Leer The strongest warrior of humanity (Novela) Capítulo 161 online gratis en español
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Capítulo 161: La Sombra del Dios Nocturno y la Sentencia Final
Punto de vista: Carlos, Eime, Milin, Daniel (Dios Caído) y la Entidad Nocturna
Mis palabras se sostuvieron en el aire con una firmeza e impecable claridad. Lo que acababa de manifestar no era, bajo ninguna circunstancia, una broma. Supongo que esto es algo común en nuestra realidad, ¿no es así? Sigues siendo exactamente la misma de siempre y no tienes por qué jurar nada. Te conozco mejor que nadie en este mundo. Yo también estaría dispuesto a entregarlo absolutamente todo únicamente para mantenerlas a salvo.
—Es hora de que se vayan —pronuncié con una mirada gélida, una frialdad tan afilada que parecía cortar el aire mismo.
No pueden permanecer en este lugar. Deben ser plenamente conscientes de la gravedad de la situación. No seré capaz de sostener esta escala de poder durante mucho tiempo. Aún me cuesta horrores adaptarme a este nivel de energía. Pero escuchen bien: si algo llegara a salirse de control o si me pierdo a mí mismo, tienen que matarme de inmediato. ¿Les ha quedado claro?
—¡No! ¿Acaso estás demente? —gritó Milin, con la voz temblando violentamente antes de quebrarse en un llanto contenido—. No podemos hacer algo tan horrible como lo que nos pides. ¿Por qué harías semejante locura? ¡Por favor! No queremos ver sufrir a nadie más... No puedes decir esas cosas tan despiadadas. Aún no sé casi nada sobre ti... ¿Por qué alguien como tú tendría que morir?
—La niña tiene toda la razón, Carlos —intervino Eime, encarándome con la mirada fija en los ojos—. Tú no puedes morir de una forma tan miserable solo porque no logras dominar tu estado actual en este momento. Lo sé muy bien. Sé cómo piensas. Pero eso no significa que vayas a entregarte a la muerte de la forma más estúpida que hayamos presenciado en nuestras vidas. Grábate esto en la cabeza: ¡no vas a morir aquí! ¿¡Lo entendiste!?
Eime me sostuvo la mirada directamente. Ella comprendía con precisión cómo procesaba yo las cosas. Es la misma condena bajo la que he estado existiendo siempre: esa obsesión enfermiza de querer salvar a todos entregando mi propia existencia como sacrificio. Pero... ¿qué tiene que ver todo esto conmigo? Hay algo en mi interior que aún no alcanzo a descifrar. Sé perfectamente que suelo comportarme como alguien confiado e invulnerable.
Exhalé un suspiro pesado, dejando caer la mirada hacia el suelo abrasado.
—Estoy cansado, Eime. Solo es eso... Trataré de mantener mi palabra.
De pronto, la atmósfera entera estalló.
Daniel emergió de la nada en una embestida asesina. Su hoja de metal cortó el aire silbando peligrosamente cerca de mi cuello, buscando cercenarme la cabeza en un solo movimiento. El acero rugió con furia cuando su ataque fue detenido en seco por el impacto de mi Espada Nocturna. Una ráfaga de viento brutal se desató entre ambos, generando una onda de choque devastadora que nos repelió a varios kilómetros de distancia.
Nuestras miradas se cruzaron, divergentes en naturaleza. Pero por dentro lo siento con una claridad desgarradora: el alma de mi verdadero hermano está gritando envuelta en un dolor y una desesperación insoportables. Me está suplicando entre llantos invisibles que me aleje de aquí lo antes posible. Eso es lo que me transmite su esencia aprisionada.
Odio esta vida... ¿Por qué tú, Dani? ¿Por qué tuviste que sufrir este trágico destino? ¡Por qué! ¡Por qué!
—¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! ¿Qué sucede, Carlos? —se mofó Daniel con una risa retorcida y brutal—. Ya no te veo tan valiente como hace un momento. ¿O acaso es porque acabas de escuchar la voz agonizante de tu querido hermano mayor? Aww, qué conmovedor... Ahora el hermano menor está siendo paralizado por los restos de un muerto que ya ni siquiera pertenece a este plano.
La crueldad en las carcajadas de Daniel cayó sobre mis hombros como una losa de tonelaje aplastante.
—¡Cállate! —rugí fuera de mí—. ¿Cómo te atreves a profanar su nombre de esa manera? ¿Acaso no te queda ni un solo rastro de humanidad, Dios de la Guerra?
—Siempre sales con las mismas preguntas inútiles —espetó el Dios Caído, con una mueca de absoluto desprecio—. Yo dejé de ser humano hace eones. Y ya no soy un dios convencional. Soy un dios caído, traicionado por los míos únicamente porque poseo más talento y brillo con más intensidad de la que ellos jamás soñaron. Es por esa envidia que intentaron aniquilarme. Tú jamás entenderás este sufrimiento. Por más que lo intentes, no eres lo suficientemente fuerte ni estás a la altura de esta escala. De todas formas, los humanos están destinados a perecer en muy poco tiempo. No hay nada que ninguno de ustedes pueda hacer. ¿De qué les sirve luchar con desesperación si en el fondo saben que van a perder? Los humanos no son más que basura insignificante.
Una expresión perversa y cargada de furia se dibujó en mi rostro, negándome a continuar escuchando sus blasfemias. Sin articular una sola palabra más, activé Voltstrike y arremetí contra él con una fuerza descomunal, descargando la Espada Nocturna sobre su guardia.
Una ráfaga de energía destructiva se desató en el entorno, provocando una colisión masiva de nuestras artes. Con cada choque de acero, una detonación colosal nacía de la furia de nuestras hojas. El resplandor del combate iluminó el campo de batalla con destellos violentos de luz y sombra. No retrocedí ni un solo milímetro. La furia más pura y el dolor de mi alma se fusionaron en mi interior, canalizándose directamente a través del filo de la Espada Nocturna.
—¡Voltstrike! —desgarré el aire con mi grito.
Mis llamas de tono verde celeste estallaron con una intensidad jamás presenciada, envolviendo mi anatomía y mi arma en una marea energética que distorsionaba visiblemente la realidad a nuestro alrededor. Daniel intentó bloquear el impacto, pero la fuerza descargada fue tan brutal que el suelo bajo sus pies se convirtió instantáneamente en lava hirviente. Cada impacto de nuestras espadas generaba una onda expansiva que pulverizaba las rocas y la materia circundante.
Me desplazaba a la velocidad de un relámpago; mi aceleración superaba por completo los límites de la percepción humana. Esto ya no era una simple contienda de esgrima: era la colisión de dos voluntades absolutas. Mis llamas verdes no solo buscaban abrasar el cuerpo del enemigo, sino que parecían empeñadas en purificar la atmósfera infectada por la maldad del Dios Caído.
—¿Basura? —mi voz resonó vibrando con el eco de mil batallas antiguas—. Si los humanos no somos más que basura ante tus ojos, ¡entonces yo seré el fuego implacable que consuma la arrogancia de tu divinidad caída! No peleamos porque asumamos que ganaremos con facilidad. Peleamos porque es lo correcto. ¡Peleamos por aquellos que ya no pueden alzarse a luchar!
Lanzai una estocada directa y mortífera hacia el centro del pecho de Daniel. El aire concentrado alrededor de la Espada Nocturna se comprimió hasta estallar en una ráfaga de presión destructiva pura. Daniel logró desviarla en el último microsegundo por un margen insignificante, pero la energía residual de la estocada devoró y abrasó parte de su armadura divina. La mirada que le sostuve era impenetrable: una alianza entre la determinación absoluta y una melancolía tan profunda que me volvía más peligroso que cualquier deidad del cosmos.
Sin embargo, de golpe, un pinchazo punzante de agotamiento me atravesó el cuerpo. Mi anatomía comenzaba a colapsar bajo el impacto de esta escala de poder. El sudor se evaporaba de mi piel antes de formarse debido al calor extremo que emanaba de mis propias llamas verdes. Sabía que me quedaba un margen de tiempo ínfimo antes de que mi reserva de maná se agotara por completo o consumiera mis propios órganos.
—Eime, Milin... váyanse ahora mismo. Esta es mi última advertencia.
El suelo comenzó a retumbar con una frecuencia aterradora. Las estrellas en el firmamento parecieron brillar con una intensidad sobrehumana, como si reaccionaran en cadena a la energía que estaba liberando sin freno. La verdadera batalla, aquella que definiría el destino de la academia y la salvación de mi propia alma, acababa de entrar en su fase más crítica y destructiva.
Estoy llegando al límite absoluto... Si no lo ejecuto en este preciso instante, seré yo quien termine cayendo. ¡Maldición!
Por una fracción de segundo, cometí el error de desviar la mirada, perdiendo la posición de Daniel. Giré la cabeza hacia todos los flancos hasta que lo divisé. Una luz abrasadora e incandescente se iluminó en el cielo, como si el mismísimo sol estuviera descendiendo para pulverizar la tierra con sus llamaradas.
—¡JAJAJAJA! —la risa desquiciada de Daniel retumbó desde las alturas—. Un simple mortal pretende venir a dictarme cómo debo juzgar a la creación. Qué criatura tan patética eres en realidad. Alguien sin el menor valor... ¿qué se supone que puedes hacer ahora mismo? No eres más que una basura idéntica al resto. No vales absolutamente nada.
Su provocación solo provocó que frunciera el ceño con una rabia asesina. Elevé la Espada Nocturna con la mano izquierda. Desde el filo blanco de la hoja brotó una luz elemental y fulgurante, una magia que ninguna entidad había logrado manifestar jamás en este mundo. Estaba a punto de liberar mi ataque elemental definitivo contra el Dios Caído. El aire a nuestro alrededor comenzó a desintegrarse por la pura compresión de la energía.
Ambos ataques alcanzaron el punto máximo de saturación para el impacto final. Los dos liberamos todo el poder que nos quedaba en un único choque.
La colisión fue instantánea.
El impacto detonó en una explosión colosal, similar a la detonación de una bomba atómica que engulló la totalidad del terreno. Una ráfaga destructiva se expandió a lo largo de kilómetros, erradicando la geografía y cubriéndolo todo en un blanco absoluto y ciego. En medio de aquel infierno desatado, el destino de ambos combatientes quedó suspendido de un hilo. El estruendo fue sónico, y el silencio sepulcral que le sucedió resultó aún más aterrador.
El humo espeso y las partículas de energía verde celeste flotaban en la atmósfera como cenizas de un mundo recién extinto.
La onda expansiva se disipó con lentitud, revelando un cráter profundo y deformado. En el epicentro de aquel páramo de lava solidificada, una silueta se sostenía de pie con extrema dificultad. Yo respiraba de forma errática mientras mi vestimenta caía hecha pedazos. Mi mano izquierda continuaba aferrando la Espada Nocturna, aunque la hoja humeaba violentamente por el calor extremo del ataque elemental. La sangre descendía por mi frente nublándome la visión, pero mi mirada se mantenía fija en el punto de impacto de Daniel.
Frente a mí, el Dios de la Guerra se hallaba de rodillas. Su majestuosa capa dorada se había reducido a harapos carbonizados, y una quemadura masiva le cruzaba el torso de lado a lado. Daniel ya no reía. Sus ojos reflejaban una mezcla de pánico, incredulidad y odio puro.
¿Cómo es posible que un simple mortal haya logrado provocarme esto?, se cuestionaba en silencio mientras tosía chorros de sangre dorada que brillaban brevemente antes de extinguirse sobre la tierra cenicienta.
Sentí que mis piernas cedían por completo y caí sobre una rodilla, utilizando la Espada Nocturna como único apoyo para no colapsar. El poder que acababa de liberar había pulverizado mis circuitos internos de maná. A lo lejos, Eime y Milin permanecían resguardadas por un escudo de sombras que apenas había logrado contener la onda expansiva del impacto. Las observé por un segundo con un cansancio infinito en el alma. Ya no quedaba rastro de la furia; solo la vacuidad de alguien que comprende que su tiempo se ha agotado.
Daniel comenzó a ponerse de pie con lentitud mientras una marea energética de tono oscuro y púrpura brotaba de sus heridas. Su verdadera faceta de Dios Caído emergía como un parásito consumiendo los últimos vestigios de su humanidad.
—Esto no ha terminado, Carlos... —sentenció con una voz grotescamente distorsionada que parecía provenir del mismo abismo—. Si yo caigo, ¡este mundo entero se hundirá conmigo!
¿Cómo es posible que continúe con vida? Mi ataque elemental debió haber destruido su existencia... No me queda tiempo, tengo que ponerme de pie...
Por un microsegundo bajé la guardia, consumido por el agotamiento, y fui alcanzado por un golpe de una fuerza descomunal. Salí disparado violentamente hacia la posición de Eime y Milin, impactando contra el suelo y generando una explosión frente a ellas. Usé el último remanente de mi poder para desplegar mi Barrera Rango Nivel 9, envolviéndolas y protegiéndolas del choque mientras mi propio cuerpo se abrasaba entre las llamas.
Mi organismo era incapaz de tolerar aquel dolor agonizante.
Una mirada verdaderamente monstruosa se dibujó en el rostro de Dani; sus ojos resplandecían a través de la densa humareda gris. Esos ojos eran una sentencia de muerte irrefutable hacia mi persona. Intenté erguirme desesperadamente, pero la parálisis del dolor me lo impidió: me hallaba totalmente indefenso ante su avance.
Entonces, de repente, la visión se me apagó. Todo se volvió una negrura absoluta. Me desmayé.
¿Qué demonios está sucediendo...? ¿Por qué me estoy desvaneciendo justamente en este instante...?
Daniel se aproximó a paso lento, con una risa cargada de pura arrogancia, dispuesto a empalar la Espada de la Guerra en mi pecho inerte.
Sin embargo, en el instante decisivo, su ataque fue detenido en seco.
El mismo individuo que acababa de caer inconsciente detuvo la hoja con una facilidad pasmosa. Carlos ya no habitaba ese cuerpo. Alguien más había asumido el control absoluto de la materia.
Una sonrisa retorcida, siniestra y primigenia se dibujó en el rostro del joven.
—Oh, vaya... Conque aún restan sabandijas divinas con vida en este lugar decadente.
Daniel retrocedió de golpe en un acto reflexivo, con el rostro pálido por el pavor.
—¿¡Qué fue lo que dijiste, humano insolente!?
—¿Acaso no escuchaste con claridad lo que acabo de pronunciar, maldito dios de pacotilla? —la entidad soltó una carcajada estruendosa—. ¡JAJAJAJAJAJAJAJAJA! Qué tremenda ironía. Hacía más de mil años que no experimentaba esta sensación frente a alimañas de tu estirpe, Dios de la Guerra. Supongo que me has olvidado por completo con el pasar de las eras, ¿no es así?
Daniel temblaba visiblemente mientras las palabras brotaban de su garganta con extrema dificultad.
—Esto... esto no puede ser posible. No tiene el menor sentido que tú hayas regresado. ¿¡Cómo demonios continúas con vida, Dios Nocturno!?
La presencia que ahora dominaba el cuerpo de Carlos emanaba una marea energética de tal densidad que el suelo mismo comenzó a agrietarse con el simple peso de su mirada. La verdadera oscuridad de la creación acababa de despertar.
El cuerpo de Carlos se irguió con una elegancia antinatural mientras sus huesos crujían reacomodándose en la postura correcta. Eime permaneció petrificada en su lugar: el aura que emanaba de su líder ya no le pertenecía a él; era un vacío absoluto que devoraba la luz del entorno. Daniel continuaba retrocediendo, sosteniendo la espada con una mano temblorosa. Sus ojos de dios caído no lograban asimilar la aplastante presión que se cernía sobre sus hombros. La temperatura ambiental se desplomó de golpe, congelando el aliento de los presentes en el aire.
—¿"Dios Nocturno"? —la entidad ladeó la cabeza con una curiosidad macabra—. ¿Así es como deciden nombrarme en este siglo tan mediocre?
Soltó una risotada que no brotaba de las cuerdas vocales, sino que retumbaba directamente en el alma de cada ser vivo en las cercanías.
—Daniel... sigues siendo exactamente el mismo niño aterrorizado que jugaba a ser un guerrero mientras yo caminaba sobre las montañas de cadáveres de tus ancestros. Un milenio entero no te ha servido de nada para comprender el verdadero significado del terror.
Daniel lanzó un alarido de pura desesperación y descargó un tajo descendente imbuido en fuego solar destructivo. El Dios Nocturno ni siquiera se inmutó. Alzó un solo dedo y detuvo la hoja incandescente de Daniel como si se tratara de un juguete insignificante. El impacto que antes pulverizaba cordilleras enteras no logró mover un solo cabello de su cabeza.
—Qué decepción tan absoluta.
El Dios Nocturno cerró lentamente el puño, y la Espada de la Guerra de Daniel comenzó a resquebrajarse en mil pedazos bajo la pura presión de su maná. Daniel intentó soltar el arma presa del pavor, pero sus manos habían quedado selladas al mango por una fuerza invisible e ineludible.
Una sonrisa aún más perversa se talló en el rostro de Carlos mientras sus pupilas se teñían de un negro azabache absoluto.
—Siéntete infinitamente honrado, pequeño dios de pacotilla. Vas a perecer por la mano de aquel que dio origen a la noche que tanto te aterra. No habrá cielo que te reciba ni infierno capaz de alojar tu alma. Simplemente... dejarás de existir para siempre.
El Dios Nocturno posó la palma de su mano sobre el pecho de Daniel. Una negrura de vacuidad absoluta comenzó a brotar de sus poros, devorando la luz dorada del Dios Caído desde las entrañas hasta consumirlo por completo.

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