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Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 167 online gratis en español

🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 167: El Abismo del Demonio Nocturno y la Resonancia del Destino Punto de vista: Carlos Tanaka Sánchez, Shiro Shimizu y Perspectiva General Lo imposible estaba a punto de desatarse ante mis ojos. Observaba cómo Shiro y yo combatíamos en equipo con una sincronización perfecta que me traía reminiscencias de tiempos mejores. Sin embargo, percibía una alteración en ella. Una sensación extraña me invadía mientras nos desplazábamos en el terreno. ¿Por qué presiento que la persona que lucha a mi lado no es la Shiro de la academia? No comprendo la razón por la cual esta duda irrumpió en mi mente en momentos tan críticos, pero hay una verdad que no logro descifrar del todo. Es como si su esencia se hubiese transformado, volviéndose más ancestral y profunda de lo que conservaba en la memoria. Las consecuencias se están saliendo de control y a veces vuelvo a cuestionarme qué sucedería si tuviera la oportunidad de volver a verla. Me sentiría inmensamente feliz de presenciar su retorno y escucharla pronunciar con su tono habitual: «Estoy de vuelta, Sánchez». Ella siempre me llamaba de esa forma, incluso cuando todo se redujo a ruinas. Existen heridas abismales que resulta imposible sanar mediante el simple poderío. Resulta inestable saber que me encuentro combatiendo contra el Dios Nocturno mientras cargo con el peso atroz de sus actos. Desde el instante en que tomó posesión de mi estructura física, lo presencié absolutamente todo. Fui testigo de lo que era capaz de ejecutar y lo demostró arrebatando vidas inocentes utilizando mis propias manos. Experimentaba una repugnancia y un asco profundos al asimilar que alguien manipuló mi cuerpo para destruir y masacrar. Su único propósito consistía en reducir este mundo a cenizas mientras yo permanecía prisionero en la negrura de mi propia conciencia. Presiento que existen múltiples enigmas ocultos tras esta invasión, sumamente más oscuros de lo que nos han revelado. A pesar del torbellino emocional que me consumía, Shiro y yo conseguimos esquivar cada arremetida con una precisión sobrehumana. Cada movimiento de la entidad recibía por respuesta una evasión más veloz que la anterior; no podíamos permitirnos el más mínimo margen de error. El Dios Nocturno lanzaba estocadas que desgarraban la atmósfera, pero nosotros fluíamos a su alrededor como agua, evitando el contacto directo mientras aguardábamos el instante idóneo para contraatacar. Nuestras miradas se cruzaron por un milisegundo en medio de las deflagraciones energéticas. Percibí en los ojos de Shiro una determinación que me infundió el temple necesario para continuar a pesar de la aversión que sentía hacia mi propia persona. Que ella fuera real o no cobraba menor relevancia ante el hecho irrefutable de que se hallaba allí, arriesgándolo todo por mi salvación. El Dios Nocturno rugió de frustración al percatarse de que sus ofensivas más veloces fracasaban en tocarnos. Nos encontrábamos danzando en el filo de la muerte, aguardando a que la luminosidad rosada y azul de su hoja hallara finalmente la vía hacia el núcleo del monstruo. Escena 2: Las Sombras del Pasado y el Despertar de los Pétalos El Dios Nocturno frenó en seco, permitiendo que el aire se pacificara por un instante, aunque la presión psicológica se elevó hasta tornarse insoportable. Con una sonrisa grotesca, clavó su mirada en mis ojos titubeantes. —¿Te percataste, verdad, chiquillo? Esa mujer que combate a tu lado no es la Shiro que conociste. Es una extraña que viste la piel de tu preceptora. ¿Acaso no percibes el hedor a muerte y a tiempo podrido que emana de su alma? Ella te oculta secretos mientras tú te desangras por su causa. Aquellas palabras me impactaron con la contundencia de un mazo. El Dios Nocturno aprovechó mi vacilación para expandir su aura de pesadilla, proyectando ilusiones en el perímetro. Comencé a presenciar los rostros de las personas que la entidad había ejecutado utilizando mi cuerpo. Hombres, mujeres y niños emergían como espectros sangrientos, rodeándome y señalándome con el dedo. —¡Tú los asesinaste, Carlos! ¡Tus manos apretaron sus cuellos! —gritó la entidad con un eco omnipresente. Solté mi espada por un instante y me llevé las manos a la cabeza mientras las llamas del infierno en mi interior comenzaban a desestabilizarse, devorando mi propia anatomía. El asco que sentía por mí mismo se transformó en un ancla que me arrastraba hacia el abismo. El Dios Nocturno se deleitaba contemplando cómo su recipiente se desmoronaba desde el interior. —¡Contémplate! Eres un asesino, un monstruo que únicamente atrae desgracia a quienes aprecia. ¿Asumes que Shiro te observará igual tras descubrir lo que disfrutaste mientras yo controlaba tus músculos? La Shiro actual intentó aproximarse para fracturar el conjuro, pero el Dios Nocturno erigió un muro de espinas de sombra que la mantuvo a distancia. Yo me hallaba atrapado en mi infierno personal, reviviendo cada ejecución y cada clamor de agonía. El vacío en mi mirada se profundizó y el aura de la Red Blood Association comenzó a oscilar como una flama a punto de extinguirse ante el viento de la desesperación. —Esta es la auténtica naturaleza de tu existencia, Carlos Tanaka Sánchez —susurró la entidad, deslizándose como una serpiente hacia mi oído—. Eres una coraza vacía destinada a la aniquilación. Ni Henry ni esa impostora de Shiro pueden rescatar a alguien que se encuentra muerto por dentro. Entrégame el resto de tu voluntad y te concederé el olvido que tanto anhelas. Sin culpa, sin dolor... únicamente la nada eterna. El Dios Nocturno extendió su mano sombría hacia mi pecho para asestar el toque definitivo que borraría mi conciencia para siempre. Shiro clamaba desde el otro extremo del muro sombrío, colisionando contra la barrera con todas sus fuerzas, pero yo parecía inaccesible a todo lo que no fueran las voces de mis víctimas exigiendo juicio. Me hallaba a un paso de claudicar por completo ante la falacia del parásito. La negrura me absorbía tras los discursos de los espectros. Sus voces fantasmales y la memoria de mis crímenes me hundían más en la desesperanza. Sin embargo, en el último milisegundo, una sonrisa perversa se dibujó en mis facciones: un gesto penetrante y siniestro que no indicaba rendición, sino una aceptación terrible. Liberándome de las cadenas del juicio, invoqué las Llamas Verdes del Destino y las combiné con las Llamas del Infierno, erigiendo una grieta de luz en el pozo de mi agonía. Una onda destructiva emanó de ese fuego y el Dios Nocturno la contempló con asombro. Shiro, angustiada por mi estado, se apaciguó al presenciar un fenómeno inédito: yo daba un paso al frente sin importar que el dolor me consumiera. Apremié mi espada sangrienta y esta mutó de fisonomía en mis manos. No se trataba de una guadaña, una lanza ni dagas; era una hoja completamente distinta, desbloqueada tras asumir mi propia oscuridad. Gotas de sangre emanaban de la hoja, proclamando mi nombre en un susurro ancestral. La sostuve con una firmeza que desafiaba mi propia moral y ejecuté la técnica Pétalos de Luz del Alma. La espada se transformó en un vórtice de pétalos de sangre que orbitaban a una velocidad vertiginosa. Cada pétalo no representaba únicamente una navaja afilada, sino una partícula de mi alma que había abrazado su sombra para fulgurar con una luz propia y letal. El Dios Nocturno quedó paralizado ante mi metamorfosis. La mueca de su rostro se disipó al comprender que no me había destruido, sino que me había forzado a abrazar mi verdadera naturaleza. Los espectros que me atormentaban se disolvieron como cenizas al ser rozados por los pétalos de luz. Shiro percibió la inmensa marejada de poder que emanaba de mi cuerpo y su zozobra se transformó en una admiración silenciosa. Mi cuerpo ya no convulsaba por la culpa, sino por la convicción de un nuevo propósito. El escenario había dado un giro absoluto: yo era el cazador y el Dios Nocturno la presa. Mis ojos ardían con el fuego verde y rojo mientras alzaba la espada de Pétalos de Luz del Alma, dispuesto a desatar una furia exenta de moralidades. Los guardianes registraron la nueva aura de su líder y se prepararon para secundarme. El pavor se había evaporado de mi pecho, reemplazado por la fría determinación de quien ha asumido su destino como el Demonio Nocturno. Escena 3: La Pirámide de la Muerte y la Colisión Final —Ha llegado el momento de emplearlo —decreté. Una sonrisa de absoluta arrogancia se dibujó en mi rostro al sentir cómo el poder desbordaba mis límites. Shiro manifestó cierto temor al observarme tan sereno y, a la vez, tan letal. Yo estaba dispuesto a arriesgarlo todo, consciente de que algún día seré quien erradique a sus enemigos bajo sus propios términos. No volveré a figurar como el títere de nadie. Activé mi técnica más devastadora: Pirámide de la Muerte, una facultad cuya manifestación había postergado por largo tiempo debido a su escala de aniquilación. Shiro me sostuvo la mirada e interpretó al instante mis intenciones. Sin dudarlo, se distanció a toda prisa del epicentro de mi energía. Mis guardianes replicaron la maniobra, conscientes de que sería capaz de pulverizar todo a mi paso una vez completado el encantamiento. La atmósfera se tornó densa y el aire crujió bajo la presión de mi firma energética. Con la técnica lista, resolví duplicarla empleando la Espada de Clonación, una reliquia que únicamente mi ser puede blandir. De la hoja brotaron múltiples réplicas de mi persona, cada una imbuida con mis técnicas más poderosas y olvidadas. Para ser honesto, no soy proclive a rememorar la totalidad de mis facultades, pero en este estado de conexión absoluta con mi pasado, todo fluía de manera destructiva. Aquello se transformó en el Reino Temporal de nuestras mentes; su cuerpo físico no se hallaba allí, únicamente restaba su silueta vulnerable ante mi juicio. Esto resultaba idéntico a lo acontecido con Lucifer: él mantenía sus objetivos claros y de todos modos consiguió materializarlos. Astaroth permanece con vida sin que nadie lo sospeche aún —un secreto que alteraría el rumbo del mundo—, y el Dios Nocturno retornó para una contienda de desgaste que pondría a prueba la existencia misma de la humanidad. Pero yo no estaba dispuesto a retroceder un solo milímetro. Si esto se reducía a un combate de temple mental, no seré yo quien resulte derrotado. El Dios Nocturno pretendió arremeter dentro de este espacio psíquico, pero mis clones lo interceptaron con una ferocidad inhumana. —Yo soy quien infunde el verdadero terror en este mundo —sentencié mientras la Pirámide de la Muerte comenzaba a estrecharse sobre su figura. El pánico se reflejó en sus ojos al asimilar que, en este reino de pesadilla, sus títulos divinos carecían de valor ante el Demonio Nocturno. Las réplicas de mi persona ejecutaron maniobras coordinadas que despojaban al enemigo de su esencia fragmento a fragmento. Nos hallábamos en mi terreno y yo encarnaba al verdugo. La guerra de desgaste acababa de dar inicio, pero yo ya había reclamado la primera victoria sobre el miedo y la manipulación. Shiro observaba a la distancia cómo mi figura se erigía imponente en medio de la devastación absoluta, cuestionándose si el Carlos que ella conocía aún residía en algún rincón de ese guerrero implacable. La Pirámide de la Muerte alcanzó su punto crítico y su núcleo vibró con una frecuencia de aniquilación pura. Sin titubear, pronuncié las palabras que sellarían el enfrentamiento: —Destrucción de la Muerte Escarlata. En ese instante, el espacio simplemente colapsó. Una ráfaga de viento devastadora nos envolvió a todos mientras mis clones, con una sincronización impecable, liberaban sus propias técnicas de espada al unísono. El Dios Nocturno, en un conato desesperado por subsistir, intentó desplegar un ataque masivo, pero nuestra ofensiva resultó abrumadoramente superior. Las colisiones energéticas fueron tan extremas que el resplandor de la deflagración nos cegó por completo. La destrucción generada no fue únicamente física: desgarró la estructura misma del Reino Temporal, dejando a la entidad divina sepultada bajo un torrente de energía escarlata. Cuando el polvo comenzó a asentarse y la luz perdió intensidad, me descubrí de pie, sosteniendo la Espada de Clonación. No se trata de un instrumento ordinario, ni de un objeto que deba tomarse a la ligera; representa una amenaza mayor de lo que cualquier entidad en este mundo o en los superiores pueda concebir. Sé que múltiples facciones se encuentran en su búsqueda, aunque sus motivos me resulten desconocidos por el momento. Mientras recupero el aliento y examino los estragos de la batalla, comprendo que no debo abusar de su poder. Si excedo su uso, los dioses o entidades ancestrales acudirán a reclamarla. Sin embargo, conservo algo absolutamente claro: para que consigan arrebatarme esta hoja, tendrán que pasar primero sobre mi cadáver. Dejé de ser el chiquillo que huye; soy el muro que resguarda este secreto con su propia vida. Shiro se aproximó con precaución mientras mis clones se disipaban uno a uno, reincorporándose a mi propia sombra. El Dios Nocturno ya no se hallaba allí; su presencia física se había desintegrado en la nada. El terreno quedó sumido en un silencio sepulcral, interrumpido únicamente por mi respiración pesada. Mis guardianes retornaron a su estado de reposo, reconociendo mi victoria categórica. Observé la espada por última ocasión antes de enfundarla, percibiendo cómo su potestad se adormecía bajo mi tacto. Habíamos prevalecido en esta fase de la contienda, pero sabía que esto representaba apenas el preludio de un conflicto de escala superior. Con Astaroth libre y el mundo sumido en el caos, el Demonio Nocturno tendría que permanecer preparado para lo venidero. Carlos Tanaka Sánchez ya no era solo un nombre: era una leyenda que renacía de entre las cenizas de la muerte escarlata. —¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! Ay, ay... Jamás concebí que el Demonio Nocturno lograra doblegarme en un duelo de voluntad —exclamó de pronto la entidad, mientras su silueta se recomponía con una lentitud escalofriante—. Eres un sujeto verdaderamente molesto. Gracias a esta experiencia que acabo de experimentar, no correrás con la misma suerte la próxima vez. Espero que te estés preparando para perderlo todo, Carlos Sánchez. Tú eres aquel hombre que siempre terminará solo y abandonado por los demás. Cuando ya nadie te necesite, todos te darán la espalda. Patético y miserable humano. Carlos, Shiro y el resto del grupo quedaron paralizados al percibir que la presencia del Dios Nocturno continuaba vibrando con una malevolencia intacta. —Padecí enormemente tras ese ataque tuyo —prosiguió la sombra con un tono burlón—. Además... ¿de dónde obtuviste esa espada de clonación? Hace tiempo que los clanes la habían destruido. Ay, Carlos, eres un caso perdido... Pero en fin, me retiraré. La entidad no consiguió concluir la frase. Shiro, impulsada por una furia que trascendía su nueva templanza divina, se lanzó al ataque sin dudarlo. El aire se fracturó cuando ella reapareció instantáneamente frente a él, asestando un corte transversal tan veloz que el ojo no logró registrarlo. Un brazo negro del Dios Nocturno salió proyectado, desintegrándose en partículas de sombra antes de tocar la superficie. El Dios Nocturno retrocedió a máxima velocidad, emitiendo un alarido de sorpresa y dolor: ya no estaba jugando. Esquivó la siguiente estocada de Shiro por milímetros, mientras ambos comenzaban a desplazarse como destellos de luz que cruzaban el campo de batalla en zigzag. El choque de sus espadas era constante, una sinfonía de metal y energía que generaba ondas de impacto cada vez que sus hojas colisionaban a una velocidad que desafiaba las leyes de la física. Yo observaba desde mi posición, recuperando el aliento mientras la Espada de Clonación vibraba en mi diestra. Shiro se desplazaba con una fluidez aterradora, su aura rosada y azul cielo trazando estelas en el vacío. Cada vez que el Dios Nocturno intentaba abrir una vía de escape, Shiro lo interceptaba con una ofensiva aún más agresiva, forzándolo a permanecer en el combate. Sus movimientos alcanzaron tal velocidad que por momentos desaparecían de la vista de los guardianes. Eran dos fuerzas primordiales colisionando una y otra vez; Shiro no iba a permitir que él se marchara tras haber ultrajado mi destino y mi pasado. Sus ojos relucían con la determinación de la Shiro madura que conoció en el lago, asestando cortes precisos enfocados no solo en herir, sino en desmembrar la existencia misma de la entidad.
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The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 167

Estás leyendo el capítulo 167 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 26 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 351 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.