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🏴 Grupo: Español✍️ Traducción: Español
Capítulo 168: Un Millón de Años de Soledad y el Nombre del Abismo
Punto de vista: Shiro Shimizu, Carlos Tanaka Sánchez, Yuki y Perspectiva General
¿Esta mocosa se atreve a ponerme una mano encima?, pensó el Dios Nocturno mientras retrocedía apresuradamente. Pero de pronto se detuvo en seco al sentir la alteración drástica en la atmósfera. ¿Qué demonios es esa aura que surge de ella? Es como si una persona infinitamente más experimentada estuviera frente a mí.
La entidad tragó saliva al cruzar su mirada con la de Shiro. Ya no quedaba rastro de la preceptora apacible; únicamente se apreciaba un desprecio y una arrogancia desmedidas, alimentadas por un odio y una venganza demasiado siniestros para corresponder a un ser mortal.
El Dios Nocturno esquivó cada estocada de la hoja de Shiro con maniobras desesperadas. Giró a una velocidad pasmosa y reapareció tras ella, conectando un impacto seco y desgarrador directamente en su rostro. Fue un golpe tan severo y aterrador que Shiro salió despedida a una distancia descomunal, colisionando con tal violencia que la mar de sangre del dominio se fracturó por completo bajo su cuerpo, haciendo vibrar los cimientos mismos de la realidad.
Sin embargo, la secuencia posterior desafió toda norma. Una carcajada siniestra comenzó a brotar de los labios de Shiro mientras se erguía pausadamente de entre los escombros:
—¡JAJAJAJA! ¡JAJAJAJA! ¡Qué criatura tan hipócrita eres! —exclamó con un tono que distorsionaba la continuidad del espacio-tiempo—. Eres la existencia que más anhelo exterminar con mis propias manos. Deseo pulverizarte, arrancarte cada extremidad para posteriormente quemarte vivo.
Ante semejante invocación, el firmamento entero respondió.
El Dios Nocturno experimentó un pavor absoluto hacia esa mujer, un terror jamás registrado en su existencia eterna. En sus planos superiores, las divinidades percibieron una presencia aterradora que las forzó a posar sus miradas en el terreno de combate. Los sesenta y ocho guardianes cayeron de rodillas sobre la superficie, aplastados por la presión espiritual que Shiro liberaba. No se trataba de simple poderío: era la autoridad incontestada de una entidad que lo ha presenciado y destruido todo.
Fuera del reino, Gojo y la totalidad de los presentes colapsaron sobre sus rodillas sin descifrar el origen del fenómeno. Era como si una entidad hubiese mutado en el ser todopoderoso del mundo en un instante. Por su parte, Sayo se horrorizó al registrar esa energía inédita a través de su Visión Estelar: lo que sus ojos contemplaron no fue a Shiro Shimizu, sino a una sombra colosal devorando la bóveda celeste, una fuerza de juicio final que no dejaría nada a su paso.
El aire se tornó denso como el plomo y la calma retornó, aunque cargada de una amenaza inminente. Carlos observaba desde su posición, asimilando que la Shiro dispuesta ante él poseía la capacidad de erradicar a Tanaka Sánchez y a cualquier divinidad con el mero acto de desearlo. El Dios Nocturno temblaba al percatarse de que no combatía contra una guerrera ordinaria, sino contra la personificación misma de la venganza del tiempo.
Escena 2: La Condena del Sello y las Llamas de la Fe
Shiro se puso en marcha con paso lento. Sus ojos, antes azules, mutaron a un matiz rosado con rasgos dracónicos fijos en su presa. Por primera vez se manifestó una transformación inédita: dos espadas descendieron desde lo profundo del reino temporal, con las hojas afiladas cruzadas por grietas y un fulgor de tono naranja oscuro.
—Vengan a mí, espadas de la parca destructiva —decretó.
Las armas respondieron al llamado. En una fracción de segundo, Shiro reapareció tras el enemigo y, con el simple gesto de alzar la hoja, lo impactó antes de que consiguiera reaccionar.
El Dios Nocturno retrocedió tambaleándose, con su corteza física desmoronándose bajo cortes tan profundos que alcanzaban su esencia espiritual. Dejó de ser una coincidencia: ella habitaba un nivel de existencia que desafiaba la lógica divina.
La Shiro del pasado no representó únicamente una mentora: fue la figura que cargó con el peso más abrumador del mundo sobre sus hombros. Su existencia no se reducía a su facultad personal, sino al legado que la humanidad le confirió como su guerrera más formidable. Ella encarnaba la paz, pero el hecho de que su "yo" actual rozara la muerte mientras esta versión reinaba en el campo de batalla planteaba una interrogante atroz. ¿De qué manera fue posible que ambas versiones colisionaran nuevamente? Este constituye un enigma indescifrable.
Mientras otros retornaron tras la devastación de sus reinos, el caso de Shiro resulta único. Para el mundo exterior y para Carlos, únicamente transcurrieron seis años desde que Shiro fue sellada. Sin embargo, para ella, prisionera en un sello carente de todo excepto el vacío de la negrura, transcurrió un millón de años. Milenios de soledad donde la fe que ostentó se disipó tras ser doblegada por alguien que empleó una Magia de Sello tan aterradora que la borró de la historia.
Ahora, al retornar a este plano, Shiro no opera como una sobreviviente, sino como una viajera temporal cargada con una encomienda única. Cada segundo que transcurre, su potestad se incrementa, absorbiendo la energía circundante para reconstruir lo arrebatado por el sello. El Dios Nocturno la contemplaba con horror, comprendiendo que enfrentaba un millón de años de odio acumulado en la nada.
—Un millón de años de silencio resultan difíciles de perdonar —susurró Shiro, y su eco resonó como si mil versiones de su persona articularan la frase al unísono.
El espacio a su alrededor se distorsionó, abriendo fisuras azabache que succionaban la luz. Ella representaba la anomalía que el cosmos no puede enmendar. Su mirada, fija en la entidad, carecía de la compasión de antaño; el trauma del encierro la había forjado como un instrumento de precisión absoluta. Carlos percibía la oscilación de su alma: la Shiro que conoció habitaba allí, pero recubierta por capas de vivencias tan desgarradoras que resultaba irreconocible. El Dios Nocturno intentó regenerar sus heridas, pero la energía de Shiro lo neutralizaba; las quemaduras causadas por quien habitó un millón de años en la nada no sanan con magia convencional: son cicatrices en la trama misma de la realidad.
Carlos contemplaba a Shiro mientras los guardianes procuraban derribar los remanentes del enemigo. Yuki se aproximó con extrema cautela.
—Líder... yo... —comenzó Yuki, pero las palabras se trabaron en su garganta.
—No tienes por qué articularlo, Yuki —respondió Carlos con templanza—. Sé cómo te sientes, pero dime qué experimentas en este instante.
Él la sostuvo la mirada y registró en sus ojos el rastro del terror absoluto. Yuki posó su mano sobre el brazo izquierdo de Carlos, buscando un anclaje en medio de la marejada.
—No puedo negar lo que experimento —confesó Yuki—. Aunque ostente el rango de comandante, sentir este pavor me avergüenza... Pero desde que me enfrenté al Dios Nocturno, él me proyectó una memoria espantosa, algo que yo...
—No te preocupes, Yuki —la interrumpió Carlos—. Comprendo cómo sucedieron las cosas. Pero debes asimilar que él no ha combatido en serio en lo más mínimo. Al contrario, percibo que Shiro está desplegando todo su arsenal, aunque es la primera ocasión en que presencio esa nueva fisonomía en ella. Desconozco el entrenamiento que ha estado ejecutando, pues representa un nivel que ni yo he conseguido consolidar. Dominar semejante potestad no resulta tan sencillo.
Yuki observaba a Carlos con asombro sagrado hacia su salvador. Carlos comprendía que cada vida arrebatada bajo los dogmas de otros encerraba un significado superior. Creer es confiar en ti mismo; aunque la soledad nos asalte, siempre existirá alguien que nos acompañe. Dios lo contempla todo, reflexionó Carlos. Aunque no logremos percibirlo, Él permanece allí.
¿Qué relación guarda la fe en esta contienda? La diferencia radica en que quien no cree en lo que no ve asume que todo está perdido; pero la auténtica firmeza consiste en conservar la fe en cada acto, aun cuando todo colapse. Sin embargo, todo exige un sacrificio: perder incluso la existencia que nos restaba. Carlos asumía ese destino mientras contemplaba a Shiro erigirse como una entidad de justicia violenta.
El entorno se asemejaba a un templo en ruinas donde Shiro encarnaba a la deidad y Carlos al sacerdote de una verdad amarga. La fe de Carlos no era ciega: era la convicción de quien ha transitado por el infierno y resuelve continuar. Yuki apretó el brazo de Carlos, comprendiendo que su líder pagaría el precio definitivo de ser requerido.
Escena 3: El Estilo del Vacío Eterno y el Desprecio Divino
Kai, Eric, Eime y Fer ostentaban la mayor jerarquía al igual que Yuki. Cada uno recorrió un sendero cruel que los elevó a un nuevo estrato. Carlos rememoraba sus orígenes: travesías complejas como la suya, pero que le demostraron que siempre estarían a su lado como su verdadera familia.
Yuki se sumió en sus pensamientos ante los estragos. Había revivido el trauma de su pasado: la forma en que ese monstruo la aplastó representó una humillación inédita, incluso tras haber exterminado divinidades en reinos desconocidos. Observar a Shiro combatir contra esa entidad le erizaba la piel. ¿Cómo consiguió salir con vida tras su primer encuentro? Observaba a Shiro con una mezcla de pavor y fascinación. La espada de Shiro vibraba con una trascendencia que Yuki jamás presenció en la Shiro de antaño: era deslumbrante y aterrador contemplar cómo doblegaba al bastardo que una vez aterrorizó a los clanes.
Mientras tanto, el auténtico nombre del Dios Nocturno aguardaba ser revelado. Ambos combatientes mostraban sus ropajes desgarrados y sus cuerpos marcados por la exigencia extrema. A Shiro le desinteresaba su integridad física: su único motor consistía en exterminarlo para corregir la falla de hace mil años, cuando sus dudas le impidieron asestar el impacto definitivo.
—Sé que desde el más allá me estás observando... ¿verdad, vieja amiga? —susurró Shiro con una sonrisa que desconcertó a la entidad. Era el gesto de quien recuperaba una promesa sellada en sangre.
El Dios Nocturno quedó perplejo, sintiendo que su dominio psicológico se disipaba. Sin dudarlo, se desplazó a una velocidad que superó la percepción humana, provocando que el mar de sangre proyectara una marejada violenta que oscureció el perímetro.
—¡Destello de la oscuridad: Áreas cortantes! —rugió la entidad, liberando múltiples ráfagas de energía azabache desde sus manos.
El ataque se dirigió hacia Shiro para despedazarla. Los cortes devoraban la luz a su paso, tejiendo una red mortal de la que parecía imposible salir. Shiro aguardó inmóvil hasta que la ofensiva estuvo a milímetros de su figura. Alzó su espada con una pasividad que resultó insultante para la entidad; los destellos oscuros impactaron, pero se deslizaron por el filo de su arma como agua. Shiro no bloqueó los impactos: los redirigió con maniobras circulares que generaron un vacío, dividiendo la tormenta de sangre en dos.
—¿Eso es todo lo que tu odio puede construir? —cuestionó Shiro, superando el estruendo del viento sangriento.
El Dios Nocturno, frustrado, emitió un alarido y se sumergió en el océano carmesí. De pronto, mil estacas de sombra emergieron desde el lecho para empalar a la guerrera desde todos los ángulos. Shiro cerró los ojos y el tiempo pareció detenerse. No era magia ordinaria: era la experiencia de un millón de años manifestándose como puro instinto. Con un giro de su cuerpo, desató una onda expansiva de energía azul cielo que pulverizó las estacas.
—Estilo del Vacío Eterno: Corte de la Memoria Perdida —susurró.
Su hoja relució con un resplandor ciego. Shiro se lanzó al centro de la tormenta, cortando la sangre, el aire y la negrura que resguardaba al enemigo. El Dios Nocturno fue forzado a emerger, mostrando un pavor genuino al ser descubierto en su propia cobertura. El choque resultó inminente: la espada de Shiro se hundió en el hombro del Dios Nocturno, consumiendo su esencia con una luz ajena a este plano. Él intentó aprisionar el brazo de ella, pero la presión del aura de Shiro desintegró sus dedos.
Abajo, Carlos y Yuki contemplaban la lluvia carmesí precipitarse sobre ellos. Los guardianes percibieron que la presión que los mantenía sometidos se transformaba en esperanza. La silueta del Dios Nocturno perdía firmeza mientras Shiro lo forzaba a contemplar el abismo que ella habitó por milenios.
Shiro adoptó un semblante de absoluta seriedad, una rigidez que parecía apagar toda certeza en el ambiente.
—Dime algo... ¿por casualidad tu nombre no es...?
Las palabras se disiparon en un vacío sonoro, como si la existencia misma prohibiera que ese nombre fuera escuchado por oídos mortales. En ese milisegundo, el Dios Nocturno cesó de sonreír. Su mirada cambió por completo: ya no era la de un combatiente arrogante, sino una mueca siniestra que brillaba con una luz hiriente.
Sin embargo, una sonrisa peligrosa y desgastante se dibujó en sus facciones.
—¡JAJAJAJAJAJA! ¡Debo estar iluminado! —gritó con una carcajada que rasgó los oídos de los presentes. Su voz tornó a un tono gélido como la muerte y se desvaneció a una velocidad inaccesible para los sentidos sobrehumanos de Carlos y Shiro—. ¡Yo soy quien se ubica por encima de todo! —su eco resonó desde cada dirección, haciendo vibrar la estructura ósea de los guardianes—. Quien se atreva a desafiarme a mí, el Dios, el humano que fue devorado por las llamas nocturnas de la muerte únicamente para sobrepasar sus límites... ¡No existe nadie en este mundo capaz de detenerme!
La presión se elevó al punto de rarefacer el oxígeno.
—No importa si alguien me supera en facultad, jamás conseguirán vencerme porque soy el Dios Nocturno, el terror de la vida eterna. Entre la vida y la muerte, soy la única divinidad capaz de aniquilar todo lo que emerja en la existencia. Criaturas miserables como ustedes no merecen la vida; son una plaga incapaz de comprender lo que realmente persigo.
El Dios Nocturno se materializó en las alturas, descendiendo como una sombra que devoraba la bóveda celeste.
—Ustedes son simples entidades incapaces de resguardar lo que alguna vez anhelaron en su eternidad —sentenció con un desprecio abrumador.
Sus palabras no eran meros sonidos: eran el colapso de un universo, imbuido de una verdad tan amarga que forzó a Carlos y a Shiro a experimentar una rabia e impotencia incontenibles, entrelazadas con un pavor ancestral. Su discurso buscaba pulverizar el espíritu antes que la estructura física. Carlos apretó la dentadura, sintiendo cómo sus llamas del infierno reaccionaban con violencia ante el insulto a su determinación. Shiro, por su parte, apretó la empuñadura hasta hacer sangrar sus nudillos, reconociendo en esa retórica la misma arrogancia que la mantuvo prisionera durante un millón de años.
La contienda había dejado de ser por territorio o poder: era la lucha definitiva por el derecho a existir contra una entidad que los reducía a simple polvo.

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Estás leyendo el capítulo 168 de The strongest warrior of humanity (Novela), un novela. La historia sigue a un niño que aspira a ser un guerrero destacado en su academia. A lo largo de su camino, enfrenta diversas situaciones desafiantes, pero finalmente es traicionado por su hermano y amigos. Tras su… Este capítulo tiene publicado el 26 de abril de 2026, Traducido por el grupo Español. The strongest warrior of humanity (Novela) tiene 351 capítulos disponibles en LectorTMO, en español y sin registro.