Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 181 online gratis en español
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Capítulo 181: Ruinas de Ryouou Clannad, el Juicio Inminente y la Promesa de un Padre
Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez, Shiro, Yue, Natsuki, Lucia y Perspectiva General
La risa se fue apagando poco a poco. No porque el momento muriera, sino porque, por primera vez en toda la discusión… ninguno estaba realmente molesto.
Shiro cruzó los brazos, todavía fingiendo indignación mientras acomodaba su postura.
—De verdad eres insoportable.
Carlos caminó a su lado como si nada hubiera pasado, manteniendo las manos en los bolsillos.
—Y tú exageras.
Ella lo miró de reojo con los ojos entrecerrados.
—No exagero.
—Te ofendiste porque dije que Yue saca humo por la nariz.
—¡No fue solo eso!
—Ah, claro. También fue lo de Natsuki. Y lo de Gojo. Y lo de que casi te desmayas.
El silencio cayó por un segundo. Shiro se detuvo en seco en medio del camino.
—No me desmayé.
Carlos giró lentamente sobre sus talones.
—Perdiste la consciencia estratégicamente.
La otra Shiro, que caminaba unos pasos más atrás observando la interacción, soltó una carcajada involuntaria que resonó entre los árboles.
—¡TÚ CÁLLATE! —le gritó Shiro a su versión joven.
Carlos levantó una ceja con una sonrisa de lado.
—¿Ves? Dramática.
La presión mágica volvió apenas un segundo en el aire. Pero esta vez no era peligrosa; era energía contenida sin intención alguna de matar, un mero chisporroteo impulsivo. Shiro suspiró, dejando caer los hombros, y siguió caminando.
—Cuando lleguemos a la academia… vas a entrenar conmigo.
Carlos parpadeó.
—¿Eso es una amenaza o una invitación?
—Es una advertencia.
—Hmm… interesante.
Ella se giró apenas.
—No uses esa voz.
—¿Qué voz?
—Esa voz de “esto será divertido”.
Carlos sonrió levemente.
—Siempre es divertido cuando intentas golpearme.
—Algún día te ganaré.
—Probablemente.
Shiro se detuvo otra vez.
—¿Probablemente?
—Si sigues entrenando y dejas de pelear por celos absurdos, sí.
La palabra “celos” flotó en el aire, densa y pesada. Silencio absoluto. La otra Shiro miró a la versión principal con una expresión profundamente divertida.
—Oh…
—¡NO SON CELOS!
Carlos empezó a caminar otra vez, soltando una risita contenida.
—Claro. Son “comparaciones estratégicas emocionales”.
—¡CARLOS!
Pero ya no había rabia verdadera. Solo calor. Vida.
Mientras el camino hacia la academia se extendía frente a ellos, la tensión de antes parecía lejana. Shiro caminó unos pasos detrás, pensativa. No por Yue, no por Natsuki, ni siquiera por Gojo. Sino por algo mucho más simple.
Él podía haber destruido todo. Tenía el poder para desatar una catástrofe absoluta y, sin embargo, no lo hizo. Eso pesaba más que cualquier broma.
Carlos habló sin voltear a mirarla:
—¿Sabes qué?
—¿Qué?
—Aunque Yue saque humo… tú das más miedo cuando sonríes antes de atacar.
Shiro parpadeó, sorprendida por el cambio de tono.
—¿Eso es… otro intento raro de halago?
—Es un hecho.
Ella no respondió de inmediato. Pero su expresión se suavizó apenas, bajando la guardia.
—Viejo inútil.
—Mocosa de mierda.
Caminaron en silencio unos segundos más. La guerra seguía existiendo. Gabriel seguía observando desde las sombras. El poder nocturno seguía acechando en las profundidades. Pero por ahora… solo eran tres figuras discutiendo tonterías camino a una academia. Y esa normalidad imperfecta… valía más que cualquier victoria.
Escena 1: Las Ruinas de Ryouou Clannad y las Sombras del Pasado
El viento soplaba entre columnas partidas y cimientos destrozados. El polvo cubría lo que alguna vez fueron pasillos llenos de vida estudiantil.
El Ryouou Clannad ya no era un símbolo de formación y prestigio… era un recuerdo herido.
Las risas murieron al instante. El grupo se detuvo en el borde de lo que solía ser la entrada principal. Carlos se quedó quieto, contemplando la desolación del edificio destruido. No habló de inmediato. No podía. El peso de la devastación le oprimía el pecho.
Shiro fue la primera en romper el silencio, colocándose a su lado.
—Lo viste… ¿verdad?
Ella lo miró directo a los ojos. Sin orgullo. Sin máscara.
Carlos no apartó la mirada.
—Lo vi.
La palabra cayó pesada sobre las piedras rotas.
—Vi cómo el Dios Nocturno usó mi cuerpo para destruir la academia. Vi cómo perdiste tus brazos.
El aire se tensó a su alrededor.
—Y escuché… cómo Queen murió.
Shiro no respiró durante un segundo. Carlos bajó apenas la voz, dejando que el pesar fuera visible.
—No pensé que terminaría así.
El recuerdo lo atravesó también, imágenes difusas de una batalla sangrienta y despiadada.
—Mi hermano. Milin. Merlin. Todos fueron testigos cuando me atacó. Yo provoqué parte de eso… porque necesitaba entender el motivo.
Apretó los puños hasta que los nudillos se le pusieron blancos.
—Y cuando supe que Dani… el mismo Dani que odié tanto… estaba realmente muerto. Que solo el Dios de la Guerra lo había tomado como recipiente…
Su voz se quebró apenas, un matiz que pocas veces mostraba.
—Escuchar su voz cuando estaba a punto de perder… eso dolió más que cualquier herida.
Shiro tragó saliva. No era el único que había sufrido en ese infierno.
—Eime y Emperor lucharon hasta el final —continuó Carlos, recordando las lecturas de energía del combate—. Me sorprende que sobrevivieran.
Sus ojos se afilaron con respeto analítico.
—Emperor no es normal. Es una criatura que se adapta. No solo resiste… supera. Evoluciona frente a su rival.
Hizo una pausa, recordando los momentos críticos de aquella lucha.
—Eime casi muere para domarlo. Peleó hasta que su alma estuvo al límite. Y gracias a eso lo controló.
Silencio. El viento arrastró polvo y escombros entre las ruinas. Pero entonces Shiro dijo lo que realmente le pesaba a él en lo más profundo de su ser.
—¿Qué pasará contigo?
Carlos cerró los ojos un instante.
—Esa es la cuestión.
La sentencia. El juicio. El hecho innegable de que su cuerpo fue el arma que destruyó todo. Aunque no fuera su voluntad.
—¿Crees que me ejecutarán?
No lo dijo con miedo infantil. Lo dijo con aceptación adulta, consciente de la gravedad de sus actos bajo la posesión.
Shiro dio un paso hacia él, encarándolo.
—No fuiste tú.
—Pero fue mi poder.
—Fue una posesión.
—El resultado es el mismo.
Silencio otra vez. Carlos miró el enorme cráter central del patio, donde solía erigirse la estatua de la academia.
—Si deciden ejecutarme… no me resistiré.
Shiro lo agarró del uniforme con fuerza, arrugando la tela.
—No digas eso.
—No huiré de las consecuencias.
Ella lo miró con rabia contenida, con los ojos brillando de impotencia.
—Eso no es noble. Es estúpido.
Carlos levantó una ceja.
—¿Ah sí?
—Sí. Porque todavía tienes promesas. Melissa. El reino de Lucia. Henry.
El nombre de Henry golpeó más fuerte que cualquier acusación.
—Si te ejecutan, el Dios Nocturno gana otra vez —continuó Shiro—. No por destruir la academia… sino por destruir lo que queda de ti.
Carlos no respondió. Pero no apartó la mirada. Ella se acercó un poco más, reduciendo la distancia entre ambos.
—No eres el monstruo que hizo esto.
—Pero fui el recipiente.
—Y sobreviviste.
Eso lo hizo respirar más profundo, sintiendo cómo el aire frío le llenaba los pulmones.
—El juicio vendrá —dijo finalmente—. Y lo aceptaré.
—Acepta responsabilidad, no sacrificio inútil.
Las ruinas los rodeaban como testigos mudos de un desastre que aún sangraba. Carlos miró el lugar donde antes estaba el salón principal.
—Si me dan la oportunidad… reconstruiré esto.
No como penitencia. Como promesa.
Shiro suavizó la expresión, soltando el agarre de su uniforme.
—Entonces pelea por eso cuando llegue el momento.
—¿Pelear contra el consejo?
—Pelear por seguir vivo.
Carlos soltó una exhalación lenta. Por primera vez desde que llegaron… el peso no era culpa. Era decisión.
—Si intentan ejecutarme —dijo con calma—, tendrán que demostrar que soy más peligroso vivo que muerto.
Shiro sonrió apenas.
—Y eso no será tan fácil.
El viento sopló otra vez. Las ruinas seguían ahí. Pero también ellos. Y mientras estuvieran de pie… la historia no había terminado.
Escena 2: La Culpa Repartida y las Palabras de Akinori
El silencio entre las ruinas se volvió más íntimo, como si el espacio a su alrededor hubiera apartado el resto del mundo.
Carlos no retiró la mirada del suelo golpeado por la energía.
—Pero yo… te hice daño. Maté a todos los estudiantes con ese ataque… aunque fuera él quien lo ejecutó. Tú le rogaste que se detuviera, Shiro… y fue demasiado tarde.
Su voz ya no tenía ironía. Ni orgullo. Solo una culpa áspera y lacerante.
—Fui un idiota. Si mi alma no hubiera sido tan débil… esto no habría ocurrido.
Shiro no respondió con palabras inmediatas. Tomó su mano. Firme. Cálida.
Carlos levantó la vista, sorprendido por el tacto. La mirada que encontró no tenía reproche. Era… hermosa. No por dulzura vacía. Sino por decisión.
—Todo lo que pasó no es tu culpa.
Su tono fue suave, pero no frágil.
—No tienes que cargar con ese peso tú solo.
Carlos apretó los dientes, sintiendo la tensión en la mandíbula.
—Pero fui el recipiente.
—Fuiste la víctima también.
Ella dio un paso más cerca.
—¿Crees que para mí fue fácil verte poseído? Verte atacar sin poder alcanzarte… escuchar cómo tu voz no era tuya…
Carlos cerró los ojos un segundo, recordando la desconexión horrible de su propio cuerpo. Shiro continuó:
—Gojo también luchó contra él. Y ahora lo tienen en la mira. Sabes cómo es… siempre llama la atención.
Una leve sonrisa cruzó el rostro de Shiro al pensar en el peliblanco.
—Pasó lo mismo con Lucifer. Cuando dijo “te lo dije, ¿no? Que yo te vencería”… eso no era poder. Era frustración.
Carlos abrió los ojos.
—Lucifer estaba frustrado.
—Sí. Porque no te quebraste del todo.
El viento movió los restos de tela y polvo alrededor de ellos.
—El Dios Nocturno hizo lo mismo —añadió Shiro—. Intentó romperte desde adentro.
Carlos respiró más lento, asimilando cada palabra.
—¿Qué fue exactamente lo que te dijo… la mamá de Gojo? Akinori.
Shiro parpadeó apenas. Recordar ese momento era distinto. Más frío. Más calculado.
—Akinori no gritó. No acusó.
Carlos la miró atento.
—Ella me miró… y dijo algo muy simple.
Shiro imitó la postura rígida y el tono sereno de aquella mujer:
—“Si cargas la culpa que no te pertenece, el enemigo habrá ganado dos veces.”
Carlos quedó inmóvil.
—También dijo que el verdadero peligro no es que te posean… sino que tú decidas que mereces desaparecer por ello.
Las palabras golpearon más fuerte que cualquier juicio formal.
—Akinori sabe lo que es perder —continuó Shiro—. Y sabe lo que es seguir adelante sin odiarse por sobrevivir.
Carlos bajó la mirada hacia sus manos. Temblaban apenas.
—¿Y si mi alma sí fue débil?
Shiro negó suavemente.
—No fue débil. Fue atacada por algo que existe únicamente para corromper.
Se inclinó un poco más hacia él.
—Débil sería rendirse ahora.
Silencio.
—Tú luchaste incluso cuando estabas perdiendo el control. Yo lo vi.
Carlos recordó fragmentos dispersos. Oscuridad. Voces retumbando. Una resistencia mínima en el fondo de su conciencia, pero resistencia al fin.
—El hecho de que todavía te duela… significa que no eres el monstruo que crees.
El viento sopló otra vez entre las ruinas.
—Si el consejo quiere juzgarte, que lo haga —dijo Shiro con calma—. Pero no voy a permitir que te juzgues antes de tiempo.
Carlos la observó en silencio. Ya no veía solo destrucción alrededor. Veía a alguien que eligió quedarse a su lado.
—Entonces dime algo —murmuró él.
—¿Qué?
—Si me condenan… ¿te quedarás?
Shiro no dudó.
—Sí.
No fue dramático. Fue absoluto.
Entre escombros, culpa y memoria… esa respuesta sostuvo más que cualquier hechizo de protección. Y por primera vez desde que llegaron… Carlos no se sintió solo frente al juicio que venía.
Escena 3: El Reencuentro con los Aliados y el Veredicto del Consejo
El aire se quebró antes que la voz.
—¡Carlos!
Se quedó inmóvil. Esa voz… no estaba llena de rabia. Estaba rota.
Natsuki corrió hacia él sin detenerse, sus pasos haciendo eco entre las piedras rotas. Sus lágrimas caían sin control, mezclando dolor, alivio y algo que parecía un miedo irracional de que él desapareciera otra vez.
Lo abrazó con fuerza brutal, impactando contra su pecho. No como guerrera. No como rival. Como alguien que estuvo a punto de perderlo para siempre.
Carlos no reaccionó de inmediato. Sus brazos tardaron un segundo en moverse por el shock. Pero cuando lo hicieron… la abrazó también, pegándola a él.
Alrededor, el resto del grupo llegó en silencio desde varios puntos de la academia devastada.
Karen. Hiko. Yue. Miguel. Lucia. Gojo. Mael.
Los ojos de Lucia no tenían odio. Tenían algo peor: decepción pura.
María. Kratos. Arlette. Mei. Shirou. Freya. Mio. Kimberly. Farid. Kevin. Abrán. Merlin. Milin. Yuri. Y por último… Charlotte.
Todos estaban ahí. No como enemigos, sino como testigos de un destino incierto.
Natsuki apretó más fuerte la tela de su espalda.
—Idiota… —susurró entre lágrimas—. Pensé que te había perdido.
Carlos sintió cómo el peso en su pecho aumentaba. No por acusación, sino por amor. Por dolor compartido.
Lucia dio un paso al frente, con su porte real impecable a pesar del desastre. Su voz fue firme:
—Lo que ocurrió… destruyó esta academia. Mató a nuestros estudiantes.
El silencio cayó como una sentencia mortal. Carlos bajó la cabeza.
—Yo…
No había excusa suficiente. No había explicación que borrara los nombres inscritos en la tragedia.
Gojo lo observó serio, ajustando sus vendas. No había burla en su expresión; solo análisis y algo mucho más profundo. Miguel cerró los ojos un instante. Mael desvió la mirada hacia las ruinas. Yue… Yue no lloraba, pero sus pequeñas manos estaban apretadas con fuerza contra su falda.
Carlos sintió que el mundo se hacía pequeño.
—Yo no estaba en control… —logró decir finalmente—. Pero eso no cambia el resultado.
Natsuki se separó apenas para mirarlo a los ojos.
—No fue tu voluntad.
—Fue mi cuerpo.
Silencio. Merlin habló primero, dando un paso desde la retaguardia.
—El consejo ya deliberó.
Las palabras atravesaron el aire como espadas. Milin bajó la mirada. Yuri apretó los labios. Charlotte no apartó los ojos de él.
Lucia respiró profundo.
—Hay quienes piden ejecución.
El mundo se congeló. Natsuki giró de golpe hacia la gobernante.
—¡¿Qué?!
Kratos cruzó los brazos, interviniendo con voz grave:
—Y hay quienes entienden que fue posesión divina.
Gojo dio un paso al frente, tomando la palabra.
—El problema no es si fue tu culpa.
Carlos levantó la mirada lentamente.
—Es si volverá a pasar.
Silencio absoluto. Esa era la verdadera pregunta. No la culpa: el riesgo.
Lucia sostuvo su mirada sin pestañear.
—Si el Dios Nocturno puede usar tu alma como puerta… sigues siendo un objetivo. Y una amenaza.
Carlos asintió despacio.
—Lo sé.
Natsuki volvió a abrazarlo por la cintura, esta vez temblando de rabia e impotencia.
—No dejaré que te ejecuten.
Miguel habló con voz baja pero firme:
—No depende solo de nosotros.
Shiro dio un paso al frente, poniéndose al lado de Carlos.
—Entonces dependerá de lo que él haga ahora.
Todos miraron a Carlos. No como monstruo, no como víctima: como una decisión por tomar.
Carlos respiró hondo. Miró las ruinas. Miró a cada uno de sus compañeros y amigos. Y finalmente habló:
—Si creen que soy un peligro… demostraré que soy la única arma capaz de detenerlo.
No sonó arrogante. No sonó desafiante. Sonó resuelto.
—No pediré perdón por sobrevivir. Pero asumiré la responsabilidad de que esto no vuelva a ocurrir.
Silencio. Largo. Pesado. Pero diferente. Ya no era solo juicio: era expectativa.
Lucia no apartó la mirada.
—Entonces prepárate. Porque lo que viene… no será un simple veredicto. Será una prueba. Y esta vez… no contra un dios. Sino contra la confianza de todos los que aún eligieron mirarlo con tristeza… en lugar de odio.
Escena 4: Las Tres Opciones y la Preparación para el Amanecer
El viento levantó polvo entre los escombros. Nadie habló durante varios segundos. No porque no tuvieran algo que decir… sino porque todo lo importante ya estaba en el aire.
Lucia fue la primera en romper el silencio.
—El Consejo Supremo se reunirá al amanecer.
Su voz era firme. Gobernante. Pero debajo… había un claro conflicto interno.
—No será una reunión simbólica. Será un juicio real.
Carlos asintió. No tembló.
—¿Qué opciones están sobre la mesa?
Kratos respondió esta vez, contando con los dedos.
—Tres.
El ambiente se tensó de inmediato.
—Ejecución inmediata.
Natsuki apretó los puños hasta lastimarse las palmas.
—Sellado permanente de tu alma.
Yue dio un paso atrás, asustada por el término.
—O libertad condicional bajo vigilancia absoluta… con una prueba de control espiritual.
Carlos no apartó la mirada.
—¿Prueba?
Gojo habló, serio como pocas veces se le veía.
—Te enfrentarán a una manifestación fragmentada del Dios Nocturno. Forzarán una resonancia.
Shiro frunció el ceño.
—Eso es peligroso.
Merlin asintió, confirmando la amenaza.
—Si tu alma aún tiene grietas… él puede intentar cruzar otra vez.
Silencio. Carlos lo entendió perfectamente. No era un juicio político. Era un experimento de vida o muerte.
—Si fallo… —dijo con calma.
Lucia no suavizó la respuesta.
—No te darán segunda oportunidad.
Natsuki lo tomó del brazo con desesperación.
—No tienes que aceptar eso.
Carlos la miró. Luego miró a todos los presentes.
—Si no acepto… siempre seré una bomba latente.
Miguel asintió lentamente, reconociendo la lógica implacable.
—Es cierto.
Yuri habló en voz baja desde atrás:
—Si lo superas… nadie volverá a cuestionarte.
Shiro dio un paso adelante.
—No estarás solo.
Kratos negó con la cabeza, rompiendo la ilusión.
—En la prueba, sí lo estará.
Eso cayó pesado sobre el grupo. Yue finalmente habló. Su voz pequeña, pero firme, rompió la atmósfera sofocante.
—Papá… ¿tienes miedo?
Todos guardaron silencio, escuchando a la niña. Carlos la miró. Podría mentir. Pero no lo hizo.
—Sí.
No de morir. Sino de fallarles.
Yue caminó hasta él y abrazó su cintura con todas sus fuerzas.
—Entonces no pierdas.
Simple. Directo. Shiro sonrió apenas.
—Esa es la mejor motivación que tendrás.
Lucia observó la escena en silencio. Luego habló con tono definitivo:
—Tienes hasta el amanecer para prepararte.
—¿Prepararme cómo? —preguntó Carlos.
Gojo respondió, ajustándose los puños.
—No entrenes poder. Entrena estabilidad.
Merlin añadió:
—Recuerda quién eres. Lo que te define. Lo que no puede ser manipulado.
Natsuki secó sus lágrimas con el dorso de la mano.
—No te atrevas a rendirte.
Carlos respiró profundo. Miró las ruinas una vez más. Esta academia no era solo paredes. Eran recuerdos. Nombres. Promesas.
—No lo haré.
El cielo comenzaba a oscurecer, pintándose de tonos violetas y negros. El amanecer no estaba lejos. Y por primera vez desde la posesión… Carlos no estaba huyendo de su culpa. Estaba caminando hacia su juicio. No para que lo perdonaran. Sino para demostrar… que el Dios Nocturno no era el dueño de su alma.
Escena 5: La Confianza de Yue y el Recuerdo Olvidado
El ambiente todavía estaba cargado… cuando Yue dio un paso al frente. Sonrió. No como guerrera. Como hija.
—No se preocupen, chicos.
Su voz era pequeña, pero firme.
—El Dios Nocturno no puede poseer a Carlos.
Karen y Hiko se miraron al escucharla con atención.
—Mamá Karen… tú y Hiko vieron cómo entré en ese portal para salvar a mi padre.
Era verdad. Lo recordaban claramente. Esa luz atravesando la oscuridad. La espada brillando con intensidad divina.
—No olviden que yo también soy una Sánchez —continuó con orgullo inocente—. No dejaría que nadie le haga daño a mi padre.
Carlos y Shiro la miraron. Y sí… si no hubiera sido por ella… y por la espada separadora de almas… todo habría terminado distinto.
Carlos bajó ligeramente la mirada. La verdad era más compleja. Él podría haber forzado la ruptura desde adentro. Pero no quiso. Quería saber. ¿Por qué el Dios Nocturno se manifestó solo para conocerlo? ¿Por qué lo llamó por su nombre verdadero? Su existencia nunca fue normal. Y eso lo inquietaba más que el propio juicio.
Yue continuó, más suave:
—El Dios de la Espada fue testigo cuando te salvé.
Eso hizo que algunos levantaran la mirada, sorprendidos.
—Él vio algo en mí…
Yue dudó un segundo.
—No sé qué fue, papá.
Sus manos pequeñas se aferraron con fuerza al uniforme de Carlos.
—Pero tengo miedo…
Silencio.
—Tengo miedo de que me abandones.
Eso… eso lo partió por completo. No el juicio. No la ejecución. Esa frase.
Carlos se quedó inmóvil unos segundos. Luego se arrodilló frente a ella, quedando a su altura. Sus manos temblaban apenas cuando sostuvo el rostro de su hija.
—No te abandonaré.
Yue lo miró directo a los ojos.
—¿Me lo prometes?
Carlos respiró profundo. No como guerrero. Como padre.
—Te lo prometo.
Su voz fue firme.
—Tu débil padre no perderá. No dejaré que caiga de nuevo. Haré todo lo que esté en mi alcance.
Yue sonrió. Esa sonrisa que hacía que incluso las ruinas parecieran menos oscuras.
Pero entonces… algo se rompió dentro de él. Un recuerdo de repente emergió. No de esta vida. Otro.
Una niña pequeña. Sentada sola sobre un suelo frío. Llorando en silencio mientras comía algo simple… como si ese fuera su único consuelo. La escena era borrosa, dolorosa, extrañamente familiar.
Carlos parpadeó rápidamente, desorientado. Su respiración cambió de ritmo.
—¿Papá?
Volvió al presente, enfocando la mirada en Yue.
—Estoy bien.
Pero no lo estaba. Esa niña… ¿quién era? ¿Por qué sintió esa punzada en el pecho como si hubiera fallado antes en otra época?
Shiro lo notó de inmediato.
—¿Qué viste?
Carlos dudó.
—Un recuerdo…
El viento sopló más frío entre ellos. Merlin frunció el ceño con sospecha.
—Un recuerdo, eh…
Lucia tensó la expresión.
—¿El Dios Nocturno?
Carlos negó lentamente.
—No. Esto es… más antiguo.
Miró sus manos.
—No sé qué fue eso.
Pero algo dentro de él sabía una cosa: ese recuerdo no apareció por casualidad. Y no tenía que ver solo con la posesión. Tenía que ver con su origen. Con por qué los dioses lo observan. Con por qué su alma fue elegida desde el principio.
Carlos abrazó a Yue un poco más fuerte, protegiéndola en sus brazos.
—Lo investigaré después.
Pero por ahora… tenía un juicio al amanecer. Y una promesa que cumplir.
La niña llorando seguía en el fondo de su mente. Esperando. Y por primera vez… Carlos sintió que su pasado no era una línea recta. Era un círculo que empezaba a cerrarse.

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