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Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 193 online gratis en español

🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 193: La Promesa en la Penumbra, la Resonancia del Pasado y el Juicio de los Reyes Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez, Emanuel, Eime, El Dios Nocturno y Perspectiva General Escena 1: El Umbral de Ryouou y las Palabras Pendientes El círculo rúnico trazado bajo el calzado de Carlos emitía destellos dorados intermitentes. Sin embargo, en el instante previo a que el desplazamiento espacial cobrara curso, una voz impregnada de una calma forzada detuvo el flujo del tiempo en la estancia. —Espera un instante, Carlos… ¿Hacia dónde te diriges? Freya permanecía apoyada sobre el marco del ventanal monumental de la Academia Ryouou. Mantenía su mano diestra presionando su costado, una postura con la que intentaba proyectar una compostura indiferente, aunque la rigidez de su mirada traicionaba su intención. Su presencia allí distaba de ser fortuita. Carlos tensó la musculatura de los hombros, conservando un pie en el perímetro incandescente del grabado rúnico. —Freya, la coyuntura actual no es la adecuada —respondió, deteniendo el flujo de mana. —Existe un asunto que requiero abordar contigo… bueno, tú lo comprendes. Aún no hemos alcanzado una resolución respecto a nuestro predicamento —expresó ella, desviando la mirada una fracción de segundo antes de restablecer su expresión severa—. Evoco lo acontecido en el establecimiento. Pretendo presentar mis disculpas por los eventos de esa jornada… aunque aquello no implica que yo… Un silencio denso se apoderó de la estancia. En un extremo, Shiro y Kimberly intercambiaron una breve mirada que denotaba la gravedad del momento. Freya suspiró de forma imperceptible, despojándose por un instante de su reserva habitual. —Te seré honesta, Carlos. Se relaciona con Mio —confesó, mientras el tono de su voz manifestaba una leve fluctuación—. La situación me genera una inquietud profunda. Desconozco si Mio ha concedido su perdón hacia mi persona. A pesar de los acontecimientos… ella continúa dirigiéndome la palabra. Persiste en procurarme atención. La traté con una dureza injustificada y constituyó una equivocación absoluta. Una equivocación estúpida. Carlos atenuó la severidad de sus facciones. Comprendía el peso que Freya arrastraba respecto a su vínculo con Mio, una relación que ella misma había conducido a un punto de extrema tensión. —Freya —articuló Carlos con un tono firme pero apacible—. Mio no es una persona que albergue resentimientos duraderos. Si continúa procurándote cuidados es porque, desde su perspectiva, jamás dejaste de poseer importancia. No obstante, si requieres su perdón, no me lo solicites a mí. Acude directamente a ella una vez que esta confrontación alcance su término. Kimberly emitió un silbido tenue, disipando parcialmente la tensión de la atmósfera. —Vaya, Carlos, en la jornada presente te encuentras distribuyendo dictámenes de justicia y afecto. ¿Acaso planeas incorporar una capa a tu atuendo? —expresó en tono de ironía, aunque sus ojos reflejaron severidad al dirigirse a Freya—. Escucha, especialista de hielo, el protocolo de nivel platino se encuentra en ejecución. Si pretendes entablar un diálogo con Carlos, deberá ocurrir únicamente tras su retorno con vida. Freya asintió de forma pausada, ajustando la presión sobre el costado de su vestimenta. —Simplemente… evita perecer —murmuró—. Resultaría sumamente incómodo presentar disculpas ante una sepultura. Carlos dibujó una ligera curvatura en sus labios mientras la energía rúnica terminaba de envolver su estructura física. —No dispongo de la intención de otorgar semejante satisfacción al Dios Nocturno —sentenció. El estallido de luz dorada se consolidó de manera definitiva. Carlos se desintegró del perímetro de la Academia Ryouou, dejando atrás los conflictos pendientes en la institución para proyectarse hacia el punto ciego donde Emanuel se encontraba al borde del colapso. Escena 2: La Extensión de la Aceptación y la Llegada del Héroe El Reino Temporal comenzó a experimentar oscilaciones inestables. La estructura de la realidad se resquebrajaba como una lámina de cristal bajo la presión tectónica de la contienda. Emanuel cayó sobre su rodilla izquierda, utilizando la empuñadura de su espada como punto de apoyo para impedir el colapso de su cuerpo. El sudor, impregnado de sangre coagulada, limitaba su campo visual mientras cada inhalación le generaba una sensación abrasadora en la caja torácica. —Esta progresión carece de límite… —jadeó, observando la figura inalterada del Dios Nocturno—. ¿Qué clase de entidad encarna este sujeto? Ni un solo rasguño… la totalidad de mis ofensivas de mayor escala no han generado impacto alguno. El Dios Nocturno flotaba a escasa distancia, examinándolo con una curiosidad calculadora. Las espadas suspendidas a su espalda emitían una vibración metálica constante. —Vaya… da la impresión de que intentarás ejecutar una maniobra inédita. Adelante, despliégala. ¡Jajaja! —la risa de la deidad resonó con una frecuencia que causó una punzada aguda en los oídos de Emanuel. Emanuel cerró los párpados un instante. «Las alternativas se han agotado», constató con una helada ecuanimidad. «Las fluctuaciones en mi determinación me están hundiendo, pero valdrá la pena ponerlo a prueba por segunda ocasión… aunque implique mi propia desintegración». Emanuel cesó toda postura ofensiva y relajó su guardia. El Dios Nocturno tensó la mirada al detectar la alteración inmediata en el flujo del mana. De manera intempestiva, llamas oscuras, densas y dotadas de una temperatura extrema, emanaron de la piel de Emanuel. Llamas de la Aceptación. No se trataba de una manifestación ígnea ordinaria. Encarnaba la fuerza de una entidad que ha integrado la probabilidad de su propia extinción con el propósito de arrastrar a su oponente al vacío. El fuego rodeó su figura, consumiendo los restos de su armadura y fusionándose con las heridas abiertas de su epidermis. «Anticipé que este escenario se presentaría tarde o temprano», dedujo Emanuel mientras sentía el desgaste acelerado de su esencia. «Sin embargo, en estas condiciones físicas… con la estructura corporal lesionada y el mana exhausto… las probabilidades son reducidas. Si no concluyo esto en el movimiento inmediato, no sobrevivirá ni mi sombra». El Dios Nocturno interrumpió su risa. La emisión térmica de aquellas llamas operaba en una dimensión distinta: no incineraba la materia, sino que alteraba la estabilidad de la existencia misma. —De modo que… has determinado consumir tu propia alma —expresó la deidad, despojando su voz de burla e infundiéndole un matiz de amenaza absoluta—. Es un recurso poético, mortal. Sin embargo, la combustión cesa cuando la materia prima se agota. Emanuel alzó el rostro. Sus pupilas moradas reflejaban el destello del fuego azabache. —En ese caso, me aseguraré… —Emanuel se puso de pie mientras la piedra bajo sus botas se derretía instantáneamente— …de que tu entidad constituya el último elemento que mis llamas consuman antes de extinguirse. En ese preciso instante, una fluctuación espacial conocida desgarró la atmósfera a su espalda. Un portal de tonalidades doradas y oscuras se abrió con violencia, liberando una presión táctica que Emanuel reconoció de inmediato. Carlos irrumpió en el campo de batalla. Aterrizó en el centro de la perturbación, proyectando una densidad de polvo y ceniza. Sus ojos evaluaron el escenario en un instante: el firmamento fracturado, el suelo fundido y Emanuel envuelto en el fulgor de la automutilación mágica. —Aparentemente mi arribo registra un leve retraso… —murmuró Carlos, apretando la mandíbula al percibir la masa gravitatoria del Dios Nocturno—. Presiento que esta confrontación se desviará de los márgenes previstos. No contemplé que este sujeto poseyera la capacidad de arrasar dominios enteros de forma individual… y en este momento intenta eliminar a Emanuel. Observa su estado: su vestimenta ha quedado reducida a jirones. Tendré que determinar la metodología para neutralizar a este dios de pacotilla, pero si la situación escala a este nivel… Carlos no concluyó la aseveración. El espacio a su espalda experimentó un pliegue fluido y una presencia conocida se materializó. Eime se encontraba allí, reclinada sobre el vacío, observándolo con una combinación de severidad y desenvoltura. —Vaya… de modo que te hallabas en este punto —expresó ella, desplazándose con una elegancia que ignoraba la presencia de la deidad suspendida a pocos metros—. Supuse que no accederías a encararlo. Recuerda las directivas formuladas por ellos… aunque, ciertamente, actúas con imprudencia. Eime se aproximó a Carlos sin previo aviso. Antes de que él ejecutase una maniobra defensiva, ella lo rodeó con los brazos desde la espalda, adhiriendo su figura a la suya en un contacto que transmitía una absoluta firmeza. —Oye… —susurró al oído de Carlos, utilizando un tono cargado de una intención ajena a la severidad del entorno—. ¿No te agradaría reiterar aquello? El rostro de Carlos alteró su tonalidad de manera drástica. El contraste entre la gravedad del combate y la temeridad de Eime lo descolocó por completo. —¡Oye, idiota! ¡ZAS! Carlos descargó un golpe seco sobre la nuca de Eime con una fuerza considerable, logrando que ella deshiciera el agarre mientras manifestaba una queja teatral. —¡Cesa esa actitud imprudente! ¡Nos encontramos en el desarrollo de una contienda crucial! —le recriminó Carlos, aunque la frecuencia de su pulso se mantenía elevada. El Dios Nocturno, que había permanecido observando la interacción con una ceja elevada, liberó una risa seca y carente de humor. —¿Interrupciones de índole afectiva? ¿En mi presencia? —La deidad extendió la diestra, materializando una lanza de oscuridad pura—. Indudablemente, este plano ha perdido la consideración hacia sus ejecutores. Emanuel, conservando el envoltorio de las Llamas de la Aceptación, dirigió la mirada hacia Carlos. Su visión morada se proyectaba borrosa debido al dolor, pero la llegada de su aliado le proporcionó un segundo aire. —Carlos… —jadeó Emanuel—. Arribas con la puntualidad requerida… para el desenlace. Carlos adoptó una postura severa de manera inmediata, desenvainando su arma mientras la emanación mágica de Eime se tornaba letal en un parpadeo. —No se registrará ningún desenlace en la jornada de hoy, Emanuel —sentenció Carlos, fijando la vista en la figura del Dios Nocturno—. No mientras permanezca presente para saldar las cuentas con este denominado señor de las sombras. Escena 3: La Revelación del Dragón y las Cicatrices del Alma Emanuel, sostenido por el fulgor moribundo de su fuego azabache, hincó la punta de su espada en el terreno para mantener la estabilidad. Observó a Carlos con una mezcla de agotamiento e ironía. —Indícame un detalle, Emanuel… ¿cuál es el motivo de tu presencia en este lugar? ¿Y por qué te encuentras combatiendo contra esa entidad? —preguntó Carlos, desviando la mirada hacia la deidad—. Asimismo… no contemplé que nos reuniríamos de forma presencial bajo estas circunstancias, Dios Nocturno. La deidad descendió levemente en el aire, recortando su silueta contra el cielo fracturado. Su expresión reflejaba una malicia absoluta. —Vaya, observa quién formula las interrogantes… —se mofó el Dios Nocturno, infundiendo veneno en su articulación—. Aquel que resultó incapaz de preservar la vida de nadie. Un individuo carente de rumbo que desconoce el camino a seguir y que únicamente procura evadir la realidad. Carlos apretó los dientes, sintiendo cómo el aire circundante comenzaba a vibrar producto de la tensión acumulada. —Aparentemente posees un volumen excesivo de información sobre mi persona… —siseó Carlos—. ¿Acaso este sujeto domina la totalidad de mis vivencias? «Él conserva ese conocimiento», dedujo Carlos internamente, mientras el recuerdo de la deidad tomando el control de su cuerpo le generaba una punzada visceral. «Lo domina debido a que permaneció en mi interior. Conoce los aspectos que ni siquiera me atrevo a verbalizar». Únicamente Shimizu, Shiro y sus guardianes comprendían la magnitud del periplo por el que había transitado. —Comprendo el curso de tus pensamientos, Carlos —continuó el Dios Nocturno, deleitándose con la alteración del héroe—. Comprendo que tus guardianes provocarían la devastación de este plano en caso de que tú caigas. Lo comprendo… puesto que constituyó esa misma razón por la cual Yuki ejecutó a aquellos antiguos compañeros en quienes depositabas tu confianza. A causa de tu debilidad. El silencio posterior se tornó asfixiante. Emanuel, desde su posición, percibió el peso del pasado de Carlos aplastando la dinámica del campo de batalla. —Omite mencionar a Yuki… —advirtió Carlos. Su tono descendió una octava, adquiriendo un matiz oscuro y ajeno a la escala humana—. Y abstente de referirte a mis vivencias como si se tratara de una de tus crónicas de tormento. Eime, situada junto a Carlos, abandonó toda actitud ligera. Su rostro se transformó en una máscara de frialdad absoluta, mientras sus manos comenzaban a emitir un resplandor carmesí. —Carlos razona con precisión —declaró ella, sustituyendo su tono previo por una promesa categórica—. Expresas un volumen excesivo de palabras para constituir alguien que se encuentra al borde de la extinción. Independientemente de tu conocimiento sobre el pasado… no dispondrás de existencia para atestiguar el futuro. Emanuel liberó una tos rasposa, expulsando una cantidad menor de sangre que se evaporó al contacto con las llamas negras. —Vaya… —murmuró Emanuel—. Aparentemente todos albergamos espectros del pasado en este lugar. Sin embargo, este supuesto dios incurrió en una equivocación… Nos ha congregado a todos en el mismo punto focal. Emanuel se erigió en su totalidad, mientras las Llamas de la Aceptación incrementaban su intensidad, alimentadas por la cohesión con sus aliados. —Carlos, desestima sus aseveraciones —sentenció Emanuel—. Si domina tantos aspectos sobre nuestra naturaleza, debe comprender que jamás cedemos cuando nos encontramos acorralados. La atmósfera se volvió densa. El Dios Nocturno echó la cabeza hacia atrás, emitiendo una carcajada que semejaba el colapso de estructuras óseas. —¿Sostienen la premisa de que ustedes tres prevalecerán en mi contra? —Su silueta se expandió, proyectando una masa de sombra que absorbió los restos del terreno—. Existi ó una entidad femenina que me plantó cara en épocas pretéritas. Poseía un poder considerable, lo admito. Sin embargo, ¿conocen cuál fue su desenlace? Sucumbió en el instante preciso en que asumió que podía sobrepasarme. Permítanme evocar su denominación… Ah, efectivamente. El Dragón de la Felicidad. Carlos congeló su postura. La respiración se le cortó en el tórax y la alteración desencajó sus facciones. Sus manos comenzaron a experimentar un temblor derivado de una furia abrasadora. —¿Qué? —su voz emergió fracturada, en un murmullo denso—. ¿Fuiste tú quien perpetró su muerte? ¡¿De qué manera te atreviste a quitarle la vida, Dios Nocturno?! —Así es… prosigue bajo esa línea, Carlos —provocó la deidad, disfrutando la manifestación de sufrimiento—. Sé que te genera un pesar profundo evocar la masacre en el Bosque Prohibido. Acudiste a ese sitio en búsqueda de respuestas y la única realidad con la que colisionaste fue su cadáver… y aquel huevo. Te retiraste del lugar y asumiste la crianza de esa infante como si fuera de tu propia sangre. El Dios Nocturno dio un paso en el vacío, descendiendo con una serenidad letal. —Esa infante constituyó un error categórico. Jamás debió entrelazarse con nuestro linaje. Desconoces la magnitud de tus acciones, Carlos. Esa niña representará la causa de tu deceso. Y cuando dicho evento se concrete, la totalidad de la estructura se habrá perdido. Los Diez Héroes Legendarios resultaron incapaces de prevalecer en aquella contienda… ¿y las deidades? ¿los guerreros? Todos fueron masacrados debido a su fragilidad. Frágiles ante un simple mortal que trascendió hasta convertirse en un Dios. Emanuel observó a Carlos de reojo. La expresión presente en el rostro de su amigo le generó una profunda inquietud: era la mirada de un individuo que atestiguaba la devastación de su realidad por segunda ocasión. En ese instante, Emanuel comprendió la verdad: el "Dragón de la Felicidad" presente en los relatos que su hija Alicia leía antes de dormir no constituía un mito lejano. Era una entidad real. Y en el presente, se encontraba muerta. El impacto estaba consumado. La fisura se había abierto nuevamente, liberando un resentimiento más denso que el propio abismo. Emanuel apretó los dientes, sintiendo cómo sus Llamas de la Aceptación variaban hacia una tonalidad violácea, reaccionando ante la perturbación de su aliado. —Carlos, no prestes atención a sus palabras… —murmuró Emanuel, aunque comprendía la inutilidad de sus vocablos—. El dolor se encuentra presente, pero si te permites ser arrastrado por sus aseveraciones, él habrá obtenido la ventaja. Carlos alzó la cabeza. Su aura abandonó las tonalidades previas, convirtiéndose en un vacío oscuro que distorsionaba la refracción de la luz a su alrededor. —Aseveras que ella representará mi deceso… —expresó Carlos, mientras la piedra bajo su calzado se reducía a polvo—. No obstante, para que dicho escenario se materialice, en primera instancia tendría que perdurar un fragmento de este mundo. Y si tú te encuentras en él, me encargaré de que no permanezca ni el recuerdo de tu nombre. Escena 4: La Cadena de Lealtad y la Sintonía del Juicio Eime se desplazó antes de que la línea de pensamiento extremo terminara de consolidarse en la mente de Carlos. No ejecutó un desplazamiento ofensivo hacia el Dios Nocturno; se proyectó directamente hacia su compañero. Se interpuso entre Carlos y la deidad, asentando sus pies con firmeza sobre la superficie agrietada. El aura oscura de Carlos colisionaba contra ella como un oleaje sobre una estructura rocosa, pero Eime sostuvo la posición sin vacilar. Extendió la mano y la asentó con firmeza sobre el tórax de Carlos, directamente sobre la posición de su corazón. —¡Reacciona, pedazo de idiota! —le recriminó, haciendo que su voz cortase la densidad del resentimiento como un impacto directo—. ¡Eso es con exactitud lo que busca! Si te transformas en esa entidad en este momento, habrás erradicado el recuerdo de ese dragón tú mismo. Carlos manifestaba un conflicto interno masivo, pero la interacción física de Eime lo ancló al plano presente. Los ojos de ella, habitualmente distantes o satíricos, exhibían una severidad absoluta. —Observa a Emanuel —continuó Eime, sin liberar la presión—. Se encuentra al límite de sus capacidades por sostener este Reino Temporal con el propósito de otorgarte margen táctico. ¿Vas a desestimar su sacrificio únicamente porque este pedazo de basura domina el arte de la provocación? El Dios Nocturno ladeó la cabeza, observando la dinámica con evidente fastidio. —Qué conmovedor. La pequeña protectora procurando preservar al héroe de su propio abismo. Eime giró el rostro hacia la deidad, y una expresión aterradora se dibujó en sus labios. No reflejaba regocijo; constituía la promesa de una retribución sistemática. —Expresas múltiples conceptos sobre linajes y equivocaciones, 'Dios' de pacotilla —escupió Eime, mientras su energía carmesí se materializaba en forma de cadenas suspendidas a su alrededor—. Sin embargo, omitiste un factor crucial respecto a los mortales que trascienden a la condición divina: conservan un punto de vulnerabilidad. Conservan el temor a que se les recuerde que en alguna ocasión vertieron sangre. Eime incrementó la presión sobre la vestimenta de Carlos y lo sacudió con firmeza. —Carlos, encauza ese resentimiento. Sin embargo, no permitas que la rabia tome el control de tus acciones. Demostremos a este sujeto el motivo por el cual el Dragón de la Felicidad depositó su confianza en un mortal como tú. Emanuel, al percibir que el colapso emocional de Carlos se detenía, liberó un suspiro impregnado de sangre. —Agradezco tu intervención, Eime… —susurró—. En este momento… hagamos que se trague cada una de sus palabras. La dinámica del enfrentamiento alteró su ritmo. Cesó el caos impredecible para dar paso a una coordinación estructural. Por primera ocasión en la contienda, los tres combatientes operaban en absoluta sintonía. Eime no liberó el agarre sobre Carlos de inmediato. Sus dedos se mantenían fijos en la tela, sosteniendo su cordura. —Comprendo la naturaleza de Carlos debido a que lo conozco desde la etapa en que procuró mi cuidado durante mi infancia —susurró ella, despojando su voz de todo matiz satírico para dejar ver una lealtad inquebrantable—. Jamás me desprendo de esos recuerdos. Exhibía una conducta distante, es verdad, pero con nosotros encarnaba a la persona más noble del mundo… aunque ante los demás operase como un demonio despiadado. Eime dirigió hacia el Dios Nocturno una mirada de desprecio absoluto, mientras sus ojos reflejaban destellos de rabia contenida. —Nadie se encuentra preparado para presenciar la caída de quien le otorgó la consideración que nadie más ofreció. Por dicho motivo debemos protegerlo. Yuki sostuvo esa misma premisa. Kai, Fer, Erick… la totalidad de ellos poseen un poder considerable, pero tú, Carlos, constituiste nuestra inspiración. Encarnas a nuestro Señor, y mantendrás esa posición de manera permanente. Sin importar las circunstancias. Emanuel, envuelto en sus llamas oscuras, sintió que su percepción fluctuaba por un factor ajeno al agotamiento físico. «¿Su Señor?», analizó Emanuel, superando por un instante el impacto del dolor corporal. «¿A qué se refiere? ¿Acaso Carlos dispone de combatientes de mayor envergadura bajo su jerarquía? ¿Es factible que este hombre represente algo superior a un simple aventurero o un héroe en fuga? Existe un trasfondo que escapa a mi comprensión… una estructura de dimensiones considerablemente mayores». La risa del Dios Nocturno cortó la revelación de forma abrupta. El sonido emanaba una soberbia que hacía oscilar la densidad del aire. —¡Jajajaja! Aparentemente ambos se encuentran disfrutando de esta interacción —espetó la deidad, contorsionando sus facciones en una expresión de repugnancia—. Resultan grotescos. Obsérvense: son frágiles, vulnerables… manteniendo permanentemente esa expectativa absurda. Dio un paso al frente, y la oscuridad a su alrededor adquirió rigidez, formando estructuras punzantes que emergieron de la piedra. —Independientemente de sus tentativas, son mortales, y los mortales únicamente dominan la evasión de la realidad y del destino. Son incompetentes por definición. Yo me despojé de mi condición humana para alcanzar mi estado actual, ¡y no me arrepiento de ninguna de mis determinaciones! Prefiero encarnar a este monstruo antes que retornar a ser una masa sentimental como ustedes. Emanuel se erigió en su totalidad. Sus llamas violetas y oscuras rugieron con una frecuencia renovada. La perplejidad generada por la denominación hacia Carlos se transformó en una determinación helada. —Aseveras que no experimentas remordimiento por tus equivocaciones… —siseó Emanuel, mientras la hoja de su espada comenzaba a emitir un tono agudo y constante—. Sin embargo, acabas de incurrir en el error de mayor magnitud: otorgarnos un motivo absoluto para impedir que abandones este sitio con vida. Carlos alzó la vista. El vacío en sus pupilas comenzó a estabilizarse, canalizándose directamente hacia el metal de su arma. —Si la condición humana equivale a la fragilidad… —expresó Carlos, resonando con la fuerza de los guerreros evocados por Eime— …entonces prepárate, 'Dios'. Puesto que esta supuesta fragilidad será el instrumento que dictamine tu sepultura.
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Estás leyendo el capítulo 193 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 26 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.