Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 192 online gratis en español
🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 192: La Sombra del Juicio, el Olvido del Abismo y la Sonrisa del Origen
Punto de vista: El Caballero Oscuro (Emanuel), Robert, El Dios Nocturno y Perspectiva General
Escena 1: La Resonancia del Dios y el Juicio Absoluto
El choque entre la Llama Negra de Noctis Eternas y la Marea del Abismo continuaba desgarrando la estructura del horizonte. Sin embargo, en medio del estruendo conceptual, Robert retrocedió un paso. No lo hizo por un cálculo táctico o una reubicación de su postura; lo hizo por puro instinto de supervivencia.
«Este sujeto… es alguien a quien verdaderamente debería temer», comprendió el abismal con un estremecimiento helado.
Las llamas negras de Emanuel no eran una simple manifestación ígnea ni una corriente de oscuridad ordinaria. Constituían un juicio absoluto: la negación estricta de la existencia. Un recuerdo ancestral cruzó la conciencia de Robert, trayendo el eco de las palabras de Lucifer sobre un duelo mental del pasado, una confrontación en la que el rey abismal intentó quebrar el espíritu de un mortal.
«Carlos Tanaka Sánchez…»
En aquel enfrentamiento, las llamas de Carlos habían consumido la presencia de Lucifer no a nivel físico, sino en la trama misma de su esencia. Y las llamas de Emanuel vibraban exactamente en esa misma frecuencia armónica, aunque con una densidad aún más profunda, añeja y despiadada.
Robert abrió los ojos con pavor.
—No puede ser… —musitó, apretando los dientes mientras la soberbia se desmoronaba en su rostro—. ¿Acaso él también…? ¡Maldición!
La certeza cayó sobre él como una masa de plomo. Emanuel no era un simple guerrero sumergido en la rabia; era una entidad que sobrepasaba los estándares mortales. Las llamas negras no cedían ni se extinguían al chocar contra la marea; se alimentaban de la propia masa abismal para incrementar su volumen.
—No importa cuántas veces lo destruyan… —susurró Robert, viendo cómo la estructura del espacio tras de sí comenzaba a agrietarse—. Siempre retornará.
Emanuel emergió del centro del incendio oscuro, avanzando con pasos lentos y pesados. Cada una de sus pisadas dejaba una huella incandescente que quemaba el vacío del dominio.
—¿Qué ocurre? —preguntó Emanuel. Su voz resonaba baja, penetrante y desprovista de emoción superficial—. Te percibo alterado, abismal.
El fuego se arremolinó sobre la superficie de su espada, adoptando la forma de filamentos oscuros e inestables.
—¿O acaso… —inclinó Emanuel la cabeza apenas un milímetro— te has topado anteriormente con alguien que supera las capacidades de este mundo?
El silencio resultante se volvió asfixiante. La mirada de Emanuel se tornó siniestra; no por un arrebato de demencia, sino por una determinación exenta de dudas.
—Espero que te encuentres preparado —articuló Emanuel mientras la Llama Negra se comprimía en un único punto focal sobre la punta de su arma—. Porque voy a devolverte cada una de las palabras que pronunciaste. Tu muerte quedará grabada en este plano. Sin prejuicios… te ejecutaré sin dudarlo, miserable demonio.
El movimiento posterior fue imperceptible. Emanuel no gritó ni realizó una gesticulación innecesaria. La energía concentrada simplemente atravesó la distancia, dividiendo el firmamento con una línea negra perfecta. La defensa de Robert, quien intentó cruzar sus alas orgánicas a desesperada velocidad, fue seccionada sin resistencia.
Por primera vez en diez mil años, el Abismo experimentó la certeza de la mortalidad.
Escena 2: La Condensación de la Ceniza y la Cárcel de Carne
La implosión cesó y el vacío quedó sumido en un silencio gélido. En el lugar donde erguía su figura el cuerpo titánico de Robert, no permaneció rastro de carne o hueso; sin embargo, tampoco se restableció la paz. Las cenizas negras no se dispersaron: quedaron suspendidas en el espacio, vibrando con una carga eléctrica inestable.
Emanuel cayó de rodillas sobre la piedra calcinada, respirando con dificultad mientras las grietas de su piel humeaban. De pronto, el aire volvió a comprimirse con una violencia gravitatoria que le oprimió el tórax.
Una risa astillada y disonante emergió directamente de la nada.
—¿De verdad… creíste… que resultaría tan elemental? —resonó la voz de Robert, reestructurándose desde la masa suspendida.
Las cenizas no recomponían su cuerpo previo; se condensaban en un torbellino semilíquido que se negaba a extinguirse. Era una voluntad corrupta aferrada al plano terrenal.
—Te lo advertí… —siseó la masa informe mientras la gravedad hundía las botas de Emanuel en el suelo—. El Abismo no perece. No importa cuántas veces me desintegres… siempre retornaré.
Emanuel tragó el polvo ácido de la batalla. Su espada yacía a varios metros de distancia y su reserva de mana era un eco agonizante. No obstante, al alzar el rostro, sus ojos morados conservaban una frialdad férrea.
—Entonces… —expresó, obligando a sus articulaciones a sostenerse de pie— tendré que borrarte de una forma en que ni el propio Abismo conserve memoria de tu existencia.
La masa de ceniza y brea se abalanzó sobre él como una marea oscura que devoraba la escasa luz del entorno. Emanuel no intentó esquivar la embestida inicial. Extendió su mano ensangrentada, sujetó el metal abrasador de su arma en el suelo y encaró la sombra que caía sobre él como un mazo colosal.
Rodó sobre la piedra en el último instante, evitando la pulverización directa, y se reincorporó ignorando el dolor punzante de sus costillas fracturadas.
—¡Golpéame! ¡Destrúyeme! —aullaba la voz multiplicada de Robert mientras sus apéndices de sombra envolvían la hoja de Emanuel—. ¡Cada fragmento de mi ser que logres borrar es una porción de este mundo que se apaga junto contigo!
Emanuel sintió la helada del vacío trepando por sus antebrazos. Sus venas adoptaron un matiz negruzco bajo la piel a medida que la impureza abismal intentaba reclamar sus circuitos mágicos agotados.
En lugar de retraer su aura, Emanuel soltó la empuñadura de su espada.
La silueta informe de Robert vaciló un instante ante la acción. Emanuel dio un paso al frente y hundió sus manos desnudas directamente en el pecho de la masa de sombra.
—Si el Abismo no puede morir… —susurró Emanuel con las venas de su rostro marcadas por la presión— te enseñaré el significado del olvido.
Las grietas de su cuerpo no volvieron a expulsar energía: comenzaron a succionar. Emanuel no estaba atacando la estructura de su oponente; estaba convirtiendo su propio organismo agotado en una prisión espiritual.
El entorno colapsó hacia el punto de contacto. La masa de cenizas intentó replegarse al percibir el proceso, pero los dedos de Emanuel actuaban como grilletes de pura fuerza de voluntad.
—¿Qué… qué estás haciendo? —exclamó la voz de Robert, perdiendo por primera vez su matiz de superioridad.
—Lo que debí ejecutar desde el principio —respondió Emanuel, sintiendo cómo su propia piel comenzaba a perder definición en el borde de la penumbra—. Borrarnos a ambos.
Escena 3: El Colapso Interno y la Extinción del Nombre
El entorno se transformó en un no-lugar de blancura absoluta y silencio total. Emanuel sintió cómo sus recuerdos, sus vivencias más antiguas y los trazos de su propia identidad comenzaban a desprenderse como láminas de papel seco.
«Concéntrate», se ordenó a sí mismo dentro de su fuero interno. «Si pierdo la noción de quién soy antes de concluir esto, este sujeto prevalecerá».
Su análisis táctico permaneció helado en medio de la disolución. Observó la esencia de Robert retorcerse en su agarre, atrapada en el centro de su plano espiritual.
«Se jacta de encarnar la eternidad del vacío, pero grita de pavor al sentir el contacto directo. No es una entidad invulnerable; es un parásito que teme a la nada absoluta», dedujo Emanuel.
—¿De verdad crees que esto es el Abismo? —siseó Emanuel en el espacio blanco, mientras sus brazos continuaban desvaneciéndose—. Esto es únicamente una habitación vacía. Y yo poseo la llave.
—¡No puedes sostener esta distorsión! —aulló la silueta, intentando reconstituir un rostro para manifestar su horror—. ¡Te desintegrarás junto conmigo!
Emanuel dibujó una débil sonrisa carente de júbilo.
«Cree que mi estructura corporal es lo que sostiene mi voluntad», pensó.
—Ese es tu error, Robert —declaró Emanuel, mientras sus ojos despedían un destello de luz argéntea—. No comprendes la naturaleza de la determinación humana. No combatimos únicamente para preservar nuestra propia vida… combatimos para evitar que aquellos que amamos deban presenciar nuestra caída.
Emanuel ejecutó el colapso final. No mediante un golpe físico, sino mediante una expansión masiva de su voluntad concentrada. El vacío de su espíritu se cerró sobre la esencia del abismal. Las grietas de su cuerpo estallaron liberando un flujo de energía que comenzó a devorar la masa oscura centímetro a centímetro.
«Uno… dos… tres pasos más», calculó mentalmente Emanuel, conteniendo el dolor punzante que amenazaba con desconectar su conciencia. «Si logro colapsar su núcleo antes de que mi memoria se borre por completo… la contienda habrá concluido».
—¡Detente! ¡BASTA! —bramó la sombra, perdiendo su cohesión y transformándose en un humo denso que buscaba cualquier fisura para escapar.
—Es demasiado tarde para solicitar indulgencia —sentenció Emanuel.
Emanuel atrajo la totalidad de la masa hacia el centro de su pecho. Usó los remanentes de su propia existencia como ancla y cebo. El núcleo de Robert —una esfera de densidad oscura que albergaba su odio ancestral— no pudo resistir la fuerza de succión ejercida desde el espíritu de Emanuel.
La esfera comenzó a vibrar de forma descontrolada. El alarido de Robert dejó de emitirse como un sonido articulado y se convirtió en una vibración que agrietó el plano espiritual.
Una brecha incandescente y blanca apareció en el centro exacto del núcleo del abismal. Se ramificó en milésimas de segundo por toda la estructura de la sombra.
CRACK.
El sonido imitó la ruptura del espacio. La masa de Robert estalló hacia afuera en una onda de choque de luz fría y partículas inanimadas. Millones de fragmentos salieron despedidos, pero la fuerza de succión generada por Emanuel los atrajo hacia su interior antes de que pudieran dispersarse.
Emanuel recibió el impacto directo en su conciencia. Fue como si un torrente de hielo seco atravesara su mente. Cada pedazo del Abismo que absorbía y neutralizaba eliminaba un fragmento de sus propios recuerdos: imágenes de su infancia, rostros del pasado, voces olvidadas.
«Duele», constató Emanuel, pero la sensación física ya no alteraba su avance. «Absorbe todo. Que no permanezca un solo vestigio de su ser».
El remolino se redujo hasta convertirse en una esfera diminuta en el centro de su pecho. Emanuel cerró el puño espiritual con la fuerza final de una mente que ya no recordaba con precisión la causa original de su lucha.
El núcleo se desintegró en un polvo inerte que se evaporó dentro de su ser. La risa de Robert se apagó de manera definitiva. Robert dejó de existir en el mundo físico, en el Abismo y en el plano espiritual. Solo permaneció como una mancha neutralizada en lo más profundo del alma de Emanuel.
El blanco absoluto se disipó y Emanuel reapareció en el mundo real, desplomándose sobre la tierra calcinada.
Escena 4: La Aparición de la Deidad Ancestral
Emanuel yacía tendido sobre la superficie abrasada. Sus pulmones emitían un silbido al intentar procesar el aire enrarecido.
«Maldición…», pensó, apretando el puño sobre la ceniza inerte. «Si no hubiera sido por la interrupción de ese abismal… mi trayectoria hacia el palacio imperial seguiría despejada. Adán Soldar… rey del imperio… juro que pagarás por cada vida. Pero en este momento… apenas puedo percibir la sensibilidad en mis extremidades».
La venganza que alimentaba su avance parecía enfriarse a la par que su temperatura corporal. De pronto, una alteración en la presión atmosférica hizo que la superficie de su piel se erizara. El tiempo pareció ralentizarse, volviéndose denso e inusualmente pesado.
Emanuel permaneció inmóvil. No era producto del agotamiento físico, sino de una respuesta instintiva ante una presencia que no pertenecía al plano terrenal. La energía envolvente era una marea densa, aplastante y antigua; una emanación mucho más remota que el aura de Robert.
—Vaya, vaya… ¿qué tenemos en este lugar? —resonó una voz suave pero helada a su espalda—. Un mortal alimentado por un resentimiento tan puro… que casi resulta apetecible.
Emanuel forzó a su cuello a girar. Cada vértebra protestó ante el esfuerzo, pero rehusó apartar la vista.
Frente a él, emergiendo de una penumbra que absorbía la luz natural del entorno, se hallaba una figura imponente: el Dios Nocturno. Se encontraba sentado con una compostura serena, flanqueado por un abanico de espadas oscuras clavadas en el espacio vacío tras su espalda, formando una suerte de trono metálico. Una sonrisa retorcida y pálida cruzaba su rostro.
Emanuel sostuvo la mirada. Sus ojos, inyectados en sangre y cargados de un rechazo inquebrantable, brillaron con brusquedad.
—¿Qué demonios eres tú? —escupió Emanuel con una voz grave que rasgó el silencio.
El Dios Nocturno emitió una risa breve y seca, semejante al crujido de cristal bajo una suela.
—Oh, no te muestres tan desinformado, Caballero Oscuro… —dijo la deidad, inclinándose ligeramente hacia adelante mientras las espadas flotantes vibraban al unísono—. Me has ofrecido un despliegue verdaderamente singular. No contemplé la posibilidad de que un solo mortal fuera capaz de borrar la existencia de un abismal. Ese sujeto figuraba entre los más destacados de hace diez mil años… y lo has reducido a nada.
Emanuel sintió que la gravedad sobre su cuerpo se duplicaba. El aire a su alrededor comenzó a emitir chispas de estática violeta.
«Diez mil años…», analizó Emanuel, manteniendo su mano derecha cerca de la posición de su espada, aunque sus músculos respondían con extrema lentitud. «Esta entidad no es un simple remanente histórico. Es la fuente original».
—¿Y cuál es tu propósito aquí? —preguntó Emanuel, obligando a las fibras de sus piernas a tensarse—. ¿Pretendes culminar la labor de Robert? ¿O solo te sentaste a pronunciar discursos hasta que mi cuerpo ceda por la hemorragia?
La sonrisa del Dios Nocturno se amplió, dejando ver una dentadura afilada como astillas de obsidiana.
—Deseo presenciar hasta qué punto puede extenderse ese fuego, Emanuel. Porque si consideras que Adán Soldar constituye tu obstáculo principal… es que aún no has vislumbrado la auténtica penumbra.
Escena 5: La Provocación y la Memoria de la Guerra Antigua
El Dios Nocturno se puso de pie. El movimiento fue fluido y pausado, como la proyección de una sombra durante el atardecer.
—En fin… únicamente deseaba comprobar la magnitud de tu fuerza —continuó la deidad—. Evaluar si poseías la capacidad de sostenerte un momento más.
Su mirada se transformó en un pozo insondable de malicia. Una presión invisible agrietó el suelo bajo sus botas.
—Veamos qué clase de despliegue puedes ofrecer, humano.
En ese instante, su aura explotó. No fue una deflagración de fuego convencional, sino una onda expansiva de densidad gravitatoria pura. El impacto golpeó el tórax de Emanuel como una masa de plomo, proyectándolo violentamente hacia atrás. Su cuerpo rebotó contra los restos de mampostería y piedra calcinada. Cada colisión le recordaba la fragilidad de su estado actual tras el combate contra Robert.
Emanuel clavó los talones en el terreno, levantando una cortina de polvo para frenar el impulso. Sus músculos temblaban por la sobrecarga.
«Maldición…», pensó, escupiendo una mezcla de sangre y residuos oscuros. «Esta entidad no es humana ni comparte la estructura de un abismal. Es algo que jamás debió manifestarse».
Sus ojos examinaron el entorno a gran velocidad, evaluando trayectorias y ángulos de escape. El Dios Nocturno avanzaba a paso firme; cada pisada dejaba una huella oscura que marchitaba la superficie de la piedra.
«Debo formular una estrategia… una vía para neutralizar la ventaja de este demente», razonó Emanuel, sintiendo el frío de la energía enemiga entumecer sus reflejos. «La fuerza bruta resulta inútil en este estado. Y mi reserva de mana se encuentra al límite. Las opciones tácticas se han agotado».
Emanuel contempló sus manos destrozadas, cubiertas de ceniza y sangre seca.
«Si mi desenlace debe ocurrir en este lugar», una resolución extrema cruzó su conciencia, «me aseguraré de que esta deidad conserve grabado mi nombre».
—¿Eso es todo lo que puedes desplegar? —provocó Emanuel, forzando a su columna a erguirse a pesar de que su campo visual perdía nitidez—. ¿Un simple impulso gravitatorio? He percibido brisas de verano con mayor intensidad que tu aura.
El Dios Nocturno detuvo su marcha. Su sonrisa no se disipó, pero sus ojos se entrecerraron, emitiendo un resplandor púrpura.
—Interesante… —murmuró la deidad—. Aún conservas la audacia para proferir insultos. Comprobemos si tu estructura física logra soportar la secuencia posterior.
Emanuel emitió un rugido, ignorando el desgarro de sus fibras musculares. Empuñó su hoja con un trazo desesperado y se lanzó al frente. El acero cortó el aire enrarecido buscando el cuello de la entidad.
El intercambio escaló en una fracción de segundo. Destellos de energía oscura y fuerza de voluntad colisionaron en el espacio. Emanuel no atacaba con orden; forzaba a su organismo a sobrepasar sus límites biológicos, desplazándose como una ráfaga azabache entre las sombras proyectadas por el Dios Nocturno.
«Mayor velocidad», se exigió a sí mismo mientras la realidad circundante se tornaba borrosa. «Si detengo el desplazamiento un solo instante, la contienda habrá concluido».
El Dios Nocturno bloqueó un tajo descendente utilizando únicamente la punta de una de sus espadas flotantes. Ejecutó la parada sin esfuerzo visible, casi con desinterés. Sin embargo, en sus pupilas se encendió un destello de curiosidad táctica.
—Este mortal… posee la facultad de incrementar su densidad espiritual incluso mientras su cuerpo se desintegra. Qué despliegue tan singular —comentó la deidad, haciendo que su voz resonara en el cráneo de Emanuel como un trueno—. Parece que valdrá la pena combatir contra alguien de tu naturaleza.
Emanuel retrocedió un paso, jadeando intensamente. Antes de que pudiera reiniciar la ofensiva, el Dios Nocturno ladeó la cabeza y lo examinó con una mirada cargada de memorias sangrientas.
—Aunque, viéndolo con detenimiento… —continuó la entidad, ampliando la hendidura de su sonrisa— me recuerdas en gran medida al Primer Héroe Legendario. Aquel a quien descuarticé y torturé mil años atrás. Exhibía exactamente la misma mirada de rabia antes de que le extrajera la esencia.
Emanuel apretó la empuñadura hasta que los nudillos se tornaron blancos.
—Y no solo eso —añadió el Dios Nocturno, dando un paso que comprimió el espacio circundante—. Carlos Tanaka Sánchez… comparte esa misma naturaleza. La misma arrogancia y la misma fragilidad disfrazada de valentía.
El nombre de Carlos resonó en la mente de Emanuel con mayor fuerza que un golpe físico.
«¿Carlos?», pensó Emanuel mientras una furia gélida sustituía el cansancio acumulado. «¿Qué conocimientos posee esta criatura sobre él?».
—No te atrevas a establecer comparaciones —siseó Emanuel, mientras una corriente de energía arrojaba destellos plateados combinados con la masa oscura que había absorbido del abismal—. Y por sobre todas las cosas… no te atrevas a mencionarlos como si comprendieras su existencia.
El Dios Nocturno liberó una carcajada estridente que congeló la atmósfera del lugar.
—Los conozco con mayor precisión que cualquier otro ser, mortal. Conozco la frecuencia exacta con la que sus estructuras óseas se fracturan. ¿Deseas verificar si tu cuerpo emitirá el mismo sonido?

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Estás leyendo el capítulo 192 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 26 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 344 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.