crecer. —Bueno... eso... —balbuceé, incapaz de articular una mentira piadosa frente a la mirada de la Emperatriz. Llegamos a la puerta de la habitación de invitados. Antes de que pudiera anunciar nuestra llegada, la puerta se abrió desde adentro. Mi madre apareció con el rostro cansado, pero se iluminó al verme. —Me alegro de que estés aquí, hijo... —empezó a decir, pero su voz se extinguió en el aire al notar la presencia que me escoltaba. Se quedó completamente en blanco, con los ojos abiertos de par en par. —¿H-H-Hina...? —tartamudeó, como si estuviera viendo a un fantasma de su juventud. —¡Olis, olis, mujer oliente a luz de flores! —exclamó Hina con una alegría casi infantil, agitando la mano—. Ha pasado mucho tiempo, Liz... La respuesta de mi madre fue instintiva y fulminante. ¡PAM! Cerró la puerta de golpe, justo en la cara de la mujer más poderosa del reino, dejando un silencio sepulcral en el pasillo. Me quedé mirando la madera de la puerta, luego a Hina, y otra vez la puerta. La "reconciliación" no estaba empezando precisamente bien. Hina parpadeó un par de veces, aún con la mano levantada, procesando el rechazo inmediato de su antigua mejor amiga. —Vaya... —murmuró Hina, rompiendo el silencio con una risita nerviosa—. Parece que el aroma a flores hoy tiene un poco de espinas, ¿verdad, Miguel?
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The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 218

Estás leyendo el capítulo 218 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 26 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.